Otra vez debo pedir disculpas a tod@s l@s lector@s por la
tardanza en mis relatos sobre las "Vacaciones en el mar"; los exámenes finales
han sido los culpable de ello y, por suerte, una vez finalizado el calendario
escolar ya podré remprender de nuevo el ritmo de antes.
A todos nos había parecido entender que María sí que había
hecho "algo" en familia durante unos días que había pasado con sus padres y su
hermano 7 años menor que ella en el pueblecito naturista de El Fonoll, en la
provincia de Tarragona. Bueno, de hecho, allí sólo había sido el desenlace,
puesto que el verdadero preámbulo fue en su casa. La estancia a este centro
naturista la habían planificado para introducir al hermano en el mundo del
naturismo; no así para María, que ya se había estrenado hacía tiempo en una
playa junto a sus padres. El "peque" como le llamaban cariñosamente ya no lo era
tanto, y se encontraba en plena adolescencia con todo lo bueno, pero también lo
malo que ello comporta; y entre esto último estaba una vergüenza desmesurada con
su propio cuerpo
Mientras María nos iba contando su relato, me di cuenta que
mi hermano Juan e Isabel eran la viva imagen del amor, y ni el uno ni la otra se
preocupaban de ocultar sus sentimientos; él se hallaba sentado en cubierta, como
todos, con la espalda apoyada en la barandilla, mientras ella se había tumbado
boca arriba apoyando su cabeza en el regazo de Juan; en un tierno gesto de
cariño, mi hermano estaba acariciándole suavemente el pecho mientras ella dejaba
la mirada perdida hacia las estrellas escuchando ambos con atención el inicio
del relato de María; antes de iniciar este vacaciones navegando, ellos dos
apenas habían cruzado una mirada, apenas se conocían y, en cambio, en estos
breves días que habíamos estado juntos era más que evidente que entre ellos dos
había nacido algo más que una buena amistad; era una relación que, a pesar de su
corta vida, se basaba en el gran cariño que había surgido entre ambos y que iba
más allá del puro y simple erotismo.
María nos contó cómo fue el inicio de su hermano en el
naturismo, cómo se puso como un tomate cuando tuvo que desnudarse por primera
vez ante ella y ante sus padres, cómo lo costaba errores disimular su más que
evidente erección. Él estaba en plena adolescencia y junto a la tan consabida
vergüenza por los cambios sufridos en su propio cuerpo, a su hermano le cohibía
el tener que desnudarse ante sus padres y hermana. Con voz cálida y pausada,
María empezó a entrar en detalles al contarnos el momento de la verdad, aquél en
el que su hermano tuvo que quedarse desnudo ante sus padres y ella misma.
"Ya hacía un tiempo que nuestros padres nos habían dicho que
nos tenían una sorpresa preparada y, por mucho que nosotros insistiéramos al
respecto, no querían soltar prenda para nada. Así estuvieron unos meses hasta
que un día, a la hora de la comida, por la televisión proyectaron una película
de Peter Sellers ambientada en un camping naturista y en el que, el actor que
representara el papel del inspectour Clouseau en la Pantera Rosa, se cubría sus
partes nobles con una guitarra. La película fue muy divertida, como suele ser
habitual en él, pero lo mejor de todo fue que dio pie a que nuestros padres nos
desvelasen la sorpresa que nos tenían reservada, y todo gracias a un comentario
de mi hermano.
Uf, vaya corte ir todo el día desnudos –dijo él.
¿corte? ¿por qué? –le pregunté yo.
Pues ¿por qué va a ser?; por ir todo el día sin nada
delante de otras personas.
Tampoco hay para tanto –le respondí-; según como puede
ser lo más natural del mundo.
Eso lo dices tú para disimular, pero ya me gustaría verte
así en un sitio como éste.
No discutais –dijo mi madre-; pues mira por donde, a lo
mejor, puedes verlo con tus propios ojos antes de lo que te piensas.
¿a qué te refieres? –preguntó mi hermano abriendo los
ojos como platos.
Pues vuestro padre y yo habíamos pensado en ir unos días
a un pueblecito naturista que hay por Tarragona.
