Josema observó a Mónica debatirse con las esposas, mientras
emitía pequeños gemidos tras la mordaza. Al cabo de pocos minutos, dejó de
tratar de librarse. Seguramente estaba tan agotada, que no tenía fuerzas para
seguir intentándolo. Decidió que era una buena idea atarle bien las piernas. Le
hizo doblarlas, y usó la cinta adhesiva para atarle los tobillos al muslo, de
forma que no pudiese estirarlas.
Decidió que ella necesitaba un pequeño descanso. Cogió el
vibrador, y cuando empezó a sacarlo muy despacio. Ella comenzó a gemir a través
de la mordaza. Cuando lo había sacado completamente, volvió a introducírselo
violentamente. Esto provocó un espasmo en ella. Luego sacó de nuevo muy despacio
el consolador, lo dejó apoyado entre sus pechos, y en silencio se marchó a
buscar algunas cosas por la casa.
Josema le ató las piernas, impidiendo que pudiera ni siquiera
patalear. Mónica se sentía totalmente indefensa. Notó cómo le sacaban
desesperantemente despacio el consolador. Intentó pedirle que parase, que
acabase de una vez, pero no podía hablar, no podía ni siquiera quejarse. Cuando
parecía que había acabado, volvieron a introducírselo de un solo golpe, y a
sacarlo de nuevo de la misma manera. Sintió cómo lo apoyaban entre sus senos. Se
encontraba terriblemente excitada. ¿Qué le haría? ¿La follaría, simplemente? ¿la
excitaría con caricias? ¿La torturaría de nuevo con el consolador?
Pero había otras cosas que no le hacía gracia imaginar. Las
temía, porque nunca las había probado, y por fuerza tenían que doler. ¿Jugaría
con velas? ¿Pinzas? ¿quizá la fustigaría? ¿Usaría alguna chincheta para
torturarla en zonas sensibles?
¿Dónde estaba Josema? Trató de llamarlo, al olvidarse de la
mordaza, así que sólo le salió un sonido ininteligible. Llevaba mucho rato ahí,
quizá varios minutos. O segundos, no lo sabía con claridad, no tenía noción del
tiempo. ¿Qué le estaría preparando? Entonces escuchó cómo volvía...
Él había encontrado todo lo que necesitaba. Una gran pluma de
ave; un rollo de cinta americana (de esta plateada inmune al agua); una sola
pinza de tender la ropa; dos pinzas de metal (de las que se usan para sujetar
tacos de folios, con el borde redondeado), de cada una de las cuales había
colgado una pequeña cadena; una fusta de cuando Mónica hacía equitación; un
pequeño bote de desodorante sin gas (que le haría bien las funciones de tapón
anal). Y lo mejor de todo, Josema lo había encontrado en su casa. Lo reservaría
para el mismo final.
Se acercó a mónica, que ahora movía la cabeza y volvía a
luchar contra las ataduras. No parecía estar intentándolo realmente, solamente
estaba aumentando la sensación de sentirse atrapada. Él cogió la pluma, y tras
pensarlo, le rozó un pezón. Ella se puso tensa y gimió, realmente era muy
sensible. Perfecto.
Empezó a acariciarla poco a poco con la pluma. Comenzó con el
pezón izquierdo, en cículos cada vez más grandes, y luego pasó al seno derecho,
por encima del consolador, y comenzó a realizar el movimiento inverso. Cuando
empezó a descender por el pecho, sus pezones estaban muy tersos y sensibles.
Llegó hasta el ombligo, y aquí empezó de nuevo a hacer círculos cada vez más
grandes.
Ella estiraba las
ataduras, y trataba de liberar las piernas, con tanta fuerza, que empezaron a
dolerle los muslos. Tuvo que aprender a relajarlos para mitigar el dolor.
Entonces notó que la pluma que la atormentaba subía de nuevo entre sus pechos, y
comenzaba a descender en linea recta a su entrepierna, terriblemente despacio.
No parecía llegar nunca, era tan excitante, que le supuso una pequeña tortura.
Finalmente, Josema llegó al clítoris de Mónica, y comenzó a
excitarlo muy despacio con la pluma. Ella gemía, se estiraba, y volvía a gemir.
Cuando a él le pareció que ella estaba apunto de tener un orgasmo, decidió
cambiar de juguete. Sin dejar de acariciarla, con la mano izquierda cogio la
pinza de tender la ropa.
