Guía de Sombras (15).
-¿Esperó mucho? ¿Qué esperaba de ella? Le habrá parecido una
eternidad.
-Sí, por supuesto. Esa semana me pareció eterna. Para colmo
no podía concentrarme en ninguna otra cosa. Además, tenía dudas. Yo sólo quería
acostarme con ella. Al fin de cuentas nada perdía, pero tenía dudas…
-¿Dudas?
-Sí, de cómo comportarme. De cómo tratarla. Para mí era algo
nuevo, totalmente. ¿Cómo hace un muchacho de veinte años con una mujer que,
seguramente, tenía toda la experiencia del mundo? Eso creía…
-Pero a usted no le faltaba experiencia…
-Pero era distinto. Si bien es cierto… que muchas veces fui
producto de las circunstancias…, bueno, a una chica sabía como tratarla, sabía
que podría gustarle, como hacerla sentir bien, incluso hasta donde podía ir…
pero, con una mujer grande… en fin, tenía dudas. ¡No quería pasar vergüenza!
Tenía que hacerme el macho conocedor y experimentado… ¿O mejor sería dejar que
ella llevara la iniciativa? ¿Y si me inhibía? El tiempo me parecía eterno… pero
cuanto más se acercaba el día… más miedo tenía. ¡Hasta pensé en no ir a clase!
¡Era el colmo!
-Pero sucedió, me lo dijo.
-¡Eso pasa por contarle el final!
-Esto no es una novela.
-Es que a veces me olvido del motivo por el cual estoy aquí.
¡Cómo puedo decir semejantes cosas!
-¡Si usted me dijo que se sentía cómodo conmigo!
-Sí, por supuesto. Me siento cómodo, sin duda. De otra manera
no hablaría, ¡ni siquiera vendría! Pero otra cosa es estar sólo y pensar en lo
que dije antes. No crea que soy tan cara rota o zafado. Tengo mis pruritos.
-Sé perfectamente como es. Reservado y delicado en sus
expresiones. Me refiero en sus relaciones, fuera de acá. Poco comunicativo, pero
amable. No solo escucho lo que me dice. También aprendo de lo que calla…
-No es mucho… lo que callo. Digo. La mayor parte de las cosas
jamás las comenté con nadie. Nadie, de verdad, ni con los amigos más íntimos. Y
le cuento todo lo que me acuerdo.
-Me alegra que haya podido decírmelo. Eso ha hecho mucho más
por usted que lo que podría haber hecho yo…
-Usted hizo bastante. ¡Un montón!
-Le dije que no tenía nada que ver con la terapia. Ahora
continúe. ¿Qué pasó en la próxima clase?
-Todo en orden, como siempre. Nada me daba la pista que
pasaría algo distinto. Hasta que ya casi al final, en un momento me dijo
"esperame en 115 y 46." Eso fue todo. Y allí estuve, unos diez minutos… que me
parecieron una hora. Acercó el auto al cordón, me abrió la puerta y entré. Ni
hola me dijo. Yo me quedé calladito, como perro mojado en un rincón…
-¿Era casada?
-No sé. No le pregunté.
-¿No quería saberlo?
-No sé. No me lo planteé.
-¿Cómo no le interesaba? ¿Nunca quiere enterarse de nada?
-Ella dijo lo mismo. «¿No preguntás nada? ¿No querés saber
nada de mí?» «No me gusta ser indiscreto. No quiero obligar a nadie a decirme
algo que no quiera o que tenga que mentir.» Sonrió y continuó callada. Dimos
algunas vueltas y salimos hacia el Camino Centenario. Por entonces casi no
conocía esa zona, pues siempre viajaba en tren a Buenos Aires, que era más
barato y el "rápido" llegaba más pronto. No existía autopista entonces. Luego
supe que el lugar adonde fuimos se llamaba City Bell. Yo solo conocía la
estación. Una localidad de quintas y casas de fin de semana. Fuera de la ruta
las calles eran de tierra y había unos chalets muy lindos. En uno de esos se
detuvo. Bajó, abrió el portón y entramos. Me iba a bajar a cerrar, de puro
cortés nomás. Me indicó que me quedara quieto. Bajó ella y cerró y luego nos
acercamos hacia una galería, que era el guardacoche, supongo. Una hermosa casa.
En ese momento no se me ocurrió, pero luego pensé si estaba siempre sola, o
había algún casero. No sé. Por entonces todo era mucho más tranquilo, más
seguro. No era necesario vivir en un fuerte, o barrio privado, con vigilancia.
