Amada por mi marido y follada por mi hijo
Me casé a los veinte años con un hombre cuarenta y un años
mayor a mí. Llevamos diecinueve años casados y nunca nos hemos dejado de amar
intensamente. Fruto de nuestro amor tenemos un hermoso hijo que, actualmente,
tiene dieciocho años de edad.
Hace unos meses mi amado esposo debió ser intervenido
quirúrgicamente por problemas en la próstata. A raíz de aquello,
desgraciadamente, quedó con un importante grado de disfunción eréctil que ni el
viagra o similares logra remediar. Su pene, que tanto disfrute me proporcionó,
ya no funciona como otrora.
Él, consciente que soy una mujer en plena actividad y fuerte
necesidad sexual (menester que lejos de ir aplacándose con los años, se ha ido
acrecentando), suplió en los últimos meses, su ahora inservible polla, con
maniobras manuales, linguales y con juguetes sexuales de toda índole
(consoladores, vibradores realísticos, bolas y plugs, conos que no requieren el
empleo de las manos y con dieciocho programas distintos, arneses, mariposas
vibradoras con mando a distancia y resistentes al agua, etc.). He de confesar,
en honor a la verdad, que al principio todo aquello funcionó muy bien y me
otorgó muchísimo placer, sobretodo cuando los usábamos en pareja valiéndonos del
sistema de activación remota. Más aún, por bastante tiempo llevé siempre conmigo
una mariposa vibradora con mando a distancia para echar mano de ella cada vez
que mi insaciable apetito sexual invadiera mi cuerpo.
Sin embargo, en determinado tiempo, todo aquello dejó de
surtir el efecto de antes y, peor aún, su eficiencia decreció exponencialmente
con el correr de los días. Incluso, en varias ocasiones, estuve a punto de
cometer adulterio con diversos hombres.
Como amo profundamente a mi esposo y siempre hemos tenido
mucha comunicación y confianza, le conté lo que estaba ocurriendo. Él no se
sorprendió, pues como varón ducho y perceptivo que es, ya se había dado cuenta.
También se había percatado, según me confidenció, que nuestro
hijo me espiaba cuando estaba en el baño y cuando me cambiaba de ropas en el
cuarto de vestir de nuestra habitación. Estas "pesquisas" de nuestro hijo se
incrementaron mucho con ocasión de dos hechos casi simultáneos: la ruptura de su
relación con quien fuera su novia por tres años y mi cambio en el estilo de
vestir, de uno conservador a otro muy audaz y sexy, caracterizado por blusas
escotadas y semitransparentes, por el uso de braguitas diminutas y el empleo de
sujetadores —de media copa y casi transparentes— sólo para las horas de trabajo
(el resto del tiempo no los usaba o empleaba unos totalmente transparentes.
Tengo tetas dignas de ser mostradas), el reemplazo casi total de los pantalones
por faldas o minifaldas muy cortas y/o más que sugerentes y, en general, por un
comportamiento muy sensual, cachondo que denotaba mis ansias irresistibles de
verga real y sabrosa.
Pero como mi marido siempre ha sido muy inteligente y
pragmático, y considerando que dada mi situación de creciente calentura, más
temprano que tarde le pondría los cuernos con otro u otros hombres desconocidos,
me propuso lo siguiente:
Trabajar mi "problema" de apetencia sexual en familia, en
equipo. Esto con la finalidad que resolviéramos mi necesidad dentro del seno
de la familia y, de este modo, nos mantuviéramos unidos como el clan
familiar que siempre hemos sido, por una parte, y no nos expusiéramos a
burlas y habladurías de las gentes por mis eventuales —o seguros— amoríos
venideros que nos causarían daño a todos y, seguramente, destrozarían
nuestra familia, por otra parte.
Para conseguir el propósito precitado, yo tendría que
seducir a mi hijo Ignacio, dejándome ver desnuda y en actitudes cachondas
ante él.
