*COLECCIÓN de RELATOS
"DESDE EL JARDÍN":

"Pero sabía que más allá del muro
oscuro los esperaba un paraíso".
John Updike.
ISLA DEL DESEO
Aquel no fue un año fácil, casi incluso que llegó a
complicarse en exceso. Porque hay momentos en que la vida parece no ponerse de
acuerdo y que envía las desgracias sin orden ni concierto o, al menos, eso le
pareció a ella dentro del caos operante en que se encontró envuelta. Lo único
bueno pertenecía incluso al pasado año recién finalizado, aquel viaje que ganó
en un sorteo de radio y que tan a gusto recibió en un principio, también se vio
afectado y sería imposible llevarlo a cabo con su novio de siempre a causa de la
inevitable ruptura de sus relaciones sentimentales con que el año dio comienzo.
Así que, a la vista de tanta contrariedad ofreció a su compañera de trabajo la
plaza vacante del susodicho viaje, condición indispensable para hacerlo
realidad. Matilde aceptó de buena gana, aunque sin mostrar en un principio
exagerado entusiasmo. Yoli era una buena compañera e, incluso, a causa del viaje
cabía la posibilidad de que su amistad fructificara del todo.
Los días de la anterior semana a sus vacaciones pasaron en un
soplo entre planes e ilusiones que, sin acabar de establecerse, ya se estaban
nuevamente renovando. Ninguna de las dos dejaba nada atrás que les impidiese
vislumbrar el horizonte despejado de sus proyectos y, libres del trabajo que
antes les atenazaba, por fin llegó el tan ansiado día en que aquel vuelo les
llevó hasta la isla de sus proyectos. Ya durante el trayecto que duró casi diez
horas, tuvieron ocasión de conversar tocando los más variados temas, desde
comentarios personales acerca de algunos cotilleos de moda de la vida cotidiana
hasta opiniones más subjetivas aún, relativas a caracteres o sentimientos,
incluso mezclando ambos extremos en un batiburrillo de reflexiones que buscaban
confrontar modos de ver o pensar y hallar puntos en común que les ayudase a
conocerse mejor.
Yolanda le explicó lo de su noviazgo roto, el carácter
desordenado del chico, además de su falta de sana ambición. Ella trabajaba desde
los dieciocho años y eso marcaba una diferencia notable en otros aspectos donde
la realidad del día a día no permitía deslices. Sin embargo, él en vez de
proponerse metas que lograr para hacer efectivo el futuro propio en el que
convivir junto a ella, se comportaba como un irresponsable muchacho que parece
que siempre va a continuar igual. Yolanda le explicó cómo esa falta de seriedad
era lo que más le disgustaba de él, pero Matilde escuchaba distante este tipo de
réplicas y reproches en voz alta que su compañera le detallaba, como si no fuera
con ella ese talante de abordar los acontecimientos. Para Yolanda fue, de nuevo,
tropezar con el obstáculo insalvable que desde que conoció a su amiga se levantó
entre ellas, prediciendo un futuro de difícil entendimiento para su amistad. Fue
el único tema de conversación donde Mati, como su amiga insistió en que la
llamara con confianza, no demostraba afinidad ni criterio alguno, al hablar de
la forma de ser o actuar de los hombres. Lo achacó, tal vez, a lo temprano de su
relación amistosa, quizás fuera preciso algo más de tiempo para que esa
confianza saliera a flote, aunque es raro que entre mujeres eso no se deje notar
en el detalle más sutil. Prefirió, no obstante, no darlo excesiva importancia y
dejar que las vacaciones discurrieran espontáneamente.
Nada más llegar al hotel les esperaba la guía del grupo para
señalar unas indicaciones generales sobre la estancia en la isla. Luego,
subieron a terminar de colocar sus equipajes en la habitación para después salir
a cenar al porche en su primera noche de vacación. Durante la cena la
conversación se hizo más esporádica, pues el cansancio del viaje se hacía notar
y, además, habían tocado por ese día muchos y variados temas. Yolanda se fijó en
el grupo de muchachos que habían llegado posterior a ellas y que, en otra mesa,
armaban gran algarabía y jolgorio; algunos de ellos no estaban mal y habían
dirigido la mirada a su mesa, pero tuvo reparo en hablar al respecto con Mati.
