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 TODORELATOS.COM Fecha: 11 de Octubre, 2008.
Fecha: 08-Jul-07 « Anterior | Siguiente » en Confesiones (1988 de 2284)

Jueves

Lucy
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Cuando la espera de un jueves se convierte en demencia. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

Jueves

Me despierto, todos duermen, algo me inquieta por dentro y no me permite conciliar el sueño. Tu imagen en mis párpados me atormenta sin remordimientos, sos el vicio de mi madrugada. Intento ignorar tu recuerdo pero se me hace imposible no verte otra vez, no puedo evitar estirar mi brazo para encontrar el interruptor de la lámpara de mi mesita de luz y enceguecerme con su tenue resplandor azulado con una ballenita dibujada. Boca arriba trato de encontrar en el techo de mi habitación un rinconcito con una excusa que pueda alejarme de vos, pero mis pies descalzos se encadenan al frío del suelo y calladamente bajo la escalera hasta el living.

Salgo al balcón; es una noche sin nubes y sin estrellas, solo la infinita luz sucia de una ciudad dormida y el alma desolada de una muchacha en pijama. Recuerdo nuestro primer jueves, un verano sofocante que no dejaba respirar nos obligó a buscar un poco de alivio de madrugada en el bacón de un 8vo piso. La noche nos recibió con un cielo descubierto y sin viento, sólo una triste brisa que acarició nuestros párpados. Te vi.

Es invierno y por alguna razón hoy es igual que aquel día de verano, pero no igual que el resto de la semana. Me acuerdo que lo primero que me preguntaste cuando me viste fue si ya era jueves, y yo te respondí: sí, jueves toda la noche.

Sonreíste complacido con tu característica sonrisa de lado y sin saber que decir miramos las calles vacías. Un semáforo en la esquina acompaña nuestro silencio y cambia sus luces sin descanso, condenado para siempre a la soledad de la madrugada. "Qué triste es el semáforo a esta hora" dije, y un profundo y melancólico "sí" se desprendió de tus labios mientras me mirabas a los ojos sin dejar de sonreír.

Algo parecido nos pasa a nosotros, amor, todos los jueves antes del alba las sabanas nos quema la piel y el cielo vacío nos llama con su cotidiana brisa escurridiza de aire caliente que inquieta nuestros vientres. Es imposible tratar de evitarnos, sos mi vicio, soy tu adicción.

Todas las noches hablamos por horas sin descanso, nunca nos sentimos incómodos cuando ya no sabíamos qué contar; aprendimos a compartir los silencios y disfrutarlos mirándonos a los ojos, tus profundos ojos verdes.

*

Se que estás despierto; hace escasas horas el miércoles dejó de serlo y el jueves reclama el rito. Recuerdo que nuestra primera noche de desconsuelo yo fumaba un cigarrillo que robé de mi mamá y practicaba hacer círculos de humo que sin ninguna forma se desvanecían en el aire; cuando de pronto el molesto cartel de publicidad de luz permanente reveló que se apaga automáticamente a las 3 a.m. Una delicada brisa consume mi cigarrillo y se me resbala de entre los dedos cuando al fin tu imagen aparece en un balcón de un edificio vecino. Desde ese día no volví a fumar.

Recuerdo también cuando comenzó el otoño y junto con el frío, llegó una ola de lluvias sin pausa, aquellas que no te dejan adivinar la hora, las que te obligan a quedarte en casa. Miércoles 23 p.m. me dormí preocupada y aliviada a la vez, quizás la lluvia podría librarme al fin de tu olor a miel amarga.

Sin embargo de nuevo a las tres, la noche del jueves me despierta con su cielo nostálgico y su calor abrumante; mi vientre inquieto me lleva hasta el borde del balcón para contemplar atónita el cielo descubierto y llevo mi mirada con extrañas esperanzas directo a tu balcón. Te encuentro saludando débilmente con tu mano de dedos largos y uñas cortas, con tu particular sonrisa vencida. No pude evitar observar tu torso desnudo, tu color almendra y tu vientre calmado, con total confianza saliste al balcón en calzones y te exhibiste ante mí de una manera poco inocente.

Tu cuerpo es perfecto, tan delicado y esbelto te apoyaste sobre la baranda pareciendo despreocupado, tiraste tu despeinada melena negra hacia atrás y miraste hacia el río con tus ojos de gato, alimentándome con tu perfil delicioso. Tu atractivo es tal que en ese momento siento que mi vagina se humedece con tan solo verte, nunca antes me había pasado.

Qué vergüenza tratar de ocultar mis pezones excitados cuando notaste que te observaba tan descaradamente. Vos con igual libertad observaste mis tetas y me sentí humillada. Necesitaba irme de ahí cuanto antes, pero me detuviste rápidamente con un "pará, no te vallas" y en tu voz pude distinguir un leve sentimiento de súplica y diversión. Te miré y en un soplo te desnudaste completamente.

Estabas totalmente rojo y en tu entrepierna revelaste el principio de una erección brutal. Así fue como casi sin pensarlo me desnudé yo también; convirtiendo nuestras noches en encuentros pasionales sin alcanzar nuestros cuerpos. El aire se hizo limpio de pronto y aunque el cielo yace siempre sin estrellas, la luna con su enigmática forma de iris manchado nos ilumina claramente con su luz plateada. Me declaré adicta a vos.

