Jueves
Me despierto, todos duermen, algo me inquieta por dentro y no
me permite conciliar el sueño. Tu imagen en mis párpados me atormenta sin
remordimientos, sos el vicio de mi madrugada. Intento ignorar tu recuerdo pero
se me hace imposible no verte otra vez, no puedo evitar estirar mi brazo para
encontrar el interruptor de la lámpara de mi mesita de luz y enceguecerme con su
tenue resplandor azulado con una ballenita dibujada. Boca arriba trato de
encontrar en el techo de mi habitación un rinconcito con una excusa que pueda
alejarme de vos, pero mis pies descalzos se encadenan al frío del suelo y
calladamente bajo la escalera hasta el living.
Salgo al balcón; es una noche sin nubes y sin estrellas, solo
la infinita luz sucia de una ciudad dormida y el alma desolada de una muchacha
en pijama. Recuerdo nuestro primer jueves, un verano sofocante que no dejaba
respirar nos obligó a buscar un poco de alivio de madrugada en el bacón de un
8vo piso. La noche nos recibió con un cielo descubierto y sin viento, sólo una
triste brisa que acarició nuestros párpados. Te vi.
Es invierno y por alguna razón hoy es igual que aquel día de
verano, pero no igual que el resto de la semana. Me acuerdo que lo primero que
me preguntaste cuando me viste fue si ya era jueves, y yo te respondí: sí,
jueves toda la noche.
Sonreíste complacido con tu característica sonrisa de lado y
sin saber que decir miramos las calles vacías. Un semáforo en la esquina
acompaña nuestro silencio y cambia sus luces sin descanso, condenado para
siempre a la soledad de la madrugada. "Qué triste es el semáforo a esta hora"
dije, y un profundo y melancólico "sí" se desprendió de tus labios mientras me
mirabas a los ojos sin dejar de sonreír.
Algo parecido nos pasa a nosotros, amor, todos los jueves
antes del alba las sabanas nos quema la piel y el cielo vacío nos llama con su
cotidiana brisa escurridiza de aire caliente que inquieta nuestros vientres. Es
imposible tratar de evitarnos, sos mi vicio, soy tu adicción.
Todas las noches hablamos por horas sin descanso, nunca nos
sentimos incómodos cuando ya no sabíamos qué contar; aprendimos a compartir los
silencios y disfrutarlos mirándonos a los ojos, tus profundos ojos verdes.
*
Se que estás despierto; hace escasas horas el miércoles dejó
de serlo y el jueves reclama el rito. Recuerdo que nuestra primera noche de
desconsuelo yo fumaba un cigarrillo que robé de mi mamá y practicaba hacer
círculos de humo que sin ninguna forma se desvanecían en el aire; cuando de
pronto el molesto cartel de publicidad de luz permanente reveló que se apaga
automáticamente a las 3 a.m. Una delicada brisa consume mi cigarrillo y se me
resbala de entre los dedos cuando al fin tu imagen aparece en un balcón de un
edificio vecino. Desde ese día no volví a fumar.
Recuerdo también cuando comenzó el otoño y junto con el frío,
llegó una ola de lluvias sin pausa, aquellas que no te dejan adivinar la hora,
las que te obligan a quedarte en casa. Miércoles 23 p.m. me dormí preocupada y
aliviada a la vez, quizás la lluvia podría librarme al fin de tu olor a miel
amarga.
Sin embargo de nuevo a las tres, la noche del jueves me
despierta con su cielo nostálgico y su calor abrumante; mi vientre inquieto me
lleva hasta el borde del balcón para contemplar atónita el cielo descubierto y
llevo mi mirada con extrañas esperanzas directo a tu balcón. Te encuentro
saludando débilmente con tu mano de dedos largos y uñas cortas, con tu
particular sonrisa vencida. No pude evitar observar tu torso desnudo, tu color
almendra y tu vientre calmado, con total confianza saliste al balcón en calzones
y te exhibiste ante mí de una manera poco inocente.
Tu cuerpo es perfecto, tan delicado y esbelto te apoyaste
sobre la baranda pareciendo despreocupado, tiraste tu despeinada melena negra
hacia atrás y miraste hacia el río con tus ojos de gato, alimentándome con tu
perfil delicioso. Tu atractivo es tal que en ese momento siento que mi vagina se
humedece con tan solo verte, nunca antes me había pasado.
Qué vergüenza tratar de ocultar mis pezones excitados cuando
notaste que te observaba tan descaradamente. Vos con igual libertad observaste
mis tetas y me sentí humillada. Necesitaba irme de ahí cuanto antes, pero me
detuviste rápidamente con un "pará, no te vallas" y en tu voz pude distinguir un
leve sentimiento de súplica y diversión. Te miré y en un soplo te desnudaste
completamente.
Estabas totalmente rojo y en tu entrepierna revelaste el
principio de una erección brutal. Así fue como casi sin pensarlo me desnudé yo
también; convirtiendo nuestras noches en encuentros pasionales sin alcanzar
nuestros cuerpos. El aire se hizo limpio de pronto y aunque el cielo yace
siempre sin estrellas, la luna con su enigmática forma de iris manchado nos
ilumina claramente con su luz plateada. Me declaré adicta a vos.
