UNA HISTORIA DE PIRATAS
Parte I. EL ENCUENTRO
Este camino difiere de los de tierra en tres cosas: el
de la tierra es firme, éste flexible. El de la tierra es quedo, éste
móvil. El de la tierra señalado, el de la mar, ignoto
Martín Cortés. Breve compendio de la esfera
Muy buen tiempo era lo que hacia presagiar el intenso azul
que presentaba el cielo esa mañana en mar abierto. Ni nubes, ni brumas, solo un
viento fuerte y constante proveniente del Este.
Faltarían unas tres horas para el mediodía cuando
descubrieron el extraño objeto desconocido, el joven Ferth fue el primero en
avistarlo.
–¡Barco a la vista! –Gritó desde la cofa del palo mayor.–
¡por la banda de babor!
Momentos después el capitán del barco subía a cubierta,
Zinovy el piloto había hecho ir a buscarlo.
El capitán Alexander de Dumferlir era un hombre con poco
menos de treinta años de edad, de buena estatura y complexión fuerte y robusta;
además de elegante y gallardo como todo digno caballero, alguna vez, al servicio
de la corona. Su barco, el Briareos, era un veloz bergantín de casco afilado con
dos palos y velas cuadradas y una cangreja mayor de popa. Tenía 46 metros de
eslora, ósea desde el codaste hasta la roda. Poseía un botalón con mascarón de
proa, popa redonda, un franco bordo bastante bajo en plena carga, la propia proa
muy afilada y una superficie de velas enorme. Alcanzaban sin dificultad
velocidades de hasta 15 a 17 nudos.
Junto al capitán que escudriñaba el mar con su catalejo se
hallaba el doctor Froad, el joven Ferth y Zinovy.
–Podría tratarse de un escollo.
–No Capitán, lo he visto moverse.
–Tienes razón muchacho, parece que esta a la deriva.
–Así es señor, y si no me equivoco es el casco de un barco
que ha de haber volcado.
Lo que nadie podía explicar era el color blanco brillante de
aquel raro objeto flotante.
Ferth preguntó si habían náufragos atrapados. A lo que Froad,
que inspeccionaba con otro anteojo, respondió que era probable.
El capitán reafirmó ante sus hombres que mientras el
estuviese al mando nunca le negaría ayuda y socorro a gentes necesitadas. En fin
que ser caritativo y piadoso no tenia por que ser incompatible con el oficio de
pirata.
No obstante, siendo el hacer una buena acción motivación
suficiente para la tripulación, no podemos dudarlo, el detonador de la tarea fue
ver ascender de la parte alta de aquella cosa, semejante a un casquete, una
columna de humo gris.
El Briareos viró 90 grados proa al sur rumbo al objeto
desconocido.
A medida que se acercaban aumentaba el misterio. Aquello era
semejante a un gran domo blanco a flote sobre las ondas que lo empujaban con
suavidad.
Como la precaución nunca esta de más, cargaron el cañón de
proa al mando de un hábil artillero, fueron preparados también los seis cañones
por banda de El Briareos. Así también algunos hombres, de su dotación de
treinta, armados con mosquetes fueron a colocarse en posición de tiro en las
cofas, crucetas y en el castillo de proa.
Nadie daba crédito a lo que veían. Una vez llegaron
distinguieron con claridad que se hallaban frente a algo que nunca antes habían
presenciado.
El objeto era en efecto una especie de domo de unos 15 metros
de radio, hecho de un material desconocido, liso y sin juntas. Parecía no tener
escotillas o compuertas practicables, solo contaba en la parte superior con un
agujero de buen diámetro por el cual ascendía una delgada y continua línea de
humo.
El capitán decidió botar el esquife al agua para aproximarse,
luego de un rato de meditarlo. Podía no ser prudente pero la curiosidad se
impuso a la cautela y en cuanto al miedo, la tripulación del Briareos solía
hacer caso omiso de él. Froad era el único que hubiese preferido largarse lo más
pronto posible, no obstante según sus costumbres, evitaba contradecir al capitán
estando frente a la tripulación.
Se acercaron a bordo del esquife: el capitán Alexander,
Froad, Zinovy en el timón y cuatro marineros con remos. Iban provistos de armas,
cuerdas y garfios de abordaje.
