HERMANOS EN ACCION (VIII)
Susana se levantó de golpe, se dirigió a la habitación de su
hermano y empezó a aporrear la puerta.
-¡Para ya, Alvaro, que tengo que estudiar! ¡Deja de hacer
ruido!
Llevaba ya un buen rato oyendo los ruidos procedentes del
cuarto de su hermano, una mezcla de golpes, risas y gemidos, y especialmente, el
ruido del crujir de la cama al compás de un balanceo constante. Allí, dentro del
cuarto, estaba Alvaro follándose a una nueva tía. Sin embargo, esta vez Susana
no podía aguantar los ruidos, ya que tenía que prepararse para los exámenes, que
estaban al caer. Y como era incapaz de concentrarse, intrigada, decidió
averiguar lo que estaba haciendo su hermano exactamente, así que abrió con
tiento la puerta de la habitación y se encontró justo con lo que había
imaginado. En efecto, allí estaba su hermano pequeño, tumbado en la cama y
completamente desnudo, apoyado sobre los codos, exhibiendo en todo su esplendor
su magnífico torso y sus bien marcados abdominales, la cabeza echada hacia
atrás, disfrutando intensamente del momento, mientras una cabeza femenina
cubierta de una abundante y espesa cabellera negra cubría por completo la pelvis
del chico. La cabeza de la hembra se inclinaba de forma acompasada hacia delante
y hacia atrás, lo cual, unido a los ruidos de succión, no dejaba lugar a dudas
sobre la actividad que estaba realizando
-Joder, ya tiene a otra piba comiéndole la polla, pensó
Susana. Y no era de extrañar. Sus dos hermanos eran unos auténticos Adonis.
Todavía no conocía a ninguna mujer que hubiera hecho ascos a la polla de ninguno
de los dos, incluyendo a ella misma; y en el caso de Alvaro, ¿qué mujer podría
hacer ascos a los ojazos verdes y al cuerpazo de su hermano pequeño? Y eso que
sólo tenía un año menos que ella, que acababa de cumplir los dieciocho. En
general, a Alvaro le gustaba follar con mujeres bastante mayores que él. Sobre
todo las tías mayores de treinta se pirraban por tener el rabo de su hermanito
metido hasta las cachas. Esta de ahora, en cambio, tenía pinta de ser una
chiquita del colegio, a juzgar por su aspecto aniñado, aunque no podía
asegurarlo, al no distinguirla bien viéndola desde atrás. Lo que sí compartían
todas era una afición desmedida a la pollaza de Alvaro. Los ruidos constantes de
succión provocados por la chica delataban el ansia casi febril con que engullía
el tremendo pedazo de carne (ella lo sabía bien, cuántas veces no había pasado
ese enorme falo por sus manos y por su boca, hasta dejar que se vaciara en sus
entrañas), y se lo estaba comiendo como un hambriento después de una larga
travesía por tierras yermas. Sí, ella lo sabía muy bien, había gozado de
semejante instrumento muchas veces, lo había sentido dentro de su cuerpo,
palpitando dentro de ella, como un animal, y lo había saboreado con el mismo
apetito con que la chica que tenía a pocos metros estaba ahora dando buena
cuenta de él. En un instante fugaz, la chica ladeó la cabeza y pudo contemplar
una vez más el soberbio cipote de su hermano, totalmente envergado y brillante
por la saliva de la chavala, coronado por una cresta purpúrea que ahora
presentaba el color intenso de los labios de la hembra, que se relamía de gusto
y dejaba caer un hilillo de baba desde la boca hasta el glande, exuberante,
salvaje, henchido de gloria, regado por los fluidos de la hembra y dispuesto,
como el sable del guerrero, a asestar el mandoble que traspasara a la hembra y
permitiera alojar toda la potente virilidad en el frágil cuerpo femenino.
Después de gozar de la tierna boca de la chavala, el falo de
Alvaro, tras varias sacudidas, descargó finalmente su tesoro, yendo a parar los
chorros del espeso líquido blanquecino sobre la cara de la chica, que no dejaba
de buscar y atrapar con la lengua los restos del néctar masculino, deleitándose
ahora en la lluvia como antes se había deleitado en la colación. La expresión de
placer del rostro de Alvaro dio paso entonces a la de alivio, y antes de que la
pibita levantara la cabeza, Alvaro se percató de la presencia de su hermana, le
lanzó una sonrisa entre impúdica y burlona y le guiñó un ojo.
