*COLECCIÓN de RELATOS
"DESDE EL JARDÍN":
"Pero sabía que más allá del muro
oscuro los esperaba un paraíso".
John Updike.
UNA DE DOS
Aquel año se había propuesto disfrutar de unas vacaciones
diferentes. Hacía tiempo que venía acariciando la idea sin decidirse nunca del
todo y ahora, una de dos, o se quedaba sin aventura o, de una vez por todas,
ponía en marcha el proyecto. Partió con su furgoneta dirección a la costa del
sur con la intención de recorrer todo el litoral, se trataba sin duda de un
periplo curioso e improvisado, sin ataduras y con el firme propósito de no
planear nada con antelación. La aventura iba ya por su segundo día y atravesaba
la concurrida ciudad de Stroôm, paso obligado para alcanzar el hermoso tramo
costero que conduce a Port Palmer, antigua población pesquera famosa también por
su aguardiente.
Precisamente mañana se celebraba la fiesta del exquisito
licor y pretendía llegar allí antes que anocheciera.
Aliviado, terminó de salir del atasco en hora punta de
aquella ciudad y tomó la carretera comarcal que se desviaba hacia el mar. En el
siguiente cruce, le pareció reconocer el rostro de la muchacha que aguardaba
junto a la señal de tráfico.
Continuó algunos metros más adelante, antes de dar la vuelta
para comprobar detenidamente si se trataba de verdad de la misma chica que él
conocía.
Efectivamente, al pasar de nuevo lento a su lado distinguió
el lunar inconfundible de su pómulo izquierdo y detuvo su furgoneta, al tiempo
que la muchacha se acercaba a la ventanilla.
-Sí, voy hacia Port Palmer. Si quieres venir, te llevo...-,
respondió a la chica al mismo tiempo que levantaba las gafas de sol descubriendo
el rostro.
Al reconocerle, a la joven le brillaron los ojos y,
alegrándose por la sorpresa, tomó asiento a su lado mientras no dejaba de
lanzarle un repertorio continuo de preguntas. Se conocían de los años del
Instituto, incluso llegaron a tener un escarceo sentimental sin éxito y, más
tarde, con la incorporación a la universidad siguieron destinos distintos. Le
contó lo de su reciente trabajo estrenado como profesor de Biología y del
proyecto solitario de sus vacaciones. Carla no podía salir del asombro, de tanta
casualidad, precisamente allí, en aquel cruce de carretera dirección a casa de
su amiga en Port Palmer para celebrar mañana su cumpleaños. Ella siempre fue un
tanto maniática para explicar o querer entender ciertas coincidencias o
situaciones y, sin tapujos, se propuso que había que celebrar aquel inesperado
encuentro con un especial acontecimiento. Al fin y al cabo ya se conocían, en un
tiempo incluso intentaron llegar a más. La proposición no pudo menos que
sorprenderle, aunque lo disimuló, aceptando de buen grado la sugerente
invitación.
- No has cambiado nada, Carla!...
El bosque que iban dejando a un lado del arcén le pareció el
lugar idóneo para la ocasión y por qué dejarlo para más tarde... Una proposición
tan atractiva se debe atender de inmediato. Abandonó el carril y, despacio,
entró en la zona arbolada, adentrándose hasta el sitio mejor alejado para
celebrar su euforia contenida y no ser molestados. Allí, entre la espesura del
bosque rememoraron antiguas caricias olvidadas con ímpetus nuevos. El flirteo
inicial dio paso pronto a mayores en la parte trasera de la furgoneta que se
mecía con un ligero vaivén, provocado por el inquieto embiste de dos pasiones
encontradas.
Ya caía la tarde cuando entraban en Port Palmer, después de
una prolongada y satisfactoria sobremesa. La amiga de Carla esperaba a la
entrada de la casa y saludaba sin poder ocultar su innegable acento, propio del
dialecto de la comarca costera. Ingrid también era rubia, más incluso que su
antigua novia y, al presentarle, insistió con amabilidad para que se quedara y
asistiera a su fiesta del día siguiente. La verdad es que no le ayudó la excusa
de que iba a continuar viaje, pues pensaba asistir a la fiesta del aguardiente,
pero aquella imprevista invitación en el mismo lugar y en el mismo día le dejaba
atrapado en una contradicción demasiado evidente, así que sin poder negarse
aceptó quedarse solo por una jornada.
