ENSAYO SOBRE LA DEGENERACIÓN (II)
UN ENCUENTRO FAMILIAR
La mujer aparecía en la pantalla con pinzas en los pechos,
dejando como centro de la imagen sus grandes pezones rosados. Su sexo estaba
siendo atravesado por multitud de intrusos que sólo procuraban darle placer...
pero Juan, mientras baja en el ascensor en dirección a la calla, no podría
imaginarse, en caso de verlo, a quién pertenecía ese cuerpo, entregado y
devorador, al que él debía tanto...
El ascensor reduce su marcha hasta que se para en la planta
cero. Para mi mente sirve, de forma simbólica, para bajar de la nube en que me
encuentro y situarme de nuevo en mi vida cotidiana. Salgo a la calle y todo está
como cuando la dejé poco antes. Un policía local sigue dirigiendo el tráfico en
donde antes había otro haciendo lo mismo, el vendedor de la ONCE sigue
ofreciendo suerte para quien quiera comprársela, en el parque los niños siguen
jugando, seguramente distintos niños a los que había cuando subí, pero niños al
fin y al cabo, con la mente inocente que se tiene a esas edades. Es la mía la
que no lo es, ahora está volando y por mucho que quiero atarla para tenerla bajo
control no soy capaz de hacerlo. Las palabras resuenan en cada hueco de mi
mente, que se deja invadir por el torbellino de información, novedades y
excitación que ha entrado en ella. Soy como un autómata en una vorágine de
coches, personas, ruido y prisas en que está envuelta la ciudad.
Me paro y pienso que hacer, aún me quedan varias horas para
disfrutar de mi tarde libre, de mi tarde compuesta de muchas medias horas
acumuladas durante días y que ahora intento disfrutar de forma continuada... al
final me decido por ir a casa de mis padres, coger una de sus películas y verla
con calma en mi apartamento. Tienen una buena colección de ellas. Ellos dicen
que es su único vicio y realmente es así. Se compran mucho y de muy buena
calidad, sobre todo de autores europeos que no puedes encontrar en un videoclub
y por eso, muchas veces, echo mano de ese recurso. Además, me coincide de camino
a casa. No lo dudo, entro en el coche y arranco.
Tras vueltas y vueltas para encontrar aparcamiento, llego a
casa de mis padres. Ellos no están. Ahora están muy viajeros, se puede decir que
viven una segunda juventud. Abro la puerta del mueble que sirve como videoteca y
hago repaso de los títulos. Aquí tengo los títulos de siempre, buenos y bien
elegidos pero, a su lado, me encuentro con otros que me sorprenden. Títulos
llamativos, en inglés y francés, y que con claridad meridiana, a pesar de mi
floja capacidad para los idiomas, te anticipan lo que encontrarás como argumento
de las películas que están en el interior de los estuches: "Sodomisé par 5
infirmieres", "No pain no gain", "Young slaves in pain". Incrédulo, veo las
carátulas y contraportadas de los estuches sin ser capaz de asimilar lo que ven
mis ojos. Casi como una consecuencia lógica de lo que veo, me vienen a la cabeza
las palabras de Daniel, tendrá razón en lo que me dijo sobre las tendencias de
la gente. Mis padres saben (sobradamente) que yo vengo muchas veces a coger
películas y, a pesar de eso, tienen éstas a la vista. Las temáticas son de lo
más variado, van desde la dominación (la mayoría) hasta la zoofilia o sexo
filial. Y por último, hay un DVD grabado. Aparece sólo un título, Carlos y
Sonia.
No puedo aguantar la curiosidad y saco el disco. Lo pongo en
el lector, y le doy al play. En seguida aparece la imagen. Es una grabación
casera. En la primera toma aparece mi madre, con una pose tímida, como si no
tuviese ganas de que la grabasen; la imagen hace un zoom acercándose a su cara y
poco a poco va bajando por su cuerpo. La imagen gira a la derecha y muestra a mi
padre, más atrevido, como si estuviese delante de esa cámara desde hace meses.