–No es metal ni madera –concluyó el capitán, después de
golpear las paredes con su carabina y pasar la mano sobre la superficie.
–Esto no es cosa buena capitán, puede ser peligroso.
–¿Miedo Froad? No esperaba eso de ti.
–Cautela, es más bien.
Dieron una vuelta alrededor del objeto antes de decidirse a
abordarlo. El capitán lanzó un garfio con gran precisión enganchándolo en el
borde del agujero.
–¡Froad acompáñame! ¡Los demás estén alerta! –tronó la voz
del capitán.
Los dos hombres escalaron sin dificultad la estructura,
estando ya acostumbrados a tales ejercicios y gracias también a que la
superficie no era resbaladiza podían apoyar con facilidad sus botas, mientras
sostenían la cuerda entre las manos.
La abertura circular tenía un diámetro de seis metros. Una
vez la alcanzaron pudieron ver que en el centro emergía un tubo delgado como una
especie de chimenea de la cual surgía el humo. Adosada al tubo encontraron una
escalerilla la cual descendía al interior del domo el cual pudieron comprobar
era hueco por dentro.
Descendieron despacio con las armas listas.
–¿Dime Alex? ¿Por que siempre tengo que secundar tus
ocurrencias?
Habían llegado ya al suelo de la estructura, la luz se
filtraba por el agujero del techo, pero abajo algunas zonas al alrededor se
hallaban en penumbras.
–Froad tu eres el científico, deberías mostrar mayor
curiosidad. Podría haber un tesoro aguardándonos.
–O tal vez una trampa mortal.
–Solo uno de ustedes se equivoca y solo uno de ustedes tiene
razón caballeros. –interrumpió una voz desde la oscuridad.
–¿Quién esta ahí? –preguntó el capitán.
Ambos apuntaron las armas al sitio de donde provenía el
sonido.
–No tienen nada que temer. Venimos en son de paz.
De las sombras surgió una persona de baja estatura. Usaba una
túnica gruesa color café, llevaba capa y cubría su cabeza con una especie de
kafiyyeh.
–Mi nombre es Ormuz –prosiguió, la barba y bigotes blancos
testimoniaban una larga existencia.
–Yo soy el capitán Alexander y él es el doctor Froad.
Decidnos ¿De donde sois?
Levanto un brazo apuntado con dedo índice hacia el cielo.
–Lejos. Muy lejos.
–¿Y viajáis en esta cosa?
–Esto no es un vehículo, es un templo dedicado a la diosa
Shakti.
–Extraño lugar para erigirlo –comentó Froad.
–Extranjero, dijisteis que veníais en son paz. ¿Hay alguien
más contigo aquí?
–Si. Era a lo que me refería cuando usted dijo que aquí
podría hallarse un gran tesoro. En efecto tiene razón. Aquí hay una joya de
valor incalculable e ilimitado. Dejadme presentárosla.
Una joven avanzó hacia la luz.
–Capitán Alexander, doctor Froad, dejadme presentaros a Su
Alteza Real la princesa Maenad de Sidhe.
La doncella llevaba un vestido de un blanco purísimo
indescriptible, de corte fino, riquísimo y elegante. Pendía del collar que
rodeaba el delicado cuello un diamante azul de una hermosura y luminosidad
inimaginables. La piel blanca como la nieve contrastaba con el largo cabello
negro, como el día junto a la noche. Era bella, sumamente, aunque sin duda, era
el misterio que emanaba de su persona lo que cautivaba de inmediato a quien la
veía. Sus ojos negros poseían el brillo de las estrellas del cielo y parecían
ocultar bajo su mirada los secretos infinitos e inalcanzables del universo.
Aquella dama causó una viva impresión en el ánimo de los dos
marinos, quienes expresaron sus respetos con galantería y nobleza, tal como lo
harían los mejores caballeros reales de Dumferlir.
La princesa correspondió con una leve y cortés inclinación de
su preciosa cabecita junto con una sonrisa maravillosa.
Ormuz la excusó de no poder contestarles en el idioma de
ellos, ya que aparte de no dominarlo, la noble princesa carecía, terrible
tragedia, de la dulce facultad de la voz.
–No cabe duda de que ustedes son muy interesantes, pero ¿Cómo
explica todo esto? –inquirió Froad.
