FLAVIA
La conocí hace más de un año en una cena de camaradería de la
clínica. Y confieso que no le presté demasiada atención.
Es la esposa del Jefe de Laboratorio, bioquímico él. Nunca me
expliqué cómo alguien puede tener vocación por esa carrera y ese trabajo, pasar
un tercio de su vida entre orines, o revolviendo mierda ajena en busca de
parásitos. Pero son necesarios estos especimenes, ayudan en los diagnósticos.
Sabía que llevaban unos tres años de matrimonio, que ella
rondaba los 30, 10 menos que su marido Hugo, y que no tenían hijos. Ese era todo
mi conocimiento de Flavia hasta el mes pasado.
De su esposo sí sabía algunas cosas más, el licencioso
licenciado beneficiaba muy seguido a Paola, la Jefa de Instrumentación. ¿Y que
cómo lo sabía yo? es hora de contarles algo. Hace ya un tiempo se me presentó la
ocasión de adquirir un lote de material de espionaje, rezago de la disolución de
algunos servicios secretos europeos. Y a mi clínica fueron a parar unas cuantas
cámaras y micrófonos que hice instalar en secreto en algunos consultorios,
oficinas, y habitaciones en las que a veces duermen integrantes del staff,
cuando es necesario por sus obligaciones.
Eso me permitió saber que la cínica, bajo su cobertura
profesional y seria, era un verdadero prostíbulo sofisticado.
Vamos entonces a lo que quería contarles: Flavia me llamó a
mi teléfono privado para pedirme que la recibiera sin que lo supiera su marido.
Me sorprendió la petición ya que no había cambiado con ella sino unas frases de
cortesía. Accedí y la cité en un horario en que el licenciado estaría ausente.
Cuando entró a mi despacho no pude menos que hacerle un
estudio estrictamente profesional: facciones delicadas y sugerentes, tetas de
tamaño normal, al parecer bien firmes, el culo no destacaba, los muslos era
imposible apreciarlos, y las pantorrillas bien formadas. Vestía un conjunto
serio de chaqueta y pollera a la rodilla.
Mi situación personal era la que me hacía mirarla con
benevolencia. En efecto, cercado por la censura implacable de TR apenas podía
coger con viejas gordas y feas. Lu me había suspendido a raíz de que el relato
que protagoniza fue desplazado por el de una chiquilla que no me interesó más
que por un momento. De modo que verme frente a una mujer relativamente joven y
normal desataba mi calenturienta imaginación.
Doctor, quiero hablarle de algo muy serio y
confidencial.
Sabía que no se trataba de ningún tema de su salud, porque
era paciente de la Dra. Zuccotti que me había comentado que la salud de Flavia
era excelente.
Bien Flavia, pero por favor vamos a tutearnos.
De acuerdo Sergio. Te lo digo sin rodeos, creo que mi
esposo me pone los cuernos, y sospecho que es con alguna mujer de la
clínica.
Es que yo sólo soy el propietario y director de esto.
No fiscalizo las conductas de quienes me acompañan.
A esta altura del diálogo Flavia había cruzado sus piernas
mostrando el nacimiento de sus muslos, y a mí comenzaba a parecerme una
mujercita adorable. Su expresión acongojada hizo que me excitara y se me parara
la verga.
- Pero podrías ayudarme, seguro que sabrás algo, algún
comentario…
Mi tentación de ofrecerle algún tipo de trueque, como
información a cambio de un poco de sexo, se hizo presente en mi mente, pero la
dejé de lado, no podía apelar a recursos tan bajos como la mera delación.
¿ No será pura imaginación tuya? ¿Tenés algún indicio
en qué basarte?
Sí, hace como tres meses que no parece interesarse en
mí. Antes era diferente.
Me puse de pie alegando estar cansado de estar sentado, en
verdad mi intención era acercarme a ella.
¿Cómo diferente, en qué sentido?- le dije sentándome a
su lado.
El mobiliario de mi despacho está científicamente pensado,
fuera de mi silla detrás del escritorio sólo hay un gran sofá de tres cuerpos.
