Los meses pasaron tan rápido que nadie pareció notarlo. El
escándalo provocado por la relación entre Sonia y Gerardo poco a poco se fue
olvidando, la gente ni siquiera recordaba el nombre de aquella mala mujer que
había inducido a su amado e inocente gobernador a caer en el pecado de la carne.
También las cosas entre Sofía y Sonia se habían calmado,
aunque reinaba un tenso silencio cuando estaban juntas e incluso procuraban
verse lo menos posible.
Desde aquella vez en que Sonia le había dado una salvaje e
inmisericorde golpiza a su hija no habían vuelto a hablar de todo el daño que se
habían hecho ambas, parecía como si nada hubiera pasado, creyeron que si no
mencionaban nada podían hacerlo desaparecer así de fácil.
Ahora Sofía trabajaba de mesera en un bar por las noches, y
por las tardes se dedicaba a preparar las materias que presentaría en
extraordinarios para poder regresar a la facultad, sabía que sería muy difícil
estudiar otra vez ahí con las miradas inquisidoras y las burlas de todos, pero
estaba decidida a recuperar su vida. Sus supuestas amigas le dieron la espalda,
al punto de voltearle la mirada cuando se encontraban en la calle.
Lo peor era que a quien consideraba su mejor amiga, su
confidente, su hermana, la había traicionado para hacerse novia de Rodrigo,
ahora comprendía por qué todos los días le preguntaba por él la muy zorra.
Sonia, a raíz de su despido tras haber sido descubierta con
el gobernador, se vio forzada a buscar otro empleo. Nadie estaba dispuesto a
emplear a una mujer con tan mala reputación; pero justo en su mayor momento de
desesperación conoció a alguien que no se fijaba en su pasado: Genoveva Vivó,
una reconocida madrota que se dedicaba a conseguir acompañantes para hombres de
negocios que buscaban compañía para cenas y eventos importantes.
Fue la misma Genoveva quien se puso en contacto con Sonia
tras salir a la luz su relación con Gerardo, pero las primeras veces habían sido
insatisfactorias, hasta que un buen día recibió la llamada de una Sonia
desesperada por no conseguir empleo.
Al principio, Sonia detestaba ese trabajo, sobre todo por
tener que salir con viejos rancios que le recordaban a Gerardo y tener que
terminar la noche con las piernas abiertas para recibirlos; pero cuando fueron
los ejecutivos de mediana edad, prominentes y atractivos, los que comenzaron a
demandar sus servicios le tomó cariño a la profesión, el ser puta era inherente
a ella.
De igual manera, Sofía se había acostumbrado al ambiente del
bar en el que trabajaba, aunque no era el tipo de lugar al que le gustaba
asistir no podía negar que asistía gente muy interesante, entre ellos un hombre
que le llamaba mucho la atención. Era todo un hombre, no como el niñito idiota
que era su novio.
Casi diario asistía aquel tipo de porte elegante y aire
altivo; pero la suerte no le sonreía, siempre le tocaba a alguna de sus
compañeras atenderlo. A veces se distraía observándolo en su mesa, bebiendo solo
y meditando sabría Dios acerca de qué. Era moreno claro, de pelo negro, ojos
expresivos y cafés, de complexión gruesa.
Por la madruga regresaba a casa con deseos de estar con él,
poco a poco la había vuelto totalmente loca de deseo. Incluso sacaba uno de sus
dildos para satisfacerse imaginando que era él quien la poseía y no ese símil
fálico.
Una de esas noches, harta de no poder acercarse siquiera a
él, cambió una de sus mesas con Teresa, su compañera, para poder atenderlo. Lo
vio llegar ese día vestido con una camiseta negra ajustada, unos pantalones
rotos de mezclilla y unos tenis nike negros, un estilo bastante diferente a los
trajes de colores oscuros que siempre utilizaba.
Emocionada corrió enseguida a atenderlo, tratando de ocultar
su entusiasmo cuando se presentó con él.
— Hola, ¿Qué vas a querer?
