RODAJE DE ALTO VOLTAJE
Sorpresa en plena
faena cinematográfica.
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¡Qué suerte! ¡Participar en un proyecto así! ¡Con un elenco de primera!
Has ganado un gordo.
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Yo misma me sorprendo. No tengo enchufe ni me acuesto con los directores
ni tampoco parezco modelo.
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¡Orgullo y Prejuicio! Lo que me da verdadera envidia es tu contacto con
Damián que intrepreta a Mr.Darcy.
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Vendería mi alma al Señor de Tinieblas para quitarme de encima a ese
maniquí presumido. Me emborracharé cuando le diga adiós.
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¿Acaso no es guapo?
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Sí, lo es, aunque el mal genio que tiene le quita el atractivo. Nuestras
riñas divierten a todo el equipo. Me gustaría contratar a un asesino…
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¡Qué pena!
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Bueno, prima, es la hora de hacer la maleta. Nos vamos a Inglaterra para
rodar los episodios finales. El gilipollas de Alfonso insiste en inventar una
escena sexual, en concreto la noche de bodas.
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¡Joder! ¡Qué daría yo por tocar el cuerpazo de tu actor!
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Pues yo prefiero tocar una víbora. No sé de dónde voy a sacar las
fuerzas.
Al día siguiente salí
rumbo a Inglaterra sin sospechar que el azar me depararía una bromita.
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¡Qué parta el rayo al amigo de mi padre
quien me ha incitado a estudiar el arte dramático!
Así pensaba yo cuando me obligaban a aceptar amantes
cinematográficos tipo Damián. Antes de conocer la magia del escenario me sentía
atraída por lingüística, pero mis capacidades de remedo y transformación
inclinaron la balanza hacia otro lado. La primera película en la que lucí en el
papel de una rockera chiflada no llamó la atención del público, su éxito
taquillero equivalía a cero. Sin embargo, mi debut no pasó inadvertido ante la
vista de lince de Alfonso – un tipo estrafalario, no desprovisto de talento. Me
propuso el papel de Elisabeth en su versión de “Orgullo y Prejuicio”. Acepté
encantada. El personaje rebelde y gracioso encajaba con mi propio carácter. El
rodaje avanzaba de maravilla. Mi humor luminoso se veía oscurecido por una sola
“nube” que se creía gran estrella.
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Oye, chiquilla, he vivido 12 años más que tú. He protagonizado 20
películas. ¿Quién eres para llevarme la contraria?
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Ahora entiendo por qué has interpretado a tantos policías, detectives y
fiscales. ¡Eres un hombre-cuchillo! ¡Puro filo de odio!
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Mejor un “filo” que un don nadie como algunos y algunas.
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¡Cabrón!
Los conflictos nos
salían a pedir de boca tanto en la realidad como en el cine. Recuerdo que le
fastidió bastante el episodio de declaración amorosa por parte de Darcy. Y yo le
di calabazas en la pantalla. ¡Menudo deleite!
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Malena, ten piedad de tus cuerdas vocales.
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Señor Director, me niego rotundamente a participar en la sesión
seudo-erótica con vuestro androide. Sería la noche de bodas más amarga de lo
imaginable.
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¿Deseas que me ponga de rodillas? Una imitación de misionero debajo de un
montón de mantas. Y ya está. Los espectadores te lo agradecerán. Y la eternidad
también.
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Lo dudo.
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Jajaja, se nota que no eres profesional, - intervino mi enemigo. – Te
cuesta superar los retos.
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¡Cállate, desgraciado! De acuerdo, Alfonso, lo haré por ti. No por él.
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Gracias, mi reina.
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Los primeros intentos resultaron un fracaso.
Damián no se molestaba en disimular una emoción abrasadora. Besos secos,
caricias apresuradas, indiferencia a raudales. Rígido, yerto, frío. Justo lo que
predecía. Gastamos dos horas en el episodio previo a la “acción” en la cama. Su
manera de desabrochar el corpiño de vestido de novia merecía un oscar en la
categoría “antisensual”. Me pregunté si le inspiraban más los hombres. Según los
rumores había conquistado a muchas mujeres con las que se comportaba al estilo
de un general ajetreado, es decir – desnudar, follar, despedir.
Por fin nos deslizamos bajo las mantas. Yo
llevaba minúsculas braguitas y me esforzaba por tapar la delantera desnuda. Él
no tapaba nada, orgulloso de su torso perfectamente moldeado y sus caderas
estrechas. No me fijé en sus atributos viriles, bien marcados por la ropa
interior, ya que me importaban un comino. Sin embargo, la mirada de Damián me
recorrió de arriba abajo, sin deseo ni lujuria, más o menos como un mueble que
debería alquilar. “Aguanta, Malena, aguanta” – repetía para mis adentros,
apretando las mandíbulas. Sentí el peso de su cuerpo y me aparté a la máxima
distancia posible (por desgracia, se trataba de centímetros). “¡Motor! –
gritó Alfonso. – Bésala bien y haz movimientos circulares como si estuvieras
acariciándole los melones”. Suspiré con fastidio y me dispuse a simular un
“beso pasional”. De pronto di un brinco loco reaccionando a la lengua que
irrumpió en mi boca en las mejores tradiciones de naturalismo salvaje. Mis ojos
duplicaron su tamaño cuando me percaté de que el descarado no tuvo reparos en
estrujarme los pechos y pellizcar los pezones. ¡Como si estuviera acariciando!