¿significa esto que habrá que ir todo el día desnudos?
–preguntó mi hermano.
Claro –respondió mi padre-, no vamos a ir con un albornoz
de la cabeza a los pies. Pero si no quieres, puedes quedarte.
No sé; ¿tú qué dices? –me preguntó con aire tímido.
Con esta pregunta, mi hermano intentaba pasarme la pelota
esperando que le secundase, pero, contrariamente a sus deseos, le dije que a mí
no me importaba y que ya lo había hecho otras veces. Se quedó con unos ojos como
platos y absolutamente sorprendido al enterarse de que ya habíamos ido otras
veces. Con curiosidad indisumulada empezó a preguntarnos detalles de cómo y
cuándo nos habíamos estrenado en estas lides, y le tuve que explicar como ya
hace tiempo en una playa nos quitamos los bañadores y pudimos disfrutar de las
caricias de la brisa marina en nuestros cuerpos desnudos. Intuyendo la reacción
de mi hermano, procuré no omitir detalles y me centré especialmente en la
descripción de las sensaciones y de nuestros cuerpos. Como hacía una muy buena
temperatura íbamos con ropas ligeritas: mi madre y yo con unes vestidos largos
de algodón y ellos dos en pantalón de deporte. Los detalles de nuestro estreno
nudista iban causando su efecto y el short de mi hermano se iba elevando en la
entrepierna formando una incipiente tienda de campaña. Para tranquilizarlo, mi
padre dijo que tampoco había para tanto y que había familias que en casa
prescindían de toda ropa y que algunas pocas mantenían relaciones un tanto
íntimas.
¿siii? –preguntó mi hermano sin salir de su asombro
Sí, tampoco no hay para tanto –respondió mi madre-.
¿el qué no hay para tanto¿ ¿lo de desnudarse o lo de
mantener relaciones? –inquirí yo con una intriga sin disimular.
No, lo de desnudarse –respondió ella- tampoco pasa nada.
¿y lo otro? –continué yo
No sé, supongo que es cuestión de planteársolo –respondió
mi padre.
¿vosotros os lo planteariais? –preguntó mi hermano.
En este momento, un manto de silencio planeó por encima de
nuestras cabezas, puesto que si bien puede ser planteable la cuestión del
desnudo en familia, el tener relaciones entre nosotros ya eran palabras mayores.
Nos fuímos mirando los unos y los otros y al final fue mi madre quien rompió la
magia del momento diciendo que si íbamos a ir al pueblecito nudista podíamos
empezar a quitarnos la ropa en casa para ir acostumbrándonos; y como el
movimiento se demuestra andando, bajó sus brazos y asiendo con ambas manos los
bordes de su vestido se lo fue subiendo por su cuerpo hasta pasárselo por encima
de su cabeza. Se quedó con la braguita del biquini delante de nosotros y con su
pecho al aire; como mis padres me habían tenido muy joven, a los 18 y 19 años, a
sus 40 aún mostraban un buen cuerpo; mi madre mostraba unos pechos de tamaño
medio; me sorprendió sobremanera la osadía de mi madre y su decisión, pero aún
más sorprendido quedó mi hermano al ver a sus 14 años el pecho desnudo de
nuestra madre por vez primera desde que en su tierna infancia nuestra madre dejó
de amamantarlo.
El desenlace final era fácil intuirlo; los cuatro practicando
el nudismo doméstico; sólo era cuestión de tiempo el que estuviésemos en
completa desnudez, podríamos tardar más o menos, pero en definitiva todos íbamos
a desprendernos de toda la ropa; lo que ya estaba por ver sí conseguiríamos
llegar más allá; con un "¡Vamos allá!", papá se despojó de su short y fue el
primero en quedarse sin absolutamente nada. A pesar de que yo ya había visto a
mi padre desnudo, no dejé de sorprenderme; si bien es cierto que en diversas
ocasiones habíamos ido a algún centro nudista los tres, de ello hacía un cierto
tiempo; supongo que era por la fuerza de la costumbre, pero aparentemente mi
padre no demostraba ninguna excitación por la situación vivida, puesto que ellos
dos sí que iban con una cierta frecuencia a playas y a centros nudistas. Ahora,
me lo quedé mirando sin disimulo y vi su pene retraído, recogido; y en mi fuero
interno le di las gracias puesto que de este miembro salió la semilla que nos
hizo a mi hermano y a mí.
