
20 de diciembre del 2004
Solo una vez más; mi esposa se ha marchado y mis hijos se fueron con ella. Como
cada año, año Alicia partió a un viaje vacacional a México para visitar a sus
padres, a sus hermanos, a los hijos de estos, a su familia... yo solía
acompañarla, o al menos lo hice en nuestros primeros años de matrimonio, tal vez
por querer acercarme a su familia de una forma más intima y con la intención de
sentirme parte de ella.
Hoy todo ha cambiado, pues ya he crecido, y la apatía reemplazó al júbilo que
una vez movió mi vida.
Serán unas vacaciones solitarias. Pero no importa, ya estoy
acostumbrado.
21 de diciembre del 2004
Día de flojera; no hay mejor forma de describirlo; no me
levanté hasta casi medio día. Me la pasé toda la tarde viendo películas. Todo
ello me recuerda a mi adolescencia y sus tardes de ocio.
Una nueva vecina acaba de mudarse a la fea pocilga de
enfrente. No sé como una mujer tan hermosa pudo escoger un lugar tan vil para
vivir. Al parecer solo viene de vacaciones, pues su único equipaje era una
pequeña valija.
Me gustaría conocerla, pero de haber una relación entre ella
y yo, ya empezó con el pie izquierdo. Estaba en mi cuarto listo para dormirme,
cuando alcancé a distinguir desde mi ventana la silueta de una delicada figura;
me pegué a la pared, y abrí la cortina para poder apreciarla, y era ella en su
habitación. Había dejado las cortinas abiertas. Al parecer estaba lista para
recibir el don del sueño. Desprendió de su cabello los pasadores y demás
adminículos que usan las mujeres para mantenerlo acomodado, con sus manos se lo
echó para atrás y sacudió su cabellera moviendo el cuello. Entonces la imagen
que vieron mis ojos se tornó sensualísima. Lentamente desabotonó su blusa, tenía
un brasier de encaje negro, sus senos eran perfectos, lejos de ser grandes, pero
nada pequeños, bien redondos y apiñados el uno del otro. Enseguida se quitó la
falda y todo lo que vi era bello. Sacó de su armario un camisón, preparó su
cama, y justo cuando se desabrochó el brasier, fijó su vista a través de la
ventana, viendo lo que estaba afuera, enfrente de ella: yo. Me quedé
inmóvil por un instante, viendo como me veía, entonces cerré la cortina. Pero
esa última imagen se me quedó grabada como una fotografía.
Espero que no se fije en este pequeño incidente y lo olvide
pronto.
22 de diciembre del 2004
Me he estado topando con mi nueva vecina por todas partes, ya sea cuando voy a
comprar abarrotes, ya cuando estoy podando el césped, ya cuando solo salgo a
sacar la basura. Hasta el momento no hemos cruzado palabra, pero ella actúa como
si me conociese y como si no la hubiese espiado mientras se desvestía: me sonríe
y me saluda con la mano.
23 de diciembre del 2004
Maldita sea mi suerte, acabo de tener un accidente, me fracturé el brazo, quedé
inconsciente, y hubiera sufrido males mayores, si mi vecina no me hubiera
auxiliado. Relataré todo circunstanciadamente.
A un lado de la cochera de mi casa se halla un jardín, y en
él está plantado un pino. Cuando mi esposa lo compró era pequeño y jamás creímos
que fuera a crecer tanto. Sus ramas llegaron hasta los cables de televisión y
teléfono, y de haber crecido más, habrían hecho estragos dichos cables. Para
evitarlo traté de cortar las ramas, apoyé una escalera sobre el tronco y con un
machete hice el trabajo. Mi vecina desde abajo me observaba con los brazos
cruzados y un aire de seriedad. Esta vez yo la saludé, pero ella no me contestó;
me volví, e inexplicablemente un soplo de viento se cernió sobre mí, la escalera
cayó, hice un intento por sostenerme de las ramas, pero no pude; el duro suelo
recibió mi cuerpo, golpeándolo violentamente.
Desperté en un hospital con el brazo enyesado, afortunadamente el izquierdo,
sino no estaría escribiendo esto. Me sorprendí, pues a mi vera se hallaba mi
vecina; le pregunté que había pasado, ella contesto: "¿No lo recuerdas? Te
caíste y te fracturaste el brazo. Afortunadamente yo estaba allí." Le di las
gracias y ella se presentó. Su nombre es Beatriz.
El doctor ya me dio de baja, y me encuentro en casa en estos
momentos; Beatriz me trajo a ella, y se despidió dándome en la mejilla un beso y
diciéndome que mañana volvería a ver si ya estaba mejor.
Pasó algo curioso cuando estuve inconsciente. Soñé que ella y
yo estábamos en la cama haciendo el amor. No, no fue exactamente así como empezó
el sueño; yo estaba dormido, mas no estaba solo, había alguien por debajo de las
sabanas... acariciándome todo el cuerpo, tenía largas uñas y con ellas me
acariciaba todo el pecho y desgarraba mi boxer con las mismas, retraía el
prepucio y arañaba también mis testículos; lo hacía con suavidad, excitándome el
placer viril. Luego yo trataba de retirar las sabanas y de ellas salía una mano
moviendo el dedo índice, comunicando mímicamente un "no". El susodicho dedo se
apoyaba sobre mi nariz y mis labios y de las sabanas emergía Beatriz desnuda.
