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Fecha: 24-Jul-07 « Anterior | Siguiente » en Amor filial

Amada por mi marido y follada por mi hijo

Josefina
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Tiempo estimado de lectura: [ 12 min. ]
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Un matrimonio, con muchos años de diferencia de edad, decide recurrir al único hijo para saciar el feroz apetito sexual de la mujer, cuyo marido ya no es capaz de satisfacer sus necesidades carnales. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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Amada por mi marido y follada por mi hijo

Me casé a los veinte años con un hombre cuarenta y un años mayor a mí. Llevamos diecinueve años casados y nunca nos hemos dejado de amar intensamente. Fruto de nuestro amor tenemos un hermoso hijo que, actualmente, tiene dieciocho años de edad.

Hace unos meses mi amado esposo debió ser intervenido quirúrgicamente por problemas en la próstata. A raíz de aquello, desgraciadamente, quedó con un importante grado de disfunción eréctil que ni el viagra o similares logra remediar. Su pene, que tanto disfrute me proporcionó, ya no funciona como otrora.

Él, consciente que soy una mujer en plena actividad y fuerte necesidad sexual (menester que lejos de ir aplacándose con los años, se ha ido acrecentando), suplió en los últimos meses, su ahora inservible polla, con maniobras manuales, linguales y con juguetes sexuales de toda índole (consoladores, vibradores realísticos, bolas y plugs, conos que no requieren el empleo de las manos y con dieciocho programas distintos, arneses, mariposas vibradoras con mando a distancia y resistentes al agua, etc.). He de confesar, en honor a la verdad, que al principio todo aquello funcionó muy bien y me otorgó muchísimo placer, sobretodo cuando los usábamos en pareja valiéndonos del sistema de activación remota. Más aún, por bastante tiempo llevé siempre conmigo una mariposa vibradora con mando a distancia para echar mano de ella cada vez que mi insaciable apetito sexual invadiera mi cuerpo.

Sin embargo, en determinado tiempo, todo aquello dejó de surtir el efecto de antes y, peor aún, su eficiencia decreció exponencialmente con el correr de los días. Incluso, en varias ocasiones, estuve a punto de cometer adulterio con diversos hombres.

Como amo profundamente a mi esposo y siempre hemos tenido mucha comunicación y confianza, le conté lo que estaba ocurriendo. Él no se sorprendió, pues como varón ducho y perceptivo que es, ya se había dado cuenta.

También se había percatado, según me confidenció, que nuestro hijo me espiaba cuando estaba en el baño y cuando me cambiaba de ropas en el cuarto de vestir de nuestra habitación. Estas "pesquisas" de nuestro hijo se incrementaron mucho con ocasión de dos hechos casi simultáneos: la ruptura de su relación con quien fuera su novia por tres años y mi cambio en el estilo de vestir, de uno conservador a otro muy audaz y sexy, caracterizado por blusas escotadas y semitransparentes, por el uso de braguitas diminutas y el empleo de sujetadores —de media copa y casi transparentes— sólo para las horas de trabajo (el resto del tiempo no los usaba o empleaba unos totalmente transparentes. Tengo tetas dignas de ser mostradas), el reemplazo casi total de los pantalones por faldas o minifaldas muy cortas y/o más que sugerentes y, en general, por un comportamiento muy sensual, cachondo que denotaba mis ansias irresistibles de verga real y sabrosa.

Pero como mi marido siempre ha sido muy inteligente y pragmático, y considerando que dada mi situación de creciente calentura, más temprano que tarde le pondría los cuernos con otro u otros hombres desconocidos, me propuso lo siguiente:

Trabajar mi "problema" de apetencia sexual en familia, en equipo. Esto con la finalidad que resolviéramos mi necesidad dentro del seno de la familia y, de este modo, nos mantuviéramos unidos como el clan familiar que siempre hemos sido, por una parte, y no nos expusiéramos a burlas y habladurías de las gentes por mis eventuales —o seguros— amoríos venideros que nos causarían daño a todos y, seguramente, destrozarían nuestra familia, por otra parte.