— Tráeme una cerveza
— Ok, me llamo Sofía, y voy a atenderte esta noche
— ¿Siempre tratas a todos con tanta familiaridad? —preguntó
sonriéndole a la hermosa mesera que estaba frente a él, tratando de no centrar
su mirada en esos frondosos senos que amenazaban con romper la camiseta roja y
ajustada
— No, no —bajó la cabeza apenada —Es que te he visto venir
varias veces y…
— Me llamo Andrés Gutiérrez
— Mucho gusto Andrés, ahorita te traigo tu cerveza
Sintió una inmensa felicidad por haberlo conocido, sabía que
cada palabra significaba un paso más hacia su cama. Si de lejos le parecía
guapo, de cerca le parecía un sueño hecho realidad. Esas pocas arrugas en su
rostro le hacían lucir más sexy e interesante, debía tener unos 36 o 38 años,
máximo 40.
De regreso en casa, se tendió patiabierta sobre su cama,
sentía un delicioso cosquilleo en el coño, sabía lo que eso significaba. Se bajó
las bragas tras quitarse el uniforme del bar, a ellas le siguió el sujetador, y
al encontrarse desnuda deslizó un dedo hacia sus labios vaginales, que ansiaban
el caliente roce, el cual fue creciendo hasta convertirse en un frenético dedeo.
Alcanzó el orgasmo gritando su nombre, como si lo invocara
para que suplantara con su verga el dedo con el que se había masturbado. Y
dejando las sábanas mojadas con su jugo vaginal se durmió en esa posición.
En las semanas siguientes se dedicó a forjar una buena
relación con Andrés a base de coqueteos, cada día que pasaba le gustaba más, y
el deseo de sentir su cuerpo rozando el suyo crecía incontrolablemente.
Procuraba ir lo más sensual posible para conquistarlo, pero él no mostraba
ningún interés.
Con los días supo que recién había llegado a la ciudad, tenía
intenciones de quedarse si todo le iba bien y trabajaba como abogado en un
despacho.
Un sábado por la noche, cuando el bar estaba atestado de
gente, lo distinguió fácilmente entre la multitud, era inútil que tratara de
pasar desapercibido, tenía algo que la hacía voltearlo a ver donde estuviera.
Abriéndose paso entre la gente llegó hasta la mesa, y con una
sonrisa le tomó la orden a Andrés esperando que notara la ausencia de sujetador,
pues esa noche había prescindido de la prenda dispuesta a seducirlo.
Moviendo las caderas de un lado a otro regresó con la
cerveza, quedándose un rato a platicar con él sin sentarse para que el gerente
no la reprendiera.
— Aquí tienes. Por cierto, siempre vienes solo, ¿No tienes
amigos?
— Algunos, pero prefiero venir solo
— ¿Y tu esposa no se molesta porque sales diario a beber?
— No tengo esposa, tenía, pero me divorcié de ella, por eso
me cambié de ciudad
— Lo siento —fingió estar apenada, aunque solo quería
confirmar lo que ya sabía, pues no veía el anillo matrimonial por ningún lado
—no era mi intención abrir viejas heridas
— No te preocupes, no le doy tanta importancia, de hecho es
mejor así, ahora puedo andar con quien yo quiera
— Muy cierto, lo mismo me pasaba con mis novios, por eso dejé
al último
— Sí. Cuando todavía estaba casado no podía evitar mirar a
otras mujeres, mi esposa se encelaba mucho, si supiera que casi siempre le ponía
el cuerno
— ¡Jajaja! ¡Qué bárbaro eres!
— ¿Puedes culparme?, habiendo mujeres como tú es difícil
resistirme a sus encantos
— Basta, vas a hacer que me apene
— Dudo que una hembra como tú pueda apenarse —aprovechando la
multitud que obstruía la vista del gerente y del cantinero, le dio una rápida
nalgada a Sofía —Eres una perra, desde la primera noche que me atendiste me di
cuenta que querías que te la metiera hasta adentro
— ¿Y por qué me hiciste esperar tanto entonces?
— Porque era divertido ver cómo intentabas seducirme
— Entonces espera a que salga y vamos a mi casa
— Ok, te espero entonces
Así, sin perder más el tiempo, directo a lo que iban los dos.
Una incontenible tensión sexual se presentó entre ellos desde el primer día en
que cruzaron palabra, pero ninguno se atrevía a decir nada hasta esa noche.
Quería que el tiempo pasara volando, constantemente miraba el
reloj con desesperación, las ansias por tener a ese machazo en su cama
poseyéndola la hacía estremecerse de solo imaginarlo, y pronto su sueño se
volvería realidad.