La misma secuencia de tomas mostrándonos su cuerpo, algo más descuidado que el
de mi madre. Otro nuevo giro de cámara hace aparecer una joven, de no más de 25
años. Es bastante guapa y tiene un buen cuerpo a tenor de lo que aparece en el
barrido posterior. Pronto descubrí su nombre, que no podía ser otro que Sonia.
Una voz masculina le había indicado, acertadamente, que sonriese un poco más. La
sonrisa, algo forzada, se dibujó en su cara haciendo que su belleza ganase
muchos enteros.
Hubo un corte en la secuencia y la siguiente escena es
diferente y extremadamente sorprendente para mí. En ella aparece mi madre siendo
agarrada del pelo por mi padre. Están completamente desnudos. Y de nuevo la voz
masculina, a la que todavía no he sido capaz de poner rostro, le indica a mi
padre (más bien con tono imperativo) que le diga que le está ofreciendo. Y mi
padre eleva la voz:
Esta es Maria, mi mujer y mi puta. Hoy nos servirá para
lo que desees. Saca todo el partido que quieras de ella. Está aquí por su
voluntad y desea tanto como yo que la tarde de hoy sea inolvidable.
No soy capaz de reconocer a mi padre ni en esas palabras ni
en su comportamiento. Me resulta difícil ver como los pechos que en su día me
dieron de comer están siendo expuestos de esta forma. Mi madre intenta sacar una
sonrisa forzada. No sé hasta que punto está por decisión propia allí delante. La
cámara comienza a bajar de nuevo, tal como lo había hecho en la primera escena,
mostrando las pocas grasas sobrantes que mi madre tiene en la cintura y llegando
a un sexo, depilado y limpio, apetitoso incluso a pesar de sus 55 años. De una
intranquilidad e incluso repugnancia inicial, he pasado a un estado de interés y
un cosquilleo interior del cual incluso me avergüenzo. Aún así, sigo delante de
la pantalla. Podría pulsar la tecla stop y parar todo esto, pero no lo hago, y
observo atentamente para descubrir como mi padre fuerza a que mi madre gire
sobre si misma. Ella ya no es capaz de aguantar el dolor que está soportando y
no puede remediar subir las manos a su pelo para intentar aminorar el dolor
poniéndose incluso de puntillas. Cuando ella está de espaldas, mi padre sigue
presumiendo de su mujer, de su moreno, de su culo con algo de celulitis pero
bien conservado, de unos muslos firmes, de las veces que ha entrado por su culo,
de las veces que ella le suplicó que entrase más y más, de lo puta que era, de
lo que... un sinfín de palabras y apreciaciones que seguía sin ser capaz de
asimilar con mi padre.
Todo se congela, mi padre se calla, mi madre se relaja, el
dolor debe haberse reducido porque baja los brazos y ya no necesita estar de
puntillas. El silencio se apodera del salón y comienza una tensa espera que si
para mi es larga, para ellos debe ser interminable. De pronto, la voz masculina
resuena de nuevo, le dice a mi padre que tiene una buena zorra, que le gusta. Le
ordena a Sonia que vaya preparando a mi madre, que la caliente mientras ellos la
decoran.
Por la parte baja de la pantalla aparece la cabeza de Sonia y
detrás todo su cuerpo que, a cuatro patas, se acerca a mi madre. Se aferra a sus
piernas y va subiendo poco a poco. De manera aplicada, su lengua recorre cada
centímetro cuadrado de la piel de mi madre. Al poco tiempo veo (sorprendido)
como mi madre coge con las manos esa cabeza y comienza a indicarle el camino que
debe seguir, la velocidad de avance se acelera y el objetivo está claro.
