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Follando en una isla desierta
TODORELATOS » RELATOS » LAS ESPOSAS PROGRAMABLES (2)
[ Al que toma y no da, el diablo se lo llevará. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 03 de Diciembre, 2008.
Fecha: 03-Jul-07 « Anterior | Siguiente » en Dominación (2715 de 3498)

Las esposas programables (2)

Alstier
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Continuación del relato con el mismo nombre, con dos detalles: 1) Con este relato estoy intentando superarme. Espero que me digan si lo he logrado. 2) He tratado de experimentar con los cambios de punto de vista de la narración. Espero que se entienda, y que guste. RESUMEN: de como cambia una fantasía, por falta de un detalle: una mordaza. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

Josema observó a Mónica debatirse con las esposas, mientras emitía pequeños gemidos tras la mordaza. Al cabo de pocos minutos, dejó de tratar de librarse. Seguramente estaba tan agotada, que no tenía fuerzas para seguir intentándolo. Decidió que era una buena idea atarle bien las piernas. Le hizo doblarlas, y usó la cinta adhesiva para atarle los tobillos al muslo, de forma que no pudiese estirarlas.

Decidió que ella necesitaba un pequeño descanso. Cogió el vibrador, y cuando empezó a sacarlo muy despacio. Ella comenzó a gemir a través de la mordaza. Cuando lo había sacado completamente, volvió a introducírselo violentamente. Esto provocó un espasmo en ella. Luego sacó de nuevo muy despacio el consolador, lo dejó apoyado entre sus pechos, y en silencio se marchó a buscar algunas cosas por la casa.

Josema le ató las piernas, impidiendo que pudiera ni siquiera patalear. Mónica se sentía totalmente indefensa. Notó cómo le sacaban desesperantemente despacio el consolador. Intentó pedirle que parase, que acabase de una vez, pero no podía hablar, no podía ni siquiera quejarse. Cuando parecía que había acabado, volvieron a introducírselo de un solo golpe, y a sacarlo de nuevo de la misma manera. Sintió cómo lo apoyaban entre sus senos. Se encontraba terriblemente excitada. ¿Qué le haría? ¿La follaría, simplemente? ¿la excitaría con caricias? ¿La torturaría de nuevo con el consolador?

Pero había otras cosas que no le hacía gracia imaginar. Las temía, porque nunca las había probado, y por fuerza tenían que doler. ¿Jugaría con velas? ¿Pinzas? ¿quizá la fustigaría? ¿Usaría alguna chincheta para torturarla en zonas sensibles?

¿Dónde estaba Josema? Trató de llamarlo, al olvidarse de la mordaza, así que sólo le salió un sonido ininteligible. Llevaba mucho rato ahí, quizá varios minutos. O segundos, no lo sabía con claridad, no tenía noción del tiempo. ¿Qué le estaría preparando? Entonces escuchó cómo volvía...

Él había encontrado todo lo que necesitaba. Una gran pluma de ave; un rollo de cinta americana (de esta plateada inmune al agua); una sola pinza de tender la ropa; dos pinzas de metal (de las que se usan para sujetar tacos de folios, con el borde redondeado), de cada una de las cuales había colgado una pequeña cadena; una fusta de cuando Mónica hacía equitación; un pequeño bote de desodorante sin gas (que le haría bien las funciones de tapón anal). Y lo mejor de todo, Josema lo había encontrado en su casa. Lo reservaría para el mismo final.

Se acercó a mónica, que ahora movía la cabeza y volvía a luchar contra las ataduras. No parecía estar intentándolo realmente, solamente estaba aumentando la sensación de sentirse atrapada. Él cogió la pluma, y tras pensarlo, le rozó un pezón. Ella se puso tensa y gimió, realmente era muy sensible. Perfecto.

Empezó a acariciarla poco a poco con la pluma. Comenzó con el pezón izquierdo, en cículos cada vez más grandes, y luego pasó al seno derecho, por encima del consolador, y comenzó a realizar el movimiento inverso. Cuando empezó a descender por el pecho, sus pezones estaban muy tersos y sensibles. Llegó hasta el ombligo, y aquí empezó de nuevo a hacer círculos cada vez más grandes.

Ella estiraba las ataduras, y trataba de liberar las piernas, con tanta fuerza, que empezaron a dolerle los muslos. Tuvo que aprender a relajarlos para mitigar el dolor. Entonces notó que la pluma que la atormentaba subía de nuevo entre sus pechos, y comenzaba a descender en linea recta a su entrepierna, terriblemente despacio. No parecía llegar nunca, era tan excitante, que le supuso una pequeña tortura.

