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TODORELATOS » RELATOS » 13 BESOS PEREGRINOS |
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[ Para ser puta y no ganar nada, más vale ser mujer honrada. ] |
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TODORELATOS.COM |
Fecha: 17 de Mayo, 2008.
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| Fecha: 30-Jun-07 |
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| Sólo besos. Sin sexo, sólo besos. Hay tanto... que sólo son besos.
Relato escrito a medias por Lucy y Caronte. |
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El libro
Te deslizas hacia
el salón con una sonrisa. Cierras la puerta tras de ti y te aseguras de estar
sola. Esbozas una sonrisa, lo estás. Avanzas hacia la mesa y te haces con el
libro que la preside solitario. Observas la portada y sigues sonriendo mientras
acaricias el nombre del autor, bordado en hilo dorado sobre las tapas carmesíes.
De pronto, se oyen unos ruidos tras la puerta y tus sentidos se ponen alerta,
temiendo ser descubierta en tu furtiva incursión. Pero no... los pasos continúan
su camino y no se aventuran en el salón.
Abres el libro y,
sentándote en la silla de espaldas a la puerta, comienzas a leer. Siempre te ha
gustado cómo escribía. Quizá abusaba de figuras demasiado poéticas, quizá se
enredaba con cosas que no venían al caso, quizá, incluso, le faltaba muchísimo
para ser un buen escritor... da igual... a ti, simplemente, te gustaba.
Lees. Las primeras
páginas te van metiendo en la historia. Trata de recrear un paisaje urbano,
triste y rutinario. No te resulta difícil meterte en él porque es el que tanto
has vivido. Por algo vives en la misma ciudad. Incluso, te pareces a la
protagonista.
Con lentitud, pero
sin dejar de leer, cierras mentalmente los ojos y te ves trasladada a la
historia...
"La ciudad se había
despertado gris y triste, sufriendo el frío de un invierno que no se decidía a
soltar sus calles mojadas. A la puerta de unos cines, ella aguantaba el frío
pensando en él. Él y tantas y tantas palabras escritas en la pantalla del
ordenador, al amparo de las noches de pasión vía Internet. Ahora, por fin, iba a
tenerlo delante sin que entre ellos mediaran bytes e iconos.
Lo vio acercarse.
Igualito que en las fotos, con ese aspecto travieso. Sus ojos se cruzaron en la
distancia y la multitud se hizo demasiado pequeña para separarlos. Avanzaron al
encuentro cada uno por su lado, y se encontraron justo a la mitad del camino.
Él la agarró de la
cintura mientras clavaba su mirada en sus ojos. Ella, copiándole la sonrisa, lo
tomó de las mejillas. Las bocas se acercaron..."
Escuchas la puerta
abrirse y rápidamente dejas de nuevo el libro en su sitio. El corazón te late
asustado. No te levantas. Esperas a que vaya hacia ti y ponga la boca tan cerca
de tu oreja que puedas oír hasta las palabras que me callo.
- ¿Te ha gustado?-
pregunto.
- Mucho... ¿Cómo
puedes escribir así?- murmuras, levantándote y volviéndote lentamente.
- Porque te tengo a
ti...- Las caras ya se han enfrentado y poco a poco comienzan a acercarse. Los
labios claman por un equivalente piel a piel de lo que no han llegado a leer.
Se acercan, se
rozan, se juegan, se separan y se vuelven a juntar siguiendo el baile de tantas
generaciones aprendido. La piel se electriza y atrae a los labios compañeros.
Cae la primera de las barreras y, mientras tu mano me mesa el cabello y la mía
se aprende tu cuerpo, las lenguas entran en contacto, se enredan, se gimen una a
otra, y, por encima de todo... Se besan. Sí, se besan. Como dos personajes de
novela.
El cumpleaños
El cumpleaños se me hace aburrido. No
conozco a nadie, excepto a mi mejor amiga, que me ha llevado allí. Ella es
compañera de facultad del cumpleañero. Tú eres su mejor amigo. Te veo reírte a
su lado y pienso que, quizá, el cumpleaños no sea tan tedioso. Es el primer
cumpleaños-fiesta de este tipo al que acudo y no había previsto divertirme. El
festejado ha preparado pruebas de todo tipo, como una especie de ginkana en la
que empareja a la gente a su antojo. Me ve mirarte y sonríe para sí con un
puntito de maldad traviesa. A la siguiente prueba nos pone juntos. Te venda los
ojos sentándote en una silla, me ata las manos y me pone un boli en la boca.
- Tienes que escribirle en la frente
la siguiente palabra- dice, a todo pulmón. Le gente ríe, tú tuerces los labios
en un mohín de disgusto simpático. Él se acerca a mi oído y susurra, bien
bajito:- La palabra es “Patata”.
Se aleja riendo, y yo me inclino
sobre tu frente para cumplir con la prueba. El boli no va bien, arrastra tu
frente, deja pequeños rastros pálidos en ella alternando mínimos trazos de tinta
azul. No importa, no puedes leerla para adivinar la prueba. Estoy nerviosa, mi
respiración en tu nariz te incomoda, ni siquiera sabes cómo me llamo. La gente
no para de reírse a nuestra costa, aunque parezca que eso a ti no te importe.
