Esther acababa frustrada y cansada esperando que Abel viniera
a la cama para hacer el amor. A veces se dormía esperándolo, a veces se
levantaba para saber que era lo que le retenía, y lo encontraba frente al
ordenador, mirando el correo y tocándose el bulto del pantalón.
― Parece que ese amigo tuyo te interesa más que yo― le
reprochaba a veces―
Pero Abel sólo contestaba con el desdén y la indiferencia.
― Si no te toca es que ha perdido el interés ― le decía su
amiga Luisa― tienes que conseguir que lo recupere... las mujeres sabemos como...
Pero Esther no lo sabía. No sabía nada de las fantasías de su
marido ni de despertar su interés.
Abel era propietario de una enorme colección de pornografía.
Decenas de cintas de video se amontonaban en un armario del cuarto de los
trastos y cada vez había más. A Esther nunca le habían gustado esas cosas, es
más, siempre le había reprochado a su marido que tuviera esas porquerías. Le
animaba constantemente a deshacerse de ellas y se enfadaba cuando compraba una
cinta nueva.
Si repasaba las carátulas se quedaba del todo asqueada de lo
que veía: grandes miembros viriles entrando en bocas y sexos femeninos, mujeres
atadas, mujeres llenas de orina ¿cómo le podía gustar a nadie aquello?
Buscando recuperar a su marido Esther recurrió a estudiar
aquellas cintas para intentar averiguar que era lo que podía devolverle a su
marido el interés por su persona, pero enseguida se sintió molesta y asqueada:
felaciones salvajes que acababan con semen en bocas y rostros de mujeres,
sodomizaciones crueles, dobles penetraciones ¿cómo podían aguantar aquel castigo
esas mujeres? Hombres orinando en las bocas abiertas de chicas sonrientes...
¿era todo aquello? ¿Su marido buscaba penetrarla por atrás, que se la metiera en
la boca, regarla con su esperma, regarla con su orín?
Aquella misma noche, en la que Abel tampoco quiso acompañarle
en la cama mientras estuvo despierta, Esther sufrió terribles pesadillas. Soñó
que era presa de un grupo de personas desnudas, que la sujetaban y obligaban
contra su voluntad a hacer cosas sucias y desagradables. Tenía que chupar un
gran falo, un falo que parecía más el de un caballo que el de una persona, pero
no podía, se ahogaba, y ese falo eyaculaba, eyaculaba como si se tratara de una
manguera, cubriéndola entera con una sustancia pegajosa y blanca, llenándole la
boca y cubriéndole la cara y los pechos.
Esther se sorprendió a sí misma masturbándose por la mañana
en el cuarto de baño al recordar su pesadilla ¿acaso le había gustado?
Noche tras noche Esther fue esperando en vano que su marido
se interesara por ella siquiera un poco. Finalmente tomó una decisión que, según
le parecía, iba a volver a encender la llama de la pasión entre los dos. Fue a
un Sex Shop y se compró lencería provocativa y aquella misma noche, mientras su
marido se sentaba ante el ordenador a tocarse, se vistió con ella.
Lejos de quedarse a esperar a que su marido decidiese ir a la
cama se presentó en el cuarto del ordenador y comenzó a insinuarse.
― ¿Pero que demonios te has puesto?
― Lo he comprado para ti ¿te gusta?
― No, no me gusta nada... ¿acaso te pensabas que vestirte
como una puta barata me iba a gustar?
Esther acabo derramando lagrimas sobre sus pechos, elevados
por las copas del sujetador. No sabía que hacer que le acercase a su marido, que
hacer que volviera encender la llama de la pasión, hasta que de pronto se le
ocurrió una solución.
Aprovechando la ausencia de su marido encendió el ordenador y
fue a buscar aquellos archivos que eran solo de este. Encontró un buen número de
ellos, muchos más de los que esperaba, sin duda archivos compartidos con ese
amigo con el que hablaba por mail. Una extraña excitación se apoderó de Esther
cuando encontró los archivos pero, por desgracia, estaban todos encriptados.
Esther probó muchas contraseñas, "Abel" "Sexo" "porno" todo lo que se le
ocurrió. Se pasó la mañana intentando abrir los archivos sin éxito.