Empezó a dar pequeños saltitos para que nuestros genitales friccionaran, al
tiempo que con sus manos se acariciaba las tetas.
Toda la fantasía estuvo plagada de detalles lúbricos y de
acciones dulcemente obscenas. Sus glúteos estaban calientitos; su vagina,
exageradamente húmeda, de ella dimanaban copiosos fluidos que descendían sobre
sus muslos como el caudal de un río de leche; en los momentos en que la embestía
con fuerza, hundiendo mi miembro hasta el abismo, arrojaba su blanquecino
líquido a chorros, salpicándome en la cara; además, cuando nuestro placer
ostentaba su apogeo, ella vociferaba las más obscenas groserías con sumo
desparpajo. Pero lo curioso es que este sueño no parecía sueño, y juraría que
tal experiencia ocurrió en la realidad si no hubiese despertado en un hospital.
24 de diciembre del 2004
Escribo estas líneas con la cabeza caliente y con el animo exaltado; acabo de
tener una experiencia más con Beatriz –sí, ella de nuevo–; esta vez no fue un
sueño, pero pasé una noche agradable en su compañía, y la tentación de tener
ayuntamiento carnal me hostigó toda la noche. Eran alrededor de las siete, iba a
bañarme, y en eso sonó el timbre, sabía que era ella, ¿quién más podría ser?
Abrí la puerta y ella se metió como si fuera su casa. "¿Cómo sigues?", me
preguntó, y le dije que bien. Me preguntó además como le había hecho para
hacerme de comer, le contesté diciéndole que había pedido pizza; ella se
disculpó alegando que debió haberme preparado la comida, yo le dije que estaba
bien, que podía cuidarme solo –estúpido–.
Entonces le dije que iba a bañarme, que me podía esperar viendo televisión;
obviamente asintió. Fue allí cuando sucedió. Estaba sumergido en la bañera y un
ligero ruido desvió mi atención, eran las bisagras de la puerta... abriéndose,
la cortina impedía una clara vista, pero debería padecer un severo retraso para
no saber quien era. Enseguida Beatriz abrió la cortina, tenía puesta la bata de
baño de mi esposa, y al momento de quitársela me dijo: "vine a tallarte la
espalda". Se acomodó en la bañera sentada y con las piernas abiertas, enjabonó y
aseó mi cuerpo entero, lo mismo hizo con el suyo. Debo de confesar que al
apreciarla desnuda, yo ardía lúbricamente y que toda esa posición me ponía
nervioso. Beatriz estaba serena, actuaba con toda naturalidad como si fuera una
enfermera que baña a su paciente.
¿Qué te propones, mujer? Te me apareces hasta en los sueños, te bañas conmigo;
me limpias el pene y me masajeas el glande con un dedo enjabonado, mas mantienes
tu rol de mujer sensual y coqueta aunque sin llegar a mujerzuela.
Me secó y me vistió como una madre a su bebe de pecho. Fue humillante. Salió del
baño llevando solamente sus bragas puestas, había traído ropa de su casa, se la
puso sin reparo alguno en mi presencia y me dijo: "Prepararé la cena, Armando,
ya que los dos estamos solos en nuestras respectivas casas, sería buena idea
cenar juntos. Es noche buena." En realidad había olvidado el día que era, pero
fue una buena excusa para pasar la noche con ella.
Mientras disfrutábamos de la cena, no desaprovechamos la oportunidad para
platicar. Me contó muchas cosas sobre ella, y si pudiera parafrasear lo más
relevante que dijo y lo más relevante que insinuó y referirlo como si fuese ella
quien escribe, quedaría así:
"Soy de Mexicali Baja California, hija de dos servidores sociales, miembro de
una familia feliz, tengo 30 años y soy viuda, en mi corto matrimonio no concebí
ningún hijo... bla bla bla… y me gusta provocar a los hombres con mi insinuante
mirada, mis carnosas piernas y haciendo preguntas como: ¿alguna vez le has sido
infiel a tu mujer? Y declaraciones tales como esta: Noté un dejo de nerviosismo
cuando estábamos en la bañera. No deberías de avergonzarte de la desnudez… bla
bla bla…"
En su mirada hay algo que me inquieta, algo que no puedo explicar; es
provocadora y me trasmite deseos carnales hacia ella, es casi hipnotizante. No
parece una mirada humana, pero sus ojos son más bellos que los de cualquier
mujer.
Hay un aspecto que casi olvidaba describir, y del cual no puedo prescindir para
hacer comprensibles mis inconmensurables ganas de disponer del suculento cuerpo
de esa mujer en una anhelada fornicación: la ropa que vestía y los pormenores de
su cuerpo escultural. Portaba un vestido dos veces más hermoso que cualquiera
que le he visto puesto antes, azul rey, tan ajustado a su cuerpo que sus
atributos sexuales se daban a relucir y que muy apenas contenía sus carnes en su
lugar, era escotado y permitía entrever sus senos. Cada que cruzaba o descruzaba
sus piernas mostraba ligeramente sus pantaletas. Su cuerpo es seductor en todos
sus detalles; delgadísima su cintura y anchas sus caderas; sus glúteos, bien
proporcionados; su cutis siempre está fresco como una manzana, es de tez morena
y su delicada piel es una pulpa exquisita que constituye el componente más
apetitoso de todo su ser.