Nuestros padres no lo dudaron ni un momento a la hora de
quitarse la ropa, pero nosotros no acabábamos de decidirnos. Mi hermano tenía la
vergüenza y timidez tan habitual en los adolescentes, y a mí me cohibía un poco
el hecho que estuviera él. Entonces, con un "¿a qué esperais?", mi madre nos
miró incitándonos a imitarlos y acabó de desprenderse de la braguita de su
bikini; ahora sí que estaban los dos desnudos; mi madre mostraba una entrepierna
recortadita; comprendiendo que me había llegado la hora, tiré de mi vestido
hacia arriba y me lo saqué por la cabeza como antes había hecho nuestra madre;
pero, a diferencia de ella, me fui despojando del vestido con una lentitud
pasmosa; aparentemente, al ralentizar el desnudarme intentaba disimular una
falsa timidez o vergüenza, pero, de hecho, lo que pretendía era excitar y
provocar en la medida de lo posible a mi hermano. Y a fé que lo estaba
consiguiendo. Él nunca me había visto desnuda, al menos recientemente, y se
encontraba en la "edad del pavo", en la que con los amigos fantasean sobre el
sexo femenino y pugnan por ver quien puede contar una experiencia más picante,
sea cierta o no. Y el caso es que all, ante sus padres desnudos y con su hermana
con el pecho al aire. Esto era más de lo que podía aguantar y lo que antes era
una incipiente tienda de campaña en su entrepierna, ahora era ya una "elevación"
con todas las de la ley. No sabía hacia dónde mirar y su nerviosismo iba en
aumento, y más aún cuando me desprendí de la braguita de mi bikini, dejando mi
sexo al aire.
Mi hermano comprendió enseguida que le había tocado el turno
a él y, rojo como un pimiento, dijo que enseguida venía y se fue al baño. Era
más que evidente que se "viaje" al baño respondía más a una necesidad de
aliviarse la erección que le habíamos provocado que de responder a unas
necesidades fisiológicas, lo cual quedaba a la vista solo con mirar a su
entrepierna. Respondiendo a mis sopechas, al cabo de un rato vino hacia donde
estábamos nosotros con su pene ya en estado flácido, o al menos esto era lo que
parecía verse a través de su short. Se sentó a mi lado y, comprendiendo que era
el único que faltaba, empezó a bajarse su pantalón corto con una mano mientras
con la otra procuraba aguantarse sus calzoncillos. Cuando los tuvo en la mano,
los tiró a un lado y los tres le insistimos en que tenía que quitárselo todo; su
respuesta era que le daba mucha vergüenza, pero nosotros nos quedamos firmes y
le dijimos que era mejor que se acostumbrase a ir desnudo aquí en casa antes de
ir al pueblecito de El Fonoll, puesto que entonces allí le sería más difícil
disimular. Como no acababa de decidirse, mi madre le dijo que si no lo hacía él
lo haríamos nosotras, y empezó a tirar suavemente de sus calzoncillos.
Con un "¡No hace falta!, ya lo hago yo solo", y con una gran
vergüenza reflejada en su cara, mi hermano empezó a bajarse lentamente sus
calzoncillos. Al principio no pasaba nada, pero poco a poco fueron apareciendo
sus primeros vellos púbicos, luego la punta de su pene y poco a poco su miembro.
Al final, cuando se quedó completamente desnudo, se dio cuenta que de nuevo
había tenido otra erección y su primera reacción fue la de taparse con ambas
manos. Pobre hermano, las estaba pasando canutas; era la primera vez que se
encontraba desnudo en una situación pareja y se le juntaba la vergüenza lógica
de su edad con una evidente excitación.
No seas tonto y quítate las manos, todos estamos así –le
dijo mi padre.
Así no –respondió él-, es que….me ha cogido otra erección
¿y qué? –le dije yo- es normal que te excites y te pase
esto.