Era 1959. La desocupación era del cinco o seis por ciento, creo. Los chorros
eran de otro nivel. Se dedicaban a los bancos o joyerías. ¿Oyó hablar del loco
Villarino? Eran de ese tipo. Profesionales en serio. A mí el Gordo Valor o la
Garza Sosa no me preocupan. ¿Qué me van a robar? ¿Cien pesos? ¡Si no les alcanza
ni para una caja de cigarros! Bueno. Yo quietito. Me indicó que bajara. Abrió la
puerta lateral… y entramos. Un poco me temblaban las piernas, la verdad. Durante
una semana pensando que iba a hacer… y me quedé medió estúpido. ¡Poca clase de
mi parte! Sofía lo notó, seguro, pero no dijo nada. Sonrió, me tomó de la mano…
y me acercó hacia ella. Me besó en la boca. Tenía los labios secos…, yo tenía
los labios secos. En ese momento se convirtió en una mujer, sólo en una mujer, y
se me fue el espanto. La abracé, nos envolvimos con nuestros brazos y comenzó la
danza de la seducción y el sexo… Tanto fue así, que ella me detuvo. «Esperá,
vamos a relajarnos y a tomar algo. ¿Querés?» En ese momento sólo quería
acostarme con ella, en cualquier lado, el sofá, el suelo, la mesa, lo que sea.
Pero me contuve. Ya le dije. Tal vez Sofía consideraba que era ella quien tenía
que llevar la iniciativa. No lo sé. Pero decidí dejar que dirija la orquesta. Me
indicó el sofá y fue hacia la cocina. En el camino encendió una radio, un
combinado, como le decían antes. «Allí tenés unos discos. Si te gustan ponelos.
No te quedés duro. Hacé lo que quieras. Quiero que te sientas bien, cómodo.» Si
ese era su deseo, no quise seguir siendo el bobo. Me paré, busqué en una pequeña
pila de discos, eran todos LP y de 45rpm, los chiquitos. Por suerte siempre tuve
muy buena cultura musical. Creo que en ese momento fue la primera vez que
escuché, por lo menos que identifiqué, la Sinfonía Nº 25 de Mozart. Vi Mozart y
lo puse. Nada más porque me gusta, no para mandarme la parte. «¿Te gusta
Mozart?» «Sí, por supuesto. Tengo bastante de música clásica. No aquí, en La
Plata, pero sí en la casa de mis padres.» «Me alegro. Pensé que mi música te
podría aburrir… es, bueno… más antigua.» Tal vez pensaba decir "música de
viejos", no sé. El tema me soltó la lengua. Me sentí más tranquilo. Mejor. Le
hablé de mis gustos musicales, de la preferencia de mis padres, durante tantos
años de peregrinaje por el país, de escuchar todos los días el "Concierto del
Mediodía" de Radio del Estado, de la manera como había logrado cierto buen
gusto, todo eso. Nos acercó mucho, mucho más de lo que pensaba al principio,
creo que ella también lo sintió así. Y el hielo quedó roto, con gran placer por
ambas partes. Sofía actuaba como si tuviera todo el tiempo del mundo. Yo por
supuesto no tenía ningún apuro, ningún compromiso con nadie, quiero decir. No
tenía que llegar a ninguna hora a ninguna parte. Si ella lo tenía, lo había
abandonado o abría arreglado las cosas, como me dijo. De allí en más todo fue
maravilloso. Mientras bebíamos, conversamos sobre música, nos besamos, nos
acariciábamos, y nos reíamos de puro felices, supongo. Yo, por lo menos. Sofía
era todo una señora, una verdadera dama. Nada que fuera grosero, sin clase. Por
suerte yo también puedo ser un caballero. A veces.
-Usted siempre es un caballero…
-Gracias… aunque a veces no lo parezco. En este caso sí. Ella
me lo dijo. En realidad, de alguna manera me estaba diciendo que era mas maduro
de lo que parecía, pero de tal manera que no me regalaba nada. No era una
lisonja, sino una comprobación, con toda inmodestia, de mi parte, claro. El
problema que yo tenía, en esta conversación, en este cambio de besos y caricias,
era que no quería decirle nada que confirmara que ella era, efectivamente, más
de veinte años mayor que yo. Mi propósito era que se sintiera tan joven como yo,
o por lo menos no más vieja. Creo que lo logré. No creo que haya sido una
cortesía, pero me lo confirmó en algún momento. «Me haces inmensamente feliz. No
sé si lo sabés, o tal vez eso no te importe.» «Si me importa, me importa que
estemos a gusto, los dos, no solo uno, que uno complazca y que el otro goce.