Mi mente no dejaba de reconstruir su imagen desnuda en la bañera. Esa imagen me
instigaba a una sola acción: copular –¡copular!–. Sin embargo, todo fue un deseo
y no más. Beatriz se fue, y toda oportunidad de concretar mis pretensiones
disolutas se fueron con ella.
25 de diciembre del 2004
Navidad
Recibí una llamada de mi viejo colega y amigo Jaime Reyes. Me
esta ofreciendo trabajo en la construcción de una nueva plaza comercial en el
centro. El proyecto se emprenderá en un par de días. Suena tentador.
Todo lo demás fue la nueva rutina: Beatriz me hizo de comer,
me atendió y me coqueteó todo el día.
26 de diciembre del 2004
Sin novedad.
27 de diciembre del 2004
A partir de hoy Beatriz vivirá conmigo, aunque será sólo por unos días. Me dijo
que la casa donde vive es prestada y que se la están pidiendo ya. Necesita un
lugar para hospedarse una semana, y cuando me pidió hospedaje no me pude negar.
No consideró en conseguir un departamento, pues, según me dijo, sólo está
esperando a que su hermano que radica en Pachuca pase por ella y lleguen juntos
a Mexicali. Cuando le pregunté que la había traído a San Luis Potosí, me
contestó con una evasiva.
Esta situación se está tornando más embarazosa; de por sí era
demasiado con sus visitas constantes y ahora dormirá bajo el mismo techo que yo.
No me sorprendería que los vecinos inventaran rumores al respecto. Eso es lo que
me preocupa más.
28 de diciembre del 2004
Aniversario 46 de la batalla de Santa Clara
He sucumbido ante las provocaciones de Beatriz y ambos caímos bajo la tentación
de una desenfrenada licencia. Hicimos el amor. Ocurrió ayer, después de escribir
en estas páginas, cuando ya estaba acostado en mi cama y el sueño casi me
vencía.
Ella abrió sigilosamente la puerta y me dijo susurrándome que no podía dormir en
la cama que le asigné. Me pidió, como una niña temerosa de dormir sola, si podía
dormir conmigo, y antes de que contestara ya estaba a mi vera acostada bajo mis
sabanas. Acercándoseme, me confesó que quería tener sexo conmigo; me lo dijo
susurrándome una obscenidad. Acto continuo, desvistió su ropa interior que era
la única que vestía cuando llegó, –seguramente pretendiendo provocarme como
siempre–, y yo cumplí su deseo… nuestro deseo. Tenía años de no disfrutar la
unión carnal tan intensamente. No, nunca la había disfrutado tan intensamente,
experimenté sensaciones que ni siquiera sabía que existían y exploté en un
superorgasmo.
Arremetiéndola, ella dobló sus piernas, rodeándome la cintura
y obligándome a cargarla sujetándola de sus nalgas; se comportó y gimió como una
vil ramera, atrás dejo su rol de mujer sensual, bonita y coqueta; lo único que
la tenía en esta burda copula era la lujuria. Su vagina estaba sobremanera
húmeda y mi miembro ardía a mil. Mientras eso se llevaba a efecto, cogí sus
pantaletas y noté que estaban todas mojadas; al parecer ya tenía ganas.
Pero eso fue solo la mitad de lo ocurrido. En la mañana salí
con Jaime a una reunión sobre el proyecto de la plaza comercial a vistas de
realizarse. Ni siquiera me despedí de Beatriz, seguía dormida como una roca y
eran ya las once de la mañana. El proyecto parece bueno, la paga es buena. Quien
erigirá es el arquitecto Adrián Ruiz. Quiere que funja como uno de sus
asistentes. Platicamos largo rato sobre el tema y, tras lo cual desayunamos, en
Decarlo, donde la comida es exquisita; allí me presentaron a nuestros
compañeros, el Ingeniero Arellano, la señorita Quesada, un tal Flavio o Fabián,
ya lo olvidé, y cinco personas más que mi memoria no alcanzó a retener sus
nombres. Llegué a la casa en la tarde, había estado ausente el día entero y ya
tenía otro compromiso en la oficina del Ing. Arellano. Sólo vine a casa para
comer y descansar un poco. Beatriz me preparó la comida, y al tanto que la
devoraba con apetito voraz, me preguntaba por qué había tardado tanto y que
había hecho durante ese rato; le conté todo con detalles; ella me miraba con
desagrado, manifestándome su desacuerdo en que trabajara en estas fechas y con
el brazo fracturado. Pero había algo más que no le gustaba, no estoy seguro de
que era. Cuando le dije que tan rápido como había llegado ya me iba de nuevo,
inmediatamente me dio un "no", cavilando y cuestionándome. Me pidió que me
quedara, y yo le mencioné lo importante del compromiso. Entonces pareciera que
su cuerpo hubiera cambiado, lucía más hermoso de un segundo a otro, fue una
metamorfosis asombrosa que embelleció sus miembros y su rostro. Me tentaba una
vez más. Le insistí en la importancia de nuestra reunión, y en la inconveniencia
de faltar a mi primer compromiso. Entonces me dijo con una voz chillona parecida
a un ruego: "Quédate conmigo y hagamos el amor". Yo no me resistí.
