Sí, dígame
¿La doctora Jimena Ortiz?
Sí, soy yo. ¿Cómo ha conseguido este número? –era su móvil
personal.
Eso no importa. Quiero una cita con usted.
Me temo que debe hacerlo a través de los cauces normales.
No quiero una cita con la doctora, sino con la madre.
No entiendo de qué me habla. ¿Tiene esto que ver con alguna
de mis hijas?
Por teléfono, no. ¿A qué hora podemos quedar?
Está bien, usted gana. Tengo media hora para comer a las
dos. Suelo tomar un sándwich en mi despacho. ¿Sabe cómo llegar allí?
No se preocupe. Allí estaré.
Master Daniel colgó con una sonrisa y miró a Elsa. Sabía que
estaba un poco enfadada, ya que quería ser ella la primera en romper a la mamá
de Ruth. La atrajo hacia sí y la besó con ternura. Ella respondió como siempre.
Sabía que estaba enamorada de él y que a pesar de su desilusión aceptaría lo que
él decidiese.
Te prometo que te compensaré con creces –dijo
Está bien –aceptó a regañadientes- pero no me vale con la
hermana. Ya sabes que lo que me gusta son las mujeres maduras.
+++++++++++++++ +++++++++++++++++++++++ ++++++++++++++++++++
Jimena Ortiz estaba sentada en su despacho. Era más alta que
Ruth, con el pelo caoba, a media melena, los ojos pardos y una boca bonita, de
labios gruesos y dientes blancos. Había abierto el envoltorio de aluminio donde
traía su sándwich y se disponía a darle el primer mordisco cuando oyó el golpe
de nudillos en la puerta.
¡Adelante! –dijo en voz alta.
La puerta se abrió y un hombre alto, de ojos azules, pelo
rubio recogido en una coleta, perilla y cuerpo atlético entró en el despacho.
Vestía formalmente, con traje y corbata.
Buenas tardes, Dra. Ortiz –saludó cerrando la puerta tras
de sí.
Buenas tardes, señor…
Sotogrande. Daniel Sotogrande –dijo estrechando la mano de
la cirujana.
Siéntese, por favor –invitó Jimena
Gracias –respondió el hombre, tomando asiento al otro lado
del escritorio.
Y dígame, Sr. Sotogrande, qué es lo que quería hablar
conmigo. He de reconocer que me dejó intrigada.
Daniel dibujó una sonrisa.
Será mejor que lo vea por sí misma –dijo con tranquilidad,
mientras abría un porta-documentos de piel, sacaba un sobre grande y lo dejaba
sobre el escritorio, frente a la doctora.
Jimena Ortiz lo cogió con rutina, como si fuese una historia
médica y extrajo su contenido. Sus ojos se abrieron como platos y el bocado de
sándwich que tenía en la boca se quedó a medio masticar.
¿Qué… qué es esto? –balbuceó atónita- ¿es una broma,
verdad?
Me temo que no, doctora.
La foto mostraba a Ruth completamente desnuda, con un collar
de cuero alrededor del cuello, los pezones perforados por dos anillas de acero y
sus manos abriendo obscenamente los labios de su depilado coño, mostrando su
rosado interior.
¿Qué significa esto, Sr. Sotogrande? –el tono de voz de la
doctora mostraba su irritación- Exijo una explicación.
¡Cállate, zorra! –dijo Daniel, su tono cortés y educado
dando paso a otro más duro y autoritario- no estás en condiciones de exigir
nada.
Jimena Ortiz no estaba preparada para aquel trato y por eso
le costó reaccionar. Para entonces, el Sr. Sotogrande había vuelto a tomar la
palabra.
Tu hija es mi esclava, doctora. Esa foto fue sacada esta
misma semana y tu hija sabía que era para ti. Ni siquiera protestó cuando se
lo dije.
Jimena estaba horrorizada.
¡Deje en paz a mi hija! –exclamó furibunda- ¡Y salga ahora
mismo de mi despacho o llamaré a seguridad!
Creo que antes de echarme, sería conveniente que viese este
DVD –respondió Daniel con tranquilidad, dejando el disco sobre la mesa.
La doctora Ortiz lo miró atravesadamente, aunque no dijo
nada. Tomó el DVD y lo insertó en su ordenador. Era una grabación casera, pero
de buena calidad. En la primera imagen aparecía Ruth, totalmente desnuda.