Lo que estaba resultando un auténtico placer, de repente se
convirtió en un gran dolor para Mónica. Le había colocado algo en el clítoris,
seguramente una pinza. Ella trató de gritar, pero la mordaza lo impidió, y ahora
sí que trato de liberarse con todas sus fuerzas. Entonces, otras dos pinzas le
fueron colocadas, cada una en un pezón. Aquello dolía demasiado, y lo de no
poder gritar o insultar a su agresor, era de lo más frustrante.
Josema la observó revolverse en la cama, sin éxito, excitado.
Si quería follársela por el coño, debía hacerlo antes de lo que tenía en mente.
Un rato después, cuando vio cómo empezaba a calmarse de
nuevo, se acercó a la indefensa Mónica, y se situó entre sus piernas incapaces
de patalear. Ella, al notar el movimiento, supo lo que venía, y humedeció al
instante.
Liberó a su polla del pantalón y los calzoncillos, y sin más
miramiento, la introdujo de un solo golpe.
Sintió un poco de dolor por la violencia de la sacudida. No
sabía decir cuanto medía su miembro, pero era bastante grande a su parecer. Se
la estuvo follando durante unos minutos muy rápido. De repente dejó de follarla,
y bajó de la cama. Durante unos segundos no sabía lo que sucedía, hasta que
escuchó cómo arrancaba otro trozo de cinta adhesiva, y notó el dolor al
arrancarle la mordaza. Le metió la polla en la boca, y esperó que ella se la
chupara. Ella trató de apartar la cara, nunca lo había hecho, le daba asco. Así
que él le agarró la cabeza y le folló la boca un par de minutos, Cuando se
corrió, sacó todo el miembro menos la punta, de forma que le llenó toda la boca
de leche. Antes de que ella pudiese escupirla, le colocó una nueva mordaza, esta
vez de cinta americana.
La observó tratando de escupir durante unos segundos. Tosió
durante unos segundos, así que supuso que quizá se había atragantado. Se puso un
poco blanca, a causa de una náusea. En la venda aparecieron manchas de humedad
por las lágrimas. Cuando dejó de temblar, supo que se lo había tragado todo.
Esperó pacientemente a ese momento que hay entre los nervios
totales, y la completa relajación. En ese momento, le introdujo dos dedos en la
vagina. Ella gimió, mientras él revolvía en su interior, dilatándola poco a
poco.
A ella aquello no le gustaba, y la excitaba a la vez. Cada
movimiento hacía que la pinza de ropa le provocara más dolor. Pero poco a poco,
sus gemidos de dolor empezaron a convertirse en placer. Al poco, le sobrevino el
primer orgasmo desde que llegó josema, y no le molestó ese tercer dedo en su
interior, aunque empezaba a ser un poco demasiado. Durante varios minutos, él
estuvo jugando así, provocándole dos o tres orgasmos. Cada vez más adentro
notaba la mano, y al sentir el cuarto dedo en su vagina, ya supo lo que quería
hacerle. Trató un vez más de revolverse, de gritarle o insultarle, sin éxito,
pero entonces josema estiró la mano completamente, y empezó a empujar.
Ella no paraba de revolverse y lanzar gritos amortiguados,
mientras Josema disfrutaba. Introdujo la mano poco a poco hasta los nudillos, y
también la punta del pulgar. Le estaba costando, así que dedicó varios minutos
así a ensanchar el camino mientras se introducía cada vez más. Pudo introducir
la mano hasta el nudillo del pulgar, y forzando un poquito más, también logró
hacerlo desaparecer. Decidió que trataría de cerrar el puño. Le costó, y casi
lamentó haber sentido cómo arañaba un poco con dos uñas a mónica, pero logró
cerrarlo. Mientras movía el puño en su interior, miró el cuerpo de Mónica. Se
movía convulsivamente, subiendo y bajando pecho y abdomen, de forma similar a
una onda, mientras gemía muy fuerte. De no ser por la mordaza, ahora estaría
gritando. Cuando comprobó el cronómetro de la pulsera, se dio cuenta de que
había estado más tiempo de lo calculado con ello. Le quedaban apenas 90 minutos.
Mierda, a ese ritmo, no terminaría todos los juegos que tenía preparado. Tenía
que pensar algo más....
A Mónica le costaba un poco respirar. Quería jadear, pero la
mordaza no se lo permitía. Se había corrido tantas veces que había perdido la
cuenta, y la cabeza le daba vueltas. Le costaba pensar, ¿cómo había llegado a
esa situación?.