Nada de eso.» Todo fue muy bien, excelente. Cuando se levantó y me tomó de la
mano, ya sabía que íbamos hacia el dormitorio. Lo consideré un halago, ir a su
cama no era lo mismo que el sofá, el suelo, la alfombra o la mesa. Era otra
cosa. La mejor.
-¿Era un dormitorio matrimonial?
-Sí, sin duda. Sin la menor duda. No lo vi en ese momento. No
me fijé en nada, tampoco. Luego, en algún momento comencé a observar, o a
percibirlo. No había nada a la vista que explícitamente demostrara la presencia
de un hombre, pero…, no sé. Era matrimonial, seguro. No quiero decir con esto
que eso demostraba que en ese momento lo era. No había ningún pijama debajo de
la almohada, por supuesto. Pero que tenía ese carácter, sin duda.
-Tenga en cuenta que muchas personas que viven solas tienen
cama matrimonial…
-Sí, lo sé. Pero no era eso por supuesto. Claro, ahora que lo
pienso, en ese entonces no sabía esto. La cama camera era para el matrimonio,
siempre. En mi vida de soltero nunca tuve una cama grande. Claro, tampoco viví
en un departamento mío o alquilado por mí. Siempre en pensiones o en
departamento compartido. Bueno, no sé por qué, pero supuse que lo compartía con
el marido. Pero eso era lo de menos. Cuando pensé en eso, ya había pasado mucho
de lo mejor…
-¿Qué fue lo mejor?
-Ya… ya va. Tiempo al tiempo. Por suerte a esa altura estaba
completamente desinhibido, creía. Luego descubrí que me faltaba mucho por
conocer, en el trato con las mujeres, digo… Aunque de todo me di cuenta luego.
En ese momento estaba bárbaro. Con ganas y sin complejos. Por supuesto que ya
había comenzado a reconocer el cuerpo de Sofía con mis manos, aunque no la había
visto desnuda. En los prolegómenos, en el sofá, no había dejado que fuera muy
profundo, no como una reprimida o histérica, nada de eso, sino con mucha cancha,
me iba guiando hacia donde ella quería, y evitaba con clase, con algún
movimiento, algún cambio de posición, que mis manos fueran más lejos de donde
estaba dispuesta a permitirlo. En algún momento pensé que esas cosas, esas
prácticas que yo tenía, en mi costumbre con las chicas de mi edad o con las más
chicas, las que ya le conté, no eran bien vistas por una señora veinte años
mayor. Al fin de cuentas cuando ella tenía mi edad, tal vez los muchachos se
comportaran más retraídamente, que sé yo. «¿Me desnudás?» Antes que hiciera
precisamente eso, Sofía me lo pedía. Era evidente que insistía en llevar la
batuta, o pensaba que no me iba a animar. No se lo pregunté. Comencé a
desabotonarle muy delicadamente su blusa… y a llenarle de besos cada centímetro
de la piel que quedara descubierta. El perfume de su cuerpo era, para mí, en ese
momento, el aroma más excitante que había percibido nunca. Cuando su busto quedó
libre de la blusa intenté desabrocharle el corpiño. Fue inútil. Evidentemente no
tenía ningún conocimiento en la tecnología de la lencería. «No te apurés. Ya te
diré como.» Entonces terminé con la blusa. Me sacó la camisa y me besó en el
cuello, bajando hasta mis propios pezones. «Tenés un perfume adorable.» «Voz
también.» «Pero el mío es de utilería, gracias a los franceses. El tuyo es
natural. No tenés ninguna fragancia, por eso me gusta.» Era cierto. No tenía la
costumbre de ponerme perfume, aunque en verdad había pensado hacerlo para esa
ocasión… y me había olvidado, por suerte.
-Tiene razón. Ahora tampoco lo usa.
-¡Pero uso desodorante, por lo menos!
-Pero a los veinte años es lo que menos importa. Continúe.
