Paula quedó sola en aquella habitación, no pudo reprimir
llorar por tanta humillación recibida. Además le dolía todo el cuerpo, los
brazos comenzaban a dormirse y sentía hormigueo en ellos, también le dolía la
espalda por los latigazos, sentía mucho calor en ella al igual que en su trasero
y notaba como el ano se iba dilatando intentando acoplarse al plung que tenía
dentro.
Oyó como los socios de su amo se iban, agudizó el oído para
oir hacia dónde se dirigía su amo, rezaba para que fuera donde ella y la
rescatara de allí pero su amo fue hacia el baño a darse una ducha para después
ir hacia su habitación. Paula empezaba a desesperarse, estaba muy incómoda y no
sabía cuanto tiempo iba a tener que estar así. El semen de sus tetas y vientre
empezaba a secarse sobre su piel, le repugnaba aquella situación y la escena que
tuvo que dar con los cuatro hombres, para ella desconocidos. Ni siquiera sabía
sus nombres y deseaba no tener que volver a verlos en su vida.
Lo único que reconfortaba a Paula era la mamada que le había
hecho a Alfredo, realmente había disfrutado haciéndolo y se había excitado
muchísimo. Todavía recordándolo, su coño se ponía húmedo.
De repente, la puerta de la habitación donde ella se
encontraba se abrió, desde donde estaba no podía ver quien había entrado pero
supuso que sería su amo y no se equivocó.
Alfredo se acercó a Paula, sin decir nada, la desató y la
ayudó a bajarse. A Paula le temblaban las piernas y Alfredo lo notó, lo que hizo
que la cogiera en brazos.
Paula se atrevió a mirarle y vio en sus ojos una mezcla de
gratitud, cariño y compasión. En aquel instante, Paula se sintió la mujer más
feliz del mundo, a pesar de su cuerpo dolorido. Alfredo la sonreía, y pensó que
Paula realmente le gustaba. Había sido el amo de muchas mujeres, pero Paula
despertaba en él, además de su lado más salvaje, mucho respeto hacia ella.
Aunque eso no debía de interferir en sus planes.
Llevó a Paula en brazos hasta el baño y la sentó en la taza
mientras él abría el grifo de la ducha, esta vez con agua caliente, pensó que
por hoy ya estaba bien para Paula, se desnudó y cogió a Paula del brazo y se
metió en la ducha con ella. Comenzó a enjabonarla, limpiándole el semen de sus
pechos y vientre, limpió su sexo, su espalda dolorida, su trasero. Todavía no
quería quitarle el plung del ano, deseaba que lo tuviera un poco más, deseaba
que ese culito estuviera dilatado cuanto antes para poder meterle la polla en
él. A Alfredo le entraron deseos de follarla allí mismo, pero se contuvo, no era
el momento.
Paula, por fin, se relajó. La ducha la estaba sentando de
maravilla, sobre todo por ser Alfredo el que se encargada de proporcionársela y
de lavarla. El ano ya no le dolía, pensó que su culito se iba acostumbrando a lo
que fuera que tuviera dentro, aunque no dejaba de sentirse un poco incómoda con
aquello. Se sentía excitada, notaba humedad en su sexo. El cuerpo de Alfredo le
parecía hermoso, era más bien delgado pero a su vez fuerte, se fijó en el pene y
vio como presentaba una tremenda erección. El pene de Alfredo sin ser demasiado
grande era bastante grueso y en aquel momento se veía que estaba muy duro.
Cuando Alfredo terminó de lavarla, salieron de la ducha. Secó
a Paula con suavidad y después lo hizo él. Dirigió a Paula hacia su habitación,
la ordenó que se tumbara boca abajo y ella vio como cogía algo de un cajón,
pensó que quizá la iba a volver a castigar, pero para su sorpresa Alfredo le
untó la espalda con una crema que le aliviaba el dolor de los latigazos, hizo lo
propio con su culo. Paula se sentía mejor y dijo:
-Gracias mi amo, ahora me siento mucho mejor
-Lo sé, esto te ayudará a aliviar el escozor producido por el
látigo-dijo Alfredo.-Lamenté haber tenido que castigarte y pensé que no te
darían tan fuerte
-No se preocupe amo, me lo merecía
-Por lo demás, te has portado muy bien, has sido una buena
perra. Ahora descansa, te lo has ganado. Mañana continuaremos
-¿Me puedo quitar lo que tengo en mi culo, amo?