Estaba empezando a orientarse y serenarse, cuando sintió la
punta del miembro de Josema en su ano. Ella trató de gritar, aquello sí que la
aterraba. En una ocasión, en la ducha, trató de introducirse por ahí el
consolador, pero se resbaló y se clavó un gran trozo de golpe, y el culo le
dolió durante una semana.
A causa del miedo, contrajo el esfinter, lo que hizo las
cosas aún peores. Josema empezó a empujar, cada vez más fuerte. Poco a poco, fué
venciendo la resistencia, y logró introducir el capullo.
Mónica notó como se le dilataba dolorosamente el ano. Sufría
mucho, aquello dolía demasiado. Sólo notaba dolor, sentía cada milímetro de la
polla de Josema violarla. Quiso gritar una vez más. Volvió a luchar contra sus
ataduras, o por sacar esa cosa de su recto. Pero de nada sirvió. Josema le clavó
de un solo golpe el resto de su verga, justo cuando estaba en mitad de un gemido
de dolor, lo que hizo que soltase todo el aire en el amortiguado grito,
dejándola un segundo sin aliento.
Josema observó divertido cómo ella quedaba un segundo sin
aire tras la embestida. Él notaba en su miembro cómo se movía y palpitaba el
esfinter de la muchacha, cada vez que ella luchaba, o gemía.
Ahora a ella le tocaba sufrir.
Aumentó la velocidad de sus embestidas, al tiempo que asía
las cadenas de los pezones, tal cual como si estuviese montando a una yegua.
Empezó a tirar de las cadenas, mientras ella luchaba contra las ataduras.
Primero la izquierda, luego la derecha, luego las dos..... Ella no paraba de
moverse y de gemir, o gritar, no lo sabía. Él estaba disfrutando viéndola
sufrir, así que bajó la marcha para tardar más en correrse. Finalmente lo hizo
dentro de su culo. Cuando sacó su miembro del interior de ella, vió un poquito
de sangre, pero no demasiada. Él se relajo al ver que no seguía sangrando, ya
que temía haberse pasado.
Mónica respiraba hondamente, gimiendo al expirar, y sorbía
algunas lágrimas por la nariz. Él decidió dejarla descansar unos minutos. Tenía
que subir a casa, y aún quedaban 70 minutos. Ya que tendría que esperar cinco
minutos, mejor que estuviese entretenida. Cogió el vibrador "especial", y lo
programó a la segunda velocidad. Sabía el efecto que tendría con la pinza del
clítoris...
A ella le costaba respirar. Necesitaba jadear, y además con
las lágrimas, se le había congestionado la nariz, y le costaba un poco más. El
culo le dolía a rabi
ar, y sentía un
poco de brisa en su dilatado agujero.
En los pezones, notaba un gran dolor palpitante. Dios, jamás imaginó que algo
pudiese doler tanto. Poco a poco, empezó a respirar normalmente, y se le
descongestionó la nariz. El dolor de los pezones disminuyó un poco, y empezó
entonces a sentir el dolor de la pinza del clítoris. Estaba sufriendo mucho, y
una vez más, llevaba mucho rato sin Josema cerca. ¿Qué la esperaría esta vez,
peor que la anterior?
La respuesta no tardó en llegar. Sintió cómo Josema cogía el
consolador que aún estaba entre sus pechos, y de un solo golpe, se lo introdujo
en la vagina. Ella gritó, aún la tenía dolorida y muy sensible por el
"fist-fucking" de antes. Empezó a vibrar, y ella dudaba si se trataba de la
segunda o la tercera velocidad. Al cabo de unos minutos, se dio cuenta que la
sensación no era tan agradable como antes. La vibración SE TRANSMITÍA A LA
PINZA. Al vibrar, el dolor que sentía se acentuó, a la vez que aumentaba el
placer. Empezó a luchar con todas las fuerzas que le quedaban contra las
esposas, a gritar, a pedir clemencia.... pero nadie acudió. Mientras soltaba
gritos amortiguados y lloraba por el dolor, también gemía y lloraba con cada
orgasmo. Quería pedir ayuda, trataba de gritar, que alguien acudiese, pero no
podía. La mordaza se le hacía insoportable.
Pasó mucho rado. DEMASIADO. No calculaba bien cuanto tiempo,
pero no le extrañaría haber estado una hora. ¿Qué estaba pasando?
