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Cambié los micros por las pollas
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[ Ojos que no ven, corazón que no siente. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 11 de Octubre, 2008.
Fecha: 14-Jul-07 « Anterior | Siguiente » en Fantasías Eróticas (1318 de 1505)

Rodaje de alto voltaje

scarlet83
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Sorpresa en plena faena cinematográfica. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

RODAJE DE ALTO VOLTAJE

Sorpresa en plena faena cinematográfica.

- ¡Qué suerte! ¡Participar en un proyecto así! ¡Con un elenco de primera! Has ganado un gordo.

- Yo misma me sorprendo. No tengo enchufe ni me acuesto con los directores ni tampoco parezco modelo.

- ¡Orgullo y Prejuicio! Lo que me da verdadera envidia es tu contacto con Damián que intrepreta a Mr.Darcy.

- Vendería mi alma al Señor de Tinieblas para quitarme de encima a ese maniquí presumido. Me emborracharé cuando le diga adiós.

- ¿Acaso no es guapo?

- Sí, lo es, aunque el mal genio que tiene le quita el atractivo. Nuestras riñas divierten a todo el equipo. Me gustaría contratar a un asesino…

- ¡Qué pena!

- Bueno, prima, es la hora de hacer la maleta. Nos vamos a Inglaterra para rodar los episodios finales. El gilipollas de Alfonso insiste en inventar una escena sexual, en concreto la noche de bodas.

- ¡Joder! ¡Qué daría yo por tocar el cuerpazo de tu actor!

- Pues yo prefiero tocar una víbora. No sé de dónde voy a sacar las fuerzas.

Al día siguiente salí rumbo a Inglaterra sin sospechar que el azar me depararía una bromita.

---------------------------

¡Qué parta el rayo al amigo de mi padre quien me ha incitado a estudiar el arte dramático! Así pensaba yo cuando me obligaban a aceptar amantes cinematográficos tipo Damián. Antes de conocer la magia del escenario me sentía atraída por lingüística, pero mis capacidades de remedo y transformación inclinaron la balanza hacia otro lado. La primera película en la que lucí en el papel de una rockera chiflada no llamó la atención del público, su éxito taquillero equivalía a cero. Sin embargo, mi debut no pasó inadvertido ante la vista de lince de Alfonso – un tipo estrafalario, no desprovisto de talento. Me propuso el papel de Elisabeth en su versión de “Orgullo y Prejuicio”. Acepté encantada. El personaje rebelde y gracioso encajaba con mi propio carácter. El rodaje avanzaba de maravilla. Mi humor luminoso se veía oscurecido por una sola “nube” que se creía gran estrella.

- Oye, chiquilla, he vivido 12 años más que tú. He protagonizado 20 películas. ¿Quién eres para llevarme la contraria?

- Ahora entiendo por qué has interpretado a tantos policías, detectives y fiscales. ¡Eres un hombre-cuchillo! ¡Puro filo de odio!

- Mejor un “filo” que un don nadie como algunos y algunas.

- ¡Cabrón!

Los conflictos nos salían a pedir de boca tanto en la realidad como en el cine. Recuerdo que le fastidió bastante el episodio de declaración amorosa por parte de Darcy. Y yo le di calabazas en la pantalla. ¡Menudo deleite!

- Malena, ten piedad de tus cuerdas vocales.

- Señor Director, me niego rotundamente a participar en la sesión seudo-erótica con vuestro androide. Sería la noche de bodas más amarga de lo imaginable.

- ¿Deseas que me ponga de rodillas? Una imitación de misionero debajo de un montón de mantas. Y ya está. Los espectadores te lo agradecerán. Y la eternidad también.

- Lo dudo.

- Jajaja, se nota que no eres profesional, - intervino mi enemigo. – Te cuesta superar los retos.

- ¡Cállate, desgraciado! De acuerdo, Alfonso, lo haré por ti. No por él.

- Gracias, mi reina.

------------------------

Los primeros intentos resultaron un fracaso. Damián no se molestaba en disimular una emoción abrasadora. Besos secos, caricias apresuradas, indiferencia a raudales. Rígido, yerto, frío. Justo lo que predecía. Gastamos dos horas en el episodio previo a la “acción” en la cama. Su manera de desabrochar el corpiño de vestido de novia merecía un oscar en la categoría “antisensual”. Me pregunté si le inspiraban más los hombres. Según los rumores había conquistado a muchas mujeres con las que se comportaba al estilo de un general ajetreado, es decir – desnudar, follar, despedir.