-¿Te molesta?- preguntó Alfredo
-No me duele, aunque me siento un poco incómoda
-Quisiera que te lo dejaras toda la noche puesto- dijo
Alfredo
-Como desee, mi amo, y gracias por todo
Alfredo salió de la habitación, se dirigió hacia su cuarto y
se tumbó en la cama. Estaba cansado y se quedó dormido enseguida.
Paula, por su parte hizo lo propio, se acomodó entre las
sábanas y se durmió pensando en su amo, dispuesta a complacerle en todo lo que
pidiera. Se despertó temprano, tenía que recoger la casa antes de que su amo se
levantara y prepararle el desayuno. Todavía notaba una especie de quemazón en la
espalda debido a los latigazos y su culo ya no le molestaba por el plung,
decidió no quitárselo hasta que su amo se lo dijera. Se colocó el delantal y
salió de la habitación dispuesta a hacer las faenas.
Cuando Alfredo se levantó ya era media mañana y Paula le
tenía preparado su desayuno.
-Así me gusta, perra, que atiendas a tu amo- dijo Alfredo.
Hoy me quedaré en casa y seguiremos con tu adiestramiento
-Si mi amo, estoy deseosa de que me eduque, quiero ser una
buena perra para usted
-Lo serás, yo me encargaré de ello- dijo Alfredo-. Por
cierto, ¿cómo va ese culito?
-Bien mi amo, ya casi no me molesta y no he querido
quitármelo hasta que usted lo ordene- dijo Paula
-Bien hecho esclava mía, pronto te acostumbraras
Cuando Alfredo terminó de desayunar, Paula se dispuso a
recoger la mesa. Mientras lo hacía, Alfredo la observaba y pensó que era el
momento de usarla como la perra que era. Y le dijo:
-Te espero en la habitación de invitados, cuando termines
quiero que vayas allí
-Sí, mi amo, enseguida iré para allá.- dijo Paula, aunque un
escalofrío le recorrió la espalda pensando en lo sucedido la noche anterior y
pensó que quizás quisiera azotarla otra vez
Cuando acabó de recoger se dirigió a la habitación donde la
esperaba Alfredo. La ordenó que se quitara el delantal. Paula obedeció, quedando
desnuda frente a él. Alfredo la cogió del brazo y la dirigió al borde de la
cama. La cogió del pelo e hizo que se doblara por la cintura hacia delante,
dejando su cara pegada a la cama. Paula mantenía las piernas estiradas bien
apoyadas en el suelo, dejando su culo bien expuesto con su espalda arqueada
hacia delante. Alfredo, sacó el plung del ano de Paula y observó que estaba
bastante dilatado, le agradó ver cómo iba haciéndose flexible. Paula sintió
alivio al desprenderse de aquel objeto, aunque no pudo reprimir un grito cuando
Alfredo se lo quitó de un tirón. Sentía los dedos de Alfredo jugando con su ano
dilatado y notaba como se iba excitando.
Alfredo se separó un poco de ella para empezar a desnudarse
mientras ordenaba a Paula que siguiera en esa postura. Después, se dirigió al
armario y Paula vio como cogía dos pares de esposas, unas bolas chinas y otros
objetos que no pudo distinguir. Ordenó a Paula que se pusiera boca arriba y que
separara bien sus brazos y piernas. Ató a la cabecera de la cama las manos de
Paula con las esposas, una para cada mano. Las piernas no las ató.
Paula aunque tenía miedo, estaba tremendamente excitada, su
coño rezumaba humedad y se dejó hacer, como la esclava que era.
Alfredo comenzó a meterle las bolas chinas en el coño, eran
dos bolas bastante gordas atadas con un cordón que entraron sin ninguna
dificultad debido a lo húmeda que su perra estaba. Paula gimió de placer.
-No tienes mi permiso para correrte - dijo Alfredo
-Si, amo- respondió Paula
Los otros objetos que Paula no había podido llegar a ver eran
unas pinzas, Alfredo le colocó una pinza en cada uno de sus pezones. Paula se
estremeció, le producían un dolor que no había sentido nunca, no tanto por la
intensidad sino que eran como calambres. A su vez, su coño seguía más y más
húmedo, las bolas le producían una agradable sensación. Pero tenía que
controlarse, no se podía correr hasta que su amo lo dijera.