Josema regresó con un bote de vaselina líquida, y con un
cabreo de tres pares de cojones. Había subido a su casa a por el bote, y ¡cómo
no!, se encontró con su madre que le lió a preguntas. Que si cómo estaba Mónica,
que qué pasaba..... total, que él puso la excusa de la tele demasiado fuerte,
mientras escondía el bote de vaselina en la espalda. Luego se encontró con una
vecina con la misma cantinela.... total, que 30 minutos perdidos. Quedaban 40
minutos de juego. Sí, podría volver a cambiar el cronómetro.... pero tenía
mejores ideas.
Esto le pasaba por vivir aún con sus padres. En fin.
Cuando se acercó, vió lo que estaba sufriendo la chica.
Trataba de luchar para liberarse, sin éxito. Gemía fuerte a través de la
mordaza, y la venda de los ojos ya estaba empapada. Se acercó y desconectó el
aparato. Tras dar a Mónica un minuto para recuperarse, la cogió y le dió la
vuelta, haciendo que se apoyara sobre sus rodillas, y quedase con el culo en
alto. Entonces, cogió las llaves de las esposas, y le soltó las manos. Ella
trató de luchar, pero él era más fuerte, y además ella ahora estaba muy cansada
y débil para defenderse bien. En unos segundos, había vuelto a encadenarla con
los brazos por encima de la cabeza, de forma que las cadenas colgaban de sus
pezones. Con dos pequeños ganchos, colgó dos pesas de plomo de 300 gramos, una a
cada cadena. Mónica gimió por el dolor, pero no lucho demasiado por liberarse,
ni siquiera protestó más que por ese gemido. O estaba muy débil, o se había
rendido.
Decidió que ella ya se merecía un premio.
Algo tiraba de sus pezones, y le provocaba un gran dolor.. Se
trataba de algún peso. Le caían lágrimas por el dolor y las sensaciones, y deseó
que eso acabase ya. Quería quejarse, pero por un lado, no le quedaban muchas
fuerzas. Por el otro, sabía que era inútil por la mordaza.
Entonces, Josema le quitó la pinza que atormentaba su
clítoris. El dolor se acrecentó durante unos segundos, pero entonces él empezó a
masajearla, y empezó a sentir un poco de placer.
Las manos de Josema se pusieron en su espalda, embadurnadas
en algo viscoso. ¿Vaselina? Empezaron a masajearla poco a poco, cubriéndola con
aquella sustancia. Eso era muy placentero. Bajó desde sus hombros hasta su
cintura, y de la cintura, le empezó a masajear los glúteos. No tardó en llevar
un dedo a su culo, y aunque ella temía repetir la experiencia de antes, el suave
masaje le calmó el dolor de su ano. Entonces le masajeó los muslos, poco a poco,
desde la rodilla, y empezó a subir muy despacio. Pero en el momento que parecía
que llegaba a su coño, hizo un círculo y lo esquivó.
Masajeó todo su vientre, y se dirigió a los senos. Entonces,
volvió el dolor al notar como él empezaba a estirar cada vez más fuerte de una
pinza. El dolor se convirtió en algo insoportable durante un segundo, y luego
escuchó el "clack" de la pinza al soltarse de su pezón. Lo mismo hizo con la
otra.
Sus pezones estaban muy sensibles, y aunque al principio
dolió, el masaje de Josema hizo que la excitación de Mónica fuese en aumento.
Por primera vez en mucho rato, empezó a gemir de aunténtico placer.
Entonces, las manos bajaron hasta su entrepierna, y empezó a
masajearla suavemente. La dilatación de antes ya había disminuido mucho, pero su
coño aún estaba muy sensible. Le introdujo dos dedos, creía, y empezó a
masajearla francamente bien. Ella se apoyó todo lo que pudo sobre la punta de
sus rodillas, para tener la cadera lo más alta posible, y facilitarle a él la
tarea. Notó la lengua de Josema en su coño. Le estaba haciendo un cunniligus
glorioso. Poco a poco, sintió cómo se acercaba al orgasmo. Y cuando ella sintió
que iba a estallar, de golpe la lengua se detuvo, y las caricias disminuyeron al
mínimo. La estaba manteniendo caliente al máximo, sin permitir que se
corriera...
Josema miró el cronómetro de las esposas. Escasamente le
quedaban 20 minutos. Él podía atrasar más la hora, pero sabía que si quería
repetir aquella experiencia, Mónica debía aceptar. Se situó debajo de ella, y
empezó a lamerle y a morderle el pezón derecho. Con la mano izquierda, masajeaba
el seno izquierdo, y con la mano restante, apenas rozaba el coño de la mujer
para mantenerla a mil.
