Armando sonrió cruelmente, dirigió el alfiler hasta el dedo
meñique de la mano derecha de Beatriz y sin hacer caso a las súplicas de ésta,
colocó la punta del alfiler bajo la uña. Sólo apretó un poco con la yema del
dedo y ni siquiera llegó a clavársela, pero Beatriz creyó estar en el infierno y
lanzó un espeluznante alarido con el rostro dirigido hacia lo alto. Sólo fue una
punzada y el dolor remitió inmediatamente pero la joven miró desesperada su mano
temblorosa con el alfiler aún bajo la uña. La pobre Beatriz jadeaba por el
stress del miedo sin poder mover ni un solo músculo pues Armando la había atado
a conciencia. Éste ya había cogido otro alfiler y la desesperada esclava empezó
a gritar histérica incluso antes de que se la acercara al dedo.
No, no por favor, no, no lo hagas, suplicaba ella con el
corazón desbocado, llorando y sudando a raudales. Pero sus súplicas no le
sirvieron de nada y el cruel verdugo le introdujo otro alfiler en el dedo anular
lenta y sádicamente mientras ella gritaba sin control agitando su cabeza y
tensando todos sus miembros. Beatriz creía morir, era increíble que algo tan
pequeño pudiera doler tanto. Clavada la segunda alfiler ella le miró con cara de
terror respirando fuertemente pero otra vez un grito se escapó de su garganta al
ver el tercer alfiler en manos de ese bestia. Armando no mostró piedad ninguna
por los sufrimientos de su víctima, sino que siguió con la tortura dedo tras
dedo insensible y cruelmente.
Entretanto, Irene se encontraba en una situación muy
distinta, aún arrodillada y con las manos separando bien los glúteos del
trasero. La bella joven bramaba sonoramente pues Ferrando le estaba ensalivando
en ese momento el agujero del culo. Para ello alternaba el trabajo de la lengua,
lame que te lame con el de los dedos que le acariciaban el esfínter del ano y de
seguido se lo perforaban una y otra vez. Miguel sonreía complacido mirando el
gesto de placer de la joven mientras disponía sobre el suelo de la piscina el
kit de sodomizar: un frasco de vaselina, unas bolas chinas, dos consoladores de
diferentes tamaños y una especie de tapón anal de plástico que se hinchaba con
una pera del mismo material unida a él por un tubo. Irene entreabrió los ojos y
miró complacida todos esos objetos sin dejar de abrir su culo todo lo posible
para favorecer los expertos manejos de Ferrando.
En veinte minutos de tormento Beatriz tenía ya una docena de
alfileres clavadas bajo las uñas de las manos. Delante de ella Armando se
masturbaba con fruición. El sufrimiento de la esclava había accionado un clic
oculto en su mente enferma y había conseguido excitarle. Por su parte, la chica
tenía los ojos enrojecidos de tanto llorar y la piel brillante de lágrimas y
sudor. Sádico hijoputa, impotente de mierda, gritaba Beatriz al verle
masturbarse ¿por qué no te clavas las alfileres en los cojones?. Esos insultos
le cortaron el rollo a Armando que se estaba masturbando aprovechando que tenía
el pene en plenitud. Tú no debes insultarme, dijo enfadado, eres una esclava y
tienes que soportar el dolor, voy a tener que amordazarte inmediatamente, y
entonces cogió un aparato de hierro de la mesa, una férula de esas para mantener
las mandíbulas abiertas.
Abre la boca, le dijo con la intención de encajársela entre
los dientes. No, dijo ella arrepentida de haberle insultado. Vamos, abre te
digo, repitió él con rabia, y se puso a retorcerle uno de su pezones con toda su
fuerza.. Beatriz aguantó como pudo sin abrir la boca apretando los labios para
soportar el dolor. Abre la boca te he dicho puerca, repitió él con rabia. Pero
como ella persistía en mantenerla cerrada, Armando le apretó las alfileres de
una mano. El intenso dolor arrancó un terrible alarido de Beatriz, pero Armando
no estuvo rápido para colocarle la férula.