Por mi parte, yo continúo escribiendo, aunque sólo haga que mancharte y rascarte
la frente. “A”, “T”, “A”. Acabo la palabra y dejo caer el boli, que rebota en tu
muslo antes de estrellarse en el suelo.
- Pafua… papua… ¿Fatua?- murmuras tú,
y la carcajada se hace general.
Tu amigo te quita la venda y me ves
delante de ti, mi cara te confirma lo que te había dicho la carcajada de los
asistentes. No has acertado.
- ¡Oh, qué pena!- ríe, sarcástico, tu
amigo.- Como no lo has acertado, ahora ella te tendrá que limpiar la frente.- Lo
miras con una cara de desconfianza.
- ¿Cómo?- le preguntas, temiendo la
respuesta.
- Con la lengua.
La gente vuelve a estallar en
carcajadas, yo enrojezco y tú sacudes la cabeza y pones los ojos en blanco. Lo
conoces muy bien y te esperabas una de esas. A mí me ha pillado completamente
por sorpresa. Pero no lo has adivinado y me toca pagar. Muerta de vergüenza,
saco la lengua y empiezo a lamerte la frente, intentando borrar los rastros de
tinta que queden.
El sudor y la tinta me saben agrio en
la boca, y tú ríes nervioso. Al final, un poco por quitarte la saliva, y un poco
por limpiar el último puntito rebelde, acabo la limpieza con un tierno beso en
la frente.
- ¡Ya está!- palmotea tu amigo, y me
desata las manos. La fiesta sigue y, un rato después, nos encontramos al lado de
las bebidas.
- Oye, lo del beso en la frente…-
dices, y mi cara vuelve a enrojecer vergonzosa.
- ¿Sí?- trato de evitar mirarte a los
ojos.
- Que me has hecho preferir que me
hubieras escrito en los labios.
Te miro intrigada. Me devuelves
mirada y sonrisa. Me acerco a ti, te inclinas sobre mí y, mientras empieza la
música, nos besamos.
El sueño
Es de noche. Noche
cerrada para más señas. Te tumbas en la cama, y al poco caes dormida. Cuando
abres los ojos, has volado. Has volado lejos del mundo, fuera del tiempo, a otra
realidad. Estás en un pequeño estanque, herida su tranquilidad por la catarata
que se precipita sobre él. El paraje atardece perdido en la inmensidad de una
espesa selva donde los únicos animales que parecen haber son los alegres
pajarillos que trinan en los árboles.
Sonriente, te
sientas en una roca y observas el agua cristalina del estanque. Todo está en paz
hasta que un sonido te alerta. No sabes si es algún animal salvaje, algo que
separaría el sueño de la pesadilla, y te pones en pie dispuesta a salir
corriendo. Pero no. Un joven atraviesa la espesura de los árboles y se planta a
la orilla del estanque:
- Hola.- le
saludas.
- Hola.- te sonríe
él, alzando la mano.
Se acerca a ti con
parsimonia, evitando resbalarse con las ramitas y piedras húmedas del suelo.
- Esto... ¿Qué
haces tú aquí?- preguntas, extrañada.
- Pues... creo que
estoy soñando...- ríe el muchacho.- Aunque normalmente mis sueños no son tan
bonitos.
El joven te mira
directamente a los ojos y la escena te turba. Avergonzada, apartas la mirada
sonriendo con dulzura. ¿Lo estás soñando? ¿Cómo puedes soñar a un chico así si
ni siquiera conoces a nadie que se le parezca?
- ¿Y tú? ¿Qué haces
aquí?
- Pues creo que yo
también estoy soñando igual que tú.- Te giras de nuevo hacia él y te das cuenta
que se te ha acercado mucho más, lo tienes a escasos centímetros, subido a la
misma roca que tú.
- Vaya... ¡Qué
panda de soñadores!- dice él, jocoso, y tú ríes con su risa. Te embargan las
sensaciones, ¿y qué si es un sueño? ¿Y qué si no lo es? Parece que ahora sólo
existís vosotros dos.
Os acercáis ya sin
vergüenza, en la roca sobre el estanque. Vuestras bocas van reduciendo, en
silencio, la poca distancia que las separa.
De repente, cuando
estáis a punto de besaros, una libélula pasa velozmente y zumbando entre
vuestras frentes. Él da un respingo sorprendido y salta hacia atrás, resbalando
en la piedra húmeda y cayendo al agua con un gran "Chof". Te ríes a carcajada
limpia cuando él emerge de la superficie del estanque, confundido y mojado,
sobretodo mojado.
- ¡Ah! ¡Muy
bonito!- pese a todo, la sonrisa no abandona sus labios.- ¿Te queda mucho tiempo
de reírte o me vas a ayudar a salir?
- Vale, vale... ya
te ayudo...
Te arrodillas al
borde de la roca y extiendes tu mano. Él la agarra... y te empuja al agua con
él.
- ¡Oye!- te quejas,
cuando sacas la cabeza del agua, igual de mojada que él.
- Se siente...-
dice él, con sonrisa de niño travieso.
Los dos reís pero,
poco a poco, las sonrisas van desapareciendo en la tensión que une vuestras
miradas. Sobre el agua, os acercáis hasta poder abrazaros.