Finalmente, Josema llegó al clítoris de Mónica, y comenzó a excitarlo muy despacio con la pluma. Ella gemía, se estiraba, y volvía a gemir. Cuando a él le pareció que ella estaba apunto de tener un orgasmo, decidió cambiar de juguete. Sin dejar de acariciarla, con la mano izquierda cogio la pinza de tender la ropa.

Lo que estaba resultando un auténtico placer, de repente se convirtió en un gran dolor para Mónica. Le había colocado algo en el clítoris, seguramente una pinza. Ella trató de gritar, pero la mordaza lo impidió, y ahora sí que trato de liberarse con todas sus fuerzas. Entonces, otras dos pinzas le fueron colocadas, cada una en un pezón. Aquello dolía demasiado, y lo de no poder gritar o insultar a su agresor, era de lo más frustrante.

Josema la observó revolverse en la cama, sin éxito, excitado. Si quería follársela por el coño, debía hacerlo antes de lo que tenía en mente.

Un rato después, cuando vio cómo empezaba a calmarse de nuevo, se acercó a la indefensa Mónica, y se situó entre sus piernas incapaces de patalear. Ella, al notar el movimiento, supo lo que venía, y humedeció al instante.

Liberó a su polla del pantalón y los calzoncillos, y sin más miramiento, la introdujo de un solo golpe.

Sintió un poco de dolor por la violencia de la sacudida. No sabía decir cuanto medía su miembro, pero era bastante grande a su parecer. Se la estuvo follando durante unos minutos muy rápido. De repente dejó de follarla, y bajó de la cama. Durante unos segundos no sabía lo que sucedía, hasta que escuchó cómo arrancaba otro trozo de cinta adhesiva, y notó el dolor al arrancarle la mordaza. Le metió la polla en la boca, y esperó que ella se la chupara. Ella trató de apartar la cara, nunca lo había hecho, le daba asco. Así que él le agarró la cabeza y le folló la boca un par de minutos, Cuando se corrió, sacó todo el miembro menos la punta, de forma que le llenó toda la boca de leche. Antes de que ella pudiese escupirla, le colocó una nueva mordaza, esta vez de cinta americana.

La observó tratando de escupir durante unos segundos. Tosió durante unos segundos, así que supuso que quizá se había atragantado. Se puso un poco blanca, a causa de una náusea. En la venda aparecieron manchas de humedad por las lágrimas. Cuando dejó de temblar, supo que se lo había tragado todo.

Esperó pacientemente a ese momento que hay entre los nervios totales, y la completa relajación. En ese momento, le introdujo dos dedos en la vagina. Ella gimió, mientras él revolvía en su interior, dilatándola poco a poco.

A ella aquello no le gustaba, y la excitaba a la vez. Cada movimiento hacía que la pinza de ropa le provocara más dolor. Pero poco a poco, sus gemidos de dolor empezaron a convertirse en placer. Al poco, le sobrevino el primer orgasmo desde que llegó josema, y no le molestó ese tercer dedo en su interior, aunque empezaba a ser un poco demasiado. Durante varios minutos, él estuvo jugando así, provocándole dos o tres orgasmos. Cada vez más adentro notaba la mano, y al sentir el cuarto dedo en su vagina, ya supo lo que quería hacerle. Trató un vez más de revolverse, de gritarle o insultarle, sin éxito, pero entonces josema estiró la mano completamente, y empezó a empujar.

Ella no paraba de revolverse y lanzar gritos amortiguados, mientras Josema disfrutaba. Introdujo la mano poco a poco hasta los nudillos, y también la punta del pulgar. Le estaba costando, así que dedicó varios minutos así a ensanchar el camino mientras se introducía cada vez más. Pudo introducir la mano hasta el nudillo del pulgar, y forzando un poquito más, también logró hacerlo desaparecer. Decidió que trataría de cerrar el puño. Le costó, y casi lamentó haber sentido cómo arañaba un poco con dos uñas a mónica, pero logró cerrarlo. Mientras movía el puño en su interior, miró el cuerpo de Mónica. Se movía convulsivamente, subiendo y bajando pecho y abdomen, de forma similar a una onda, mientras gemía muy fuerte. De no ser por la mordaza, ahora estaría gritando. Cuando comprobó el cronómetro de la pulsera, se dio cuenta de que había estado más tiempo de lo calculado con ello. Le quedaban apenas 90 minutos. Mierda, a ese ritmo, no terminaría todos los juegos que tenía preparado. Tenía que pensar algo más....

