Hielo picado
La alfombra era gruesa, caliente. Nuestros cuerpos desnudos
estaban tendidos de lado, a contrapelo. Mi boca recorría tus muslos lentamente,
cerca de tu sexo, tu boca hacia lo propio entre mis muslos.
Tomé un par de pedacitos de hielo dentro de mi boca
(fabulosas las refrigeradoras con Ice Maker), y sosteniendo uno de ellos con mis
dientes comencé a pasarlo por tus muslos.
Las gotas del agua que iban quedando en tus muslos los
perlaban como a la hierba la perla el rocío de la mañana.
Pronto alcancé tu sexo y mi lengua, vacía de hielo pues se
había derretido, comenzó a jugar con los pliegues de satín de tu entrepierna. La
delicia de probarte no me permitía percibir que al sur de esa escena se
desarrollaba otra batalla campal entre tu boca y mi sexo.
Tomé más hielo en mi boca y comencé a chupar pasando los
cubitos por tu clítoris y los labios de tu vagina. Un escalofrío recorrió mi
cuerpo cuando sentí una émula caricia en mi pene. Tu boca golosa me poseía, y
sentía el calor de tu lengua jugar con mi príapo. Sin embargo el escalofrío
provino de dos o tres pedacitos de hielo que naufragaban en tu boca y que, a
intervalos irregulares, chocaban con mi pene.
Esa sensación de frío y calor se mantuvo hasta que la
naturaleza de la materia hizo lo propio y derritió a los intrusos. Sin embargo
el placer continuó pues tu boca ahora era una fuente de humedad que me poseía.
Mis dedos y mi boca luchaban ahora por darte placer, mientras
tu retomabas la tortura del frío con mis testículos, y tus delgadas manos me
masturbaban lentamente.
No se si tuvimos un orgasmo simultáneo, pero sin duda fue
placentero para ambos.