Hola, mi nombre es Ruth Sánchez Ortiz y soy hija de Jimena
Ortiz, que es médico-cirujano en el Hospital General de Madrid. Mi madre tiene
42 años y como podrán comprobar aún está de muy buen ver.
A estas palabras le siguieron varias imágenes de Jimena que
habían sido tomadas con cámaras ocultas colocadas por toda la casa. Eran cortes
en los que se veía a la doctora en ropa interior y en todas ellas se apreciaba
perfectamente su cara y su cuerpo.
Si, estamos de acuerdo –volvió a aparecer la imagen de Ruth
hablando- las bragas y el sujetador deben ir fuera.
Y entonces seguían una serie de sketchs grabados antes de
entrar en la ducha en los que Jimena Ortiz se quitaba el sujetador y las bragas
dejando a la vista sus generosas tetas y su peludo conejo.
Mejor así, ¿verdad? –era Ruth, de nuevo- lástima que ese
precioso cuerpo esté tan poco aprovechado. En un mes, mi padre y ella no han
tenido sexo ni una sola vez. Un mes de total abstinencia para mami, ¿o no?
Las siguientes imágenes hicieron que la cara de Jimena se
pusiera roja como un tomate. Eran seis cortes de un par de minutos de duración
en los que la doctora aparecía sobre la cama de su habitación masturbándose con
un vibrador color rojo. Eran los minutos que precedían e incluían el orgasmo y
los gemidos y jadeos de placer eran claramente audibles. La doctora Ortiz miraba
las imágenes como hipnotizada.
Vaya, mamá –Ruth volvió a aparecer en la pantalla- eres más
putilla de lo que imaginaba. Este mes has salido de hacer guardia de noche
seis días y te ha faltado tiempo para hincarte el vibrador en el chumis. Me
pregunto si en el Hospital habrá alguien que te lo mantenga caliente, ya que
papá parece incapaz de satisfacerte.
Entonces venía la puntilla: varios cortes en los que la
doctora Ortiz hablaba por teléfono desde su dormitorio con un tal Marcos. Sus
palabras dejaban poco margen para la duda. Aquel hombre y ella eran amantes. A
Master Daniel le costó poco descubrir que se trataba del Dr. Marcos Belmonte, un
médico adjunto del mismo servicio, diez años mayor que Jimena y al igual que
ella, casado y con hijos.
La grabación terminaba aquí, aunque Jimena Ortiz seguía
mirando la pantalla del ordenador, intentando asimilar lo que acababa de ver. No
podía entender cómo su hija podía haberse prestado a aquello. Estaba segura de
que le habían amenazado, aunque parecía relajada y disfrutando de su papel de
narradora. Lo cierto era que aquellas imágenes, aún siendo robadas, eran una
espada de Damocles sobre ella. No se le escapaba que aquel DVD, enviado a las
personas adecuadas, podía destruir todo por lo que había luchado: su carrera, su
familia… Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Daniel Sotogrande sabía que era el momento de actuar.
Muy bien, doctora –dijo con autoridad- ¿debo irme y mandar
copias de este DVD a tu familia, a la del Dr. Belmonte, al Colegio de Médicos
de Madrid, al Director del hospital, a tus compañeros y a tus amigos o por el
contrario me quedo y hablamos de lo que debes hacer para que eso no ocurra?
¿Qué es lo que quiere? No somos ricos pero tenemos algún
dinero –preguntó Jimena Ortiz intentando recuperar su aplomo.
El Amo sonrió con malicia. Todo iba según lo esperado.
Levántate y ven aquí, al centro de la habitación –ordenó
con autoridad, señalando el lugar.
La doctora suspiró, se incorporó y caminó airadamente hasta
donde Master Daniel había indicado. Llevaba puesta su bata blanca y debajo el
pijama color verde reglamentario y los zuecos blancos.
Quítate la bata y el pijama –ordenó el Amo
Los ojos de Jimena se abrieron como platos.
No, por favor –suplicó- No puedo hacer algo así.
Master Daniel se levantó lentamente y la miró con dureza,
mostrando su irritación.
Escúchame bien, zorra –dijo- si no quieres que todo el
mundo vea lo guarra que eres más vale que entiendas que soy yo el que decide
lo que puedes y no puedes hacer. Ahora quítate ese puto pijama.
