7: LA DESPEDIDA.
Aquella mañana fue la primera de toda una semana en que
nuestras primas nos acompañaron. Y durante toda la semana, cada mañana de todos
los días, repetimos esos juegos en el mismo lugar, que se había convertido en
nuestro refugio, para llevar a cabo nuestro secreto prohibido. Pero, como todo
en la vida, llegó también el final de la estancia de ellas. Como cada noche,
sobre las doce, nos llamaron para acostarnos; pero ésa iba a ser la última que
durmieran conmigo abajo. Las otras noches no habíamos hecho nada ellas y yo,
porque todos queríamos que mi hermana estuviera presente para disfrutarlo
juntos; sin embargo, esa última, sin que yo lo planease, iba a ser diferente:
sería su despedida.
Mis primas ya estaban acostadas, y yo estaba en el huerto, en
silencio, pensando en todo lo que había pasado, y un poco triste, porque todo ya
finalizaba. Ensimismado como estaba en los recuerdos de las experiencias que
habíamos vivido, no advertí su presencia hasta que no sentí que se sentaban las
dos a mi lado. Una luna llena blanca y oronda, me permitía ver perfectamente a
las dos chiquillas.
—Nos lo hemos pasado genial –me decía Marga, sin mirarme –, y
lo repetiremos siempre que tengamos ocasión, cada vez que tú nos visites, o que
nosotros te visitemos a ti.
—Eso sería maravilloso –contesté, sin girar la cabeza –.
Estoy seguro de que cada vez que nos veamos, encontraremos la oportunidad para
seguir disfrutando como hemos hecho.
—Lo hemos hablado –me comentaba Raquel –, y queremos que esta
noche sea especial, porque mañana nos vamos, que sirva de despedida.
—Ven a nuestro cuarto Luis –me dijo luego Marga –, estamos
seguras de que a Rebeca no le importará que ella no esté.
Y así fue como nos levantamos y nos fuimos todos al
dormitorio de las dos. Nada más llegar, las gemelas se quitaron el pijama,
regalándome nuevamente su desnudez. Mi pene ya estaba erecto, y pude percibir en
ambas una sonrisa de satisfacción al verlo así.
— ¡Cómo nos gusta esa polla primo! –exclamó Raquel –.
—Nos has dado un placer que jamás imaginamos que podríamos
sentir, ni que podría suceder todo esto; pero esta última noche queremos que nos
folles. Sabemos que ya lo has hecho con Rebeca, ella nos lo ha contado todo;
sabemos que duele al principio, pero que el goce que se siente luego no se puede
comparar al de tu lengua –dijo abiertamente Marga, confiándome las confidencias
de las dos, para que esa noche yo las penetrase –.
Y ya no dijimos más. De pronto sentí la boca de Raquel
engullir todo mi miembro, compartiéndolo en perfecta armonía con su hermana, en
turnos casi iguales. Y sus dos lenguas a la vez, también las sentí recorrer todo
el tronco, para besarse ellas con mi glande en medio. El placer que me estaban
proporcionado llegaba ya a límites que jamás había sentido. Y cuando yo les dije
que si seguían así me correría, detuvieron su felación compartida.
Se tumbaron ambas en una de las camas, la una al lado de la
otra, las dos cogidas de la mano, mientras yo les lamía sus pezones que ya se
habían endurecido. Primero a Marga, que estaba a la izquierda de Raquel, y luego
a su hermana. Escuché sus primeros jadeos, pero aún me entretuve con las puntas
de sus pechos, para provocar la mayor excitación posible. Después me perdí entre
sus piernas, siguiendo el orden anterior. Sus coñitos ya estaban empapados de su
flujo viscoso, que probé deleitándome. Y luego busqué sus clítoris, totalmente
expuestos por la excitación; hasta que sentí que, primero una y luego la otra,
llegaban las dos a su tan ansiado orgasmo.
Raquel era la que más próxima estaba a la mesilla de noche.
Abrió uno de los cajones, y extrajo un preservativo.