Un gigante de dos metros y medio hasta entonces oculto se
colocó junto a Ormuz.
–Su nombre es Scyld y como yo ha jurado proteger y servir a
la princesa Maenad. La serie de acontecimientos que nos han conducido hasta este
lugar son de larga y difícil explicación. Les ruego nos brinden su ayuda, a su
tiempo procuraré satisfacer vuestra curiosidad.
Ormuz explicó que se encontraban atrapados y con la señal de
humo esperaban con desesperación atraer a alguien capaz de socorrerlos.
–¿Caballeros ustedes no le darían la espalda a unos náufragos
en apuros verdad?
–Jamás lo haría. Sin embargo han de saber que no estarían
seguros con nosotros. El peligro siempre nos persigue.
–Sabemos bien que es eso capitán.
–Puede ser, pero mis reglas me impiden llevar a una mujer a
bordo de mi nave.
–Pero… No tenemos provisiones, no tenemos suministros…
–Es lamentable, pero en mi barco mantengo la disciplina
sometiendo yo antes que nadie a mis reglas.
La princesa se aproximó a ellos. Apoyó una rodilla en el piso
con gesto marcial y buscó con sus níveas y delicadas manos la diestra del
capitán, que hacia rato sostenía la carabina solo con la mano izquierda.
–Esto no es necesario señora –dijo al tiempo que le ayudaba a
incorporarse–. No tenéis por que humillaros ante mí. Yo soy un vil pirata que no
merece besar la suela de vuestros zapatos, mas aunque sea indigno no desconozco
que es la caballerosidad, la nobleza y la cortesía.
Los tres náufragos fueron transportados a bordo del Briareos.
Antes de hacerlo Alexander solicitó que la princesa fuese cubierta con un velo,
una vez en el barco fue conducida al camarote del capitán quien se retiraría al
que ocupaba el doctor Froad.
PARTE II. LA BATALLA
En el mar todo anuncia la tempestad
William Shakespeare. La tempestad
Al otro día del encuentro el Bergantín proa al oeste e
impulsado por el viento surcaba el océano con celeridad.
El Sol se hallaba en el cenit. Sobre el puente Ormuz
contemplaba el horizonte con Alexander y Froad a cada lado.
–Apuesto a que hay muchas cosas interesantes que podría
contarnos.
Ormuz permaneció en silencio.
–Respetaremos su voluntad Froad. No son nuestros prisioneros,
pueden considerarse libres de hablar o callar lo que sea que quieran.
–Gracias capitán.
–No obstante ha de saber que no tocaremos tierra sino hasta
dentro de dos meses, en un lugar secreto en la tierra del Sol.
–No importa el destino adonde nos llevéis, no os
incomodaremos en lo mínimo.
Estaban a fines del octavo mes del año, el viento soplaba con
fuerza y en poco tiempo dejarían atrás el Cabo La Reina, que quedaba hacia el
norte, y estarían lejos y a salvo de barcos enemigos.
Sin embargo, antes de eso, el destino reservaba a los
tripulantes del briareos un fiero y mortal combate de nefasto resultados.
–Hay una pregunta que quisiera hacer si no es mucha
indiscreción.
–Puede formularla doctor.
–Usted es de apariencia extranjera, aun así habla muy bien
nuestro idioma, la lengua de Dumferlir.
Hizo una pausa. El doctor iba a proseguir cuando fue detenido
por los gritos de alarma de Ferth.
–¡Barco a la vista! ¡A sotavento!
Por segunda vez, esa semana, volvía a escucharse la misma
noticia.
Un barco apareció frente a ellos al Oeste.
–Es un navío de guerra, viene orzando en dirección a
nosotros.
–Intentará esquivarlo ¿Verdad? –preguntó Ormuz.
Alexander escudriñó el horizonte con el catalejo. Era un
buque de tres palos: trinquete, mayor y mesana. Avanzaba en zigzag a 45 grados
de la corriente del viento dando bordadas de vez en cuando. De mayores
dimensiones que el Briareos unos 60 metros de eslora y 16 de manga. Con dos
niveles de cañones a cada lado, lo que le permitía tener 14 cañones por banda.
–tienen mayor tonelaje que nosotros y más poder de fuego,
Alex.
