—¿Y qué hiciste? —preguntó mi hermano girando su cuello para
mirarme. Ambos continuábamos tumbados en la alfombra, boca arriba, el uno junto
al otro y totalmente en pelotas, con nuestros penes durmiendo sobre nuestros
peludos muslos.
—Pues… —continué con mi relato.
Dejamos el tema por esa noche porque los novios de las chicas
se habían acabado el porro y habían entrado de nuevo en la casa. Nos subimos a
dormir, ellos se metieron juntos en las pequeñas camas y yo, solo en la mía,
tardé un poco en dormirme, pensando en aquella controvertida propuesta.
La mañana del sábado nos despertamos tarde, desayunamos y
fuimos al pueblo a comprar el pan y comida para hacer una barbacoa, tras la cual
decidimos ir a hacernos una pequeña ruta con la que quemar la grasa que habíamos
engullido entre vasos de sangría. Andamos durante más de hora y media y al
volver al albergue decidimos que nos daríamos una ducha antes de cenar. Olíamos
a sudor y a campo. Así que subimos a las habitaciones y cogimos nuestras cosas:
chanclas, toallas, una muda limpia, el gel y el champú.
En un momento se me acercó Tamara y me susurró al oído.
—Ya sabes lo que hablamos anoche. No nos falles —me guiñó un
ojo.
—Yo no… —no me dejó terminar, pues se dio media vuelta y
salió con las chicas hacia el baño. El suyo se encontraba en la planta de arriba
y el nuestro abajo.
Con las mismas tomé mis cosas y me fui para afuera,
dirigiéndome hacia las escaleras. Eloy, el novio de Tamara, me llamó para que le
esperara. Lo hice junto al pasamanos, en el primer escalón. Llegó hasta mí y me
sonrió.
—¡Vamos! —me indicó que bajará aquel chaval bajito,
corpulento y algo fondón.
Marcos, el novio de Laura, se había quedado en la habitación
hablando por el móvil y Andrés, el dominicano novio de Telma, estaba fuera de la
casa, fumándose un cigarro antes de entrar a ducharse. Así que con las mismas me
dispuse a entrar en aquel amplio baño alicatado hasta el techo en compañía de
Eloy, que sonreía siempre con sus bondadosos mofletes y con su pelo largo muy
por debajo de los hombros, anudado con una coleta casi deshecha.
Las duchas eran un enorme cuadrángulo con cuatro grifos en el
techo: tres en la pared frontal y uno en la que hacía esquina. Estaban un poco
juntos, pero dejaban el suficiente margen para no tocarse con el otro. Éstas
estaban tapadas por una amplia mampara y sólo existía un hueco a modo de puerta
en el lado derecho. Dejé las cosas fuera, sobre unos bancos que había, y Eloy
hizo lo mismo, comentándome lo mucho que le había gustado el paseo y la amena
charla con Andrés, el dominicano.
—Es un tío muy majo, chaval —me explicaba—. Y se nota que ha
visto mucho mundo.
Mientras, yo asentía con la cabeza como un autómata debido a
tres causas principales: 1. Estaba de acuerdo con Eloy en que Andrés era muy
majo; 2. Empezaba a desnudarme y no podía dejar de pensar en la propuesta de las
zorras de mis amigas acerca de intentar algo sexual con sus novios; 3. Eloy se
había deshecho de su camiseta y se estaba desabrochando los vaqueros.
Podía ver su abultado abdomen cubierto de una fina capa de
vello, muy en concordancia con la perillita que se gastaba el jardinero novio de
mi amiga, lo que le convertía en un adorable osito no exento de atractivo
varonil. Observé sus buenas piernas e intuí sus peludos muslos en aquellos
gayumbos largos y sueltos de cuadros amplios a lo camisa de leñador.
Yo por mi parte me había sentado en el banco para quitarme
las botas de montaña y los pantalones, dejando al aire mis fibrosas piernas,
cubiertas de dorado vello.
—¡Jo, Luisfo! —chilló Eloy como una niña tonta, bromeando—.