Para conseguir el propósito precitado, yo tendría que seducir a mi hijo Ignacio, dejándome ver desnuda y en actitudes cachondas ante él.

Separar habitación con mi esposo, habilitando convenientemente para ello, un dormitorio ubicado en la planta baja de nuestra casa. Argüiríamos frente a nuestro hijo que este cambio obedecía a que para mi marido, por su edad y por razones de salud, ya no resultaba aconsejable el que tuviese que subir y bajar escaleras todo el día. Sin embargo, el verdadero fundamento del traslado era que, tanto yo como mi hijo, tuviésemos mucha privacidad y libertad para actuar. De otro modo Ignacio no se atrevería a ir más allá de un discreto espionaje. Yo debía utilizar la sensación de privacidad que simularíamos para provocarlo, seducirlo y cautivarlo a objeto de transformarlo en mi amante y saciar mi apremiante necesidad de sexo real y abundante, y de paso, complacer el deseo sexual que había manifestado mi hijo por su madre, a la vez que mantenerlo con sus necesidades sexuales satisfechas para que pudiese estudiar tranquilo y dedicado en la universidad.

Instalar un circuito cerrado de televisión, con cámaras ocultas, para que mi esposo supervisara, controlara y viese cómo llevaba a cabo el proceso de seducción y provocación a mi hijo, primero, y cómo follábamos, después. Tal sistema tenía dos objetivos centrales: la supervigilancia del proceso por parte de mi marido —que mi esposo viese si estaba atrayendo bien a mi hijo para convertirlo en mi amante— y saldar las ansias voyeristas de mi marido. Adicionalmente y a pesar que Miguel —mi esposo— lo desconocía, el saber que él nos estaba observando, haría que mi excitación y goce fuese mucho mayor, pues desde pequeña he sido exhibicionista. Me pone cachondísima que otro hombre me vea teniendo relaciones sexuales, y mucho más si ese hombre es mi marido y mi amante, nuestro hijo.

 

Acepté encantada el plan propuesto y decidimos enviar por una semana a mi hijo a Canarias, a casa de mis padres. En ese período efectuamos todas las transformaciones estructurales de la casa en completo sigilo y, al mismo tiempo, aproveché de ensayar y pulir algunas técnicas de seducción con los chicos de la Escuela Diplomática en la que imparto clases de ceremonial y protocolo.

Pusimos en marcha el plan. Ignacio partió feliz a visitar a sus abuelos; los arreglos de la casa quedaron muy bien y estuvieron completados en un tiempo récord de cinco días. Aquello nos permitió probar el sistema de televisión interno y familiarizarme con la ubicación y funcionamiento de las cámaras escondidas.

El domingo siguiente, día en el que llegaba mi hijo, me vestí especialmente para ir a buscarlo al aeropuerto. Luego de un restaurador y excitante baño con sales minerales y mi mariposa vibradora actuando a plenitud en mi vagina (me corrí, por lo menos, tres veces pensando en mi hijo, estimulada por el aparato masturbador), me coloqué una blusa enteramente translúcida de color blanco, sin sujetador, un pícaro tanguita con un tajo en la zona frontal, a la altura de la vagina, confeccionado en suave blonda, y totalmente elástico, una minúscula minifalda de lycra de color negro, con una abertura o tajo abrochado a un lado, pero muy fácil de desabrochar, y muy ajustada, zapatos de tacón modernos; completaba el atuendo una chaqueta liviana y larga que usé en el aeropuerto para taparme y que sólo me saqué una vez que estuvimos con mi hijo en el coche de regreso a casa. El espectáculo y la provocación eran para mi hijo y no para otros hombres, aunque confieso me hubiese encantado ver la reacción de otros hombres en el terminal aéreo.