Flavia se ruborizó ante mi pregunta, bien intencionada por
cierto.
Bueno, no sé cómo decírtelo, comprendeme… no me atiende
con mucha frecuencia.
Eso es criminal.- Le dije tomándole una mano.
Te hablo en serio.- Respondió alejando su mano de la
mía.
Sin intención de cumplir en nada le dije:
Puedo tratar de averiguar algo. Pero todo lo que hago
lleva un interés de mi parte. Sos muy bonita.
Ya he oído hablar de tu fama, pero yo soy fiel a mi
marido, aunque él no lo merezca.
Bué, igualmente si sé de algo te aviso.
Allí nos despedimos la miré irse, sus caderas se bamboleaban,
y mi pantalón a duras penas ocultaba la erección monumental.
Minutos después un caso complicado me la borró de la mente.
Hasta que la semana pasada se presentó sin avisar previamente, y en un horario
en el que ella sabía que no estaría su esposo.
Lo seguí, y lo vi con una, no la conozco, es una rubia
bajita, de pelo corto.
Flavia, comprendé que no tengo idea de quién pueda ser.
Debés tener los legajos de tu personal, mostrame las
fotos.
Imposible querida, los legajos son confidenciales.
Mirá, mi marido no merece que le siga siendo fiel. Si
me das información precisa seré para vos.
Ni a cambio de lo que me ofrecía iba yo a traicionar mis
principios. Pero comprendí que ya estaba lista, que no tardaría mucho en
entregarse. Una mujer engañada es imprevisible.
De verdad no tengo información, ni puedo mostrarte lo
que me pedís.
Sergio, ahora estoy apurada, ya va a llegar mi marido y
no quiero que me vea aquí. Mañana a las tres de la tarde te espero en casa
para que sigamos hablando. A lo mejor te convenzo.
Lo mismo pensaba yo, a lo mejor la convenzo. Claro que sin
convertirme en delator.
Volvió a irse meneando las caderas, tal vez imaginación mía,
pero me pareció que lo hacía con más intención que la vez anterior.
La mañana siguiente me la pasé pidiendo análisis a todas las
pacientes que atendí. Quería recargar la labor del laboratorio, a cuenta de mis
aviesas intenciones.
Pedí un radio taxi, no quería dejar mi auto estacionado en la
puerta de la casa del bioquímico. Y lo pedí como para llegar con sabios diez
minutos de retraso, la impaciencia siempre es buena aliada del cazador..
Cuando me franqueó la puerta de calle entendí que tenía la
mitad de la batalla ganada. La vi bien maquillada, a pesar de la hora, y con una
pollera muy corta de jean. Por el norte una blusa justa dejaba apreciar lo que
antes se me había ocultado: esas tetas eran mercadería de lujo. Unos zapatos de
puta, con elevadas plataformas, querían acercar su estatura a la mía.
Algo había yo maquinado en el día anterior. No iba a
convertirme en informante, pero podía tener otro género de trueque. La amante
del marido, Paola, era una putita caliente, yo podía lograr que cambiara de
monta, ligándola con alguien mejor dotado que el bioquímico, o bien cogiéndola
yo mismo nuevamente, ya habíamos tenido nuestra etapa caliente cuando ella
ingresó como instrumentadora.
Bien Flavia, ¿qué es lo que querías que habláramos?
Tenés que ayudarme de algún modo.
¿Ayudarte, para qué? un hombre que deja una joya como
vos no merece consideración.
Alimentar su autoestima y bajarle puntos al marido eran mis
objetivos para el instante. Las complicadas cacerías que había protagonizado
desde el inicio de mi carrera universitaria debían haberme dejado alguna
experiencia en la materia.
Gracias por el piropo. Pero me siento traicionada y
quiero vengarme antes de pedirle el divorcio.
Querida, donde las dan las toman. ¿Qué mejor venganza
que hacerle lo mismo? Y que se entere.
Es que yo no soy igual que esa, soy una mujer decente.
