Esclava en África VII
Follada en el desierto.
Desperté toda dolorida y magullada sobre mi celda de suelo de
paja. Se oía fuera el rumor de los nativos, pero no sabía que hora era.
Llevaba muchos días fuera de casa sufriendo voluntariamente
el trato de una esclava y empezaba a perder la noción del tiempo y de mi vida.
Pensaba para tranquilizarme que Hans estaría en algún sitio controlando mi
situación, pero hacia días que no le veía, estaba angustiada, me sentía
humillada, un objeto de uso y abuso, me aterrorizaba pensar que empezaba a
asumir de verdad mi condición de esclava y que quizá nunca volvería a ser libre
ni volver a casa.
Mire mi cuerpo atado sobre el suelo con grilletes en postura
fetal y comprobé sobre mis muslos las señales del látigo, algunas con sangre
seca tras la laceración, mi espalda me escocía y dolía a rabiar por lo cual
imagine esas mismas marcas y heridas en ella y en mis también ardientes nalgas.
Mis pechos estaban abrasados por el sol y yo toda estaba como
enfebrecida por el castigo y a la exposición al sol.
De pronto se abrió la puerta de la celda y mis conocidos
vigilantes llegaron con unas esponjas y agua, mientras hablaban entre ellos y
tras ponerme una mordaza para mitigar mis gritos, empezaron a limpiarme con las
esponjas y el agua, sin hacer caso de mis gemidos de dolor.
Me desataron y levantaron y me pusieron una especie de corsé
de mimbre que se me clavaba en la piel y que levantaba mis pechos, pero con una
especie de asa en ambos costados.
Me hicieron calzar unas babuchas de tacón alto y taparon mi
cabeza con una especie de capucha que solo dejaba mi nariz y mi boca libres.
Me colocaron unos grilletes en tobillos y muñecas que unieron
con cadenas entre si y una especie de cinturón también hecho con cadenas que
cubría mi sexo y ano, así como un collar de hierro, que comprimía mi garganta.
Me sacaron al exterior. Olía bien el aire y aunque no podía
ver me dio sensación de ya anochecido, al menos la temperatura no era tan alta y
no notaba el abraso del sol, y corría una suave brisa. Oí el ruido de un motor
en marcha y los hombres me hicieron subir a la parte de atrás de una especie de
camioneta que se puso en marcha.
Yo iba arrodillada y apoyada sobre uno de los laterales de la
caja del camión. El vehiculo se puso en marcha y durante varios minutos
circulamos bastante rápido por un suelo desigual que me hacia tambalearme, dar
tumbos y golpearme contra el suelo del coche entre las risas de mis captores.
De pronto en la lejanía se oyeron risas y música de tambores,
como una gran fiesta.
Nos acercamos hasta que el ruido se hizo cercano, oí una
explosión de jubilo y grandes gritos todos de hombres. El coche se detuvo y unos
brazos fuertes me levantaron en volandas y me depositaron en el suelo, note un
tirón de la cadena que se unía al collar de mi cuello y seguí su tirón.
Casi de inmediato sentí muchas manos sobando mi cuerpo y
gritos de hombres que no entendía y que me daban azotes en las nalgas o me
tiraban de los pezones y el pelo, o tanteaban mi sexo encadenado.
Uno de los hombres que me llevaban les hizo callar y tiro de
mi cadena, me hizo inclinar sobre una especie de mesa o tabla y note como ataban
mis brazos y mis piernas bien abiertos a las posibles patas de aquella mesa.
Se hizo el silencio, después uno de los hombres hablo con
autoridad y la música y los gritos y risas volvieron a sonar con fuerza, aunque
yo imaginaba que la parte fuerte de la fiesta sería yo.
Efectivamente en unos minutos note como me levantaban la
cabeza y una polla entraba en mi boca que era follada literalmente por aquel
miembro, al tiempo otra polla entraba en mi coño, y para completar la fiesta
alguien se encargaba de forma irregular de azotar mi culo y espalda con un
látigo.
Fue cuando descubrí para que sirvieran las especies de asas
de mi corset, en ellas se agarraban los hombres para poder clavarme con más
fuerza, con lo cual con el movimiento, el mimbre arañaba mis costados, mi
estomago y mi espalda y se clavaba en mi piel, era un suplicio añadido a la
humillación que estaba sufriendo.
"La fiesta" duro largo tiempo, yo deje de disfrutar del
placer al segundo polvo y mi boca pastosa de babas y semen, estaba como
acorchada, me dolía la espalda y las nalgas de los latigazos, y me escocían las
rozaduras del mimbre por el sudor de mi cuerpo, pero si pude diferenciar que
algunos hombres me follaban con preservativo y otros no, aunque a partir del
sexto o séptimo perdí toda sensación en mi sexo.
