*COLECCIÓN de RELATOS
"DESDE EL JARDÍN":

"Pero sabía que m s all del muro
oscuro los esperaba un paraíso".
John Updike.
MERECE LA PENA
Si algo me gustaba de aquella pensión era la serena
tranquilidad del barrio en que se aposentaba. En definitiva, la modesta
población de San Lorenzo era de por sí apacible y monótona, casi hasta el
aburrimiento. Por eso la escogí como el marco ideal para sentar las bases de mi
futura obra y, allí, en la pensión de la calle Doctor Fleming establecí la sede
permanente de mi estudio de pintura.
Mi propósito consistía en romper las penurias y tópicos que
asolan a los artistas, esclavos de una vida sometida a los mandatos últimos de
las primeras necesidades, el pan, la ropa, la oficina, el coche... Demasiadas
obligaciones acaban por inutilizar el talento y este, como joya atesorada, debe
hallar rienda suelta a su expresión sin límites, imposiciones o ataduras que
impidan su natural desenvolvimiento. Esto es lo que perseguía, no perder la
espontaneidad debería constituirse en la máxima de un artista que se precie. Era
un modo de vida y, por tanto, había que protegerlo.
La luz de la tarde impregnó muchos de los cuadros que durante
horas incontables acabé de finalizar allí, en el estudio de la segunda planta.
No me habría importado tampoco alquilar el ático de arriba, pues las pinturas se
amontonaban, lienzo sobre lienzo, contra las paredes repletas de mi modesto y
diminuto apartamento. Además, me frenó el hecho a considerar de obligarme a
pagar un alquiler más, lo que me llevaría ineludiblemente a la rueda trepidante
de la que me empeñaba en huir. Por eso, aquella mañana me sobresaltaron los
ruidos provenientes del apartamento superior, hasta entonces desocupado. La
tranquilidad que disfruté en solitario hasta aquel momento pareció anunciar su
irremediable final con aquel taconeo repetido de unos zapatos que caminaban
arriba, de un lado para otro, ahora arrastrando algún objeto pesado o bien
golpeando el suelo del piso con un caer estrepitoso y descuidado.
La señora de la pensión me explicó sin entrar en demasiado
detalle, al escuchar mi esperada pregunta, que había alquilado la buhardilla a
una mujer recién llegada, no se acordaba de dónde si es que se lo había dicho. Y
rápidamente, como si temiera un bombardeo de preguntas en exceso curiosas,
desapareció por una de las puertas del enorme pasillo que cruzaba de lado a lado
la planta baja, destinada en su totalidad a la vivienda de los propietarios del
negocio.
Cuando subí a mi habitación pude observar a través del hueco
en el rellano de la escalera que su puerta estaba abierta. Una claridad inmensa
irradiaba desde adentro, quizás el balcón también estuviera de par en par
ventilando la habitación hasta ahora deshabitada. Me descubrí curioso, casi que
impertinente, intentando inconscientemente crear excusas para averiguar quién y
con qué se ocupaba la morada que descansaba encima mío. Esa tarde me costó
trabajo concentrarme para proseguir con la marcha de mis pinturas iniciadas.
Escuché un fuerte portazo de arriba, tal vez causado por una corriente de aire
desprevenida y me pareció una disculpa aceptable para salir afuera a entablar
una posible conversación. Nadie en el rellano y la puerta, de nuevo, volvía a
permanecer abierta... Decidido a inventar cualquier pretexto subí escaleras al
ático hasta llegar ante la puerta. Nadie adentro, sin embargo se podían
contemplar los muebles y adornos y busqué los detalles capaces de hablarme sobre
la naturaleza de la persona que allí vivía. Escuché ruido de agua en la otra
habitación, posiblemente se encontraba en el baño. En efecto, me asustó cuando
de súbito hizo acto de aparición, únicamente cubierta con una camiseta corta y
una braguita blanca y fina, tanto que ocultaba solamente lo preciso. Se
apercibió de mi presencia cuando se disponía a ordenar el equipaje de sus
maletas extendidas sobre el sofá y, sin terminar de volverse hacia mí, me indicó
en voz alta que la puerta estaba abierta, invitándome a traspasar el umbral.