–Nuestra ventaja doctor es la velocidad.
–Lo sé.
–¡Que los hombres carguen los cañones señor Edvard! ¡Usted
Rufus lleve dos espingardas a proa y haga levantar una barricada!
Todo el barco bullía de actividad mientras los hombres se
apercibían para el inminente combate.
Cuando distaban poco menos de un kilómetro del buque un
poderoso estampido desgarró el aire. Dos proyectiles pasaron rozando al Briareos
por la banda de babor, hundiéndose en el agua que salpicó la cubierta. Si
hubiese habido duda alguna de las intenciones del buque de guerra ahora ya no
existía ninguna.
–Han disparado con la artillería de proa. ¡Fuego a discreción
señor Rufus!
Ormuz bajó a cubierta de inmediato en dirección a popa,
atravesó las cocinas y el comedor de oficiales, hasta llegar a la puerta del
camarote del capitán, ante la cual Scyld montaba guardia permanente.
–¡Escucha Scyld! Los piratas van a entrar en combate con un
buque de guerra. Entra y protege a la princesa con tu vida.
El gigante desenvaino un par de facas de varias que llevaba
enfundadas, ocultas bajo la ropa, terciadas en dos cintas sobre el pecho y
alrededor de su cinturón.
–¡Aguarda! Hemos usado demasiado el cristal de Uris; pero en
caso de que llegare a recargarse lo suficiente para el desplazamiento obliga a
la princesa a marcharse.
El gigante lo observó con curiosidad.
–No Scyld no sé cuanto pueda tardar el Uris en cargarse de
nuevo. Eso depende del Mana que pueda extraer de este mundo. Pueden faltar
horas, días o semanas, no estoy seguro. ¡Vamos amigo! ¡Ve! Yo volveré a
cubierta.
Ya los barcos se abatían con furia atacándose de frente;
ambos esperaban estar más cerca para colocarse de flanco.
A cuatrocientos metros Alexander ordenó dar una bordada a
estribor. El Briareos se estremeció cuando su media docena de cañones vomitaron
fuego y metal envolviéndolo en nubes de humo negro y blanco. El huracán de
hierro arrasó al barco enemigo haciendo destrozos sobre cubierta. La tripulación
del buque reaccionó al instante girando a babor mientras las descargas de su
artillería respondían al fuego contrario.
Una lluvia de proyectiles alcanzó de lleno al Briareos,
destrozando la arboladura, rasgando el velamen y mutilando hombres.
Zinovy como un rayo dio una nueva bordada a babor, tan
bruscamente que un piloto menos habilidoso habría partido los mástiles. Los
siguientes seis cañones dispararon sin perdida de tiempo, perforando el casco
del buque en múltiples sitios, a su vez las espingardas de proa tronaban
derribando a los marineros de las jarcias, atacando las cofas, las amuras y el
castillo de proa.
–¡Escucha Zinovy! –Ordenó el capitán, quien estaba junto al
timonel–. Vamos a pasar tras de ellos, de una trasluchada giraremos totalmente
en dirección a su popa, nos aproximaremos por detrás, luego los sobrepasaremos
por la banda de babor.
Confiaba vencer así al buque que por su superior artillería
tenía ventajas en la lucha abierta. Después de la maniobra el Briareos se
aproximó disparando sobre la popa del buque que si bien era la zona menos
ofensiva contaba con una solidez extrema.
Entonces pudieron conocer el nombre de la nave adversaria:
"El Leviathan".
–¡Preparados para el abordaje! –gritó Alexander a toda voz
dirigiéndose a sus hombres.
Los piratas estaban listos, armados con mosquetes, pistolas,
sables y garfios de abordaje preparados.
Cuando ambos barcos estuvieron lado a lado continuaron
cañoneándose a quemarropa y los tiradores de uno y otro bando disparaban a
discreción. Los garfios fueron lanzados y las dos naves quedaron enganchadas.
Los piratas lanzados al abordaje fueron recibidos con una granizada de balas y
sobre el puente del Leviathan se entabló un fuerte y reñido combate con sables y
pistolas. Alexander cubría a sus hombres disparando su carabina desde el
castillo de popa. El estruendo de los mosquetes y cañones no cesaba. Hasta Ormuz
ayudaba lanzando granadas de mano sobre la cubierta del barco rival.