Cunado estaba medio aturdida y parece que ya se habían
divertido, me rociaron con varios cubos de agua y me desataron de la mesa.
Me pusieron en pie y ataron mis tobillos entre si y mis
muñecas por detrás de un árbol. Yo seguía con la cabeza tapada y solo mi nariz y
boca al aire. Mi boca era una pasta de semen y saliva, tenia la lengua como
dormida.
El hombre volvió a mandarles callar y les dijo algo, todos
gritaron y unos segundos después mi cuerpo empezó a recibir latigazos desde
varios puntos distintos que laceraron mi vientre, mis pechos, mis costados, la
intensidad era diferente pero el dolor se hacia cada vez más agudo, no se el
tiempo que estuvieron haciéndolo pues había perdido la noción del tiempo.
Cuando se cansaron de azotarme, yo sentía mi piel muy
lastimada y caliente, me desataron del tronco, pero con los tobillos aún atados
entre si, me pusieron una cuerda a modo de collar al cuello, no recuerdo cuando
me habían quitado el collar que llevaba, y empezaron a tirar de mi. Trate de
andar a saltitos y ellos se reían y me daban palmadas en el culo, pero cada dos
por tres tropezaba y caía al suelo, arañándome todo el cuerpo con la tierra y
las ramas, pues al caer el que tiraba de mi me arrastraba unos metros por el
suelo y el corsé de mimbre laceraba aún más mi piel.
Pasado un rato deje quizá de interesarles como diversión, así
que me sacaron arrastrando de allí, pues note alejarse las voces de los hombres
y solo un par de ellos me acompañaban.
Me pusieron en pie y me desataron los tobillos, pero era para
torturarme una vez más.
Esta vez me ataron con la espalda pegada a un grueso tronco,
y supe que era grueso pues ataron mis brazos por detrás del mismo abrazándolo y
no lo abarcaba con el consiguiente dolor al estirar mis brazos.
Hicieron igual operación con mis piernas doblándomelas hacia
arriba a ambos lados del tronco y uniendo mis tobillos con mis muñecas, como si
estuviera arrodillada en el aire, quedando así atada al árbol. Pero no habían
acabado, pues después de un rato, regresaron para atarme los pechos entre si con
una cuerda y colocaron unas pinzas con una cadena sobre mis pezones. La cadena
la unieron a una pinza que habían colocado en mi lengua. También colocaron
sendas pinzas en los labios de mi sexo y las unieron entre si mediante una
cadena que ataron por detrás del árbol, estirando mis labios y dejando mi coño
abierto.
Para mantenerme despierta intente sentir cada rincón de mi
organismo y es curioso como cuando tienes un sentido, en este caso mi vista,
disminuido se potencian los demás.
Una vez terminaron me dieron unos cachetes en mis ya
entumecidos pechos y se alejaron.
A pesar de la postura el cansancio me hacia desear dormir.
Pero el miedo también se apoderaba de mí. Oía ruidos entre la maleza cercana,
como de animales o algo arrastrándose y empecé a pensar en serpientes o reptiles
o cualquier animal.
El pánico se apoderó de mí, pero no podía sino gemir, ya que
mi lengua estaba pinzada con la cadena que se unía a mis pechos que ya casi no
sentía.
No podía ver, pero mi nariz trataba de mantenerme conectada
con mi entorno.
Se oían a los hombres en la lejanía, con su música y sus
gritos y risas.
El cansancio era muy fuerte, me dolía todo el cuerpo, mi sexo
estaba como abotargado, imaginaba mis labios vaginales inflamados y enrojecidos.
La postura no era muy cómoda, pero el agotamiento y el sopor iban apoderándose
de mi cuerpo. Sabía que si me dejaba llevar me desmayaría o me aletargaría
aunque al distenderme las cuerdas se clavaban dolorosamente en mi carne, pero
empezaba a estar muy cansada y como mentalmente perdida. Recordaba medio en
sueños que yo tenía una vida en otro país, una familia y que la lujuria y la
excitación me habían llevado hasta aquel rincón de África, donde habían abusado
de mí sin piedad y seguro que aún sufriría peores castigos e incluso podía dejar
mi vida.
Con el ruido del bosque alrededor, una nube negra fue
invadiendo mis sentidos y me transportó a otro lugar, mi última sensación fue mi
cabeza cayendo hacia adelante.
(Historia real novelada y narrada por Alcior©)
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