Te voy a ver la picha y me da vergüenza —rió de forma peculiar.
—Tranquilo, que no es gran cosa —repliqué sencillo.
Entonces Eloy tiró de su gayumbo y se quedó en pelotas
delante de mí. Se lo sacó por los tobillos aguantando el equilibrio en una
pierna y dejó que su coleta se balanceara hacia delante, lo mismo que su
fláccido y moreno pene. Una vez los hubo sacado, los lanzó al banco y tomó la
toalla.
—¿Vamos? —me preguntó.
—Voy —le dije, tomándome con paciencia lo de quitarme el slip
gris de algodón que apretaba y marcaba mi consistente paquete. Respiré hondo sin
que apenas se notase y me los quité, agachándome y mostrando a los ojos de Eloy
mi culo redondo, peludo y algo durito, pero él, como buen hetero, tampoco hizo
ninguna seña de interés. Simplemente agarró su toalla, me entregó la mía y
caminamos con las chanclas hacia el interior de la ducha. Una vez allí, colgamos
las toallas sobre la mampara y nos acercamos cada uno a un grifo.
Eloy me hablaba de lo que habría para cenar y que después
podíamos tomarnos unos cubatas con los hielos que había en el congelador de la
nevera. Ambos accionamos los grifos y esperamos a que saliera el chorro de agua
caliente antes de meternos debajo. Cuando salió el agua templada, empezamos a
mojarnos poco a poco hasta acabar empapados. El agua escurría libremente por el
cuerpo de Eloy, jugando con aquella rala capa de vello que cubría sus
pectorales, su abdomen, brazos y piernas. Se deshizo la coleta y la goma roja
que la sujetaba la puso en su muñeca. Echando hacia atrás su húmeda cabellera me
miró de arriba abajo.
—Cómo te cuidas, cabrón —me dijo mientras una nube de vaho
inundaba aquel pequeño rectángulo semicerrado—. ¡Vaya cuerpazo! —Pensé en ese
momento que Eloy no me ponía las cosas nada fáciles comentando mi buena forma
física. Yo intentaba ante todo no mirarle más que de refilón y lo justo.
—Es lo que tiene la natación —comenté escueto.
—Yo debería hacer ejercicio también, pero, tío, me da una
pereza horrible —continuó hablando de lo más dicharachero.
—Te entiendo. A mí al principio me costaba ir a la piscina y
todo eso, pero al final no puedes pasar sin ello. Como te empiezas a sentir bien
y tal…
—Ya —asintió Eloy—. Y seguro que de paso aprovechas a
alegrarte la vista en los vestuarios, eh, cabroncete —bromeó.
—Claro que sí. ¿Te piensas que soy tonto o que estoy ciego?
—comenté gracioso. Sí, Eloy me lo estaba poniendo difícil porque con el agua
caliente y con su distendida actitud me estaban entrado ganas de hacer cosas
para las que tenía todo el permiso del mundo, que encima eso era lo peor. Pero…
pero fallaba algo. Y es que tenía que arriesgar mucho para saber si Eloy me daba
vía libre o no. Además, Marcos y Andrés tardarían poco en llegar para ducharse
también—. Y encima los tíos que veo en los vestuarios y que más me gustan son
así de tu tipo, ¿sabes, Eloy? —le solté en broma aquella flecha envenenada.
Justo en ese momento Eloy cogía su polla fláccida y regordeta
y se la meneaba un poco para lavarla.
—¡Qué bien!, ¿no? —dijo sin mucho brío—. ¿Y es bueno o malo
que me identifiques con tu tipo?
Guardé silencio, pues dudé entre si seguir con aquello o
dejar de comportarme como un auténtico capullo.
—Pues… —dudé, dudé y dudé un poco más—. Supongo que es bueno,
porque eso significaría que no me importaría chuparte la polla —solté metiendo
aquello último casi con calzador.
Lo bueno fue que la dichosa frase produjo en Eloy una sonora
carcajada, totalmente sincera, tras la cual, dio un paso adelante, se sujetó la
polla, estrujándosela, sin ningún remordimiento y me miró.