Horadados en incontables sitios los cascos de las dos naves
iban dando paso al agua. En medio del humo, las detonaciones, gritos, el olor a
pólvora y sangre, una voz del pasado regresaba a los oídos del capitán
Alexander.
–… Culpable de un crimen abominable… Condenado a la horca…
Varios años atrás.
La humillación pública rumbo al calabozo. Los gritos e
insultos de la muchedumbre mientras le lanzaban una lluvia de basura e
inmundicia.
La voz del pasado era clara y viva.
–Te van a desollar vivo Alex.– decía el hombre, joven, muy
alto y delgado, mientras sostenía la hoja brillante de una daga teñida de
escarlata.
Un rubí carmesí se desprendió de la punta de la daga cayendo
a la alfombra que cubría el piso.
La sangre de ella.
Yacía bella y pálida sobre el lecho. Hubiese creído que
dormía y no que estaba muerta, no obstante sus ropas y sábanas empapadas en
sangre delataban el atroz hecho. Alex, por completo desnudo, se encontraba
apresado con fuerza por tres fornidos sujetos.
La trampa fue simple.
Varios soldados derribaron la puerta. Quedaron perplejos al
observar la horrorosa escena. Sus ojos volaron aterrados de la joven en la cama
hacia el hombre sujetado por los guardias.
–¡Senescal! –Habló el hombre de la daga–. No pudimos
impedirlo cuando llegamos ese cerdo…
Soltaron a Alex lanzándolo frente a los soldados que
empezaron apalearlo con furia.
–¡Cuidado con matarlo! –Gritó el Senescal–. No tendrá el
privilegio de una muerte rápida.
La trampa había sido simple.
Él y la dama estaban enamorados. Esa noche iba a ser la
primera vez que hablarían a solas. Ella era la hija única de un viejo y poderoso
almirante. Él acababa de ser investido como capitán de corbeta. Ella estaba
prometida a otro. Después de escalar el muro, saltó al balcón en la terraza de
las habitaciones de ella. La criada le había dicho que lo recibiría ahí para
conducirlo donde su ama. No veía a nadie por ningún lado. Caminó y tropezó con
algo, era el cuerpo de la sirvienta. Un golpe en la parte posterior de la cabeza
lo dejó sin sentido. Cuando despertó se hallaba sin sus ropas, sujetado por
manos de acero frente a él, quien sostenía una daga ensangrentada.
Apuntó de nuevo con su carabina a un hombre trepado en las
jarcias. Disparó y no falló.
Los piratas estaban en apuros, la gente del buque aunque eran
menos diestros para el combate eran mayor en cantidad. Se hecho la carabina al
hombro, saltó de la proa y asió una cuerda dispuesto a abordar el Leviathan.
Blanco, negro y gris eran los únicos colores de las imágenes
que regresaban a su mente. La torre del presidio de Havenport, los barcos en las
dársenas vistos tras los barrotes de una ventana, la plaza del puerto preparada
para la ejecución pública. Una horca amenazante montada sobre una tarima de
madera, la soga agitada por el viento. Y esa última noche, el escape imposible
dirigido por su amigo Froad. Oculto bajo los hábitos del disfraz de fraile logró
fugarse evitando la muerte. Antes del amanecer huían en el Briareos, el
bergantín pirata, rumbo a un destino desconocido. Jamás podrían regresar a su
patria.
Una explosión que agitó todo el barco lo lanzó al suelo. El
buque de guerra voló en pedazos estallando a partir de la popa y lanzando
escombros que barrieron por completo la cubierta del Briareos: metralla,
maderos, acero, palos e infinidad de objetos llovieron en todas direcciones
arrasando y destruyendo todo lo que hallaban a su paso.
Habiendo explotado desde popa hacia proa el Leviathan se
hundió en segundos agitando la superficie espumosa del mar.
Alexander tardó un poco en incorporarse. Sobre el agua
flotaban restos y escombros, no se veía a nadie con vida. En la maltrecha
cubierta del Briareos era igual. Alex la recorrió inspeccionándola, yacían
cadáveres, miembros mutilados a su alrededor, la superficie se hallaba teñida de
rojo, encontró a Ormuz tendido sobre el piso, un hilo de sangre surgía del
agujero de bala en su frente.
