Días después del descubrimiento de la famosa llave maya mi
alumna me enseñó su cuaderno de citas, donde sus padres pedían una para poder
hablar de sus notas.
El día acordado llegaron ambos padres, y mis miradas a esa
hembra cuarentona fueron recatadas y disimuladas. Todo iba bien hasta que al
señor, que es transportista, lo llamaron de urgencia para un flete. Cuando se
fue seguimos conversando, pero ya mis miradas no eran inocentes.
Admiraba esa hermosa cara, de labios gruesos y carnosos. Sus
ojos café y sus manos de uñas cuidadas (ella es secretaria). Pero la mayoría de
mis miradas iban a dar a sus pies. Deliciosos, blancos, de uñas arregladas,
enfundados en unos zapatos negros de tiritas, con tacón apenas alto, pues ella
ya de por sí lo es.
En cierto momento de la reunión su hija se acercó a ver de
que hablábamos, y después de molestarla sobre una posible expulsión se fue. –Es
igual a usted- comenté, y ella afirmó que así había sido en su adolescencia. –
Casi podría jurar que usted podría ponerse el uniforme de su hija- dije con toda
la doble intención del caso.
Mis ojos seguían en el registro de notas y el silencio se
alargó lo suficiente para saber que la había asustado.
Cambió de tema y pronto se despidió sin siquiera darme la
mano. Yo me alejé tranquilo hacia mi aula a esperar a mi siguiente grupo.
No habían pasado ni diez minutos cuando tocaron la puerta de
mi aula. Me levanté y abrí y me encontré con sus lindos ojos, casi en llanto.
-Puedo pasar-
-Adelante- le conteste, dándole paso para que entrara en el
aula.
Se sentó en uno de los pupitres delanteros y yo me paré
frente a ella con la pose autoritaria que uso cuando voy a regañar a una de mis
alumnas.
-La abrió ¿verdad?- me dijo.
Ni siquiera le contesté, me volví hacia la pizarra y comencé
a dibujar un mapamundi que iba a utilizar en mi próxima clase (aunque no lo
crean ya lo dibujo a mano alzada después de años de dar geografía).
Seguí dibujando un rato más cuando levantó la voz y me dijo
–No tenía derecho, eso es privado-
Y yo solo seguí dibujando. Escuché el pupitre moverse y sus
tacones retumbaron en el aula vacía hasta que sentí sus manos tomarme de los
hombros y volver mi cuerpo.
Nuestros ojos se encontraron, su mirada era de furia y temí
por mi integridad física. Le sostuve la mirada hasta que su gesto se suavizó y
su cara cayó por su propio peso. Con mi mano levanté su rostro desde la barbilla
e hice nuevo contacto con sus ojos… estaban al punto del llanto.
-Haré lo que quiera- me dijo.
-Señora no entiendo- le dije.
Su respuesta fue un beso fenomenal. Su lengua hurgó en mi
boca y pronto jugueteaba con la mía. Mis manos la apretaban a mi cuerpo.
La fui llevando lentamente hacia el escritorio, donde la hice
acostarse.
Puso sus piernas en los bordes del mismo, abriéndolas e
invitándome a acoplarme con ella, más yo deseaba algo más.
Tomé uno de sus pies y comencé a acariciarlos. Sus dedos
desnudos, con esos zapatos negros eran mi objetivo. Mi lengua recorrió
lentamente su empeine, sus tobillos, cada uno de sus dedos fue lamido a placer.
Ella se revolvía sobre el escritorio y con sus manos acariciaba sus pechos.
Una de mis manos comenzó a tocar su vagina sobre la ropa,
sintiendo el calor que nos anuncia una humedad encantadora bajo la ropa.
Acerqué m pene erecto, también bajo la ropa a su pelvis. Nos
frotábamos con furia, mientras mi boca se ocupaba ahora de los dedos de su mano.
Sus piernas rodearon mi cadera atrayéndome a ella. Ambos sudábamos de placer
cuando escuchamos el timbre del receso.
Nos recompusimos pues sabíamos que las alumnas pronto
llegarían a dejar sus cosas en espera de la próxima clase y salimos de salón un
segundo antes de que comenzaran a entrar mis pupilas.
-Esas fotos no comprometían a nadie. Eran su marido y usted.-
le dije.
-Yo no dije que me comprometieran- me dijo –sólo dije que
haría lo que usted quisiera- y se fue dejándome el sinsabor de saber que yo fui
su presa.