M. No era capaz de mirarla, ni tan siquiera de moverme.
Mantenía mis manos en el volante del coche en estado de rigidez total. Se que su
cabeza estaba descansando en mi hombro. – "Me siento incómoda"
P. Aparté la cabeza y la miré atónita. No la entendía.
Todas y cada una de las cosas que decía no se correspondían con sus actos ni con
sus gestos. Me confundía constantemente. – "¿Por qué?"
M. Odiaba que me pidiera explicaciones, y se que era raro
que lo hiciera. Realmente no quería decírselo, era tan difícil hablar con
alguien que, a pesar de todo el daño que le pudieras hacer, seguía tratándote
con respeto y con cariño. – "Por que si. No creo que a la rubia le pareciese muy
bien esto. Y a mi tampoco."
P. ¿A la rubia? Que coño me importa a mí la rubia. La
rubia no estaba en el coche, pero si ella y yo. La rabia me estaba carcomiendo
por dentro otra vez y trataba por todos los medios que no saliera a flote. –"Se
que no estuvo bien lo que hice, pero no estamos aquí ahora para hablar de lo que
hago o dejo de hacer con el resto. Y a ti no te parece bien esto, pero, ambas
sabemos que no somos pareja porque tu no quieres."
M. Seguía sin poder mirarla, pero si notaba su mirada
clavada en mi. Estábamos en esa conversación de la que siempre huía porque ella
tenía razón, pero una vez mas… -"No quiero hablar de esto. Es mejor que te
calles y dejemos las cosas como están."
P. No daba crédito a lo que estaba escuchando, una vez
mas me estaba mandando silenciar mis sentimientos. –"Hoy no, no pienso dejarlo
así. Nunca en mi vida me ha costado tanto olvidar a alguien."
M. A mi tampoco. Pero eso de lo que había pecado durante
toda mi vida, volvió a mi para acabar metiendo la pata. No era capaz de decirle
nada a eso. No podía.
P. No me miraba, no me contestaba. Estaba allí agarrada
al volante, debía tener miedo de que se lo robara o algo así. Mi rabia me
impidió cerrar la boca y, si ella no hablaba, lo haría yo. No podíamos seguir
así. –"¿No vas a decir nada? No me puedo creer lo que pasó ayer, ni que me
mandaras ese mensaje hoy. ¿No ibas a darme una explicación?"
M. Tenía razón, pero no me gustaba el tono que estaba
empleando conmigo. No tenía derecho a exigirme nada. Odiaba el hecho de que,
hacía un par de horas había decidido decirle toda la verdad de mis sentimientos
y ahora no era capaz. –"No me hables de darte explicaciones. Tú lo has dicho, no
somos pareja. Lo de ayer fue… mira, estabas tendida en el suelo y…"
P. ¡Que no te hable de explicaciones! –"¡Me desnudaste y
me follaste estando inconsciente!¡Me tuviste todo el día en ascuas sin saber ni
lo que me había pasado!¡Y te presentas hoy aquí y esperas que deje lo que estoy
haciendo como siempre!¡No soy…"
M. Ya se estaba empezando a pasar. Una cosa es que hoy
estuviese dispuesta a abrirme un poco mas a ella y otra que intente rebajarme a
la altura del betún. –"Tal vez preferías morir hipotérmica. Y te recuerdo que te
llamé y no contestaste el teléfono."
P. Y si no contesto al teléfono llamas a otro para que te
diga donde estoy. No entiendo por qué me tiene que martirizar así. –"Bien, pues,
dime entonces, ¿A que has venido? ¿Qué pasó ayer? Dime algo para que, como
siempre, no me tenga que imaginar las cosas que vienen de ti.
M. Eso fue un golpe bajo. ¿Qué nos había pasado? ¿Dónde
se había quedado esa complicidad que habíamos creado? –"Ayer estaba paseando y
te vi. Te di las luces para saludarte y te llamé para que no te asustaras.
Saliste corriendo y chocaste contra una farola. Y hoy he venido para ver si
estabas bien y para decirte que… Siento no haber dado señales durante todo el
día pero…"
P. Genial, las luces y las voces eran las suyas. Mira que
soy idiota. Como dice el refrán, a demás de cornuda, apaleada. –"Me sorprende
esa facilidad tuya para dejarme siempre en ascuas. Me confundes siempre. Y me
haces sentir una idiota al hacerme ver que sigo enamorada de una persona que no
me corresponde. Lo único que encuentro…"
M. No, por favor, no sigas por ahí. No era el momento de
que me preguntara por lo que sentía. Bueno, realmente, para mi nunca era un buen
momento para hablar de sentimientos. –"Solo intento hacer lo que creo que es
mejor para ti, o para mi, no lo se. El caso es que me gusta estar contigo pero
no se si puedo mantener una relación estable…"
P. ¿¿??. –"Lo mejor para mi. Lo mejor para mi lo se yo,
y, que yo sepa, nunca me has preguntado lo que quiero. Parece ser que eso no
tiene validez para ti. Creo que no sabes lo que quieres. Ya te lo dije una vez y
te lo vuelvo a decir ahora, no puedes jugar con los…"
M. No, no, no. No te quiero escuchar. –"Sabes de sobra
que mi situación es complicada"
P. –"No, lo cierto es que la complicas tu."
M. –"No siento lo mismo que tu, ya te lo he dicho. No
entiendo por que insistes." Yo y mis malditas formas de zanjar las
conversaciones que tengo con ella. Pero, ¿por qué lo sigo haciendo?