—Esto nos lo ha dado tu hermana –me dijo –, por eso sabemos
que a ella no sólo no le importa, sino que quiere que lo hagas.
Entre mis dos primas me pusieron el profiláctico con gran
habilidad, por lo que deduje que Rebeca les había enseñado, si no es que también
habían jugado entre ellas. No me importó, empero, ese hecho. Con mi ariete al
máximo y la protección colocada, me dispuse a penetrarlas, sin perder el orden
que había establecido al principio.
Abrí todo lo que pude las piernas de Marga, aun cuando eso
supuso que desplazase ligeramente a su hermana, y froté mi glande en toda la
vagina mojada de ella. Busqué su clítoris y lo acaricié con el capullo, hasta
que empecé a oír sus jadeos. Luego lo puse en la entrada de su vagina y
presioné. No hallé resistencia. Su abundante lubricación y la inexistencia de
himen, hizo que mi verga resbalase hasta el fondo. Mi cara de sorpresa debió ser
evidente, y Marga me dijo:
—No te sorprendas: en una de tus siestas hemos estado jugando
con Rebeca. Podrás penetrarnos a gusto sin que temas lastimarnos.
Aquello era mucho más de lo que hubiera imaginado. Pero en
esos momentos mi verga estaba en la vagina de mi prima, y no podía pensar en
otra cosa. Empecé a bombear. Al principio despacio, para luego ir incrementando
la velocidad. Marga empezaba a jadear con fuerza, y su hermana no quitaba ojo de
la escena, mientras se acariciaba. Mis bombeos se hicieron más intensos y los
jadeos de la niña eran ya gemidos, hasta que unos minutos después me anunció su
orgasmo:
— ¡Me corro Luis, me vengo toda, qué placer más grande!
Y la oí gritar mientras apretaba mi culo contra su sexo.
Saqué mi pija, mientras ella aún estaba jadeando.
—Clávamela ahora a mí, primo, fóllame como lo hiciste con mi
hermana –me rogó Raquel –.
Y no la hice esperar. Esta vez, ante la mirada de la
satisfecha Marga, repetí los mismos actos que con la otra. Froté bien su coño de
abajo a arriba, entreteniéndome en su clítoris, hasta que la deseosa Raquel me
apremió:
— ¡Métemela ya, primo, por favor!
Situé mi pene en su entrada y empujé. Al igual que había
sucedido con su hermana mi herramienta entró sin obstáculo, resbalando por su
total excitación. Cuando Raquel sintió toda la carne entrar dentro de ella, se
arqueó y puso los ojos en blanco. Resultaba evidente que el placer que sentía
era el máximo. Y, de nuevo comencé a bombear despacio, para ir aumentando luego
la velocidad. Mi pelvis se pegaba contra la suya y mis testículos golpeaban sus
nalgas, mientras mi palo se perdía en toda su vagina blanda y llena de su flujo.
Así estuve unos minutos hasta que las convulsiones de ella me anunciaban que
estaba a punto de venirse; no obstante, me lo anunció con euforia:
— ¡No pares Luis, que me viene todo!
Y, claro que no me detuve. Se arqueó aún más que cuando
sintió la penetración, y en un grito ahogado se vino. Saqué mi polla, mientras
ella se quedaba recuperando el resuello. Marga estiró la mano y me quitó la
goma.
—Ahora te sacaremos la leche con nuestras bocas, y nosotras
la compartiremos como buenas hermanas –me dijo Marga, mientras que Raquel la
miraba aprobando su propuesta, aún recuperándose –. Las dos hemos planeado esto
y nos ha salido a la perfección –expuso finalmente –.
Y así fue como ambas chiquillas, me hicieron correr con sus
bocas. Les llené la cara de mi leche y con sus besos y lenguas la compartieron.
Nos quedamos los tres abrazados, y después del placer sexual nos llenamos de un
cariño especial que jamás en nuestra vida perderíamos. Aún es el día de hoy que
se mantiene esa promesa que nos hiciéramos aquella noche: siempre que nos vemos
repetimos lo que en aquel tiempo descubrimos.