—Pues es toda tuya si la quieres —me dio en bandeja lo que yo
buscaba.
—¿Cómo? —pregunté alucinado ante la facilidad con que había
transcurrido todo.
—Que si realmente te apetece chuparme el rabo, que no te
cortes. Es todo tuyo —repitió.
—¿Lo dices en serio, Eloy? —pregunté creyendo que era otra de
sus bromas.
—Totalmente —dijo muy seguro y con el ceño despejado como
muestra de sinceridad.
—¿Si me agacho y te la chupo no te importa?
—No —rió—. Seguro que me gusta bastante. Tamara me ha
comentado siempre tus aventurillas y se te tiene que dar bien eso de follar,
chupar… todo eso. Ya sabes.
—¡Joder! —exclamé notando que comenzaba a aflorar esa especie
de Dr. Jekyll que llevaba en mi interior y que salía cuando me empezaba a poner
cachondo. Aquellas palabras de Eloy me estaban encendiendo y de ello daba ya
buenas muestras mi pene, que empezaba a crecer.
—¿Qué? —me miró Eloy a través del vaho.
—Que no me puedes decir esas cosas, tío. Sabes que soy gay y
que…
—¿Qué? —dijo otra vez el novio de mi amiga.
—Pues que venga un hetero como tú y me diga que le puedo
chupar el rabo me pone cachondo —me sinceré, completamente desinhibido.
—De puta madre, entonces —se meneó el rabo Eloy sin ninguna
vergüenza—. Ya noto que se te está poniendo dura —observó mi cimbel, al que cada
vez se le marcaban más la venas.
—Sí, un poco —musité agarrándomelo.
—Venga, anda —me indicó que me acercara a él, cosa que hice.
Casi a su altura, frente a frente, Eloy estiró su brazo, me cogió por la cintura
y me arrimó a su cálido y velludo cuerpo. Noté su piel contra la mía, su carne
contra mi carne, y le miré confuso y a la par depredador, electrocutado por una
excitante y extraña sensación. Su rostro se había puesto serio de repente. Tomó
una de mis manos y sin reparos la llevó hasta su culo, en donde me hizo apretar
su cachete. La otra la llevé yo solito y apreté el otro cachete de aquel culo
grande y bastante peludo, perteneciente a un buen macho hetero que curtía sus
músculos en un jardín, aunque estos quedaran sepultados bajo cierta capa de
voluminosa carne. Le abrí un poco la raja, separándosela—. Aprovechemos ahora
que Marcos y Andrés no han bajado. Aunque solo de tiempo a que te la metas en la
boca un poco —dijo—. Lo cierto es que me apetece.
—Pero… —titubee—. ¿Y Tamara?
—¿Tamara? —repitió el nombre de su chica—. Tamara lleva mucho
tiempo comiéndome la cabeza sobre probar cosas nuevas e intentar algo con un
chico. Yo siempre la digo que paso, pero… contigo no me importa, Luisfo. No sé
por qué, pero no me importa.
—Entonces, ¿quieres que hagamos algo? —pregunté una vez más,
porque ¡era tan fuerte lo que estaba pasando! No podía creérmelo, joder.
—Lo que a ti te apetezca, ¿va? —me dijo con un tono más
propio de un amigo que de otra cosa.
—Vale —acepté, bajando mi voz y convirtiéndola en un
susurro—. ¿Te la como?
—Me da igual —dijo él, sonriéndome de forma dulce.
Sin más solté los grandes cachetes de su culo con intención
de ponerme en cuclillas y meterme en la boca aquel nabo que también había
empezado a aumentar de tamaño. Y ni contaros el mío, que apuntada hacia el techo
bien gordo y empinado. Pero antes de llegar a poner de cuclillas, Eloy me detuvo
y me hizo subir otra vez.
—¿Qué? —le interrogué.
—¿A ti no te va eso de los besos? —preguntó.
—¿Besos? Claro, sí que me van.