- ¿Cuánto tiempo
tenemos?- preguntas.
- Hasta que nos
dejen los relojes.- contesta él que, lentamente, se va inclinando sobre ti,
acercando sus labios hacia los tuyos que los esperan impaciente.
El segundo antes
del beso es el más largo de la Historia. No dura un segundo. Dura siglos,
eternidades, horas en la que los relojes cambian sus números, hacen rodar sus
saetas y vuestros corazones disfrutan el acto paralizado de total entrega.
Abrís las bocas y
juntáis las lenguas. Casi te parece sentir el sabor del agua dulce entrando por
tus labios, y su piel ardiendo bajo tus brazos abrazados a su cuerpo, copiando
la postura de los suyos. Os besáis con pasión, queriendo creer que vuestras
vidas, con suerte, serán el sueño de ese sueño y mañana, cuando volváis a
dormir, os encontraréis de nuevo en el mismo estanque...
Te despierta un
irritante pitido. Te incorporas en la cama, sudando, sonriendo, mojada. Te tocas
los labios con la yema de los dedos y los sientes calentísimos. En tu lengua aún
tienes el sabor del agua dulce. “Hasta esta noche”, piensas, con una mueca
triste, mientras detienes el despertador.
La historia de
siempre
La historia de
siempre. Chica y chico, ella y él, frente a frente en una cafetería. Primera
cita. Se buscan con la mirada y, al mismo tiempo, se rehúyen. Pasan unos minutos
en ese juego que los dos son demasiados tímidos para romper.
No se sabe muy bien
cómo pero, finalmente, sus ojos se encuentran. Se hace silencio. Pasa un ángel.
Se acercan el uno al otro. Él la sostiene por la barbilla, mirándola con una
ternura especial. Le late el corazón a mil por hora. Acumulando valor de no se
sabe dónde, se atreve a adelantar su cabeza y darle un tierno piquito en los
labios. Se separan al instante, los colores brotan en sus mejillas.
Pero sin tiempo de
pensar nada más, las miradas regresan a posarse en los ojos de quien tienen
enfrente y, rápidamente, vuelven a juntar sus labios en otro. Y otro piquito
más. Las bocas se entreabren, buscando el aire y buscándose también la una a la
otra; las lenguas, sabias, juegan a pillar siendo niñas en cuerpo adulto; las
manos de ella danzan entre el pelo de él.
Ella se desengancha
con un suspiro compartido del beso experimental, y con sus labios atrapa
juguetona el labio inferior del joven, lo lame con la lengua, lo mordisquea
suavemente con travesura, abre los ojos lentamente y le da un último mordisquito
algo más fuerte. Los corazones se han acelerado, se vuelven a separar las bocas
y sus portadores se miran sonrojados de nuevo.
Una sonrisa. Es lo
único que necesitan. Sus caras rehacen el camino y vuelven a besarse tres,
cuatro, cinco piquitos más hasta fundirse en un beso eterno. Beso eterno al que
los dos se enganchan con glotonería. Beso eterno que no se ve interrumpido hasta
que les sorprende la sombra del barman proyectada sobre ellos.
Ríen. Pagan y ríen.
Pagan, ríen, y se van. Pagan, ríen, besan y se van, cogidos de la mano, haciendo
suyo cada portal con besos.
Cyberbeso
Noche. Las
estrellas brillarían si esas nubes desobedientes no tapiasen el cielo. Da igual.
Tú no miras al firmamento esta noche, hay cosas mejores que mirar. Estás sentada
ante tu ordenador, chateando con un chico que has conocido en el reino del caos
que es internet. Te gustan sus palabras, te halaga lo que te escribe y te hace
portar una sonrisa durante toda la charla.
De pronto, él te
dice de iniciar una conversación por voz.
- No tengo
micrófono.- Escribes.
- Da igual… así me
escuchas.- Aparece como respuesta en tu pantalla.
Tiembla tu mano, es
una frontera más que pasar, un paso más allá, y no sabes si darlo. Clicas en
“Aceptar” y suspiras aliviada.
- Hola.
Su voz, en tímido
saludo, te llega nítidamente. Empieza a hablarte mientras tus dedos trastabillan
por el teclado tratando de responderle como mejor puedes.
- No hace falta que
respondas. Sólo escucha.- susurra, con una voz suave y grave que los auriculares
llevan hasta tus oídos.
Empieza a contarte
algo, no sabes bien qué. Tú (como él) sabes que eso no es lo más importante. Lo
importante es su voz, cada variación de sus palabras, sus jotas aspiradas, casi
inexistentes, sus eses desaparecidas, sus enes extremadamente nasales, su
yeísmo, incluso los defectos son virtudes en la suavidad de esa voz suave.
Poco a poco, has
ido cerrando los ojos, llevada por esas palabras que entran dentro, muy dentro,
rompiendo barreras que no sabías que estaban allí y haciéndote flotar, volar por
un cielo por el que te lleva un ángel de voz suave.
Es todo como en un
sueño. Por eso, cuando te susurra, muy bajito “Abre los ojos”, y obedeces
automáticamente, no te asusta, sólo te sorprende, ver una cara que emerge de la
pantalla de tu ordenador, como si estuviera presa en una cárcel de goma
elástica.
