... eran las tres de tarde de un día lluvioso de mayo,
conducía despacio detrás de un vehículo que había olvidado apagar sus
preventivas y me mantenía tenso la idea de que sin más aviso que una antigua
promesa virara en algún sentido. Toqué la bocina al tiempo que las gotas de
lluvia arreciaban contra el cristal de parabrisas, subí el volumen de la radio y
el siguiente cuarto de hora logré avanzar solamente un par de calles.
Había prometido llegar a las 3 en punto a mi cita con el
viejo Víctor Ojeda, hijo, según sus propias historias, del mismísimo Pancho
Villa, aunque claro, éste nunca lo había reconocido. No eran sus mentiras
fantásticas las que me mantenían visitándolo cada tres tardes, era una especie
de amenaza que me había dicho la primera tarde en que bajo la sombra de un
manzano comenzó por relatarme su vida y obra. Viejo seductor de muchas mujeres,
señor de casa y padre de mil y un niños que aún lo esperaban bajo el rebozo de
sus coquetas madres.
"No, muchacho, mi vida, mi vida no ha sido nada sencilla.
Aunque, si la oportunidad se me diera, haría lo que fuera por vivirla de
nuevo... sin modificar nada, así tal y como las cosas se dieron".
Vislumbré la puerta automática del asilo en que los años lo
habían condenado, una mano fantasmal abrió el camino dejándome de frente y en
silencio expectante ante una señorita de finas facciones, labios pequeños pero
de una mirada tan bella como fría. Sin palabras me reconoció y con su amenazador
índice señalo el pasillo a su derecha, pronunció un inaudible "pase" y un sonido
absurdo me indico que la puerta podía ser abierta.
Al final del sendero, y sin más compañía que su dentadura en
un recipiente con agua, Víctor José Ojeda Hernández saludaba alegremente a la
visita que llegaba. Me indicó sentarme en una silla colocada frente a el, una
botella de agua, un vaso con hielos y un cenicero me aguardaban. Aguardé
mientras colocaba sus dientes, articulaba varias frases en voz baja, y sin más
aspavientos me miró con los mismos ojos que me escudriñaron el día en que
primero platique con el.
"Ya antes me habías dicho de tus intrigantes planes por
adueñarte de las letras, yo te he dicho que ya en mi juventud alguna vez también
acaricié la opción por convertirme en escritor. Lo que hoy quiero contarte quizá
este lejano a ser digno de nombrarse en alguno de tus futuros libros, consideró
que tal vez es quitarte el tiempo, pero te ruego me acompañes hasta el final del
recorrido":
No respondí, no era necesario hacerlo. Destapé la botella de
agua, serví una generosa cantidad en el vaso y me recargue en el asiento, ávido
de escucharlo. Sonrió, me miró unos instantes y después habló de nuevo.
"... corrían los años perfectos, el país se vanagloriaba de
su supuesta estabilidad política y los medios mantenían en alto el nombre del
presidente en turno. Los jóvenes eran rebeldes infantiles y consideraban rayar
palabras soeces en la pared como el delito que los marcaría en la historia. Yo,
de 24 años, celebrara dos de casado, Julieta, mi dulce Julieta, de párpados
caídos en sensual mirada, de cinturas anchas y parecía había sido vaciada una
actriz del cine americano dentro de una común mexicana. No había podido darme
hijos, por más que las fuerzas de mi edad nos permitían intentar con frecuencia
de un par de conejos. Tengo una foto de ella, ahora te la enseño".
Una bella mujer me miraba desde el otro lado del cristal del
marco, cabello largo hasta la cintura, ojos enormes pero iluminados solo una
pequeña parte que sobresalía de unas pobladas pestañas. Se notaba hermosa en un
vestido de tela blanco, que enmarcaba las figuras de un par de senos de buen
tamaño. De sus caderas era sencillo no hablar y mejor quedarse embobado mirando
e imaginándolas bailando al ritmo de melodías eróticas en una noche de pasión y
entrega.