Desanimada apagó el ordenador aunque su cabeza continuó
intentando averiguar que contraseña habían puesto su marido y su amigo. Y por la
tarde, en un febril arrebato, abrió el ordenador para probar una contraseña que
se le había ocurrido repentinamente. Cuanto más pensaba en ella más increíble le
parecía, pero tenía que probarla de todas formas: "estheresunaputa".
Y funcionó. Fue abriendo archivo a archivo, encontrando mucho
más de lo que se hubiera esperado encontrar. Su marido y aquel amigo suyo
fantaseaban sexualmente con todo tipo de cosas que ella encontraba del todo
horribles: vejaciones sin fin, violaciones, abusos, humillación, incesto,
zoofilia... todo tipo de cosas monstruosas que la herían en lo más hondo de su
ser. No podía parar de leer ni de llorar pero también mojó sus bragas.
Aquel descubrimiento fue como un hechizo que la mantuvo
sujeta a la silla toda la tarde. Cuando Abel llegó a casa la encontró sentada
frente al ordenador, leyendo sus archivos privados.
― Quiero recuperarte... ¿es esto lo que tengo que hacer?
Abel no le contestó, simplemente la acompañó al dormitorio.
Una vez allí hizo que se pusiera de rodillas, se sacó el miembro del pantalón e
hizo que Esther se lo tragara.
A Esther no le gustaba demasiado chupársela y quiso retirarse
al cabo de un rato, pero Abel no se lo permitió, le agarró del pelo y le sujetó
la cabeza, haciéndole entrar y salir de su boca hasta que el semen se fue
escurriendo por la comisura de los labios y la barbilla.
La dejó entonces apartar la cara y aprovechó para escupir la
corrida en el suelo.
― ¿Cómo te sientes ahora?
― Usada ― contestó Esther ― como si fuera un objeto...
― Muy bien. Tu y yo continuaremos haciendo la misma vida de
casados que hasta ahora. Pero en esta habitación, cuando estemos aquí, tu serás
solamente un objeto para mi placer. Serás algo para usar, algo que tiraré al un
lado cuando me canse de ti y por lo cual no tendré la más mínima consideración.
Aquel fin de semana Abel condujo a Esther hasta el dormitorio
con unas cuerdas. La ató a la cama de pies y manos, boca arriba y con las
piernas muy abiertas. La dejó sola en la habitación, con la luz encendida y
durante el día le fue haciendo algunas visitas.
En la primera visita Abel se dedicó a masturbarla,
introduciéndole los dedos, previamente humedecidos con saliva, en la vagina.
― Creo que esto me va a gustar ― dijo Esther sonriendo―
Abel le dedicó una mirada malhumorada y continuó con su
labor. Siguió acariciando su clítoris y metiéndole los dedos entre sus muy
abiertas piernas.
― Creo... que voy a correrme...― dijo Esther ―
Y entonces Abel dejó de masturbarla en el acto. Esther
protestó y le preguntó por que paraba pero Abel simplemente la ignoró y abandonó
la habitación.
La siguiente visita fue dos horas después. Tanto tiempo atada
sin poder moverse había ocasionado que Esther se orinase encima.
― Tienes que desatarme para hacer mis necesidades, sino no...
―Si no te callas te amordazaré.
― Y no me has dado de comer en todo el día...
― Ahora te doy de comer.
Abel se subió a la cama y se puso de pie. Se agachó un poco,
lo justo para meter su polla dentro de la boca de Esther. Los testículos
chocaban con la barbilla, la introducía entera, alojándose en su longitud en su
garganta. Ni siquiera le daba la posibilidad de lamerla. Introducía rápidamente
y con violencia la polla dentro y la sacaba una y otra vez. Pronto, las arcadas
que le causaba tener algo tan grande tanto tiempo en su garganta provocaron una
involuntaria y violenta vomitada que salió hacía arriba como un surtidor,
manchándola a ella y a las sabanas.
Abel sacó entonces la polla de su interior, dejando que parte
del vomito saliera fuera también.
― Lo siento... no he podido evitarlo...