Allí desde el
monitor, pintada de los colores de la ventana del Messenger que tienes abierta,
una cara humana surge del amasijo de delicados materiales de tu ordenador.
Él te sigue
hablando, y cuando habla, los labios (finos, masculinos) de la cabeza de tu
pantalla se mueven. Sabes que es él. No te hace falta ver sus labios.
No dejas de
mirarla. Se hace silencio. Las voces, los sonidos, se han acabado por desterrar
a algún oscuro rincón de la habitación para no molestarte. Quizá el puntero del
ratón los ha movido a la papelera de reciclaje para liberar el escritorio a la
cara que lo llena.
Te acercas a la
cara y, acariciándola con suavidad, pegas tus labios a los suyos. El cristal del
que ha surgido y del que ha sido formado pronto toma calor. El calor de unos
labios que te besan, la humedad de una lengua que, vestida de la última letra
que has escrito, se interna en tu boca para rodar con tu propia lengua, la
pasión de un amante que se funde contigo en un beso que recordarás por siempre
jamás.
No sabes si es un
sueño, pero no te importa. Es un beso. Un beso con él. Un beso hecho de bits y
pasión. Un Beso. Su Beso.
La playa
La playa recibe la
marea de gente como recibe la marea de olas. Aguantándola como puede. Estamos
con distintos grupos de amigos sobre la arena. Tú juegas a las palas con tu
amigo, el futuro piloto, yo hago un castillo en la arena, distraída mientras
escucho los marujeos de una amiga.
Para la buena
puntería de la que presume tu amigo, te está tocando todo el rato ir a por la
pelotita, y esta vez ha venido justo a lo alto de mi castillo. Las almenas de
arena yacen en el suelo, sin haber podido aguantar el cañonazo de la pelotita.
Te agachas, te disculpas azorado, me río y te digo que no pasa nada. Sonríes y
vuelves al juego, a seguir ganando. Tu amigo se empieza a dar cuenta que no es
su día y finge hacerlo mal adrede. La pelotita regresa a mi vera, como si
hubiera aprendido el camino y queda junto a uno de mis muslos. Vienes corriendo
a por ella, pero yo ya estoy cogiéndola. Derrapas y caes sobre una de mis
piernas, encima del castillo rebozándote por completo. La risa es total a estas
alturas.
Te disculpas de
nuevo por los daños infligidos al castillo y te preocupas por la pierna de “la
princesa”. Noto el tono vacilón, de graciosete. Le tiro la pelota a tu amigo y
te digo que no hay ninguna herida grave que curar, de momento. Te vas de nuevo,
y yo me quedo embobada viendo tus espaldas mientras te alejas. Mi amiga me da un
codazo.
Nos levantamos y
nos ponemos a un lado, en medio de vosotros. Preguntamos vuestros nombres al
resto del grupo, que juegan desganadamente con una baraja española. Os empezamos
a animar. Esta vez eres tú quien le pega mal a la pelota, corro a recogerla y te
la devuelvo. Me guiñas un ojo. Me encanta ese guiño, estoy dispuesta a recogerla
cada vez que se te escape.
La vez siguiente se
mete en el mar. Me levanto y salgo corriendo, pasando entre vosotros para ir a
por ella. Esta vez yo soy la torpe, tropiezo en el agua, me caigo y vienes al
rescate de pelotita y princesa. Me tiendes la mano para ayudarme a levantar del
agua, pero te estiro del brazo para que caigas conmigo (o al menos a mi lado).
Un poco sin querer, y un mucho adrede, caes encima de mí. En el agua, me miras
divertido y sorprendido, más aún después de hacerte una aguadilla de la que
surges riéndote y agarrándome. Nos miramos, y sello tus labios con un beso
salado. El beso más largo de la Historia.
Día de lluvia
Son las seis de la tarde. Se podría
ver al sol ocultarse si no lo ocultaran las nubes que descargan una fina
llovizna incesante sobre la ciudad. Se mojan las aceras, bajo tu paraguas
caminas escondiéndote del frío en tu abrigo. Llegas a la parada del autobús (una
de esas sin marquesina, un simple cilindro de plástico que brota de la acera) y
ves en ella a un chico que se arrebuja en su chaqueta aguantando el chaparrón
sin nada para protegerse de la lluvia. Te acercas a él y lo cubres con tu
paraguas. Se gira y sonríes.
- Gracias.- te digo, sonriendo yo
también.
Nos quedamos mirando a los ojos en
silencio, como si pudiéramos hablar con las miradas y no hicieran falta
palabras. Abro la boca para decir algo pero justo en ese momento llega el
autobús que esperamos en el silencio (a nuestro alrededor mucha gente camina,
habla y los coches hacen rugir sus motores, pero nada existe fuera de nosotros).
La puerta del bus bufa y se abre.
- Tú primero.- digo, dejándote pasar.
- Gracias.- por única respuesta, te
guiño un ojo.
Paso detrás de ti y compro el
billete. El autobús va casi vacío, sólo una abuelita en su asiento verde y una
pareja de hombres de color que charlan animadamente en unos de los asientos
traseros. Te sientas a mitad del autobús, y me miras como al despiste. Te
devuelvo la mirada, luego la bajo al suelo, miro por la ventana, me confundo con
la niebla, tomo aire y avanzo.