La imagen comienza a vibrar y no se estabiliza hasta unos
segundos después. La toma ahora muestra con claridad como la boca de Sonia ha
llegado al sexo de mi madre, de como esa lengua intenta entrar (casi con
ansiedad) en lo más profundo de ella, mi madre no es capaz de ocultar su
excitación y aprieta de tal forma la cara de Sonia sobre su sexo que casi no le
permite respirar. La cámara se aleja de nuevo de la escena para conseguir que
también aparezca mi padre. Así, comprendo en que se basaba la decoración del
cuerpo de la que hablaban. Mi madre tiene tres pinzas en los pechos y, por el
resto que le quedan a mi padre en la mano, sólo ha empezado con su tarea. Mi
madre no atiende a sus pechos, en este momento su cuerpo está concentrado en
disfrutar y no en sufrir. La escena me resulta tremendamente excitante incluso a
pesar de que la protagonista sea mi madre. Desabrocho mi pantalón y comienzo a
masturbarme con la misma cadencia con que mi padre coloca las pinzas. Una de
ellas debió causarle un dolor agudo porque, por primera vez, mi madre dejo de
gemir de placer para quejarse de dolor. En vez de comprensión, lo único que
recibió fue una fuerte bofetada de mi padre a la vez que le escupía en la cara.
Cállate zorra. Aguanta el dolor tal como te he enseñado.
No puedo imaginarme cuales fueron las enseñanzas que mi padre
ha inculcado a mi madre, pero lo cierto es que calló radicalmente e intentó
disimular el dolor que sufría. Cada vez es mayor el número de pinzas aferradas
al pecho de mi madre y están componiendo una forma singular y, casi diría yo,
bella. Una aureola que le daba protagonismo al centro de la misma, el pezón.
Sonia sigue trabajando el sexo de mi madre pero ésta para en cuanto la voz
masculina comienza a rugir. Se separa radicalmente del sexo y una mano masculina
pasa sus dedos sobre él. Parece como si estuviese comprobando su humedad, que
casi era evidente a simple vista. Mi madre estaba tremendamente excitada y
reaccionaba ante cualquier contacto, incluso ante uno con tan poca delicadeza
como el que se estaba produciendo en ese momento. Uno tras otro, los dedos de
esa mano empiezan a desaparecer dentro del coño húmedo (acuoso diría yo) de mi
madre, éste se dilata apresuradamente y, finalmente, la mano es engullida por
él. La posición es incómoda para ella, eso es evidente, pero no para de follarse
a si misma. Prácticamente no sale la mano de su coño, pero sí se nota como ésta
gira y me imagino la búsqueda, por parte de esos dedos ansiosos, de todas las
terminaciones nerviosas del coño de mi madre. Ella está como en celo. Disfruta
como una loca a pesar del dolor que debe estar sufriendo por las pinzas que,
acompasadamente, se mueven al mismo ritmo que el cuerpo al que están aferradas.
El color de los pechos empieza a ser preocupante pero nadie, a excepción de mí,
repara en ello. Los gritos empiezan a invadir la habitación y me obligan a bajar
con rapidez el volumen del televisor. Está disfrutando tanto ella como mi padre
que no para de masturbarse ante la escena. Sonia acaba echándole una mano a una
polla que en cualquier momento podría estalla y al final, tras ensalivarla bien,
acaba siendo su boca la que la traga. La escena es tan excitante que no puedo
contenerme más y, sin darme tiempo a encontrarle un destino mejor, los chorros
de esperma se esparcen por toda la pantalla. En la batalla que en ese momento se
inicia entre los píxeles de última generación de la pantalla TFT de 42" de mis
padres y mi esperma vence este último propagándose poco a poco por toda ella
tapando la imagen de mi madre con un avance tediosamente lento pero constante.
Ese líquido que ha perpetuado la raza humana durante siglos sigue venciendo a la
tecnología más puntera del mercado... tanto que temo por la integridad del
aparato y me apresuro a ir al baño en busca de algo de papel con el que poder
arreglar este estropicio. Vuelvo con rapidez y comienzo a limpiar la pantalla.
Poco a poco se va descubriendo una escena que es clara consecuencia de la
excitación que tenían todos los protagonistas de la grabación antes del
despilfarro de semén. Ahora la cámara está en una primera toma, donde aparecen
los tres protagonistas empleados a fondo en darse placer mutuo. Mi padre tiene
su polla entrando y saliendo con frenesí del culo de mi madre. La mete, se para
en su interior, deja que mi madre se acople bien y, posteriormente, la vuelve a
sacar. Está durísima y enorme. Las venas se le marcan a la perfección, venas que
a buen seguro ayudan al placer de mi madre. Ella está excitadísima, se le nota.