-Los acontecimientos se precipitaron. Antes que pudiera echar
mano a su pollera, ella la había desprendido y estaba a sus pies. ¡Y no tenía
ningún viejo calzón, como yo podría haberme imaginado entonces! No era un
bikini, de esos tan comunes hoy días, pero si era una bombachita muy pequeña,
como las que conocía de cualquier chica. ¡Y unas piernas maravillosas! Se lo
dije. «Sos más hermosa de lo que podría haber supuesto.» «¿Aunque espiabas mis
piernas en el taburete?» Me puse colorado. «Sos un amor.» Y me besó, mientras
desprendía el cinto del pantalón. Cuando ayudó en su caída, su mano rozó el
bulto. Sin dejar de besarme lo tomó con su mano, por sobre el calzoncillo. Hice
lo que tenía que hacer. Deslicé mis manos por la espalda hasta la cintura y bajé
su bombacha. Sofía movió las piernas para que cayera y puse mi mano entre sus
piernas, sobre el pubis. Seguía recorriendo mi boca con su lengua, mientras yo
era más bien el pasivo, en cuanto a los besos. Todavía me faltaba el corpiño.
Terminó de bajarme el calzoncillo y se dio vuelta. «Ahora fíjate bien como es el
broche. Tenés que tomarlo con las dos manos y apretar uno contra el otro, luego
deslizarlo, uno hacia arriba y el otro hacia abajo. Así sale.» Eso me obligó a
soltarla, que era lo que ella quería, supongo. Pero me atreví a una audacia de
mis correrías con chicas. Arqueándome apoyé el pene entre los glúteos mientras
trataba de sacar el corpiño. No hizo ningún problema. Se acomodó para sentirlo
mejor, flexionando levemente las rodillas para que el miembro se encajara.
Cuando logré sacarle el adminículo la tomé con ambas manos. Todavía no podía
tener la perspectiva de verla completamente desnuda. Estaba apretado contra
ella, llenando mis manos con sus pechos y besándole el cuello, la nuca, los
cabellos, la espalda. Sin soltarla, fue yo quien se agachó para besarle los
glúteos. De pronto se dio vuelta y me ofreció la pelvis. Casi de rodillas me
apoyé contra ella mientras lentamente, los dos completamente desnudos ahora,
retrocedía hacia la cama. Cuando llegó a ella me tomo de las manos y
sosteniéndose con ellas se fue tirando hacia atrás, mientras sus ojos se
entrecerraban de gozo o ensimismamiento, algo así. No abandoné lo que estaba
haciendo, o lo que pretendía hacer más bien. Me arrodillé a la vera de la cama y
puso sus piernas sobre mis hombros. ¡Eso ya lo conocía! No dudé un instante y
allí fui. Teniéndome las manos con fuerza las utilizaba como riendas para
apretarse contra mi rostro. Y sin poder verla todavía con suficiente perspectiva
para saber como era completamente desnuda, recorrí toda la vulva con mi lengua.
Sofía gozó inmediatamente. Sin duda no había nadie cerca, ni lejos, creo, por
los aullidos que daba y los estertores de gozo. Su orgasmo fue casi brutal.
Quedé más exhausto que ella, tal vez. Con la cabeza en su regazo. Me acarició
los cabellos. «Vení, subite. Recién comenzamos. Y quiero que dure mucho.» Me
levanté y me alejé algo mientras ella se acomodaba en la cama. Y así la pude
ver. Una donna renacentista. Una belleza clásica. Algo muy hermoso. Hermosísima.
«No me mirés así. Me va a dar vergüenza.» «Eres bellísima.» «Hablas como un
caballero español.» Allí caí en la cuenta que, efectivamente, había hablado en
castellano y no en argentino. «Eres el Mio Cid.» «Y tu Dulcinea del Toboso.» Y
nos reímos a carcajadas. «Vamos, vení a mi lado, que al verte así, tengo más
deseos que cuando me besaste.» Así..., era así justamente. Mi pene latía
tremendamente erguido. «Late como la cabeza de una tortuga…» se reía Sofía.
«Vamos, vení arriba y no me hagás desear más.» Me recibió entre su brazos con
las piernas abiertas. La penetré inmediatamente. En eso me acordé del
preservativo. Lo había traído. Estaba en el pantalón. «No hace falta. Estoy
protegida contra imprevistos.» «Mejor así. Me gusta más natural.» «A mí también.
Es hermoso sentirte latir dentro.» Comenzamos a movernos acompasadamente. Bueno,
lo de siempre…
-No se interrumpa. Cuénteme como si fuera la primera vez.