Irene chupó ávidamente las bolas de plástico que Miguel le
ofrecía, mientras Ferrando le administraba la vaselina en el ano directamente
del frasco. Chupa bien, preciosa, eso ayudará, le decía Miguel completamente
empalmado. Lucio sonreía masturbándose lentamente. Cuando Irene ensalivó todas
la bolas, Miguel se las paseo por la espalda haciéndole cosquillas y las llevó
hasta el ano. Lucio le dio entonces a Irene otra cosa para chupar, el tapón anal
hinchable. Ella lo hizo con afición, pero en un momento dado dejó escapar el
tapón anal de la boca y lanzó un sensual gemido pues Miguel le estaba
introduciendo la primera bola por el culo presionando con el dedo.
No me amordaces, por favor, suplicó Beatriz a Armando con
lágrimas en los ojos. No te insultaré más, perdóname, pero deja mis uñas, no
puedo soportarlo. Por toda respuesta, Armando volvió a pasarle la mano por las
alfileres provocando otra vez los gritos de Beatriz. Está bien, ponme eso, pero
no vuelvas a hacerlo, mis dedos, duele mucho, Beatriz se puso a sollozar. Dame
alguna droga o algo, no lo soporto más, por lo que más quieras, no sigas con
eso. Nuevamente Armando no le hizo ni caso sino que se limitó a hacerle una
indicación con las cejas señalando los dedos y cuando ella accedió por fin a
abrir la boca le metió la férula entre los dientes convirtiendo sus molestas
súplicas en gemidos sin sentido.
¿Preparada?. Miguel tenía una cuerdita tirante que salía del
trasero de Irene pues ya le había metido dentro del ano las cinco bolas chinas.
Ella afirmó con la cabeza sonriendo a su señor y éste empezó a tirar. La primera
bola abultó el esfínter de Irene y salió con un sonido seco y lo mismo ocurrió
con las cuatro bolas restantes mientras Irene se empezó a correr discretamente
ante las insistentes caricias de Lucio en su clítoris. Hum, dijo Miguel al ver
el ano de Irene abierto y bastante dilatado. Esto va muy bien, pero vamos a
dilatarlo más, y cogiendo el tapón hinchable que la propia Irene había
ensalivado, se lo fue introduciendo en lugar de las bolas chinas. Hecho esto se
puso a apretar la pera de plástico y el tapón se fue hinchando dentro de ella.
Esta vez a Irene le dolió, no mucho, pero sí lo suficiente como para quejarse.
Entretanto, en la cámara de tortura seguía el suplicio de
Beatriz. Tras lo de las uñas Armando había perdido completamente su erección.
Como experimentado verdugo dedujo que si seguía mucho más con los alfileres,
Beatriz podía perder el conocimiento y se acabaría la fiesta. Había que seguir
con otra cosa, así cogió una pequeña rueda dentada engarzada en una especie de
vástago de metal. Lentamente se la pasó por la palma de su propia mano sonriendo
como un diablo y haciendo muecas de disgusto como si le doliera mucho.
Seguidamente se la posó en un muslo a la muchacha y lo fue recorriendo
lentamente hacia la entrepierna, pero esta vez apretando de verdad. Lógicamente
Beatriz se volvió a agitar y protestar sonoramente al sentir esos desagradables
pinchazos. La dichosa ruedita le recorrió su muslo primero por arriba y luego
por la parte interna acercándose a la ingle centímetro a centímetro.