La fiesta del aguardiente comenzó aquella misma noche y
durante la mañana siguiente continuaron los festejos, entre fuegos de artificio,
concursos, bailes y degustaciones interminables del embriagante licor. A media
tarde, Carla e Ingrid me aconsejaron bajar al salón principal de la gran casa y,
a ser posible, con traje de gala. Se trataba de una fiesta muy especial, su
cumpleaños coincidía con la fiesta mayor del pueblo y, en una especie de
tradición establecida, se acostumbraba a celebrar aquella otra fiesta paralela,
curiosa mezcla de disfraces
y trajes regionales.
Llevaba esperando un rato en el salón principal y ya había
llegado un número considerable de animados invitados, la mayoría engalanados de
los más variopintos disfraces, divertidos, extravagantes, inauditos algunos de
ellos. Las risas crecían en volumen elevando el tono festivo del salón que
parecía quedarse pequeño ante la constante avalancha de gente que no cesaba en
llegar. No llevaba en el equipaje de aquellas vacaciones ningún frac ni traje de
gala, pero su americana de diario y aquella corbata multicolor daban el
contrapunto ideal para cumplir el requisito previsto. Se alegró del acertado
consejo de las chicas, pues así pudieron reconocerse entre aquel loco carnaval
de estrafalarios adornos.
Ellas estaban elegantes, preciosas, embutidas en sus vestidos
de princesas orientales.
La música no le dejaba oir las palabras de Ingrid y se dejó
llevar de la mano escaleras arriba. Al cerrar la puerta de la habitación, Ingrid
se pegó a su cuerpo y, sobrecogido por la pregunta, se estremeció al sentir sus
palabras resbalarle por el cuello erizándole cada centímetro de piel.
-Carla me aseguró que eres una joya única, ¿me dejas
probarlo?...
Con dos rápidos movimientos de sus dedos se despojó del traje
de fiesta y, desnuda entera, se abrazó a él, solícita. Sin despegarse, unidos,
se acercaron a la cama y cayeron abrazados, enzarzados en la ardua tarea de
explorarse con deleite, ajenos a ninguna otra fiesta que no fuera la suya.
La fiesta debió continuar hasta altas horas, aunque para él
pasó desapercibida el resto de la madrugada, había tenido su fiesta particular y
se felicitaba por ello.
Cayó dormido con tanto trajín, con la mente puesta en la
carretera del día siguiente, las emociones por el momento habían resultado
intensas. Sin embargo, antes que amaneciera del todo notó el cuerpo de Carla que
se acostaba a su lado, sin ropas, jugueteando con su cuerpo, entumecido aún de
la noche pasada. La fiesta no parecía haber acabado para él, pues Ingrid se
acostó al otro lado y entre las dos mujeres consiguieron enderezar de nuevo la
alegría de su cuerpo, que despertó del todo. Fue una despedida apoteósica, una
esperanzadora inyección de vitalidad. No siempre concurren circunstancias
parecidas, pero al menos a él ya le había ocurrido.
Prosiguió el viaje por la costa en la mañana gris de brisa
fresca, agradecida, frente al calor de días atrás. También atrás quedaron las
chicas, sus entrañables momentos compartidos. Le asaltó la tentación de
permanecer allí junto a ellas, pero una de dos, o proseguía solo adelante con su
aventura o se arriesgaba a malgastar la experiencia. Sin duda, lamentaría tiempo
después repetir una ocasión tan especialmente señalada, pero tardaría en borrar
el grato recuerdo del sabor nuevo de aquella primera vez. La carretera sinuosa
se retorcía persiguiendo las curvas a lo largo de la playa, pero él estaba en
otra cosa, no atendía al paisaje.
*** FIN ***
Luis Tamargo.-
luistamargo@hotmail.com
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-"Es una Colección original e inédita
de Cuentos y Relatos".-