"Por esos tiempos la educación era cosa seria, nada de
huelgas y paro de clases. – con sangre las letras entran – era una de las muchas
frases que repetía mi madre. Llegó a la casa Alicia, de deliciosos 14 años de
edad, de mente despierta y con miedo sustituyendo el respeto por los más
grandes. Venía a completar su escuela secundaria, a buscar trabajo y si era
posible a encontrar marido. Su madre, hermana mía, sugirió se fuera a vivir con
sus tíos, pagaría su estancia con servicios, así rezaba la carta que acompañaba
a Alicia cuando la encontramos a la puerta".
Dejo de pronunciar palabra mientras su vista se llenaba de
recuerdos, me miraba de reojo y sentía como si dudará de continuar con el
relato. Me aventuré a apoyar mi mano en su hombro, salió de su debate interno y
sin fijar sus ojos en nada concreto dijo:
"Cuando abrí la puerta, debí saberlo. Apenas la vi, así,
inocente, deseosa de conocer un mundo que le había prometido la recibiría con
los brazos abiertos, apenas vi su pelo enredado en dos trenzas, negro intenso
igual que mi Julieta. La vi y sin recordar quién era la imagine desnuda, sus
pechos incipientes al aire y mis manos a ellos aferrados, su región genital
siendo manipulada por mis bestiales arrebatos. Entró con un aire decidido a
quedarse para siempre, entro con la actitud de quién pretende gobernar al mundo
sin importar siquiera que tendría que hacer por ello.
Nos saludo cortés, un beso en mi mejilla que terminó de
despertar los demonios que yacían dormidos, aquellos que con la costumbre y la
rutina de las caricias de mi esposa creí desaparecidos. Nos dio un sobre con la
carta en puño de mi hermana, la firma elaborada de mi cuñado, un buen número de
pesos y el juramento escrito de no nos causaría problemas y solo sería orgullo.
Todo quedó arreglado, dormiría en el cuarto de lavandería mientras
acondicionábamos otro sitio, llevé su poco equipaje a su destino, ella
permaneció con mi esposa hablando de lo que el tiempo había decidido para ella,
para su hermana y para todos los nombres de la familia que podían acordarse al
calor de la cocina.
Pareció cosa del diablo cuando olvide el minúsculo escalón
que adorna la entrada de la habitación, tropecé cayendo sobre una cama sin
sabanas, sin almohadas y que cualquiera diría nadie nunca usaría, en el piso
estaban las prendas que salieron de una maleta mal cerrada. Blusas de colores
vistosos, faldas sin secreto que guardar. Pero, ahí, justo en medio de un suéter
tejido a mano y de unas calcetas femeninas de precioso encaje, ahí en medio unas
bragas color blanco robaron mi atención. No fui conciente de lo que hice hasta
que el grito ahogado de Alicia me encontró con el miembro de fuera,
masturbándome violentamente mientras su prenda se exhibía en mi mano libre. No
dijo nada, recogió el resto de la ropa sin mirarme apenas, no pronunció palabra
y salió de nuevo con dirección desconocida.
Sobra decir amigo mío, que ese día no estuve tranquilo.
Esperaba con resignación temerosa el regaño, el comentario, la decepción de mi
adorada esposa, pero nada fue diferente, por la noche llamó a mi puerta para
decirme que la cena estaba servida. – pastel, tu favorito – dijo para luego
desaparecer tras la puerta de roble que nos dividía".
Un cierto nerviosismo comenzaba a apoderarse del ambiente,
yo, dentro de mi quería escuchar todo lo que viniera, pero mi educación me pedía
a gritos salir de ahí. El, en cambio, sacó sus dientes y los remojo en aquel
líquido que ahora era de un color amarillento, los colocó de nuevo y luego
haciéndome prometerle en silencio sacó una cajetilla de cigarrillos de uno de
sus bolsillos, encendió un pitillo mientras yo me debatía entre mi morbo y mis
ansias de seguir viéndolo del mismo modo.