Es posible que esto no fuera tan fuerte como lo de las
alfileres, pero las quejas de Beatriz le volvieron a poner cachondo a Armando y
nuevamente empezó a masturbarse con la mano que le quedaba libre. Mientras tanto
siguió y siguió paseando la ruedita dentada por el cuerpo desnudo e indefenso de
Beatriz: el vientre , los muslos, los pechos, las costillas. El verdugo
torturaba a la esclava a placer excitándose por momentos ante las quejas
incomprensibles de ella. Aquello pinchaba endiabladamente y la joven no dejaba
de protestar sin poder controlar la baba ni las lágrimas. Inútilmente la chica
agitaba la cabeza y hacía fuerza por soltarse aguantando a duras penas los
gritos. El caso es que Armando seguía masturbándose pero aquello no terminaba de
surtir efecto así que insistió mucho con la ruedecilla en los labios vaginales
de la muchacha convirtiendo las quejas en francos gritos de dolor, y como vio
que ni aún así conseguía nada dejó de pajearse, le introdujo el dedo por debajo
del clítoris y le pasó la rueda por medio de su sexo una y otra vez con toda su
mala leche. Esta vez Beatriz tensó todos sus músculos y se puso a aullar con los
ojos cerrados y sin parar de llorar ni suplicar piedad. El tormento era terrible
y la pobre muchacha ponía los ojos en blanco sin dejar de gritar. De pronto
Armando se dio cuenta de lo que estaba haciendo y pensó que quizá se había
pasado así que tiró la ruedita arrepentido de su apasionamiento.
¿Te he hecho daño? Le preguntó hipócritamente y Beatriz se
puso a llorar con desconsuelo. Armando desistió de seguir por ahí y se fue hasta
una neverita de la que sacó una botella. La destapó y echó un buen trago.
Después miró a Beatriz que seguía sollozando sentada sobre la silla y aún atada
con las cintas negras. ¿Por qué no conseguía tener un orgasmo?. Ella era
preciosa y estaba completamente a su merced, pero él no podía correrse como un
tío normal. Quizá el problema era ese, que Beatriz le gustaba demasiado y verla
sufrir no era del todo placentero para él. Aquello era un lío, nunca le había
pasado que una chica le despertara sentimientos tan confusos, pero no por eso
abandonó la sesión de tortura, tenía que conseguir tener un orgasmo por encima
de todo. Toma, bebe, le dijo compadeciéndose repentinamente de ella, e hizo
ademán de derramar líquido sobre su boca. Beatriz no sabía lo que era eso ni le
importaba pero con tal de que le adormeciera durante la tortura aceptó tragarlo.
Así, el orujo peleón le cayó a la esclava en la boca y ella tragó todo lo que
pudo aunque parte del líquido le cayó por el torso haciéndole escocer las
heridas. Beatriz se quejó pero volvió a pedir más. Esta vez Armando se negó.
Quieres emborracharte para anular tus sentidos ¿verdad?. Esto no funciona así
zorrita, quiero que estés bien despierta y grites para mí. ¿Quién sabe?, igual
hasta te corres mientras te torturo, a muchas tías les pasa. Y echó otro trago
sin darle a ella.
Irene estaba ahora chupándole la polla a Miguel. Lo hacía con
dedicación y cuidado, no para que él se corriera, sino para ponerla bien dura y
que él pudiera encularla sin problemas. La joven sólo levantaba el rostro para
sonreir a su amo y buscar sus labios. Mientras le besaba le rozaba
alternativamente la polla húmeda y tiesa con las tetas. ¿Te duele? Le dijo
Miguel. Un poco. ¿Qué sientes?. Lo tengo muy abierto, mi señor, creo que por ahí
cabrá cualquier cosa, y mientras decía esto se palpaba el grueso tapón anal
colocado en su sitio.
Recuperado el valor, Armando volvió al carrito y se puso a
rebuscar entre las cosas. Por fin sacó un lío de cables rojos y azules de los
que colgaban objetos de metal. Mientras deshacía los nudos miraba sádicamente a
Beatriz que observaba esos manejos desesperada. Y ahora un poco de electricidad
querida. Como antes pero ahora de verdad.