Ni siquiera subimos a una alcoba, allí mismo en el comedor lo hicimos; nos
desvestimos tan rápido como dos superhéroes, y antes de que superman se hubiese
quitado su ropa de civil, nosotros ya estábamos desnudos. Inicié el típico
jugueteó que suele preceder a la penetración, acariciándola por todos lados,
frotándoles sus carnes. Aunque Beatriz estaba tan ansiosa que quería brincarse
todas las formalidades; así me lo hizo saber con su prosaico lenguaje. Es
curioso, las únicas veces que la he oído maldecir es cuando está dominada por la
lubricidad. Ella se tiró sobre la mesa y abrió las piernas, ansiosa de sentir mi
miembro hundido en el centro de su feminidad.
Y pasó de vuelta... el goce fue inmenso... inexplicablemente su vagina es tan
estrecha como la de una virgen, incluso podría decirse que más –¡ A los 30
años!–, y en ella convergían una mezcla de fluidos abundantes y cálidos. Todo
era genial.
Casi al comienzo, abruptamente me despegué de ella, y, hurgando en mi pantalón,
saqué un condón; a la hora de ponérmelo, Beatriz me dijo que me lo quitara, pues
según dijo tiene las trompas de falopio ligadas. Eso se me hizo muy raro, pues
no comprendo a la mujer que no quiere tener hijos; se enojó en exceso al ver que
pretendía usarlo, aunque cumplí su petición y me lo quité. Nuestra fornicación
prosiguió su marcha; intensificándose cada vez más; llegó un momento en que
perdí el control, estaba fuera de mis cabales, era como un animal que únicamente
existe para saciar sus instintos; mi comportamiento se volvió tan irracional que
aunque me percaté de que las cortinas de la ventana no estaban bien cerradas, o
al menos no lo suficiente para impedir a los vecinos o a los transeúntes en la
banqueta ver las siluetas de un hombre y una mujer teniendo ayuntamiento carnal
en una casa donde se supone que el marido está solo y la mujer ausente. Ahora,
en mi estado de cordura, no entiendo como pude ser capaz de hacer semejante
estupidez.
Después de haber vertido mi blanquecino líquido en su interior, nuestra empresa
continuó y bañé su tierna cavidad constantemente. Tuve varios orgasmos, no
recuerdo cuantos pero fueron muchos, más de nueve. Cada orgasmo tardaba más en
llegar y era menos intenso que el precedente, mi fuerza se debilitaba, y ella,
por el contrario, estaba fuerte como un toro y movida por una lujuria que
parecía nunca terminar.
Duramos toda la tarde fornicando, fueron horas en que la
noción del tiempo y de la misma realidad desaparecieron. Ni siquiera recuerdo
cuando todo terminó, ni cuando me dormí, solo sé que me acabo de despertar.
Tengo un mal presentimiento acerca de esta mujer, algo que me hace darme cuenta
que todo alrededor suyo es raro. Llega precisamente el día que Alicia se va; su
sensualidad es demasiado insólita, hay un no sé qué que me atrae como un animal
en celo, su cuerpo despide un aroma agradable y tranquilizante como un sedante;
pero fuera de todo eso hay algo más. No soy un paranoico... hay más, algo que no
entiendo ni tengo idea de su naturaleza y que permanece como un misterio.
CARTA DE ALICIA LARA A SU ESPOSO
26 de diciembre del 2004
Querido Armando:
Seis días han pasado desde que te dejamos solo en casa, así que imaginamos que
tienes curiosidad por saber como nos la hemos estado pasando. Espero que estés
bien, aunque sé que te has de estar aburriendo un poquito. Olvida la discusión
que tuvimos antes de nuestra partida a la ciudad de México; no volveré a
presionarte a venir de nuevo, pero quiero que sepas que mi mamá y mis hermanos
han preguntado por ti y lamentan que no nos hayas acompañado.
Los niños te extrañan, ayer Carlitos hizo un dibujo de ti, se nota que te
extraña. El viernes por la mañana visitamos las pirámides de Teotihuacan y ayer,
el zoológico de Chapultepec. Todo ha estado bien, salvo el tiempo, que hizo un
frío que calaba hasta los huesos hace unos días. Ojala al igual que nosotros
hayas tenido una amena navidad. Nos vemos en unos días. Se despide de ti
Alicia
besos
(Carta abierta por el destinatario el 29 de diciembre)
29 de diciembre del 2004
Esa mujer sigue seduciéndome, y hoy cruzó los límites de la indecencia
aceptable. Muchos en mi lugar estarían más que satisfechos. Una mujer hermosa
que pide ansiosa copular a diario. Es una aventura que envidiarían la
mayoría de los hombres, pero para mí esto no es tan maravilloso como parece, y
esa es la línea que divide la similitud entre ellos y yo. Porque nada tiene de
satisfactorio cuando esa mujer quiere copular en todos lados, sin importarle si
estamos en un lugar público ni quien esté presente.
Otra vez lo hice con Beatriz –esa perra–, esta vez en una junta con mis socios.
Justo después de registrar en este diario lo concerniente a los días 28 y 27, mi
inquilina temporal me llamó para el desayuno. Serían las once de la mañana.