Serás muy decente, pero estás dolida… y necesitada, y
querés desquita, y me gustás mucho.
Mientras decía todo eso me iba acercando a Flavia. La abracé
con ternura y puse mi boca sobre la suya.
Una boca ávida se abrió, y una lengua caliente penetró mi
boca. ¡Bingo! ya estaba el chivo en el lazo. Sin apresurarme la besaba haciendo
gala de dedicación y cariño.
A su debido tiempo mis manos comenzaron su faena, recorrieron
su cuerpo sobre la ropa. El culo estaba duro. Los muslos, no muy generosos, eran
firmes y cálidos. Antes de que empezara a quitarle la blusa me llevó hasta un
dormitorio.
Este cuarto era para cuando tuviéramos un hijo con
Hugo. Pero con ese hijo de puta no quiero nada. Más aún lo quiero estrenar
poniéndole los cuernos a él.
La blusa desapareció como por arte de magia. Un soutien
amarillo era lo único que cubría el par de magníficas tetas. El tamaño era
justo, apenas más grandes que mis manos, detesto las hiperplasias mamarias, o
esas de siliconas que se ve que son de otra persona por el tamaño. Al fin de
cuentas ¿para qué queremos tetas más grandes que nuestras manos? se desperdicia
gran parte, y el esfuerzo se diluye.
Sin quitarle el sujetador saqué las tetas a que tomaran aire,
y manos. Las acaricié, las estrujé… Para terminar chupando los pezones que ya
estaban duros como pequeños cantos rodados.
Levantando su falda llegué a tocarle la concha por sobre su
calzoncito minúsculo. Pensé que ella lo había previsto todo. Sus gemidos
invadieron el ambiente incrementando mi calentura.
Noté la carencia de afecto al sentir su primer orgasmo, muy
pronto para tan poco estímulo. Flavia se lo gritó al mundo, ambos estábamos
todavía de pie, cerca de una cama.
Sin que mediara una palabra mía se arrodillo frente a mí y
pasó suavemente su mano sobre mi bragueta.

No sin cierta habilidad fue desprendiendo,
quitando prendas, hasta dejarme sin nada. Su intención era apropiarse de mi
verga que había saltado al ser liberada y se mostraba erecta y dura.
Casualmente, igual que un chico que se ha
comido el dulce a escondidas la fue recibiendo dentro de su boca. Meses después
me confió que en buena parte de su noviazgo con Hugo lo mantuvo a raya
chupándole la pija. Y era muy versada en las lides mamatorias, si yo manejara
autos como ella manejaba la lengua sería mejor que Schumacher y súper campeón
del universo. La forma en que recorría el glande me acercaba a la taquicardia
paroxística, no había que enseñarle nada, era una maestra.

Cuando toda esa sabiduría milenaria, transmitida por los
genes femeninos de cientos de generaciones, lograba su cometido ya estaba a
punto de eyacular, y se lo advertí.
Con la mano me indicó que siguiera, aunque
en verdad la que seguía era ella, se tragaba todo y lo iba sacando poco a poco.
Alternaba labios con lengua para estimular todo lo que quedaba a su alcance. Yo
parado recto, me limitaba a disfrutar de la bella mamada.
Lamentablemente mi resistencia al placer
es muy escasa. Por mí me hubiera dejado chupar por espacio de uno dos milenios,
pero ya sabrán mis lectores que mi verga es independiente, tiene sus caprichos y
los impone, con un grito estentóreo comencé a dejar salir mi leche. A causa de
la prolongada abstinencia mis huevos se vaciaban con mucha fuerza, y en
abundancia. Además estaba muy a gusto con la nueva adquisición.
Flavia no pudo con todo, tragó la mayor
parte, entre medio de arcadas provocadas por el exceso de cantidad de leche. El
resto se distribuyó entre su cara y sus tetas. Manualmente traté de recoger lo
posible para restituirlo a su boca, ella me chupaba los dedos para no perder
nada. Y ese chupar en mis dedos me empezaba a calentar otra vez.