Pero por toda respuesta Abel se masturbó y corrió en su cara.
Una mezcla de restos de vómito y semen cubría la cara de Esther.
― Abel, ahora me desatarás para que me lave ¿verdad?
Pero Abel la ignoró y fue a buscar algo en otra habitación.
― ¡Y me tienes que dejar ir al lavabo!¡ Tengo que hacer caca!
Abel llegó de nuevo a la habitación con una mordaza con forma
de bola. Le tapó la boca con ella y se fue.
Al cabo de unas tres horas Abel regresó a la habitación. Olía
muy mal: a vómito, a pis y a caca, pues Esther no había podido evitar hacérselo
encima.
Abel comprobó primero tocándole el coño que Esther estaba
mojada. Luego cogió un poco de la mierda que estaba en las sábanas y le
embadurnó con ella los pechos, él estomago, el coño y la cara, que estaba ya
bastante perdida de vómito y semen. Luego se colocó en la cama y se puso a
sodomizarla.
La mierda actuaba como lubricante, aún así, el ano virgen de
Esther se resentía tal y como si un hierro al rojo vivo se estuviera abriendo
paso en sus entrañas. No podía gritar, pero su expresión era de autentico dolor.
Abel fue todo lo violento que pudo, arremetiendo con fuerza, introduciéndola en
toda su longitud.
Luego sacó su polla del interior del culo de su mujer y se
acercó andando por la cama hasta la cabecera y le quitó la mordaza a Esther, que
lloraba.
― Por favor... desátame...
― No te he quitado la mordaza para que hables, puta.
Y seguidamente introdujo la polla en su boca de nuevo, llena
de mierda. Esther se la estuvo chupando hasta que corrió en su boca otra vez.
Abel volvió a amordazarla y la tuvo allí unas cuantas horas
más. Luego, por la noche, la desató, la llevó a ducharse y la sentó a comer una
suculenta cena. Esther no se quejó del trato recibido ni una sola vez.
Al día siguiente, Domingo, volvió a atarla a la cama y a
amordazarla. Esta vez boca abajo y con las caderas en alto.
Sin mediar palabra fue haciéndole visitas en las que se
dedicó exclusivamente a sodomizarla. En total fueron diez las veces que le
penetró y eyaculó en el ano, de hecho este se convirtió en un muy dilatado
agujero completamente lleno a rebosar de semen.
En su última visita le desató las piernas y volcó su ano
hacía un vaso en el que recogió una buena cantidad de leche que luego le obligó
a beberse.
Durante la semana la indiferencia de Abel hacia Esther se
hizo todavía más pronunciada. No solo la ignoraba por completo sino que además
no se comedía en absoluto. Ahora charlaba con su amigo por la red y se
masturbaba con la polla sacada.
Pronto Esther aprendió como tenía que actuar en esta
situación, se colocaba debajo de la mesa a chupársela mientras charlaba con su
amigo en la red, tragándoselo todo cuando eyaculaba.
― ¿Que le cuentas a tu amigo?
― Lo puta que eres...
Al sábado siguiente Abel la desnudó y le rasuró el vello del
pubis. Luego le introdujo un vibrador por el ano y otro por la vagina,
encendidos los dos, que sujetó con cinta adhesiva. La ató los tobillos y las
muñecas juntas, la amordazó de nuevo y la metió dentro de un armario.
Abel fue haciéndole visitas a lo largo del día. Las más
habituales consistían en quitarle la mordaza, meterle la polla en la boca y
dejar que se la chupara hasta eyacularle dentro. Luego volvía a amordazarla y a
guardarla en el armario.
Otras veces la sacaba, la llevaba en brazos todavía atada
hasta el retrete y le quitaba los vibradores para que hiciera sus necesidades.
Luego se los volvía a poner y la volvía a guardar.
La tuvo así hasta la noche, momento en el que la desató, le
quitó los vibradores y le dio de cenar. Los vibradores estaban terriblemente
pegajosos y sucios y Abel hizo que Esther los limpiara con la boca.
Esa semana la rutina se afianzó de una forma mecánica. Cuando
Abel estaba en casa frente al ordenador, hablando con su amigo, lo hacía
completamente desnudo y con Esther agachada bajo la mesa, desnuda también,
chupándosela una y otra vez y tragándose hasta la última gota de semen.