Me siento a tu lado, tú me miras y
apartas la mirada avergonzada.
- Gracias por lo del paraguas.-
repito, para romper el tenso silencio.
- No ha sido nada.- respondes.
Sonreímos. El hielo está roto.
Comenzamos a charlar mientras el autobús sigue su recorrido por la ciudad. Me
entero de tu nombre, te enteras del mío. Intento hacer gracias pero la voz me
tiembla y casi nunca las acabo. Reímos los dos. De vez en cuando, nos quedamos
mirando a los ojos, completamente callados, y sin querer apartar la mirada.
El bus sigue avanzando. Miras la
calle a través del cristal, me miras a mí.
- Es mi parada.- dices triste. Te
levantas y pasas por delante de mí para ponerte delante de la puerta y pulsar el
botón de “solicitar parada”. El bus se detiene y abre sus puertas. Salto del
asiento mientras las atraviesas. Nada más bajar, te agarro del brazo y te giras
hacia mí.
Nuestros ojos se encuentran, las
gotas de agua chispean en el asfalto, nos acercamos lentamente… y nos besamos.
Nos besamos mientras el autobús cierra las puertas y sigue su camino. Nos
besamos mientras el mundo gira. La vida continúa y nosotros… nos besamos.
Bad to the bones
Noche nochecita. La casa está vacía,
a excepción de nosotros dos. Observamos la tele y, de vez en cuando, nos
intercambiamos miradas traviesas que no duran más que un suspiro. Llegado un
momento, te quedas mirándome fijamente y sonriendo. Te lanzas a hacerme
cosquillas sin previo aviso.
- ¡Ay! ¡Malo!- río, esquivando las
cosquillas.
- ¡Bad to the bones, baby!-
respondes también riendo.
- Y tanto ¡Malo!
- No es que yo sea malo, es que tú
eres demasiado buena.- me dices, parando las cosquillas.
- ¿Buena yo?
- Buena. Demasiado buena. Una
angelita sin ninguna maldad.
Me levanto mirándote con odio
fingido.
- Vente.
Me sigues por toda la casa, hasta que
llegamos a mi habitación, una vez allí, cierro la puerta y me lanzo a ti,
besándote con pasión, quitándote el cinturón que corona tus vaqueros sin ningún
miramiento. Una vez en mis manos, te empujo a la cama, a la que caes boca
arriba. Me pongo encima de ti, con las rodillas a ambos lados de tu cuerpo, con
un extremo de la correa te ato las manos y el otro extremo lo amarro al cabezal
de la cama.
- ¿Angelita decías?- te pregunto,
viéndote inmovilizado. Asientes con la cabeza y abro el cajón de la mesita.
Rebusco y extraigo unas tijeras de costura ante tu extrañeza. Me levanto y las
abro.- Espero que no te guste demasiado tu camiseta, porque como tienes las
manos atadas he de cortarla.
Abres la boca y me miras sorprendido
mientras voy cortándote la camiseta, siguiendo la fina línea de vellos que nace
en tu entrepierna y llega hasta tu pecho pasando por el ombligo.
- Maldita… Me encantaba esa camiseta.
- Lo sabía.- contesto sonriendo
mientras corto las mangas para quitártela del todo. Te hago dar la vuelta y me
siento en tu culo, ante tu espalda desnuda.
- ¿Te acuerdas cuando escribí algo
con un boli en tu frente y tenías que adivinarlo? Esto es parecido.- Me paso una
uña por la lengua y comienzo a escribir letras sobre tu espalda. El estrecho
rastro de saliva te arranca escalofríos.
- ¿A que ya no soy tan buena?-
Pregunto, mientras sigo escribiendo.
- Lo eres.- dices, girando la cabeza
hacia mí.
Acabo de escribir y te estiro
suavemente del pelo hacia atrás. Creo que entiendes que debes darte la vuelta.
Obedeces y quedas boca arriba, atrapado bajo mío, mientras te miro sonriendo.
- ¿Soy buena? ¿O soy mala?- pregunto,
mirándote directamente a los ojos.
- ¡Bad to the
bone, baby!
Me inclino sobre ti y te beso con
fruición, mordiéndote los labios, jugando con tu lengua, perdiendo mis manos en
tu reverso. Un beso de diablillos.
Circuito
Mediodía del domingo, el asfalto está
muy caliente, allí fuera las montañas desdibujan el horizonte. Ahí dentro, el
olor a gasolina es casi una especie de droga que frota en el ambiente. Estás en
el circuito Ricardo Tormo, y la carrera de 125 está a punto de empezar.
Las cámaras se aglutinan sobre los
primeros corredores de la parrilla, que son fusilados a cámaras y entrevistas.
Pero tu mirada abandona los primeros puestos y se sumerge en las últimas filas.
