DOS AMANTES DE EXCEPCIÓN
Para quienes quieran comprender mejor este relato sugiero
leer "La primera vez de Sergio" y "A Rosa con gratitud", en mi cuenta de autor
hallarán ambos, además de otros relatos que pueden interesarles.
http://www.todorelatos.com/perfil/296434/
Los años de mi adolescencia fueron muy sacrificados, había
conocido el sexo entre hombre y mujer con Piedad. Luego largos períodos de malas
cosechas, pura paja, algunas pocas experiencias olvidables con chicas de edades
cercanas a la mía. En esos casos, en que ninguno de los dos sabe la manera
correcta de hacerlo, la cuestión se vuelve decepcionante. Yo lograba eyacular,
pero quedaba muy cansado por tanto movimiento inconducente, el preservativo no
colaboraba precisamente. La compañera ocasional creo que se quedaba a mitad de
camino, los temores y prejuicios frustraban los buenos propósitos.
Allí fue que entró en escena mi tía Rosa. Además de todo el
placer que supo darme fue mi primera maestra, y quizás la más eficiente y sabia.
Pero mi destino fue muy triste, a unos tres meses de estar tomando lecciones con
mi tía ella debió ausentarse por cuestiones laborales, y yo quedé con un caudal
de sabiduría que no tenía dónde aplicar.
Mi naturaleza tímida me jugaba en contra. No lograba
adaptarme a mi cuerpo, un tanto grande para mi edad. Las dimensiones de mi verga
me inquietaban, a mi tía le gustaba pero ella era una mujer grande y
experimentada. Pensaba que a las chicas más jóvenes les resultaría demasiado, y
eso me inhibía para acercarme a ellas. El temible acné juvenil era otro factor
negativo.
Volví a la vieja rutina de dos o tres pajas por semana, pero
luego de haber pasado esos meses con Rosa, cogiendo varias veces cada día, mi
organismo requería algo más. Consideren que mi tía era una mujer insaciable, que
disfrutaba de mi poronga tanto en la concha como en el culo o en la boca, y
también entre sus grandes tetas. Y que yo era un joven sano, bien alimentado, y
en estado de calentura perpetua.
Mi abuela, de avanzada edad, corta de vista y bastante sorda,
no representaba ningún inconveniente para las sesiones con mi tía, era
practicamente como si estuviéramos solos.
Las siestas en el sótano eran las mejores ocasiones, allí
desatábamos nuestro instinto y nuestro deseo.
También por las noches Rosa se deslizaba hasta mi cuarto y
repetíamos la dosis.
No todos los días, pero sí con frecuencia, mi tía me exponía
sus urgencias y me sugería que al atardecer hiciéramos una escapada hasta el
galpón para tener ambos un extra.
Y no les cuento el par de veces en que mis padres se llevaron
a la abuela a la ciudad para la consulta médica. En cada vez pasamos con Rosa
cogiendo cuarenta y ocho horas de corrido.
Comprenderán que la abstinencia forzada me tenía a mal traer.
Pero no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista.
La salud de la abuela se resintió y se hizo necesario
internarla en el pueblo. La pobre se resistió, su argumento era que quedaría la
chacra sola, que nadie regaría la huerta, que nadie alimentaría a las aves de
corral y todos los pretextos de una mujer mayor que no quería alejarse de su
casa. Ante esto mi padre resolvió que la persona indicada para resolver la
cuestión era nada menos que yo. "Le va a venir bien un poco de aire y sol, así
no anda como alma en pena durmiendo de día y tonteando de noche"
Y marché en mi bicicleta, con una mochila que contenía la
poca ropa necesaria, era verano, algunos libros, y entre sus hojas las fotos de
mujeres en bikini que empleaba para mis pajas.
Me dispuse a un tiempo de mala comida, aunque en la chacra
había de todo mis habilidades culinarias eran nulas, pero no podía fallarle a la
abuela, ni desobedecer a mi padre.
Llegué una tarde, dispuse mis cosas y me senté a leer en la
galería. Cené luego mi máxima especialidad, arroz hervido con manteca y queso
rallado. Estuve viendo algo en la TV, no había cable y apenas se captaban, y
mal, dos o tres canales, gracias a una antena muy alta.
