La chica de la limpieza.
Todos aquellos lectores que hayan seguido mis relatos, saben
que hace unos cuantos años trabajé en una de las más importantes entidades
financieras del país. También recordaran que la "fidelidad" no es precisamente
una de mis virtudes, y mucho menos cuando una seductora y provocativa
"jovencita", le pone a uno más salido que el pico de una plancha.
Mi carrera profesional dentro del banco fue bastante rápida y
en muy pocos años fui ascendido de categoría como "mando intermedio" dentro del
organigrama de la empresa. Esto, junto a mi gusto por viajar y andar
constantemente con el un coche de un lugar para otro, dio pié a mis jefes para
disponer de mi jornada laboral como sustituto para directores y apoderados de
sucursal en cualquier oficina de la zona a la que pertenecía, cuando éstos
estaban de vacaciones, de cursillos o simplemente de baja laboral.
El "servicio de limpieza", estaba subcontratado a una empresa
externa, quien se encargaba de poner el personal femenino necesario para llevar
a cabo dichas labores. Normalmente, las limpiadoras solían ser señoras casadas y
ya de cierta edad, que complementaban con los emolumentos a su trabajo, en
muchas ocasiones, a su precaria economía familiar.
Como suele suceder, siempre existe la excepción que conforma
la regla y aquí no iba a ser menos, ya que había dos o tres muchachitas de unos
18 o 19 años que eran requeridas en distintas oficinas para realizar la
limpieza, aunque poco podían influir los jefecillos y empleados del banco en la
elección de la limpiadora asignada a cada sucursal.
Un viernes más me entregaron la "nota de suplencias" para la
semana siguiente, donde se me asignó la suplencia del subdirector en una agencia
de la propia ciudad. Mala suerte, ya que no podré viajar como a mí me gusta.
Me presenté con puntualidad germánica a las 8:00 AM en la
sucursal, donde en esos instantes solamente se encontraba el cajero, hombre ya
entrado en años que esperaba ansioso la jubilación y que inmediatamente me puso
al corriente de la situación.
De forma automática, comencé mi trabajo y a lo largo de la
mañana anduve atendiendo a los clientes, realizando las tareas administrativas y
organizando todos y cada uno de los puestos de trabajo de la sucursal. La mañana
se pasó en un suspiro y no pude finalizar todo el trabajo, ya que tenía que
atender las funciones de dos personas, el director y el auxiliar. No tenía más
remedio que volver por la tarde, después de comer.
Con cierta tranquilidad, regresé a la sucursal a las 17:00
horas. Estaba solo, ya que Fernando nunca iba por las tardes.
Una media hora mas tarde, estaba buscando unos expedientes en
un archivador cuando escuché que se abría la puerta de entrada y una dulce voz
que me saludaba
Al girarme me que dé atónito con la imagen que estaba
contemplando. Una joven de unos 20 años, morena, con el pelo muy corto y
juvenil, 1,68 de altura aproximadamente, unos 50 kilos de peso, ojos verdes
nariz respingona y unos labios levemente maquillados, carnosos y sumamente
sensuales, de los que invitan a besarlos con desenfreno. Iba enfundada en unos
ajustadísimos pantalones vaqueros que más parecía que los llevase dibujados
directamente sobre la piel, al igual que la fina camiseta blanca con la leyenda
"KISS ME" a la altura de sus pechos, no muy abundantes pero sí muy bien puestos.
Sus medidas eran perfectas y proporcionales desde la cabeza a los pies.
La seguí disimuladamente con la vista. Había oído hablar de
ella, ya que un buen número de empleados del banco andaban como locos detrás de
ese monumento de criatura, aunque según parece, sin éxito en sus intentos de
seducción, a pesar de tener una cierta fama de "chica fácil".
Minutos más tarde apareció con una bata de trabajo muy poco
agraciada y amplia para ese espectacular cuerpo. Le llegaba aproximadamente a
medio muslo, y estaba abotonada con tres de los cuatro botones, dejando a la
vista unas piernas largas y espectaculares, perfectamente torneadas. De forma
automática comenzó con sus labores de limpieza. De vez en cuando nos cruzábamos
una mirada y nos sonreíamos. Sus ojos verdes me hipnotizaban, no podía evitar
quedarme absorto mirándolos.