-Joder, Alvarito, ya te vale. Y diciendo esto, dio un fuerte
portazo y salió de la habitación.
Al día siguiente volvió a sorprender a su hermano pequeño
haciéndose una paja en el salón, frente al televisor. Era una tarde en que sus
padres habían salido y Javier, su hermano mayor, estaba de acampada con unos
amigos. Susana, como el día anterior, se encontraba estudiando en su habitación.
Cuando se dirigía a la cocina para beber algo, sorprendió a Alvaro, repantigado
en el sofá, con el pantalón bajado y la mano derecha blandiendo su enorme polla,
meneándosela despacio y acompasadamente, casi con indolencia, el puño cerrado
sobre la pija, la muñeca moviéndose a derecha e izquierda y de arriba abajo en
torno a aquel poderoso pedazo de carne. Susana se quedó allí plantada unos
instantes, fascinada por el soberbio pollón de su hermana, como hipnotizada ante
la cobra que aterra y fascina aun tiempo.
-Madre mía, con lo joven que es y menudo pedazo de polla que
tiene. Eso fue lo primero que pensó Susana en esos momentos. Sí, eso estaba
claro; por no hablar del cuerpo del adolescente, moreno y musculoso, y de la
belleza de su rostro, con aquellos ojos verdes únicos. No era de extrañar, pues,
que todas las mujeres quisieran llevárselo a la cama, incluida ella misma, por
supuesto. Uno de esos ejemplares masculinos que provocan humedades recónditas en
las mujeres nada más verlo.
Al parecer, Alvaro se la estaba cascando viendo unas imágenes
en la pantalla del televisor. Enseguida giró la cabeza y vio a su hermana allí
plantada.
-Qué bien, Susi, ahora que estás aquí te darás cuenta al
instante de lo que estoy viendo.
-No me hace falta, puerco, me imagino que es una peli porno o
una grabación de las tuyas con alguna guarra de esas con las que sueles follar.
Al menos podrías cubrirte un poco.
-Joder, como si no me hubieras visto la polla antes. Y muchas
otras cosas más… ¿A que sí hermanita? Correcto, es una grabación, sólo que la
protagonista eres tú. No te hagas la inocente. Entonces se agarró la polla con
más fuerza y la exhibió desvergonzadamente, en todo su esplendor, ante su
hermana.
-Además, te encanta que te dé rabo, si no no vendrías
continuamente a por más. Si te portas bien tal vez te deje tenerla toda para ti.
Dicho esto, siguió pajeándose a gusto, mientras Susana se acercaba al aparato de
la televisión, donde aparecían imágenes explícitas de un coito. En ellas se veía
a Susana colocada a cuatro patas, con los brazos apoyados sobre la bancada de lo
que parecía ser un vestuario o unos aseos, y un hombre musculoso de entre
treinta y treinta y cinco años que la tenía fuertemente agarrada de la cintura y
la montaba a lo perro. Susana se movía con agilidad sobre el cuerpo del
semental, acoplándose y desacoplándose de la enorme picha que la estaba
penetrando por detrás, casi tan soberbia como la de sus hermanos.
-Vaya, vaya, así que haciéndotelo con el profe de gimnasia,
¿eh?
-¿De dónde la has sacado? Eres un cabrón.
-Y tú una cerda, pero te gusta. No fui yo quien te grabó,
pero no voy a decirte quién fue. Y no es la única grabación; hay más, también
con tu amiga del alma Lucía.
-Eres un puto pervertido, Alvaro. Dame la cinta ahora mismo.
-Ni de puta coña, hermanita. Además, quién fue a hablar de
pervertidos, la que se lo monta con sus dos hermanos. ¿Qué pasa, que ahora ya no
disfrutas dándole el culo a Javi y comiéndome la polla?
-Lo que no me gusta es salir en una cinta que pueda ver todo
el mundo.
-Tranqui, que ésta sólo la he visto yo…aparte del que la ha
grabado, claro. Además, estás muy buena, Susi, cómo no vamos a querer todos los
tíos follar contigo con ese culazo que tienes? Y diciendo esto, propinó un
sonoro cachete en las nalgas de su hermana. En ese preciso momento aparecía un
primer plano del trasero de Susana machacado rítmicamente por el pollón del
profe de gimnasia.
-Está bueno el profe, ¿eh? Dijo, guiñándole un ojo y con una
sonrisa burlona.
-No está nada mal, ¿pero eso a ti qué coño te importa? Y no
cambies de tema. ¿Qué pasa, que siempre te tengo que pillar haciéndote pajas?