Tú lo tienes muy fácil, tía, no te pasa esto
Claro que no, pero a nosotras nos pasan otras cosas;
mira.
Y diciéndole esto, le agarré ambas manos y le puse una en mi
pecho y la otra en el de mamá moviéndolas al unísono para que nos lo acariciase.
Mamá se mostró un tanto sorprendida por mi iniciativa y no dijo nada al
respecto, más bien parecía gustarle la situación y yo decidí actuar como ella.
La primera reacción de mi hermano fue la de retirar las manos instintivamente
como si hubiera tocado un par de ascuas ardiendo.
¿Estás loca? –dijo- si sois de la familia y esto no está
bien.
No digas tonterías –le respondió nuestra madre-; a ver si
te crees que cuando te masturbas no dices que te gustaría vernos desnudas,
acariciarnos el pecho y cosas así. Y ahora que puedes, te hechas atrás.
Pero…no es lo mismo –respondió él titubeando y con la
cara como un tomate.
Bueno, dejaros de discusiones y sentaros, que tenemos que
hablar de esto –dijo mi padre.
Yo intuía por dónde iban los tiros, pero prefería "hacerme la
tonta" y dejar que fueran nuestros padres quienes tomasen la iniciativa. Y así
fue. Papá empezó a decir que ahora que mi hermano ya estaba en la "edad del
pavo", en plena adolescencia, había una serie de cosas que tenía que saber para
evitar "males mayores"; continuó disertando sobre lo bueno y lo malo, hasta que
con un "No te andes por las ramas", le dije que fuese al grano. Nos dijo,
refiriéndose más a mi hermano que a mí, que pronto saldría con el grupo de
amigos y que lo más normal era que surgiese el tema del sexo. Al principio, lo
más normal es que, por desconocimiento, por vergüenza, o por quien sabe qué, no
salga bien, lo que podría ocasionar un cierto rechazo. Y del mismo modo que
cuando él era un adolescente su padre, es decir nuestro abuelo, prefirió que lo
mejor era que la primera vez que tomase un poco más de alcohool de la cuenta lo
hiciera en casa y de forma controlada, papá y mamá habían hablado muchas veces
que lo mismo podíamos hacer en relación al tema del sexo; pero como era un tema
un tanto delicado, entendían perfectamente que no qusiéramos y que lo dejásemos
correr.
No hay que decir que tanto mi hermano como yo nos quedamos
absolutamente sorprendidos; ni hartos de vino nos habríamos imaginado algo así;
hablando claro, nuestros padres no estaban proponiendo que prácticáramos el sexo
entre nosotros; nos habíamos quedado sin habla, puesto que era mucho más de lo
que jamás nos habríamos podido imaginar; era tal nuestro silencio que fue mamá
quien lo rompió con sus palabras:
¿qué os pasa? No decís nada
Qué quieres que digamos –respondí yo-; es que nos habeis
dejado sin saber que decir; al menos a mí; una cosa es que nos desnudemos y
la otra es que hagamos el amor aquí, entre nosotros;
Jo, mamá –intervino mi hermano-; es que es muy fuerte.
Hombre, un poco sí que lo es –respondió mamá; pero ¿no
eras tú quien cuando se masturba dice que le encantaría estar con tu
hermana? Pues ahora tienes la oportunidad.
Pero mamá –dije yo-; una cosa es pensarlo, y la otra
hacerlo.
Todo es empezar –dijo mi padre-; mirad, si quereis
podemos hacer una cosa: empezamos, y si os quereis retirar lo dejamos, y tan
amigos.