A Sonia tampoco le iba tan mal, recién había terminado un
servicio en una de las zonas más exclusivas de la ciudad. Se dirigía a su casa
ahora tras una ardua noche de trabajo. Aun tenía mojado el chocho, no porque no
se hubiera bañado después de haber cogido con su cliente, sino por el vívido
recuerdo de lo ocurrido apenas momentos antes, no podía esperar para volver a
verlo.
Pensó en lo distinto que era ahora su vida, antes tenía que
prostituirse con el gobernador, ahora ella elegía con quien coger, y si no le
gustaba el tipo entonces le cobraba tres veces más de lo que ganaba en su
antiguo puesto gubernamental. La vida le sonreía nuevamente, sin duda lo que le
hizo Sofía había sido para bien.
Escuchó el tono de su celular, y al sacarlo de su bolsa vio
que era Genoveva. Por unos segundos dudó en contestar, sabía que le tenía un
nuevo trabajo, quería regresar a su casa para descansar, pero finalmente
contestó.
— ¿Qué pasa Geno?
— Sonia, mi vida adorada, te tengo un trabajito especialmente
hecho para ti mi reina
— Ay Geno, yo quería ir a mi casa a dormir, aunque sea una
sola noche que termine temprano
—Déjate de berrinchitos mi vida, este trabajo te va a
encantar, fíjate nada más, son dos futbolistas que pidieron a la mejor, o sea tú
mami, y el que habló se escuchaba muy pero muy cachondo
—Me convenciste, dime a donde tengo que ir
Mientras cambiaba el rumbo para dirigirse a su nuevo servicio
se imaginaba a ese par de machos que la solicitaron, ¿Sería alguno famoso o
serían de esos equipos locales de segunda división?, de cualquier manera no
había duda, se divertiría muchísimo con dos hombres a la vez.
Al escuchar ruidos en la planta baja, Artemia supo que algo
ocurría. Salió discretamente de su habitación pensando que era su ama y patrona
Sonia que buscaba algo para comer, pero cuanta sería su sorpresa al ver a Sofía
y a un hombre subir las escaleras con un par de copas en la mano.
Pronto salió al encuentro de Sofía, con una falsa autoridad
que ni siquiera la misma Sonia le había conferido. Con ese par de cansados y
hundidos ojos miró con desdén a la muchacha, interponiéndose en el camino hacia
la habitación de esta.
—No creo que la señora Sonia esté de acuerdo con que traigas
hombres a la casa, acuérdate lo que pasó la última vez
—Mira, criada infeliz, quítate de mi camino o te juro que
ahora mismo saldamos cuentas tú y yo. No creas que ya se me olvido cuando no me
ayudaste la vez que mi mamá me pegó
—Dile a este hombre que se largue ahora mismo o lo lamentarás
—¡¿Cómo te atreves a hablarme así?! ¡Eres solo una gata
venida a más maldita, ahora quítate o no respondo!
Sofía jaló del brazo a Andrés, pero Artemia se les volvió a
parar enfrente. Era el colmo del atrevimiento de la sirvienta, pero Sofía tenía
aun fresco el recuerdo de la fría actitud de Artemia al barrer a un lado cuando
ella desfallecía en el suelo, y con toda la furia contenida le sorrajó una
tremenda bofetada que lanzó a la anciana al piso.
Algo se movió en el interior de Sofía, y lejos de
arrepentirse por su actitud arremetió contra la vieja sirvienta pateándola una y
otra vez hasta cansarse, pero el hastío solo residía en la forma del ataque.
Levantó a Artemia del pelo para aporrearla contra la pared y continuar
abofeteándola, combinando los combos con rodillazos en el estómago como si fuera
una peleadora profesional.
Su acompañante solo se limitaba a ver mientras le sostenía el
trago y tomaba el suyo, ya Sofía le había explicado como estaban las cosas en su
casa.
Para cuando Sofía se cansó, Artemia ya sangraba por la boca,
y para rematar la aventó por las escaleras. Los gritos de la anciana eran como
una hermosa melodía para sus oídos, tanto odio reprimido por fin tenía su
válvula de escape. Desde arriba observó el justo momento en que el débil cuerpo
de la famulla azotaba contra el suelo de la primera planta, y riendo a
carcajadas condujo a Andrés a su habitación.