Separar habitación con mi esposo, habilitando
convenientemente para ello, un dormitorio ubicado en la planta baja de
nuestra casa. Argüiríamos frente a nuestro hijo que este cambio obedecía a
que para mi marido, por su edad y por razones de salud, ya no resultaba
aconsejable el que tuviese que subir y bajar escaleras todo el día. Sin
embargo, el verdadero fundamento del traslado era que, tanto yo como mi
hijo, tuviésemos mucha privacidad y libertad para actuar. De otro modo
Ignacio no se atrevería a ir más allá de un discreto espionaje. Yo debía
utilizar la sensación de privacidad que simularíamos para provocarlo,
seducirlo y cautivarlo a objeto de transformarlo en mi amante y saciar mi
apremiante necesidad de sexo real y abundante, y de paso, complacer el deseo
sexual que había manifestado mi hijo por su madre, a la vez que mantenerlo
con sus necesidades sexuales satisfechas para que pudiese estudiar tranquilo
y dedicado en la universidad.
Instalar un circuito cerrado de televisión, con cámaras
ocultas, para que mi esposo supervisara, controlara y viese cómo llevaba a
cabo el proceso de seducción y provocación a mi hijo, primero, y cómo
follábamos, después. Tal sistema tenía dos objetivos centrales: la
supervigilancia del proceso por parte de mi marido —que mi esposo viese si
estaba atrayendo bien a mi hijo para convertirlo en mi amante— y saldar las
ansias voyeristas de mi marido. Adicionalmente y a pesar que Miguel —mi
esposo— lo desconocía, el saber que él nos estaba observando, haría que mi
excitación y goce fuese mucho mayor, pues desde pequeña he sido
exhibicionista. Me pone cachondísima que otro hombre me vea teniendo
relaciones sexuales, y mucho más si ese hombre es mi marido y mi amante,
nuestro hijo.
Acepté encantada el plan propuesto y decidimos enviar por una
semana a mi hijo a Canarias, a casa de mis padres. En ese período efectuamos
todas las transformaciones estructurales de la casa en completo sigilo y, al
mismo tiempo, aproveché de ensayar y pulir algunas técnicas de seducción con los
chicos de la Escuela Diplomática en la que imparto clases de ceremonial y
protocolo.
Pusimos en marcha el plan. Ignacio partió feliz a visitar a
sus abuelos; los arreglos de la casa quedaron muy bien y estuvieron completados
en un tiempo récord de cinco días. Aquello nos permitió probar el sistema de
televisión interno y familiarizarme con la ubicación y funcionamiento de las
cámaras escondidas.
El domingo siguiente, día en el que llegaba mi hijo, me vestí
especialmente para ir a buscarlo al aeropuerto. Luego de un restaurador y
excitante baño con sales minerales y mi mariposa vibradora actuando a plenitud
en mi vagina (me corrí, por lo menos, tres veces pensando en mi hijo, estimulada
por el aparato masturbador), me coloqué una blusa enteramente translúcida de
color blanco, sin sujetador, un pícaro tanguita con un tajo en la zona frontal,
a la altura de la vagina, confeccionado en suave blonda, y totalmente elástico,
una minúscula minifalda de lycra de color negro, con una abertura o tajo
abrochado a un lado, pero muy fácil de desabrochar, y muy ajustada, zapatos de
tacón modernos; completaba el atuendo una chaqueta liviana y larga que usé en el
aeropuerto para taparme y que sólo me saqué una vez que estuvimos con mi hijo en
el coche de regreso a casa. El espectáculo y la provocación eran para mi hijo y
no para otros hombres, aunque confieso me hubiese encantado ver la reacción de
otros hombres en el terminal aéreo.
Le pedí a Ignacio que condujese de regreso a casa, so
pretexto que estaba cansada. Me saqué la chaqueta y me senté reclinada en el
sillón trasero del coche que mejor visión tenía desde el espejo retrovisor
interior. Me hice la adormilada y separé ligeramente las piernas. Sentía que
Nacho no me sacaba los ojos de encima, conducía a baja velocidad. Aprovechando
que contaba con su atención, desabroché el tajo del costado de la falda y puse
la pierna de ese lado sobre la otra pierna para mostrarle una de mis nalgas.