Mi hermano y yo nos miramos y, con un ligero gesto ambos
estuvimos de acuerdo en, cuanto menos, intentarlo. Como nuestros padres nos
veían absolutamente verdes e inexpertos propusieron que mi madre estuviera con
mi hermano y yo con mi padre; mientras ella acariciaba y estimulaba al peque, yo
la imitaría y haría lo propio con papá. Como mi hermano ya estaba tumbado en el
suelo, empezaríamos siendo ellos los masajeados y nosotras las "masajistas". Mi
hermano estaba nerviosísimo y, he de reconocerlo, yo no le iba a la zaga. Ellos
dos se tumbaron el uno al lado del otro y nosotras dos nos sentamos a horcajadas
encima de su cintura; al principio yo iba acariciando suavemente el pecho de
papá, como si le pusiera crema protectora; como estaba casi de rodillas, cada
vez que me inclinaba encima de él, levantaba mi cintura, con lo que iba dando
pie para que su pene me fuera rozando mi entrepierna; al principio no le daba
demasiada importancia, pero de repente percibi el verdadero alcance de lo que
estábamos haciendo; me entro una sensación un tanto rara, puesto que se unían
una cierta vergüenza y timidez por estar en esta situación, junto con una
indisimulada excitación por lo prohibido. Por el momento sólo había caricias en
el pecho, pero cada vez que me inclinaba y mi cintura bajaba notaba el pene de
papá a escasos centímetros de mi entrepierna; sólo era cuestión auqe alguno de
nosotros diese el paso definitivo.
Como no podía ser de otra forma fue mamá quien dio una nueva
vuelta de tuerca; ella había asumido el papel de "maestra" y se suponía que yo
debía de imitarla en todos sus movimientos; pero ahora sí que me había dejado
boquiabierta; de un salto, se colocó encima de las rodillas de mi hermano e,
inclinando suavemente la cabeza acercó sus labios al pene erecto del "peque";
mamá me miró de reojo y, al ver que me quedaba inmóvil, con un leve gesto de su
cabeza me indicó que la siguiera; no hacía ninguna falta que me dijese qué y
cómo había que hacerlo, puesto que ya lo había hecho con un antiguo novio que
había tenido; pero ahora la diferencia era que delante de mí no estaba ningún
amigo sino que estaba papá, y los lazos de sangre me echaban para atrás; al
final, armándome de valor para no quedar como una estrecha, miré a mamá e
imitándola acerqué mis labios al pene también erecto de papá; con mi mano le iba
acariciando el tallo y los testículos mientras que le iba dando suaves besitos
en la puntita; realmente, no había para tanto y, en un nuevo acto de valor,
abriendo mis labios dejé que el pene de papá entrase en mi boca; poco a poco fui
olvidando quien era y viendo su cara de satisfacción, inicié una especie de
juego en el que mi lengua intentaba atrapar su glande revoltoso; si empujaba por
un lando, la puntita se iba por el otro chocando repetidas veces con mis
carrillos; al mismo tiempo, mis labios iban chupando el tallo como si de un
helado se tratase; si he de ser sincera, reconozco que empezaba a encontrar un
cierto placer en ello, y más aún cuando papá, inclinándose ligeramente por la
cintura, alargó sus manos y empezó a acariciarme mi pecho; por la situación del
momento, es de lógico suponer que mis senos ya estaban firmes y duros, y los
pezones destacaban en medio de la aureola rosada como si fuesen unos
garbancitos. Poco a poco, me fui animando y acrecentando el ritmo de mis
chupaditas al pene de papá, hasta que él dijo que por el momento era mejor
dejarlo y evitar así males mayores; evidentemente, se refería a que no quería
eyacular dentro de mi boca.
¿qué os ha parecido? –nos preguntó mamá.
Bueno…eeeh –empecé a responder un tanto aturdida a la vez
que sorprendida-; al principio me costaba bastante porque era papá, pero
poco a poco he ido acostumbrándome.
¿y tú? –preguntó mi madre dirigiéndose a mi hermano.
Al principio me daba un corte horroroso –respondió él-,
pero en cuanto he perdido la vergüenza del principio, me ha gustado, es
genial.
Y eso no es nada, ya vereis –continuó mi padre.
Lo que no entiendo –añadí yo- es por qué no sólo no os
importa que hagamos todo esto cuando supongo que la mayoría de los padres no
quieren, sino que además nos lo enseñais.
La cuestión es muy sencilla y todo tiene una explicación
–contestó papá-; últimamente, mamá y yo hemos hablado bastante de ello; nos
damos cuenta que ya estáis en edad de salir con amigos y de hacer todo esto;
bueno, supongo que para María no será su primera vez; como sabemos que tarde
o temprano lo haríais, preferimos explicaros bien las cosas para que sepáis
bien el qué, el cómo y el cuándo; además, creemos que si nosotros os dimos
la vida, lo lógico, según nuestra forma de verlo, es que os enseñemos a
crearla; ¿no lo veis así?
