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Cambié los micros por las pollas
TODORELATOS » RELATOS » EL PUEBLO DE LOS HOMBRES BELLOS (8)
[ Amigo reconciliado, enemigo doblado. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 11 de Octubre, 2008.
Fecha: 30-Jun-07 « Anterior | Siguiente » en Gays (5480 de 6534)

El pueblo de los hombres bellos (8)

luisfo
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Es hora de atreverme a hacer lo que me habían pedido sus amigas. Tenía que hacer que sus novios probaran nuevas experiencias. Una ducha, el novio de Tamara, su pinta de tierno osito velludo, su sorprendente polla y mi boca. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

—¿Y qué hiciste? —preguntó mi hermano girando su cuello para mirarme. Ambos continuábamos tumbados en la alfombra, boca arriba, el uno junto al otro y totalmente en pelotas, con nuestros penes durmiendo sobre nuestros peludos muslos.

—Pues… —continué con mi relato.

Dejamos el tema por esa noche porque los novios de las chicas se habían acabado el porro y habían entrado de nuevo en la casa. Nos subimos a dormir, ellos se metieron juntos en las pequeñas camas y yo, solo en la mía, tardé un poco en dormirme, pensando en aquella controvertida propuesta.

La mañana del sábado nos despertamos tarde, desayunamos y fuimos al pueblo a comprar el pan y comida para hacer una barbacoa, tras la cual decidimos ir a hacernos una pequeña ruta con la que quemar la grasa que habíamos engullido entre vasos de sangría. Andamos durante más de hora y media y al volver al albergue decidimos que nos daríamos una ducha antes de cenar. Olíamos a sudor y a campo. Así que subimos a las habitaciones y cogimos nuestras cosas: chanclas, toallas, una muda limpia, el gel y el champú.

En un momento se me acercó Tamara y me susurró al oído.

—Ya sabes lo que hablamos anoche. No nos falles —me guiñó un ojo.

—Yo no… —no me dejó terminar, pues se dio media vuelta y salió con las chicas hacia el baño. El suyo se encontraba en la planta de arriba y el nuestro abajo.

Con las mismas tomé mis cosas y me fui para afuera, dirigiéndome hacia las escaleras. Eloy, el novio de Tamara, me llamó para que le esperara. Lo hice junto al pasamanos, en el primer escalón. Llegó hasta mí y me sonrió.

—¡Vamos! —me indicó que bajará aquel chaval bajito, corpulento y algo fondón.

Marcos, el novio de Laura, se había quedado en la habitación hablando por el móvil y Andrés, el dominicano novio de Telma, estaba fuera de la casa, fumándose un cigarro antes de entrar a ducharse. Así que con las mismas me dispuse a entrar en aquel amplio baño alicatado hasta el techo en compañía de Eloy, que sonreía siempre con sus bondadosos mofletes y con su pelo largo muy por debajo de los hombros, anudado con una coleta casi deshecha.

Las duchas eran un enorme cuadrángulo con cuatro grifos en el techo: tres en la pared frontal y uno en la que hacía esquina. Estaban un poco juntos, pero dejaban el suficiente margen para no tocarse con el otro. Éstas estaban tapadas por una amplia mampara y sólo existía un hueco a modo de puerta en el lado derecho. Dejé las cosas fuera, sobre unos bancos que había, y Eloy hizo lo mismo, comentándome lo mucho que le había gustado el paseo y la amena charla con Andrés, el dominicano.

—Es un tío muy majo, chaval —me explicaba—. Y se nota que ha visto mucho mundo.

Mientras, yo asentía con la cabeza como un autómata debido a tres causas principales: 1. Estaba de acuerdo con Eloy en que Andrés era muy majo; 2. Empezaba a desnudarme y no podía dejar de pensar en la propuesta de las zorras de mis amigas acerca de intentar algo sexual con sus novios; 3. Eloy se había deshecho de su camiseta y se estaba desabrochando los vaqueros.