*
Otra vez estoy esperándote, otra vez el cartel luminoso se
apaga anunciando que son las 3 a.m. y la brisa delicada roza mis pezones duros
como piedras. Te busco y te encuentro, tus ojos que despiden esa luz irreal no
se sorprenden en encontrarme y tu olor a miel amarga penetra mis poros.
Continuamos con el rito; me saludas con tu mano de dedos largos y uñas cortas y
con tu típica sonrisa vencida, que de lado me confiesa que nuestros jueves nos
están matando poco a poco.
Mordés tu labio inferior, tus mejillas están coloradas -
adoro que te sonrojes cuando estás excitado. Siempre deseamos tocarnos pero
nunca nos atreveríamos a romper aquel rito, nuestros encuentros son tan irreales
como este cielo y algo nos impide vernos en otro lado. Cuando queremos
escaparnos más allá del jueves en nuestras palabras nuestras noches se acortan y
despertamos frustrados.
Te sorprendes cuando en un susurro te pido que te masturbes
lentamente pensando que soy yo la que te toco con mis manos frías por la baranda
del balcón; y sin embargo vos me pedís que yo haga lo mismo. Mirándonos
fijamente a los ojos empezamos a tocarnos lentamente; miro como te encorvas
tratando de acelerar las caricias y tus ojos se cierran con el nerviosismo como
si fuera la primera vez que te acarician, y tu boca abierta libera controlados
suspiros de ansiedad.
Me saco la remera y mis tetas quedan a disposición de tus
manos en forma de una brisa caliente. Aprieto violentamente mis labios vaginales
cuando veo en tus ojos la delirante excitación de sentir mis manos heladas sobre
vos. Me encanta pensar que son tus dedos los que recorren sin cesar mi vagina,
empapándote con mis flujos y provocándome constantes estremecimientos cuando
presionas mi clítoris entre tus yemas.
Qué delicia sentir uno de tus dedos penetrándome directo en
mi virginidad corrompida, moviéndose en círculos constantes te haces desear para
que te pida rogando cada vez más. Te siento siempre en mi espalda, como vos me
sentís a mi en tu pecho. Abro los ojos y miras directo a mi entrepierna, hoy me
depile para vos, apuesto a que te gusta.
Tres dedos, mis gemidos se hacen cada vez mas sonoros
mientras exploras en mi interior los lugares mas exquisitos. Acaricio con fervor
tus testículos y tu enorme pija que brilla lubricada por luz de luna. Tus
gemidos me estremecen y se que estas a punto de estallar, la adrenalina de ser
descubiertos nos excita todavía más, aunque bien sabemos que nadie nos escucha
ni lo harán jamás, hay algo en nuestros jueves que nos protege y lastima.
Aceleramos el ritmo y el orgasmo se aproxima anunciándonos
con estremecimientos que nos hace mover el vientre furiosamente. Tus gemidos se
transforman en quejidos y los míos en suplicas. Tus dedos sin perder su frío
intentan llegar hasta el fondo de mi interior y encuentran el punto exacto que
me lleva al clímax al mismo tiempo que vos sentís un beso mío succionando tu
glande haciéndote temblar en un orgasmo ardiente.
Estamos agotados, otra parte de nosotros se desvanece en el
aire, nos estamos destruyendo de a poco, un poco de piel que se desprende de
nuestras palmas heridas. Nuestras manos empapadas señalan que nos queda poco
tiempo, apenas alcanza para preguntarnos algo sobre nosotros mientras saboreamos
nuestros dedos con sabor a miel amarga. Todo dura hasta que el viento comienza a
soplar tan fuertemente que nos obliga a entrar porque ya no podemos escuchar
nuestras voces y sin mas somos llevados a la cama.
Hoy sin embargo es diferente, tuvimos mucho tiempo para
mirarnos, para darnos cuenta lo que nos pasa, para amarnos, para hacernos daño
con cada segundo que pasa.
"estuve tratando de evitarte" te confesé, "yo también"
respondiste. Sonreís vencido y melancólico; me sorprendes con una lagrima en tu
mejilla y apenas cuando puedo preguntarte que te pasa, me respondes entre
sollozos cortados: "mañana me mudo".
Qué inesperada respuesta, el mundo empezó a desmoronarse y
las lágrimas saltan de mis ojos como una fuente. Un abatido <<No>> sale de mi
garganta y caigo de rodillas al suelo. Alcanzo a visualizarte a través de mis
ojos nublados y puedo ver que estás en el suelo, agarrantote fuertemente del
enrejado de tu balcón, mirándome con tus ojos felinos.
El viento comienza a soplar nuevamente y lo último que puedo
escuchar de tus labios mojados es un <<te amo>> que se me graba en el vientre
como un tatuaje hecho con agujas de hilo empapadas en tinta. <<yo también>> te
dije, pero no tengo la seguridad de que me hayas escuchado; ya estoy de vuelta
tras las paredes de mi casa.
Amanezco en mi cama, me duele el pecho...¿por qué no me
siento aliviada? Y las preguntas me consumen la cabeza. La espera de una semana
se convierte en demencia.