-De alguna manera lo era. Era nueva esta experiencia. Sin
duda. Su perfume, su piel, sus tetas firmes y sus pezones rojos como cerezas me
excitaban enormemente. ¡Era una mujer absoluta y total! Sus ojos y su boca eran
la gloria también. Y le besé la nariz, con cariño, con profundo cariño. Me
gustaba mucho. Realmente. No estaba haciendo ningún favor a nadie. La sentía
entre mis brazos como si fuera mi primera mujer.
-Cuando se está a gusto es como la primera vez.
-Me sentía como un caballero, sin duda. Como si estuviera en
alguna recámara de la edad media con la mujer del rey Arturo o cosa así. No
sabía en realidad como decírselo. Cuando le besé la nariz, se sonrió, sin dejar
de acompañar mi bombeo. Buscábamos el punto de encuentro, el ritmo que nos
uniera a los dos, acompasadamente, en el mutuo goce. «Quiero sentir tu semen.
Deseo locamente sentirlo.» En ese momento me apretó con sus yemas el cuello y la
espalda. Con una mano llegó a uno de mis glúteos y me clavo los dedos. Llegamos
juntos al clímax. «¡Te siento, te siento! ¡Siento el dulce fuego que me estás
derramando!» Por supuesto, yo había sentido ese fuego en la boca. En ese momento
me di cuenta porqué me agrada tanto la vagina, recorrer la vulva con la lengua.
La sensación de placer es mayor que sentir los músculos de la mujer apretando el
miembro. Probablemente, si no lo hubiera hecho antes, pensaría que eso era lo
más lindo, pero bueno, eso es lo que sentía. Quedamos agotados, quietos, yo
sobre ella. Hice ademán de correrme. «No. Quedate. Me gusta sentirte. Siento la
humedad de tu sexo y como corre un hilito del esperma por los labios de la
vagina. Me gusta.» Si ella me hablaba así, yo no pensaba quedarme callado. «Yo
sentí tu fuego… en mi boca.» «Sí, me gustó mucho. Me sorprendiste. No pensaba
que lo harías.» ¿Me estaría diciendo que me creía inexperto? Bueno. Le demostré
lo contrario. Nos quedamos un buen rato, hasta que fui yo quien se puso a su
lado. Sofía no había dejado un minuto de besarme. En los labios, los ojos, las
orejas, en todo el rostro. «Eres maravilloso. Me hacés muy feliz.» Noté que dijo
"me hacés" y no "me hiciste". Me gustó que no hablara en pasado. Quería decir
que esto no terminaba. Y efectivamente no terminó. Escuchábamos el final de la
sinfonía de Mozart… ¡Ni veinte minutos habían pasado! Me incliné hacia ella y
comencé a besar y acariciar todo su cuerpo, centímetro por centímetro,
prolijamente. Primeros fueron sus pechos y sus pezones. Lamía las perlas rojas
suavemente y ella se estremecía. «¡Me dan cosquillas! ¡Pero me gusta!» La induje
a dar vuelta y besé su espalda. Desde los hombros hacia abajo. Desde la nuca,
por la columna hasta la cintura. Por ésta, hacia las caderas, y desde las
caderas hacia el centro. Desde donde, suavemente, comienza la hendidura entre
los glúteos, fui presionando y pasando la lengua. En un momento me ayudé con las
manos y los separé. «Esperá un momentito, por favor. Dejame que voy a lavarme.
Voy a estar más cómoda.» En este momento fue cuando tuve tiempo de observar
donde me hallaba. Hasta que entró en el baño, cuya puerta daba directamente al
dormitorio, no había visto nada a mí alrededor. Era amplio, con un par de
roperos, con varias lunas, y un alto techo, con la estructura de soporte de las
tejas a la vista, forrado interiormente con un cielorraso de roble. Me llamó la
atención que mi ansiedad ni siquiera había permitido darme cuenta que había
varios espejos en las puertas, además de uno sobre un soporte, de cuerpo entero,
basculante, que podría ser fantástico para vistas por demás tentadoras. Cuando
tuve ganas de orinar, me di cuenta que no solamente Sofía quería lavarse. Era
natural. Pero no quería pasar vergüenza, pedirle que me dejara ir al baño… «Si
querés venir al baño, pasá. No tengás vergüenza. Hay una divisoria.» Ella
también lo había pensado. ¡Menos mal!