Terminó rápidamente su trago, tomó los vasos vacíos y los
asentó sobre su tocador. Le dio la espalda a Andrés para cerrar la puerta, e
inmediatamente sintió las duras manos abarcando sus senos mientras un duro bulto
se restregaba en sus nalgas. Las caricias fueron bajando poco a poco por su
vientre, hasta llegar a sus muslos.
No podía hacer otra cosa más que suspirar, todo eso le
gustaba, lo había soñado infinidad de veces, y por fin se hacía realidad. Ya no
tenía que imaginar como era el cuerpo de aquel hombre, ahora lo tenía delante
suyo para hacerle lo que quisiera. Intentó darse la vuelta para poder besar a
Andrés, pero este la sujetó con más fuerza para impedírselo.
—Déjame darte un beso
—No, hasta que yo quiera
Y ahí inicio todo, de pronto Andrés dejó de ser el hombre
perfecto y tomó el control de la situación. Los pequeños roces a las tetas se
convirtieron en salvajes estrujones como si buscara exprimirlas, los tiernos
besos en el cuello y oreja se transformaron en mordidas de lóbulo y chupetones
salvajes, todo había cambiado, ahora parecía una bestia en celo buscando saciar
sus instintos.
Rompió la blusa negra que Sofía traía puesta, dejando por fin
libres las grandes y redondas tetas; siguió la corta falta blanca, luego la
tanga y los zapatos. La volteó como si fuera una muñeca, aprisionándola entre
sus gruesos brazos para darle un beso tan apasionado que parecía que quería
comerle la lengua.
Sofía no sabía qué hacer, estaba atemorizada por la violenta
actitud de Andrés, pero había algo que le excitaba de todo eso. Le gustaba
sentirse usada, como si fuera un objeto más, y a decir verdad disfrutaba de la
fiereza del hombre.
Andrés se inclinó un poco para chuparle las tetas, primero
lamiendo los rosados pezoncitos, rozándolos con la punta de la lengua para
después chuparlos y dejarlos brillando por la saliva a la vez que sus dedos
ingresaban en la húmeda y estrecha cueva que los recibía tan cálidamente. La
mano desocupada rodeaba la cintura de Sofía, y ella al sentir todo lo que le
hacía comenzó a gemir levemente.
La constante entrada y salida de los gruesos dedos ya le
complacía, y cuando se quedaron adentro para dibujar círculos imaginarios
simplemente se volvió loca. Los dedos se movían como si quisieran remover algo
dentro de ella y, aunado a los sonidos que los chupetones de Andrés hacían,
terminaron por envolverla en un torrente de lujuria y deseo.
Cayó con las piernas abiertas en la cama después que Andrés
la aventara, y por fin lo vio desnudándose con una pícara sonrisa en la boca. Al
ver su grueso torso comenzó a acariciarse el chocho, haciendo una V con los
dedos para acariciar sus labios vaginales. Para cuando vio a su hombre
totalmente desnudo ya metía y sacaba dos dedos de su concha. Quedó boquiabierta
al ver el miembro de Andrés, era largo, como de unos 21 centímetros, y grueso.
Le llamó la atención que tenía los vellos púbicos recortados, cosa que lejos de
incomodarle le fascinó.
Acostándose en la cama, Andrés jaló bruscamente la mano de
Sofía para poder contemplar su coño, era tan hermoso, totalmente abierto para
recibirlo, con los labios gruesos y babeando un poco de sus propios jugos, los
cuales engulló para comenzar a comerle ese delicioso manjar que se le ofrecía
tan tentadoramente. Recorrió los labios con la lengua e incluso los chupó un
poco. Metió la lengua en el caliente agujerito, moviéndola dentro para escuchar
gemir a Sofía, y lo logró. Pero esos gemidos no fueron nada comparados a los
gritos de la chica cuando llegó a su clítoris, primero sobándolo con el pulgar y
luego chupándolo con la boca, succionando y mordiéndolo levemente.
Sofía arqueaba la espalda al sentir como su clítoris era
chupado y su coño penetrado por los dos dedos que ya le resultaban familiares,
estaba a punto de llegar al orgasmo, pero Andrés se detuvo de inesperadamente.
