Tengo 18 años, y estaba en Londres durante el verano, en un
curso para perfeccionar mi inglés. Eran ya las 12 de la noche y me acordé que no
había llamado a mi madre, y me había hecho prometer que la llamaría todos los
días. Salí corriendo tal y como estaba, con un pantaloncillo corto de estar en
casa y una camiseta de tirantas (a pesar de ser Londres, fue un verano bastante
caluroso) y entré en la cabina que hay en un rincón de la manzana. La farola más
cercana estaba apagada, así que la cabina estaba en penumbra y me costó marcar
el número. El caso es que, cuando ya había hablado con mi casa y había dicho que
estaba bien, me pareció ver una sombra por detrás, así que supuse que alguien
estaba esperando para llamar. Me despedí y colgué, y justo en ese momento oí
como se abría la cabina. Fui a volverme para protestar por la forma tan
intempestiva de entrar en el cubículo, antes de que yo saliera, pero antes de
poder hacerlo me encontré con una navaja apoyada en el cuello y notando el
acerado filo de aquella arma blanca sobre la piel. Me quedé de piedra, me iban a
atracar, y no llevaba encima más que una libra. Pero enseguida me di cuenta de
que la cosa no iba por ahí. El hombre me dijo en inglés, en un susurro:
--Ahora, mariconcito, vas a hacer lo que yo te diga o te
rebano el pescuezo.
Así que aquel tío lo que quería era fallarme, cielos... Yo jamás había tenido
relación alguna con ningún hombre, ni me lo había planteado. En España tenía una
medio novia que de vez en cuando me chupaba la polla, y poco más. Pero aquel tío
pretendía que yo me comportara como un maricón, y empecé a pensar como salir del
atolladero. Pero, como si me hubiera leído el pensamiento, me dijo:
--Como intentes lo más mínimo no sales vivo de aquí.
Y presionó con la navaja, y noté como el filo empezaba a morder en la piel. Así
que el hombre no iba de farol, ni mucho menos.
El tío, como si se diera cuenta de que mis defensas estaban
cayendo a marchas forzadas, me dio un tirón tremendo del pantaloncillo y me lo
dejó a mitad de los muslos. Hizo lo mismo con los slips, y me encontré de pronto
con el culo al aire en medio de la calle, aunque dentro de una cabina en
penumbra. Lo desierto de las calles de la City a aquella hora me hizo pensar que
no debía esperar ayuda exterior, y me resigné a lo que fuera.
El hombre se había ensalivado un dedo y pugnaba por
introducirlo en mi ano. Como yo opusiera resistencia, me dijo:
--¿Qué pasa, tengo que cortarte un poco más para que te
enteres de que voy en serio?
Cedí, y el dedo entró en mi culo libremente. La verdad es que aquella no era una
sensación desagradable, ni mucho menos: aquel dedo comenzó a girar dentro de mi
más oscuro agujero, y empecé a notar cierto placer, que intenté acallar: yo no
era un maricón...
Metió después un segundo dedo ensalivado, y un tercero, y mi
esfínter cada vez estaba más dilatado y permitía una mayor entrada. Cuando me
metió el cuarto dedo, yo decididamente ya apenas podía disimular el gusto que me
daba, y empecé a culear con poco recato.
--Así me gusta, putito, ya verás como vas a gozar...
El tío sacó los cuatro dedos y puso algo grande y caliente a
la entrada de mi culo. Con la mano que le quedaba libre me tapó la boca y, de un
solo leñazo, me metió un nabo enorme en el culo. El dolor era insoportable, pero
el tapón de la boca y el filo de la navaja, más fuerte que nunca, me impidió
gritar como quería. Pero el dolor no duró mucho; a los pocos segundos,
coincidiendo con el comienzo de un metisaca del hombre, noté como se
transformaba en un placer que crecía, crecía, cuanto más adentro me metía su
verga; comencé yo también a moverme entonces, echando hacia atrás el culo para
que la polla entrara lo más a fondo posible, y el tío, ante tanta colaboración,
optó por retirar la navaja de mi cuello y guardársela. En aquel instante podría
haberme rebelado y quizá podría haberlo reducido, porque además estaba claro que
el hombre estaba muy excitado con lo que estaba haciendo, pero yo estaba gozando
tanto que lo que hice fue culear más fuertemente para que me siguiera follando a
placer.
De buenas a primeras el tío me la sacó del culo y me empujó con fuerza hacia
abajo, yo me volví en esa misma posición para ver que ocurría, y me encontré con
su gran carajo (en la penumbra no podía verlo con claridad, pero no debía tener
menos de 22 centímetros) a unos centímetros de la boca. Vi el destello de la
navaja, pero no hacía falta. Abrí la boca y me comí aquella esponjosa verga,
caliente y rezumante de mi propio culo. Yo estaba excitadísimo, y tenía mi
propia polla como una piedra de dura. Con el nabo del tío dentro de la boca, me
puse a chupetearlo como si fuera un gran caramelo, como un helado, y no tardó
mucho en comenzar a correrse en mi lengua. El primer trallazo no me lo esperaba,
y mi intención inicial fue retirarme, pero estaba tan excitado que probé la
leche y descubrí que no era en absoluto desagradable. El resto de los
churretazos los paladeé con gusto y me los tragué con parsimonia, saboreándolos.
Al mismo tiempo, me corrí yo con mi polla, sin haberla tocado siquiera, y tuve
un orgasmo devastador.
El tío me sacó la polla de la boca, una vez que se la hube
limpiado adecuadamente, y me dijo:
--Maricona, eres un gran puto, me ha encantado lo que me has hecho. Quizá mañana
vuelva por aquí, a esta hora, y te dé más de lo que te gusta tanto... Y, sin
decir una palabra más, salió de la cabina y se fue. Apenas pude entreverle la
cara, pero parecía un chico joven, como de 24 ó 25 años, con el pelo largo.
¿Sabéis una cosa? Durante los 12 días que me quedaban aún en Londres, todas las
noches bajé a las 12 para llamar por teléfono, y en todas ellas se presentó el
misterioso chico del pelo largo. Yo hacía igual que la primera noche, y
repetíamos el mismo ritual igual que la primera vez. Por eso, cuando tuve que
volverme a España, me dio una gran pena. ¿Entendéis?