Le pedí a Ignacio que condujese de regreso a casa, so pretexto que estaba cansada. Me saqué la chaqueta y me senté reclinada en el sillón trasero del coche que mejor visión tenía desde el espejo retrovisor interior. Me hice la adormilada y separé ligeramente las piernas. Sentía que Nacho no me sacaba los ojos de encima, conducía a baja velocidad. Aprovechando que contaba con su atención, desabroché el tajo del costado de la falda y puse la pierna de ese lado sobre la otra pierna para mostrarle una de mis nalgas. Después, cuando capté que no me miraba, desabotoné dos botones más de mi blusa, quedando mis tetas desnudas expuestas a su mirada. Mi hijo quedó impactado, con los ojos muy abiertos y con cara de vicio. No dijo nada, pero su expresión lo reveló todo.

Cuando llegamos a casa, me fijé que aún tenía un notorio abultamiento en su entrepierna. Entramos a la casa, saludamos a mi marido y le mostramos a Ignacio la remodelación hecha a nuestro hogar (salvo el circuito cerrado de monitoreo, por supuesto).

Después de conversar un rato, anuncié que iría a darme una ducha. Cuando ya estaba en mi habitación, cuya puerta dejé adrede semiabierta, escuché a Miguel aconsejar a Nacho que también subiera a ducharse para reponerse del largo viaje. Entretanto me desnudaba en la habitación con la puerta entreabierta, mi hijo subía a toda prisa las escaleras y se acercaba con disimulo a mi cuarto al percatarse que la puerta no estaba cerrada. Entretanto, yo me paseaba desnuda, con aparente descuido, dentro del ángulo de visión que permitía la apertura de la puerta. Luego de un rato de mostrarle toda mi desnudez a mi hijo y posar siempre con cara de caliente, me dirigí al cuarto de baño y dejé, intencionadamente, la puerta íntegramente abierta. Me metí a la ducha y cuando mi esposo me avisó —haciendo sonar el teléfono interno de mi dormitorio de una forma preacordada— que Ignacio me estaba espiando desde afuera del umbral del cuarto de baño —a través de unas cortinas transparentes que puse antes de salir al aeropuerto—, empecé un show erótico, calenturiento dedicado a mi hijo. Comencé esparciendo sensualmente el gel de ducha sobre mis tetas con una esponja vibradora. Me las sobé largo rato al tiempo que emitía gemidos y grititos de placer. Masajeé mis pezones con mucha sensualidad y sin parar de gimotear muy insinuantemente. Luego llevé una mano a mi chochito siempre ardiente, hambriento e inicié una gemida masturbación. Cuando me corrí, gemí más sonoramente de lo común para calentar más a mi filial espectador.

Cuando me estaba terminando de vestir, entró a mi dormitorio mi marido y me contó que vio, por el monitor de su recámara, cómo Ignacio, después de mi exhibición erótica, corrió y se encerró en su habitación para cascarse su pene bestialmente, mientras decía en voz baja, pero audible:

—Mamá, mamaaaaá….te la quiero meter entera. Quiero follarte hasta que se te pase la calentura.

—Excelente, vamos mucho más rápido de lo esperado —señalé a Miguel susurrándole a un oído.

Por la noche cenamos y parloteamos animadamente un largo lapso de tiempo. Recogimos la mesa y nos retiramos a nuestras respectivas habitaciones. Nuevamente dejé la puerta de mi alcoba entreabierta, me desnudé y, cuando noté que mi hijo me espiaba, me di otra vez unas vueltas desnuda dentro del espacio de visibilidad que permitía la apertura de la puerta de mi dormitorio, para reforzar la calentura de mi hijo e inducirlo a hacer algo más que espiarme.

Después que lo sentí retirarse de su escondite, me puse un baby doll con un tanga a juego. Acto seguido me recosté en mi cama a leer un rato. Como a los treinta minutos, entró mi hijo en mi cuarto para darme el beso de las buenas noches. Vestía sólo un bóxer. Apoyó una mano en el respaldo de la cama, y la otra, como al descuido, en una de mis piernas, muy cerca del tanga que cubría mi chocho. Se inclinó para besar una de mis mejillas. Como despistada giré la cara rápidamente y terminó besando mis labios. Lejos de recriminarlo por besarme en la boca, le respondí el besito y asomé levemente mi lengua, humedeciéndole sus labios.

