Ambos habían decidido poco a poco ese viaje. Una montaña
cerca de la ciudad era la excusa perfecta para que sus hormonas dirimieran
viejos conflictos.
Comenzaron el viaje con indirectas muy directas, roces de
cuerpo tornándose en caricias, miradas indiscretas a sitios que esperaban
recorrer sin pudor.
Sin embargo la subida les iba ganando. Al principio hablaban
y ahora sus pulmones no podían oxigenar el cuerpo y sostener una charla juntos.
José detrás de Ángela, con caballerosidad, pero un poco ansioso por el paso
mesurado de ella.
La mañana comenzaba a quedar atrás y el calor subía, y como
cuando una pareja quiere cualquier señal es buena sucedió. José subió su mirada
y la vio. Era una pequeña gotita de sudor que asomaba de la raíz de su cabello.
Las prensas, pinzas, peinetas y cuanto artilugio usan las mujeres para sostener
su cabello sobre su cabeza, le permitían a la dichosa gotita resbalar a placer.
La vio comenzar a descender entre los dos cartílagos de su nuca, resbalar
dejando un leve surco de humedad, y detenerse sobre la última de las vértebras
de su espina dorsal. El paso de ella, un poco golpeado por lo abrupto del
camino, hizo que otras gotitas siguieran el mismo camino, como cuando las
hormigas se siguen sin necesidad de otra guía que la naturaleza.
Pronto la unión de varias gotitas formó una gota un poco
mayor. Otras gotitas rebeldes hicieron lo mismo por otro camino, y pronto sus
hombros, la curva de su cuello hacia ellos, y la parte alta de su espalda
estaban repletas de líquido perlado.
El sol hacia brillar esas gotas como pepitas de oro en el
agua de un riachuelo, y la sed de José aumentaba con locura. Su mente dejó de
pensar en cuidados, gentilezas y actos correctos. Apresuró su paso, la alcanzó,
la tomó de sus antebrazos, acercó su boca a ese maná natural y lo probó.
Ángela sintió su piel estremecerse con el inesperado
contacto. Un escalofrío la recorrió de arriba abajo hasta su epicentro de
placer, se volvió hacia él y lo besó.
A partir de ahí locura, deseos a rienda suelta… sexo.