A Mónica le costaba un poco respirar. Quería jadear, pero la mordaza no se lo permitía. Se había corrido tantas veces que había perdido la cuenta, y la cabeza le daba vueltas. Le costaba pensar, ¿cómo había llegado a esa situación?.

Estaba empezando a orientarse y serenarse, cuando sintió la punta del miembro de Josema en su ano. Ella trató de gritar, aquello sí que la aterraba. En una ocasión, en la ducha, trató de introducirse por ahí el consolador, pero se resbaló y se clavó un gran trozo de golpe, y el culo le dolió durante una semana.

A causa del miedo, contrajo el esfinter, lo que hizo las cosas aún peores. Josema empezó a empujar, cada vez más fuerte. Poco a poco, fué venciendo la resistencia, y logró introducir el capullo.

Mónica notó como se le dilataba dolorosamente el ano. Sufría mucho, aquello dolía demasiado. Sólo notaba dolor, sentía cada milímetro de la polla de Josema violarla. Quiso gritar una vez más. Volvió a luchar contra sus ataduras, o por sacar esa cosa de su recto. Pero de nada sirvió. Josema le clavó de un solo golpe el resto de su verga, justo cuando estaba en mitad de un gemido de dolor, lo que hizo que soltase todo el aire en el amortiguado grito, dejándola un segundo sin aliento.

Josema observó divertido cómo ella quedaba un segundo sin aire tras la embestida. Él notaba en su miembro cómo se movía y palpitaba el esfinter de la muchacha, cada vez que ella luchaba, o gemía.

Ahora a ella le tocaba sufrir.

Aumentó la velocidad de sus embestidas, al tiempo que asía las cadenas de los pezones, tal cual como si estuviese montando a una yegua. Empezó a tirar de las cadenas, mientras ella luchaba contra las ataduras. Primero la izquierda, luego la derecha, luego las dos..... Ella no paraba de moverse y de gemir, o gritar, no lo sabía. Él estaba disfrutando viéndola sufrir, así que bajó la marcha para tardar más en correrse. Finalmente lo hizo dentro de su culo. Cuando sacó su miembro del interior de ella, vió un poquito de sangre, pero no demasiada. Él se relajo al ver que no seguía sangrando, ya que temía haberse pasado.

Mónica respiraba hondamente, gimiendo al expirar, y sorbía algunas lágrimas por la nariz. Él decidió dejarla descansar unos minutos. Tenía que subir a casa, y aún quedaban 70 minutos. Ya que tendría que esperar cinco minutos, mejor que estuviese entretenida. Cogió el vibrador "especial", y lo programó a la segunda velocidad. Sabía el efecto que tendría con la pinza del clítoris...

A ella le costaba respirar. Necesitaba jadear, y además con las lágrimas, se le había congestionado la nariz, y le costaba un poco más. El culo le dolía a rabiar, y sentía un poco de brisa en su dilatado agujero. En los pezones, notaba un gran dolor palpitante. Dios, jamás imaginó que algo pudiese doler tanto. Poco a poco, empezó a respirar normalmente, y se le descongestionó la nariz. El dolor de los pezones disminuyó un poco, y empezó entonces a sentir el dolor de la pinza del clítoris. Estaba sufriendo mucho, y una vez más, llevaba mucho rato sin Josema cerca. ¿Qué la esperaría esta vez, peor que la anterior?

La respuesta no tardó en llegar. Sintió cómo Josema cogía el consolador que aún estaba entre sus pechos, y de un solo golpe, se lo introdujo en la vagina. Ella gritó, aún la tenía dolorida y muy sensible por el "fist-fucking" de antes. Empezó a vibrar, y ella dudaba si se trataba de la segunda o la tercera velocidad. Al cabo de unos minutos, se dio cuenta que la sensación no era tan agradable como antes. La vibración SE TRANSMITÍA A LA PINZA. Al vibrar, el dolor que sentía se acentuó, a la vez que aumentaba el placer. Empezó a luchar con todas las fuerzas que le quedaban contra las esposas, a gritar, a pedir clemencia.... pero nadie acudió. Mientras soltaba gritos amortiguados y lloraba por el dolor, también gemía y lloraba con cada orgasmo. Quería pedir ayuda, trataba de gritar, que alguien acudiese, pero no podía. La mordaza se le hacía insoportable.