Habiéndonos terminado el desayuno, me dijo con voz sensual que quería hacer el
amor. Vaya que me sorprendió, nos apareamos como animales el día anterior y ella
ya tenía ganas de hacerlo otra vez. ¡Pero que loca! Ninguna persona, por más
libidinosa que sea, tendría tantas ganas de fornicar después de un tumultuoso
desenfreno de quince orgasmos. Pero ella sí. Sus ojos proyectaban la lujuria que
la consumía por dentro, bajaba sus pantaletas a medias piernas y metía sus manos
entre los muslos. Le dije que no era el momento apropiado. Al escuchar mi
negativa, su expresión cambió como si la hubiese insultado. Al preguntarme por
qué no, le respondí que no quería seguir engañando a mi esposa. La verdad es que
un sentimiento de culpa le había llegado a mi ánimo después de haber amanecido
exhausto por lo de ayer y después de leer una carta de mi esposa que recibí en
la mañana. Beatriz me preguntó enfurecida que si no era lo suficiente buena para
mí, insultó a Alicia y me llamó maricón. Todo confundido por la actitud que
había tomado y el giro que habían dado las cosas, la insulté también. Su descaro
es increíble, le estoy dando un hogar y así me injuria. Usó todas las groserías
existentes a la hora de insultarme y cuando hablaba de Alicia anteponía epítetos
tales como "puta". En medio de esta extraña situación, consideré que no valía la
pena discutir con una loca, así que salí a la junta que tenía con Jaime, a pesar
de que faltaba un par de horas. Al cruzar la puerta ella me tomó por el brazo y
me hizo una amenaza que horas después entendí. Me dijo que tenía que saciar su
apetito, y que por mi bien debí haberlo hecho en ese momento, pues cuando está
muy hambrienta no le importan las circunstancias a la hora de mitigar su hambre.
Me apretó el brazo con una fuerza sobrehumana, y la verdad no bromeo. ¿Cómo una
delgada mujer puede tener esa fuerza hercúlea?
Llegué a la junta con una hora de anticipo. En la oficina sólo se encontraba la
secretaria de Jaime, quien me dijo que él no tardaría en llegar, que había ido a
comer con nuestros colegas a un restaurante cercano. Sólo por curiosidad, Gaby,
la secretaria, me preguntó por qué había faltado ayer. Le contesté que me había
enfermado –que excusa tan trivial, estúpido de mí–. Y cuando llegaron todos me
hicieron la misma pregunta.
Después, mientras exponían algunas ponencias, entró Gaby, la secretaria, quien
me informó que "mi esposa" me buscaba. Jaime rió y le dijo que debía de ser un
error porque mi esposa estaba fuera de la ciudad. Inmediatamente la puerta se
abrió de trancazo y Beatriz entró, dejándonos atónitos a todos con la insolencia
con que se introdujo, con su coqueta forma de caminar y su altanera presunción.
El más atónito de todos, naturalmente, fui yo, que más que atónito quedé
petrificado.
Había nueve personas allí, hombres y mujeres. ¿Qué acaso esa
mujer no tiene decencia? Caminó derechito a mí, y tan pronto estuvimos cara a
cara, me jaló de la corbata y me besó, mordiéndome fuertemente los labios;
asustado, retiré mi cara de la suya y le pregunté: "¿Qué haces?", ella en lugar
de dignarse a contestar se montó súbitamente sobre mi entrepierna, alzó su falda
y bajó sus pantaletas. Todos suspiraron de asombro y algunas mujeres fijaron la
vista en otro lugar por pudor. Invadido por la desesperación y la vergüenza,
sobre todo la vergüenza, traté de retirarla de mí, empujándola con fuerza. Pero
era inútil, estaba fija a mí como una roca y nada podía moverla, otra vez mostró
esa fuerza sobrenatural. Todo eso ocurrió en segundos. Con un susurro me
preguntó en donde quería que lo hiciéramos: allí enfrente de toda esa gente o en
otro lugar. Lo que más quería era que se largara y por nada quería fornicarla a
sabiendas de toda esa gente, pero no teniendo opción, le dije que en otro lugar.
Abandonamos la oficina; yo, humillado y cabizbajo; ella, moviendo los glúteos
con insolencia, y nos metimos a una baño junto a la recepción. Todos se
sintieron insultados y enmudecieron.
Tan pronto como entramos, ella se desvistió y me desvistió a mi también. A la
par que eso se llevaba a efecto, yo le preguntaba cómo era capaz de hacer
semejante escena enfrente de tantas personas; Beatriz no me respondió, sólo
sonrió. Le dije, además, que era una enferma, y ella rió. Ya estando desnudos se
sentó sobre el inodoro, golpeó sus muslos en señal de que me sentara sobre ella
para fornicar. Yo pensaba que mientras más pronto empezara más pronto iba a
terminar, y así obré. Tenía la cabeza fría en esos momentos, pero en el instante
en que la traspasé, me empecé a calentar. Su estrecha brecha abrazó a mi miembro
y lentamente comencé a tomar parte de esa cópula. Me deleitaba acariciándola,
frotando sus tetas, sus nalgas, sus piernas. Había perdido los cabales... una
vez más.
De todas sus partes erógenas, su piel es la que más me deleita... es suave,
cálida, muy exquisita; cuando en ella apoyaba mi nariz y aspiraba, su delicioso
aroma reconfortaba mi olfato. Casi era como si mis pulmones vivieran un orgasmo.