En medio del escenario de masacre y desolación llegó a
preguntarse a sí mismo si acaso fuese el único superviviente.
¡Froad! Ahí estaba, recostado contra unos barriles, cubierto
de sangre.
Alex corrió hacia él.
–¡Dios! ¡Capitán! ¡Alex!...
–¡Froad! ¡Estas vivo! ¿Dime estas herido? –preguntó
palpándole el pecho.
–No toda esta sangre es mía. Yo solo conseguí una daga
clavada en el muslo. La extraje y aplique un torniquete. Ya estoy bien, pero los
demás ¡Maldición! Todos están muertos.
–La santabárbara del Leviathan, de seguro hizo explosión.
Ambos cruzaron una profunda y fija mirada.
–¡Diablos Alex! ¿Qué esperas? ¡Ve a buscar a la chica! ¡Anda!
Ella tiene que estar bien ¡Tiene que estar con vida!
Sin esperar a que le repitieran la orden el capitán bajó a
cubierta. El ambiente era peor que arriba, múltiples vías de agua se abrían en
el casco, los cañones se hallaban destrozados, el agua le llegaba un poco debajo
de las rodillas, a medio flote surgían los cadáveres acribillados y desfigurados
de los artilleros. Llegó hasta su camarote, la puerta había sido arrancada,
apartó un cadáver, era de un marinero acuchillado, esto no dejó de intrigarlo.
Buscó dentro del camarote en el cual todo era un completo desastre. Entonces la
vio. Estaba en el suelo cerca de los despojos que quedaban de Scyld. Le
conmovió, el vestido blanco ensangrentado, los ojos abiertos por completo,
pálida sin color. Estaba viva. Se hallaba atrapada bajo una pila de escombros de
anaqueles y cofres. Trató sin resultado de liberarla, fue entonces hacia fuera
en busca de alguna palanca o herramienta. En la puerta lo sorprendió un hombre
con sable en mano desenfundado. Al verlo sintió por un instante que su corazón
dejaba de latir. Nunca, ni en mil años, habría estado preparado para encararlo
de nuevo, esa figura larguirucha con el uniforme azul de capitán empapado de
agua.
–Darius.
–Alex. –Hizo una pausa–. Al parecer tenemos asuntos
pendientes.
–Te prometo, lo juro, que hemos de satisfacerlos a su debido
tiempo–. Su vista se dirigió al brillante y afilado sable. Dándole la espalda
regresó junto a la princesa.
–Ahora suplico tu ayuda –pidió, estando todavía de espaldas.
La cubierta con el palo mayor y el del trinquete derribados y
los jirones de velas por el suelo daba una impresión lúgubre y desoladora.
La princesa, sana y salva, estaba junto a Froad. El bergantín
o lo que quedaba de él escoraba peligrosamente hacia estribor.
Alex y Darius se observaban uno al otro.
–¡Desenvaina! –Ordenó Darius sable en mano.
–¡Escucha! El Briareos se va a pique, prometí que tendrías tu
satisfacción, sin embargo en este justo momento no tiene sentido que todos
tengamos que morir.
PARTE III. ELLOS Y ELLA
Revenge is a dish best served cold
Old klingon proverb
.
Con 21 pies de longitud por seis de anchura, apenas
sobresaliendo 15 pulgadas de la superficie del agua, era difícil encontrar peor
embarcación que el esquife. Para empeorar las cosas el cielo nublado amenazaba
con una terrible tormenta. Alex al timón y Darius manejando las velas que habían
aparejado de improviso se afanaban por mantener el rumbo.
–¡No hay que temer! –Dijo Froad a la princesa Maenad, sentada
junto al doctor–. Ni una sola persona en todo Dumferlir podría negar que ese par
sean los mejores marinos que alguna vez han navegado sobre el océano.
Aunque Cabo La Reina hacia el norte no se hallaba lejos el
viento soplaba en contra alejándolos de tierra.
–¡Esforcémonos por capear Alex! El vendaval nos viene encima.
Durante esa noche lucharon con denuedo. Hombres menos
competentes habrían zozobrado. En la madrugada unas ráfagas de viento los
empujaron al norte. Ya la tormenta había pasado.
