CON MI MADRE
De cómo mi madre me desvirga.
Cuando mi hermana marchó a estudiar medicina a Salamanca mi
madre decidió que yo me cambiara a su habitación. Era mucho más grande e
iluminada que la mía; además tenía televisión y un pc. La idea me gustó.
El caso es que mi nuevo cuarto pegaba pared con pared con el
dormitorio de mis padres. La primera noche en que trataba de dormir en mi
estrenada habitación pude escuchar claramente como follaban mis papis.
Evidentemente sabía que lo hacían, pero nunca me los había imaginado en tal
faena.
Lo que más me sorprendió fue que mi madre resultó ser súper
apasionada. ¡Cómo le pedía caña a mi padre!; ¡que cosas le decía!; ¡cómo sonaba
el colchón! y ¡cuanto tiempo aguantaban!.
La verdad es que mi madre siempre me pareció guapa, pero
hasta ahora no la había apreciado sexualmente.
En esta nueva situación, durante sus frecuentes polvos, no
pude evitar masturbarme. No encontré mejor inspiración que imaginarme ser el
sustituto de mi padre y que fuera yo al que mi madre dedicara su desmedido
apetito sexual y sus calientes peticiones.
El tema se me fue de las manos; caí en la obsesión; tenía que
atacar a mi madre al precio que fuera, de lo contrario siempre me quedarían las
ganas y las dudas de haberla conseguido. Comprendo que mis sentimientos podrían
ser inmorales, pero eran irresistibles. Además, desde muy niño, mi madre se
mostraba cariñosísima conmigo. Al fin y al cabo era su hijo pequeño. Nunca se
recató demasiado en mi presencia; aunque no pasaba de verla en ropa interior o
en camisón. Tampoco escatimaba abrazos y achuchones. Estas circunstancias,
ahora, eran mi perdición.
Estaba decidido. Había que lanzarse. De manera que una
mañana, tras marchar mi padre al trabajo, estando con mi madre desayunando en la
cocina, no pude evitar comentarla lo bien que se veía con el camisón. Pícara y
orgullosamente se contoneó transmitiéndome una exquisita lujuria. Pensé que me
la había tirado y cuando estaba lavando los platos, me acerqué a su espalda y la
arrimé mi erecto pene al culo, a la vez que la asía ambas tetas a manos llenas.
Ella se deshizo de mí con un culetazo, se dio la vuelta y me
estampó el mayor bofetón que había encajado en toda mi vida. Me tachó de
anormal, de tarado, de todo. Objeté que no tenía la culpa de que estuviera tan
buena y de que la oyera follar ardientemente con mi padre casi todas las noches.
Estaba tan enfurecido que la grité cómo me la pelaba pensando en ella y que
ahora mismo me iba a masturbar en su honor.
Me fui al baño dejando el cerrojo sin pasar a conciencia.
Como estaba empapado me la empecé a sacudir a lo bestia, pegándome unos tirones
hasta bien abajo; sin reprimir mi placer y gimiendo como un animal. Deseaba que
mi madre viniera a seguir echándome la bronca; así podría ver el pedazo de polla
que se gastaba su niño. No me defraudó, apareciendo al minuto, violenta y
furiosa. Nada más entrar me dijo:
- Eres un degenerado. Es que ni siquiera te cortas delante de
mí.
Yo contesté que si no lo quería ver que se saliera. Debí
plancharla, porque se marchó en el acto.
Cuando acabé me amenazó con decírselo a mi padre. Me defendí,
acojonado, pero disimulando, diciendo que él me entendería como hombre.
Resultó que no dijo nada de nada. Incluso comenzó a
comportarse ante mi más provocativamente. Por mi parte, descontrolado, la decía
piropos soeces que poco a poco la iban gustando. Mas adelanté empezó a
consentirme disimulados magreos, que fueron incrementándose. Yo sé que la ponía.
Decidí mostrarla mi rabo en cualquier ocasión. Me la sacaba en el cine, cuando
me llevaba en el coche, viendo la tele. Cada vez me la miraba más.
Una noche que mi padre no estaba, cenando en la cocina empecé
a pajearme sin disimulo alguno. Mi madre explotó:
- ¡Muy bien!; ¡salido!; vamos a acabar con esto de una vez.
Me dijo que fuéramos al salón y que siguiera cascándomela
delante de ella.
