Hace tiempo ya comenté en otro relato que en esta vida hay
veces que las cosas pasan porque sí y otras que has de ser tú el que vayas a por
ellas; en este nuevo relato (real como todos) es una mezcla de ambas, por un
lado incitas a una persona a ir más allá de un punto razonable y por otro lado
te sorprendes cuando dicha persona te corresponde y es la que te coge de la mano
para sobrepasar ese límite.
Esta historia ocurrió hace 10 años (¡como pasa el tiempo!).
Yo acababa de dejarlo con mi novia y andaba un poco perdido. Para compensar el
hecho de que ella me dejara por otro me había arrojado a una vida de desenfreno
llena de fiestas, juergas y borracheras. Las mujeres entraban y salían de mi
vida pero no las trataba con delicadeza porque no quería que ninguna de ellas se
instalara por tiempo y volviera a hacerme daño. Mientras tanto mis amigos veían
con preocupación los derroteros que tomaba y me aconsejaban que frenara un poco
para no acabar mal.
Recuerdo que aquella fue una noche de viernes y que no tenía
muchas ganas de asistir a la fiesta universitaria a la que iríamos porque
seguramente me encontraría allí a mi ex con su nueva conquista. La fiesta se
desarrollaría en una facultad de ciencias en el campus más alejado de la
universidad. Habían dispuesto unas carpas en los aparcamientos con unas barras
que dispensaban bebidas y la gente podía campar libremente por los exteriores de
la facultad que colindaban con un pequeño bosque que daba paso a campo abierto.
Llegué antes de tiempo y esperé solo a mis amigos en la
puerta del recinto. No habían pasado cinco minutos cuando un "hola" me sacó de
mis ensoñaciones y de me devolvió a la realidad. La chica que me había saludado
no era ni más ni menos que mi prima Esther. Hacía meses que no la había visto y
empezamos a charlar para saber como estaba la familia y que tal le iba a ella
todo. El tiempo fue pasando y al final llegaron mis amigos, por lo que me
despedí de ella y la dejé allí sola esperando a sus amigas. Mis amigos enseguida
me preguntaron que quién era ella y que si ya me había buscado otra, yo entre
risas contesté que solo era mi prima que no pensaran nada raro, "pues bien buena
que está tu prima" sentenciaron.
Esther es hija del primo hermano de mi padre por lo que somos
primos segundos. Siempre hemos vivido en la misma ciudad desde pequeños y como
nos llevamos solo un par de años muchas veces coincidíamos por los sitios de
marcha. Cuando éramos muy pequeños recuerdo que solíamos jugar a la gallinita
ciega y el que pillara al otro podía hacerle lo que quisiera o pedirle que
hiciera otra cosa; generalmente solías pedir que te hiciera un masaje o caricias
o le hacías cosquillas, pero cuando los padres no estaban delante siempre
acabábamos pidiendo que te enseñara su "cosita" e incluso que te dejara tocarla.
Cuando fuimos un poco más mayores ya ni siquiera jugábamos, no necesitábamos
excusa, nos encerrábamos en un cuarto y descubríamos como era el cuerpo del sexo
contrario. Al cumplir los diez u once años dejamos este tipo de juegos y nos
olvidamos por completo el uno del otro. Rara vez nos veíamos y podía pasar mucho
tiempo para volver a coincidir. Sabía de ella por mi padre y en las comidas
familiares nos solíamos sentar juntos para hablar sobre los problemas que todo
adolescente tiene.
Como ya he comentado aquella noche no tenía muchas ganas de
diversión así que no tenía ganas de emborracharme como el resto de mis amigos.
Un par de cervezas después levanté la cabeza y me volví a encontrar con la
mirada de Esther.
Te importa que me quede contigo. Mis amigas me han dejado
tirada. – me dijo.
¿Y tu novio? – la interrogué.
Lo acabamos de dejar. – me dijo sin especificar nada más.
Por mí no hay problema, pero te advierto que alguno de
mis amigos se te tirará al cuello. – le contesté.
Creo que podré soportarlo. – dijo entre risas.
Venga que te invito a una birra.