Pude comprobar que sostenía un cigarrillo entre los labios.
-Solo quería presentarme, escuché ruidos y... Soy el vecino
de abajo.
-No molesta, no se preocupe. Adelante!-, su tono no denotaba
la amabilidad que se dice por cumplir, pero preferí pecar de prudente y posponer
la visita.
-Cuando acabe de instalarse, tranquila, gracias... Ah! Y
bienvenida!
A la tarde siguiente coincidimos en el rellano, ella
regresaba de fuera, elegante, bien arreglada y, rápidamente, se aprestó en
acabar la presentación de la otra tarde. Me ofreció subir al ático y me puse
cómodo en el sofá mientras ella entraba al baño. Observé el ambiente acogedor de
la sala frente al amplio ventanal que daba a los campos y jardines que preceden
al bosque de San Lorenzo.
Escuché que me hablaba desde el baño, se quejaba del día tan
intenso que había soportado. También, ensalzó la belleza de los bosques de San
Lorenzo y las bondades de los pequeños pueblos que, en su natural humildad,
esconden el secreto de la serena tranquilidad y del saber vivir, algo de lo que
se han olvidado en las ciudades. Salió envuelta en una toalla y con el cabello
mojado recogido en otra, a modo de turbante. Una mascarilla de intenso verde
pistacho le cubría los párpados y seguía explicándose, mientras se frotaba los
brazos con una crema incolora que desprendía un aroma fresco y penetrante. Se
interesó por mí, de dónde era, a qué me dedicaba y se sorprendió con admiración
al enterarse que era pintor, sí, de lienzo y pincel fino, sí, sí, un artista.
Entonces me habló de su trabajo, de su penosa labor de modelo publicitario y, a
decir verdad, no me habría extrañado reconocer su rostro de entre algunas de las
revistas de moda.
Su estancia en San Lorenzo se debía a un reportaje filmado en
el entorno del bosque y de sus afamados jardines, que constituían el marco
apropiado para aquel cortometraje de una nueva colonia, una innovadora fragancia
para el mercado cosmético. El día anterior fue pesado y repetitivo, hubo que
volver a filmar las mismas tomas hasta encontrar el efecto de luz apropiado o,
mejor, la lente capaz de reflejarla con fidelidad. El fotógrafo acabó por poner
nerviosas a las modelos con sus exigencias y hoy igualmente, las tomas se
sucedieron compulsivamente, sin apenas descanso. Mañana sería otra dura jornada,
pero disponía de todo el fin de semana para recuperarse y descansar. Se había
propuesto no caer en la vorágine del ambiente que rodeaba al trabajo y por eso
escogió aquella población cercana a los bosques y aquella modesta pensión,
alejada de las compañeras y de los equipos de filmación, sí, merecía la pena.
Con ánimo de corresponder a su sincera claridad, le manifesté
mi interés por su atractiva profesión, viajando, conociendo lugares nuevos a
menudo de alto postín y disfrutando de personajes y ambientes selectos. Había
vuelto a salir del baño luciendo un ajustado corpiño de flores que dejaba al
descubierto el redondeado ombligo de su vientre moreno y liso, por encima de su
braguita blanca y tan estrecha. Se estaba peinando su rubia melena cuando de
pronto paró el movimiento del cepillo e, inmóvil en el centro de la habitación
con los brazos caídos al suelo, parecía prestar atención a quién sabe qué
mandato divino. Se le ocurrió de repente aquella idea, la de posar para mí, casi
con fijación obsesiva, la de que tenía que pintarla, sí, se propuso llevarse de
aquel lugar su retrato.
Acepté la idea instintivamente, no pensé en compromiso alguno
pues es mi costumbre cotidiana andar entre colores y paletas y, por eso, sé
apreciar el valor de un modelo espontáneo que se preste. Al marchar, quedamos en
concretar el proyecto en ese fin de semana y, cuando quise cerrar la puerta,
ella se interpuso y me susurró al oído que una puerta entreabierta es la mejor
de las cerraduras y que siempre la encontraría así... Bajé los escalones, pero
solo escuchaba la zozobra de mis latidos agolpados dentro del pecho. Sin
embargo, esa noche dormí plácido y descansado como hacía tiempo que no lo
recordaba.