—Entonces puedes besarme, ¿no? —dijo de forma interrogante.
Sonreí y tomándole por la cabeza me acerqué despacio. Él,
como al adolescente al que besan por primera vez, cerró los ojos y preparó sus
labios para que yo me encontrara con ellos. Así fue, en un beso lento al
principio que poco a poco fue ganando intensidad bajo el chorro del agua, con
todo el pelo mojado de Eloy entre mis dedos y sus manos aferrándose a mi culo y
a mi espalda con tremendas ganas, buscando nuestras lenguas. La suya era grande
algo torpe, aunque la mía no se quedaba atrás, pero más despierta. Eso fue el
detonante para que su polla terminara de crecer, dejándome ver al separarnos una
morcilla deliciosa que bien sabría cobijar en mi húmeda boca.
—¡Vaya morcilla que tienes! —dije de lo más vulgar. Pero es
que era tal cual. Gorda como un mostrenco, muy morena, corta y cubierta por un
fino prepucio, como si no pudiera descapullar—. ¿Tienes fimosis? —le pregunté.
—Sí, tío —comentó—, pero no me he operado porque yo follo
bien y no me molesta.
—Ah —asentí, sin saber muy bien si aquello era posible, tener
fimosis y follar sin problemas. Lo cierto es que me daba morbo el pensar en
comerme aquel nabo cubierto por el prepucio, y mucho más si esto le creaba
molestias a Eloy, pero me ponía cachondo el imaginarle capeándolas como un
machote, aguantando, poniéndose cachondo y pidiéndome más.
Me agaché y sin dar más vueltas abrí mi boquita y atrapé
aquel grueso pollote que me supo a gloria. Eloy se puso rígido, me sujetó la
cabeza y comenzó a follarme la boca como un energúmeno, en un mete-saca mortal,
hundiéndome su misil hasta la campanilla. Pero fuera de amedrentarme ante
aquella explosión, agarré su culazo, hundí mis dedos en su carne y me dejé
violar hasta el esófago por aquel machote que era algo muy parecido a un amigo
para mí.
El chorro de la ducha cayendo sobre nosotros conseguía apagar
los gemidos y ruidos que Eloy hacía cada vez que empujaba para meterme su cipote
hasta el fondo. Me lo saqué de entre los labios, lo sostuve en mi mano y lo
miré. Empecé a tirar del prepucio despacio. Eloy se mordió el labio inferior y
me dejó hacer. No se quejaba por el momento, pero el pellejo comenzaba a
tensarse demasiado. Era imposible pelarle el capullo.
—¡Para! —me pidió—. Hasta ahí.
—No se te descubre casi nada —dije.
—Lo sé. Pero no pasa nada.
—Me da mucho morbo esto, ¿sabes? —observé como un auténtico
cerdo—. El que no se te pele.
—¿Por qué? —me preguntó curioso.
—No lo sé. Me excita imaginarte follando así, con tu pellejo
tirando hacia atrás —expliqué demasiado sincero, quizás. No se por qué el
remordimiento sobre lo que tenía intención de hacer sobrevolaba mi cabeza.
—Pues en vez de dolerme, me da un gusto que te cagas
—explicó, dejándome perplejo. No me lo podía creer.
—¿Te cagas de gusto cuando follas? —bromeé con la intención
de ganar tiempo y resolver tantos dudas como remordimiento. No podía hacer
aquello. Estaba contra mi ética y… y Eloy era mi colega, como digo, casi un
amigo ya, al que tenía bastante aprecio y cariño. No podía chuparle la polla y
luego como si nada.
Él siempre se había portado genial conmigo, me había
arropado, por ejemplo, cuando mis dos mejores amigos se habían marchado a
estudiar al extranjero. Si Tamara tenía que cubrir algún evento un viernes por
la noche, en seguida me llamaba Eloy e íbamos al cine o a cenar, siempre con sus
interesantes conversaciones, con aquella sonrisa afable, con aquella cara
simpática en la que resaltaba su barba oscura. Y ahora… Ahora tenía a aquel
bonachón jardinero, un par de años mayor que yo, con su rabo bien firme y
diciéndome que no le importaba que se lo comiera. Y me apetecía… ¡Me apetecía
mucho!