De vez en cuando cambiaba el ordenador por el televisor de la
salita, donde veía sin esconderse los videos porno que guardaba en el armario
del cuarto de los trastos. Tenía las cintas desperdigadas por la casa sin ningún
pudor y, mientras se dedicaba a verlos, Esther se dedicaba a complacerle con la
lengua.
Mientras el no estaba, Esther se dedicaba a verlos, tomando
nota mental de lo que veía y masturbándose furiosamente. En vano intentó acceder
a los nuevos archivos que su marido y su amigo on line se habían estado
intercambiando después de que la sorprendiera leyéndolos, pero no fue capaz de
descifrar la nueva contraseña por más que lo intentó.
El viernes por la noche Esther no podía dormir. Sabía que
Abel le estaría preparando una buena sorpresa para el fin de semana.
Vas a ser mi vater... — le dijo Abel el sábado por la
mañana—
Y así fue. La llevó completamente desnuda al cuarto de baño y
la dejó allí, tirada en el suelo. La primera visita del día tuvo lugar cuando
Abel tuvo ganas de orinar. Lo hizo en su boca y su cara y Esther lo recibió de
buena gana, con los ojos cerrados, tragando bastante y disfrutando de la
sensación.
La siguiente visita fue para sodomizarla, luego eyaculó en el
suelo y ella lamió el semen directamente de allí.
Pero la visita más intensa fue la tercera. Abel tenía ganas
de hacer de vientre y lo hizo encima suyo, concretamente encima de sus pechos.
Fue la propia Esther la que se embadurnó de mierda todo el cuerpo presa de una
especie de frenesí incluyendo su rostro. Luego, cuando su marido hubo acabado,
le limpió el agujero del ano con la lengua y luego se la chupó para que se
corriera.
El domingo Abel hizo algo que la sorprendió. La miró a los
ojos, le dio un beso cariñoso y le dijo "ya estás preparada".
Lo siguiente fue desnudarla otra vez y ponerle en el cuello
un collar para perros.
Ahora eres una perra, una perra caliente que siempre
tiene ganas. Así que nada de hablar, por que las perras no hablan, y nada de
caminar, las perras van por el suelo a cuatro patas...
Abel le enseñó entonces su cuenco de comida, con la palabra
"puta" escrita en él.
Cómo eres una perra comerás aquí, pero sólo comerás lo
que salga de mi polla o de mi culo, mi leche, mis meados o mi mierda serán
tus alimentos ¿está claro?
Esther asintió. No se dibujaba más que ternura en su rostro
mientras recibía las instrucciones.
Como una firma que cerraba un trato Abel se la volvió a
sacar. Inmediatamente Esther se la puso en la boca y se la chupó con la maestría
que había ido desarrollando. Ya no le daba asco. Sentía un enorme placer al
hacerlo.
Esta vez Abel no eyaculó en su boca, sino en el cuenco, y
Esther fue a beber de él, tragándoselo todo.
A media mañana ese mismo día llamaron a la puerta. Casi
corriendo Abel fue a abrir y dejo entrar a un hombre que saludó efusivamente. Al
oírlos, Esther se dirigió hacia su cuarto para ponerse algo de ropa, pero antes
de llegar Abel había conducido a aquel hombre al interior de la casa, justo
donde se encontraba ella.
¿Qué haces de pie? ¿No te he dicho que eras una perra?
¿Las perras se ponen de pie?
Esther, sorprendida, miró a su marido y al hombre que lo
acompañaba, que sonreía con cierta malicia mientras la miraba intentar cubrirse
su cuerpo desnudo.
Pero...
¿Y por que hablas? ¿Hablan las perras?
Me habías dicho que la tenias enseñada... — dijo el
desconocido—
Lo está, pero a veces se porta mal ¡Al suelo!
Abel la empujó para que se tirara al suelo y así lo hizo.
Dócilmente se colocó a cuatro patas, haciendo su papel de perra.
