La llave maya quedó sobre el escritorio olvidada. Esa mujer,
madre de una alumna, no sólo eso había dejado atrás. Mi pene dentro de mi
pantalón mantenía un vivo recuerdo de su figura.
Alta, blanca, cabello oscuro, piernas gruesas, zapatos de
tacón demoledores…
Llegué a mi casa y dejé mis cosas y el olvidado objeto sobre
una mesa, pensando sólo en mi comida y el descanso necesario después de esa
agotadora entrega de notas (quien sea profesor o profesora sabe el cansancio que
se genera de estar justificando notas frente a padres y madres).
Un mensaje al móvil "Profesor por favor guarde mi llave… y no
la abra". Claro que pensaba guardar la llave, debía devolverla, pero aquel "…no
la abra" despertó en mí la inquietud y ese espíritu voyeur que hace que la gente
quiera saber de la vida de otros.
A pesar de eso cené con calma, y ya más repuesto me fui ala
computadora.
El diminuto objeto, gris metálico, frío e inerte como toda
tecnología, no tenía cave. Encontré sin fin de archivos y una carpeta llamada
fotos. Mi corazón comenzó a latir con fuerza imaginándome fotos de aquella
hembra en ropas sugerentes, quizás alguna desnuda hacha como juego con su
marido… la fantasía nunca alcanzó la realidad: me encontré, cual tesoro, un
montón de fotos de la madre de mi alumna, no sólo desnuda, sino en pleno acto
conyugal. El pene de su marido en su boca, en sus senos, en su deliciosa vagina,
en su ano…
Felaciones, cunilinguis, masturbaciones manuales y con
objetos… el repertorio era variado, excitante, y sin embargo normal para una
pareja de casi cuarenta con sólo una niña adolescente.
Copié todas las fotos en mi computadora y saqué la llave del
usb satisfecho de lo encontrado.
Al día siguiente devolví la llave y ni siquiera nos miramos
con complicidad.
Días después decidí volver a mirar las fotos. Comencé más
allá de la mitad, pues eran muchas, y ya me estaba cansando de lo que veía
cuando una foto me dejó mudo: se veía una mujer de cuatro patas y el pene del
señor entrando en la vagina desde atrás, pero lo que me dejó frío era que la
mujer en cuestión tenía puesto un uniforme de los que usan las alumnas del
colegio donde doy clases. Mi corazón se aceleró pensando en que el padre abusaba
de mi alumna y mi indignación casi me hace llamar a la policía de inmediato,
cuando, decidido a ver el resto de pruebas, descubrí que la improvisada alumna
era la madre de mi pupila, disfrazada de colegiada, y siendo cogida a placer por
su marido.
Mi corazón se calmó un poco, abuso no había, pero el morbo de
las escenas era terrible. Cerré las fotos y me recosté en mi cama, fantaseando
con aquella colegiala madura, esperando dilucidar como sacar provecho de
aquellas fotos.