Uno de los objetos atado a los cables consistía en un
consolador metálico unido por su base a un plástico curvo en el que se
apreciaban dos tiras metálicas. Armando se lo mostró a Beatriz para que lo viera
de cerca. Esto es para tu coñito preciosa, ¿te gusta?. Beatriz cerró los ojos
pidiendo piedad y retorciendo el gesto. Armando pringó el consolador con una
pomada transparente y separando los labios vaginales de ella se lo fue
introduciendo cuidadosamente. Beatriz se tensó al sentir el frío consolador
metálico en sus entrañas. Armando se lo ajustó con unas cintas a la cintura y
siguió preparando el juego. Lo siguiente fue coger unas pinzas y una pequeña
tenaza dentada que iba unida a un cable rojo. Por sorpresa le introdujo las
pinzas en la boca a través de la férula y le atrapó la lengua sacándola hacia
fuera desoyendo los gritos de la esclava. Sádicamente Armando tiró bien de la
lengua y le cerró la pinza en medio lo cual le hizo gritar otra vez a la joven.
Para terminar ajustó un cable azul al consolador que descansaba sobre el coño de
la muchacha.
Una vez colocados los cables, Armando retrocedió hasta una
silla y se sentó colocando a su lado el generador eléctrico y la botella.
Enfrente estaba la pobre Beatriz con el cuerpo brillante pues estaba en un baño
de sudor. La chica jadeaba con la lengua fuera de la boca y en sus ojos se
apreciaba claramente el terror que sentía. Sólo esa visión hizo que Armando se
empalmara otra vez. Contento y excitado se empezó a masturbar nuevamente y
mientras le daba otro trago a la botella planificó cuidadosamente su siguiente
paso. Había que dosificar bien las descargas no fuera que ella perdiera el
sentido demasiado pronto.
Beatriz seguía suplicando piedad pero para su desesperación
Armando dejó la botella y accionó una ruedita del generador. De seguido apretó
una palanca y un relámpago recorrió todo el cuerpo de la mujer. La pobre
muchacha temblaba y se agitaba tensa por los espasmos musculares con los ojos
cerrados, la lengua tirante y el gesto crispado. Armando se masturbó con fuerza
contando los segundos antes de cortar la corriente. Estos no fueron más de siete
u ocho pero a Beatriz le pareció una dolorosa eternidad. Cuando la electricidad
cesó ella jadeaba de cansancio y la saliva le caía a borbotones de la boca, pero
eso sólo duró un momento, pues otra descarga la sorprendió tensando y poniendo
rígidos todos los músculos y tendones de su cuerpo. Armando siguió así,
torturando a la desdichada joven una y otra vez, alargando significativamente
las descargas, de manera que en un momento dado, ella empezó a notar quemazón en
la lengua y en su sexo.
Beatriz ansiaba que parara con eso, pero no podía hacer nada.
Estaba desesperada mientras ese puerco seguía y seguía masturbándose sin
conseguir nada. Correte ya cabrón, se decía a sí misma entre descarga y
descarga, y por fin se produjo. Armando se masturbó con más fuerza y finalmente
empezó a correrse produciendo una patética espumilla blanca que se empezó a
deslizar de su pene mientras él seguía masturbándose obsesivamente sin dejar de
gemir. Por fin, cuando lo consiguió, Armando cogió la botella y le dio otro
trago. Seguidamente se acercó a Beatriz con ánimo de compartir el orujo con
ella. Muy bien, preciosa, sabes cómo excitar a un hombre, y diciendo esto le
quitó la pinza de la lengua y la férula de la boca. Beatriz tenía los ojos
enrojecidos de tanto llorar y le dolía la mandíbula y la lengua por lo que no
pudo articular palabra. No obstante volvió a aceptar el alcohol y bebió
ávidamente pues estaba muerta de sed.