Por fin nos deslizamos bajo las mantas. Yo llevaba minúsculas braguitas y me esforzaba por tapar la delantera desnuda. Él no tapaba nada, orgulloso de su torso perfectamente moldeado y sus caderas estrechas. No me fijé en sus atributos viriles, bien marcados por la ropa interior, ya que me importaban un comino. Sin embargo, la mirada de Damián me recorrió de arriba abajo, sin deseo ni lujuria, más o menos como un mueble que debería alquilar. “Aguanta, Malena, aguanta” – repetía para mis adentros, apretando las mandíbulas. Sentí el peso de su cuerpo y me aparté a la máxima distancia posible (por desgracia, se trataba de centímetros). “¡Motor! – gritó Alfonso. – Bésala bien y haz movimientos circulares como si estuvieras acariciándole los melones”. Suspiré con fastidio y me dispuse a simular un “beso pasional”. De pronto di un brinco loco reaccionando a la lengua que irrumpió en mi boca en las mejores tradiciones de naturalismo salvaje. Mis ojos duplicaron su tamaño cuando me percaté de que el descarado no tuvo reparos en estrujarme los pechos y pellizcar los pezones. ¡Como si estuviera acariciando! ¡Qué va! ¡Como si estuviera palpando una fruta para comprobar su madurez! “Enfocad esos ojazos verdes. ¡Bravo, Malena! ¡Te ha salido una expresión de éxtasis!”. ¡Éxtasis! Lo más absurdo es que unas lágrimas de impotencia que nublaban mi visión creaban el efecto de “mirada lánguida”. No podía moverme, mis pobres senos estaban aplastados contra sus duros músculos pectorales, mi boca aprisionada por la suya, mis muslos atacados por una virilidad impresionante. Un momento… ¿Cómo se las arregló a librar su vergota? ¿Y cómo se atrevía a empalmarse?

“Te voy a denunciar, hijo de pu…” - le susurré al oído en cuanto hubiera terminado de torturar mis labios. Respondió con otro beso, aún más desenfrenado, y, para rematarme, empezó a explorar la zona más íntima, todavía protegida por la tela. Presa de pánico, me retorcía, cerraba las piernas e intentaba golpearle el vientre con mis rodillas. Vanas esperanzas. Nuestras fuerzas no eran equiparables. Muy pronto dejó pasear su mano por el bosquecillo de mi vello púbico, bien cuidado y recortado. Se deleitaba en tantear todos los pliegues y recovecos del terreno prohibido sin prestar atención a mis tentativas de rehuir el asalto. Las mantas impedían vislumbrar sus maniobras. El público seguía creyendo que demostrábamos una “ficción artística”. “Parece que lloras de felicidad. ¡Estupendo! Un erotismo leve y convincente”. Aquel erotismo “leve” amenazaba con convertirse en un abuso. En realidad lloraba por dos razones: furia provocada por la visita de su dedo a un sitio secreto y vergüenza por la facilidad con que entró. Hace unos años tuve un novio que me había desvirgado y me había enseñado muy pocas cosas en el amor. Al romper con él me enfrasqué en la carrera y ni siquiera pensaba en la posibilidad de un lío canalizando mis instintos en el trabajo. La abstinencia me jugó una mala pasada. Una caricia experta me excitó más rápido de lo que imaginaba. Y además, el miserable de Damián sabía manejar las entrepiernas. La luz de focos caía sobre su rostro y tuve que reconocer la belleza varonil de sus facciones. “Stop. Os merecéis un pequeño descanso. Mis felicitaciones. Habéis reprimido vuestra animadversión con tal de obtener un resultado excelente”. “Propongo pasar de descansos y rodar la escena de un tirón. No hace falta perder el ritmo de inspiración. ¿Verdad, Malena?” – dijo el actor sin sacar su maldito dedo de mi interior. Balbucí algo incoherente. Renuncié a la idea de gritar “¡Socorro!” Si me quejara el valor del material rodado aumentaría y, además, me pondría en ridículo delante del equipo. Decidí tragar la píldora de humillación y acabar con la pesadilla de una vez por todas.

“Tienes razón. Seguimos. Acelera los movimientos, aparta el borde de la manta y deja al descubierto una parte de sus pechos”. “Voy a improvisar”. Las cámaras volvieron a enfocarnos. Damián desapareció bajo el cúmulo de seda y rodó por mi cuerpo con total impunidad. Unos minutos le bastaron para chuparme los pezones, lamer el ombligo y hundir la lengua en el sexo caliente estimulando los puntos sensibles. No quería que interrumpiera su placentera labor, pero la demora despertaría sospechas. Así que salió del escondite, se acomodó sobre mí y me regaló un larguísimo beso en el cuello mientras clavaba sus garras en los promontorios de mis nalgas. De paso apartó la manta y mostró el inicio de pechos bamboleantes según la indicación de Alfonso. Estaba alucinada. ¿Qué ocurrió con aquella momia que me destrozaba los nervios? ¿Y qué ocurrió con mi asco? Me derretía en sus brazos y le besé en los labios por mi propia iniciativa adivinando el sabor agridulce de fluidos vaginales. La hendidura encendida imponía sus leyes. “¡Genial! Separa sus piernas e imita el vaivén de penetración. Y tú, Malena de mi alma, debes emitir un gemido quedo y dibujar una sonrisa angelical de una aristócrata recién desflorada”. Ni corto ni perezoso el “violador” aprovechó la ocasión para quitarme las braguitas por completo. Los movimientos de mi pelvis le ayudaban en la tarea. Acto seguido me abrió de piernas y durante un buen rato se entretuvo con el clítoris hinchado que reclamaba sus atenciones. Alfonso nos observaba complacido. ¡Si supiera que íbamos a cumplir sus órdenes al pie de la letra!