-Joder, Susi, ya sabes que cuando me aburro me entran ganas
de follar, y no siempre tengo a una piba al lado. Pero ahora que está tú aquí
nos divertiremos de lo lindo. Venga, va, tengo todo mi salchichón preparado para
ti, que sé que te gusta. Y diciendo esto, sacó la lengua, se la pasó por los
labios y se agarró obscenamente el pene delante de Susana.
-Ven acércate y cómemela un poco. No hay nadie que me la coma
como tú.
Susana se arrodilló delante de su hermano, le cogió el pene y
empezó a chuparlo con ansia, pasándole la lengua desde los testículos hasta el
glande. Lo lamía como una gata en celo, excitada y complaciente.
-Ya sabía yo que no podrías resistirte. Te gusta mi rabo,
como la zorra que eres. Vamos, dime que te gusta. Y cogió a su hermana del pelo.
-Siiií, me encanta, respondió ella, mientras no paraba de
chupar el poderoso miembro viril.
-Eres una zorra.
-Y tú un cabrón.
-Ya, pero te gusta mi rabo, ¿eh? Vamos, dime otra vez que te
gusta.
-Nooo, joder, déjame, decía, sin parar de chupar.
-Quiero que lo digas otra vez, zorra, y le apartó bruscamente
la cabeza del falo.
-Sí, coño, me gusta, me encanta, pero déjame seguir. Susana
no dejaba de lamer la polla de su hermano como una posesa, y a estas alturas ya
estaba en plena erección, exhibiendo todo su grosor y completamente reluciente,
como una máquina recién engrasada.
-Ahora te voy a dar un buen repaso, le dijo su hermano.
Alvaro la levantó del suelo y él se agachó, poniendo su cara justo frente al
trasero de la chavala. En su vida había visto pocos culos como el de su hermana.
Era un verdadero milagro de la naturaleza; un culo redondo, perfecto, dividido
en dos gloriosos hemisferios de carne, dos tersas y musculosas nalgas que
ocultaban el recóndito manjar de la feminidad. Susana se inclinó hacia delante,
en tanto que movía el culo provocativamente hasta ponerlo en pompa, justo a
escasos centímetros del rostro de su hermano.
-Vamos, zorra, que te voy a dejar el culo como nuevo. Agarró
las caderas de la chica, colocó su lengua a la entrada de la vulva y empezó a
sorber. Siempre le entusiasmaba comerle el coño a su hermana, sobre todo por
detrás. Aspiraba el inolvidable y persistente olor a hembra en celo que invadía
todos sus poros, el irresistible efluvio del sexo femenino. El sexo de su
hermana tenía un peculiar sabor dulce con cierto regusto ácido, un sabor a mar,
a naturaleza viva; él lo percibía instintivamente como una súbita explosión de
vida en una isla salvaje. Mientras sorbía con la lengua y con los labios el
flujo que manaba de la vulva de su hermana, le venía a la mente una sensación
similar a la degustación de manjares exquisitos procedentes de tierras ignotas,
como saborear el marisco del océano agitado e indomable, la inabarcable
extensión de soledad que baña la isla tropical aún no descubierta ni mancillada
por el hombre. A pesar de ello, el muchacho sabía perfectamente que su hermana,
a sus dieciocho años, ya era toda una experta en las artes amatorias.
Alvaro sorbía ruidosamente, la cara embutida en el trasero de
Susana, mojada por los jugos de la hembra. Ahora se dedicaba a acariciar con los
dientes el clítoris, y un reguero de saliva enlazaba la jugosa vulva con los
ardientes labios del chico, que ya habían adquirido un intenso color escarlata.
Susana gemía agradecida, gozando plenamente del cunnilingus que le estaba
proporcionando su hermano pequeño. Dios, qué bien le comía el coño, a pesar de
ser sólo un adolescente. No era ningún misterio que todas las pibas que conocía
quedaran tan encoñadas con él.
Cuando Alvaro consideró que se había dado un buen festín, se
volvió a sentar en el sofá y puso su rabo bien tieso a disposición de la chica.
-Ahora móntate aquí, hermanita, ya verás el gusto que te va a
dar. Alvaro sujetó con firmeza su esplendorosa picha, un tronco henchido y
venoso de más de 20 cm., aguardando a que la hembra lo montara. Y Susana no se
hizo de rogar. De un solo golpe, sin preparación alguna, sin cálculo, empotró la
potente estaca en el chocho, que ya estaba más que a punto gracias a las lamidas
de su hermano, clavándose el falo en toda su longitud y grosor hasta las bolas.