Entré finalmente en el archivo a buscar unos documentos y
ella, continuó con la limpieza.
Me senté nuevamente en la mesa escritorio, concentrándome en
mi labor. Pasaron unos minutos y la dulce y melodiosa voz de Merche, con su
pregunta, me sacó de las elucubraciones del momento.
Dejé momentáneamente el trabajó y la busqué con la mirada.
Estaba de cuclillas, ofreciéndome su perfil. Por el efecto de la bata de
trabajo, me ofrecía una espléndida panorámica de sus piernas flexionadas casi
hasta el nacimiento de sus nalgas. En medio de la conversación, y en la misma
posición en que se encontraba, se giró hacia mí, y no sé si a propósito o por
simple descuido, sus piernas estaban generosamente abiertas, ofreciendo una
visión fantástica de sus bragas. Un ligero rubor afloró en mi rostro, hecho éste
del que Merche se percató.
Perdona ¿me estás mirando entre las piernas? – dijo ella,
sin variar ni un ápice su posición.
Lo siento, no he podido evitarlo... no esperaba que te
girases y me has cogido desprevenido. Lo siento, no era mi intención.
No seas vergonzoso hombre. Seguro que has visto un montón
de tías en "bolas" o en bañador.
Sí, está claro que sí. Pero las situaciones eran otras.
No me importa que me mires ni que veas mis
"interioridades". Como dice el refrán, "aquello que han de comerse los
gusanos, que lo disfruten los humanos"... Ambos reímos con ganas.
Sinceramente, me estaba excitando la chica de la limpieza. Y no era para
menos, porque era un auténtico monumento de criatura.
Dejó para el final el lugar donde me encontraba.
¿Puedo limpiar el polvo de tu mesa?
Sí claro, espera que te retiro estas carpetas para que no
te molesten.
Gracias.
Flexionó su cintura exageradamente, quedando prácticamente
en un ángulo recto con respecto a sus piernas. La amplitud de la bata de
trabajo, los botones desabrochados de la misma, y sus movimientos, hicieron el
resto... pude comprobar que bajo esa antiestética bata azul, solamente llevaba
las bragas que me había mostrado anteriormente. Realmente de me estaba
provocando y tratando de excitarme a base de bien. Ante la bonita visión de
sus pechos, no me pude reprimir el comentario:
Merche, ahora si que no me extraña que unos cuantos
compañeros de trabajo vayan como locos tras tus huesos
¿Si?... por qué lo dices ¿por el paisaje que estás
viendo?
Está claro ¿no?... Dios que pechos más bonitos tienes,
entran ganas de acariciarlos y besarlos – Le dije.
Tus compañeros no me ponen en absoluto... la mayoría
tiene ya una edad y como comprenderás, no me apetece mostrarme ante ellos
como lo hago contigo.
Y conmigo, ¿por qué?
Porque estás bueno que te cagas, porque en cuanto te he
visto me he puesto cachonda y porque hace quince días o más, que me meten un
buen polvazo y tengo unas ganas locas. - Dicho esto con la cara de perra
viciosa que puso, me hizo trempar de mala manera, me cogió de la camisa y me
dio un beso en los labios que más que beso, me los comió literalmente,
entrando con su lengua en m boca y empezando un juego que terminó de
excitarnos a los dos. Sin dejar de besarnos rodeó la mesa y se sentó a
horcajadas sobre mis piernas, tratando de buscar el contacto de nuestros
respectivos sexos.