¡Joder, que alegría!. Me hice el pajón del siglo. Me
encantaba cómo me miraba y mirarla yo a ella. Comencé a soltar la lengua
lanzándola comentarios guarros. Noté que se la endurecían los pezones debajo del
fino tejido de su bata. La pedí que me motivara, ya que estaba resuelta a zanjar
el problema. Reaccionó bastante bien, animándome a correrme, a la vez que se
masajeaba los pechos. Incrementé a lo burro el ritmo del pajote y en varios
movimientos alcancé un orgasmo sensacional, eyaculando con una fuerza y caudal
que me sorprendió, al igual que a mi madre, porque se la pusieron los ojos como
platos.
Pensando ella que me había quedado a gusto se dirigió a la
cocina para terminar de cenar. Yo me quedé en el salón y comencé a masturbarme
de nuevo. Cuando la tenía dura llamé a mi madre. Ya no se sorprendió; creo que
sabía que el problema no había hecho mas que crecer. Realmente estaba más
relajada. Se sentó a mi lado y, sin pedírselo, comenzó a motivarme susurrándome
al oído y sobándose los pechos al descubierto. La tome una mano y la puse en mi
verga. La retiró. Insistí en la maniobra y esta vez comenzó a acariciarla;
primero solo la rozaba, luego se empapó con mi flujo los dedos y cobijó mi
glande entre ellos, descubriéndome una técnica nueva. Tal era mi placer que
desbordaba líquido abundantemente, encharcándoseme la base del pene y los
huevos. Aprovechó mi madre el lubricante para un masaje a pleno puño,
recorriendo toda la polla de arriba a abajo, moviéndola en círculos,
descapullándome una y otra vez, cada vez más rápido. Yo levantaba el culete de
vicio, exhibiendo mi rabazo con suma lujuria, correspondida por la mano materna
con mas velocidad. Hubiera estado así una eternidad, aunque me temo que solo
duró minutos, corriéndome copiosamente sin que mi madre detuviera la fricción.
Así pensó que estaría aliviado. Pero se equivocó, porque a la hora y pico le
pedí que me la cascara. Buena y obediente lo hizo. Desde entonces pasó a ser
costumbre. En cualquier lugar me la pelaba. Ya sin pedírselo. Incluso estando mi
padre en casa nos las ingeniábamos para que me lo hiciera en el baño o en el
trastero. La verdad es que nos encantaba.
A veces íbamos por la calle y solo con mirarnos decidíamos
hacerlo. Nos metíamos en un bar, al baño, y al ataque. Era puro morbo.
Mi obsesión no disminuía. Cada vez metía mas mano a mi madre.
Si viajábamos en el coche de mi padre, acariciaba el pecho a mi madre desde el
asiento de atrás. También la gustaba que le sobara las tetazas mientras escribía
en el ordenador. Me ponía de pie a su espalda y metía ambas manos por su escote,
bajando hasta dentro de las copas del sostén, retorciéndola los pezones, rozando
mi polla dura en su nuca.
Otra vez, estaba hablando por teléfono con su hermana y me
agaché hacia sus piernas; ella las abrió y comencé a frotarle la palma de mi
mano en su pelambrera por encima de la braga. Mi tía parecía querer terminar la
charla telefónica, pero mi madre la daba carrete, porque disfrutaba enormemente
mi caricia y la situación; de modo que retiré la braguita hacia su ingle y por
primera vez vi un coño al natural. Se lo abrí como había aprendido en las
películas porno y lo devoré con pasión, recreándome especialmente en su
garbanzo, succionándolo, estirándolo, frotándoselo enérgicamente. Al poco rato
noté sus contracciones vaginales, que me encantaron. Mi tía algo sospechó,
porque la comentó que la encontraba acelerada, aunque supongo que no pudo
imaginar la razón.
Así se sucedían nuestros encuentros. Cada vez mas atrevidos.
Un domingo por la mañana mi padre marchó a por churros y, nada mas salir por la
puerta, mi madre me miró muy especialmente. La correspondí sacándome la polla y
comenzando el número que ya tanto la gustaba. Con la mirada la imploraba otra
novedad. Funcionó la telepatía, porque se arrodilló ante mi nabo y me le pegó
una mamada antológica. Pasaba la afilada punta de la lengua por mi frenillo;
luego caracoleaba con ella el glande, combinando todo con el sube y baja de mi
piel. A ratos deslizaba suavemente los dientes por el capullo, lo besaba, lo
olía, lo volvía a chupar; me pegaba varios tirones de la piel bien fuertes y
hasta la base, sin temer partirme el hilillo.
