ENSAYO SOBRE LA DEGENERACIÓN (3). La oficina.
Raquel se presentó por sorpresa en Aurora Asesores. Era el
lugar de trabajo de Juan, "su Juan" desde que el día anterior la había follado
como nunca lo habían hecho. Durante toda la noche había estado recordando como
la había penetrado de forma salvaje durante la tarde, como su polla había
llegado hasta donde ninguna lo había hecho antes y como había tenido uno de sus
mejores, rectifico, el mejor orgasmo que la naturaleza le había regalado. Y ella
quería más. No podía reprimir esa necesidad de sentirse follada. En cualquier
momento podría tener una polla para satisfacerla ya que en ese sentido estaba
muy consentida porque tenía al perro de su hermano. Rafa siempre estaba
disponible porque así se lo habían ordenado. Por eso Rafa tenía prohibido hacer
el amor con su mujer y ambos debían estar siempre preparados para satisfacer a
su Amo o a cualquier otro que él quisiese. Raquel no podría contar la de veces
que entró en la farmacia haciendo que Maite quedase atendiendo a los clientes
mientras su marido y ella iban a la parte de atrás donde, entre cajas de
medicamentos y recetas médicas, Raquel usaba el cuerpo de Rafa a su antojo.
Maite, en cuanto no había nadie en la farmacia, iba a la parte de atrás para ver
si necesitaban algo y, como premio a tanta preocupación por el bienestar de
ambos, en ocasiones volvía para atender a un nuevo cliente que había entrado por
la puerta, saboreando en la boca algún que otro flujo (en ocasiones los de su
marido, en otros los de la niña traviesa que los volvía locos). Rafa podía ser
el padre de Raquel y, tal vez por eso, ella se excitaba de la forma que lo hacía
cada vez que estaba desnudo delante de ella. Tenía un buen fondo físico que se
notaba cada vez que la estaba taladrando con su polla.
Pero hoy tenía otra polla en mente. Una polla larga y gruesa
que, la tarde anterior, la había abierto completamente. Una polla que había
tocado zonas de su interior que nunca habían sido tocadas y que ahora pedían a
gritos volver a sentir esa sensación, ese toqueteo, continuado y constante, que
la había transportado a una dimensión que era difícil de describir pero que aún
era capaz de sentir.
La estancia era amplia, con un gran espacio central donde se
ubicaba un mostrador a modo de recibidor de hotel. En los diversos laterales de
la estancia había mesas tras las cuales había la correspondiente secretaria.
Todo limpio y bien ordenado (la imagen, en este tipo de negocios, es lo
primero). Se dirigió con decisión hacia el mostrador central. Por el camino iba
convenciéndose de todo lo que tenía que decir y entre ello, tenía que recordar
con claridad el nombre de Juan. Era muy joven y, por la indumentaria, no pegaba
mucho con aquel lugar.
El señor Juan Rodríguez, por favor –le dijo a la
recepcionista con la mejor de sus sonrisas y con el temple necesario
para no resultar sospechoso.
Tiene cita, señorita –le contestó la recepcionista.
No, me dijo que viniese en cuanto pudiese, que no
necesitaba cita.
Con una sonrisa, para nada natural, descolgó el teléfono y
marcó un número. A los pocos segundos estaba informando de la llegada de la
joven recalcando que no tenía cita.
Muy bien, gracias señor –Contestó al tiempo que
colgaba el teléfono- diríjase a aquella mesa, el señor Rodríguez le
recibirá enseguida –dijo mientras le indicaba una mesa, a la derecha de
la puerta de entrada, donde había una chica rubia.
Gracias, es usted muy amable –le respondió.