Alfredo agarró su sexo juntando los labios mayores y le
colocó tres pinzas. Una de ellas apretaba entre medias su clítoris, esa le
molestaba mucho y gemía de dolor a la vez que de placer. Sus ojos empezaban a
humedecerse, soltando alguna lagrimilla. Sentía una sensación extraña, con las
bolas prácticamente encerradas en su vagina y todavía se excitó más. Iba del
placer al dolor y viceversa.
En ese momento, Alfredo se colocó delante de ella, se
arrodilló entre sus brazos y cogió su pene, apuntando a su boca.
-Vamos perra, ahora te toca chupar- le dijo
Paula abrió la boca y recibió la polla de su amo, que se dejo
caer un poco hacia delante para que la polla entrara mejor en la boca de su
esclava. Ella, tumbada así, boca arriba y con las manos atadas no podía dirigir
la mamada, así que Alfredo se encargaba de marcar el ritmo, primero lo hacía
despacio y metiendo solo el capullo pero pronto los movimientos de Alfredo se
hicieron más rápidos y profundos. Paula acabó tragándosela entera, lo que le
producía alguna que otra arcada, pero a la vez disfrutaba haciendo feliz al amo.
Alfredo, se incorporó, estaba muy excitado pero esta vez no
quería correrse en la boca de Paula. Pensó que ya era hora de usar el coñito de
Paula que casi pedía a gritos ser penetrado. Fue quitando las pinzas del coño,
lo que para ella resultó un alivio, empezaba a molestarle sobremanera la pinza
que apretaba su clítoris y de un tirón le sacó las bolas lo que hizo que Paula
se estremeciera de placer, el amo le recordó que no podía correrse.
Alfredo se colocó entre sus piernas y comenzó a dar
golpecitos en su clítoris, que todavía estaba un poco dolorido, con su polla;
eso a Paula le ponía muchísimo y gemía cada vez más fuerte.
-Recuerda que todavía no te he dado permiso, perra viciosa.-
dijo Alfredo
-Si mi amo, pero no voy a poder aguantar mucho como siga
golpeando mi clítoris con su polla- dijo Paula
-No quiero castigarte, pero si no cumples las órdenes tendré
que hacerlo- añadió Alfredo
Alfredo continúo así un poco más, alternando caricias en el
sexo de Paula con su polla, con golpecitos en el clítoris. Paula seguía
gimiendo, ni se acordaba del calambre producido por las pinzas en sus pezones y
si se acordaba se excitaba todavía mucho más. Alfredo notó que ella no iba a
poder aguantar mucho, así que decidió que ya era hora de probar ese coñito,
introdujo su polla entera, de un solo empujón, en el coño de Paula. Ella gimió
más, arqueando la espalda, estaba al borde del orgasmo:
-Amo, por favor, ¿puedo correrme?- preguntó
-Todavía no, viciosilla- contestó Alfredo
Y siguió empujando, la sacaba y metía a un ritmo regular, ni
demasiado despacio ni demasiado rápido. Quería llevar a Paula al límite, pero
deseaba que ella aguantara pues no quería castigarla. Paula se estremecía debajo
de él, su cara era de auténtico placer aunque reflejaba la angustia de contener
su orgasmo.
-Por favor, amo… por favor, déme permiso- gemía
-Está bien, perra viciosa, ya puedes correrte cuantas veces
quieras.- dijo Alfredo aumentando considerablemente el ritmo
Aquellas palabras fueron una bendición para Paula que se dejó
llevar y tuvo el orgasmo más intenso de su vida. Gemía, gritaba, se retorcía de
placer, si hubiera tenido las manos libres probablemente hubiera arañado la
espalda del amo por la intensidad de su orgasmo. Alfredo seguía aumentando el
ritmo, los gemidos de Paula le producían una tremenda excitación y notó como
Paula tenía otro orgasmo. El no pudo más y también se corrió teniendo el orgasmo
más denso de su vida. Se quedó un momento ahí, mirándola y soltó las pinzas que
oprimían los pezones de Paula, se dejó caer encima de ella y la besó suavemente
en la boca. Así estuvieron unos segundos, hasta que él salió de ella y se
incorporó.
-Has disfrutado como la perra que eres- le soltó las esposas
y Alfredo añadió.- ahora dúchate y prepara algo para comer, estoy hambriento.
Pero quédate desnuda
-Si mi amo