—Ponte en cuatro patas
Le ordenó palmeándole las pantorrillas, a lo que ella
respondió obedeciéndolo. Al estar en la posición deseada le puso las manos en
las ingles, acariciándolas un poco antes de jalarlas para que abriera las
piernas. Una vez bien abiertas la visión era perfecta, podía apreciar
perfectamente el coño rebosando de jugos y saliva, a la vez que le abría las
nalgas para encontrar un sitio nunca antes explorado.
Rozó con la punta de su lengua el rosado anito, no se
sorprendió cuando se contrajo como protegiéndose, mas no se dio por vencido,
siguió lengüeteando una y otra vez ese delicioso agujerito para abrirlo y de
paso sentir su salado sabor.
Sofía no podía creer que le estuvieran comiendo el culo,
nadie lo había intentado antes, y se arrepentía de no haberlo probado desde su
primera vez. El placer era intenso, cada lengüetazo de Andrés hacía que un
cosquilleo recorriera todo su cuerpo. Sintió que en su coño se clavaban los
dedos de su amante, entrando y saliendo rápidamente sin que dejara de chuparle
el culo.
Los gemidos de ambos comenzaban a sonar más fuerte, y pronto
el anito de Sofía ya estaba bien abierto.
Andrés chupó un dedo y, escupiendo en el agujero, lo hundió
lentamente, sintiendo los músculos contraerse a su alrededor. Se quedó quieto
por un instante, y sacó el dedo con la misma lentitud dejando la punta adentro
para evitar que se cerrara el hueco. Un mete-saca comenzó mientras le chupaba
las nalgas a Sofía, y sin importarle el dolor de la chica añadió un dedo más al
anito.
Con lágrimas en los ojos por tanto dolor, Sofía apretaba los
dientes para no gritar. En verdad era terrible todo ese sufrimiento, aun más que
cuando cogió por primera vez.
El hombre sacó por fin los dedos del interior anal de Sofía.
Se irguió detrás de ella y le rozó el coño con la verga para luego subir hasta
el ano, que aun no se había cerrado por completo después de la dedeada.
—Ahora sí, te la vas a tragar todita
Y sin más preámbulo se la clavó de un solo golpe en la
vagina, siendo bien recibido por la cálida estrechez y la humedad de los jugos.
Bombeó sin piedad dentro de Sofía, jalándola por las caderas para sentirla más.
Había cogido con chavas más apretadas que ella, pero no podía
negar que era una buena cogida la que se estaba dando, el cuerpo de la chica era
espectacular, y tenía un culito perfecto que compensaba la falta de estrechez.
A su vez, Sofía suspiraba de placer al sentir esa potente
vara entrando una y otra vez a gran velocidad en su pucha, no había tenido antes
una tan grande atravesándola, sobre todo en la manera que Andrés lo hacía.
Sentía que era destrozada en cada embestida, la fuerza de aquel maduro hombre
era mucho mayor que la de cualquiera de sus ex novios y amantes.
—¿Te gusta zorra? ¿Te gusta cómo te la meto?
—Me encanta
Dijo entre gemidos. Giró la cabeza para observar a su macho,
y lo encontró totalmente perdido en el bombeo, nada parecía distraerlo de
lasciva labor. Pensando en compensarlo por todo el placer que le daba, contrajo
los músculos vaginales.
—¡Puta madre!
Exclamó Andrés cuando sintió el perrito de Sofía ciñéndose a
su verga. Ahora ya no tenía queja alguna de aquella chava, era perfecta. Su
rostro, su cuerpo, su culo, su coño, todo era ideal, no había defecto alguno en
ella; tal vez se quedaría con ella para siempre.
Impulsado por el placer que Sofía le daba, empujó más fuerte
su miembro dentro de ella, buscando hacerla delirar.
Sacó su miembro por última vez del coño, y para sorpresa de
Sofía se lo metió todo dentro del ano, aunque trabajosamente, pues el agujerito
ya estaba casi completamente cerrado.
Ella aulló de dolor al sentir cómo sus músculos eran
separados abruptamente, tensándose cuando el grueso invasor entró sin aviso ni
cuidado alguno
Pero para Andrés era totalmente todo lo contrario, las
involuntarias contracciones de Sofía le resultaban por demás placenteras.