Podía ver su abultado abdomen cubierto de una fina capa de vello, muy en concordancia con la perillita que se gastaba el jardinero novio de mi amiga, lo que le convertía en un adorable osito no exento de atractivo varonil. Observé sus buenas piernas e intuí sus peludos muslos en aquellos gayumbos largos y sueltos de cuadros amplios a lo camisa de leñador.

Yo por mi parte me había sentado en el banco para quitarme las botas de montaña y los pantalones, dejando al aire mis fibrosas piernas, cubiertas de dorado vello.

—¡Jo, Luisfo! —chilló Eloy como una niña tonta, bromeando—. Te voy a ver la picha y me da vergüenza —rió de forma peculiar.

—Tranquilo, que no es gran cosa —repliqué sencillo.

Entonces Eloy tiró de su gayumbo y se quedó en pelotas delante de mí. Se lo sacó por los tobillos aguantando el equilibrio en una pierna y dejó que su coleta se balanceara hacia delante, lo mismo que su fláccido y moreno pene. Una vez los hubo sacado, los lanzó al banco y tomó la toalla.

—¿Vamos? —me preguntó.

—Voy —le dije, tomándome con paciencia lo de quitarme el slip gris de algodón que apretaba y marcaba mi consistente paquete. Respiré hondo sin que apenas se notase y me los quité, agachándome y mostrando a los ojos de Eloy mi culo redondo, peludo y algo durito, pero él, como buen hetero, tampoco hizo ninguna seña de interés. Simplemente agarró su toalla, me entregó la mía y caminamos con las chanclas hacia el interior de la ducha. Una vez allí, colgamos las toallas sobre la mampara y nos acercamos cada uno a un grifo.

Eloy me hablaba de lo que habría para cenar y que después podíamos tomarnos unos cubatas con los hielos que había en el congelador de la nevera. Ambos accionamos los grifos y esperamos a que saliera el chorro de agua caliente antes de meternos debajo. Cuando salió el agua templada, empezamos a mojarnos poco a poco hasta acabar empapados. El agua escurría libremente por el cuerpo de Eloy, jugando con aquella rala capa de vello que cubría sus pectorales, su abdomen, brazos y piernas. Se deshizo la coleta y la goma roja que la sujetaba la puso en su muñeca. Echando hacia atrás su húmeda cabellera me miró de arriba abajo.

—Cómo te cuidas, cabrón —me dijo mientras una nube de vaho inundaba aquel pequeño rectángulo semicerrado—. ¡Vaya cuerpazo! —Pensé en ese momento que Eloy no me ponía las cosas nada fáciles comentando mi buena forma física. Yo intentaba ante todo no mirarle más que de refilón y lo justo.

—Es lo que tiene la natación —comenté escueto.

—Yo debería hacer ejercicio también, pero, tío, me da una pereza horrible —continuó hablando de lo más dicharachero.

—Te entiendo. A mí al principio me costaba ir a la piscina y todo eso, pero al final no puedes pasar sin ello. Como te empiezas a sentir bien y tal…

—Ya —asintió Eloy—. Y seguro que de paso aprovechas a alegrarte la vista en los vestuarios, eh, cabroncete —bromeó.

—Claro que sí. ¿Te piensas que soy tonto o que estoy ciego? —comenté gracioso. Sí, Eloy me lo estaba poniendo difícil porque con el agua caliente y con su distendida actitud me estaban entrado ganas de hacer cosas para las que tenía todo el permiso del mundo, que encima eso era lo peor. Pero… pero fallaba algo. Y es que tenía que arriesgar mucho para saber si Eloy me daba vía libre o no. Además, Marcos y Andrés tardarían poco en llegar para ducharse también—. Y encima los tíos que veo en los vestuarios y que más me gustan son así de tu tipo, ¿sabes, Eloy? —le solté en broma aquella flecha envenenada.

Justo en ese momento Eloy cogía su polla fláccida y regordeta y se la meneaba un poco para lavarla.

—¡Qué bien!, ¿no? —dijo sin mucho brío—. ¿Y es bueno o malo que me identifiques con tu tipo?