Estábamos en un punto que desde la calle, cualquier
transeúnte podía vernos, y tampoco era plan de dar un espectáculo... Me
levanté como pude con ella abrazada a mi cuello, pasó sus piernas ágilmente
alrededor de mi culo. Nuestro sexos solo estaban separados por las livianas
ropas que llevábamos puesta. Me dirigí al lugar que en esos momentos entendí
era más discreto y cómodo para satisfacer nuestro frenesí: el despacho de
dirección. La enorme mesa, estaba totalmente despejada, salvo por la lámpara
de escritorio. La senté sobre el extremo más próximo a la entrada, me separé
de ella unos instantes, y tomando con las manos las solapas de su bata, de un
fuerte tirón la abrí totalmente, parándome a admirar ese juvenil y precioso
cuerpo en todo su esplendor. Me lancé con frenesí a saborear sus juveniles
pechos, cuyos empitonados pezones se mostraban orgullosamente erectos en esos
instantes. Merche no se quedó quieta, a tientas, logro soltarme el cinturón
del pantalón, soltar los botones, bajar la cremallera y con un brusco tirón,
bajármelos junto con el calzoncillo hasta medio muslo. Sus manos se apoderaron
de mis atributos masculinos, y comenzó una serie de masajes que me estaban
elevando al Olimpo del placer.
Espera un momento – dijo, al tiempo que se tumbaba boca
arriba a lo largo de la mesa, dejando caer su cabeza por el lateral de la
misma. - Fóllame por la boca... eso me encanta.
Acerqué el pene a su entrada bucal que lo esperaba ansiosa
de par en par. Se la introduje hasta que los testículos le golpearon en su
respingona nariz. En su cuello, podía apreciar la presión que hacía mi verga
en el fondo de su garganta.
- Más fuerte joder, hazme vomitar. – Me incitó con una
inusitada excitación.
- Tú mandas.
Puse las manos sobre sus turgentes pechos, y comencé un
mete saca en su boca infernal, hasta el punto que en mi pubis sentía punzadas
de dolor al golpearme contra sus dientes. Tras dos o tres minutos agotadores
penetrando sin ningún tipo de miramiento su boca, y amasando sus pechos y
pezones con dureza desenfrenada, de mi frente caían gruesas gotas de sudor y
mi corazón superaba con creces las 100 pulsaciones por minuto.
Cambiemos de posición – Dije
Dios, que ganas tenía de que me hicieran esto, así en
plan salvaje.
Hice que se pusiera en pié y le quité la diminuta braga que
llevaba, la senté en la mesa, frente al sillón del director, en donde yo me
senté. La separé las piernas cuanto pude y me lancé a saborear los flujos que
manaban de su depilada gruta. Sus gemidos, no tardaron en llegar, mientras mi
lengua, recorría como con vida propia, sus labios vaginales, apoderándome de
su excitado clítoris, al que le propinaba sabrosos mordiscos. Paladeaba con
placer los néctares que de forma incesante fluían de su cueva. Su primer
orgasmo no tardó en llegar, dejando todo mi rostro totalmente humedecido por
su deliciosa ambrosía.
Espera un minuto Antonio... ahora tengo mi "cosita" muy
sensible... Pocas veces me lo han comido así de bien... ¿Quién te ha
enseñado?... lo haces casi como una mujer.
Es una de las partes del sexo que más me gusta... y he
tenido alguna que otra "maestra", que me ha orientado.
Ahora me coca a mí... no te muevas de donde estás.
Se bajó de la mesa metiéndose bajo la misma. Con suma
facilidad, gracias a las ruedas, acercó hasta su posición el sillón en que me
encontraba sentado, quedando en esos momentos en una posición, que cualquiera
que me hubiese visto, pensaría que estaba trabajando con total normalidad.
Noté sus labios apoderarse del glande y sus suaves caricias
con las uñas desde el escroto hasta el ano, produciéndome escalofríos en todo
el cuerpo y un agradable estremecimiento en tan placenteros lugares. Notaba
como engullía con suma facilidad la totalidad de mi miembro viril, pues
apreciaba con total claridad, como sus húmedos labios rozaban mi pubis. En muy
pocas mujeres don las que he estado, he encontrado esta habilidad de engullir
con tamaña facilidad los dieciocho centímetros de un miembro masculino. He de
confesarles una cosa. Comprendo perfectamente a Bill Clinton en su "lío" con
Mónica Lewinsky... Eso de estar "sintiendo" sin "ver"... es una caña, total,
de verdad que sí.
Me encontraba en el paraíso con el placer que estaba
recibiendo y, obviamente, pasó lo que tenía que pasar...