La doctora Ortiz estaba temblando aunque en la habitación
hacía calor. Sabía que si el contenido del DVD se hacía público sería el
hazmerreír de todo el hospital. Podía imaginarse las risitas del personal a su
paso. Su prestigio se vería seriamente dañado y podía irse olvidando de ascender
a jefa de servicio. Sus manos se movieron y se quitó la bata, que dejó sobre el
escritorio. Después se sacó la camisa del pijama y finalmente los pantalones. Su
ropa interior era blanca, de nylon, al igual que las medias-calcetín que le
llegaban bajo las rodillas. Tenía los pechos grandes, al menos una copa D y el
Amo observó con satisfacción que sus pezones, sin estar tiesos, estaban
endurecidos. Bajo sus bragas se adivinaba una abundante mata de pelos negros,
alguno de los cuales se escapaba por los laterales. Master Daniel sabía que la
doctora era una mujer con carácter, exigente con sus subordinados y segura de si
misma. Era el momento de averiguar qué se escondía bajo aquella fachada.
Muy bien doctora –dijo- parece que comenzamos a
entendernos.
Es usted despreciable –respondió con rapidez la médico.
El Amo no pudo evitar una sonrisa.
Ese comentario te costará el sujetador. Quítatelo y tíralo
a la papelera.
Jimena se mordió el labio inferior.
No, por favor, lo siento –suplicó- no volveré a hacerlo.
Demasiado tarde, doctora –dijo el Amo- tienes diez segundos
para dejarlo en la papelera, si no, serán el sujetador y las bragas.
Las manos de la médico se movieron rápidas al broche del
sostén mientras Master Daniel comenzaba a contar hasta diez. Iba por ocho cuando
Jimena dejó caer la prenda al interior de la papelera.
¡Vaya dos melones que tienes doctora! ¿Qué talla de
sujetador usas?
Jimena estaba roja como un tomate, pero el Amo podía ver que
sus pezones se habían puesto duros como rocas.
Una… una 105 D –balbuceó.
Magnífico –exclamó Master Daniel- Apuesto a que eres capaz
de chuparte tus propios pezones. ¿Lo has hecho alguna vez?
Jimena asintió humillada.
Vaya, vaya, con la doctora –rió el Amo- Vas a ser más
guarra de lo que había sospechado. ¿Eres una puta, doctora?
No, claro que no –respondió rauda Jimena- ¿Por quién me
toma?
Respuesta incorrecta, doctora –dijo Master Daniel- Cinco
segundos para cambiarla o ya puedes quitarte las bragas y echarlas a la
papelera.
De acuerdo, de acuerdo, soy una puta –rectificó Jimena con
rapidez entrando inconscientemente en su juego.
Entonces –sonrió el Amo satisfecho- por qué no me muestras
cómo eres capaz de succionar esos pezones en tu boquita.
Por favor… -empezó a suplicar la médico
¿Qué es lo que eres, Jimena?
Soy… soy una puta –balbuceó la doctora, sabiendo que esa
era la respuesta que él esperaba, pero al mismo tiempo sintiéndose
extrañamente excitada.
Entonces, chúpate esos pezones de una puta vez.
Resignada, Jimena se acercó las tetas a la boca y comenzó a
chuparse los pezones. El Amo lanzó una mirada fugaz a la telilla de sus bragas.
Las gotitas de humedad que había visto minutos antes habían dado paso a una
mancha alargada que recorría la longitud de su raja. No le cabía duda, la
estirada doctora Ortiz estaba excitándose con aquel tratamiento.
Master Daniel dejó que Jimena se succionase los pezones
durante varios minutos, mientras le miraba fijamente a los ojos. Muerta de
vergüenza, incapaz de sostener su mirada, la médico los cerró. Fue el momento
que el Amo aprovechó para sacar una cámara digital del bolsillo de su chaqueta y
sacarle varias fotos, la última cuando la doctora ya abría los ojos alertada por
los destellos del flash.
¡No, por favor! –exclamó sorprendida.
¡Cállate! –ordenó el Amo- Pon las manos tras la nuca y
entrelaza dos dedos.
Jimena obedeció sin oponer resistencia.
Master Daniel se puso frente a ella y aferró sus dos pezones.
Estaban distendidos y duros como rocas. Humillada, Jimena miró al suelo.
¿Estás excitada doctora? –preguntó el Amo
No… -balbuceó la médico
Entonces, ¿cómo explicas esto?