Guardé silencio, pues dudé entre si seguir con aquello o dejar de comportarme como un auténtico capullo.

—Pues… —dudé, dudé y dudé un poco más—. Supongo que es bueno, porque eso significaría que no me importaría chuparte la polla —solté metiendo aquello último casi con calzador.

Lo bueno fue que la dichosa frase produjo en Eloy una sonora carcajada, totalmente sincera, tras la cual, dio un paso adelante, se sujetó la polla, estrujándosela, sin ningún remordimiento y me miró.

—Pues es toda tuya si la quieres —me dio en bandeja lo que yo buscaba.

—¿Cómo? —pregunté alucinado ante la facilidad con que había transcurrido todo.

—Que si realmente te apetece chuparme el rabo, que no te cortes. Es todo tuyo —repitió.

—¿Lo dices en serio, Eloy? —pregunté creyendo que era otra de sus bromas.

—Totalmente —dijo muy seguro y con el ceño despejado como muestra de sinceridad.

—¿Si me agacho y te la chupo no te importa?

—No —rió—. Seguro que me gusta bastante. Tamara me ha comentado siempre tus aventurillas y se te tiene que dar bien eso de follar, chupar… todo eso. Ya sabes.

—¡Joder! —exclamé notando que comenzaba a aflorar esa especie de Dr. Jekyll que llevaba en mi interior y que salía cuando me empezaba a poner cachondo. Aquellas palabras de Eloy me estaban encendiendo y de ello daba ya buenas muestras mi pene, que empezaba a crecer.

—¿Qué? —me miró Eloy a través del vaho.

—Que no me puedes decir esas cosas, tío. Sabes que soy gay y que…

—¿Qué? —dijo otra vez el novio de mi amiga.

—Pues que venga un hetero como tú y me diga que le puedo chupar el rabo me pone cachondo —me sinceré, completamente desinhibido.

—De puta madre, entonces —se meneó el rabo Eloy sin ninguna vergüenza—. Ya noto que se te está poniendo dura —observó mi cimbel, al que cada vez se le marcaban más la venas.

—Sí, un poco —musité agarrándomelo.

—Venga, anda —me indicó que me acercara a él, cosa que hice. Casi a su altura, frente a frente, Eloy estiró su brazo, me cogió por la cintura y me arrimó a su cálido y velludo cuerpo. Noté su piel contra la mía, su carne contra mi carne, y le miré confuso y a la par depredador, electrocutado por una excitante y extraña sensación. Su rostro se había puesto serio de repente. Tomó una de mis manos y sin reparos la llevó hasta su culo, en donde me hizo apretar su cachete. La otra la llevé yo solito y apreté el otro cachete de aquel culo grande y bastante peludo, perteneciente a un buen macho hetero que curtía sus músculos en un jardín, aunque estos quedaran sepultados bajo cierta capa de voluminosa carne. Le abrí un poco la raja, separándosela—. Aprovechemos ahora que Marcos y Andrés no han bajado. Aunque solo de tiempo a que te la metas en la boca un poco —dijo—. Lo cierto es que me apetece.

—Pero… —titubee—. ¿Y Tamara?

—¿Tamara? —repitió el nombre de su chica—. Tamara lleva mucho tiempo comiéndome la cabeza sobre probar cosas nuevas e intentar algo con un chico. Yo siempre la digo que paso, pero… contigo no me importa, Luisfo. No sé por qué, pero no me importa.

—Entonces, ¿quieres que hagamos algo? —pregunté una vez más, porque ¡era tan fuerte lo que estaba pasando! No podía creérmelo, joder.

—Lo que a ti te apetezca, ¿va? —me dijo con un tono más propio de un amigo que de otra cosa.

—Vale —acepté, bajando mi voz y convirtiéndola en un susurro—. ¿Te la como?

—Me da igual —dijo él, sonriéndome de forma dulce.

Sin más solté los grandes cachetes de su culo con intención de ponerme en cuclillas y meterme en la boca aquel nabo que también había empezado a aumentar de tamaño. Y ni contaros el mío, que apuntada hacia el techo bien gordo y empinado. Pero antes de llegar a poner de cuclillas, Eloy me detuvo y me hizo subir otra vez.