Podían ser las descargas eléctricas o el alcohol pero Beatriz
estaba ahora mareada y medio borracha. Tras haber bebido un buen trago quiso
insultar otra vez a ese sádico pero se mordió la lengua pues ya sabía cómo se
las gastaba, además Armando se puso a hacer algo inesperado, cogió un vibrador y
lo puso en funcionamiento. El sonido de la vibración atrajo la atención de la
joven que miró implorante cómo su verdugo ponía el vibrador directamente sobre
su clítoris. Ahhh!, un grito y un estremecimiento mezcla de dolor y placer
sacudieron a la esclava. La pobre tenía la entrepierna tan sensibilizada que el
mero contacto del vibrador le hizo ver las estrellas y su cosquilleo no era
precisamente placentero, al menos al principio. Sin embargo, poco a poco la
vibración continua de ese aparato le empezó a excitar más que a doler. Te gusta,
¿verdad putilla?, le dijo Armando al ver los primeros síntomas placenteros en
ella. Vamos, mira a la cámara y di que te gusta. Beatriz miro efectivamente
hacia la cámara de vídeo y afirmó con la cabeza poniendo los ojos en blanco.
Armando siguió y siguió con el vibrador y en un momento le desató las cintas del
consolador metiendo y sacando éste fuera del coño de Beatriz. La bella esclava
gemía ahora de placer con los ojos cerrados y la boca entreabierta. Así, así,
sigue así, me corro, dios, y convulsionando todo el cuerpo volvió a tener otro
orgasmo intenso y prolongado para satisfacción del verdugo. Beatriz se mareó por
la intensidad del orgasmo y al terminar los espasmos empalmó un segundo orgasmo
pues Armando no paraba de masturbarla con el consolador. El caso es que le dolía
la entrepierna de la irritación pero su verdugo le obligaba a correrse una y
otra vez.
Armando se dio cuenta de esto así que fue hasta la neverita
donde tenía las bebidas y sacó una cerveza. La abrió y bebió casi todo su
contenido de un trago largo. Cómo me gustas, preciosa, mírame, la tengo otra vez
tiesa de ver cómo te corres. No sé qué me gusta más, verte sufrir o gozar. Y
diciendo esto le sacó el consolador metálico y le introdujo la botella aún fría
de la nevera. El frío repentino sorprendió a la muchacha que volvió a gritar de
dolor, sin embargo, el frío ayudó a aliviar la irritación y poco a poco Beatriz
se calmó. Fue entonces cuando Armando le fue quitando las alfileres de las uñas
una a una con todo cuidado de no pincharle. Gracias mi amo, le decía ella una y
otra vez al notar sus dedos libres de esos odiosos alfileres. Al terminar
Armando le acarició el rostro. Así me gusta preciosa, así tienes que hablar a tu
señor, con dulzura. Ella asintió complacida pensando que se había acabado ya el
tormento pero eso no era del todo exacto.
Armando cogió ahora un extraño aparato que parecía un pequeño
sacacorchos sólo que en lugar de un tornillo tenía una pinza. Armando se la
acercó al pecho izquierdo y sin más ceremonia le cerró la pinza atrapando la
punta del pezón. La repentina presión le hizo gritar otra vez a Beatriz, pero
pronto se dio cuenta de que esa pinza no era tan terrible como las que había
tenido que soportar antes en la piscina. Lentamente Armando se puso a accionar
el "sacacorchos" y la pinza le empezó a estirar el pezón hacia fuera. La joven
se sorprendió de poder soportar ahora ese dolor y más aún se sorprendió al
comprobar que eso le gustaba y le ponía cachonda.
Te gusta, se nota que te gusta, dijo Armando poniéndole otra
pinza en su otro pecho y provocando otro gemido de placer en su víctima. Follame.
¿Qué?, preguntó Armando, pues Beatriz lo dijo en un susurro. Fóllame, repitió
ella más alto, soy tuya, mi amo, fóllame por favor. Armando estaba empalmado por
el comportamiento de Beatriz. En poco tiempo se le había pasado el cabreo y
ahora disfrutaba como una perra en manos de su torturador. Armando nunca había
visto una tía tan sumisa a la que ya no le parecía importar que él fuera feo y
ridículo. Metemela, seguía ella , soportando el apagado dolor de los pechos.