Envalentonado por mi permisividad y audacia, movió la mano que estaba sobre la pierna y la posó sobre una de mis tetas y me dijo:

—Mamá estás buenísima, estoy muy excitado. ¿puedo masajearte tus pechos preciosos?

— ¿Queeeeeeeeeeeeeeeeeé? —respondí alardeando y simulando estar espantada.

—Mamá es que estoy deseándote hace meses y no tengo novia con quien descargarme. —replicó mi hijo.

— ¡Cómo se te ocurre! ¡soy tu madre y no la fulana del prostíbulo! —le reproché severamente haciéndome la difícil.

Deshaciéndose en un mar de disculpas, se retiró raudamente de mi habitación y se enclaustró en la suya.

Como quedé muy caliente, cerré mi puerta con seguro y me masturbé a placer hasta quedar agotada.

La mañana siguiente transcurrió cuasi normalmente. Mi hijo madrugó y se dirigió a su universidad muy temprano. Yo fui a trabajar y, poco después del mediodía, me telefoneó mi esposo para comunicarme que Ignacio había llegado a casa a almorzar y se había retirado a su cuarto casi sin hablar. En vista de esto y del comportamiento retraído, poco comunicativo de mi hijo, resolví anticipar mi regreso a casa e intentar modificar la situación de teatralización excesiva de la noche anterior.

Al llegar a casa conversé brevemente con mi esposo —ya nos habíamos comunicado latamente por e-mail— y subí a ducharme y ponerme ropa más cómoda. Me duché raudamente, me coloqué una camiseta bien escotada, semitransparente y sin sostén; unas braguitas pequeñas y una minifalda bonita, apegada al cuerpo y corta. Enseguida fui al dormitorio de mi retoño, golpeé la puerta y entré cuando recibí el permiso correspondiente. Me senté junto a mi hijo, le di un tierno beso en la mejilla y dije:

—Ignacio, mi amor, deseo excusarme por mi sobre reacción de anoche. Creo que me exalté sin motivos, pues después de todo, no habría sido la primera vez que me tocases, e incluso, mamases mis pechos. Lo hiciste por más de un año cuando eras un bebé. Así es que, si aún lo deseas, te los ofrezco.

Y a reglón seguido, me quité la camiseta, me acerqué más a él y lo besé en la boca con decisión. Tras unos momentos de una combinación de pasmo e inacción, mi hijo me devolvió el beso y sus manos surcaron mis montañas carnosas y turgentes. Al principio tocó mis tetas con extrema suavidad, casi con miedo, pero luego su excitación se apoderó de él y sus caricias fueron apasionadas, llenas de deseos reprimidos. Sin previo aviso, empezó a chuparme los pezones con su boca para, posteriormente y, ante mis estremecimientos de placer que no pude evitar, pasar a comérmelas decididamente. Luego de unos momentos, suficientes para dejarlo hirviendo, calientísimo, me levanté y señalé:

—Bueno, bueno. Es suficiente por ahora, golosillo. —y me retiré a mi habitación.

Una vez ahí, me comuniqué con Miguel y le pregunté qué estaba haciendo Ignacio en esos instantes.

—Se está pajeando como condenado ¿qué esperabas? —me contestó.

Por la noche, cuando todos nos hallábamos en nuestros respectivos dormitorios y yo veía tele con un camisón de gasa transparente y sin ropa interior debajo, llamaron a mi puerta. Era Ignacio, de nuevo, sólo con bóxer, quien ingresó y me dijo:

—Mami, quería darte el besito de las buenas noches.

—Sí claro hijo, pasa. —respondí.