Y tanto que sí, papás –respondí-; os quiero.
Me sorprendió muchísimo la reacción y los argumentos que nos
había planteado papá, puesto que reflejaban una gran amplitud de miras que, ni
en sueños, habría podido ni imaginar; no bien había acabado de decir este "Os
quiero", que de un salto me senté entre las piernas de papá y, dándole un
caluroso abrazo, le besé en sus labios. Él se llevó, también, una gran sorpresa
y, al principio, me siguió la corriente; al cabo de un breve ratito, papá rompió
la magia del momento y dijo.
Cambio de postura; ahora vosotras dos os pondreis debajo
y nosotros encima.
Y ¿qué haremos? –preguntó mi hermano picado por la
curiosidad
De momento –respondió mi padre-, verás cómo devolverles
con creces el placer que nos han dado.
De momento esto –respondí yo intuyendo el desenlace pero
deseando que fuesen papá o mamá quienes nos lo confirmasen-; pero ¿y
después?
Despues –continuó papá-, y sólo si quereis podemos hacer
el amor; mamá y yo os explicaremos todo lo que querais saber; y no os dé
ninguna vergüenza preguntar, que la vergüenza la hemos olvidado ya hace
tiempo. Bueno, vamos allá.
Dicho y hecho, mamá y yo nos tumbamos de espaldas al suelo y
papá se sentó encima mío y mi hermano encima de mamá. Del mismo modo como antes
habíamos hecho nosotras, mi hermano iba siguiendo los movimientos y gestos que
papá me iba haciendo. Más que sentado, él estaba arrodillado a horcajadas encima
de mi bajo vientre; con sus manos expertas me iba acariciando mi pecho con
movimientos suaves; de hecho, parecía que estuviera amasando, y el placer que yo
iba notando era indescriptible; era genial, y sin lugar a dudas, muchísimo mejor
que lo poco que había hecho hasta ahora; las carícias de papá me habían puesto
el pecho bien duro y firme y poco a poco me parecía estar flotando hacia el
paraíso; si a ello le añadimos que cada vez que papá se inclinaba, su pene
erecto iba frotando mi vagina, es fácil imaginar el estado en el que yo me
sentía; en un momento dado, giré la cabeza para mirar a mamá y a mi hermano y vi
como ella me guiñaba un ojo en señal de complicidad queriéndome decir que a
pesar de la inexperiencia del "peque", ella también estaba disfrutando de lo
lindo.
El súmum llegó cuando papá, en un rápido movimiento, bajó a
mis tobillos dejando su cabeza a la altura donde antes estaba su cintura;
inclinándose poco a poco llegó un momento en que la cara de papá estaba a pocos
centímetros de mi pubis; en estos momentos, he de reconocerlo, estaba bastante
nerviosa y, evidentemente, muy excitada, en todos los sentidos; yo ya sabía lo
que me esperaba, no iba a ser esta mi primera vez ni tampoco la última, pero el
que fuera mi padre quien estuviera allí dándome cariñosos besitos en mi sexo
acariciándome de nuevo mis pechos y pezones duros y firmes, añadía una
considerable dosis de morbo a la situación. Miré de reojo y vi como mi hermano
también tenía sus labios en la vagina de mamá y ella le iba proporcionando un
fenomenal masaje a su pene, que a estas alturas ya estaba duro y firme.