Era una experiencia sensual, muy sensual.
Beatriz gemía deliberadamente al sentir las empresas que en
su interior mi falo realizaba, entonces, yo trataba de silenciarla cubriéndole
con mi mano su boca, enseguida me la retiraba, reía y gemía más fuerte con la
clara intención de que la oyeran todos. Gemidos de una abyecta ramera. Para esos
momentos yo ya estaba completamente dominado por una inconmensurable lascivia,
así que sólo pensaba en copular –¡Estúpido!–, y, en ese delirio, le pedí dejarse
sodomizar. Para Alicia someterse a esa inclinación sexual es rebajarse al
estadio más vil de una mujer. Es por eso que nunca la he sodomizado. Beatriz se
negó; yo le pregunté el por qué, y muy enojada por mi insistencia me contestó
simplemente que no y punto. Su negación me extrañó; ella no es mi casta esposa;
es la más guarra e indecente mujer que he conocido; eso no tenía sentido. Le
metí un dedo en el ano, y le confesé que nunca había hecho eso, que quería saber
lo que se sentía. Ella me dijo que tampoco lo había hecho antes. Persuadida por
la tentación que pude notar en sus ojos, accedió. Apenas la penetré levemente,
me advirtió que le dolía. Metí casi el miembro entero, y ella grito fuertemente.
Seguramente todos la oyeron; pero en ese momento no le presté la debida
importancia a la discreción. Se sentía rara exclamando dolor y pidiendo suaves
embestidas, eso no concordaba con el papel de mujerzuela que siempre había
desempeñado. Curiosamente me pidió que le advirtiera cuando estuviese a punto de
eyacular... más curioso fue cuando supe con que intención me lo pidió. Mi placer
fue incrementándose... la estrechez de su ano y sus glúteos cálidos me lanzaron
al borde de la locura... ella gemía cada vez más y más fuerte. Prácticamente era
inexistente el intervalo entre un gemido y otro. Yo sabía que debía callarla
pero no lo hice. Entonces me pidió a gritos que la embistiese más fuerte, no
obstante que eso le infligía un dolor bárbaro... pero eso no le importaba... es
como si lo que quisiese fuera hacerme gozar o hacerme...
¿eyacular? La verdad no lo sé.
Cuando le anuncié que ya iba a acabar, alegremente cambió de posición e hizo
algo idiota y carente de sentido: en mi pene acomodó su vagina para que
eyaculase en ella, como si quisiese preñarse... como si no persiguiera la copula
en sí, sino el semen que en el acto expelo. Luego nos vestimos. La cordura
regresó. Me indigné y me di cuenta de la idiotez que había hecho, me sentí
culpable... la vergüenza me abrumó de nuevo. Pero no estaba preparado para lo
que venía. Beatriz abrió la puerta, actuando como la decente, amable y sensual
mujer que conocí unos días hace, me besó la mejilla y se despidió con dulzura de
mí; yo estaba impactado porque todos mis compañeros de trabajo estaban allí
parados junto a la puerta. Lo habían oído todo... sus gritos y gemidos de perra,
sus groserías... ¡todo!
Beatriz me tiene loco. No como un hombre enamorado que se siente loco por una
mujer. Hace que la lujuria me libere y me esclavice a la vez; cuando pasa, lo
que deseo es copular, todo lo demás no importa. Y cuando esa lujuria se apodera
por completo de mí... me desconozco a mi mismo.
30 de diciembre del 2004
Sigo fornicando con Beatriz. La ninfomanía de esta mujer no
tiene límites. Esta vez fue un sueño; el cual paso a relatar:
Era el amanecer, y yo estaba apenas levantándome. Alicia
llegó con una charola en las manos, era el desayuno, la puso entre mis piernas.
Mientras desayunaba, platicaba con ella… ambos sonreíamos, estábamos alegres. De
repente, Alicia me coqueteaba y me miraba como una pícara, a la par que probaba
también del desayuno. Desabrochó la cremallera de mi pantalón, vertió miel sobre
mi falo y lo chupó. Estaba encuclillada por debajo de mí y con el miembro
hundido en su garganta… casi se lo metía con todo y testículos. Lo lamió por
todos lados, hurgando su lengua por doquier y fijando su mirada de ramera en mis
ojos. Me dijo que le gustaba mucho el sabor a semen y que practicaría el sexo
oral más a menudo; me masturbó; movió su lengua en derredor del prepucio y
continuó su empresa. El sueño fue increíble, pues a Alicia le repugna el sexo
oral.
Continuaba haciéndome la felación, cuando me desperté y me
percaté que Beatriz estaba conmigo haciendo lo mismo que Alicia en el sueño. En
ese mismo momento eyaculé en su boca; ella escupió el semen en su mano y se lo
metió en la vagina.
Después, ya en la tarde, copulamos y tuve tres orgasmos. Y en
la noche, cuando me estaba bañando, tocó tan fuerte en la puerta que casi la
derrumba, entonces la deje pasar; ella ansiosa se subió el vestido, y llena de
deseo, recibió mi miembro; lo dejo seco y me hizo eyacular en segundos.
31 de diciembre del 2004
¿Qué escribir que no haya pasado antes?
Beatriz y yo nos apareamos el día entero, y me vine en ella
once veces.

