Mi Alumna y Yo
Siempre quise ser un educador, la idea de enseñar a los demás
me agradaba mucho, incluso, cuando niño, mis profesores siempre me pedían que
les colaborara en las clases con mis demás compañeros, por eso, cuando adulto,
no tuve reparos en decidir cual seria la profesión que elegiría para toda la
vida y ser profesor de literatura fue mi decisión. En mis años ejerciendo, nunca
me había pasado algo semejante, respetó y cuido mucho de mis alumnas y alumnos,
pero aquella chica lograba desconcertarme tanto, que me dejaba sin palabras.
Todo comenzó la primera vez que la vi, el año ya había
transcurrido cuando llegó, su familia se había trasladado a la ciudad y ella
trató de acomodarse al curso y a sus compañeros, era rubia, muy alta, con sus
mejillas rozadas y sus piernas delgadas y bien formadas, usaba la falda más
carta de lo común, y su mirada siempre me parecía libidinosa.
Era muy inteligente, pero su deficiencia era, precisamente,
en las clases de literatura, por eso, sus padres, contrataron mis servicios para
que yo le hiciera clases particulares en su casa y lo que en principio me
parecía una sencilla clase, se fue convirtiendo en una singular experiencia,
cargada de lujuria, sexo y locuras.
Efectivamente, yo ya había notado su deseo por mí, pero no
quería que eso me incomodara, si bien, mis ojos la miraban con deseo y mi cuerpo
no podía evitar la tentación de poseerla, era mi alumna y debía controlarme,
pero, sus 17 años me excitaban mucho y cada vez que se cruzaba de piernas o se
acercaba a mí, por cualquier motivo, mis sexo se despertaba y en mi mente
elucubraba como sería poseerla, aquella tarde, como de costumbre, comenzó a
coquetearme abiertamente, pero esa vez, no pude retenerme.
Se acercó a mi oído a preguntarme algo, y el rose de su pelo
en mi rostro, desencadenó en mí una lujuria increíble, que me llevo a tomarla
por la cintura, sujetarla contra la pared y besarla con fuerza y bravía, ella,
sin dudarlo, aceptó mis besos con agrado y comenzó desesperadamente a
desabrochar mi camisa y besar mi cuello, yo estaba enloquecido, la tenía pegada
en la pared y besaba su cuello, sus labios, le susurraba palabras obscenas al
oído, provocadas por todo el tiempo que me había contenido, queriendo tenerla
así, toda para mí, le saqué la blusa y encontré sus pechos pequeños y sus
pezones rígidos y rozados, sabía que no usaba ropa interior, pues siempre se
había encargado de demostrármelo, mi boca se dirigió rauda a sus encantos y los
succioné con gusto, sus sabor era dulce y su olor a hembra, mucho mejor, me
sentía adicto al sabor de su piel de seda y al candor de su temprana edad.
Sus manos recorrían mi entrepierna y las mías hurgueteaban
afanosas en su ropa interior, buscando desesperadas sus labios íntimos, la
apretaba contra mi pecho y sus pezones rozaban los míos con una fuerza que me
hacía estremecer, temblaba de gusto al recorrer su entrepierna y sentir la
humedad de su intimidad, mi sexo palpitaba desaforadamente y sus manos
incursionaban en mi pubis y desordenaban mis pelos abundantes y gruesos, abrió
mi pantalón y yo la despojé de sus ropas íntimas y salvajemente, clavé uno de
mis dedos en su caverna, mientras, ella frotaba intensamente todo mi poder,
logrando que manaran de él toda mi lubricidad, estuvimos así hasta que llegó el
momento de conocer sus profundidades y clavarla con fuerza, para eso, la di
vuelta y con más fuerza la empujé contra la pared, la posibilidad de que
fuéramos descubiertos por sus padres me excitaba de sobremanera y sabía que era
hora de dejarla sentir mi calor, la tomé de las caderas y la clavé con fuerza,
sin aviso, hasta el fondo, hasta donde mi sexo alcanzaba a llegar, ella, no pudo
menos que rendirse ante mí y emitir un gemido arrollador que me enloqueció, me
aferré firme de sus pechos, apretándolos con lujuria y comencé a clavarla una y
otra vez, en círculos, en forma intensa, mi boca no podía disimular mi gusto y
mi lengua lamía su cuello, el olor que manaba de nuestro desenfreno era
increíble, una fusión de lujuria, pasión y juventud.
Le entregué toda mi pasión contenida en una dosis de
empujones que nos llevaron directo al nirvana, mis manos acariciaban su rostro y
su boca lamió y succionó mis dedos simulando mi poder, el calor aumentaba y los
empujones se acrecentaban, ambos estábamos ardientes, sus jugos y los míos
chorreaban por nuestras piernas, mientras el sonido que provocaba nuestra
entrega hacia que todo fuera aún más perfecto.
Me dejó saber que estaba lista para llegar al orgasmo, por
eso, volví a intensificar mi fuerza, nuestra cadencia se hizo frenética hasta
que por fin sentí en ella esa contracción provocada por el éxtasis, por eso,
dejé brotar toda mi saciedad dentro de sus partes íntimas, sin importarme nada,
hasta quedar pegado a ella, jadeante, cansado pero muy satisfecho.
Esa fue nuestra primera vez, pero no la última, no sé si lo
que sentía era amor, pero si sé que aquella niña-mujer, logró desinhibirme por
completo y me dejó sentir las delicias de, a veces, no hacer lo correcto.