—Te la voy a chupar, ¿vale? —comenté sin poder seguir
haciéndome el fuerte, porque hasta las piernas me temblaban sólo al pensar en
tener aquel grueso trozo de carne entre mis labios.
—Sí, claro —me respondió.
Me agaché lentamente y el puso la palma de su mano en mi
cabeza. Decidí hacerlo lento para alargar aquel excitante momento. En un segundo
me había plantado a un palmo de aquel indescapullable glande que me apuntaba a
toda la cara amenazante. Abrí la boca y en ese instante miré hacia arriba. Eloy
había cerrado el grifo de la ducha, aunque todavía caía un poco de agua tibia
que haría que no nos enfriáramos. Mis ojos se clavaron en los suyos. Me cogió
por la barbilla y me la acarició con la punta de sus dedos, después lo hizo con
mi mejilla. Me acarició con ternura y presionó levemente para que comenzara a
tragar.
—No pares de mirarme mientras te la metes en la boca —pidió—.
Quiero ver como te la comes por primera vez poco a poco—. Y yo obedecí,
introduciéndome aquel buen trabuco muy despacio, sin detenerme, sin dejar de
mirar a un Eloy que tragó saliva, entreabrió sus labios de forma imperceptible y
soltó el aire al notar mi tibia saliva. Sus nalgas se contrajeron y por un
momento apretó sus párpados, como queriendo centrar toda su sensitividad en la
punta de su nabo, el cual ya había encerrado yo en mi cavidad bucal,
ensalivándolo y acariciándolo poco a poco con mi lengua.
Eloy volvió a abrir los ojos para mirarme, alucinado ante
aquella sensación tan placentera.
—¡Joder, Luisfo! ¡Qué bien lo haces, cabrón! —exclamó casi en
un susurro, con su mano sin dejar de acariciar mi mejilla y mi pelo húmedo,
mientras yo comenzaba a cobrar más intensidad en la felación.
Le agarré la polla por la base y sin piedad me la hundí hasta
el fondo de la garganta, lo que hizo que Eloy abriera la boca y soltara un grito
que intentó ahogar, pero apenas lo consiguió. Yo seguí a lo mío, chupa que te
chupa, con aquel prepucio en tensión, rozándose con mi lengua. Me moló dejárselo
tirante para que Eloy pusiera cara de dolor. Cuando lo hacía me tomaba por la
cabeza con fuerza y me metía su polla hasta el fondo, consiguiendo que su
descuidada mata de pelo púbico jugueteara con mi nariz. Entonces yo, a pesar de
ser un buen comepollas, no podía evitar toser y soltar densas babazas. Y, a
veces, hasta tenía que sobreponerme a las arcadas al rozar aquella morcillota
las paredes de mi esófago.
—Si sigues así un poco más me voy a correr —me avisó el novio
de mi amiga.
—Bien —acepté, sin parar de chupar con una energía, un hambre
y un ansia que no era normal en mí. Pero es que cuando me encontraba frente a un
gordo pollón no podía evitar el querer comérmelo, zampármelo, tragármelo, que
fuera todo mío.
—Sé que voy a tardar muy poco pero es que si vienen Marcos o
Andrés y nos descubren…
—Lo entiendo. Córrete ya si quieres. ¡Venga!
—¿Me la chupas hasta que me corra? —preguntó, sacándomela de
la boca y flexionando sus rodillas para bajar su cabeza y besarme en los labios.
En ningún momento ni mi mano derecha soltó su pepino ni mi mano izquierda soltó
sus huevotes peludos.
—Claro. Quiero que me des tu leche en la boca.
—¿Quieres? —dijo perplejo.
—Sí. Me encantaría —sonreí.
Se volvió a poner erguido y me entregó todo su rabo de nuevo.