A la noche siguiente sentí sus pasos subir hacia el ático muy
de madrugada, sin duda, debió de tener otra dura jornada de trabajo o quizás de
fiesta. Ya por la tarde me asomé a su puerta... El ruido de la ducha cesó y su
cabeza enmarañada apareció tras la puerta del baño.
-Pasa, pónte cómodo... Pero antes trae tus bártulos, artista,
empezamos ahora...
Sin rechistar, obediente, subí aquel juego de pinceles nuevo
que guardaba para no sé qué sesión especial, también los lienzos de bastidor y
el caballete de campo que para aquella ocasión me serviría ni que pintado. La
luz que entraba por el ventanal de la sala creaba la atmósfera idónea y, rápido,
dispuse todos los elementos y material necesario para convertir la habitación en
un improvisado estudio. Ella atendía mis indicaciones, envuelta en su media
toalla y con su inseparable braguita, tan diminuta y estrecha. Le expliqué el
modo de tenderse en el suelo, la posición de las piernas entrecruzadas, de las
manos posadas y expresivas, el ángulo del rostro y la leve torsión del cuello
con la cabeza inclinada para que el escorzo lograra reflejar toda la delicadeza
sensual de aquel bello cuerpo, sugerente. Una belleza que me impresionó y a la
que, con el aliento contenido, procuré sobreponerme para que los primeros trazos
delimitasen el marco de lo que sería el próximo escenario. También me preocupé
de realizar descansos, no deseaba resultar igual de molesto que los fotógrafos
con los que había trabajado. Ella lo agradeció, se sentía cómoda, sonreía y, de
un golpe, se desembarazó de la toalla y su braguita...
-Así mejor...-, musitó al tiempo que su mirada esbozaba una
sonrisa picarona.
-Podemos continuar mañana, no es necesario agotarse ni acabar
hoy... -, intenté disculpar.
Pero ella se puso en pie y vino hacia mí... "No, pónte cómodo
tú también!". Tiró de las mangas de mi jersey y me lo quitó. Luego sentí sus
pechos pegados a la piel de mi torso, sus pezones me acariciaban con suavidad de
terciopelo y con su boca besaba mi hombro y me mordisqueaba el cuello. Posé los
pinceles, sin poder evitar que alguno cayera. Sabía lo que iba a suceder casi
como si lo hubiera imaginado, como si lo hubiera pintado. Los dos cuerpos
desnudos rodaron sobre el suelo alfombrado, abrazados en una sola caricia,
fundidos en un gemir de pequeñas pasiones encendidas que aumentaban en
intensidad, ansiosas ya por desbordarse o ya por encumbrarse a otra cima más
alta de placer. Así, hicimos el amor entregándonos por entero, hasta que el
sueño nos acogió bajo su reinado nocturno. Desperté a medianoche, al lado de su
cuerpo caliente y desnudo, juntos bajo el edredón, sin querer despertar nunca de
aquel sueño.
En los días sucesivos compaginamos sesiones de fotos con las
poses frente al lienzo. Nunca conocí una sensualidad así de salvaje y única y,
también, sabía que al igual que llegó sin esperarlo volvería a marchar, quizás
sin retorno. El final llegó triste, sí, pero lo celebramos con otra sesión doble
de amor sin freno. Luego, por fin el adiós, una despedida con sonrisa...
Ahora miro hacia su puerta desde el rellano, esperando
encontrarla entreabierta. Tal vez regrese algún día aunque tan solo sea para
recoger su pintura, el retrato que le dediqué. Tal vez algún día añore el tiempo
detenido de los pueblos pequeños donde la vida recupera la respiración al compás
del bosque y regrese para recobrar la tranquilidad del aroma que merece la pena.
*** FIN ***
Luis Tamargo.-
luistamargo@hotmail.com
-"Es una Colección original e inédita
de Cuentos y Relatos".