*

Otra vez estoy esperándote, otra vez el cartel luminoso se apaga anunciando que son las 3 a.m. y la brisa delicada roza mis pezones duros como piedras. Te busco y te encuentro, tus ojos que despiden esa luz irreal no se sorprenden en encontrarme y tu olor a miel amarga penetra mis poros. Continuamos con el rito; me saludas con tu mano de dedos largos y uñas cortas y con tu típica sonrisa vencida, que de lado me confiesa que nuestros jueves nos están matando poco a poco.

Mordés tu labio inferior, tus mejillas están coloradas - adoro que te sonrojes cuando estás excitado. Siempre deseamos tocarnos pero nunca nos atreveríamos a romper aquel rito, nuestros encuentros son tan irreales como este cielo y algo nos impide vernos en otro lado. Cuando queremos escaparnos más allá del jueves en nuestras palabras nuestras noches se acortan y despertamos frustrados.

Te sorprendes cuando en un susurro te pido que te masturbes lentamente pensando que soy yo la que te toco con mis manos frías por la baranda del balcón; y sin embargo vos me pedís que yo haga lo mismo. Mirándonos fijamente a los ojos empezamos a tocarnos lentamente; miro como te encorvas tratando de acelerar las caricias y tus ojos se cierran con el nerviosismo como si fuera la primera vez que te acarician, y tu boca abierta libera controlados suspiros de ansiedad.

Me saco la remera y mis tetas quedan a disposición de tus manos en forma de una brisa caliente. Aprieto violentamente mis labios vaginales cuando veo en tus ojos la delirante excitación de sentir mis manos heladas sobre vos. Me encanta pensar que son tus dedos los que recorren sin cesar mi vagina, empapándote con mis flujos y provocándome constantes estremecimientos cuando presionas mi clítoris entre tus yemas.

Qué delicia sentir uno de tus dedos penetrándome directo en mi virginidad corrompida, moviéndose en círculos constantes te haces desear para que te pida rogando cada vez más. Te siento siempre en mi espalda, como vos me sentís a mi en tu pecho. Abro los ojos y miras directo a mi entrepierna, hoy me depile para vos, apuesto a que te gusta.

Tres dedos, mis gemidos se hacen cada vez mas sonoros mientras exploras en mi interior los lugares mas exquisitos. Acaricio con fervor tus testículos y tu enorme pija que brilla lubricada por luz de luna. Tus gemidos me estremecen y se que estas a punto de estallar, la adrenalina de ser descubiertos nos excita todavía más, aunque bien sabemos que nadie nos escucha ni lo harán jamás, hay algo en nuestros jueves que nos protege y lastima.

Aceleramos el ritmo y el orgasmo se aproxima anunciándonos con estremecimientos que nos hace mover el vientre furiosamente. Tus gemidos se transforman en quejidos y los míos en suplicas. Tus dedos sin perder su frío intentan llegar hasta el fondo de mi interior y encuentran el punto exacto que me lleva al clímax al mismo tiempo que vos sentís un beso mío succionando tu glande haciéndote temblar en un orgasmo ardiente.

Estamos agotados, otra parte de nosotros se desvanece en el aire, nos estamos destruyendo de a poco, un poco de piel que se desprende de nuestras palmas heridas. Nuestras manos empapadas señalan que nos queda poco tiempo, apenas alcanza para preguntarnos algo sobre nosotros mientras saboreamos nuestros dedos con sabor a miel amarga. Todo dura hasta que el viento comienza a soplar tan fuertemente que nos obliga a entrar porque ya no podemos escuchar nuestras voces y sin mas somos llevados a la cama.

Hoy sin embargo es diferente, tuvimos mucho tiempo para mirarnos, para darnos cuenta lo que nos pasa, para amarnos, para hacernos daño con cada segundo que pasa.

"estuve tratando de evitarte" te confesé, "yo también" respondiste. Sonreís vencido y melancólico; me sorprendes con una lagrima en tu mejilla y apenas cuando puedo preguntarte que te pasa, me respondes entre sollozos cortados: "mañana me mudo".

Qué inesperada respuesta, el mundo empezó a desmoronarse y las lágrimas saltan de mis ojos como una fuente. Un abatido <<No>> sale de mi garganta y caigo de rodillas al suelo. Alcanzo a visualizarte a través de mis ojos nublados y puedo ver que estás en el suelo, agarrantote fuertemente del enrejado de tu balcón, mirándome con tus ojos felinos.

El viento comienza a soplar nuevamente y lo último que puedo escuchar de tus labios mojados es un <<te amo>> que se me graba en el vientre como un tatuaje hecho con agujas de hilo empapadas en tinta. <<yo también>> te dije, pero no tengo la seguridad de que me hayas escuchado; ya estoy de vuelta tras las paredes de mi casa.

Amanezco en mi cama, me duele el pecho...¿por qué no me siento aliviada? Y las preguntas me consumen la cabeza. La espera de una semana se convierte en demencia.

TodoRelatos.com © Lucy

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