–Faltan un par de horas para el amanecer –comentó Froad.
–Y bien Alex, esta historia llega a su fin.
–¡Por los cielos Darius! No ha sido suficiente. Ambos
perdimos nuestros barcos, nuestra tripulación. ¿No estamos emparejados?
–¡Emparejados! ¡Entrégame a tu mujer! –Bramó apuntando a la
princesa–. La haré mía y después morirá. Entonces estaremos emparejados y yo me
olvidare de ti.
–¡Víbora! Lo que quieras arreglar lo harás conmigo. ¡Siempre
fuiste un despiadado insensible!
–¿Yo? Piensa como me sentí cuando alguien a quien llamaba
amigo me ultrajo con mi prometida.
–¡Tu la mataste! Y te juro que yo nunca la toqué, no quería
engañarte.
–¿Y que ibas a hacer esa noche?
–A aclararle que algo entre nosotros dos era imposible.
Quería convencerla de que se olvidase de mí.
–¡Mentiras! ¡Mientes!
El odio destilaba de ambos y saturaba el aire. Alex trató de
serenarse.
–Al llegar a tierra. Un duelo. Solo tú y yo. Con los sables
de abordaje.
–Hecho.
–Si tú ganas –señaló a sus compañeros–. Si tú ganas, les
perdonaras la vida.
–Tienes mi palabra. Obtendré el perdón para Froad y él
conservará a la chica.
Pero las ráfagas cesaron y una fuerte corriente marina
comenzó a arrastrarlos al suroeste.
–El clima se hace impredecible en estas latitudes –sentenció
Alex.
–Como los hombres –Contestó Darius.
Pasó otro día y otra noche y otra tormenta que los lanzó aun
más al sur.
–Al menos no vamos a morir de sed, por el momento –expresó
Darius en un tono burlón.
–Lo que no puedo concebir –dijo Alex irritándose–. Es como…
por todos los malditos demonios del maldito infierno pudiste encontrar mi barco
en particular en este tan ancho y maldito mar.
–¿Por qué no podría hacerlo? Hubo noticias de tus fechorías
cometidas en el mar de los dragones. Las noticias vuelan. Por tu avance solo un
imbécil no se habría dado cuenta que ibas a las tierras del Sol.
–¡Brillante!
–Por necesidad tendrías que doblar Cabo La Reina, presentí
que tomarías la misma ruta especial que nosotros dos conocemos.
–Mejor lo hubiese previsto.
–Quizás querías enfrentarme inconcientemente.
–Quizás.
–Sabes Alex, yo también quisiera saber algo.
–¿Qué?
–Diablos ¿Qué condenado papel se supone que tiene ella en
todo esto? ¿Cómo encaja aquí? ¿Si es que acaso existe alguna excusa? Lo único
que hace es observarnos. ¿Qué no sabe hablar?
–No puede hacerlo –respondió Froad.
Paso otro día y otra noche pero esta vez no hubo tormenta.
–La halle a la deriva.
–¿Qué?
–La halle a la deriva, a ella, la mañana del día anterior a
nuestra batalla. Prácticamente no sé nada sobre ella y aún no entiendo cual es
su situación, o que significa ella en todo esto. Eso es todo.
–Ya veo. Sabes bien que es de mala suerte llevar mujeres a
bordo.
Otro día. Era de noche, no tenían agua ni comida. El viento
soplaba obstinado siempre al sur y siempre al oeste.
–Tal vez nuestros cadáveres lleguen a la tierra del Sol.
Era medianoche cuando una luz brilló en la oscuridad. Era
inmaculada y blanca, brillante, de un fulgor sobrenatural, al inicio los tres
hombres creyeron ser victimas de alguna alucinación. Pero era real. Tan real
como los negros y profundos ojos de la princesa. El resplandor venía de una
preciosa piedra de cristal azul que sostenía en sus manos y que colgaba de una
cadenita de oro del cuello de ella.
–Puedo devolveros el favor, ahora, el Uris se ha recargado de
Mana.
No lo dijo, porque ni sus labios ni su boca se movieron ni
articularon sonido alguno. No obstante los tres comprendieron en sus mentes.