Abrió un poco más el grifo de la ducha para entrar en calor, ya que nuestra piel
húmeda se quedaba fría. Acaparé de nuevo mi hocico con su rabote sin reprimirme
a la hora de apretujar con mis manos libres sus gruesas tetas peludas, su
barriga, sus muslos, su culo y, por supuesto, aquellos cojonazos de macho
tremendamente cubiertos de recio pelo y rellenos de deliciosa leche merengada.
Le di siete u ocho mamaditas fuertes y Eloy me tomó por la
nuca para avisarme de que se corría.
—Me corro vivo, Luisfo —advirtió—. Te lo hecho todo dentro,
tío. ¡Ahí va! Me corro… ¡Me corro, joder! Sí… ¡Me corro en tu boca, tío! Toda la
leche, se me sale… ahhhh… en tu boca, cabrón —repetía una y otra vez, poniéndose
tenso como una cuerda de guitarra.
Yo no decía nada, simplemente dejaba que Eloy meneara su
nardo en mi boca con una energía demencial. Se agarraba la base de la polla y me
embestía con tantas ganas que me ponía bizco y todo. Entonces el agujero de su
gordo cipote comenzó a regar mis papilas gustativas con un cremoso lefazo que me
pareció exquisito y que, mientras todavía escupía algún que otro chorro más, yo
extendía por el interior de mis mofletes, por mi lengua, lo mezclaba con mi
saliva y, finalmente, abrí la boca para mostrarle la nata algo amarillenta y
blanquecina que mi colega me había regalado.
—¡Joder! —dijo tomándome por el cuello, todavía entre
escalofríos, y observando con interés científico la cuajada que me había soltado
en el gañote—. Me he corrido mogollón. ¿Te lo vas a tragar?
¿Para qué peder el tiempo respondiendo? Iba justo a cerrar mi
boca cuando entró en el rectángulo Marcos, sólo con su toalla blanca anudada a
la cintura. Al verme de rodillas en el suelo, con la boca abierta llena de
corrida y, tanto Eloy como yo, con la polla dura, el chico sufrió un shock.
Yo, rápidamente, para intentar hablar tragué todo aquel
pastel de crema, que no pude disfrutar tanto como quería, y me levanté para
hablar.
—Marcos, esto… —comencé de forma poco acertada y nerviosa.
—¡Tronco, este cabrón acaba de hacerme una mamada y se ha
tragado toda mi leche! ¡Ha sido alucinante! —exclamó Eloy con júbilo.
—Ah, ¿sí? —fue todo lo que alcanzó a decir Marcos…
Levanté el cuello haciendo un pausa en el relato y miré a mi
hermano Manu, que se había sentado en la alfombra con la espalda apoyada en el
sofá. Su rabo estaba duro y jugaba con él, meneándolo muy levemente. Igualmente,
mi cipote apuntaba al techo.
—¡Eres un cerdo! —comentó mi hermano con una enigmática
sonrisa.
No pude evitar observar su delgado rabo bien tieso. Creo que
estuve más tiempo del debido con la vista fija en él. Su rosado glande estaba
cubierto por el prepucio. De forma instintiva estiré mi mano y se lo agarré con
dos dedos. Mi hermanillo se dejó hacer, cerrando los ojos y suspirando a la par
que yo le descapullaba. Una vez hecho, solté su pene y le miré. Él abrió los
ojos y me miró. Se le notaba excitado.
—Estás muy alterado —dije tranquilo.
—Sigue contándome —pidió.
—Creo que no debería… —confesé sincero.
—Ahora no puedes dejarme a medias, Luisfo.
—Manu —le llamé—, te estás poniendo cachondo con una historia
que me ha pasado con otro tío…
—¿Y qué? —se encogió de hombros—. Sólo quiero que acabes tu
historia y poder correrme a gusto, joder. Tú también estás cachondo —señaló mi
rabo—, así que acaba la historia y corrámonos juntos —pidió.
Suspiré, agarrándome el rabo a la vez. Bien, la verdad es que
tenía ganas de correrme, aunque fuera en presencia del testarudo de mi hermano.
—Pues bien… —continué mi historia.