Durante toda la noche estuvimos charlando y bailando entre
copa y copa. Esther es una chica muy abierta y simpática por lo que enseguida
congenió con mis amigos y sus novias. El peor momento de la noche llegó cuando
mi ex en plan triunfalista se acercó a saludarme con su nueva conquista como si
no pasara nada. Mi cara de cabreo se tornó en sorpresa cuando Esther se agarró a
mi cintura y dándome un beso en la mejilla exclamó con voz acaramelada:
No nos vas a presentar. – refiriéndose a mi ex.
No hace falta, ya nos íbamos. – contestó ella sintiéndose
derrotada y acto seguido se marchó seguida de su perrito faldero.
Muchas gracias por el detalle. – mi voz debió sonarle
sincera a Esther porque me dio otro beso y con un "De nada" se volvió a
seguir bailando con mis amigos.
El contacto de Esther me había reconfortado sobremanera. Me
quedé mirando como bailaba entre la gente y me di cuenta de lo guapa que era esa
pequeña mocosa con la que jugaba cuando éramos pequeños. Esther era morena, de
pelo largo. Su piel blanca, salteada con pecas por la cara, resaltaba con el
vestido corto negro que llevaba. Sus grandes ojos marrones brillaban cada vez
que su sonrisa iluminaba su rostro. Alta para los cánones femeninos, su cuerpo
tenía unas medidas perfectas, tanto de pecho como de trasero. No me equivoco si
digo que es la más guapa de toda la familia.
La música cambió y la música de la película "Nueve semanas y
media" comenzó a sonar. Esther comenzó a bailar sensualmente simulando el
strip-tease de la famosa escena y yo me quedé embelesado mirándola. Nuestras
miradas se quedaron clavadas mutuamente. Era como si ella bailara para mi y yo
fuera el único que la mirara. Su contoneo me puso a cien, haciéndome olvidar que
la mujer que observaba se trataba de mi prima. Uno de mis amigos no perdió la
oportunidad y se acercó a ella para terminar el baile agarrado a su cintura. No
sé porque extraña razón me sentí ofuscado, rabioso, en definitiva celoso, algo
completamente estúpido porque yo no quería (ni debía) tener nada con ella. Sin
pensármelo dos veces me adelanté y apartando a mi amigo con un "quita buitre,
déjame que baile con mi prima" ocupé su lugar. Cualquiera que nos viera podía
pensar tranquilamente que éramos pareja ya que la forma en la que ella
restregaba su cuerpo contra el mío y como yo pasaba mis manos por sus curvas no
podía concebirse en una relación meramente familiar. Esther y yo reíamos por la
situación pero sin dejar de entrever en nuestras miradas un incipiente deseo.
Cuando la música terminó volvimos al grupo de gente y seguimos charlando como si
nada, pero algo había cambiado, el resto de la noche Esther se quedó siempre a
mi lado, sus manos no dudaban en coger las mías de vez en cuando o en posarse en
mi cintura. Yo no hacía caso del hecho y lo tomaba como que el alcohol le estaba
empezando a subir y se encontraba más inestable y cariñosa, en fin, algo natural
sin malicia alguna.
La noche iba terminando y con ella la fiesta. Las copas
habían ido y venido y la gente comenzaba a retirarse a sus casas. Nos despedimos
de la mayoría de la gente y le dije a Esther que la acompañaría a casa en la
moto para que no fuera sola. Antes de salir decidió que quería pasar primero por
el baño para vaciar la vejiga e ir más tranquila, así que nos dirigimos a los
baños portátiles que habían instalado pero la inmensa cola que había en el de
señoras le impidió hacer sus necesidades.
¿Puedes hacerlo ahí detrás en el campo? – le sugerí – en
mitad del bosquecillo con la oscuridad no te verá nadie y no tendrás que
esperar colas.
Pero acompáñame que me da miedo ir por ahí sola. –
accedió ella a mi idea.
No se porqué me cogió de la mano y nos dirigimos al frondoso
bosquecillo que había cercano al muro que delimitaba los terrenos de la
universidad. Cuando llegamos a una zona donde nadie podía vernos se agachó para
orinar y yo caballerosamente me di media vuelta para no ver nada.
¿Porqué te giras? No hay nada que no hayas visto ya. – me
preguntó entre risas.
Ya, pero bueno… eso era cuando éramos pequeños, y ahora
ya eres toda una mujer. – le contesté.
No te preocupes puedes mirar, hay confianza, para eso
somos primos. – su voz más que quitar importancia al tema había aumentado la
tensión sexual del momento.