Ésta estaba siendo la vez que más había disfrutado del sexo,
o del amor, tanto monta monta tanto; se notaba que papá y mamá habían practicado
duranto mucho tiempo puesto que nos estaban dirigiendo hacia las puertas del
placer absoluto. Y éste se vio aumentado cuando con la punta de su lengua, papá
empezó a recorrer los rincones más íntimos de mi ser; me parecía estar flotando,
el mundo estaba desapareciendo de mi vista y una especie de escalofrío estaba
empezando a recorrer mi espalda de la cabeza a los pies; yo no quería que papá
parased, y con ambas manos atraje su cabeza hacia mi entrepierna para evitar que
se separase ni un ápice; en una de estas, alargué la mano instintivamente y fui
a dar en el pecho de mamá; en un momento la aparté de esta zona "peligrosa"
temiendo una reacción negativa por su parte, pero no sólo no me rechazó sino que
tomó mi mano entre la suya y la colocó de nuevo en su seno moviéndola para que
lo acariciase, al mismo tiempo que con su otra mano me hacía lo propio en mi
pecho; realmente, era increíble y superaba en mucho a cualquiera de mis sueños:
mientras papá me estaba acariciando el interior de mi sexo con su lengua, mamá
me estaba acariciando el pecho dulcemente.
No sé el rato que estuvimos así, el caso es que un momento,
papá se incorporó y, sentándose delante nuestro dijo que ahora venían "los
postres". Nos quedamos un tanto sorprendidos mi hermano y yo, pero comprendí
enseguida de qué se trataba cuando vi a papá que abría u preservativo y le
alargaba otro a mi hermano para que hiciera lo mismo. Estaba claro ¿no?; mi
padre le enseñó a ponérselo y le dijo que siempre que hiciera el amor utilizase
uno; mi hermano se quedó viendo visiones se iba a estrenar, por fin; a partir de
ahora sus sueños, sus pensamientos a los que siempre recurría a la hora de
masturbarse a escondidas ahora se iban a hacer realidad. Una vez se lo hubieron
puesto y comprobaron que nuestros sexos estaban lo suficientemente lubricados,
papá le dijo que hiciese lo mismo que él; con suaves movimientos, dirigió la
punta de su pene hacia la entrada de mi sexo y poco a poco lo fue introduciendo.
Ahora sí que me parecía estallar de placer; era tan grande el "subidón" que
llevaba encima, que no pude, ni tampoco quise, evitar el rodear con mis brazos a
papá y besarlo efusivamente en sus labios.
Sin llegar a consumar el amor, papá se incorporó y dijo que,
ahora que ya sabíamos lo que necesitábamos saber, había llegado la hora que lo
hiciéramos entre nosotros: ellos dos por un lado, y mi hermano y yo por el otro.
Yo aún me encontraba como si estuviera encima de una nube y no sabía qué decir;
mi hermano, por su parte, se había quedado sin habla; estaba como bobo, puesto
que se hallaba en una situación que ni en sueños habría podido imaginar; por lo
que nos contó luego, cuando se masturbaba en el baño, le pasaban por su cabeza
supuestas imágenes mías desnuda; y digo supuestas porqué jamás me había visto
desnuda, al menos tan directamente; y ahora estaba viendo cumplidos todos sus
sueños.
Papá y mamá ya se habían tumbado el uno junto el otro y
estaban abrazados. Y nos miraron de reojo. Al ver que aún no hacíamos nada, mamá
me indicó con un gesto de su cabeza que tomase yo la iniciativa; al final me
decidí, y tomando el toro por los cuernos, bueno, para ser exactos, lo tomé por
el "cuerno", lo atraje hacia mí; y con un, "No te cortes ahora, peque", lo
abracé y lo fui besando con ternura; al principio eran sólo besos cortos, sólo
con los labios, pero a medida que nos fuímos animando, empezamos a separar
nuestros labios y nuestras lenguas se pusieron a jugar entre sí; de nuevo me
parecía estar flotando, sobretodo porque en mi entrepierna notaba el pene erecto
de mi hermano que me rozaba cálidamente; adivinando un poco sus deseos, le tomé
su mano y la dirigí hacia mi pecho, obligándolo a que me lo acariciase como
había soñado tantas veces. Si yo estaba volando, él parecía estar en órbita, y
más aún cuando me incorporé y empecé a chuparle su "caramelito"; era una
auténtica gozada, y poco a poco iba notando como su pene cobraba vida.