1 de enero del 2005
Todo este tiempo he estado haciendo el amor con el diablo, o
algo parecido. Un demonio de linda cara y cuerpo hermoso, que se hizo llamar
Beatriz, y se metió en mi vida astutamente para lograr sus oscuros propósitos.
Ayer me puse a pensar en todo lo que ha sucedido, y se me
vino a la mente la ocurrencia de que esta mujer es un súcubo (un demonio que
según la mitología judeo-cristiana tenía ayuntamiento carnal con hombres para
engendrar demonios de su misma laya y perpetuar su especie, ya que su
contraparte, el demonio de género masculino llamado íncubo, sólo puede unirse
con mujeres y viceversa). Estas eran creencias de la Edad Media. Nunca me
imaginé el grado de certidumbre de mis sospechas.
Aunque le di poco crédito a esta suposición, nunca dejo de
ser una posibilidad que me mantuvo pensativo. Todo el día me ausenté de la casa
para meditarlo. Pero la verdad, lo hice porque Beatriz me da miedo; me atrae, me
gusta, me vuelve loco, mas cuando estoy con ella, un sentimiento se apodera de
mí, como una premonición de un daño futuro.
Le temía a lo que entonces creía yo una mujer.
Tras haber merodeado por la ciudad, yendo de lugar en lugar,
recorriendo desde una vil cantina hasta un cine, todo con la intención de rehuir
del trato de Beatriz, como que se me hizo volver a casa, eso sí, titubeando e
inseguro. Pasé por la otra banqueta improvisando, no fuera a ser que la loca
desde la ventana estuviera esperándome, y se percatara de mi presencia y
dedujera que la estaba rehuyendo. La fortuna me sonrió, al menos, en ese
momento; de la ventanilla superior del baño cuya vista da a la calle, se
alcanzaba a distinguir una luz encendida, además, ligeramente se apreciaba que
emanaba vapor: ella se estaba bañando. Sigilosamente me metí a la casa para
encerrarme en el cuarto y fingir que dormía. La desesperación no entiende razón.
Pasaron alrededor de veinte minutos para que ella tocara en la puerta. Yo no
contesté. Empezó a golpear la puerta con más fuerza, mientras me decía: "
Armando, ábreme, sólo quiero hablar contigo…" su voz se asemejaba a la de una
casta esposa que le habla con preocupación a su marido… ¡Vaya!, el arte del
engaño lo domina cual una mujer. Aún así, yo no caí, y seguí fingiendo que
dormía. Su insistencia fue tenaz y sus toquidos cada vez más duros. Fue allí
cuando le pedí que por favor me dejara dormir; que si quería hablar, lo hiciera
mañana. Repentinamente pasó algo insólito: la puerta fue destrozada y todos los
pedazos de madera volaron. Al parecer, ella rompió la puerta, tal vez de una
patada; no sé cómo lo hizo, pero lo hizo. Ella estaba allí parada; entre toda
esa oscuridad sólo se distinguía una silueta con unos ojos rojos brillando como
los de un demonio. Mojé los pantalones, me petrifiqué, mi cuerpo quedó yerto
como un cadáver y el miedo se reflejó en mis pupilas.
En ese momento encendió la luz, se quitó la bata de baño, y
yo escuchaba como, caminando hacia mí, y muy, pero muy encolerizada, me decía:
"¡Bastardo, sólo exijo de ti un pequeño favor, y no lo puedes
cumplir! ¡No has podido concretar tan fácil tarea! Ninguna de tus semillas ha
dado fruto en mis entrañas, ¿Qué acaso eres estéril, pedazo de hombre? ¿De qué
te sirve tener un gran pene si no produce vástagos? ¡Me has cogido innumerables
veces, y no me has embarazado! ¡Perro!." Me asió del brazo fuertemente,
jalándome hacia ella, y con la misma fuerza sobrehumana me alzó, levantando mi
brazo con su mano y haciendo quedar mis pies suspendidos en el aire, entonces de
su boca brotó una lengua horrible, larga y puntiaguda, muy parecida a la de un
reptil; de ella fluía una viscosidad repugnante. Acto continuo, me siguió
hablando con una voz monstruosa: "Ahora, hombrecillo ridículo, cógeme… y espero
que tengas suerte esta vez, porque si no me preñas, te mato."
Dos veces intente escapar, y dos veces mi huida fue
frustrada. Primero corrí hacia la puerta impulsado por el temor que me
infundieron las amenazas del demonio horrible; y justo cuando atravesaba el
marco de la puerta, esa cosa me tomó del brazo y me lanzó a la pared paralela.
El golpe fue terrible, mi espalda se estrelló duramente, la nuca se me abrió, de
ella brotó sangre, sentí como mis huesos se hacían pedazos. Se acercó a mí y con
unas bofetadas me desatontó, me ordenó que me levantara, y yo, temeroso, no deje
de desobedecerle. Tras lo cual, me abrazó tenazmente, y, fingiendo cariño, lamió
con su lenguota mi cara, embarrándome de su asquerosa baba.