Observas a uno de los corredores que salen de las últimas posiciones. No tiene
flases que quieran capturar su rostro, ni micros que quieran grabar sus
palabras. Ni siquiera tiene azafata que lo proteja con el parasol del inclemente
Sanlorenzo que azota el mediodía del domingo. Con el casco en las manos, puedes
verle la cara. Es apuesto, sus facciones casi de niño le dan una belleza frágil
que te encandila. De pronto, te descubre mirándolo y sonríe. Apartas la vista
avergonzada y el rubor hace nido en tus mejillas. Un minuto después, un pequeño
chavalín se te acerca, aupándose sobre la valla de las gradas.
- Oye, chica… aquél motorista dices
que si quieres sostener su parasol hasta que empieza la carrera, que así puede
hablar con alguien.
La sonrisa te inunda la cara. Sin
dudar, aceptas y el niño le hace un gesto al piloto. Te lleva hasta la pista y
te da un parasol. Con las piernas temblando, te vas acercando al apuesto
motorista. Es guapo, delgado, el uniforme de la escudería y la moto le hacen
parecer un caballero moderno. Tu Amadís de Gaula, tu Tirant Lo Blanc. Sonríes
tontamente mientras llegas a su moto. Extiendes el parasol sobre él, los nervios
te hacen temblar.
- Muchas gracias…- te dice,
sonriendo.
- No, gracias a ti.- respondes.-
Jamás había estado aquí.- balbuceas, señalando el asfalto del circuito.
Él sonríe. Empezáis a hablar. Te dice
que piensa ganar la carrera.
- Lo tienes difícil… sales desde
atrás… pero te animaré cuando estés en lo alto del podio.- dices, sonriendo. De
pronto, te ha parecido posible que quede primero.
- Como gane la carrera, te subo al
podio conmigo.
Ríes alegre, sabes que lo tiene muy
difícil, sale de las últimas posiciones, pero la ilusión no te la puede quitar
nadie. Avisan de que la carrera va a empezar, tienes que retirarte de la pista.
- Espérame en boxes.- te dice,
poniéndose el casco, y corres a obedecerle.
Empieza la carrera. La primera recta
es asombrosa. Uno, dos, tres, y hasta cuatro motos son adelantadas por la de tu
corredor. Se te rebela el corazón. Repiquetea ilusionado en tu pecho.
Las vueltas se suceden, y los
adelantamientos también. Ves la carrera por la televisión de boxes, y maldices
la realización porque no enfocan a tu caballero. Se centran en los primeros
mientras el motorista del beso prometido adelanta uno tras otro a sus
adversarios y compañeros.
- Increíble.- grita un técnico con un
acento que no puedes identificar.- ese muchacho ya está entre los diez primeros.
Se te iluminan los ojos. ¿Y si gana?
Tras adelantar más de 10 puestos, los
adelantamientos se van haciendo más difíciles. Aún así, por fin, hasta a los
realizadores de TV se maravillan de cómo puede ese motorista de equipo modesto
competir con las motos más potentes del campeonato.
Pero las vueltas se van acabando y tu
motorista no consigue adelantar al sexto, que cubre muy bien las curvas, pese a
que va más lento. Por fin, en la penúltima vuelta consigue engañarlo y colarse
por dentro mientras tú palmeas excitada.
Adelanta a un corredor más antes de
que acabe la carrera. Queda quinto y no puede siquiera subir al podio. De todas
formas, la remontada ha sido sorprendente. Nadie contaba con él entre los quince
primeros siquiera.
Recibe la enhorabuena del campeón,
del segundo, del tercero, de todos los corredores que han visto su espectacular
carrera. Estrecha cortésmente las manos y vuelve cabizbajo al box. Allí estás
tú.
No te importa su cara de fracaso,
conforme lo ves llegar, sales corriendo hacia él. Has visto su carrera, su
remontada épica. Te ve ir hacia él y se le escapa una sonrisa que dura muy poco.
Mientras el campeón de la carrera lanza una lluvia de champagne a ninguna parte
y el aroma a gasolina os envuelve, os fundís en un beso que, en todas las
televisiones del mundo, no es más que el premio al mejor piloto de la carrera,
que no ha recibido más gloria ni laureles que tus labios.
Quizá, el mejor premio en la historia
del motociclismo.
El columpio
Salgo de casa, llena de
preocupaciones, pequeños quebraderos de cabeza. Me han mandado a por el pan. ¡Es
Jueves Santo, está todo cerrado! Hago una mueca de fastidio y cambio de
dirección.
Tengo que ir a otro barrio a por el
pan y al pasar junto a un parque me ha asaltado la nostalgia. Es donde yo jugaba
de pequeña, pero ha cambiado, ya no es lo mismo. Ya no te puedes rasguñar las
rodillas en esos suelos mullidos. Llámame tonta, pero era más divertido antes.
¡Cómo me gustaría recuperar aquellos días sin preocupaciones! Recordando viejos
tiempos, me siento en un columpio, vacío de niños, la mayoría han sucumbido al
encanto de “playstations” y “nintendos” en detrimento de los viejos parques que
lloran solitarios.
Empiezo a balancearme, primero
suavemente… Casi sin darme cuenta, veo que estoy recogiendo y estirando mis
piernas mientras pienso “¡Más alto!”. De pronto, abro mis ojos y ahí delante, en
el destartalado banco, escribiendo algo en una libreta, estás tú.