"No puedo negar que la noticia de que mi travesura no había
tenido reprimenda fue el catalizador prefecto para incrementar poco a poco la
intención de mis delitos. Primero tomaba los corpiños y los paseaba por mi
aparato erecto y luego me masturbaba al verla portándolos sin la menor sospecha.
Era un pecado convertido en placer, el diablo se ponía de mi lado, si acaso el
infierno me esperaba detrás de mis actos, disfrutaría al máximo de lo que
condenaría mi alma.
En varias ocasiones, el sigilo no fue mi principal
característica. Ante cada oportunidad, necio a sus prendas y malicioso a
perseguir sus aromas, ella, fiel a la costumbre familiar de la siesta, dormía de
4 a 5 de la tarde en su cama, hermosa, indefensa se veía mientras su respiración
marcaba el ritmo afanoso de mis perversos sueños. En más de una ocasión la
valentía sustituyo a mi fuerza de voluntad, acaricié sus muslos sobre la delgada
tela, rozaba sus glúteos redondos y me temblaban las manos cuando tocaba
delicado sus pechos. Si ella estaba enterada jamás dijo nada".
Detrás de nuestra conversación, la voz inconfundible de la
enfermera nos informa el final de la hora de visitas, dudo, pero un billete
disimulado de mi mano a la de ella nos concede treinta minutos más.
"Cierta noche, todo termino por ocurrir. Tomaba la siesta, mi
esposa en el mercado bajo la profecía de no aparecer hasta pasadas dos horas. La
casa en silencio, solamente el murmullo del deseo de un adulto hacia una niña,
el deseo de verla desnuda mientras su rostro la muestra sonrojada. Las ansias me
asesinaban conforme me acercaba acechando la habitación, no hubo tiempo de
arrepentimientos, cuando mis sentidos volvieron a mi control, mi mano sujetaba
el trozo de tela de su blusa color rosa, sus bragas adornaban sus piernas
desnudas y su falda escolar aparecía abandonada en una esquina, me miraba con
miedo, sin más sonidos que el de su respiración agitada, levanté el corpiño
dejando ver un par de senos muy chicos, la pubertad ausente no fue motivo
suficiente para aplacar mis bestias internas. Le saque su calzoncito blanco de
sus piernas temblantes, bese su infantil pecho mientras mis manos buscaban con
desespero su entrada prohibida.
La miré desnuda recostada sobre la cama deshecha, su
expresión era de odio. No importaba en lo absoluto. De un rápido movimiento mi
pantalón apareció en mis tobillos, mi miembro la apuntaba descaradamente, ella,
con los ojos en el piso permanecía en silencio. Le exigí a base de gritos y de
amenazas de golpearla a que tomara mi aparato entre sus manos pequeñas.
Despacio, temerosa, obedeció. Sentir sus frágiles dedos sobre mi hinchado
miembro me hizo olvidar su posición y la mía. Ante mis ordenes, comenzó a
masturbarme al compás de varias lágrimas que brotaban sin consuelo. Ya para ese
momento mis dedos la penetraban con velocidad inusitada, sus sollozos se
confundían con algunos gemidos que comenzaban a traicionarla.
Sin preocuparme por su lubricación, por su expresión que
pedía misericordia, sin preocuparme por nada más que por mis propias ganas, la
hice girarse quedando a mi completa vista y merced su región genital, por un
lado su flor aún intacta, nacientes vellos púbicos del mismo tono de su cabello,
y, arriba, intrigante me atraía su orificio vaginal, ya había probado el de mi
esposa, pero la sensación de la primera vez me perseguía desde el momento en que
le había abierto la puerta de mi casa a Alicia, mi sobrina".
Ambos quedamos perdidos entre nuestros propios recuerdos, yo,
yo no había estado ahí, pero me imaginaba a una Alicia que debido al miedo por
desobedecer se callaba las injurias que podría haberle gritado a un tío que
había abandonado todo juicio. Me la imagine desnuda, asustada, pero a la vez
excitada debido a las caricias recibidas, me imagine sus trenzas cayendo al lado
de su cuerpo de niña, me imagine tantas cosas que pasaron para que, sin previo
aviso, la forzaran a convertirse en mujer.