Me olvidé de la existencia de cámaras y testigos. No anhelaba más que su palanca inserta en lo profundo de mi ser. Aquel pícaro procedía sin prisa, controlaba el grado de calentura y me ponía a mil con sus jueguitos. En el momento álgido, cuando estaba a punto de chillar de desesperación, me entregó el premio. Se introducía lentamente disfrutando de cada instante al juzgar por el destello de triunfo en su mirada enigmática. Mi cuevita húmeda le absorbía con empeño de una aspiradora. “Un gemido muy natural, estás evolucionando. Preparaos, que viene lo difícil. Hay que fingir la llegada a la estación Orgasmo”. “¿Difícil? ¡Eso es pan comido!” – diría yo si consiguiera articular palabra. No me lo podía creer. Acababa de ceder al embate de una estatua cuyo mármol helado ocultaba una maravillosa barra de carne que perforaba mis entrañas y se me antojaba un regalo de dioses. Menos mal que mi pelo suelto cubría las mejillas arreboladas y una mueca eufórica grabada sobre ellas. Sus arremetidas iban en crescendo y yo le seguía el ritmo. Nos urgía alcanzar el clímax antes de la intervención del director. “Tápame bien, que no se enteren de que me voy a correr” – murmuré entre jadeos contenidos. Damián se irguió un poco y me sirvió de escudo a lo largo de mi estallido que se prolongó más de lo habitual. Daba la sensación que me mecía en las olas tibias del océano, acunada por las canciones de gaviotas. Entonces entendí que le amaba, tal vez desde el principio, y no me lo confesaba a mí misma. Satisfecha hasta el límite, le sentí vaciarse y regarme profusamente con su semen que recibí agradecida. “¡Perfecto! No vale la pena hacer la segunda variante. Los espectadores pensarán que habéis echado un polvo fabuloso. Ahora debes caer exhausto sobre ella y pronunciar la última frase. ¡Adelante!” “Mr.Darcy” me abrazó con ternura y soltó un slogan sentimental: “Te quiero, Elisabeth. Los obstáculos están enterrados en el pasado. El futuro nos espera”. ¡Vaya barbaridad! Jane Austen se revolcaría en su tumba si lo oyera. Sin embargo, los presentes aplaudieron.

Mario, el asistente del director y un amigo mío, me tendió una bata y ayudó a incorporarme al notar el temblor de mis piernas. Seguía aturdida. No me explicaba cómo y por qué se produjo la vuelta de la tuerca: de frialdad al frenesí, de antipatía a la idolatría. Lo imaginario invadió lo real: me pasó lo mismo que a mi personaje. Alfonso nos estrechaba las manos y brindaba por el éxito de la película. “¿Cómo habéis logrado colaborar?” “Es que nos inundaba el deseo de poner un espléndido toque final a tu obra maestra” – contestó el “hombre-cuchillo”. Con el rabillo del ojo vi la cara del poema que puso Mario cuando descubrió las manchas inequívocas sobre las sábanas. Sonrió y me lanzó una mirada de complicidad. Sabía que no nos delataría. En efecto, no tardó en llevarse las pruebas del delito.

Aquella noche yo y Damián celebramos nuestro cumpleaños (que teníamos el mismo día y que según el calendario deberíamos celebrar al cabo de 6 meses). Lógicamente montamos un festín donde los platos eran nuestros cuerpos. Esta vez sin público ni cámaras. Ensayando diferentes posturas, trasformándonos en máquinas de sexo. Por fin pude probar su sabor y me hice adicta. A la madrugada me interesé por la causa de su conducta anterior. Dijo que la atracción le hacía sentir cohibido, furioso, herido por mi trato neutro. En la cama perdió los papeles y decidió tomarme a toda costa sin importarle la posibilidad de un escándalo público, mi denuncia, etc. Ya no teníamos cuentas que ajustar. Su ego dejó de sufrir al igual que el mío. Nos quedaba una sola ocupación: gozar al estilo de conejos en celo.

Una vez estrenada la película nos casamos prescindiendo de noviazgos y ceremonias. Mi prima se enfadó conmigo y no halló otra manera de expresar su enfado que soltar un comentario burlón acerca de lo artificial y aburrido de nuestra escena erótica. Un periodista preguntó qué factores influyeron en nuestra boda fulminante. “Un rodaje de alto voltaje” – exclamamos en unísono. Y nos reímos como posesos.

Se dedica al demonio de ojos azules que ha robado mi alma y no la devuelve.

TodoRelatos.com © scarlet83

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