Al aproximarse a mi cama y ver que estaba sin ropa interior debajo del camisón translúcido, su pene reaccionó y la erección se hizo manifiesta. Yo me hice la desentendida y él siguió acercándose, se inclinó y me besó directamente en la boca. Su lengua, tímidamente, se introdujo en mi boca y desató mi pasión. Mi hijo lo percibió y comenzó a toquetearme los senos. Me dejé hacer y gemí sin disimulo y a voluntad. Estiré mi brazo y palpé su polla erecta por encima de la tela de su trusa. Él reaccionó sacándose el slip y quedando enteramente desnudo y plenamente empalmado. Luego desabotonó mi camisón y lo bajó hasta mi cintura. Mis pechos desnudos y con los pezones erectos quedaron a su disposición.

Acaricié su enorme pollón y lo comencé a pajear con mi mano, mientras él se regodeaba chupando y acariciando mis tetas.

Luego se subió a la cama y se colocó de rodillas con una pierna a cada lado de mi cuerpo y el pene muy parado. Me preguntó:

—Mamá ¿me dejas hacerme una cubana con tus tetas?, por favor. —indicó con tono suplicante.

Con un silencio otorgante y cara de vicio se lo permití. Puso su polla entre mis tetas e inició suaves, pero crecientes movimientos pélvicos. Me excitó mucho ver aparecer y desaparecer su pene entre mis pechos. Cada vez su tranca llegaba más cerca de mi mentón. Las embestidas arreciaban y la puntita lubricada de su pene resbalaba por mi barbilla. Me desbordé de deseo y cada vez que su pene venía hacia mi cara, sacaba mi lengua y lamía su garrote henchido de fruición. Al poco rato se corrió cuantiosamente sobre mis tetas. La sensación de la caliente leche en mis pechos me provocó un orgasmo de gran intensidad y que gocé a plenitud. Era el primer orgasmo, en meses, obtenido con una polla de carne humana viva y no de látex o gelatina.

Intentó limpiar su semen de mis tetas con unas toallitas de papel, pero lo tomé de la mano y lo conduje al cuarto de baño (en el trayecto deslicé al piso mi camisón). Giré el grifo para dar el paso del agua de la ducha y nos metimos juntos bajo la lluvia de agua temperada. La pija de mi hijito estaba semi erecta aún por lo que me hinqué y empecé a mamársela con el mayor gusto. Al inicio me concentré en el glande y en el frenillo. Cuando lo tenía gimiendo desaforadamente, ralenticé mi acometida y presté atención al tronco de su miembro, a sus huevos gigantes. Terminé aquella incursión tragándome el pene de mi hijo a la vez que con dos dedos estimulaba la piel ubicada detrás del escroto. Mi hijo comenzó a gemir muy sonoramente y a estremecerse de placer. Momentos más tarde, un chorro casi continuo de semen candente se estrellaba en mi paladar.

Desatadas las pasiones y perdidos los pudores, mi niño me sentó reclinada en la bañera, sobre un cono vibrador que le pasé y que introduje en mi culo a una velocidad vibratoria baja. Enseguida metió su cabeza entre mis piernas, dándome un masaje lingual a mi clítoris, a mis labios vaginales y a mi vulva entera. Culminó su perfomance penetrando honda y cadenciosamente mi vagina con su experta lengua. El inmenso placer que me daba el cono vibrador en mi ano y la lengua de mi hijo en mi coño, me dio tanto y tan variado placer que perdí la cuenta de las veces que me corrí.

Me permitió descansar unos momentos, tras lo cual nos echamos gel mutuamente. Bañé de gel su polla y se la limpié y acaricié hasta que estuvo de nuevo empinada a tope. Me apoyó inclinada en la pared, abrió bien mis piernas y situó su pene a la entrada de mi vagina. Presionó un poco, pero encontró bajísima resistencia. Mis flujos inundaban mi vagina y los gemidos, mi garganta. Me lo metió hasta el fondo una y otra vez llenándome de placer y haciendo que me corriera una y otra vez. Cuando no pudo aguantar más su eyaculación, sacó su verga de mi vagina y se corrió en mi espalda a lo bestia.

Aquella noche de lujuría y placer infinito, follamos hasta el amanecer, pero no lo dejé que me enculara…todavía.


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