Raquel se encaminó hacia la mesa mientras aprovechaba para
observar a la secretaría que se sentaba tras ella. Era muy guapa y sobre todo
estilizada. Aunque sólo podía ver su cabeza y la mitad de su cuerpo, por la
forma de sus hombros, sus brazos delgados y los pechos que eran realzados por la
camisa, era capaz de imaginarse el resto. Y su imaginación sólo era capaz de
representar imágenes hermosas. Cuando se dio cuenta, estaba ya delante de la
mesa y la chica, con otra enorme sonrisa, más natural que la de su compañera, le
indicó que podía pasar, que el señor Rodríguez le estaba esperando.
Juan estaba sentado tras una enorme mesa de color caoba,
sobre la que sólo había una pantalla de ordenador, un teclado, una agenda y un
pequeño calendario. El resto estaba todo vacío. Impresionaba el espacio libre
que había en toda ella y el orden que mostraba todo el despacho. Austero pero
elegante.
Hola –le dijo Raquel.
Hola, ¿qué haces aquí? –le preguntó Juan.
¿No te alegras de verme?.
Me alegro pero, al mismo tiempo –e hizo una pausa
antes de continuar- me sorprende.
La dirección me la dio mi hermano y, como no tenía
nada que hacer durante toda la tarde, me decidí por darte una visita.
Ya veo –le dijo con una sonrisa en la boca-. Deberías
consultármelo antes. No es conveniente recibir visitas en el trabajo.
Perdona, es mi ímpetu juvenil.
Sí, lo sé –le dijo con una sonrisa-. Bien, y ahora
cuéntame alguna novedad.
Nada, pasaba por aquí y
No le dio tiempo a acabar la frase ya que unos toques en la
puerta indicaban que alguien esperaba al otro lado.
Adelante –dijo en voz alta Juan.
Se abrió la puerta y la cara de la secretaria apareció tras
ella. Raquel pudo observar como continuaba con la misma sonrisa con que la había
recibido minutos antes.
Disculpe señor Rodríguez. Tengo el documento que me
pidió. Como es urgente, ¿quiere revisarlo un momento y así poder
presentarlo en el registro a lo largo de esta mañana?
Tráelo. Le echaré un vistazo. Cuando puedas, tráeme
también el cuadro resumen con todo el presupuesto.
Estoy pendiente de un par de datos para completarlo.
En cuanto pueda, se lo traigo.
La chica se acercó a él y le entregó un manojo de papeles que
Juan puso sobre la mesa. Esos pocos segundos los utilizó Raquel para disfrutar
del cuerpo de la secretaría que estaba incluso mejor de lo que se había
imaginado cuando la vio por primera vez.
Discúlpame Raquel, pero esto no puede esperar, es muy
urgente –le dijo Juan con cara de pedir disculpas una vez que salió la
secretaria.
No te preocupes, ya encontraré en qué matar el tiempo
–le respondió Raquel.
Ella se puso en pié y comenzó a ver los libros que Juan tenía
en una estupenda estantería de roble. No era capaz de entender nada y tanto
libro técnico la aburría. No aguantó demasiado y, al poco tiempo, giró su cuerpo
y se dirigió hacia Juan. Sin decir palabra, apartó ligeramente sus piernas para
poder meterse bajo la mesa y, ante su atónita mirada, comenzó a bajarle la
cremallera del pantalón.
Pero, ¿qué haces? –trató de preguntar Juan.
Nada hombre, ¿no tenías trabajo urgente?, pues
dedícate a ello y déjame a mi ocupar mi tiempo.
Aquí nos pueden ver. Déjalo ya.
Nadie nos puede ver. Si alguien viene, tu te quedas
quieto y yo también.
Juan no estaba convencido de que eso fuese una buena idea
pero, en ese momento, su polla ya había tomado una decisión con respecto a la
oferta de Raquel a consecuencia, de forma más que probable, de las maneras algo
tramposas de ésta porque en esos escasos segundos, su polla ya había entrado y
salido dos veces de la boca de esa "casi niña" que tenía entre sus piernas.