Su culo va, viene, vuelve a ir, está como en celo. Sonia, de nuevo, está
lamiendo el coño de mi madre. Su cara está embadurnada de sus flujos, pero a
pesar de eso, continúa. La calidad de la cámara permite ver como cada vez que
introduce la lengua entre los labios de mi madre, está se humedece de ese
líquido pringoso y bello que tanto disfruto cuando saboreo. El ritmo de la
escena es frenético pero con ritmo, la lengua entra, juguetea, se mueve en un
sentido y en otro y vuelve a salir. Sonia toma aire, respira profundamente,
vuelve a bucear por lo más hondo de mi madre. La cámara no sabe en quién
centrarse a la hora de grabar y, en ocasiones, muestra imágenes de unos pechos
castigados de los que cada vez cuelgan menos pinzas. La posición de mi madre,
inclinada con la cabeza en el suelo, hace que muchas de ellas, con el vaivén, se
vayan soltando provocando, más que probablemente, trillazos en su piel que en
este momento de excitación extrema, ni nota. Mi madre está posesa y no podría
asegurar cuantos orgasmos llevaba, pero estaba próximo a uno. Estoy pendiente de
él, pero la cámara sube con rapidez ya que mi padre estaba corriéndose. La
corrida era majestuosa. En primera plana se observaba como los chorros de
esperma estaban esparciéndose sobre la espalda de mi madre. Un primero que casi
no veo, la polla hace un movimiento como de repliegue para lanzar un segundo,
fuerte y largo, que alcanza el pelo de mi madre, otro nuevo retroceso y un
tercero, menos intenso, que alcanza aún cierta distancia. La mente que ordena a
la mano que sujeta la polla se da cuenta de que el resto no saldrá con tanto
ímpetu y comienza a forzar su salida apretando con más fuerza forzando la salida
de esas últimas gotas que caen muy cerca del agujero por el que ha estado
entrando en mi madre durante los minutos anteriores. Mi polla está otra vez en
guardia como queriendo participar en el festín aunque rápidamente se baja
cuando, por segunda vez en el día, vuelvo a oír una llave en la puerta. Me
apresuro a apagar el televisor, recojo lo que buenamente puedo, cojo dos
películas al azar para justificar mi visita, las dejo sobre la mesa y me voy
corriendo al baño. Mis padres han llegado y, con un rubor de niño culpable, me
he escondido. En ocasiones no acabamos de crecer nunca.
Cuando escucho que la puerta se cierra, les hablo para que
sepan que estoy allí y no se asusten.
Mama, ¿sois vosotros? –les digo con voz alta.
Si cariño –me responde.
Estoy en el baño, salgo enseguida.
Realmente aún tendré que tardar un poco ya que aunque
aminorada, la excitación de mi polla es todavía más que evidente. Una vez
reestablecido un tamaño razonable, salgo del baño y me dirijo a la cocina, donde
está mi madre, elegante como siempre, aunque mi mente se empeña en verla desnuda
y humillada.
Hola mama – le digo mientras le doy un beso en la
mejilla.
Hola cariño. ¿Y esta visita?
Venía a por unas películas.
¿Ya escogiste?.
Si, ya las tengo apartadas para llevar.
¿Quieres cenar algo?
No, me voy ya, es tarde y, además, tengo comida en casa.
Vale, vale, pero vente un día con más calma.
Si, este fin de semana vengo a comer si no salís por ahí.
El sábado entonces, para el domingo teníamos planes.
Vale, pues el domingo vendré. Un beso mama.
Chao cariño. Papá está en la habitación.
Vale, ya me despido de él –le digo mientras me dirijo al
pasillo que da a las habitaciones.
Chao papá, hasta el sábado –le grito.
Vale. Chao Juan.
Cojo las películas y salgo apresurado. La atmósfera me
resulta asfixiante. Ellos sabrán que he visto su grabación. Ha quedado puesta la
película en el DVD, pero prefiero tener que enfrentarme a eso otro otro día.
Tener tiempo para pensar. Me resulta todo demasiado para digerir ahora. Otra vez
en la calle. El mismo ritmo que antes. Y yo igual de perdido...