¡Qué va! ¡Como si estuviera palpando una fruta para comprobar su madurez!
“Enfocad esos ojazos verdes. ¡Bravo, Malena! ¡Te ha salido una expresión de
éxtasis!”. ¡Éxtasis! Lo más absurdo es que unas lágrimas de impotencia que
nublaban mi visión creaban el efecto de “mirada lánguida”. No podía moverme, mis
pobres senos estaban aplastados contra sus duros músculos pectorales, mi boca
aprisionada por la suya, mis muslos atacados por una virilidad impresionante. Un
momento… ¿Cómo se las arregló a librar su vergota? ¿Y cómo se atrevía a
empalmarse?
“Te voy a denunciar, hijo de pu…”
- le susurré al oído en cuanto hubiera terminado de torturar mis labios.
Respondió con otro beso, aún más desenfrenado, y, para rematarme, empezó a
explorar la zona más íntima, todavía protegida por la tela. Presa de pánico, me
retorcía, cerraba las piernas e intentaba golpearle el vientre con mis rodillas.
Vanas esperanzas. Nuestras fuerzas no eran equiparables. Muy pronto dejó pasear
su mano por el bosquecillo de mi vello púbico, bien cuidado y recortado. Se
deleitaba en tantear todos los pliegues y recovecos del terreno prohibido sin
prestar atención a mis tentativas de rehuir el asalto. Las mantas impedían
vislumbrar sus maniobras. El público seguía creyendo que demostrábamos una
“ficción artística”. “Parece que lloras de felicidad. ¡Estupendo! Un
erotismo leve y convincente”. Aquel erotismo “leve” amenazaba con
convertirse en un abuso. En realidad lloraba por dos razones: furia provocada
por la visita de su dedo a un sitio secreto y vergüenza por la facilidad con que
entró. Hace unos años tuve un novio que me había desvirgado y me había enseñado
muy pocas cosas en el amor. Al romper con él me enfrasqué en la carrera y ni
siquiera pensaba en la posibilidad de un lío canalizando mis instintos en el
trabajo. La abstinencia me jugó una mala pasada. Una caricia experta me excitó
más rápido de lo que imaginaba. Y además, el miserable de Damián sabía manejar
las entrepiernas. La luz de focos caía sobre su rostro y tuve que reconocer la
belleza varonil de sus facciones. “Stop. Os merecéis un pequeño descanso. Mis
felicitaciones. Habéis reprimido vuestra animadversión con tal de obtener un
resultado excelente”. “Propongo pasar de descansos y rodar la escena de
un tirón. No hace falta perder el ritmo de inspiración. ¿Verdad, Malena?” –
dijo el actor sin sacar su maldito dedo de mi interior. Balbucí algo
incoherente. Renuncié a la idea de gritar “¡Socorro!” Si me quejara el valor del
material rodado aumentaría y, además, me pondría en ridículo delante del equipo.
Decidí tragar la píldora de humillación y acabar con la pesadilla de una vez por
todas.
“Tienes razón. Seguimos. Acelera los
movimientos, aparta el borde de la manta y deja al descubierto una parte de sus
pechos”. “Voy a improvisar”. Las cámaras
volvieron a enfocarnos. Damián desapareció bajo el cúmulo de seda y rodó por mi
cuerpo con total impunidad. Unos minutos le bastaron para chuparme los pezones,
lamer el ombligo y hundir la lengua en el sexo caliente estimulando los puntos
sensibles. No quería que interrumpiera su placentera labor, pero la demora
despertaría sospechas. Así que salió del escondite, se acomodó sobre mí y me
regaló un larguísimo beso en el cuello mientras clavaba sus garras en los
promontorios de mis nalgas. De paso apartó la manta y mostró el inicio de pechos
bamboleantes según la indicación de Alfonso. Estaba alucinada. ¿Qué ocurrió con
aquella momia que me destrozaba los nervios? ¿Y qué ocurrió con mi asco? Me
derretía en sus brazos y le besé en los labios por mi propia iniciativa
adivinando el sabor agridulce de fluidos vaginales. La hendidura encendida
imponía sus leyes. “¡Genial! Separa sus piernas e imita el vaivén de
penetración. Y tú, Malena de mi alma, debes emitir un gemido quedo y dibujar una
sonrisa angelical de una aristócrata recién desflorada”. Ni corto ni
perezoso el “violador” aprovechó la ocasión para quitarme las braguitas por
completo. Los movimientos de mi pelvis le ayudaban en la tarea. Acto seguido me
abrió de piernas y durante un buen rato se entretuvo con el clítoris hinchado
que reclamaba sus atenciones. Alfonso nos observaba complacido. ¡Si supiera que
íbamos a cumplir sus órdenes al pie de la letra!