-Hasta las cuestiones más prosaicas son parte del sexo. Todo
es humano.
-Humano, demasiado humano. Entre un matrimonio es así. Pero,
hasta entonces, yo no había estado casado… Sofía parecía tener esa experiencia.
«Vamos, vení, ¡que te vas a hacer encima!» Efectivamente el baño estaba dividido
por dos mamparas de vidrio esmerilado. En el primer segmento una mesada con dos
bachas, sobre un vanitory, y la puerta de un pequeño placard, seguía el bidet y
el inodoro y posteriormente la bañera. Sofía se estaba bañando. «¿Ves que soy
discreta?» En esto mostraba su don y su clase. Cuando sintió el derrame del agua
se asomó. «Ahora vení a bañarte conmigo. No podés negarte. Voy a pensar que no
te gusta.» Por supuesto que no me hice rogar. Era una bañera bastante más grande
de las que yo conocía. Sofía tenía bastante más dinero de lo que se supone una
profesora universitaria puede tener. O era de familia con plata o tenía alguien
que la mantenía. Era obvio. Pero no fue problema para que nos divirtiéramos bajo
la ducha. ¡Y todo de manera muy discreta! Nos enjabonamos y lavamos mutuamente,
pero con la debida precaución de no excitarnos demasiado. Por lo menos es lo que
me pareció que Sofía pretendía. Un juego bajo la ducha, dejando el final para
más tarde.
-¿Ve? Le demostraba que era una señora que sabía cuando había
que hacer cada cosa… para que durara lo más posible.
-Cierto, fue así. Yo pensaba que esto daba por concluida la
fiesta, pero… ¡recién empezaba! Y Sofía me lo confirmó inmediatamente. «¿Tenés
algún compromiso?» Me miró mientras se secaba, como queriendo adivinar alguna
trampita de mi parte. «Quiero decir, si tenés que irte ya. Si podés quedarte…»
Aunque no lo quería demostrar, había cierta ansiedad en su pregunta. «No, para
nada. No tengo ningún compromiso, ni tengo que ir a ningún lado. Y a la pensión
puedo llegar cuando se me dé la gana, aunque puede no gustar mucho, pero eso no
me preocupa.» «Bueno… ¿te quedás conmigo toda la noche?» No me lo esperaba, de
verdad no lo esperaba. Calculé que serían las siete…, siete y media de la tarde.
No sabía que hacer. No me molestaba en absoluto quedarme. Realmente iba a estar
mucho mejor aquí que en la pensión, aparte de estar con Sofía. Pero me descolocó
la propuesta, como si fuera una especie de muñequito, gigoló, que sé yo. No
estaba muy convencido. Sofía se dio cuenta. Mientras me pasaba la toalla por el
cuerpo, me besaba en las mejillas, en los ojos, me decía lo que pensaba y lo que
yo quería oír, al fin de cuentas. «No te preocupes. No estoy tratando de
seducirte, de tenerte como un trofeo encerrado aquí. Si aceptas, pero en algún
momento te arrepientes, te llevo hasta donde quieras, a Buenos Aires, si así lo
deseas.» Nuevamente estaba hablando en castellano. «No Sofía, no es eso. No me
voy a arrepentir. Seguro. Lo que pasa que no esperaba que me pidieras eso. ¡Será
un verdadero placer!» La abracé y besé en la boca, como un verdadero amante. Me
apartó con suavidad y fue hacia el dormitorio. Me enrollé en el toallón y la
seguí. Como me pareció que se iba a vestir, no quise importunarla, ser
indiscreto. En verdad no tenía ninguna experiencia en la convivencia con una
mujer. Hasta entonces todo había sido "toco y me voy". Nunca otra cosa. Ahora se
me ocurre que, en realidad, hasta casarme, fue la única oportunidad que pasé una
noche completa con una mujer, y luego de casarme… también, salvo mi esposa,
claro.
-¿Usted viajó bastante por razones de trabajo, no? ¿Nunca
aprovechó la ocasión?
-No, nunca. Tampoco viajé demasiado. Cinco o seis veces…,
diez o doce noches habré estado fuera de casa. No más que eso. Pero nunca me
enganché con nadie. Pasaba la noche solito. ¿Por lo que cuento deduce que soy un
Casanova, un Don Juan, algo de eso…?
