*COLECCIÓN de RELATOS
"DESDE EL JARDÍN":

"Pero sabía que más allá del muro
oscuro los esperaba un paraíso".
John Updike.
SI ALGUNA VEZ REGRESAS
Cuando la luz de oro pálido se sumergía en el atardecer del
océano se amaron, al amparo de los esbeltos cocoteros, convertidos en mudos
testigos de todos los susurros que el viento del amor iba dejando a su paso. Al
despedirse, él le tapó la boca con su mano...
-Cuando vuelvas colocas el quinqué en la ventana...-, le
musitó al oído, antes de subirse a la canoa y alejarse remando entre las ondas
doradas del oleaje calmo.
Esa era la señal, cuando la luz brillase en la ventana de la
cabaña en la playa, él sabría que ella había vuelto y estaba allí esperando.
Mientras tanto, aquella cabaña tan solo sería una más de las que bordean la
costa de Tau Piun, un atolón desperdigado en infinidad de islas e islotes, unos
habitados y algunos olvidados. La diminuta isla de Raon fue la escogida para su
oculto amor.
Allí, las distancias entre islas no existían y a golpe de
remo era posible no solo transitar entre ellas sino también recorrerlas sin
acabar nunca de visitarlas en su totalidad. Apenas unas yardas mar adentro y ya
se podía vislumbrar la isla de Raon, casi insignificante y por tanto
desapercibida. Sin necesidad de desembarcar, desde la canoa, se podía ya saber
si la cabaña de la playa estaba o no habitada. Por eso la contraseña ayudaba a
no equivocarse, si el quinqué alumbraba al atardecer de nuevo su amor se haría
realidad.
Cuenta la leyenda que la erupción del volcán Kratonga fue tan
tremenda que aún pueden contemplarse restos de sus brasas en los atardeceres
desde la isla, desde los restos que componen hoy el actual atolón. Sin embargo,
esta historia para él no tenía otro sentido que la añoranza callada por su
tierra ahora tan lejana. Allí, entre los edificios de la gran ciudad era
inevitable no caer en el recuerdo entristecido, sobre todo, en ese momento
íntimo en que el sol se oculta. Es entonces cuando al cerrar el local, antes de
ir a acostarse, sube hasta la colina y desde su automóvil, en lo alto, contempla
la ciudad con su parpadeo brillante de luces. Los edificios en la noche parecen
ser los únicos que en ese momento no duermen y para él es ese el mejor momento
del día.
Primero fue el buque mercante, sí, aún recuerda cuando salió
de la isla. Ya meses antes le habían advertido de la posibilidad de trabajar a
bordo, las cosas en la isla no eran muy fáciles, así que cuando de improviso su
contacto le avisó no tuvo tiempo para pensarlo ni dos veces. Ni siquiera pudo
hablar con ella y explicárselo... Cada tarde no puede evitar imaginarla
esperando en su isla, con su quinqué brillando ante una ventana solitaria. Fue
lo más duro, su recuerdo le persigue cada noche.
Luego consiguió encontrar trabajo en el puerto y, de ahí a
montar su pequeño negocio de hamburguesería en el local alquilado de la subida a
la colina, fue todo un rodar de sucesos en absoluto debidos al azar sino, al
contrario, ganados a base de duro esfuerzo y sudor. Había ahorrado algo, aunque
no lo suficiente para regresar a la isla, aunque albergaba el sueño de volver
algún día.
A ella le extrañó, desde luego, su amor era tan grande, tan
fuerte, parecía tan de verdad que presintió nubes oscuras desatadas por algún
avatar desconocido que un dios enfurecido hubiera interpuesto en su horizonte.
Iban viéndose así durante años, ciertamente se conocían desde la infancia, pero
su linaje noble emparentado con la realeza de la isla no permitía la relación
con extraños a la familia real. La tradición era muy estricta en este aspecto,
por eso habían de encontrarse a escondidas, porque se querían con un cariño
verdadero que creció como crecen los niños, sanos e inocentes, ajeno a todo
impedimento artificial. Él era un buen muchacho, no podía entender el motivo tan
importante que explicase su ausencia. La cabaña de la playa convirtió en
esclavitud lo que hasta entonces fue un refugio de amor. Ella no dejó de atender
a la cita y cada tarde, al ponerse el sol en el horizonte entre las islas, un
quinqué brillaba tenue a la orilla de una playa abandonada.
Su padre acabó por descubrirla. Aunque ya puesto en alerta
desde hacía tiempo acerca de las idas y venidas en la canoa de sus hermanos, sus
ausencias de la casa real fueron vigiladas y, una vez descubierta, el mandatario
de la isla tomó la firme resolución de poner fin a tales encuentros encubiertos.
En el continente encontró el sustituto idóneo para que la fiebre por el joven
isleño se fuera esfumando como solo el tiempo es capaz de lograrlo con ayuda de
la más obligada distancia. Así, la muchacha salió vuelo a aquel horizonte que
desde su isla tantas veces contempló ocultarse, plácido. Esta vez, sin embargo,
la ocupación que le habían buscado en el continente, además de hacer de ella una
persona válida para ganarse el propio sustento también conseguiría mantener
alejado todo contacto con su amor prohibido. Le imaginaba regresando un
atardecer de tantos en la isla, acercándose a la cabaña entre curioso y
extrañado... Luego, solo el chapotear del remo que se aleja en el agua, podía
incluso escuchar el silbido de las canoas. El quinqué apagado, callado y triste,
como su ilusión, descansaba en el fondo de su equipaje rumbo a un nuevo
horizonte para su vida en el continente.
Aquella noche subió, como tantas otras, a despedir la dura
jornada desde lo alto de la colina. Se apoyó en el reposacabezas para observar
el cielo. Abajo, un océano de edificios y ventanas se debatía en aparente calma
con su rugir de olas incesante en busca de la otra orilla, tal vez la del día
siguiente, pero... Algo llamó pasmosamente su atención. De entre toda aquella
infinidad de luces nocturnas solo un brillo especial destacaba el de aquella
ventana y la distinguía de las demás. No quería dar crédito a lo que sentía al
contemplar el peculiar tintineo de aquel resplandor que reavivaba la llama más
recóndita del cajón de sus recuerdos. Aguijoneado por la curiosidad puso en
marcha el vehículo, decidido a explorar y dar con el paradero exacto donde
habitaba aquella luz.
Debería encontrarse, si su sentido de la orientación no le
fallaba, por aquella zona, en alguna barriada cercana. Antes, descartó otras
calles a fuerza de equivocarse, deambuló entre bloques y callejones, algunos
incluso sin salida, hasta localizar al final la repisa donde descansaba el
brillo que perseguía. El halo luminoso desató un sinfín de emociones desbordadas
y, de golpe, le trajo la isla hasta ahí. Aunque sobrecogido, se apeó del coche
y, bajo la ventana, aún sacó arrestos para silbar la tonada melodiosa con que se
saludaban entre las canoas en las islas... Entonces la ventana se abrió y fue la
isla entera la que se asomó. Al pie de la colina que otea la ciudad, donde antes
estuvo la hamburguesería, hoy el Café Bar resplandece a la luz de los quinqués.
Un mar de edificios se extiende ante el horizonte vivo y palpitante de la noche.
Tan vivo y palpitante como el amor a la orilla de alguna playa, en algún
lugar...
*** FIN ***
Luis Tamargo.-
luistamargo@hotmail.com
-"Es una Colección original e inédita
de Cuentos y Relatos".-