Después, cuando capté que no me miraba, desabotoné dos botones más de mi blusa,
quedando mis tetas desnudas expuestas a su mirada. Mi hijo quedó impactado, con
los ojos muy abiertos y con cara de vicio. No dijo nada, pero su expresión lo
reveló todo.
Cuando llegamos a casa, me fijé que aún tenía un notorio
abultamiento en su entrepierna. Entramos a la casa, saludamos a mi marido y le
mostramos a Ignacio la remodelación hecha a nuestro hogar (salvo el circuito
cerrado de monitoreo, por supuesto).
Después de conversar un rato, anuncié que iría a darme una
ducha. Cuando ya estaba en mi habitación, cuya puerta dejé adrede semiabierta,
escuché a Miguel aconsejar a Nacho que también subiera a ducharse para reponerse
del largo viaje. Entretanto me desnudaba en la habitación con la puerta
entreabierta, mi hijo subía a toda prisa las escaleras y se acercaba con
disimulo a mi cuarto al percatarse que la puerta no estaba cerrada. Entretanto,
yo me paseaba desnuda, con aparente descuido, dentro del ángulo de visión que
permitía la apertura de la puerta. Luego de un rato de mostrarle toda mi
desnudez a mi hijo y posar siempre con cara de caliente, me dirigí al cuarto de
baño y dejé, intencionadamente, la puerta íntegramente abierta. Me metí a la
ducha y cuando mi esposo me avisó —haciendo sonar el teléfono interno de mi
dormitorio de una forma preacordada— que Ignacio me estaba espiando desde afuera
del umbral del cuarto de baño —a través de unas cortinas transparentes que puse
antes de salir al aeropuerto—, empecé un show erótico, calenturiento dedicado a
mi hijo. Comencé esparciendo sensualmente el gel de ducha sobre mis tetas con
una esponja vibradora. Me las sobé largo rato al tiempo que emitía gemidos y
grititos de placer. Masajeé mis pezones con mucha sensualidad y sin parar de
gimotear muy insinuantemente. Luego llevé una mano a mi chochito siempre
ardiente, hambriento e inicié una gemida masturbación. Cuando me corrí, gemí más
sonoramente de lo común para calentar más a mi filial espectador.
Cuando me estaba terminando de vestir, entró a mi dormitorio
mi marido y me contó que vio, por el monitor de su recámara, cómo Ignacio,
después de mi exhibición erótica, corrió y se encerró en su habitación para
cascarse su pene bestialmente, mientras decía en voz baja, pero audible:
—Mamá, mamaaaaá….te la quiero meter entera. Quiero follarte
hasta que se te pase la calentura.
—Excelente, vamos mucho más rápido de lo esperado —señalé a
Miguel susurrándole a un oído.
Por la noche cenamos y parloteamos animadamente un largo
lapso de tiempo. Recogimos la mesa y nos retiramos a nuestras respectivas
habitaciones. Nuevamente dejé la puerta de mi alcoba entreabierta, me desnudé y,
cuando noté que mi hijo me espiaba, me di otra vez unas vueltas desnuda dentro
del espacio de visibilidad que permitía la apertura de la puerta de mi
dormitorio, para reforzar la calentura de mi hijo e inducirlo a hacer algo más
que espiarme.
Después que lo sentí retirarse de su escondite, me puse un
baby doll con un tanga a juego. Acto seguido me recosté en mi cama a leer un
rato. Como a los treinta minutos, entró mi hijo en mi cuarto para darme el beso
de las buenas noches. Vestía sólo un bóxer. Apoyó una mano en el respaldo de la
cama, y la otra, como al descuido, en una de mis piernas, muy cerca del tanga
que cubría mi chocho. Se inclinó para besar una de mis mejillas. Como despistada
giré la cara rápidamente y terminó besando mis labios. Lejos de recriminarlo por
besarme en la boca, le respondí el besito y asomé levemente mi lengua,
humedeciéndole sus labios.