¿Sería posible?, a Armando nunca le satisfacía la penetración pues solía perder
la erección en cuestión de minutos. Pero con ella quizá sería diferente. Así
pues se arrodilló y volvió a mover la botella que aún estaba dentro de la vagina
de ella.
Eso le gustó mucho a Beatriz. Sí, sí, sigue, sí, follame le
decía mientras él movía la botella delicadamente y jugaba con las pinzas que le
atrapaban los pezones. Beatriz seguía gimiendo cada vez más alto con los ojos
cerrados y probablemente llegó a correrse otra vez, Armando no podría asegurarlo
pues sólo estaba pendiente de mantener la erección. Está muy mojada, se dijo,
seguro que le entra fácil. Armando sacó la botella y se puso a acariciarle los
labios vaginales comprobando complacido que ella estaba inundada de sus propios
jugos. Beatriz respondió con un nuevo gemido a las caricias, cerró los ojos y se
abandonó al placer. En su mente volvió a aparecer Miguel, en su fantasía era él
quien le masturbaba y no ese mono asqueroso. Viendo las convulsiones y gemidos
de placer de su esclava, Armando terminó de animarse y poniéndose en cuclillas
se puso a penetrarla. El pene erecto entró con facilidad y Armando comenzó a
follarse a Beatriz animosamente. Al principio ésta siguió gimiendo de placer
pero estaba tan mojada y dilatada que Armando apenas notaba más que un leve roce
en su miembro. Por si fuera poco pronto quedó en evidencia que aquél era un pene
pequeño y ridículo. Los hombres que la tienen pequeña se consuelan pensando que
el tamaño no importa, pero para Beatriz ese pequeño miembro le pareció
decepcionante y le quitó todas las ganas. Por ello, pronto abrió los ojos y dejó
de gemir. Ahí estaba Armando, delante de ella, afanándose desesperadamente por
follar, jadeando mientras la metía y sacaba cada vez con peor resultado. Beatriz
se quedó quieta esperando que él se corriera, pero de repente el verdugo la sacó
de su entrepierna completamente fláccida.
Maldita sea, masculló él, y mirando con odio a Beatriz, le
dijo. Puta estúpida, tú tienes la culpa. Entonces ella se dio cuenta de su
error, tenía que haber fingido. Ahora Armando tenía los ojos inyectados en
sangre. Ahora verás, le dijo con rabia. Armando se fue hasta la mesita y puso el
soplete en funcionamiento. Un ruido sordo se extendió por la sala y los
aterrorizados ojos de Beatriz pudieron ver la llama azulada que salía a presión
del ingenio. Armando recuperó el gesto de sadismo y se ajustó un grueso guante a
su mano derecha. ¿Qué vas a hacer?, dijo ella muerta de miedo. Armando cogió la
caja de las agujas y la agitó para que sonaran. No, eso no, dijo ella. Miguel ha
dicho que agujas no. Armando sacó una aguja de la caja y la puso delante de los
ojos para que ella la viera bien. No, no, por favor, dijo ella al ver la aguja
de más de cinco centímetros de larga brillando ante sus ojos. Miguel ha
prometido que si me quedaba no habría agujas. Yo no sé nada de eso, zorra,
contestó Armando mientras ponía la punta de la aguja al fuego. La punta de la
aguja no tardó casi nada en ponerse al rojo, así que Armando la sacó y se la
acercó al costado derecho de Beatriz, entre las costillas. Y ahora reza lo que
sepas, dijo.