Cabalgaba como si fuera un animal montando a su hembra, y qué hembra tan
deliciosa y formidable. Se aferró con las manos a los muslos para darle más
fuerza a sus embestidas, y con un ímpetu que nunca antes había experimentado al
estar con una mujer la penetró sin piedad una y otra vez, hasta que los alaridos
se convirtieron en placenteros jadeos.
La chica podía sentir los huevos chocando contra sus nalgas
cada vez que Andrés le metía la verga. Sentía que le desgarraba los músculos
anales, pero a la vez disfrutaba la violenta fricción de ese pedazo de carne
abriéndose paso en sus entrañas.
Cayó exhausta sobre la cama cuando Andrés la soltó, ya no
volvió a sentir ese tremendo tronco entrando de nuevo, pero sí las manos de su
macho sujetándola con fuerza para darle la vuelta. Tendida boca arriba sobre la
cama se recuperaba de la bestial cogida, su coño aun babeaba jugos vaginales, y
su ano aun estaba bien abierto, ambos le dolían por tanto castigo, pero a la vez
disfrutaba aquel dolor que se hacía presente.
Observó a Andrés de rodillas entre sus piernas jalándose la
verga, todavía no eyaculaba, por lo que decidió darle una ayuda con su boca.
Justo cuando se incorporaba para alcanzar el palo con la mano, Andrés se montó
sobre cara para formar un 69, y al tiempo que comenzaba a comerle el coño de
nuevo hundía su caliente miembro entre sus labios sin importarle que estuvieran
cerrados.
Abrió la boca para aceptar el pene que tan insistentemente
golpeaba sus labios con el glande. Le costó un gran trabajo tragárselo todo,
pero por fin sintió las peludas bolas debajo de la nariz dándole la oportunidad
de oler el hedor a sudor que solo se le hacía atractivo en un hombre como
Andrés.
Le dieron ganas de volver el estómago cuando sintió aquel
grueso palo bajar un poco por su garganta. Trató de mamarlo cuando lo tuvo
dentro, pero no pudo hacerlo, el miembro salía de su boca conforme Andrés iba
levantando su pelvis lentamente. Levantó la lengua para rozar la parte superior
del tronco hasta la curvatura de arriba del glande.
Volvió a sentir inundarse su boca cuando Andrés dejó caer su
miembro otra vez como una dura estocada, atragantándose de nuevo sin volver aun
el estómago. Todo eso fue lento al principio, pero pronto se transformó en un
movimiento semejante al que Andrés había hecho en su concha y en su ano.
—Eso mi niña, te voy a coger por los tres agujeros
Fue así, pues lo que Sofía pensó iba a ser una oportunidad
para mamarle la verga se volvió un mete saca oral que solo Andrés controlaba, y
a pesar de eso ella lo disfrutaba sobremanera.
La parte inferior de su nariz chocaba con los huevos en cada
estocada, aplastándolos un poco sin querer. Su boca se convirtió simplemente en
un hueco más para la satisfacción de su hombre, no importaba lo mucho que
intentara acariciar el pene con la lengua, la velocidad del vaivén le impedía
lograr su objetivo.
Buscó las nalgas de Andrés, se conformaba con sentirlas en
sus manos durante la cogida facial. Era el culo masculino más duro que había
estrujado, se notaba que le gustaba mantenerse en forma para sus hembras.
Aunque por un momento parecía haberse olvidado que su amante
le estaba comiendo el coño, volvió en sí cuando sintió los dientes
mordisqueándole el clítoris. Una mezcla de dolor y placer hicieron que levantara
su pelvis al sentir un choque eléctrico en su cuerpo; al dejarse caer de nuevo
sobre el colchón sintió que el brazo del hombre se lo impedía, y de inmediato
dos dedos se clavaron sobre su aun abierto ano, moviéndose en forma de círculos
como si quisiera extender más el agujerito.
Simplemente se volvió loca de placer, con la verga entrando
constantemente en la boca gruño por las caricias de Andrés. Estaba siendo
penetrada por dos de sus tres agujeros, y su clítoris era succionado
fuertemente.
Mientras ella se volvía loca de tanto gozar, Andrés también
disfrutaba mucho chupando la carnosa perlita que tanto gozo brindaba a su chica.