Ella había acariciado la idea de renovar su bagaje emocional con la relación
divertida de algún chico y no descartaba la posibilidad de un romance que diera
impulso nuevo a su recién estrenada vida afectiva o, al menos, a sus vacaciones.
Lamentó no encontrar complicidad con Mati hasta ese punto, pero quizás mañana
después de haber descansado, los planes y deseos ocultos afloraran sin
cortapisas, pues no resultaba fácil desembarazarse de las obligaciones ni de los
hábitos que impone la absorbente rutina.
A la mañana siguiente lució un sol endiablado, imperdonable
desperdiciarlo sin tenderse en la playa sin otra preocupación que equilibrar el
bronceado y dejarlo bien repartido por cada centímetro de piel de sus castigados
cuerpos. Las playas en la isla eran lo suficientemente extensas para que,
exceptuando los núcleos de entrada o salida, hubiera amplitud de espacios donde
escoger tumbarse con tranquilidad. De cuando en cuando una nativa se acercaba
con su cesto de refrescos y chucherías para ofrecer a los turistas. En una de
esas ocasiones, a causa del calor, pidieron un refresco a una ellas, una mujer
madura de color que, bajo su vestido blanco, aún resaltaba más el tono oscuro de
su piel morena. Recogió afable las monedas y se desató el pañuelo blanco que
llevaba a la cabeza para volver a atarlo, firme, de nuevo. Entonces, les
preguntó si asistirían esa noche a la fiesta del Gallo Dulce y, ante la sorpresa
de nuestras preguntas, la mujer nos contó que habíamos llegado a la isla
precisamente en la celebración de una de sus fiestas más conmemorativas... Se
celebraba cada año coincidiendo con las dos noches más cercanas al plenilunio,
siempre que las mareas lo permitían, y tenía lugar en la playa que llamaban del
Medioeste, desde el acantilado que separa ambas playas. Era tradición en la
isla, continuó explicando la señora de blanco, que en esa primera noche los
jóvenes se desnuden y bañen así sus cuerpos en la playa; en la del este las
muchachas y en la del medio los muchachos. Luego, a la segunda noche, tanto
ellas como ellos irán a escoger su pareja sea en una u otra playa.
-A veces se encuentran parejas que duran para siempre...-,
detalló la nativa.
La señora acabó de relatar la ancestral costumbre de la isla
y lamentó que últimamente muchos extranjeros se acercaran a la fiesta solo para
fisgonear los cuerpos desnudos, sin ánimo de participar. Finalmente recogió su
cesto y abrió mucho los ojos al recomendarles que nadie debería perderse una
celebración como aquella, pues sus efectos beneficiosos no tardaban en
notarse... "Todo se ve más claro. Suerte!", dijo al despedirse.
De vuelta al hotel hicieron planes para participar en esa
fiesta de la que no hablaban los pasquines publicitarios, al menos, la noche se
ofrecía tentadora. En el vestíbulo se cruzaron con el grupo de chicos que cenó
la noche anterior junto a ellas, en el porche del hotel, y con ganas de agradar
uno de ellos saludó con efusividad...
- Se ha dirigido a ti, Mati,...como si te conociera!
- Trabaja para el Sr. Dylon, de la promotora de nuestra
empresa. Es uno de los distribuidores...-, Mati lo dijo sin emoción, casi
maquinalmente.
Vaya, parece que la noche, la fiesta o lo que sea, quizás las
vacaciones, van haciendo entrar en materia hasta a las más reacias... Al menos,
su amiga, pensó Yolanda, iba rompiendo los hielos que abotargaban su timidez, se
había fijado en el chico, algo fría en el comentario, eso sí, pero al menos algo
era algo. Sí, al menos aquella fiesta iba a traer los aires renovados que tanto
deseaban.
Se dirigieron al acantilado que separaba las dos playas
cuando la luna estaba redonda y clara presidiendo la playa. Abajo se podían
distinguir los grupos de chicos y chicas que despojados de toda vestidura
bañaban sus cuerpos en el mar. Se desnudaron, se miraron entre risas y,
guardando las ropas en el hueco de una de las rocas, descendieron a la playa
para sumarse a la fiesta de las mujeres. La temperatura no podía ser más idónea,
incluso dentro del agua; la luna con su halo pleno de luz ayudaba en dar calidez
a la noche o, también pudiera ser que fuera aquella bebida de los cestos que las
muchachas repartían generosamente a todos los participantes. Lo cierto es que la
noche transcurrió entre olas, cánticos y licor, hasta que los cuerpos cansados
acabaron retirándose casi al mismo tiempo que lo hacía la luna.