- Diooossss, me corroooo - Bramé
Los labios de Merche, como si de una ventosa se tratara, se
aferraron contra mi pubis, y deposité abundantes andanadas de semen
directamente en su garganta, trasegándolo íntegramente. Tras mi descarga,
continuó libando y jugando con el glande, logrando prolongar las sensaciones
propias del orgasmo durante unos interminables instantes.
Para por favor, para.... – le dije con desesperación,
porque la altísima sensibilidad de mi miembro en esos instantes, me era
imposible seguir recibiendo tan placenteros estímulos.
¿Te ha gustado? – Me preguntó al tiempo que su cabeza se
asomaba entre mis piernas y sus manos continuaban masajeándome el sexo con
delicadeza.
Dios mío, me ha encantado Merche. Eres increíble, de
verdad.
Tomé su cara con ambas manos, e hice que se levantara, para
unir nuestros labios en un húmedo y profundo beso, que se prolongó durante
varios minutos, aprovechando para acariciarnos mutuamente nuestros cuerpos.
Hoy no iré a la piscina. ¿Continuamos?
Hoy no terminaré el trabajo que debía realizar.
Continuamos, mientras el cuerpo aguante.
Ven acompáñame, quiero hacerlo en un lugar blandito. La
mesa ésta es demasiado dura para mi espalda o para la tuya.
Me despojó previamente de la camisa que aún levaba puesta y
me terminó de sacar el pantalón y el calzoncillo, que estaban totalmente
enrollados a la altura de mis tobillos. Por su parte, se despojó de la bata de
trabajo, aún prendida sobre sus hombros. Así totalmente desnudos, tan solo con
nuestro calzado, tomó mi erecto miembro con su mano y estirando
juguetonamente, nos dirigimos al amplísimo archivo general, cuyo centro,
estaba ocupado por enormes sacos de plástico llenos de papeles, preparados
para ser retirados como basura. Colocó sobre ellos una especia de sábana que
sacó un enorme bolso que llevaba consigo cuando entró en la oficina.
Hizo que me tendiera sobre el improvisado lecho y una vez
comprobó que estaba bien acomodado se colocó ella a horcajadas y tomando mi
cetro, lo dirigió directamente hacia la entrada de su vagina. Pude notar
perfectamente la abundante cantidad de flujos que había producido por la
suavidad en que me deslicé en su interior... era como si estuviese cortando
mantequilla con un cuchillo caliente.
Automáticamente, tomó mis manos y las llevó a sus pechos,
iniciando una serie de lentos y cadenciosos movimientos pélvicos rotatorios
unas veces, horizontales otras para estimular su clítoris y subiendo y bajando
otras.
Esa tranquilidad que produce el hecho de no llevar la
iniciativa, me proporcionó la oportunidad de poder apreciar el placer que
estaba obteniendo de nuestro acto sexual, dándome la oportunidad de poder
alargarlo en el tiempo lo máximo posible.
Merche, continuaba con su cabalgada y yo me encontraba
absorto observándola y sintiendo sus movimientos y el maravilloso abrazo que
estaba prodigando en mi pene. Sus hipidos, y sus jadeos, fueron aumentando al
mismo tiempo que los estímulos recibidos incrementaban en su órgano de placer,
a pesar de que su ritmo continuaba siendo lento y con una cadencia constante.
Diooossss, estaría así toda la vida. – decía de vez en
cuando, manteniendo sus ojos cerrados y emitiendo constantes y sensuales
suspiros de placer.
Con los movimientos tan lentos que estaba manteniendo, ese
delicioso acto podía haber durado posiblemente una hora, ya que personalmente,
prefiero un poco más de "agresividad". De momento, me estaba controlando
perfectamente y así podría continuar un buen rato más, máxime, cuando hacía
poco más o menos 15 ó 20 minutos que me había descargado abundantemente.
En un momento dado, su cabalgada fue aumentando de ritmo y
sus gritos aumentaron de volumen... estaba aproximándose a su clímax.