Sacó los dedos del ano para acariciar el coñito húmedo, rozando los gruesos
labios y abriéndolos un poco para dejar caer un poco de saliva al interior,
esparciéndola después con un dedo.
Detuvo la cogida oral cuando sintió que se venía, y con la
verga aun dentro de la boca de Sofía descargó toda su simiente.
La pobre chica casi se ahoga al recibir aquel torrente de
leche en su boca, nunca antes le habían dado ganas de hacerlo, pero esa noche
quería beberse ese caliente y viscoso líquido por completo, no quería dejar ni
una sola gota. Tragó todo lo que pudo antes que Andrés terminara de venirse, y
cuando sintió que la verga salía de su boca terminó de engullir todo lo que
quedaba.
Pero aun no estaba satisfecha, y se aferró al palo con la
boca para seguir chupándolo y lamer todos los rincones manchados por el líquido,
desde abajo del borde de la cabeza hasta la punta de esta, presionando su lengua
contra el orificio. Tomó la verga en su mano, y levantándola al frente un poco
lamió la base y los huevos, también manchados con algo de semen.
—Puta madre, qué golosa eres
Dijo Andrés al sentir lo que le hacía Sofía. Una vez que
estuvo libre se recostó al lado de Sofía. Descansó un rato limitándose a
observar la belleza de la chica, pero pronto se le paró de nueva cuenta, estaba
listo para cogérsela otra vez.
—¿Te animas?
Preguntó a la chica guiándola hacia su erecto palo con la
mirada, y al ver esa caliente, dura y mojada vara apuntándole, Sofía no se pudo
resistir. Pero fue ella quien tomó la iniciativa esta vez, y montándose sobre
Andrés se clavó sobre la verga, moviendo circularmente la cadera antes de
levantarse un poco para dejarse caer de nuevo.
—Eso, dame unos buenos sentones
Andrés sonreía al ver que había vuelto a Sofía en una chica
hambrienta de sexo. Apretó las suaves y firmes tetas que se bamboleaban con el
impulso de los sentones, moviéndolos en círculo y separándolos un poco.
Gracias a los movimientos pélvicos de Sofía, Andrés no pudo
resistir mucho tiempo, y para sorpresa de la chica se vino otra vez dentro de su
coño.
Cuando Sofía se levantó, una lujuriosa mezcla de sus líquidos
y el semen del hombre chorreó de su coño. Esta vez fue ella quien acompañó a su
macho acostándose junto a él en la cama, y recibiendo un apasionado beso
descansó en sus fuertes brazos, agitada y sudorosa.
A eso de las cuatro de la mañana, Sonia regresaba a casa tras
una ardua noche de trabajo. Aun no podía dejar de sonreír por la salvaje cogida
que aquellos dos futbolistas le habían dado, lo disfrutó tanto que pensó en
pagarles ella. Todavía tenía el sabor de aquellas vergas en la boca,
constantemente se relamía las encías y el paladar para recordarlos.
Salió de su ensueño al ver un auto además del de Sofía en el
estacionamiento, y de inmediato supo lo que pasaba, la muy golfa había metido
hombres a la casa una vez más.
Pensó que la última vez había escarmentado su amada hijita,
pero vio que no era así. Pero no solo estaba molesta con Sofía, también con
Artemia por haberle permitido a su hija hacer lo que se le viniera en gana.
Entró furiosa a la casa, y al ver a su anciana criada tendida
en el piso golpeada y maltratada corrió a auxiliarla.
—¡Artemia, ¿Pero qué te pasó mujer?!
—Señora Sonia-dijo con dificultad al levantarse con ayuda de
su patrona-Su hija metió un hombre a la casa, quise detenerla pero me golpeó y
me aventó por las escaleras
—Maldita escuincla, ahora mismo me va a oír
Ayudó a Artemia a recostarse en el sofá, más tarde se haría
cargo de llevarla al hospital para que le revisen sus heridas. Subió los
escalones de dos en dos para llegar más rápido al segundo piso.
Su corazón latía más rápido por el coraje. Estaba dispuesta a
golpear otra vez a Sofía con todas sus fuerzas sin importarle dejarla en estado
de coma. Pero cuando abrió la puerta y vio a su hija tendida sobre la cama
mirando hacia la puerta de cabeza mientras un hombre la poseía su primer impulso
fue el de asesinarla.