-No, para nada. Pero como a veces se acuerda de algunas cosas
a la larga…, mucho después… de la cronología, digamos, por ahí se olvida de
algo… Sinceramente le digo que su tipología no es la de esos tipos. En general,
quien tiene una juventud sexualmente plena, resulta muy fiel en el matrimonio,
sea hombre o mujer…
-Ya sabe que opino de la fidelidad…
-Está bien. Lo digo tomando el lugar común de su uso.
¿Comprende? No hago trampa, como para confundirlo.
-Correcto. ¿Continúo?
-Sí, por favor.
-Bien. Fui a la sala, donde estaba el tocadiscos. No lo hice
por ninguna razón en especial. Esperaba que ella terminara y luego me iría a
vestir yo, si era eso lo que quería, no sé. Elegí algunos y los coloqué en el
cambiador. No sé si los recuerda. Esos combinados tenían un cambiador automático
que permitían poner varios discos, sean LP o lo que sea. No se podían mezclar,
nada más, por el tema del tamaño y la velocidad, 33, 45, 78, así…
-Los conocí. En casa de mis padres había uno y yo misma tuve
uno, pequeño, solo para discos, sin radio. El famoso wincofón…
-Sí, famoso. Sobre todo por los noviazgos y matrimonios que
generaron. Media clase media fue reproducida por el wincofón. Bueno, tenía muy
buena música, por lo menos, de la que a mí me gustaba. Vivaldi… "Las cuatro
Estaciones", Rachmaninoff, un LP de Sinatra, de Rosemary Clooney…, estos eran
chicos, de veinticinco centímetros, de 33 rpm, pero chicos, de los grandes había
menos. Vio cuando usted siente que la están mirando… Me pasó eso. Me di vuelta y
Sonia estaba apoyada en la jamba de la puerta, con un desabillé, casi
transparente, muy hermosa, el cabello húmedo, sobre los hombros. ¡Era una imagen
de película! Por un momento me pareció que todo era una ilusión, que lo estaba
soñando… Sonrió. «Me encanta verte así. Como si fueras un efebo griego, con la
túnica blanca. Me parece un sueño…» «Parece irreal ¿no? Digo… me parece que esto
no existe…, no está pasando.» «Nos está pasando y no quiero que me despiertes.»
Se acercó hacia mí y me abrazó mirando los discos que había elegido. «¿Por que
tenés mi gusto? No tendría que ser así.» Nuevamente suponía que por tener veinte
años menos me tenía que gustar cosas distintas. La verdad que yo tendría que
decirle que el que tiene gusto de viejo soy yo, la verdad era esa. Por entonces
me gustaba mucho más toda esa música que la de moda, la de los chicos, la que
era común en los bailes de estudiantes, pero por supuesto no iba a ser tan
grosero, aunque no sabía como explicárselo. Todo eso se me pasó como un
relámpago por la mente, pero no dije nada, claro. «La buena música es eterna.»
¿Qué otra cosa iba a decir? «Ya te expliqué porque estos gustos, además, mis
mejores amigos también tienen estos gustos, con lo cual se confirma que la
cuestión es el medio, la propia historia familiar y personal…, más que la
influencia de la radio o del cine. A los once o doce años ya me gustaba esta
música y me sigue gustando, y probablemente me gustará hasta que me muera.» Lo
que es absolutamente cierto. «No lo digo asombrada, entendeme. Lo digo…, no sé
como decirlo…, fascinada, hasta atemorizada.» «¿Cómo?» «Bueno, no me hagás caso.
Estoy desvariando. Demasiadas emociones en un día.» «El día no terminó ¿no?»
«Dejemos esto.» Me dio un beso. «Voy a preparar la cena.» «Dejame que te ayude.
Hace tanto tiempo que no comparto la cocina de mi casa que me gustaría hacerlo.»
«¿Si querés…?» «Esperá, me visto.» «¿Cómo? ¿No vas a darme el placer de tener un
efebo griego en la cocina?» Me sentía incómodo. «Me parece que se me cae en
cualquier momento.» «¿Tenés miedo que te vea desnudo?» Me acariciaba las orejas.
«Sonia, no vamos a llegar a la cena, creo.» Comprendió que estaba menos ansioso
que ella. «Sí, tenés razón, no debemos desaprovechar el placer de cenar juntos,
de ninguna manera.» Cuando regresé había encendido un hogar. ¡Ni lo había visto!
