Me he dado cuenta de que la mayoría de las mujeres lesbianas
que conozco son unas reprimidas. No es por ofender a nadie, pero así es. O tal
vez sienten que se puede ser lesbiana durante unas horas y se ven con derecho a
utilizarte como una camiseta, y luego poner algún tipo de excusa y a otra cosa
mariposa.
Luego están las tías como yo, que, según le de, puede ser la
buena mas buena o, por el contrario, la mala mas mala ("Cuando soy buena, soy
muy buena pero cuando soy mala, soy mejor", Mae West). He de reconocer que no
soy el tipo de chica enamoradiza y romántica, es mas, soy bastante cabrona,
aunque, verme enamorada, puedo resultar sumamente estúpida. Si, soy una
calzonazos. Es muy fácil hacerme daño. En el fondo, como casi todos, escondemos
nuestras debilidades con nuestras fortalezas para que después algun@ se
aproveche y pinche nuestro talón como a Aquiles, exponiendo nuestras
impotencias.
Francamente, no se el por qué de tanta problemática, si, en
el fondo las dificultades tienen la importancia que les queremos dar. Es mas,
damos mas importancia a cosas tipo "fulanita anda diciendo que eres bollera" o
"menganita dice que eres un poco ligera de cascos" que a problemas serios de
verdad como la falta de trabajo o la falta de salud. Dimes y diretes sin
fundamento, eso es lo que mas nos influye a la hora de hacer nuestra vida, y yo
me pregunto por qué.
También abundan las "lesbianas de boquilla", esas que
presumen de serlo aunque siempre queda la duda. Las abanderadas del orgullo
bollo. JA! Y a la hora de la verdad…
Este es el caso que me pasó una vez, no hace demasiado.
Salíamos mis amigas y yo y todos los fines de semana íbamos
por la zona de vinos de mi pueblo. Allí, en uno de los bares "de moda" de la
temporada conocimos a un grupo de gente muy agradables del pueblo de al lado.
Entre ellos estaba Alejandra, una jovencita muy maja y muy guapa que proclamaba
a los cuatro vientos su homosexualidad, repartiendo piquitos a diestro y a
siniestro entre sus amigas. Claro, eso era un verdadero "escándalo" en un
pueblo, por lo que mis amigas hicieron todo lo posible para que nos
conociéramos.
¡Como si tuviera que depender de ellas para hacer conquistas!
Pero este tipo de cosas es tan común, que ya ni te parece mal. Yo no me escondo
de la gente, y vivo mi sexualidad abiertamente, pero no quiero ser el "icono
gay" de mi pueblo. Soy una chica normal de mi edad, ni más ni menos. ¡¡Dejémonos
de tonterías y vivamos, coño!!
En fin, volviendo al tema. Nos presentaron y lo cierto es que
no me desagradó, ni yo a ella. Y eso se empezó a convertir en uno de esos
coqueteos de fin de semana que, cuando nos faltaba lo echábamos de menos. El
tipo de cosa que haces cuando alguien te interesa para llevártela a la cama.
En mi línea de vacile, siempre me metía con su estatura,
llamándole pequeñita y cosas por el estilo, algo que ella no le sentaba muy bien
y que, por eso, trataba de meterse conmigo, aunque sin mucho éxito. Siempre
quedábamos las dos arrimadas a la barra, bebiendo chupitos entre miradas
cómplices y cosas así. Cada vez nos acercábamos más, pero sin salirnos de la
rutina "Saturday night".
Uno de esos fines de semana el ambiente que se respiraba era
muy…, no se muy bien como definirlo, caliente, quizás, si, puede ser una buena
definición. Tanto sus amigos como los míos estaban por la labor de rozarse hasta
hacer fuego. Eran las 4 de la madrugada y sólo quedábamos nosotros en el bar,
con la dueña, claro, a la que también le va la juerga de "carallo". Yo creo que,
si hubiésemos recibido un pequeño empujoncito, nos habríamos quitado la ropa
para montar una orgía sexual en toda regla. Todo daba igual, chicos con chicos,
chicos con chicas, chicas con chicos y nosotras dos calentándonos a cañón.
En un momento determinado, para las dos se borraron los demás
que allí estaban. Nuestras miradas cambiaron y pasaron a ser pura pasión, puras
ganas de comernos allí mismo. Los primeros pasos los daba ella, poniéndome en
bandeja las continuaciones. Las miradas daban paso a caricias íntimas en las
manos o en la cara, incluso alguna fugaz palmada en el trasero.
Debido a la diferencia en la estatura, cada vez que hablaba,
me veía obligada a inclinarme para escucharla, cada vez mas cerca (no puedo
asegurar que fuera por la música alta, precisamente), y de cada acercamiento
obtenía un beso en los morros. Piquitos que no hacía más que aumentar esa
tensión sexual de última hora de la noche. Cada vez nos separábamos menos y los
besos eran más continuados, pero cuando quería alargarlos un poco de más, le
entraba la vergüenza y se negaba.
Noté sus manos en mi cintura y sentí como me iba empujando
hacia atrás. Me metió en el baño y cerró la puerta con el pasador. No habíamos
accionado el interruptor de la luz, por lo que, lo único que nos alumbraba era
la luz de emergencia. Aunque ni esa hacía falta. Aprisionada contra el
lavamanos, su boca se apoderó de la mía, besándome de tal manera que decía mas
de lo que quería mostrar.