—¿Qué? —le interrogué.

—¿A ti no te va eso de los besos? —preguntó.

—¿Besos? Claro, sí que me van.

—Entonces puedes besarme, ¿no? —dijo de forma interrogante.

Sonreí y tomándole por la cabeza me acerqué despacio. Él, como al adolescente al que besan por primera vez, cerró los ojos y preparó sus labios para que yo me encontrara con ellos. Así fue, en un beso lento al principio que poco a poco fue ganando intensidad bajo el chorro del agua, con todo el pelo mojado de Eloy entre mis dedos y sus manos aferrándose a mi culo y a mi espalda con tremendas ganas, buscando nuestras lenguas. La suya era grande algo torpe, aunque la mía no se quedaba atrás, pero más despierta. Eso fue el detonante para que su polla terminara de crecer, dejándome ver al separarnos una morcilla deliciosa que bien sabría cobijar en mi húmeda boca.

—¡Vaya morcilla que tienes! —dije de lo más vulgar. Pero es que era tal cual. Gorda como un mostrenco, muy morena, corta y cubierta por un fino prepucio, como si no pudiera descapullar—. ¿Tienes fimosis? —le pregunté.

—Sí, tío —comentó—, pero no me he operado porque yo follo bien y no me molesta.

—Ah —asentí, sin saber muy bien si aquello era posible, tener fimosis y follar sin problemas. Lo cierto es que me daba morbo el pensar en comerme aquel nabo cubierto por el prepucio, y mucho más si esto le creaba molestias a Eloy, pero me ponía cachondo el imaginarle capeándolas como un machote, aguantando, poniéndose cachondo y pidiéndome más.

Me agaché y sin dar más vueltas abrí mi boquita y atrapé aquel grueso pollote que me supo a gloria. Eloy se puso rígido, me sujetó la cabeza y comenzó a follarme la boca como un energúmeno, en un mete-saca mortal, hundiéndome su misil hasta la campanilla. Pero fuera de amedrentarme ante aquella explosión, agarré su culazo, hundí mis dedos en su carne y me dejé violar hasta el esófago por aquel machote que era algo muy parecido a un amigo para mí.

El chorro de la ducha cayendo sobre nosotros conseguía apagar los gemidos y ruidos que Eloy hacía cada vez que empujaba para meterme su cipote hasta el fondo. Me lo saqué de entre los labios, lo sostuve en mi mano y lo miré. Empecé a tirar del prepucio despacio. Eloy se mordió el labio inferior y me dejó hacer. No se quejaba por el momento, pero el pellejo comenzaba a tensarse demasiado. Era imposible pelarle el capullo.

—¡Para! —me pidió—. Hasta ahí.

—No se te descubre casi nada —dije.

—Lo sé. Pero no pasa nada.

—Me da mucho morbo esto, ¿sabes? —observé como un auténtico cerdo—. El que no se te pele.

—¿Por qué? —me preguntó curioso.

—No lo sé. Me excita imaginarte follando así, con tu pellejo tirando hacia atrás —expliqué demasiado sincero, quizás. No se por qué el remordimiento sobre lo que tenía intención de hacer sobrevolaba mi cabeza.

—Pues en vez de dolerme, me da un gusto que te cagas —explicó, dejándome perplejo. No me lo podía creer.

—¿Te cagas de gusto cuando follas? —bromeé con la intención de ganar tiempo y resolver tantos dudas como remordimiento. No podía hacer aquello. Estaba contra mi ética y… y Eloy era mi colega, como digo, casi un amigo ya, al que tenía bastante aprecio y cariño. No podía chuparle la polla y luego como si nada.