Desoyendo los gritos de la esclava, Armando le cogió un
pequeño pellizco de piel y le clavó la aguja candente. La joven gritó como un
animal herido y si no hubiera estado fuertemente atada se hubiera soltado de sus
ligaduras. Armando se dio entonces cuenta de que había cometido un error, si no
le ponía algo entre los dientes es posible que ella se mordiera la lengua. Así
que cogió un ballgag rojo brillante y se la ajustó por sorpresa en la boca
mientras ella lloraba y protestaba sin parar.
Con Beatriz ahora amordazada, Armando se puso a calentar una
segunda aguja y siguió con la tortura lenta y cruelmente.
Miguel extrajo el tapón anal con cierta facilidad. Ahora
Irene tenía su culo completamente abierto, un agujero circular de dos o tres
centímetros de diámetro, así que ella volvió a inclinarse y separar los mofletes
del trasero para que él la sodomizara cómodamente. Relájate y no hagas fuerza,
te gustará más. Efectivamente el pene de Miguel empezó a penetrar a Irene y ella
se puso a gemir de placer más que de dolor. A Miguel no le costó mucho
penetrarla casi hasta el fondo, se puso en cuclillas y la sodomizó una y otra
vez con fuerza e intensidad. Irene gritaba tan fuerte que Lucio y Ferrando
estaban superexcitados y cachondos. Qué tieso está esto, es una gozada darte por
culo preciosa, dijo Miguel entrecortadamente a punto de correrse. Irene,
entretanto consiguió poner las dos manos en un lateral y con el dedo índice
llegaba a masturbarse a duras penas. Miguel efectivamente no tardó mucho en
eyacular. El trasero de Irene estaba tan entero y flexible que le atrapaba el
pene con fuerza. Miguel ni siquiera la sacó y se corrió dentro del culo de ella.
Irene no llegó al orgasmo, pero Ferrando le dio una segunda oportunidad
sustituyendo a Miguel. Por fin la rubia consiguió tener un orgasmo con la
tercera enculada de Lucio.
Tras más de media hora de clavarle agujas por todo el cuerpo
Armando había conseguido correrse una segunda vez mientras Beatriz estaba
completamente desfallecida de tanto gritar y encajar esos dolorosos pinchazos.
Pequeñas agujas se podían ver ahora en sus piernas, brazos, costados y pechos.
Sin embargo lo peor estaba aún por llegar. Cuando se cansó de las agujas,
Armando se acercó a un armario y sacó una pequeña cajita. Tengo una sorpresa
para ti, esclava, y diciendo esto abrió la caja y le enseñó los dos pequeños
anillos dorados que había en su interior. ¿Te gustan?, le preguntó y sólo obtuvo
un mmmhh incomprensible por respuesta. Me gusta adornar los pechos de mis
esclavas con anillos de oro. Ya verás, estarás preciosa con ellos. Y dicho esto
dejó la cajita encima de la mesa y apretó bien el "sacacorchos" de uno de los
pezones de Beatriz estirando la piel al límite. Hecho esto sacó una aguja algo
más gruesa y larga y la colocó en la llama del soplete.
Beatriz comprendió desesperada el tremendo suplicio que le
esperaba, su pesadilla de anoche se hacía realidad, y se puso a gritar cosas
incomprensibles y a agitar la cabeza, hipnotizada por la llama y la aguja que se
iba poniendo roja por segundos. ¿estas preparada?, preguntó él con la aguja
candente en una mano y un trozo de corcho en la otra. Ella gritó y negó
histérica por toda respuesta pero nada impidió a Armando colocar el corcho en un
lado del pezón y apuntar con la punta de la aguja en el lado contrario.
Lentamente se la clavó por medio de la base del pezón mientras ella temblaba y
gritaba de dolor. Beatriz perdió el control de sus esfínteres y un chorro de
orina salió de su entrepierna. La aguja apenas tardó unos segundos en traspasar
el pezón cauterizando la herida a su paso. Armando pinchó con ella el corcho y
de repente se dio cuenta de que Beatriz había dejado de gritar. La chica había
perdido la consciencia..