Fuimos a la cocina, casi hollywoodense, increíble. «¿Qué querés comer? Bueno,
mucho no hay tampoco. No tengo nada perecedero. Todo envasado. Fideos, salsas,
legumbres, esas cosas. Buen vino, eso sí.» «Cualquier cosa que sea rápido…» «¿No
querés perder tiempo?» «No es por eso. No quiero que te ocupés demasiado. No
vine para hacerte trabajar. Nada de eso.» «Aunque no lo creas, para mí es un
inmenso placer hacer la comida para los dos. Una buena mesa es parte del placer,
también. ¿No crees?» Yo hacía tanto tiempo que no me sentaba a una mesa bien
puesta en una casa de familia, en una casa, va, cualquiera…, bueno…, estaba de
acuerdo. «Bueno, gozaremos de nuestra cena…» Estaba por decir "…que no sea la
última", pero preferí callarme. Me pareció inadecuado, una pretensión indebida.
Ella lo dijo. «Espero que no sea la última…» Y me miró de una manera extraña…,
como de más allá, no…, quiero decir, de más atrás, de lejos. Pero rápidamente
comenzó a hablar de las cosas para hacer. Creo que también se dio cuenta que era
una suposición incorrecta, una proposición incorrecta, no muy clara y mucho
menos posible. Se puso dicharachera y seductora, como cocinera. Hasta en este
caso era atractiva, tal vez más de lo que suponía, o no tanto. Mi "ayuda" más
molestaba que otra cosa, pero Sofía insistía que no me vaya de su lado. "Tomá
esto, abrí aquello, alcánzame lo otro." Las luces, los claroscuros, las sombras
y la música, todo lo hacía infinitamente tentador. Su cuerpo se adivinaba
perfecto dentro de la prenda, no sabía si mirarla a ella o mirar lo que tenía
entre manos. Se reía y jugaba conmigo. Ahora había vuelto a manejar la situación
y yo me mostraba dócil. Lo era de cualquier manera. Estaba embelesado. Creo que
en menos de una hora, más o menos, estábamos en la mesa. Me indicó donde estaban
los platos, los cubiertos, etc., y cumplí con mi función de ayudante de cocina.
En las oportunidades que me pescaba mirándola me daba un rápido beso, se reía y
me recriminaba mi distracción. Fueron fideos con salsa, arvejas, el contenido de
una lata de algo parecido al paté, no sé. Y nos sentamos, uno frente al otro.
Así lo quiso ella. ¡Hasta puso velas! Dejó algunas luces en algún rincón y
brindamos, solamente por el momento de estar juntos. Nada más. Casi no hablamos
durante la cena. Por momentos, le acariciaba una mano, extendía su pie y me
tocaba. Había algo irreal en todo. Ciertamente. Ahora que lo pienso. Sí… ¡no lo
había notado nunca! Por momentos su mirada se parecía a la que encontré en Emmi
muchos años después. Se lo dije, a usted, me refiero, no a Sofía, esa manera
profunda y casi triste de mirar, era lo que me parecía que venía de atrás, como
si los ojos salieran de lo profundo de la cabeza, del cerebro…, me resulta
difícil explicarlo. En determinado momento pensé que no notaba la diferencia, la
de los años, digo. Si yo no me veía en un espejo no notaba que tuviera veinte
años más. Me di cuenta justamente cuando mi rostro se reflejó en una copa. Me
estremecí. Lo recuerdo por que me lo dijo. «¿Tenés frió?» «No, no es eso. Creo
que es demasiado hermoso para mí?» «¿Por qué estás cenando en una mesa o porque
estás conmigo?» Era demasiado directa la pregunta. «Perdoname. No tendría que
haber dicho eso.» «No es la mesa, ni la cena, ni la casa. Sos vos, Sonia. Hace
diez días ni soñaba estar junto a vos. ¡Todavía no lo puedo creer.» Me tomó
ambas manos. «No estás soñando. No estamos soñando, es cierto. Maravillosamente
cierto. Y…» «¿Y qué?» «Nada, iba a decir una tontería.»
-¿Peligrosamente cierto? ¿Eso iba a decir? ¿Sería eso? ¿Usted
que opina?
-En ese momento no se me ocurrió nada. No sabía. Ella llevaba
la batuta. No quise forzarla a nada. Me callé. En verdad, no soy una persona de
palabra fácil. En realidad… soy medio lenteja para pensar…
-No lo parece. Me dijo que se había olvidado de este suceso y
hace dos días que está hablando de él. Y todavía sigue.