Pero mi organismo requería una pausa
amable. Deduje que la Dra. Zuccotti se había excedido en sus comentarios sobre
mí, mi actual acompañante conocía demasiado bien mis hábitos y gustos. Apareció
con una botella sin abrir de Chivas, un cenicero y un cubo con hielo, vestida
apenas con sus zapatos de puta que contribuían a ponerme a mil. El trago en
calma me reanimó pronto. La verga abandonada y en cuarentena recuperó su forma
más activa. Pero no es cuestión de permitir que la verga, por más voluntad
propia que tenga, se salga siempre con la suya.
Me encanta chupar una linda concha, y la
que estaba a mi disposición era una concha bellísima.
Los labios mayores eran gruesos y
carnosos. Casi totalmente depilada, una estrecha franja de vello por encima la
hacía más atractiva.
Allí marchó mi golosa boca, la lengua se
regodeaba abriendo los contundentes labios, buscaba el comando del placer de
Flavia. Ese botón que se conectaba con su cerebro para hacerla gozar.
Lo encontré, fui muy cuidadoso con él, es
muy sensible. Aprisionado en mis labios lo acariciaba con la lengua. Luego
intentaba tragarme todo lo posible y lo succionaba. Para volver enseguida a
acariciarlo con mi lengua.
Los gritos desaforados de ella amenazaban
con convocar a la policía, bomberos y ambulancias de toda Mendoza.
Gozaba en un sinfín de orgasmos. Decía
incoherencias.
- ¡Seguí, no pares que estoy
gozando como nunca.!
- ¡Nadie me ha hecho algo así.!
- ¡Sos genial!
- ¡El primero que me hace gozar
tanto!
Cuando dejé de mamarle la concha quedó
laxa en la cama, estaba como agotada.
- Sergio, que suerte que me
decidí. Si seguía con eso de la fidelidad nunca hubiese conocido tanto placer.
- Mi niña, ¿con cuántos hombres
has estado?
- Solamente con Hugo.
- ¿O sea que vengo a ser el
segundo?
- Sí, y casi te dejo pasar, por
estúpida.
- Mi amor, no te olvides que
todavía falta la mejor parte.
- Sí, pero dejame que me reponga,
no creas que puedo acabar tantas veces en tan poco tiempo..
Yo creo que podría, claro que hacía un
rato que no eyaculaba y mi tranca estaba a full, parada, caliente, dispuesta.
Esta vez compartimos el whisky, entre
caricias intencionadas y besos muy castos. Esta mujer me estaba desviando de mis
propósitos más sanos. Que son coger con todas las que se me acerquen y no
comprometerme con ninguna.
Ay, a los desvaríos que me lleva la
actitud represora del webmaster de TR. Si me permitieran coger con pendejitas de
13 o 14 años, regodearme con las de 16, si se diera eso todo sería más
distendido y libre. Si al menos fueran algo más coherentes. Si censuraran todo.
O nada. Mejor nada.
Perdón por la digresión, estaba en la cama
con Flavia. Una cuasi madura de buen aspecto y de técnica refinada hasta dónde
la había probado.
Claro que me faltaba cogerla de la manera
más clásica. Y a eso me dispuse.
Mis desvaríos le habían dado tiempo para
reponerse. Mis caricias, que no interrumpí mientras reflexionaba, la habían
puesto a tono nuevamente.
No hizo falta ningún esfuerzo para ponerla
sobre mí. Esta vez mirando ella al cielo, que era adonde pretendía llevarla.
Así, mientras miraba mis pies me suplicó:
- Cogeme que ya no aguanto más.
Quiero tenerte adentro.
No era yo quien le negaría su placer. Pero
ella hizo el trabajo.
Se colocó la punta de mi pene en la
entrada y descendió, poniéndolo en su interior con todo cuidado, sin apuro.
Luego, con ella en una pose de amazona
invertida, y colaborando ambos en el mete y saca, gestamos un polvo increíble.