¿Terminas? – le pregunté nervioso.
Sí, pero espera que me limpie. – algunos amigos nos
esperaban para marcharnos, pero la voz de Esther me reclamó de nuevo – Alex,
ven un momento.
Intrigado me giré y la vi mirando por encima del muro. Me
acerqué a ella y me puse a su lado tratando de averiguar que estaba mirando. En
silencio, ella se giró y mirándome a los ojos acercó sus labios a los míos.
Muchas veces he oído hablar sobre los besos electrizantes, éste fue uno de esos.
El morbo de la situación, la gente esperándonos, el beso prohibido entre primos,
hizo que mi cabeza girara a mil por hora y no paró de hacerlo hasta que Esther
volvió a besarme, esta ves de forma más apasionada y durante más tiempo. Os
engañaría si no os dijera que tuve una erección al instante y que nerviosamente
comencé a devolverle el beso haciendo que nuestras lenguas se encontraran una y
otra vez. Bruscamente, casi a punto de tropezar y caernos, nos apoyamos en el
muro y dimos rienda suelta la lujuria que habíamos encerrado en nuestro interior
durante toda la noche.
Comenzando por su cabello mis manos acariciaron toda su
anatomía mezclando su tersa piel con la tela de su vestido y notando como sus
pechos se ponían duros al contacto de mis dedos. No sé si fue el frío de la
noche o el contacto de mis yemas pero en un momento su piel se erizó. Poco a
poco nos fuimos acelerando y besándonos con más fuerza. Ella me agarraba por el
pelo y yo no paraba de tocar sus tetas por encima de su vestido. Fue Esther
misma la que cogió mi mano y la puso en su muslo, a la entrada del borde de su
falda, invitándome a ir más allá. Sin dudarlo un momento fui subiendo por el
interior de sus muslos a la búsqueda de su divino tesoro. La fina tela de su
tanga era lo único que separaba su ardiente conejo del contacto de mis hábiles
dedos. Podía sentir su calor y su humedad traspasando la delicada lencería. Con
mi dedo repasé la forma de sus labios y pulsé la zona donde su clítoris debía
ocultarse buscando excitarla al máximo. Un gemido en mi oído confirmó mi acción.
Abriendo la palma de mi mano abarqué toda la extensión de su entrepierna y
comencé a frotar arriba y abajo notando como ella abría sus piernas para que
pudiera "trabajar" más libremente. En ese instante deslicé mi mano por entre su
tanga y pude tocar su corto vello pubico que coronaba su monte de Venus. Mis
dedos se abrieron tratando de tocar la máxima superficie de su vulva mientras mi
dedo corazón jugaba a subir y bajar por entremedias de sus labios, para luego
rozar levemente su clítoris o hacer movimientos circulares sobre él. Esther dejó
de besarme y cogiéndome por detrás del cuello se abrazó a mí fuertemente
mientras regaba de jadeos y gemidos mi oído. Su orgasmo vino precedido de una
retahíla de "sí" y "sigue" hasta que se corrió con un largo suspiro que le salió
del alma. Luego se quedó apoyada sobre mi hombro hasta que recuperó el aliento.
Un corto beso y un incomodo silencio me devolvió a la realidad.
Gracias. Lo necesitaba. – me dijo sonriendo.
De nada. Ha sido un placer. – repliqué – Bueno más tuyo
que mío. Vamos, nos estarán esperando.
Esta vez no sé si por nerviosismo o por guardar las
apariencias salimos sin cogernos de la mano. Cruzábamos miradas y sonrisas
nerviosas, cómplices. Éramos sabedores de que habíamos hecho algo malo, algo
prohibido, pero que ambos lo habíamos hecho con gusto y porque nos apetecía.
Cuando llegamos a donde estaba el resto del grupo nos
dividimos por coches y cada cual se dirigió a su casa. Como le había prometido a
Esther la llevé a su casa en la moto. Durante el viaje podía sentir su cuerpo
caliente abrazado al mío, ella solo suspiraba y apoyaba su cabeza en mi espalda.
No te vayas aún, quédate un rato más. – me dijo cuando
llegamos a su casa, y me miró con cara angelical.
Parecía como si ninguno de los dos quisiera que la noche
terminara tan pronto, como si nos faltara algo, y ambos sabíamos de que se
trataba.