Él siempre se caracterizó por tener mucho aguante y aunque
Raquel hacía verdaderos esfuerzos por hacer que se corriese, él seguía
aguantando el envite. La lectura del documento no avanzaba a la misma velocidad
que su excitación sino que, como no podía ser de otra forma, era al contrario ya
que, cada poco, tiempo perdía el hilo de lo que estaba leyendo y, en más de un
párrafo, tuvo que reiniciar la lectura. Su polla estaba enorme, dura y fuerte,
con todas sus venas marcadas consiguiendo que Raquel disfrutase y al mismo
tiempo sufriese por cada una de sus embestidas. Sus labios intentaban ceñirse a
la cabeza de ese mastodonte que tenía delante suyo para aumentar al máximo su
excitación. Y Juan era consciente de ello y, como intentando marcar su
territorio, estaba forzando la boca de Raquel a lo bestia, como castigándola por
su atrevimiento.
De repente, la puerta se abrió y Juan, casi de forma
automática, dejó de participar en el juego, no así Raquel.
Se puede, señor Rodríguez.
Adelante –le contestó Juan visiblemente turbado.
Le traigo el cuadro –le dijo mientras hacía un
recorrido por todo el despacho con su mirada- No he visto salir a la
chica que estaba con usted.
Ah, sí, se ha ido hace un rato, que extraño que no la
hayas visto –dijo Juan intentando quitarle importancia a ese detalle
aunque consciente de que el frontal de su mesa no llegaba completamente
al suelo y, por lo tanto, Sonia, de ser más observadora, podría verla.
Raquel, lejos de cumplir su palabra de detenerse en caso de
que hubiese una visita inesperada, continuaba chupando con todas sus fuerzas.
Sonia se colocó frente a la mesa esperando la aprobación del
informe por parte Juan. Por esas cosas que tiene el destino, en uno de los
movimientos de Raquel para situarse en una posición más favorable que le
permitiese introducir toda la polla en su boca (cosa que no estaba consiguiendo
últimamente por la falta de colaboración de Juan), uno de sus pies salió por la
pequeña rendija frontal de la mesa, rozando a Sonia.
El susto de la secretaría fue ostensible y el grito que dio,
aunque moderado, no dejó de ser un grito. Juan, descolocado por todo lo que
estaba sucediendo, trató de ponerse en pié para tranquilizar a su secretaria,
sin ser consciente que tenía la cremallera del pantalón bajada y su polla en
máxima erección. Los preciosos ojos azules de Sonia no pudieron desviarse de
esos 24 cm. de carne, de un grosor descomunal y mucho más grande que cualquiera
de las pollas que había probado nunca. Tras esa polla y, sin separarse ni un
segundo de ella, aparecía una mano, mano que pertenecía a la "casi niña" que
había entrado minutos antes y que seguía con su trabajo, intentando mantenerse
ajena a todo lo que estaba ocurriendo en ese momento. A estas alturas, Sonia no
sabía que hacer, si salir como si nada, si sentarse para evitar caer de un
momento a otro, si gritar, si taparse los ojos. Sólo sabía que su jefe, al que
tenía un respeto y admiración enorme, estaba delante de ella con su enorme polla
erecta y con una chica, que podía ser su hija, masturbándolo.
Sea por el desconcierto del momento, sea porque había llegado
la hora (presumiblemente lo primero), la polla de Juan empezó a expulsar chorros
de semen de manera alocada. Raquel se había despistado con tanto movimiento y no
fue quien de anticiparse a los hechos. Para cuando consiguió poner la boca
delante de ese chorro, una línea blanca, uniforme y larga, se había dibujado
sobre la mesa e incluso más allá de ella. El resto de chorros fueron a parar a
Raquel, el segundo de los chorros y que era el primero que ella pudo aprovechar
le manchó parte del pelo y casi toda la cara pero, a partir de ese, los demás si
acertaron con la boca de Raquel (o mejor dicho, Raquel acertó con el chorro) por
lo que pudo aprovechar para saborearlo tal como había hecho la tarde anterior.