Me olvidé de la existencia de cámaras y
testigos. No anhelaba más que su palanca inserta en lo profundo de mi ser. Aquel
pícaro procedía sin prisa, controlaba el grado de calentura y me ponía a mil con
sus jueguitos. En el momento álgido, cuando estaba a punto de chillar de
desesperación, me entregó el premio. Se introducía lentamente disfrutando de
cada instante al juzgar por el destello de triunfo en su mirada enigmática. Mi
cuevita húmeda le absorbía con empeño de una aspiradora. “Un gemido muy
natural, estás evolucionando. Preparaos, que viene lo difícil. Hay que fingir la
llegada a la estación Orgasmo”. “¿Difícil? ¡Eso es pan comido!” –
diría yo si consiguiera articular palabra. No me lo podía creer. Acababa de
ceder al embate de una estatua cuyo mármol helado ocultaba una maravillosa barra
de carne que perforaba mis entrañas y se me antojaba un regalo de dioses. Menos
mal que mi pelo suelto cubría las mejillas arreboladas y una mueca eufórica
grabada sobre ellas. Sus arremetidas iban en crescendo y yo le seguía el ritmo.
Nos urgía alcanzar el clímax antes de la intervención del director. “Tápame
bien, que no se enteren de que me voy a correr” – murmuré entre jadeos
contenidos. Damián se irguió un poco y me sirvió de escudo a lo largo de mi
estallido que se prolongó más de lo habitual. Daba la sensación que me mecía en
las olas tibias del océano, acunada por las canciones de gaviotas. Entonces
entendí que le amaba, tal vez desde el principio, y no me lo confesaba a mí
misma. Satisfecha hasta el límite, le sentí vaciarse y regarme profusamente con
su semen que recibí agradecida. “¡Perfecto! No vale la pena hacer la segunda
variante. Los espectadores pensarán que habéis echado un polvo fabuloso. Ahora
debes caer exhausto sobre ella y pronunciar la última frase. ¡Adelante!”
“Mr.Darcy” me abrazó con ternura y soltó un slogan sentimental: “Te quiero,
Elisabeth. Los obstáculos están enterrados en el pasado. El futuro nos espera”.
¡Vaya barbaridad! Jane Austen se revolcaría en su tumba si lo oyera. Sin
embargo, los presentes aplaudieron.
Mario, el asistente del director y un amigo
mío, me tendió una bata y ayudó a incorporarme al notar el temblor de mis
piernas. Seguía aturdida. No me explicaba cómo y por qué se produjo la vuelta de
la tuerca: de frialdad al frenesí, de antipatía a la idolatría. Lo imaginario
invadió lo real: me pasó lo mismo que a mi personaje. Alfonso nos estrechaba las
manos y brindaba por el éxito de la película. “¿Cómo habéis logrado
colaborar?” “Es que nos inundaba el deseo de poner un espléndido toque final a
tu obra maestra” – contestó el “hombre-cuchillo”. Con el rabillo del ojo vi
la cara del poema que puso Mario cuando descubrió las manchas inequívocas sobre
las sábanas. Sonrió y me lanzó una mirada de complicidad. Sabía que no nos
delataría. En efecto, no tardó en llevarse las pruebas del delito.
Aquella noche yo y Damián celebramos nuestro
cumpleaños (que teníamos el mismo día y que según el calendario deberíamos
celebrar al cabo de 6 meses). Lógicamente montamos un festín donde los platos
eran nuestros cuerpos. Esta vez sin público ni cámaras. Ensayando diferentes
posturas, trasformándonos en máquinas de sexo. Por fin pude probar su sabor y me
hice adicta. A la madrugada me interesé por la causa de su conducta anterior.
Dijo que la atracción le hacía sentir cohibido, furioso, herido por mi trato
neutro. En la cama perdió los papeles y decidió tomarme a toda costa sin
importarle la posibilidad de un escándalo público, mi denuncia, etc. Ya no
teníamos cuentas que ajustar. Su ego dejó de sufrir al igual que el mío. Nos
quedaba una sola ocupación: gozar al estilo de conejos en celo.
Una vez estrenada la película nos casamos
prescindiendo de noviazgos y ceremonias. Mi prima se enfadó conmigo y no halló
otra manera de expresar su enfado que soltar un comentario burlón acerca de lo
artificial y aburrido de nuestra escena erótica. Un periodista preguntó qué
factores influyeron en nuestra boda fulminante. “Un rodaje de alto voltaje”
– exclamamos en unísono. Y nos reímos como posesos.
Se dedica al
demonio de ojos azules que ha robado mi alma y no la devuelve.