Se tiraba hacia atrás, dejaba a mi merced sus hermosas tetas para que las
amasara y pellizcara sus pezones erectos.
Mi verga no hubiera estado más a gusto en
el paraíso de Mahoma. La concha de Flavia conservaba toda su estrechez y
elasticidad. Le agradecí a Hugo por no haberla preñado nunca. Me regalaba una
vagina nunca recorrida por un bebé. Apenas abierta por la pijita del boludo de
su esposo, que sabía pequeña, por lo que había visto y por el testimonio de
Paola, que andaba ya procurando algo más significativo.

Ella, con los ojos cerrados, gritaba
nuevamente, poniendo en peligro la seguridad pública de la zona. Parecía que
jamás hubiera recibido verga a raudales como lo estaba haciendo.
En medio del fastuoso polvo recuperé por
un instante la conciencia para preguntarle:
- ¿Te acabo adentro?
- Sí mi macho, el cornudo me hace
tomar anticonceptivos.
No demoró en llegar el desborde de mi
verga, la cantidad y la presión eran muchas, no paraba de eyacular.
- ¡Querido, me va a salir la leche
por la boca! Ayyyyyyyyyyy cómo me hacés gozar, sos un potro salvaje. Dame más,
quiero toda tu leche en mi concha. Dale GENIO.
Pero aún había algunos hectolitros de
leche sin tocar. Mi tiempo de malas había sido mucho. Las viejas gordas no
lograban sacarme tanta leche, apenas si eyaculaba con ellas, era proporcional a
la excitación que me provocaban.
En este caso la mujer me excitaba a mil, y
por lo tanto acababa a mil. La leche le chorreaba por sus muslos cuando se la
saqué.
Recogió a mano todo lo que pudo del
sobrante y se lo fue llevando a la boca para tragarlo. Me encantaba esta mujer,
bien puta, pero para mí solo, gozaba sin disimulo.
Volvimos a compartir el Chivas, esta vez
era yo el que precisaba reponerse un tanto. Pero Flavia pedía más, y más
profundo, necesitaba mucha pija para quedar satisfecha.
No estaba dispuesto en esta ocasión a
ceder todos mis derechos. No, nada de “el misionero”, es una posición que
asegura una buena penetración, pero no era lo que estaba pensando.
La puse en cuatro, me elevé sobre ella y
le coloqué la punta entre los labios que se ofrecían generosos. Así le entraría
mucho de mi verga.
Me fui dejando caer para ensartarla toda.
Y a toda le recibió gustosa.
En esa pose no era mucho lo que podía
moverme sin quedar agotado. De modo que fue ella la que se hizo cargo de
provocar el mete y saca.

Me estaba cogiendo, y le gustaba demasiado
a juzgar por sus gemidos, por sus palabras de calentura. Gozaba como una oveja
en celo cuando el carnero la monta.
Y yo gozaba de lo estrecho de su vagina,
de lo suave de su culo que acariciaba, de ver su rostro en un espejo, acababa
como la mejor.
Los últimos litros de leche se los dejé
adentro. El tiempo había transcurrido y debíamos separarnos.
Pero no fue la única ni la última vez con
Flavia. El resumen del resto de la historia es el que sigue: seguimos viéndonos,
más que sólo vernos seguimos cogiendo sin límites. Estrené su culito virgen.
Se divorció de su marido y le hizo saber
que era mi amante. El pobre cornudo tuvo que quedarse tranquilo, de mí dependía
un excelente trabajo.
La relación con Paola también se la
aborté, le presenté a ella la verga más grande de la clínica, por descontado que
dejó el maní del bioquímico.
Flavia se enteraba de todo esto, y cada
tanto lo llamaba para refregarle sus triunfos en la cara.
Y se lo merecía, era una mujer tan dulce,
cogía tan bien, me hacía gozar tantísimo.
Miren ustedes lo dulce que es cuando pone
esa carita de “yo no hice nada”.

¿Alguien puede reprocharme algo? Cualquier
mortal se pierde por una mujer así.
Sergio.