Olvide comentar que además de haberle crecido una lengua
reptilezca, también le crecieron garras en cada uno de sus dedos, con las cuales
me arañó ligeramente el pecho, después la cara, el cuello, hasta teñírmelos de
rojo. Fue doloroso, pero soportable. Lo que ya no pude soportar fue lo que vino
después; escribió "adultero" en mi pecho con heridas que difícilmente
cicatrizarán. Instintivamente prorrumpí un alarido de agonía, me zafé de su
monstruosidad (por no decir humanidad), y justo cuando iba a emprender la huida,
de su espalda nació un par de alas grandes, vigorosas, sublimes en sí mismas,
que cobijándome me detuvieron.
Al parecer, el ente demoníaco reflexionó en sus adentros y la
razón le hizo darse cuenta que con esa actitud nunca iba a lograr su cometido.
Me soltó y sensualmente acercó su pelvis junto a mi virilidad, su cuerpo hizo
contacto con el mío, recargó sus tetas en mi pecho, su cabeza la apoyó
confortablemente en mi cuello y acomodó mis manos en sus piernas; ese ser sabía
como adoraba su piel. Lentamente me serené… no iba a matarme, no mientras le
fuera útil. Mas aún así, mi miedo era inmenso.
Me chupó el pene deliciosamente, y con su reptilezca lengua
me ensalivó el cuerpo entero. Sus mamadas eran magníficas, me excitaban el
placer viril de forma intensa, además con sus dientes mordisqueó suavemente todo
mi pene. Con sus filosas garras acarició delicadamente mis testículos, cuidando
no infligirme daño. Más que una mamada fue una lengüeteda, ya que con su lengua
hizo la mayor parte del trabajo. Envolvió en ella mi miembro, tan diestramente
que lo apretaba más que la vagina más virgen y estrecha. Además con la misma me
masturbó.
Se paró en la cama en cuatro patas, curveó su espalda,
levantó sus glúteos y, dándose una nalgada, exclamó: "¡Cógeme, cógeme, cógeme…!"
Apenas sintió la punta de mi falo penetrar el cerco de su ano, rugió de placer
como una fiera tigresa. Mi miedo se mermaba lentamente y mi libidinosidad ardía
conforme el miedo desaparecía. Empecé a tomar parte en esa fornicación. Mientras
la embestía, ella exteriorizaba diversas expresiones, que dada su contrariedad,
resultaban incongruentes, ora gemía extasiada y gozosa, ora reía cual una
maníaca consumada por la locura. Así de repentinos e ilógicos eran sus cambios
anímicos.
Ella se encuclilló en el alféizar de la ventana, subió a la
azotea y me pidió que la acompañara. Yo no podía subir (en parte por el miedo,
en parte por mi cuerpo fracturado), así que dándome la mano y con un brusco
estirón me ayudo a trepar. Yo no sabía que pretendía, ni siquiera le pregunté,
fuera lo que fuera, sabía que era algo descabellado, pero no estaba en posición
de discutir. ¿Qué dirán los vecinos al verme fornicando con una mujer alada? No
lo sé y no me importa. Tengo el brazo roto, las costillas rotas, el cráneo
fracturado, medio cuerpo desgarrado… mi dignidad me ha sido despojada y en ese
momento mis esperanzas de vida eran pocas. Lo único que me quedaba era esta cosa
dos veces más linda que una mujer… este demonio asqueroso, este demonio hermoso.
La misma "mujer" que despedazó mi vida, era ahora mi única razón de ser; la
misma mujer que otrora sació mi lujuria y cuidó de mí como una esposa, esa misma
mujer, era ahora mi asesina.
Entonces me sujetó del brazo, haciendo que lo cruzara entre
su cuello y hombro, y con el suyo me sujetó de la cintura, saltó y volamos. Fue
increíble, nos elevamos sesenta o setenta metros, e hicimos el amor en el aire.
Nos besamos al mismo tiempo que la embestía; ascendíamos a lo más alto del
firmamento y abruptamente descendíamos en rauda caída, y cuando casi nos
estrellábamos con el suelo, ascendíamos en piruetas a la bóveda celeste otra
vez; toda vez que la fornicación se llevaba a efecto. El vértigo le añadía un
ingrediente delicioso a nuestro amor; porque en cierta forma, me he enamorado de
ella. La odio, le temo, me asqueo de ella, la deseo carnalmente y la amo
también. Todos los sentimientos y emociones convergen en una mezcolanza que no
tiene nombre.
Aterrizamos en la cúpula de la catedral, donde terminamos
nuestra fornicación, con uno que otro testigo presencial observándonos desde
abajo con asombro. De todas las ocasiones en que me uní con ella, esta fue la
más placentera; sentí en carne propia el placer de que son capaces de brindarnos
los inmortales dioses. Y me gustó.
El demonio ya se ha ido. Antes de irse me amenazó, diciéndome
que si la vuelvo a ver no será para copular sino para matarme. Eso fue hace seis
horas. Ha amanecido ya, ahora francamente, no la deseo ver. Debo ir a un
hospital… Sí, lo haré más tarde, por lo pronto sólo basta esperar a que llegue
mi esposa, y sabe Dios como reaccionará, pues no pienso ocultarle nada, se lo
contaré todo sin omitirle detalle por más asqueroso, repugnante o perjudicial
que pueda resultar para nuestra relación marital. Sé que comprenderá lo propenso
que puede ser un hombre a caer en las tentaciones, y espero que crea los
detalles increíbles. Si ella no me cree, nadie lo hará.
(Tres días después la señora Alicia Jiménez encontró a su
esposo muerto junto a este diario).