No te conozco, tienes una cara dulce,
profunda, pensativa. Sé que me has visto columpiarme… pero no me importa. Me
balanceo suavemente de nuevo mientras te miro. Momentos después, alzas la vista
de tu libreta, me miras, sonríes, y sigues apuntando cosas. Pasan los minutos en
ese juego de miradas, a la cuarta vez, nos reímos a la vez.
Me decido y abro la boca para decirte
algo. “piensa algo inteligente, rápido”, me digo. No se me ocurre nada.
- ¿Te ayudo?- pregunto
- ¿Te ayudo?- dices tú, al tiempo.
Nos reímos los dos otra vez.
- ¿Cómo me ibas a ayudar?
- No sé, ¿qué escribes? Tengo mucha
imaginación. ¿Y cómo pensabas ayudarme tú?
Sonríes, me miras sereno y me
respondes medio en serio:
- Para mí que tú lo que quieres es ir
más alto.- Me dices, con una sonrisa que no tardo en imitar.
Sin más, te levantas, caminas hacia
mí y te colocas a mis espaldas. Tengo miedo de moverme, de irme, de quedarme, no
te conozco pero no sé por qué, contigo siento que estoy segura.
Me empujas levemente y me balanceo
hacia adelante para, acto seguido, volver atrás.
- No te preocupes por nada, las cosas
mejorarán, olvídate de tus preocupaciones e irás más alto…- me susurras al oído
antes de empujarme nuevamente algo más fuerte.
Me empujas otra vez, me gusta el tono
de tu voz, sigues empujándome…
- ¡No voy más alto!- repongo, un rato
después, en pleno vuelo del columpio.
- No sé… ¿Puedo probar otra cosa?-
preguntas.
- Claro…- suspiro.
Dejas de empujarme y te colocas
delante de mí. Cuando el balanceo es mínimo, me levantas y me atraes hacia ti
con firmeza, casi te caigo encima… Mis labios quedan muy cerca de tu sonrisa… Me
besas con ternura y pasión.
- Muchas gracias.- te digo, cuando
nos despegamos.- ahora sí que he llegado alto.
Ángeles
Es un día como tantos otros en el
cielo. Aburrido. No tienes más que hacer que revolotear sobre las nubes, como el
resto de angelitos aburridos de un cielo en el que, cada vez, menos van
creyendo. Si es así de aburrido, normal, piensas. Así pasas la mañana, dándole
uso a tus preciosas alas blancas. Hasta que de prontos, escuchas algo.
- Tsch. Tsch. Tú, sí tú, guapetona.
Frenas en seco y miras a uno y otro
lado, buscando al autor de las palabras, pero estás sola.
- Tsch, tsch, aquí abajo.
Divertida, te lanzas en picado hacia
abajo, hasta que atraviesas la capa de nubes que os hace de suelo, y la voz
vuelve a sonar.
- Creí que no me encontrarías.- ríe,
jocosa, la voz. Vuelves la vista hacia las nubes y encuentras a otro ángel como
tú, con una sonrisa de oreja a oreja y tumbado en dichas nubes… ¡Por la parte de
abajo!
- ¿Qué haces ahí?- preguntas,
frunciendo el ceño en gesto fingido.
- Vente.- te respondo, extendiéndote
la mano. No sabes si cogerla, no te fías todavía de mí.- Venga, atrévete… soy un
angelito no te voy a hacer nada malo.- sonrío.
Mi sonrisa aniñada te convence. Me
das la mano y yo estiro de ti hasta que quedas pegada a mi cuerpo. Das un grito
sorprendido mientras nos dejo caer hacia la Tierra. Te abrazo para que no puedas
abrir las alas y volar… pero también para sentir tu piel de ángel pegada a la
mía. Caemos a una velocidad insana mientras me carcajeo divertido.
- ¡Estás loco!- me gritas, tú también
riendo. Sabes que no te voy a hacer daño, pero el suelo se acerca a nosotros y
yo no te suelto. A pocos metros de la superficie del mar donde estábamos a punto
de estrellarnos, abro las alas y empiezo un vuelo rápido sobre el agua, mientras
los peces se asoman a la superficie preguntándose quién causa tanto alboroto en
sus dominios y los pájaros nos miran confundidos
Vuelo llevándote en mis brazos. Alzo
el vuelo sobre pueblos y ciudades y montañas y mares, vamos tan rápido que nadie
se da cuenta que pasamos sobre sus casas. Me detengo en una especie de torre en
la parte antigua de una gran ciudad.
- ¿Para qué me has traído aquí?-
preguntas.
- Tsch. Calla y mira.
Desde lo alto de la vieja torre, por
encima de la catedral contigua, sobre una plaza donde una fuente de un dios
romano reposa su agua fría y muerta, podemos ver cómo anochece en la ciudad.
- ¡Qué bonito!- dices, mientras las
sombras cubren edificios antiguos y modernos sin distinción.
- Espera…- te respondo, señalándote a
la línea del mar.
Poco a poco, las luces de la ciudad
se van encendiendo, cada una de ellas ser refleja en tus ojos, y tu sonrisa se
hace, si cabe, más hermosa aún bajo ese brillo.
- Es precioso.- me dices, emocionada
por la belleza del lugar.
- No tanto como tú.