Empezó a dar botes sobre el gigantesco cipote, de espaldas a su hermano, cada
vez con más brío. Alvaro no dejaba de mover la pelvis, acoplándose al sexo de
Susana a medida que le insertaba su gloriosa picha, que, de forma rítmica,
tomaba posesión de la hembra, un mástil reluciente y brillante de poderoso
semental que la asaeteaba una y otra vez, provocando en ella un orgasmo
incontenible. En un momento dado, el chaval, sin dejar de penetrar a su hermana,
cogió el mando a distancia de la tele y pulsó un botón, apareciendo ahora una
nueva imagen que también tenía a Susana por protagonista.
-Antes me preguntabas si había más imágenes tuyas. Hay más, y
ésta es el plato fuerte de hoy. Prepárate y mírala bien, hermanita, y te daré
más.
-Ohhh, sí, sí, joder, dame más, cabrón, decía Susana, que no
paraba de gemir mientras su hermano se la follaba con todas sus ganas, clavada
en la polla y dando saltos sobre ella, el chico tumbado en el sofá, con las
piernas abiertas, la polla incrustada en el sexo de Susana, sus musculosos
brazos atrapando las tetas de la chica y pellizcándole los pezones, gruesos y
oscuros como aceitunas.
En la pantalla de video aparecía Susana follando con dos
tíos. Uno de ellos era Javier, su hermano mayor, que estaba tumbado en el suelo,
mientras Susana lo cabalgaba. El otro tío era Emilio, el negrazo amigo de
Javier, su incomparable cuerpo de culturista color caoba perforándole el culo
por detrás. La chica permanecía atrapada entre las dos pollas, gozando de una
increíble doble penetración, la polla de su hermano martilleándole el coño y la
del negro dándole por el culo.
-Esto es lo que te gusta, ¿eh, guarra? Alvaro se desacopló de
ella y los dos se levantaron. Entonces, Susana se puso a cuatro patas frente al
monitor de video y su hermano se colocó justo detrás de ella, escupió en la
polla varias veces y se la ensalivó con la mano derecha, dispuesto a romperle el
culo allí mismo.
-Ahora te voy a dar bien por el culo, hermanita. Ya verás qué
de puta madre. Lo que no sabía era que también te hubieras tirado a Emilio, y
además por el culo. Ese negro tiene una buena tranca, ¿eh?
-Está bien bueno, y jode que no veas, pero creo que le van
más los tíos. Igual un día te apetecería probar un buen rabo de chocolate,
Alvarito. Estoy segura de que eres el tío perfecto para Emilio.
-No creo, a mí me mola más follarme a guarras como tú. Y
diciendo esto, la agarró por las caderas y se la empezó a follar por detrás,
abriendo de golpe y sin más preámbulos su divino ojete.
-Ni vaselina ni mariconadas, te voy a follar a pelo, que es
como más gusto da.
En realidad, el ano de Susana no necesitaba de lubricante
alguno. Estaba ya lo suficientemente abierto, dada la cantidad de veces que
había sido penetrado, empezando por su hermano Javier, que tenía un especial
apego al trasero de la chica y no paraba de encularla a placer. Viendo las
imágenes de la cinta de video, se excitó enormemente al rememorar aquella noche
en que Javier y su amigo negro se la habían follado por todos lados, y aún más
si cabe cuando le vino a la mente aquella otra noche en que, por primera vez en
su vida, había gozado de una doble penetración a cargo de sus dos hermanos.
Ahora se contemplaba a sí misma en las imágenes, atrapada entre las dos enormes
vergas, la de su hermano mayor y la de ébano, mientras su hermanito pequeño le
daba violentos embates por detrás, arponeándola con su delicioso pollón
adolescente, violento, salvaje, dominador, tomando posesión de su agujero más
íntimo, como si pretendiera hacerla comprender, de una vez por todas, que su
destino era convertirse en su esclava, su territorio recién conquistado, la
tierra que él habría de marcar como de su propiedad con su semen. Pronto, tras
sufrir las fuertes sacudidas en los flancos que la hacían temblar, como la yegua
tiembla de puro deseo animal ante las violentas acometidas del semental, la
espesa lluvia del macho inundaría su recto, con lo que concluiría la
desenfrenada cópula fraternal. Pronto el poderoso macho que era su hermano la
dejaría exhausta, radiante y anhelante.