Jimena Ortiz lo vio como a cámara lenta. Una de las manos de
Master Daniel abandonó sus pezones y bajó hasta su pubis. Vio cómo sus dedos
corrían hacia un lado la telilla de sus bragas y dejaban a la vista su peluda
raja, sus labios distendidos y abiertos. Entonces dos dígitos se colaron con
habilidad dentro de su agujero emitiendo un sonido líquido que dejaba poco lugar
a la duda. La doctora emitió un suspiro, pero fue incapaz de moverse o protestar
durante todo aquel proceso. Estaba subyugada por aquel tratamiento.
¿Cómo explicas esto? –repitió el Amo, extrayendo sus dedos
y colocándolos ante los ojos de Jimena.
Estaban claramente mojados y con abundante flujo.
La doctora se puso colorada como un tomate e incapaz de
sostener la mirada de Master Daniel, la desvió al suelo. Parecía una chiquilla
nerviosa y no la eminente y segura de si misma Jimena Ortiz.
No… no lo sé… yo… -empezó a balbucear.
No pudo terminar ya que el Amo introdujo con decisión los dos
húmedos dígitos dentro de su boca.
¡Chúpalos! –ordenó.
Pillada totalmente por sorpresa, la doctora obedeció sumisa.
Master Daniel sintió sus labios cerrarse alrededor de sus dedos y succionar,
mientras él los restregaba sobre su lengua. Su otra mano seguía amasando y
estirando el pezón izquierdo de Jimena que estaba tieso y duro como una piedra.
Eso es, límpialos bien –le instruyó el Amo- Como si fuese
la polla de tu amante. Porque le chupas la polla, ¿no?
Vencida, la doctora asintió con la cabeza. No podía entender
por qué aquel extraño le subyugaba de tal manera. Nunca antes le habían tratado
así, pero lo que no podía negar es que su cuerpo estaba reaccionando de forma
rara. Estaba tremendamente cachonda. Sin poderlo evitar sus ojos se desviaron
hacia la entrepierna del Amo y se preguntó si pensaría follársela. Un escalofrío
de excitación recorrió todo su cuerpo y se dio cuenta de que en realidad lo
estaba deseando. Quiso sentirse mal por ello, pero no pudo. A fin de cuentas no
tenía más opción que obedecer, se dijo intentando justificarse. Pero en el fondo
sabía que eso no justificaba sus deseos.
Master Daniel sintió su rendición y sacándole los dedos de la
boca los volvió a hundir en su cada vez más encharcado coño y de nuevo se los
dio a probar. Ella los succionó diligente.
A partir de hoy vas a romper la relación con tu amante
–ordenó- no quiero que vuelvas a tener más sexo con él, ¿está claro?
Ella asintió y el Amo le sacó los dedos de la boca para que
pudiese responder.
Sí –dijo
Sí, ¿qué? –insistió él.
La doctora Ortiz humilló la mirada y sonrojándose dijo:
Sí, Señor. No volveré a tener sexo con mi amante.
Ni con tu marido
Eso será fácil, Señor –respondió Jimena- lo hacemos de
forma muy esporádica.
A partir de este momento tu cuerpo me pertenece y sólo yo y
quien yo decida harán uso de él.
La médico no pudo opinar sobre esta sentencia pues el Amo
había vuelto a ofrecerle sus dedos repletos de jugo de coño y ella los chupaba
con avidez. Nunca antes había probado el néctar femenino, ni el suyo ni el de
nadie, y aunque el sabor le resultaba desagradable, el verse forzada por aquel
hombre tenía su cuerpo en estado de ebullición.
Master Daniel miró a la doctora con una sonrisa. Seguía con
los brazos cruzados tras la cabeza, sus grandes tetas expuestas y la telilla de
sus bragas desplazada hacia un muslo mostrando su coño. La abundante mata de
vello púbico brillaba húmeda y había flujo denso alrededor de su abierta vulva.
Estaba seguro de que la flamante doctora nunca se había encontrado en una
situación así, aunque no cabía duda de que estaba excitada. Muy excitada, a
juzgar por sus reacciones.
Venga, doctora Tetas –exhortó el Amo con sorna- quiero que
te arquees sobre el escritorio, la espalda paralela al suelo, las piernas
juntas y el culo en pompa.