Él siempre se había portado genial conmigo, me había arropado, por ejemplo, cuando mis dos mejores amigos se habían marchado a estudiar al extranjero. Si Tamara tenía que cubrir algún evento un viernes por la noche, en seguida me llamaba Eloy e íbamos al cine o a cenar, siempre con sus interesantes conversaciones, con aquella sonrisa afable, con aquella cara simpática en la que resaltaba su barba oscura. Y ahora… Ahora tenía a aquel bonachón jardinero, un par de años mayor que yo, con su rabo bien firme y diciéndome que no le importaba que se lo comiera. Y me apetecía… ¡Me apetecía mucho!

—Te la voy a chupar, ¿vale? —comenté sin poder seguir haciéndome el fuerte, porque hasta las piernas me temblaban sólo al pensar en tener aquel grueso trozo de carne entre mis labios.

—Sí, claro —me respondió.

Me agaché lentamente y el puso la palma de su mano en mi cabeza. Decidí hacerlo lento para alargar aquel excitante momento. En un segundo me había plantado a un palmo de aquel indescapullable glande que me apuntaba a toda la cara amenazante. Abrí la boca y en ese instante miré hacia arriba. Eloy había cerrado el grifo de la ducha, aunque todavía caía un poco de agua tibia que haría que no nos enfriáramos. Mis ojos se clavaron en los suyos. Me cogió por la barbilla y me la acarició con la punta de sus dedos, después lo hizo con mi mejilla. Me acarició con ternura y presionó levemente para que comenzara a tragar.

—No pares de mirarme mientras te la metes en la boca —pidió—. Quiero ver como te la comes por primera vez poco a poco—. Y yo obedecí, introduciéndome aquel buen trabuco muy despacio, sin detenerme, sin dejar de mirar a un Eloy que tragó saliva, entreabrió sus labios de forma imperceptible y soltó el aire al notar mi tibia saliva. Sus nalgas se contrajeron y por un momento apretó sus párpados, como queriendo centrar toda su sensitividad en la punta de su nabo, el cual ya había encerrado yo en mi cavidad bucal, ensalivándolo y acariciándolo poco a poco con mi lengua.

Eloy volvió a abrir los ojos para mirarme, alucinado ante aquella sensación tan placentera.

—¡Joder, Luisfo! ¡Qué bien lo haces, cabrón! —exclamó casi en un susurro, con su mano sin dejar de acariciar mi mejilla y mi pelo húmedo, mientras yo comenzaba a cobrar más intensidad en la felación.

Le agarré la polla por la base y sin piedad me la hundí hasta el fondo de la garganta, lo que hizo que Eloy abriera la boca y soltara un grito que intentó ahogar, pero apenas lo consiguió. Yo seguí a lo mío, chupa que te chupa, con aquel prepucio en tensión, rozándose con mi lengua. Me moló dejárselo tirante para que Eloy pusiera cara de dolor. Cuando lo hacía me tomaba por la cabeza con fuerza y me metía su polla hasta el fondo, consiguiendo que su descuidada mata de pelo púbico jugueteara con mi nariz. Entonces yo, a pesar de ser un buen comepollas, no podía evitar toser y soltar densas babazas. Y, a veces, hasta tenía que sobreponerme a las arcadas al rozar aquella morcillota las paredes de mi esófago.

—Si sigues así un poco más me voy a correr —me avisó el novio de mi amiga.

—Bien —acepté, sin parar de chupar con una energía, un hambre y un ansia que no era normal en mí. Pero es que cuando me encontraba frente a un gordo pollón no podía evitar el querer comérmelo, zampármelo, tragármelo, que fuera todo mío.

—Sé que voy a tardar muy poco pero es que si vienen Marcos o Andrés y nos descubren…

—Lo entiendo. Córrete ya si quieres. ¡Venga!

—¿Me la chupas hasta que me corra? —preguntó, sacándomela de la boca y flexionando sus rodillas para bajar su cabeza y besarme en los labios. En ningún momento ni mi mano derecha soltó su pepino ni mi mano izquierda soltó sus huevotes peludos.

—Claro. Quiero que me des tu leche en la boca.

—¿Quieres? —dijo perplejo.

—Sí. Me encantaría —sonreí.