Un beso húmedo, caliente, lleno de lujuria, saliva y algún
que otro suspiro ahogado por nuestras lenguas en plena lucha de titanes. Su
mano, bajo mi camiseta, acariciando mi abdomen y mi espalda, velozmente, con
ganas y casi con miedo de seguir subiendo. Su otra mano enredada en mi pelo,
agarrándolo con fuerza, sujetándose a mí para no caer. Mis manos sujetándome a
la fría porcelana de nuestro lecho festivo dado que mi equilibrio se veía
afectado por mi estado etílico y su entusiasmo exacerbado.
Comencé a sentirme como cuando tenía 15 o 16 años y cualquier
momento y lugar es bueno para darse a las artes amatorias, así como volví a
sentir ese ardor en la entrepierna propio de esa edad, con la ventaja de que
hace años que esa etapa pasó y ahora tengo más experiencia y menos vergüenza.
Empecé a recuperar mi equilibrio y conseguí mantenerme cual
bípedo que se precie. Mis manos, hasta ahora en estado de letargo emocional, se
fueron directas a erguir la camiseta de mi compañera de sudores, a la vez que,
con el resto de mí, acorralaba contra la pared a la culpable. Luego esos mismos
apéndices dieron comienzo a la andadura por su anatomía. Desabroché su sujetador
y sus hermosos senos se vieron en la boca de la loba. No podía separarme de
ellos, me atraían irremediablemente y solo el diablillo que siempre me acompaña
sabe a ciencia cierta hasta que punto era así.
Aunque ella trataba de disimularlo, gemidos y mas gemidos se
escapaban de su boca mientras su pelvis buscaba desesperada el roce con mi
pierna para obtener un poco de alivio a ese ardor. Pero no fue mi pierna con lo
que se topó, si no con mi mano inquieta que luchaba por desabrochar su pantalón
vaquero.
Agarrándome del pelo levantó mi cabeza para intentar ahogarme
(a mí y a sus gemidos) con su lengua casi seca de tanto jadeo al tiempo que "la
traviesa" se colaba bajo las telas y paseaba impunemente los dedos a lo largo
del lago que inundaba su sexo. Mi, ya de por si, calenturienta anatomía entró en
combustión precipitada por tal hallazgo e, irremediablemente, separé mi cara de
la suya para ver que reflejo tenían mis actos. Una sonrisa iluminó mi cara y su
reacción fue la de esconderse en mi cuello, besándolo y lamiéndolo, provocando
en mi un estado de frenesí que se traducía en un efecto vibrador de mi mano
sobre su clítoris.
Bajé sus pantalones hasta las rodillas y sus manos agarraron
mi trasero. Mi dedo encontró su gruta y se adentró una y otra vez, sin prisa
pero sin pausa. En seguida, otro dedo entró, en amor y compañía del primero,
haciendo las delicias de mi amante, pero ahora si que tenían prisa. Sentía sus
dientes en mi cuello provocándome un escalofrío por toda la espalda con el
consecuente mordisco mío en su hombro.
Después de ese "mete-saca", mis deditos se aferraron a su
clítoris para frotar y frotar hasta sacarle brillo. ¡Y vaya si lo consiguieron!
Desesperadamente abrazada a mi cuello, se corrió acabando con la sequía en
España.
Mientras se iba recuperando del shock volví a mi posición
inicial, apoyada en el lavamanos, ella acariciándome la cara y besándome de
forma cariñosa, e, incomprensiblemente para mí en ese momento, en lugar de
gracias, me pidió disculpas por ¿haberme hablado mal?. No se, no entendí ese
pedazo del cuento, pero bueno, "hai que ir indo" (hay que ir yendo).
Salimos del baño 45 minutos después y nos fumamos el
cigarrillo típico con el consiguiente vacile de todos los allí presentes.
Incluso la dueña del bar me preguntó que qué tal había ido nuestro "curupaco",
poniendo en el aparato de música la canción "Swim da cor" de Daniela Mercury.
Ahora os preguntareis a que vino todo el texto que escribí al
principio. Pues bien, os lo contaré. He de reconocer que no soy el tipo de
persona que, después de un rollo de una noche, por muy bien que me lleve con la
persona, se pone en contacto con la otra parte pero, tratando de dejar ese mal
hábito, con ella hice una excepción y le envié un mensaje al móvil interesándome
por ella. No obtuve respuesta. El sábado siguiente volvimos a vernos y, con cara
de, no se si miedo o vergüenza, se acercó a mi y me dio una serie de
explicaciones y respuestas a preguntas nunca formuladas: "Mira, me encantó estar
contigo. Me pones un montón (mirando mis pechos). Pero estoy liada con alguien
y… es un hombre." "Pues, olvídalo, no te he pedido matrimonio ni nada de eso"
"Ya, pero… no he parado de pensar en ti y… no se si podré olvidar lo que
ocurrió… quizás podemos repetirlo, ¿no?"
Etcétera, etcétera, etcétera. Lesbianas de boquilla a las
que, a pesar de ser realmente lesbianas, les es mas fácil hacer el paripé de
estar con un hombre por no mostrarse como son ante los demás y, cuando tienen un
desliz tipo el aquí relatado, tratan de auto-engañarse proclamando a los cuatro
vientos (y a los cuatro amigos) que fue un ERROR. Y, como me dijo una buena
amiga, "Hoy en día está de moda hacerse gay, molas mas".
Seamos consecuentes con nuestros sentimientos y con nuestros
pensamientos. Lo único libre que tenemos es nuestra cabeza y, si intentamos
pervertirla para ser como los otros, nunca seremos felices.
Hoy por hoy puedo decirlo con la boca grande: SOY UNA MUJER
LIBRE.
Fru, Apu, ¡quérovos!