Esther vivía con sus padres en un chalet de la sierra. La
casa era grande al igual que la finca. A hurtadillas, tratando de no hacer
ruido, entramos y cruzando el césped nos dirigimos hacia la zona de la piscina.
Pensamos en sentarnos en las tumbonas pero temiendo que nos viera alguien desde
la casa decidimos tumbarnos en el sofá del porche contiguo. Yo me senté y ella
se tumbó a lo largo apoyando su cabeza en mis piernas. Mientras hablábamos yo le
acariciaba el pelo.
¿Recuerdas cuando venías aquí a bañarte de pequeño? – me
preguntó – Recuerdo aquel día que jugábamos a quitarle al otro el bañador y
cuando tú lo conseguiste saliste corriendo y te encerraste en la leñera. Yo
corrí desnuda por todo el jardín detrás de ti y solo cuando te amenacé con
chivarme me dejaste entrar. Luego para poder recuperarlo tuve que bailar
desnuda para ti durante un buen rato.
Es verdad, ya casi ni me acordaba. – continué yo hablando
– Recuerdo que me puse tu bañador en la cabeza para que no me lo pudieras
quitar ya que yo era bastante más alto que tú por aquel entonces. La verdad
es que disfrute mucho aquel baile. Éramos unos renacuajos, pero te aseguro
que me puse a mil aquel día.
Esther me miró en silencio y levantó la cabeza esperando a
que la besara de nuevo. Yo me incliné sobre ella y así lo hice. Al instante
nuestras lenguas se encontraron de nuevo, buscándose desesperadamente. Una vez
lanzados con desenfreno a la lujuria no tarde en deslizar mi mano por su escote
y comenzar a jugar con la goma de su sujetador haciendo que presionaran sus
pezones para conseguir que enseguida se pusieran firmes. Una vez conseguido pasé
a extraer sus pechos del sujetador que los oprimía y comencé a masajearlos
nuevamente. Mi polla crecía bajo su cabeza y pugnaba también por salir de mis
pantalones. Dejándome llevar por el momento fui yo esta vez el que baje mi mano
hacia su entrepierna y separando ligeramente la goma de su tanga introduje
delicadamente uno de mis dedos en su chorreante vagina. Un suspiro de aceptación
fue la única señal de que mi acción había sido la correcta. Despacio
primeramente y más deprisa después mi dedo penetraba su interior con pulso firme
haciendo a mi bella primita gozar una vez más. Los flujos de su coñito mojaban
mi mano y me incitaban a seguir aprovechándome de ella una y otra vez. Esther
tuvo que dejar de besarme ya que le costaba respirar debido a que el placer que
recibía hacia que sus gemidos entrecortaran su respiración. Cerrando los ojos
tuvo un largo orgasmo que disfrutó a cada momento mientras se corría sobre mi
mano. Cuando saque mi extremidad de su entrepierna me la agarró firmemente para
oler su corrida y lamerme los dedos con evidente lujuria.
Con un "espera" se puso de pie y se desabrochó la cremallera
de la espalda del vestido, luego se sacó las mangas y se quitó el sujetador
quedando desnuda de cintura para arriba. Luego se arrodilló delante mía y con
maestría me desabrochó la cremallera para sacar mi verga de su cautiverio.
Cogiéndola con ambas manos comenzó a escupir sobre ella para luego introducirla
en su boca y deleitarme con los juegos que su lengua ejercía sobre mi glande.
Subiendo y bajando la cabeza simulaba hacerme una paja con la boca, y cuando no
era así eran sus manos las que ejercían tal acción mientras ella continuaba
lamiendo y besando mi herramienta. Yo no podía terminar de creer que mi prima me
estuviera deleitando con una magnífica mamada en el porche de su piscina, así
que cerré lo ojos y me dejé llevar.