Llegó un momento en que intuí que mi hermano estaba a punto
de estallar de placer y, queriendo proporcionarle su estreno en cuestiones
eróticas, le coloqué el preservativo que ya habíamos dejado abierto y fui
introduciéndome su pene dentro de mi sexo; como era ésta su primera vez y no
sabía muy bien cómo hacerlo, me tumbé encima de él y poco a poco fui moviendo mi
cintura arriba y abajo; al principio él no sabía muy bien qué hacer, pero a
medida que pasaban los segundos se iba lanzando; cada vez que mi cintura bajaba,
yo aprovechaba para besar a mi hermano, y en uno de los besos le dije que
mienttras podía irme acariciando el pecho.
Como es lógico, al final pasó lo que tenía que pasar y ambos
llegamos al orgasmo casi al unísono; al acabar, nos quedamos un rato abrazados
y, cuando levantamos la vista, vimos que nuestros padres se habían quedado
sentados en el suelo mirándonos. Una vez repuestos del esfuerzo y de la sorpresa
les dimos las gracias por todo y con un "Ha sido genial", me senté delante de mi
padre entre sus piernas y, abrazándole, le dí un efusivo beso en los labios; así
nos quedamos un rato los dos, hasta que me di cuenta que mi hermano y mamá
estaban de forma parecida.
Se nos había hecho muy tarde, y como al día siguiente
teníamos que madrugar, nos fuímos a duchar antes de meternos en la cama; por
primera vez en nuestras vidas, pero no la última, nos bañamos los cuatro juntos
aprovechando que la bañera era bastante grande; nos enjabonamos mútuamente sin
importarnos ni un ápice quién tuviéramos delante o al lado; una vez secos, no
pensamos ni tan siquiera en cubrirnos y nos fuímos desnudos a dormir; papá y
mamá se fueron a su cama, y mi hermano se vino a mi cama a dormir; bajo la
sábana, estuvimos un rato charlando comentando todo lo que habíamos hecho hasta
que nuestros padres nos mandaron callar desde su habitación; apagamos la luz y,
después de desearnos las buenas noches con un beso, nos abrazamos y, mientras
nos íbamos acariciando el uno al otro por donde no hace mucho tan sólo habíamos
soñado, fuímos cayendo plácidamente en brazos de Morfeo.
Al día siguiente, fuímos a desayunar y nos encontramos a
nuestros padres ya vestidos; nosotros nos habíamos levantado sin reparar en
nuestra desnudez, y, después de vestirnos, nos dirigimos al coche para ir hasta
El Fonoll; una vez allí, estuvimos andando por el momento y viviendo todo el día
desnudos y, al caer la noche, entrábamos en nuestra casita donde dábamos rienda
suelta a nuestra inspiración erótica, generalmente los papás entre ellos y mi
hermano y yo, aunque alguna vez cambiábamos de pareja".
Todos nos quedamos sorprendidos al oir el relato de María,
pues si bien ya hacía días que íbamos desnudos por el barco y habíamos hecho "de
todo" entre nosotros, incluso entre hermanos, el hecho de haberlo hecho con sus
padres nos dejó un poco fuera de juego. María se dio rápida cuenta de ello y nos
dijo:
¿por qué os habeis quedado así? Pareceis bobos
Es que es un poco fuerto todo esto, ¿no? –preguntó
Isabel.
No veo el por qué, si ya lo hemos hecho; y ademas
vosotros en familia.
Sí, ya lo sabemos –le dije yo-, pero no lo hemos hecho
con nuestros padres y delante de otros.
Bueno, pero tampoco hay para tanto –continuó María-;
bueno, en parte sí que lo hemos hecho; porqué cuando hemos estado tres dos
lo hemos hecho mientras el tercero miraba.
En esto tienes razón, dijo Laura; entre tres sí que lo
hemos hecho.
Y ahora sólo falta hacerlo todos juntos –dijo Juan.
Ala, si que vas lanzado –terció Isabel, sacudiéndole los
pelos con cariño- cualquiera diría que estás proponiendo una orgía.
Todos nos pusimos a reir por la ocurrencia tan disparatada de
Isabel; o quizás no era tan disparatada y más que probable era posible y
factible; esto era algo que ninguno de nosotros sabía, y sólo era cuestión de
esperar acontecimientos.
Un besote a tod@s