Este es Alejandro, mi amigo por Internet. A partir de
ahora su polla es para ti como mi polla, te beberás su leche igual que la
mía, se la chuparás y te tragarás lo que salga de ella...
Pero...
¡Las perras no hablan!
Yo se como hacer que se calle — Dijo Alejandro bajándose
la cremallera — venga, puta...
Esther dudaba pero Abel le sujetó del pelo llevándole la cara
a la entrepierna del desconocido. Enseguida estuvo chupándosela a él también.
Tenias razón, la chupa muy bien...
Es una puta...
Abel se puso detrás a sodomizarla. Mientras tanto, Alejandro,
que la tenía de bastante mayor tamaño que su amigo, le hacía entrar y salir la
verga alojándola casi entera en su garganta. Esther se atragantaba y babeaba
sobre el suelo.
¿Hiciste lo que te dije? ¿Lo de mearle en la boca?
¡Ya lo creo! ¡Y no tienes ni idea de lo que le gusta!
¡Menuda zorra! ¿Crees que vomitará, como me contaste? Me
gustaría mucho que me vomitara en la polla... — añadió Alejandro mientras
empujaba violentamente contra la garganta de Esther—
Tienes que probar este culo, es fabuloso...
Lo que realmente me apetece, querido amigo, es cagar
encima suyo, pero a mi me gustaría hacerlo en su cara...
En ese momento Esther ya no pudo soportarlo más. Se apartó de
Alejandro y de Abel, se puso de pie y salió disparada hacia otra habitación.
No puedes tratarme así... — gritaba —
Abel salió en su persecución, con Alejandro detrás. Llegaron
hasta el dormitorio.
Así ¿cómo?
Así, como si fuera un objeto que puedes compartir con tu
amigo — dijo llorando —
¡Pero es que eres un objeto!
Abel la cogió de la cara, apretándole fuerte las mejillas.
Había furia en sus ojos y, en cuanto llegó Alejandro a la habitación, los dos la
sujetaron forzándola a permanecer tumbada en la cama. No importaba que gritara,
la sujetaban igual. Abel alcanzó las cuerdas y la ataron a la cama, con las
piernas bien abiertas.
No, por favor...
Las perras no hablan...
Las vejaciones comenzaron con unos dedos de Alejandro en el
coño de Esther. Luego los dedos se convirtieron en toda la mano y en un doloroso
frenesí de embestidas.
Sus gritos fueron ahogados por la polla de Abel que se
introdujo certera en su boca. Entraba y salía de ella provocándole arcadas.
¡Cómeme la polla, puta!
¡Qué bueno es este coño! ¡Me cabe la mano entera!
Alejandro retiró la mano para sustituirla por su miembro
viril.
¡Oh, sí! ¡Que coño tan caliente!
Ya te dije que era una puta muy buena...
Estuvieron follándola cada uno por el agujero escogido un
rato hasta que necesitaron correrse. Ambos lo hicieron en su cara. Esther había
dejado de llorar y de quejarse. Incluso abrió la boca para recibir la descarga.
Tras unos instantes los dos tuvieron ganas de orinar y, por
supuesto, lo hicieron en la cara de Esther, que abría mucho la boca mientras
entornaba los ojos.
Por último, Alejandro satisfizo su capricho de cagar encima
suyo. Lo hizo en plena cara, la materia fecal se deslizó por su frente cayendo
en su boca abierta y resbalando por su barbilla hasta el cuello. Esther no sólo
no se quejó, sino que además tragó un poco y, cuando Alejandro hubo terminado,
utilizó su lengua como papel higiénico lamiendo su agujero y limpiándoselo a
fondo.
En mitad de la cocina estaba el cuenco de los que se usan
para dar de comer a los perros en el que, escrito con pintura blanca, se leía la
palabra "puta".
No contenía agua ni comida alguna, solo semen. Cuajarones de
semen procedentes de incontables corridas formaban una sopa densa y viscosa en
el cuenco.
Arrastrándose a cuatro patas, completamente desnuda excepto
por un collar para perros en el cuello, Esther se acercó al cuenco para beber.
Cerraba los ojos mientras sorbía la viscosa sopa y la
tragaba. Una mano se perdía entre sus piernas. Parecía feliz.