Cuando vio que ya estaba listo se volvió a levantar,
introdujo sus manos bajo la falda de su vestido y se sacó el tanga por los
tobillos, luego se subió el vestido hasta la cintura y se sentó sobre mi dura
polla. Sus brazos me rodearon por el cuello y me atrajo hacia ella para que
pudiera lamer con gusto sus delicadas tetas, las cuales botaban al mismo son que
ella subía y bajaba buscando que mi herramienta profundizara más y más en su
húmeda cueva. La mezcla de morbo y sensación de prohibido volvió a sacudirme,
sobre todo por si mis tíos se despertaban y nos pillaban en tal situación,
mientras tanto Esther no parecía tener la más mínima preocupación por ello ya
que se dedicaba a disfrutar de su galopada al ritmo que ella imponía. Otra vez
los "sí", los "venga" y los "fóllame" volvieron a salir de su boca acompañados
de mil jadeos y gemidos de gozo. Cuando se acercaba al orgasmo bajo el ritmo de
las embestidas y el impulso de sus botes se hizo más pausado pero a la vez más
profundos, como si tratara de incrustarse mi polla en lo más hondo de su
conejito. Un largo "Ooohhhhh" fue pronunciado a la vez que se corría sobre mí.
Indicándole que se levantara de nuevo pude quitarme
completamente los pantalones y el polo que llevaba, ella también se desnudó por
completo haciendo caso omiso a esa alarma que sonaba en mi cabeza por si nos
pillaban en tal situación.
Me tumbe a lo largo del sofá y le indiqué que se tumbara a mi
lado dándome la espalda. Con delicadeza hice que separara sus piernas levantado
la rodilla de una de ellas y la penetré por detrás. Esa es una postura que deja
poca libertad de movimientos pero que hace que ambos amantes disfruten al
máximo. Mi polla horadaba de nuevo su dulce conejito con contundentes golpes
pélvicos mientras mi mano se agarraba con desesperación a sus pechos jugando con
sus pezones a los que daba pequeños pellizcos y estiraba para ponerlos más duros
de lo que ya estaban. Luego ice bajar de nuevo mi mano para buscar su clítoris y
frotarlo con movimientos circulares haciendo que se corriera de nuevo al
instante sin ni siquiera darme tiempo a disfrutar de la situación. Esther sonrió
y me dio un largo beso de agradecimiento.
Mientras yo buscaba un condón en mi cartera para no cometer
un desliz ella se tumbó en el sofá remoloneando como una gata en celo. Cuando
estuve listo se abrió de pierna invitándome nuevamente a que la penetrara.
Tumbado sobre ella colmé sus labios y sus pechos de besos mientras mi polla
entraba y salía de húmedo coñito. Cuando aceleré el ritmo solo bastó el mirarnos
fijamente para que volviéramos a sonreír ambos. Poco a poco nuestra respiración
se acompasó al ritmo que mis sacudidas imponían y juntos llegamos al orgasmo a
la vez haciendo que nuestros se estremecieran y nos abrazáramos como amantes que
no quieren separarse jamás.
Una vez recuperamos la compostura no dijimos ni una sola
palabra, no había nada que decir. Ambos habíamos pasado por una ruptura y
habíamos buscado en el otro lo que sabíamos que podíamos encontrar sin lugar a
dudas: una persona que te diera cariño en un momento difícil y una buena sesión
de sexo sin complejos que por razones obvias no llegaría a nada más y por la que
no tendríamos que comernos la cabeza. Solo cuando nos despedimos en la verja de
su casa mientras yo arrancaba la moto volvimos a hablar.
Ten cuidado con la carretera, - me dijo ella – y gracias
por todo.
Gracias a ti por una noche magnífica. – le contesté.
Nos besamos una última vez y yo salí disparado hacia mi casa.
Al día siguiente no podía creerme que la noche anterior me
había acostado con mi prima, pero lo superé enseguida con "a lo hecho, pecho".
No recibí llamada alguna de ella y como si no hubiera pasado nada volvimos a
esos largos períodos en los que tardábamos en encontrarnos. La siguiente vez que
nuestras vidas se cruzaron fue en una comida familiar, como si no hubiera pasado
nada entre nosotros nos tratamos como antaño sin que ninguno hiciera la menor
mención de lo sucedido, como si nunca hubiera pasado. A fecha de hoy ella se ha
casado y tiene una niña, la distancia que nos separa a hecho que llevemos años
sin vernos, pero estoy seguro que seguirá recordando este episodio como yo lo
hago ahora.
Este ha sido un relato más íntimo y personal, pero que tenía
ganas de escribir hace tiempo. El próximo versará sobre una confesión
comprometida.
Como siempre espero vuestras misivas y críticas
constructivas.