Yendo hacia ti, te abrazo por la
espalda, y tú te vas girando lentamente hasta que nuestras cabezas, frente a
frente, no distan más que unos milímetros que poco a poco vamos reduciendo a la
nada. Sentimos las respiraciones agitadas, el corazón latiendo a mil por hora,
la ciudad y nuestro propio rostro reflejados en las pupilas del ángel compañero
mientras la noche envuelve la ciudad y otro sentimiento muy distinto nos
envuelve a nosotros.
Se hace silencio y luz… Esa noche, la
policía de Valencia tomó por borracho a un japonés que acudió a la comisaría
porque dijo que había visto dos ángeles besándose en lo alto del Micalet.
Un beso hermosísimo.
Moto de simulación
Como cada día, el joven adolescente
llega a los recreativos con sus amigos. Ellos llevan sus bolsillo repletos de
monedas y, en la mente, la cantidad de zombies que van a matar en ese juego
nuevo de disparos. Él, en cambio, va directamente al juego de simulación que hay
en un rincón. Se monta encima de una moto, la que está pintada de rojo y que
brilla ante el aluvión de luces que le llegan de todas las máquinas, y comienza
a darle vueltas a una de las tres monedas que puede gastarse esa tarde.
- Eh, Chicho, ¿Juegas?- le indica a
un amigo que observa la masacre de no-muertos de sus colegas.
El tal Chicho acepta y se sube a la
moto. Mete el chaval su moneda en la máquina y comienza la carrera. Al final de
la primera vuelta ya se ha puesto primero, varias décimas por delante de sus
competidores mientras su colega se pelea por entrar entre los diez primeros.
Su conducción es perfecta, digna de
un profesional, parece de veras que va sobre la moto, cortando el viento, en un
circuito de Estados Unidos. La carrera acaba y como siempre, él gana. Como todos
los días. Cuando Chicho marcha de nuevo al juego de disparos, animando al
motorista virtual a que se sume, él rechaza la invitación y se queda sobre su
moto, soñando, mientras sus amigos se burlan de lo aburrido que es, siempre
sobre la moto, en recorrer quilómetros de asfalto despejado por delante de
pilotos compañeros y rivales.
Lo llevo mirando todos, todos los
días, y siempre es así, campeón insuperable en el juego de motos, soso y
aburrido para sus amigos.
A la enésima burla, que él soporta
estoicamente, me levanto de mi sitio y me acerco hacia él. Cada vez me separa
menos espacio, me da la sensación de que todo el local está oyendo los latidos
de mi corazón.
Llego al motorista y, sin mediar
palabra, le agarro de la cabeza y le doy un tierno piquito en los labios.
- Para mi campeón.- susurro,
completamente avergonzada aún, y sin más, me vuelvo por donde he venido.
Mientras sus amigos, boquiabiertos,
observan al motorista con sorpresa, los zombis se aprovechan y los machacan en
el juego y él, poniendo la yema de su dedo sobre sus labios, tan sorprendido
como ellos, rememora el caliente beso que se ha llevado.
Un beso de campeón.
No exactamente besos.
No son exactamente besos. No
completamente.
Acaricio tu cara con mis labios
entrecerrados. Empiezo por tu mejilla izquierda, me desvío hacia tu barbilla,
vuelvo a subir hacia tu mejilla derecha, recreándome en sentir tu piel caliente
en la superficie sensible de mis labios. Me escapo luego hasta el lóbulo de la
oreja pero, juguetona, vuelvo a tu cara, hacia tu nariz y, por debajo de ella,
hasta rozar tus labios.
Siento un sendero de fuego siguiendo
el camino que has abierto, cuando llegas a mis labios los intento besar pero
sólo beso al aire, tú ya te has retirado, a recostarte sobre mi pecho, mientras
te abrazo y me abandono a la dulce sensación de tu piel y la mía haciéndose una,
sin palabras, sin moverse, simplemente por simbiosis de los cuerpos pegados uno
al otro.
Yo sigo recostada en tu pecho, te
cojo la mano y la acerco a mi cara. Me acaricio yo misma con ella, tu piel es
muy suave, casi femenina, pero late al juntar su dorso con mi mejilla. Como si
fuera mía, como si ya no te perteneciera a ti, la extiendo a mi antojo y la
beso. Primero en el dorso, suave y moreno, luego en la palma, piel más pálida
que la anterior, pero que igual se estremece bajo mis labios. Por último, beso
cada dedo con dulzura, como intentando curar una pequeña herida que ya no está
allí.
Aprovecho para acariciarte la mejilla
con la otra mano, por detrás de tu cabeza. Me inclino y hundo la nariz en tu
pelo. Te beso la cabeza y aspiro tu perfume a flores de jazmín. Te agarro con
toda la suavidad que puedo de la barbilla, con sólo el dedo índice, y te hago
mirarme a los ojos. Te beso tiernamente en la frente y te devuelvo a tu posición
anterior, para que oigas cómo se me encabrita el corazón.
No son exactamente besos. No
completamente. Pero son nuestros.
Nuestros.
Relato escrito a medias con todo un
ángel. MI ángel.
Hecho por, con y para Ella, mi Lucy.
Un beso, mi ángel.
Esto es nuestro.
Nuestro.
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