Pasó mucho rado. DEMASIADO. No calculaba bien cuanto tiempo, pero no le extrañaría haber estado una hora. ¿Qué estaba pasando?

Josema regresó con un bote de vaselina líquida, y con un cabreo de tres pares de cojones. Había subido a su casa a por el bote, y ¡cómo no!, se encontró con su madre que le lió a preguntas. Que si cómo estaba Mónica, que qué pasaba..... total, que él puso la excusa de la tele demasiado fuerte, mientras escondía el bote de vaselina en la espalda. Luego se encontró con una vecina con la misma cantinela.... total, que 30 minutos perdidos. Quedaban 40 minutos de juego. Sí, podría volver a cambiar el cronómetro.... pero tenía mejores ideas.

Esto le pasaba por vivir aún con sus padres. En fin.

Cuando se acercó, vió lo que estaba sufriendo la chica. Trataba de luchar para liberarse, sin éxito. Gemía fuerte a través de la mordaza, y la venda de los ojos ya estaba empapada. Se acercó y desconectó el aparato. Tras dar a Mónica un minuto para recuperarse, la cogió y le dió la vuelta, haciendo que se apoyara sobre sus rodillas, y quedase con el culo en alto. Entonces, cogió las llaves de las esposas, y le soltó las manos. Ella trató de luchar, pero él era más fuerte, y además ella ahora estaba muy cansada y débil para defenderse bien. En unos segundos, había vuelto a encadenarla con los brazos por encima de la cabeza, de forma que las cadenas colgaban de sus pezones. Con dos pequeños ganchos, colgó dos pesas de plomo de 300 gramos, una a cada cadena. Mónica gimió por el dolor, pero no lucho demasiado por liberarse, ni siquiera protestó más que por ese gemido. O estaba muy débil, o se había rendido.

Decidió que ella ya se merecía un premio.

Algo tiraba de sus pezones, y le provocaba un gran dolor.. Se trataba de algún peso. Le caían lágrimas por el dolor y las sensaciones, y deseó que eso acabase ya. Quería quejarse, pero por un lado, no le quedaban muchas fuerzas. Por el otro, sabía que era inútil por la mordaza.

Entonces, Josema le quitó la pinza que atormentaba su clítoris. El dolor se acrecentó durante unos segundos, pero entonces él empezó a masajearla, y empezó a sentir un poco de placer.

Las manos de Josema se pusieron en su espalda, embadurnadas en algo viscoso. ¿Vaselina? Empezaron a masajearla poco a poco, cubriéndola con aquella sustancia. Eso era muy placentero. Bajó desde sus hombros hasta su cintura, y de la cintura, le empezó a masajear los glúteos. No tardó en llevar un dedo a su culo, y aunque ella temía repetir la experiencia de antes, el suave masaje le calmó el dolor de su ano. Entonces le masajeó los muslos, poco a poco, desde la rodilla, y empezó a subir muy despacio. Pero en el momento que parecía que llegaba a su coño, hizo un círculo y lo esquivó.

Masajeó todo su vientre, y se dirigió a los senos. Entonces, volvió el dolor al notar como él empezaba a estirar cada vez más fuerte de una pinza. El dolor se convirtió en algo insoportable durante un segundo, y luego escuchó el "clack" de la pinza al soltarse de su pezón. Lo mismo hizo con la otra.

Sus pezones estaban muy sensibles, y aunque al principio dolió, el masaje de Josema hizo que la excitación de Mónica fuese en aumento. Por primera vez en mucho rato, empezó a gemir de aunténtico placer.

Entonces, las manos bajaron hasta su entrepierna, y empezó a masajearla suavemente. La dilatación de antes ya había disminuido mucho, pero su coño aún estaba muy sensible. Le introdujo dos dedos, creía, y empezó a masajearla francamente bien. Ella se apoyó todo lo que pudo sobre la punta de sus rodillas, para tener la cadera lo más alta posible, y facilitarle a él la tarea. Notó la lengua de Josema en su coño. Le estaba haciendo un cunniligus glorioso. Poco a poco, sintió cómo se acercaba al orgasmo. Y cuando ella sintió que iba a estallar, de golpe la lengua se detuvo, y las caricias disminuyeron al mínimo. La estaba manteniendo caliente al máximo, sin permitir que se corriera...