Juan no atendía a otra cosa que no fuese el tremendo orgasmo que estaba teniendo
en ese momento y Sonia, cada vez mejor situada en la escena, observaba como
Raquel prácticamente se clavaba la polla de su jefe en la boca. La escena era de
muchos grados y Sonia, la secretaría ejemplar, la niña bien que había sido
educada en los mejores colegios del país para serlo, no era ajena a todo esto.
Pero la responsabilidad de su puesto pudo más que la situación, y al poco
comenzó a limpiar la mesa.
Raquel, mientras tanto, había acabado con la tarea de sacar
de esa polla todo el esperma que pudiese salir. En cuanto acabó, su mente volvió
a traer a primera plana a la secretaria rubia (guapísima y elegante) que estaba
en ese despacho si es que no hubiese salido corriendo después de lo que había
visto. Giró su cabeza para poder verla y allí estaba, dedicándose a labores de
limpieza con las que estaba consiguiendo que, poco a poco, desapareciese la
línea blanca que Juan había dibujado en la mesa. No tenía nada con que hacerlo
(el orden extremado tiene esas cosas) y no le quedaba otro remedio que ir
haciéndolo con sus dedos. Y Raquel, avispada como es, pudo observar que, con
cierto disimulo y reparo, introducía uno de sus dedos en la boca para saborear
el esperma que había aprovechado de la mesa. No dijo nada aunque una sonrisa se
dibujó en su cara.
Juan pronto se ubicó en la escena (los hombres de negocios
tienen la ventaja de ver todo con la perspectiva adecuada) y consciente de todo
lo que había sucedido en tan poco tiempo, pronto cogió las riendas de la
situación.
Iros a limpiar cuanto antes. Puede entrar cualquiera
y veros. Sonia acompaña a Raquel.
Raquel trataba de disimular algo del esperma que tenía en su
cara para no escandalizar a nadie, no por ella, que llevaba toda la vida
escandalizando a todo el mundo, sino por Juan, al que no quería perjudicar.
Sonia la tranquilizó indicándole que el baño estaba justo al lado del despacho.
Salieron juntas y se dirigieron las dos al mismo. Sonia retomó su papel de
secretaría eficiente y comenzó a limpiar a Raquel. Raquel no pudo mantener
oculto durante más tiempo todo lo que había visto y le espetó la pregunta de
golpe.
¿Te ha gustado el esperma de tu jefe? –le preguntó
con una sonrisa en la boca intentando reducir el reparo que para la
secretaria sería admitir los hechos.
Si –le contestó ella mientras su cara estaba
aumentando de temperatura de forma alocada.
No te preocupes por que te guste, a mi también me
encanta. Si quieres puedes aprovechar la que tengo encima, es una pena
desperdiciarlo –le dijo mientras ella comenzaba a lamer las manos de la
secretaria.
La excitación pudo con Sonia y se dejó llevar. Lamió con
cuidado (como consecuencia de su delicadeza extrema y de la vergüenza que le
producía la situación) toda la cara de la niña sin dejar prácticamente nada de
su piel sin repasar. El disfrute de Raquel estaba llegando a límites apoteósicos
y todas sus tendencias lésbicas estaban produciendo convulsiones en su cuerpo,
pero supo contenerse y sabía que ese no era el momento. Dejó que el proceso
acabase como tenía que acabar y salieron del baño completamente repuestas.
Raquel se despidió de Juan indicándole, mientras cerraba la puerta, que le
llamaría y, antes de despedirse de Sonia, apuntó su número de móvil en una hoja
de notas que había sobre la mesa de ésta.
Llámame mañana, cuando salgas de trabajar. Me
encantaría tomar un café contigo. Hasta mañana –le dijo mientras le
hacía un guiño.
Chao – dijo Sonia, con la mente en otro lado.