Envalentonado por mi permisividad y audacia, movió la mano
que estaba sobre la pierna y la posó sobre una de mis tetas y me dijo:
—Mamá estás buenísima, estoy muy excitado. ¿puedo masajearte
tus pechos preciosos?
— ¿Queeeeeeeeeeeeeeeeeé? —respondí alardeando y simulando
estar espantada.
—Mamá es que estoy deseándote hace meses y no tengo novia con
quien descargarme. —replicó mi hijo.
— ¡Cómo se te ocurre! ¡soy tu madre y no la fulana del
prostíbulo! —le reproché severamente haciéndome la difícil.
Deshaciéndose en un mar de disculpas, se retiró raudamente de
mi habitación y se enclaustró en la suya.
Como quedé muy caliente, cerré mi puerta con seguro y me
masturbé a placer hasta quedar agotada.
La mañana siguiente transcurrió cuasi normalmente. Mi hijo
madrugó y se dirigió a su universidad muy temprano. Yo fui a trabajar y, poco
después del mediodía, me telefoneó mi esposo para comunicarme que Ignacio había
llegado a casa a almorzar y se había retirado a su cuarto casi sin hablar. En
vista de esto y del comportamiento retraído, poco comunicativo de mi hijo,
resolví anticipar mi regreso a casa e intentar modificar la situación de
teatralización excesiva de la noche anterior.
Al llegar a casa conversé brevemente con mi esposo —ya nos
habíamos comunicado latamente por e-mail— y subí a ducharme y ponerme ropa más
cómoda. Me duché raudamente, me coloqué una camiseta bien escotada,
semitransparente y sin sostén; unas braguitas pequeñas y una minifalda bonita,
apegada al cuerpo y corta. Enseguida fui al dormitorio de mi retoño, golpeé la
puerta y entré cuando recibí el permiso correspondiente. Me senté junto a mi
hijo, le di un tierno beso en la mejilla y dije:
—Ignacio, mi amor, deseo excusarme por mi sobre reacción de
anoche. Creo que me exalté sin motivos, pues después de todo, no habría sido la
primera vez que me tocases, e incluso, mamases mis pechos. Lo hiciste por más de
un año cuando eras un bebé. Así es que, si aún lo deseas, te los ofrezco.
Y a reglón seguido, me quité la camiseta, me acerqué más a él
y lo besé en la boca con decisión. Tras unos momentos de una combinación de
pasmo e inacción, mi hijo me devolvió el beso y sus manos surcaron mis montañas
carnosas y turgentes. Al principio tocó mis tetas con extrema suavidad, casi con
miedo, pero luego su excitación se apoderó de él y sus caricias fueron
apasionadas, llenas de deseos reprimidos. Sin previo aviso, empezó a chuparme
los pezones con su boca para, posteriormente y, ante mis estremecimientos de
placer que no pude evitar, pasar a comérmelas decididamente. Luego de unos
momentos, suficientes para dejarlo hirviendo, calientísimo, me levanté y señalé:
—Bueno, bueno. Es suficiente por ahora, golosillo. —y me
retiré a mi habitación.
Una vez ahí, me comuniqué con Miguel y le pregunté qué estaba
haciendo Ignacio en esos instantes.
—Se está pajeando como condenado ¿qué esperabas? —me
contestó.
Por la noche, cuando todos nos hallábamos en nuestros
respectivos dormitorios y yo veía tele con un camisón de gasa transparente y sin
ropa interior debajo, llamaron a mi puerta. Era Ignacio, de nuevo, sólo con
bóxer, quien ingresó y me dijo:
—Mami, quería darte el besito de las buenas noches.
—Sí claro hijo, pasa. —respondí.