Se escuchó el ascensor; intuimos que era mi padre, por lo que
pasamos al baño y me dijo que si no me corría al sonar la puerta habría que
acabar en otro momento. Me puso delante de ella, frente al espejo, orientando mi
picha hacia la pila, y me masturbó a mil revoluciones. Empecé a correrme justo
cuando sonaban las llaves de mi padre abriendo la puerta. Mi madre sonrió y
salió del baño mientras mi rabo escupía toda su carga.
Completamente entregado a mi locura no podía quitarme de la
cabeza el deseo de estar dentro de mi madre. Pero es que además no quería
pedírselo. Me resultaba más excitante conseguirlo por sorpresa.
Un fin de semana mi padre tuvo que acudir a un cursillo de su
empresa, por lo que había tiempo para acometer el último asalto. Mi madre
despidió a su esposo con un beso en los labios y yo con un abrazo. Pasamos al
salón. Me senté en el tresillo, mientras mi madre miraba por la ventana
asegurándose que mi padre cogía su coche. A los pocos segundos se volvió,
sonriendo con deseo malicioso. Me quité el pijama y ella la bata. Los dos en
pelotas, sentados en el sofá, nos masturbábamos mutuamente. Cuando estuvimos
bien mojados, sin decirla nada me giré hacia ella, a la vez que, tomándola de un
muslo, conseguí quedar frente a frente. Seguimos pajeándonos y, poco a poco, me
acercaba a ella. Subió sus piernas por encima de mis muslos y mi polla quedó
rozando su vulva. Estuvimos haciendo la tijera un buen rato y, casi sin querer,
mi glande atravesó su puerta. ¡Que placer tan grande la primera vez!. ¡Que
gustazooooooooooooo!. El sensible tejido vaginal me cobijaba calurosamente,
notando la suavidad de su movimiento. La humedad facilitaba el ritmo; primero
lento y profundo; luego más rápido y violento. Nos agarramos por las espaldas
fundiéndonos en lo "amor-al"; follándonos como bestias. Mi madre me pedía que la
partiera el coño y yo se la metía salvajemente, una y otra vez. Llegamos juntos
al orgasmo y solo al descompasarse nuestras contracciones notamos las del otro.
Estuvimos pegados un buen rato, besándonos apasionadamente, intercambiando
nuestro jadeo, nuestro calor.
Mi madre deshizo la madeja invitándome a ducharme con ella.
El agua se deslizaba por nuestra piel; seguíamos besándonos. Nos lavamos los
sexos y el calentón resurgió. Sin secarnos me senté en el taburete con la polla
bien dura y mojada; mi madre lo hizo sobre mi dándome la espalda, clavándose
hasta el fondo la verga, poniendo sus talones en mis rodillas, bien abierta de
piernas, frente al espejo de la mampara. Así pude contemplar como la entraba y
salía el rabo, tocándola las tetas. Luego la abrí los labios vaginales de par en
par, descubriendo su abultado clítoris, al que apliqué una rápida fricción
digital. Me encantaba verla así; contemplar como retorcía los dedos de los pies
de puro placer. Luego se dio la vuelta para follarme como loca; ahora marcaba el
son con empujes de cadera. Levantó las piernas y la penetración fue plena. La
sujetaba por la espalda para asegurar sus movimientos. Era una turbina. Ella se
corrió antes que yo, pero siguió ordeñándome.
Después dijo que iba a descansar un rato en su cama. Yo la
seguí. La acaricié todo el cuerpo durante mucho tiempo. Mi polla no se bajaba.
Me subí encima y ella abrió las piernas recibiendo nuevamente el rabo. ¡Como la
gustaba el pollón!... y que se lo dijera. ¡Que bien empujaba!. Casi me levantaba
con la fuerza de sus movimientos. Volvimos a corrernos.
Podría extenderme mucho mas pero, en resumen, pasamos todo el
fin de semana copulando salvajemente. La comenté que lo que me daría vicio es
que nos viera mi padre. Se rió, asegurando que era tan imposible como
escandaloso, pero que también la ponía la idea.
Desde entonces, nada mas marchar mi padre al trabajo, me meto
en su cama y me la tiro con devoción. Me encanta hacerlo antes de que se duche,
pues su olor tras la noche me resulta arrebatador: huele a hembra, a mujer...mi
mujer...mi madre.
Ruego clemencia en las críticas pues, como dice un célebre
mentalista, "recuerden que todo es producto de su imaginación"...¡ah!...y no lo
intenten en casa. Jajajajajajajajjajaja.