"No medí mis acciones, debes comprenderlo. Aseste mi falo
completamente erecto sobre su ano, un grito desde el fondo de su garganta y un
hilo de sangre que manchaba las sabanas acompañaban mis salvajes arremetidas,
salía y entraba sin apurarme, el reloj me prometía una hora más al menos y todo
quedaría en "algo que nunca paso". Azoté con violencia desmedida las nalgas de
mi sobrina que me recibían, las vi tornarse rojas mientras ella mordía sus
labios para no hacer más sonidos que los que no permitían controlarlos. Recorrí
cada centímetro de su cuerpo, pellizcaba a antojo cada zona para escuchar esos
quejidos que me volvían loco. Terminé en un sonoro aullido de éxtasis dentro de
sus virginales piernas que habían perdido toda su fuerza.
Me recosté sobre ella y la bese, hundía su lengua hasta
rincones insospechados y sentía el cálido aliento de una quinceañera. Su sangre,
sudor y fluidos manchaban la cama, mi sudor empapaba su cuerpo y mi semen
escurría orgulloso fuera de su ano adolorido. Le ordene acariciarme de nuevo, su
obligación era hacerme recuperar la erección que ella misma había quitado, manos
inexpertas sobaron mi flácida hombría, me recuperé y la hice ahora subirse a mi
cual cabalgata, con movimientos vacilantes y con divinas sensaciones a cada poco
de mi metiéndose dentro de ella, mi falo clavado dentro de sus entrañas y su
expresión de dolor, de humillación y de sumisa resignación me orillaba a
concretar mis más perversas fantasías con aquella juvenil criatura.
La penetre muchas veces, el sentido parecía írsele y en
momentos su cuerpo de mecía sin control ante mis arrebatados movimientos. No
importaba, lo único que quería era saciar mi voraz apetito. Salí justo a tiempo
para bañar de semen sus vellos púbicos, su ombligo y sus pezones coronando a los
ausentes".
El tiempo terminó, nos informa la hombruna enfermera del
segundo turno, me mira con declarado enfado. Prometo despedirme y volteó a ver
al anciano llorando abiertamente sentencia.
"Comprenderé su ya no vienes a verme, no te culpo si tu me
condenas por lo que hice. Nadie nunca supo nada, la utilicé muchas veces
después, abandone a mi esposa y cuando ella trajo a la casa a quién era su
prometido sentí tanta culpa que yo mismo me envié al exilio. No me preguntes
como terminé en este sitio, pues ni yo mismo estoy seguro... pero, si de algo
sirve para que tu propio juicio me juzgue, estoy arrepentido... te dije hace
mucho que volvería a vivir mi vida de la misma manera, y no te mentí, pero
tampoco lo hago al decirte que sentirme dentro de ella me hizo inmensamente
feliz.
Entonces, Eduardo ¿vendrás mañana?".
Asentí, sus recuerdos se mezclaban con los míos, me sentía un
poco culpable.
No volví en dos meses, cuando regresé después de 67 días de
agónicos pensamientos, la enfermera de semblante frío me informó de la muerte
del señor Víctor José Ojeda Hernández hacía un par de días. Visité el cementerio
y vi una tumba sencilla gobernada por una cruz de concreto, deposité una hoja de
papel, mi eterno compañero, junto a pocas flores que trataban de ahuyentar el
olvido, vi una carta que no quise leer... pero me gusta pensar que contenía el
perdón por el que el tanto espero.
Señor Ojeda, mi cómplice de letras, tal vez sus palabras
respecto a que si alguna vez escribo un libro no podré mencionar esto sean
ciertas, pero también es cierto que no hay mejor homenaje que su historia
plasmada, o al menos un intento de transcripción por este, su intento de
escritor favorito.
Descanse en paz.
Víctor José Ojeda Hernández (1934 – 2006)