Yolanda y Mati se propusieron descansar lo que restaba del
día para, también esa otra noche, terminar de asistir al festejo completo.
Yolanda estaba decidida a disfrutar de aquella noche prometedora y, sonreía en
silencio al pensar en su amiga, ya que esa noche se vería obligada a decidirse y
actuar. Cuando llegaron a lo alto del acantilado observaron como hombres y
mujeres acudían de una a otra playa buscándose, estableciendo parejas
previamente elegidas o improvisadas sobre la marcha. Se desvistieron con
impaciencia, guardaron las ropas entre las rocas y, cuando se disponían a
descender por el acantilado, Mati le agarró de una brazo deteniendo su marcha.
Yolanda miró atrás, inquisitiva...
-¿Qué sucede? Vamos a la fiesta...
Su amiga la miró con fijeza y, ahora, le sujetó también el
otro brazo. Luego, le acarició el cabello, dejando resbalar la caricia de su
mano por su rostro con suavidad.
-No, no puedo... Me gustas tú...
Las palabras de Mati sonaron como un trueno en la inmensidad
de la noche silenciosa, ahora lo explicaban todo, la negativa a mostrar sus
sentimientos, su actitud reacia a todo lo referente a los hombres o a razonar la
directriz de sus emociones. Sin embargo, el calibre de aquel descubrimiento no
le redimía de sus posibles consecuencias. Yolanda se abrazó a ella...
-Te entiendo, también te quiero, pero no...-, musitó,
tratando de consolar a su amiga.
Así, abrazadas y desnudas, permanecieron una junto a otra en
la pendiente del acantilado durante toda la noche, ajenas a la fiesta, firmando
el sello de una amistad mucho más duradera de la que ninguna hubiera imaginado.
No presenciaron el final de la fiesta, cuando le cortan la cabeza al gallo para
echarla al mar entre los gritos eufóricos y desorbitados de todas las parejas y
asistentes, pero ni eso les importó; ahora se bastaban ellas mismas.
El resto de los días de sus vacaciones transcurrió rápido,
intenso. Ambas se confesaron, examinaron la naturaleza de sus pretensiones con
confidencias íntimas, estrechando aún más sus lazos como amigas. De regreso a
casa, ambas pudieron constatar el equilibrio milagroso que aquel viaje obró en
sus vidas.
Algo de cada una, único y exclusivo, se había propagado en la
otra, a modo de compensación de lo que carecían. Mati aprendió a valorar el
cariño de lo que más puede semejarse a una amistad verdadera, incluso la lección
sirvió para encauzar su afectividad, pudo prescindir de la necesidad de contacto
sexual con otra mujer y no sentirse indefensa por ello. Para Yolanda la
experiencia sufrida vino a reforzar su idea realista de la amistad, le aportó
ángulos nuevos e inexplorados de comprensión, quizás algo inusuales o atrevidos
para ella, pero no por ello enriquecedores.
La vuelta al trabajo no suele por costumbre acogerse con
especial optimismo, casi hasta ellas mismas se sorprendieron. Pero el viaje de
sus vidas ya había realizado un giro decisivo. Mati ascendió en su puesto, pasó
a las oficinas de la promotora, quizás influída por su recién iniciado noviazgo
con el chico que trabajaba como distribuidor para el Sr. Dylon o, quizás, de
acuerdo al carácter mágico del viaje aquel que terminó de unirles para siempre.
Sin embargo, para Yolanda no dejó de ser un año difícil... El viaje representó
un ligero desahogo dentro de su caótico acontecer, pero incluso pertenecía al
año anterior. Quizás para las próximas vacaciones, quizás el año próximo se le
cumpliera un deseo.
*** FIN ***
Luis Tamargo.-
luistamargo@hotmail.com
-"Es una Colección original e inédita
de Cuentos y Relatos".-