Jimena enrojeció furiosamente al ver cómo Master Daniel se
mofaba de ella. "Doctora Tetas", aquello era humillante. Pero no protestó,
obedeció las órdenes. El Amo observó su cuerpo, sus bonitas piernas, su culo
redondo y carnoso, en pompa. Sus manos se movieron raudas al elástico de las
bragas y colando sus pulgares tiró de ellas hacia abajo. Jimena emitió un gemido
mientras sentía cómo la íntima prenda se deslizaba lentamente por sus muslos
primero y después por sus pantorrillas hasta llegar a sus tobillos. El Amo
levantó sus pies y le sacó los zuecos, después repitió el proceso hasta extraer
sus bragas. La imagen de la doctora Ortiz, arqueada sobre el escritorio, con el
culo expuesto y vestida únicamente con sus medias blancas hasta la rodilla era
tremendamente erótica. Master Daniel le separó ligeramente las piernas y
agarrándole las nalgas las separó todo lo que pudo. Tenía el ojete rosado,
cerradito y rodeado de vello. El coño, por el contrario, estaba bien abierto y
chorreante. El Amo podía oír los jadeos de la doctora. Sabía que estaba muy
cachonda y que lo daría todo por una corrida.
Master Daniel no andaba lejos de la verdad. Jimena no había
estado tan caliente y excitada en toda su vida. Estaba siendo usada, humillada y
degradada por aquel hombre y sin embargo…estaba… estaba tan húmeda. Todo el
mundo la respetaba como mujer y como profesional, pero aquel hijo de puta la
estaba tratando como a una perra. Por qué diablos no oponía resistencia, por qué
se estaba dejando usar de aquella forma, por qué estaba tan increíblemente
cachonda…
Oyó el ruido característico de una cremallera al bajarse y en
seguida sintió lo que no podía ser otra cosa que el glande de una polla
hundiéndose levemente en su raja y recorriéndola de arriba abajo. Jimena no pudo
evitar un gemido de excitación, al tiempo que sus piernas se separaban y su culo
se movía hacia atrás buscando la penetración que tanto deseaba. Pero Master
Daniel la había asido por la cintura y limitaba sus movimientos, mientras su
verga jugueteaba con su vulva y su hinchado clítoris. Jimena no pudo aguantar
mucho las formas y sus gemidos y jadeos comenzaron a ser más entregados,
audibles y desesperados. Aquel hombre la estaba volviendo loca de deseo.
Finalmente la pasión venció a la razón y la cachonda doctora balbuceó:
Por favor –era casi un susurro- la necesito dentro.
¿Qué es lo que necesitas dentro, zorra?
Su polla. Necesito su polla dentro de mí.
¿Por qué, zorra?
Porque… estoy muy… muy cachonda. Mucho.
Apuesto a que tu marido no te pone así de caliente.
No… nunca –jadeó Jimena.
Ni tu amante
Tampoco –concedió la hembra.
Hace menos de una hora mi polla estaba taladrando el coño
de tu hija –informó el Amo- de hecho, después de follarla, le ordené a
propósito que no la limpiase con su boca como suele hacer. Aún está cubierta
con su flujo. Cuando te folle, te voy a meter los jugos de tu Ruth dentro del
chocho. ¿Es eso lo que quieres, doctora?
¡Oh, Dios, sí, lo que sea! –Jimena estaba fritísima- pero
fólleme ya, por favor.
¿Estás segura de que eso es lo que quieres?
Sí, sí, segurísima –gimió la doctora- es lo que más deseo
en este momento
¿Eres una puta, Jimena?
¡Oh, sí, soy una puta! ¡Soy su puta y deseo su polla en mi
coño! –la madura mamá había perdido los papeles.
Master Daniel comenzó a empujar su verga dentro del agujero
de la doctora y Jimena abrió los ojos como platos. ¿Qué le estaba metiendo? A su
paso, aquella cosa le estaba dilatando el coño de una forma increíble. Loca de
placer, la médico comenzó a jadear y a dar grititos. La enorme polla del Amo le
rozaba el clítoris de una forma exquisita y cuando por fin se la metió hasta el
fondo la doctora estaba entregada a Master Daniel. Se sentía increíblemente
llena, las paredes de su coño totalmente distendidas y sus músculos vaginales
cerrándose con fuerza sobre el impresionante tronco.
¡Qué gusto, Dios Santo, qué gusto! –gimió con los ojos
entrecerrados- su… su polla es enorme.
El Amo no dijo nada. Comenzó a mover lentamente su cipote,
adentro afuera, como dando tiempo al coño de Jimena para que se acostumbrase a
su grosor. La doctora estaba fritísima, incapaz de creer que un placer así
pudiese existir.
Voy… voy a correrme –jadeó la médico
Master Daniel podía sentir los músculos de Jimena ordeñándole
ansiosamente la polla. Era evidente que aquella zorra no iba a aguantar mucho
más.