Ella poseía el poder de comunicarse por medio de la telepatía. El cristal podía
llevarlos lejos de ahí. Era un artefacto que potenciaba las facultades de la
mente, incluidas las más remotas y desconocidas. Proporcionaba la capacidad de
abrir portales en le espacio y tiempo, con el poder de transportarlos de un
planeta a otro atravesando en un instante el vasto océano negro de la galaxia.
La princesa tenía que regresar cuanto antes a su mundo, a Sidhe. Ellos vieron el
planeta, Océanos que parecían plata fundida, montañas formadas por cristales de
infinitos colores iluminados mágicamente por dos soles azules, exóticos bosques
de follaje dorado, habitados por animales de dimensiones colosales en forma de
reptiles. Les mostró una sociedad con menor desarrollo tecnológico que la de
ellos pero con un domino avanzado del poder de la magia. Los hechiceros oscuros
la traicionaron mientras estaba en Aengus, el planeta de las sombras, Ormuz y
Scyld la protegieron y en un escape desesperado se transportaron por accidente
al mundo en el cual ahora se encontraba. Calcularon mal al crear el portal, pero
el Uris no erró, los llevó a un mundo del que fluía Mana y vida. Por desgracia
el cristal gastó toda la energía en transportarlos, sin los cristales como el
Uris y sin el Mana cualquier magia era imposible. La princesa tenía que partir a
Sidhe para advertir a su pueblo de la invasión de los hechiceros oscuros. Urgía
llevar al Uris al Udah, templo principal de Shakti en la capital de su mundo,
así canalizaría el Mana que permitiría a los guerreros defenderlo. Podía
llevarlos con ella. Unos caballeros tan valientes y hábiles podían ayudarla a
combatir para defender su reino. Tendrían una recompensa abundante. El Capitán
podría dejar la piratería y recibiría el mando de un crucero con el cual
navegaría sobre el mar y sobre los cielos. Llevaría a Alexander y a Froad con
ella y podía enviar a Darius a su tierra en Dumferlir…
Un gritó de rabia rompió el encanto de las hipnóticas
visiones.
La hoja de un sable brilló a la luz del Uris.
El golpe fue tan sorpresivo que ninguno alcanzó a reaccionar
a tiempo. El sable se deslizó raudamente hendiendo el aire, los ojos de la
princesa refulgieron con los reflejos de la luz para después volverse lívidos y
vidriosos. El cristal se apagó y cayó de sus manos al piso. Un par de lágrimas
corrieron por sus tiernas mejillas y exhaló un último suspiro mientras dirigía
una incomprensiva mirada al hombre que sostenía el sable, envasado hasta la
mitad en el pecho de ella.
Alex maldijo y de inmediato, en menos de un segundo, de un
tajo cercenó el brazo de Darius.
Éste se lanzó hacia atrás aullando de dolor. Alex avanzó
dispuesto para acabarlo.
–¡Questio quad juris! –Gritó sosteniendo el muñón sangrante y
sin dar tiempo a Alexander de atacarlo se arrojó por la borda de espaldas al mar
perdiéndose en la oscura profundidad de la noche.

Estuvieron al garete todo lo que restaba de la noche en el
más absoluto silencio. Era preferible seguir en la oscuridad pero necesariamente
tenía que amanecer. Con las primeras luces divisaron un islote que no aparecía
en los mapas, quizás la tierra misma se compadecía de la princesa. No les fue
difícil alcanzarlo y bajar a tierra.
La tumba que erigieron fue sencilla. Los dos hombres sentados
sobre la arena observaban el horizonte con la mirada perdida en algún punto
distante.
–ni pese a ejercer como médico, ni a bordo de un barco
pirata, he llegado a aceptarlo.
–Hablas de la muerte. A todos nos alcanza, algún día, pero no
me parece menos temible por eso.
–Claro.
– ¿Por qué a ella Froad?
Froad lo observó en silencio. Antes cuando la hubieron
colocado con suavidad en la tumba le preguntó sobre que hacer con el cristal.
–Creí entender que poseía algún tipo de poder.
– ¿Crees poder usarlo?
–No. Y no lo haría aunque supiera como. –respondió el doctor.
Después colocó el cristal entre las manos de ella, enlazadas
a la altura del pecho. Y en la soledad del islote los dos marinos comenzaron a
cubrirla de tierra.
FIN