Aproveché la circunstancia para acompasarme en sus movimientos, aumentando así
su placer. De pronto, abrió los ojos desmesuradamente y se dejó caer sobre mi
cuerpo besándome casi con violencia y emitiendo un gruñido gutural que pude
sentir en el interior de todo mi cuerpo. Mientras duró su éxtasis de placer,
su cadera tomó un inusitada velocidad subiendo y bajando con un corto
recorrido mientras sus músculos vaginales oprimían sin compasión mi pene,
proporcionándome un nivel de placer extra que en muy contadas ocasiones he
sendito.
La relajación llegó finalmente a su cuerpo aunque sus
quejidos de placer, continuaron durante unos segundos más. Sentía como sus
cálidos flujos descendían por mis testículos, alcanzando de forma muy
estimulante, el ano.
Ahora te toca a ti... hazme lo que quieras y tranquilo,
que tomo la píldora.
Túmbate boca abajo.
¿Así? – Preguntó adoptando la postura que le indiqué.
Perfecto, ahora abre bien las piernas.
La tomé por sus caderas y directamente la penetre en esa
posición. Flexionó sus rodillas abrazándome con fuerza con sus piernas. Inicié
el típico movimiento de vaivén, aumentado paulatinamente mi ritmo conforme
oleadas de placer crecían, mientras los gritos y quejidos de Merche, resonaban
en la estancia y los papeles crujían bajo nuestro peso y movimiento.
Con el grado de excitación que llevaba, el frenético ritmo
que estaba adoptando, las eróticas exclamaciones de placer que emitía Merche
que hacía aumentar mi libido, y las oleadas de extremo placer que cada vez de
forma más intensa inundaban todo mi cuerpo, era la antesala de un brutal
orgasmo por mi parte
No aguanto maaaaaass - Exclamé
Aaaaaayyyy que guuuuusssstooooo - Gritó Merche en agónico
grito.
Yaaaaaa – Bramé al tiempo que la primera andanada láctea
inundaba el interior de Merche
Me corrooooooo. – Chillo Merche iniciando sus nuevamente
sus típicos y rapidísimos movimientos de cadera, que hicieron prolongar mi
orgasmo a límites jamás alcanzados.
Agotados, nos dejamos caer sobre el improvisado lecho de
amor, tratando de recuperar el resuello.
Pasados unos minutos y ya satisfechas nuestras apetencias
sexuales del momento, intercambiamos miradas, cariñosos besos y leves caricias
sobre nuestros cuerpos.
¿Estarás muchos días por esta oficina? – Me preguntó
Una semana, poco más o menos. – Respondí. ¿Y tú?, ¿eres
la encargada de ésta oficina?
De ésta oficina no. Hoy he venido porque la limpiadora de
aquí, ha ido de médicos. He tenido que hacer la suya y la mía. ¿Repetiremos
otra sesión como la de hoy?
Si es tu deseo, cada vez que coincidamos Merche... cada
vez que coincidamos.
¿Podemos quedar un sábado o un domingo? – Preguntó con un
hizo de voz.
Tengo novia, como te he dicho...
Sí, tienes razón...
Estuvimos mucho rato hablando y contándonos algunas
confidencias. El tiempo nos había pasado volando y estaba casi anocheciendo.
Era la hora de la despedida. Fuimos en busca de nuestra ropa, desperdigada por
toda la oficina.
Lástima no tener un lugar donde asearnos con una buena
ducha. – Comenté de forma pensativa.
A mí, no me importa... ¿Sabes?, llevo el "conejo"
totalmente mojado y aún estoy chorreando todo tu regalo. - me contestó al
tiempo que se colocaba sus braguitas. – Éstas bragas, no las lavaré. Las
guardaré empapadas con tu esencia y la mía mezcladas en una bolsa de cierre
hermético. Cada vez que las tenga en mis manos, recordaré ésta maravillosa
tarde.
¡Qué romántica!
Me acerqué y la besé en los labios con ternura... casi
diría, con amor. Desde luego, no hubiese sido difícil enamorarse de esa
chiquilla.
Nos despedimos con un halo de tristeza, sabedores en el
fondo de nuestro corazón, que muy difícilmente nuestros caminos se volviesen a
cruzar. De hecho, han pasado casi veinticinco años, y nunca más la he vuelto a
ver.