Al aproximarse a mi cama y ver que estaba sin ropa interior
debajo del camisón translúcido, su pene reaccionó y la erección se hizo
manifiesta. Yo me hice la desentendida y él siguió acercándose, se inclinó y me
besó directamente en la boca. Su lengua, tímidamente, se introdujo en mi boca y
desató mi pasión. Mi hijo lo percibió y comenzó a toquetearme los senos. Me dejé
hacer y gemí sin disimulo y a voluntad. Estiré mi brazo y palpé su polla erecta
por encima de la tela de su trusa. Él reaccionó sacándose el slip y quedando
enteramente desnudo y plenamente empalmado. Luego desabotonó mi camisón y lo
bajó hasta mi cintura. Mis pechos desnudos y con los pezones erectos quedaron a
su disposición.
Acaricié su enorme pollón y lo comencé a pajear con mi mano,
mientras él se regodeaba chupando y acariciando mis tetas.
Luego se subió a la cama y se colocó de rodillas con una
pierna a cada lado de mi cuerpo y el pene muy parado. Me preguntó:
—Mamá ¿me dejas hacerme una cubana con tus tetas?, por favor.
—indicó con tono suplicante.
Con un silencio otorgante y cara de vicio se lo permití. Puso
su polla entre mis tetas e inició suaves, pero crecientes movimientos pélvicos.
Me excitó mucho ver aparecer y desaparecer su pene entre mis pechos. Cada vez su
tranca llegaba más cerca de mi mentón. Las embestidas arreciaban y la puntita
lubricada de su pene resbalaba por mi barbilla. Me desbordé de deseo y cada vez
que su pene venía hacia mi cara, sacaba mi lengua y lamía su garrote henchido de
fruición. Al poco rato se corrió cuantiosamente sobre mis tetas. La sensación de
la caliente leche en mis pechos me provocó un orgasmo de gran intensidad y que
gocé a plenitud. Era el primer orgasmo, en meses, obtenido con una polla de
carne humana viva y no de látex o gelatina.
Intentó limpiar su semen de mis tetas con unas toallitas de
papel, pero lo tomé de la mano y lo conduje al cuarto de baño (en el trayecto
deslicé al piso mi camisón). Giré el grifo para dar el paso del agua de la ducha
y nos metimos juntos bajo la lluvia de agua temperada. La pija de mi hijito
estaba semi erecta aún por lo que me hinqué y empecé a mamársela con el mayor
gusto. Al inicio me concentré en el glande y en el frenillo. Cuando lo tenía
gimiendo desaforadamente, ralenticé mi acometida y presté atención al tronco de
su miembro, a sus huevos gigantes. Terminé aquella incursión tragándome el pene
de mi hijo a la vez que con dos dedos estimulaba la piel ubicada detrás del
escroto. Mi hijo comenzó a gemir muy sonoramente y a estremecerse de placer.
Momentos más tarde, un chorro casi continuo de semen candente se estrellaba en
mi paladar.
Desatadas las pasiones y perdidos los pudores, mi niño me
sentó reclinada en la bañera, sobre un cono vibrador que le pasé y que introduje
en mi culo a una velocidad vibratoria baja. Enseguida metió su cabeza entre mis
piernas, dándome un masaje lingual a mi clítoris, a mis labios vaginales y a mi
vulva entera. Culminó su perfomance penetrando honda y cadenciosamente mi vagina
con su experta lengua. El inmenso placer que me daba el cono vibrador en mi ano
y la lengua de mi hijo en mi coño, me dio tanto y tan variado placer que perdí
la cuenta de las veces que me corrí.
Me permitió descansar unos momentos, tras lo cual nos echamos
gel mutuamente. Bañé de gel su polla y se la limpié y acaricié hasta que estuvo
de nuevo empinada a tope. Me apoyó inclinada en la pared, abrió bien mis piernas
y situó su pene a la entrada de mi vagina. Presionó un poco, pero encontró
bajísima resistencia. Mis flujos inundaban mi vagina y los gemidos, mi garganta.
Me lo metió hasta el fondo una y otra vez llenándome de placer y haciendo que me
corriera una y otra vez. Cuando no pudo aguantar más su eyaculación, sacó su
verga de mi vagina y se corrió en mi espalda a lo bestia.
Aquella noche de lujuría y placer infinito, follamos hasta el
amanecer, pero no lo dejé que me enculara…todavía.