*COLECCIÓN de RELATOS
"DESDE EL JARDÍN":

"Pero sabía que más allá del muro
oscuro los esperaba un paraíso".
John Updike.
NO TAN INOCENTE
Había transcurrido casi un año y medio ya desde que llegó
allí, dispuesta a encontrar la solución a sus problemas presumiblemente en pocas
semanas. Tampoco se ganaba lo suficiente para continuar camino, aunque la
cuestión estaba en que no surgía delante camino alguno que emprender.
Casa Guillermina era un motel de carretera, remodelado de
acuerdo a los nuevos tiempos. La Señora, como llamaban a la patrona, regentaba
aquella modesta casa de citas con un reducido grupo de muchachas jóvenes que si
antes no desaparecían las iba despidiendo, obligadas a contratos parciales, para
así actualizar las posibilidades del negocio.
A ella le había renovado ya una vez, pero se temía que el
momento de partir llegaría en breve. En cualquier caso, se trataba de una
incómoda incertidumbre.
Además, aquella localidad carecía de atractivos alicientes y
tampoco ayudaba a la calidad de los visitantes, obligando con demasiada
reiteración a tragar con todo tipo de clientes, muchos de ellos intratables de
otro modo.
El lunes era el día que a ella le tocaba acercarse a la
ciudad para hacer la compra de las necesidades de primera mano. Siempre le
gustaba asomarse a la estación de trenes y mirar el final de los raíles en el
horizonte, le hacía soñar con un destino, desconocido, pero diferente. Aquella
tarde apenas dos personas formaban la cola para sacar los billetes.
El muchacho que tenía el bolso de mano bajo el brazo esperaba
paciente, detrás de la viejecita del pañuelo rojo y, por un instante, abandonó
la fila para hacer intención de asomarse al andén. Fue suficiente para que
aquella banda de desarrapados críos de barrio aprovechara el descuido y con
habilidad se llevaran al vuelo el bolso de mano que había dejado en la repisa de
la ventanilla. Ella lo había visto todo, conocía a aquellos ladronzuelos y sabía
que después irían a los aseos a desvalijar el botín, se quedarían con el dinero
o piezas de valor y el bolso lo tirarían al contenedor. Por eso, se dirigió con
decisión a los servicios de la estación y sacó del aseo, agarrado por el
cabello, al harapiento muchacho...
-Si no me lo das ahora mismo aviso al policía...-, le
amenazó.
Después se acercó al muchacho que se lamentaba en el andén de
su desgracia y le devolvió su bolso desaparecido. El chico, atónito del paso tan
fugaz de la desgracia a la alegría, se deshizo en cortesías, enormemente
agradecido, le quería dejar su teléfono, su tarjeta con la dirección, le
preguntaba interesado lo que necesitaba o qué deseaba... Ella no pudo evitar,
ante su insistencia, que se sentaran en la cantina del andén a conversar. Le
habló de su viaje de negocios a la ciudad, de la importancia de la documentación
rescatada ya que ahí estaban todos los permisos conseguidos para abrir su local
de trabajo, incluso, guardaba en el bolso de mano el préstamo inicial con que
comenzar mañana mismo a trabajar. No podía estar más agradecido aquel hombre y
no dudó, pensando en la ayuda que necesitaría más adelante, en ofrecer a la
chica un trabajo en su negocio de la confitería.
Ella rehúso todo y se excusó con que no soportaba que
aquellos pillastres andaran sueltos por la calle sin otra ocupación que
complicar la existencia a los viandantes. Se despidió sin más, pero con el
teléfono que tanto se obcecó aquel hombre en entregarle. Regresaba a Casa
Guillermina con el alma turbada, no lograba sentirse tranquila, quizás nunca
antes lo estuvo, pero algo le impedía volver a su anterior actitud al percance
con los muchachos.
El encuentro con aquel hombre había dejado una puerta
entreabierta a la esperanza, tal vez significaba una salida, un camino para su
futuro incierto al otro lado de las vías... Durante algunos días reflexionó
sobre ello, pensativa e indecisa; se lo notaron las compañeras, incluso la
Señora le preguntó al respecto de su preocupante introversión, pues su actitud
distante desatendía a los clientes.
Ella intentó disimular unos días más, era el pacto que se
había propuesto. Ya había hablado por teléfono con el chico del andén, aunque
hubo de preparar bien la urdimbre de su inventada historia para no ser
descubierta. Por eso, ella le habló del familiar que también vivía en la
localidad del hombre que le pretendía ayudar, se incorporaría al puesto
inmediatamente, se le daba bien la cocina y tampoco encontraría inconveniente en
el alojamiento con la casa de su tía tan cercana. Así que, tomada la decisión,
no fue hasta el lunes siguiente cuando su marcha a la ciudad no despertaría
sospechas, cuando cogió el tren que le llevaría lejos de la penuria hacia un
horizonte quizás mejor, aunque por descubrir.
Al principio, como en todos los comienzos, el sacrificio fue
duro. El nuevo trabajo era su tabla de salvación y se aferró con el tesón de
quien ha conocido tiempos peores. La nueva vida se abría lenta, pero con la
certeza del paso a paso.
Sus manos eran indispensables en la marcha del negocio que ya
comenzaba a dar sus frutos, al cabo de varios meses. Mientras, el hombre le
agradeció infinitas veces al cielo de haber interpuesto a aquella mujer en su
camino, le recuperó el crédito, los permisos y, por si fuera poco, trabajaba sin
descanso dejando el alma en ello y defendiéndolo como si fuera suyo. Se fue
desarrollando una relación estrecha entre ellos, la coordinación y entendimiento
en el trabajo era inmejorable, no existían esperas ni negativas a cualquier
sobreesfuerzo y, poco a poco, fue madurando aquel otro sentimiento más profundo.
Una mañana, el repartidor se le quedó observando como si le
conociera de algo. Ella reconoció a un antiguo cliente de Casa Guillermina, pero
tragó saliva y echó adelante. Tal vez algún día le contaría su oscuro pasado,
pero por ahora no lo tenía entre sus intenciones, antes era preciso consolidar
lo ganado si aquella relación seguía su buen comienzo. Era un buen hombre y se
felicitaba de que la suerte, aunque fuera a costa de duro trabajo, le mostrara
por una vez en su vida el lado más amable. A él le parecía un regalo del cielo
aquella mujer hacendosa y ya hacía tiempo que pensaba en ella como algo más
serio dentro del marco que conformaba su vida, por eso se lo propuso una tarde,
nada más cerrar el local.
Ella se mostró preocupada, pero él le animaba tratando de
transmitirla confianza... Si ella quería, si de verdad así lo deseaba podía
contar con su trabajo, no le faltaría y él tampoco... Tampoco fallaría, la
quería, también podía contar con él, nada tenía que temer. Ella le acarició la
frente intentando calmarle, sí, continuaría adelante con él, le estaba muy
agradecida...
Se besaron con pasión, con las manos entrelazadas como dos
adolescentes. La pasión se fue encendiendo como un ascua al rojo vivo y, allí,
sobre la mesa de la cocina se amaron, echando a rodar los utensilios que antes
quedaron ordenados.
Nada importa más que dar rienda suelta en ese instante a su
imparable instinto.
Entre suspiros entrecortados y chorreados de sudor
desbordaron sus pasiones incontenibles. Para él no había duda alguna, era la
mujer predestinada de su vida; para ella, era su oportunidad, no otra más sino
la nueva y única...
*** FIN ***
Luis Tamargo.-
luistamargo@hotmail.com
-"Es una Colección original e inédita
de Cuentos y Relatos".—