—¡Sofía! ¡¿Qué carajos crees que estás haciendo?!
—¡Mamá!
Ingresó a la habitación dispuesta a tomar lo más cercano para
golpear a Sofía hasta la muerte, pero cuando el hombre que la montaba levantó la
cara todas sus fuerzas se le vinieron abajo. Las piernas le fallaron y cayó al
piso por la impresión de volver a ver a ese hombre, pero más porque estaba
cogiendo con Sofía.
—¡¿ANDRÉS?!-gritó sin poder creerlo
—¡¿Sonia?! ¡¿Tú eres la mamá de Sofía?!
—¡Sí bastardo, y tú eres el padre, te estás cogiendo a tu
propia hija!
Andrés y Sofía sintieron morir, ¡Eran padre e hija cogiendo!.
Sofía empujó a su padre para salir de la cama bañada en lágrimas, mientras el
hombre comenzaba a juntar su ropa para irse, pero Sonia se levantó con sus
últimas fuerzas y le metió senda cachetada.
—¡¿Cómo pudiste, a tu propia hija?!
—¡Yo no lo sabía, recién regresé y ni siquiera sabía si
habías tenido al bebe!
—¡Eres un desgraciado! ¡Lárgate de aquí maldito!
Mientras ellos peleaban, Sofía se sentó en un rincón de la
habitación sujetando sus piernas con los brazos y meneándose hacia adelante y
hacia atrás. No podía creer que el único hombre que la había hecho tocar el
cielo fuera su padre. Le asqueó todo lo que había hecho, le asqueó solo pensar
en cómo se le había insinuado en el bar, y la manera en que se había tragado su
semen pensando que era lo más delicioso que había probado en toda su vida.
Quiso morir en ese preciso instante. Sacó de su cajón unas
tijeras, y sin dejar de llorar estaba dispuesta a clavárselas para suicidarse.
Justo a tiempo regresó Sonia tras haber sacado de su casa a
Andrés. Se abalanzó contra Sofía y de un golpe tiró las tijeras que sostenía
cerca de su pecho. Abrazó a su hija con todas sus fuerzas sin importarle que
estuviera desnuda, sentándose junto con ella en la cama para confortarla.
—Todo va a estar bien hijita, todo va a estar bien
Sofía necesitó la ayuda de un psicólogo para olvidar el
trauma de haber tenido relaciones con su propio padre, Sonia siempre la acompañó
para apoyarla, y de paso solucionaron su añejo problema de rivalidad entre madre
e hija.
Con las semanas fueron superando esos amargos recuerdos y la
vida anterior, ahora sí parecían madre e hija con sus debidos límites.
Todo parecía perfecto, hasta que un día Sonia vio llegar a su
hija muy angustiada, aunque no habían lágrimas en sus ojos podía notarlo en su
desencajado rostro. Dejó de hacer lo que en ese momento la mantenía ocupada, y
acercándose a su hija hizo que se sentara junto con ella en la sala.
—¿Qué tienes Sofi?
—Mamá…no sé como decirte esto…
—Sofía, sabes que pase lo que pase yo siempre te apoyaré
—Es que…yo…¡Estoy embarazada mamá!
Y el mundo de Sonia se derrumbó una vez más, recordó la
ocasión en que ese mal hombre la embarazó y huyó eludiendo la responsabilidad,
todas aquellas fiestas perdidas, aquellos años desperdiciados, toda una juventud
muerta, y ahora su hija pasaría por lo mismo. Una lágrima cayó por su mejilla,
fue la primera de muchas, y abrazando a Sofía con fuerza le dio todo su apoyo,
por fin había aprendido lo que era ser una verdadera madre.
—Pero no es de…
—¡Sí es mamá, no había tenido sexo con nadie más que él en
los últimos meses!
Eso fue el acabose, no solo su hija pasaba por lo mismo, sino
también a manos del mismo hombre.
Pero la más angustiada era Sofía. No había duda en su cabeza,
creía que el destino se había ensañado con ella desde la vez en que su madre se
acostó con el chico que le gustaba, pasando por su expulsión de la facultad y el
fin de su vida social, y ahora con la existencia de su hija y hermana a la vez.