Unos minutos después, subió un poco más. Quedaban 17 minutos.
Apoyó su muslo, muy cerca de la rodilla, en el coño de Mónica, y apretó un poco
hacia arriba. Ella gimió, y cuando él movió la rodilla un poco a cada lado,
volvió a gemir. En ese momento le quitó la húmeda venda de los ojos. Ella
parpadeó dos veces para hacerse a la luz, y miró a Josema directamente. Cuando
volvió a moverla con la rodilla, ella gimió entornando los ojos.
Le quitó la mordaza de un tirón, con un pequeño "ay" por
parte de ella. Quedaban 15 minutos. Entonces, en un susurro, ella le dijo:
Jose Manuel.....
Pero antes de que pudiese continuar, la besó. La besó, y ella
respondió al beso. Se besaron durante un minutos, y en ese tiempo. Josema apartó
su rodilla, y se colocó en perfecta posición para hacer el amor. Aunque, en esta
ocasión, él sólo le acariciaba la cara y los hombros. Permitió que fuese ella
misma la que tomase la decisión.
Al final, ella aceptó. E, independientemente de lo que
parezca que ella estuviese atada, y de la situación, hicieron el amor. Hicieron
el amor durante casi los 15 minutos restantes, y ambos acabaron con un orgasmo
casi simultáneo.
Tras un instante recuperándose, Josema habló.
Mónica, están a punto de terminar las dos horas de las
esposas. Aún no me ha dado tiempo a terminar todo lo que había preparado para
tí.
Ella respondió, muy flojo, casi en un susurro.
Antes no me has dado elección, ¿por qué me la das ahora?
Porque si no lo hiciera, lo que podría ser una grata
experiencia para tí, podría convertirse en un mal rato. Si disfrutas de esto,
es más probable que quieras repetirlo. La decisión es tuya. ¿Quieres que te
libere?
...............
No te queda mucho tiempo. ¿Quieres que te libere?
Quiero seguir con esto, pero quiero proponer cuatro
condiciones.
Habla
La primera: son las once de la noche, y llevo encadenada a
la cama desde las 7. Déjame dormir toda la noche
Hecho
La segunda: mis padres llegarán de un viaje dentro de tres
días. Para entonces me habrás soltado, y me habrás dado tiempo a que me
arregle.
Conforme
La tercera: por favor, ya no hacen falta estas esposas.
Átame con algo que resulte más cómodo, tengo las muñecas destrozadas.
Tomaré eso como un premio o un castigo hacia tí. Conforme.
Y la cuarta: Por favor, no me amordaces. No gritaré, pero
no me amordaces, es humillante.
Eso no puedo aceptarlo como condición.
¿Cómo?
Eso es una petición, no una condición. Tendrás que ganarte
el derecho a que no te amordace.
.......
Entonces, ¿aceptas?
Josema detuvo el temporizador mientras ella tomaba su
decisión.
Esa era un decisión muy difícil. Le dolían las muñecas, los
muslos, y la espalda. En el los labios su sexo, en sus pezones y en su ano,
sentía algo muy desagradable, restos del dolor que había sufrido.
Por un lado, le había encantado la experiencia. Nunca, en
ninguna relación o fantasía, había tenido semejante racha de orgasmos, y de
placer. Por otro lado, esa tarde-noche, había sufrido mucho, en especial con las
pinzas, y el sexo anal. ¿Eso sería lo peor que le esperaba?
Claro que no, y lo sabía. Y eso es lo que más miedo.... y
morbo le daba. Lo que la empujaba a querer seguir adelante con eso.
Ya estaba decidido. Llamó a Jose Manuel.
¿Qué has decidido?
Acepto
Jose Manuel, con una sonrisa en los labios, la liberó de las
esposas. Le pidió que juntase las manos, y con cinta americana, la ató desde el
antebrazo hasta la muñeca. No sería agradable, pero pensó que sería mejor que
las esposas apretándole sólo en las muñecas. Entonces, aprovechando una cuerda,
la ató de nuevo al cabezal de la cama, aunque esta vez le dejó 30cm de cuerda,
para que pudiese mover los brazos.
Finalmente, la tumbó y la besó. Le tapó los ojos con la venda
negra, y la cubrió con una sábana.
Mañana a las 7 estaré aquí
Josema apagó la luz, y se fué a dormir.