Josema miró el cronómetro de las esposas. Escasamente le quedaban 20 minutos. Él podía atrasar más la hora, pero sabía que si quería repetir aquella experiencia, Mónica debía aceptar. Se situó debajo de ella, y empezó a lamerle y a morderle el pezón derecho. Con la mano izquierda, masajeaba el seno izquierdo, y con la mano restante, apenas rozaba el coño de la mujer para mantenerla a mil.

Unos minutos después, subió un poco más. Quedaban 17 minutos. Apoyó su muslo, muy cerca de la rodilla, en el coño de Mónica, y apretó un poco hacia arriba. Ella gimió, y cuando él movió la rodilla un poco a cada lado, volvió a gemir. En ese momento le quitó la húmeda venda de los ojos. Ella parpadeó dos veces para hacerse a la luz, y miró a Josema directamente. Cuando volvió a moverla con la rodilla, ella gimió entornando los ojos.

Le quitó la mordaza de un tirón, con un pequeño "ay" por parte de ella. Quedaban 15 minutos. Entonces, en un susurro, ella le dijo:

Jose Manuel.....

Pero antes de que pudiese continuar, la besó. La besó, y ella respondió al beso. Se besaron durante un minutos, y en ese tiempo. Josema apartó su rodilla, y se colocó en perfecta posición para hacer el amor. Aunque, en esta ocasión, él sólo le acariciaba la cara y los hombros. Permitió que fuese ella misma la que tomase la decisión.

Al final, ella aceptó. E, independientemente de lo que parezca que ella estuviese atada, y de la situación, hicieron el amor. Hicieron el amor durante casi los 15 minutos restantes, y ambos acabaron con un orgasmo casi simultáneo.

Tras un instante recuperándose, Josema habló.

Mónica, están a punto de terminar las dos horas de las esposas. Aún no me ha dado tiempo a terminar todo lo que había preparado para tí.

Ella respondió, muy flojo, casi en un susurro.

Antes no me has dado elección, ¿por qué me la das ahora?

Porque si no lo hiciera, lo que podría ser una grata experiencia para tí, podría convertirse en un mal rato. Si disfrutas de esto, es más probable que quieras repetirlo. La decisión es tuya. ¿Quieres que te libere?

...............

No te queda mucho tiempo. ¿Quieres que te libere?

Quiero seguir con esto, pero quiero proponer cuatro condiciones.

Habla

La primera: son las once de la noche, y llevo encadenada a la cama desde las 7. Déjame dormir toda la noche

Hecho

La segunda: mis padres llegarán de un viaje dentro de tres días. Para entonces me habrás soltado, y me habrás dado tiempo a que me arregle.

Conforme

La tercera: por favor, ya no hacen falta estas esposas. Átame con algo que resulte más cómodo, tengo las muñecas destrozadas.

Tomaré eso como un premio o un castigo hacia tí. Conforme.

Y la cuarta: Por favor, no me amordaces. No gritaré, pero no me amordaces, es humillante.

Eso no puedo aceptarlo como condición.

¿Cómo?

Eso es una petición, no una condición. Tendrás que ganarte el derecho a que no te amordace.

.......

Entonces, ¿aceptas?

Josema detuvo el temporizador mientras ella tomaba su decisión.

Esa era un decisión muy difícil. Le dolían las muñecas, los muslos, y la espalda. En el los labios su sexo, en sus pezones y en su ano, sentía algo muy desagradable, restos del dolor que había sufrido.

Por un lado, le había encantado la experiencia. Nunca, en ninguna relación o fantasía, había tenido semejante racha de orgasmos, y de placer. Por otro lado, esa tarde-noche, había sufrido mucho, en especial con las pinzas, y el sexo anal. ¿Eso sería lo peor que le esperaba?

Claro que no, y lo sabía. Y eso es lo que más miedo.... y morbo le daba. Lo que la empujaba a querer seguir adelante con eso.

Ya estaba decidido. Llamó a Jose Manuel.

¿Qué has decidido?

Acepto

Jose Manuel, con una sonrisa en los labios, la liberó de las esposas. Le pidió que juntase las manos, y con cinta americana, la ató desde el antebrazo hasta la muñeca. No sería agradable, pero pensó que sería mejor que las esposas apretándole sólo en las muñecas. Entonces, aprovechando una cuerda, la ató de nuevo al cabezal de la cama, aunque esta vez le dejó 30cm de cuerda, para que pudiese mover los brazos.

Finalmente, la tumbó y la besó. Le tapó los ojos con la venda negra, y la cubrió con una sábana.

Mañana a las 7 estaré aquí

Josema apagó la luz, y se fué a dormir.

TodoRelatos.com © Alstier

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