Leí hasta tarde y luego, mirando una foto de Isabel Sarli,
que lucía sus enormes y bellas tetas apenas contenidas en un sujetador, se me
paró la verga y me hice una buena puñeta, eso me permitió dormir hasta la mañana
siguiente.
Al levantarme me dejé puesto el pantalón corto que había
usado para dormir, y sin calzoncillos, estaba solo en medio del campo.
Verifiqué el agua en el gallinero, junté los huevos, y miré
con cariño a las gallinas. Si por su agujero salía un huevo debía entrar sin
mucho esfuerzo mi pija. Ignoraba totalmente la profundidad del canal, pero era
cuestión de meterla hasta que hiciera tope. En fin, luego vería, por el momento
preferí tomar unos mates en la galería.
Me encontraba en esa pesada tarea cuando se acercaron a la
casa las dos ovejas de mi abuela. Recordé cuando llegaron, algo más de un año
atrás, recién nacidas. Algunas veces ayudé a alimentarlas con un biberón. Ahora
eran adultas, estaban con el vellón corto porque habían sido esquiladas al
comenzar a subir la temperatura. Criadas entre gente eran animales muy mansos y
dados, y aunque siempre las había considerado muy estúpidas esta vez las vi con
otros ojos, tenían más volumen que una gallina y no portaban uñas ni picos.
La Bambi era la más gordita de las dos, y todos la
distinguíamos por eso. Corrí hasta la huerta a cortar una hojas de lechuga para
atraerlas. Al ver el verde en mis manos se acercaron, y golosas comían las
frescas hojas, mientras las acariciaba a las dos tanteando sus carnes, me
atrajeron ambas, pero más la más gordita, la Pinky estaba algo descarnada.
Bambi parecía disfrutar mis caricias, al menos se entregaba
sin reservas y no hacía ademán de retirarse. Exploraba con mis manos pensando
cuál sería la mejor forma de penetrarla, cuando llegué a su concha la ovejita se
estremeció.
Yo sabía que a su edad ya dejan de ser borregas para
transformarse en ovejas adultas, y sin embargo jamás habían disfrutado de un
carnero. Supuse que estaría en tiempo de celo porque tenía la concha mojada, eso
me llevó al paroxismo y me quité la única prenda que me cubría. Tenía la verga
bien parada y dispuesta, me faltaba descubrir el camino de acceso. Nunca había
visto ovejas cogiendo, pero sí a otros cuadrúpedos, de modo que intenté adoptar
la psicología de un carnero.
Con el brazo izquierdo le rodeaba el cuello para impedir que
se retirara, con la mano derecha tomaba mi tranca y apuntaba a la vulva. Pero el
rabito lanudo no me dejaba ponerla, ¿cómo harían los carneros?. Veía esfumarse
mi satisfacción, tendría que buscar una soga para atarla, entrar en engorrosas
maniobras hasta que lograra penetrarla.
El que no arriesga… pensé y me decidí a darla vuelta como si
fuera una mujer. La tendí sobre su lomo y le separé las patas traseras todo lo
posible, me puse arriba de ella, con la derecha podía apartar el molesto rabo y
apoyarle la punta de la pija en su concha.
Con prudencia empecé a penetrarla, me entraba con algo de
resistencia, pero eso era de lo mejor, muy suave, muy húmeda y mucho más
caliente que la concha de Rosa.
No tardé en tenerla toda adentro de la vagina de Bambi que me
la apretaba. Y decidí iniciar el mete y saca, el animal lubricaba con
eficiencia, mi verga se deslizaba plácida a pesar de lo ajustado de su funda.
No vayan a pensar que exagero, pero la ovejita gemía, sí, o
al menos emitía unos sonidos parecidos a gemidos, o toses. Posiblemente eran mis
propios movimientos los que la hacían menearse, era casi como estar cogiendo con
una mujer, cada vez adaptaba mejor mis movimientos, y Bambi parecía responderme.