Se volvió a poner erguido y me entregó todo su rabo de nuevo. Abrió un poco más el grifo de la ducha para entrar en calor, ya que nuestra piel húmeda se quedaba fría. Acaparé de nuevo mi hocico con su rabote sin reprimirme a la hora de apretujar con mis manos libres sus gruesas tetas peludas, su barriga, sus muslos, su culo y, por supuesto, aquellos cojonazos de macho tremendamente cubiertos de recio pelo y rellenos de deliciosa leche merengada.

Le di siete u ocho mamaditas fuertes y Eloy me tomó por la nuca para avisarme de que se corría.

—Me corro vivo, Luisfo —advirtió—. Te lo hecho todo dentro, tío. ¡Ahí va! Me corro… ¡Me corro, joder! Sí… ¡Me corro en tu boca, tío! Toda la leche, se me sale… ahhhh… en tu boca, cabrón —repetía una y otra vez, poniéndose tenso como una cuerda de guitarra.

Yo no decía nada, simplemente dejaba que Eloy meneara su nardo en mi boca con una energía demencial. Se agarraba la base de la polla y me embestía con tantas ganas que me ponía bizco y todo. Entonces el agujero de su gordo cipote comenzó a regar mis papilas gustativas con un cremoso lefazo que me pareció exquisito y que, mientras todavía escupía algún que otro chorro más, yo extendía por el interior de mis mofletes, por mi lengua, lo mezclaba con mi saliva y, finalmente, abrí la boca para mostrarle la nata algo amarillenta y blanquecina que mi colega me había regalado.

—¡Joder! —dijo tomándome por el cuello, todavía entre escalofríos, y observando con interés científico la cuajada que me había soltado en el gañote—. Me he corrido mogollón. ¿Te lo vas a tragar?

¿Para qué peder el tiempo respondiendo? Iba justo a cerrar mi boca cuando entró en el rectángulo Marcos, sólo con su toalla blanca anudada a la cintura. Al verme de rodillas en el suelo, con la boca abierta llena de corrida y, tanto Eloy como yo, con la polla dura, el chico sufrió un shock.

Yo, rápidamente, para intentar hablar tragué todo aquel pastel de crema, que no pude disfrutar tanto como quería, y me levanté para hablar.

—Marcos, esto… —comencé de forma poco acertada y nerviosa.

—¡Tronco, este cabrón acaba de hacerme una mamada y se ha tragado toda mi leche! ¡Ha sido alucinante! —exclamó Eloy con júbilo.

—Ah, ¿sí? —fue todo lo que alcanzó a decir Marcos…

 

Levanté el cuello haciendo un pausa en el relato y miré a mi hermano Manu, que se había sentado en la alfombra con la espalda apoyada en el sofá. Su rabo estaba duro y jugaba con él, meneándolo muy levemente. Igualmente, mi cipote apuntaba al techo.

—¡Eres un cerdo! —comentó mi hermano con una enigmática sonrisa.

No pude evitar observar su delgado rabo bien tieso. Creo que estuve más tiempo del debido con la vista fija en él. Su rosado glande estaba cubierto por el prepucio. De forma instintiva estiré mi mano y se lo agarré con dos dedos. Mi hermanillo se dejó hacer, cerrando los ojos y suspirando a la par que yo le descapullaba. Una vez hecho, solté su pene y le miré. Él abrió los ojos y me miró. Se le notaba excitado.

—Estás muy alterado —dije tranquilo.

—Sigue contándome —pidió.

—Creo que no debería… —confesé sincero.

—Ahora no puedes dejarme a medias, Luisfo.

—Manu —le llamé—, te estás poniendo cachondo con una historia que me ha pasado con otro tío…

—¿Y qué? —se encogió de hombros—. Sólo quiero que acabes tu historia y poder correrme a gusto, joder. Tú también estás cachondo —señaló mi rabo—, así que acaba la historia y corrámonos juntos —pidió.

Suspiré, agarrándome el rabo a la vez. Bien, la verdad es que tenía ganas de correrme, aunque fuera en presencia del testarudo de mi hermano.

—Pues bien… —continué mi historia.

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