Aún no –ordenó- no hasta que yo te de permiso.
El Amo vio cómo la pobre doctora hacía todo lo posible por
retener un clímax que era inminente. Separó una mano de su cadera y la metió en
el bolsillo de la chaqueta. Sus dedos encontraron el móvil y apretaron la tecla
deseada. Era una llamada perdida que tenía ya preparada. Segundos después, la
puerta del despacho de la Dra. Jimena Ortiz se abría y cerraba con sigilo y Ruth
entraba silenciosamente portando una cámara de vídeo en su mano derecha.
¡Oh, Dios, Señor! –gimió cachonda Jimena ajena a la
presencia de su hija- Me… me co… rrrrooo. No pu… puedo más. Me… corrooo… ¡ME
COOOOOOOORRRRROOOOOO! ¡AAAAAAAAHHHHH!
El cuerpo de la doctora se retorcía excitado, abandonado al
placer. Master Daniel la tenía bien agarrada por las caderas y en esos momentos
le clavaba la polla con fuerza, propulsándola sobre el escritorio con cada
embestida. Jimena Ortiz, con los ojos cerrados, disfrutaba al máximo del éxtasis
más extremo que había experimentado en su vida. No podía hablar, sólo jadear y
gruñir como una perra en celo. Sintió la polla del Amo expandirse aún más y la
abundante descarga de leche la sumió en un segundo y espectacular orgasmo.
Al principio no lo proceso. Caricias en su cara y en su pelo.
Entonces sintió algo cerrándose alrededor de su cuello, ¿un collar de cuero? En
medio de su pozo de placer entreabrió los ojos. ¿Ruth? ¿Ruth con una cámara de
vídeo? No podía ser. Volvió a cerrar y a abrir los párpados.
Ruth –balbuceó
Sí, mamá, soy yo –respondió la joven- el Amo quería que
estuviera presente mientras te follaba.
Jimena enrojeció avergonzada. Aún gozando de los últimos
estertores del orgasmo, no sabía qué decir para justificarse. Era obvio que
estaba gozando como una perra.
Y ha merecido la pena, ¿no crees? –terció Master Daniel
Sí, Amo –respondió Ruth- Ha sido muy erótico.
Me alegro. Ahora ya sabes lo que tienes que hacer.
Sí, Amo.
La joven dio la vuelta al escritorio, pasó la cámara de video
a Master Daniel y arrodillándose entre las piernas de su madre comenzó a comerle
el coño.
¡Oh, no, Ruth, no! –gimió Jimena, dándose cuenta de lo que
ocurría.
Tranquila, zorrita –dijo el Amo dándole un suave azote en
las nalgas- tu hija es una consumada experta. Déjala hacer y verás cómo
disfrutas.
No, no, no –repetía la doctora, cada vez con menos
convicción, sucumbiendo a la pericia de la lengua de Ruth.
Minutos después la pobre y humillada Jimena se corría por
tercera vez en la boca de su hija, llenándola con sus jugos y los restos de la
leche del Amo.
Fue cuando por fin se recuperó tras los tres intensos
orgasmos cuando notó la chapita que colgaba del collar de cuero que Ruth le
había puesto. Llevaba una inscripción que leyó para sí.
"Jimena" –decía.
La acarició entre los dedos y al darle la vuelta pudo leer el
anverso.
"Propiedad de D. S."
Su corazón comenzó a palpitar con fuerza. Alzó los ojos y
miró a Master Daniel, que ahora estaba frente a ella, al otro lado de la mesa.
Eso es lo que eres a partir de ahora, doctora –recalcó el
Amo- mi propiedad. Mi esclava.
Jimena humilló la mirada, sin protestar, avergonzada de ser
tratada así delante de su hija, aunque sorprendentemente excitada.
Ruth te pondrá al corriente de las nuevas normas –siguió
Master Daniel- Haz todo lo que ella te diga. Sin protestar. ¿Está claro?
Sí, Señor.
No olvides lo que te juegas
No, Señor.
Bien. Ahora vístete, quítate el collar y vuelve al trabajo.
Sí, Señor.
La doctora Ortiz comenzó a vestirse ante la atenta mirada de
su hija y de Master Daniel, que no le permitió ponerse las bragas ni el
sujetador. Después se quitó el collar de cuero y lo guardó en un cajón del
escritorio. Entonces, sin atreverse a mirarlos se dirigió hacia la puerta y
salió del despacho.
Continuará