El incordioso rabo, que antes me estorbara tanto, ahora se
sumaba como otro elemento placentero, a cada embestida se movía acariciando mis
bolas y levantándolas. La otra oveja, Pinky, se acercó por detrás y me lamía el
culo y el nacimiento de los huevos.
Estaba en la gloria, con dos amantes vírgenes a mi entera
disposición.
Sin pensar que las tenía a las dos sólo para mí y por varios
días, intentaba hacer durar ese polvo todo lo posible y contenía mi leche que
presionaba para salir. Abrazaba a Bambi con pasión, pegándome entero a ella,
además de sentir muy a gusto mi verga en la concha tan apretada y caliente, bajo
mi cuerpo tenía otro cuerpo rechoncho y mullido que se movía de acuerdo a cómo
yo metía y sacaba mi poronga, cada vez más rápido. Me pareció notar que el
animal tenía orgasmos.
Al comenzar a eyacular solté un grito que asustó a Pinky, en
cambio Bambi creo que me agradeció el lechazo que le entraba en su vagina, lo
hizo con un ruido más intenso que los anteriores.
Me tendí boca arriba sobre las frías baldosas, Pinky se
apresuró a acercarse y lamer con cariño mi verga hasta dejarla sin rastros de
leche, la lengua áspera era incomparable, no mamaba tan bien como Rosa pero
lengüeteaba con mucho esmero.
Tanto movimiento me había hecho acalorar y transpirar. Así
desnudo como estaba corrí hasta el tanque australiano que usábamos como piscina
y me zambullí radiante de felicidad. Permanecí una media hora en el agua fresca,
y al salir las dos ovejas me estaban esperando al borde del tanque. Caminé hacia
la casa y me seguían. Bambi se pegaba a mis piernas rozándolas, Pinky se
mantenía medio metro detrás.
Pensando agradecido en tanta fidelidad se me declaró otra
monumental erección.
Al llegar de nuevo a la galería pensé que debía ser justo y
equitativo. Y fue Pinky la destinataria de mis caricias eróticas.
No era grave su escasez de carnes, simplemente tenía menos
que su compañera. También tenía la concha mojada y caliente.
Casi como un experto la tumbé como acababa de aprender y la
penetré con mucho gusto para mí, y creo que igual para ella.
Era tan estrecha como Bambi, y tan caliente.
Pero esta vez, quizás por estar más calmado o por conocer
mejor la forma de hacerlo, yo disfrutaba más de mi pareja.
Pude prolongar el polvo a mi gusto. Logré acomodarme de
suerte que cuando Bambi me lamía el culo le hacía llegar la lengua bien adentro,
cuando me rozaba el ano mi placer era inexplicable.
Cuando me cansé de disfrutar hurgando con mi verga la vagina
de Pinky le regalé la leche que guardaba desde hacía tiempo.
Entre ambas esta vez, me limpiaron a conciencia el
instrumento.
Conseguí llegar hasta una reposera (tumbona) y me recliné en
ella, las dos hembritas que acababa de seducir se tendieron en el piso a mis
pies. Me sentí un sultán en su harén, como un jeque disponía de las dos, y como
los jeques hasta podría probar variaciones raciales, claro… , si me atrevía a
probar con las gallinas.
En mi almuerzo me esmeré para que fuera nutritivo, aunque no
conseguí que fuera muy sabroso. Igualmente comí con los bríos de mi edad.
En la cálida siesta utilicé el sótano en el que pude dormir
unas horas.
Cuando salí a la galería las "chicas" que pastaban cerca se
vinieron al trote. Era evidente que querían más, y estaba dispuesto a
conformarlas.
Pero esperé a que bajara algo más el sol y se insinuara una
brisa fresca.
Ya bien a gusto me repartí entre Bambi y Pinky por partes
iguales, desde allí en más no hubo polvos en cifra impar.
En los días siguientes, siempre procurando alimentarme y
dormir bien, me prodigué con mis nuevas amantes hasta conseguir una técnica
perfeccionada.
Ya era un consumado cogedor de ovinos cuando me picó el morbo
de la variedad. En la chacra había varias especies: cuadrúpedos y bípedos, cada
especie con sus particularidades.
Pero eso lo destino a un probable otro relato.