P. Para decirme eso era mejor que me hubiese clavado un
cuchillo. Hacía tiempo que había dejado de interpretar lo que decía. Pero esa
vez sus ojos me estaban hiriendo. Intenté decir algo, pero toda la rabia
acumulada solo hizo que las lágrimas rodasen por mis mejillas enrojecidas por la
ira.
M. –"Mira, no se por qué no me mandas a la mierda. Si
sabes que te estoy haciendo daño, hazlo. Ya no se que es lo bueno y que es lo
malo. No te tapes, no esquives mi mirada. Que es lo que…". Estaba llorando. Una
presión inmensa en mi pecho apenas me permitía respirar. Quería acariciarla,
consolarla, besarla, pero no era capaz de moverme.
P. Estaba haciéndolo de nuevo, otra vez más. Sabía que me
mentía y que esto no llevaba a ninguna parte. Maldito orgullo. Malditas
contradicciones. Y lo más triste es que sabía que, aunque se redimiera y me
dijera la verdad de sus sentimientos ya no tendría solución posible.
M. –"Es mejor que te olvides de mi".
P. –"¡¡¿A caso crees que no lo intento?!! Pero siempre
que te tengo casi olvidada haces como el Ave Fénix y reapareces de entre las
cenizas. No me has dejado ni siquiera despedirme de ti. De manera unilateral
decidiste dejarlo de un día para otro."
M. No me digas que quieres una despedida, no, una
despedida no. –"No me gusta despedirme de las personas que quiero volver a ver."
P. –"Depende de cómo las vuelvas a ver, y sabes que es
así. Yo necesito decirte adiós."
M. Las lágrimas rodaban por mis mejillas sin poder
evitarlo cuando me dijo eso después de secarse las suyas. La noté tan serena que
me dio miedo. –"Pero si quieres no vuelvo hasta después del verano, o dejo de
mandarte mensajes."
P. Me dolía tanto lo que estaba haciendo que lo único que
deseaba era marcharme de allí, pero después de todo lo que había pasado, era lo
mejor que podíamos hacer, tanto ella como yo. –"No lo hagas mas difícil, sabes
que esta situación ya no se puede seguir sosteniendo si seguimos así."
M. Tenía razón, pero no quería pasar por el trago de la
despedida porque sabía que eso lo haría definitivo. –"No se si es buena idea. No
se si estoy preparada. Yo… yo…". Y volví a lo único que sabía hacer, encerrarme
en mí una vez más. No era capaz de decirle nada y se que si lo hubiese hecho,
quizás ahora…
P. No se si quería escuchar eso o no, pero no lo dijo. No
dijo nada. Y ahora no sabía que hacer. ¿Debía animarla a que lo dijera o no?
–"¿No vas a decir nada?"
M. Era el final, se estaba acercando irremediablemente el
momento en que había que decidir algo. –"¿Que haces?"
P. Ya no lo soportaba mas, no podía seguir allí dentro,
con la mujer a la que amaba y que me amaba, pero no era capaz de que lo dijera.
Abrí la puerta y me dispuse a salir de aquella cárcel que estaba coartando mi
libertad, si no quería una despedida, no la tendría, pero no podía seguir así.
Se que me preguntó, pero toda esa rabia y todo ese dolor no me permitían hablar.
M. No, no te vayas, no me dejes aquí así. No huyas como
lo hago yo. Pero lo pensaba, no lo decía. Estiré mi mano y agarré su muñeca para
que no siguiera son su camino. Estaba sentada de lado, con la puerta abierta y
no me miraba.
P. Me sorprendió que me sujetara para no salir. Dudé por
un momento si deseaba realmente continuar con aquello. –"¿Qué es lo que quieres
ahora? ¿Vas a decirme algo o necesitas verme sufrir un rato más?
M. No era capaz de articular palabra. Las suyas me
estaban hiriendo. La necesitaba y si, para eso debíamos despedir este trauma,
estaba dispuesta a hacerlo. Pero temí que todo acabara allí.
P. Seguía sin decir nada y yo sin moverme. Noté como su
dedo acariciaba mi antebrazo y giré mi cara para mirar la caricia. El desenlace
llegó. Levanté la vista y encontré sus labios en pleno viaje hacia los míos.
M. Creo que esa fue la situación más rara de toda mi
vida. Un nuevo ritual de despedida. Por primera vez no pensé en mí, pensé en
nosotras y todavía me dolió mas mostrarme así en ese preciso momento. La besé
con todo el amor del que fui capaz en ese momento, pero nunca sería suficiente
para paliar todo el daño.
P. Sentí sus labios sobre los míos y mis manos se
aferraron a su cabeza, abrazándola desesperadamente. Es increíble el dolor que
somos capaces de causarnos entre nosotros mismo. Hacía unas horas estaba con una
tía a la que dejé a medias, y ahora estaba con ella comenzando una despedida. Es
irónico.
M. Sentía como su lengua se deslizaba sobre mis labios y
la mía salió a su encuentro. Los besos que le había robado la noche anterior no
tenían nada que ver con esto. Estos quemaban, mis labios ardían de dolor.
P. Sus manos acariciaban mis hombros y, de vez en cuando,
de agarraban a mi cuello, pero nuestras bocas no se separaban. Podía escuchar
perfectamente el agua de la lluvia golpear el coche, así como sentía su corazón
en mi mano latiendo acompasado.
M. Pensé que, si lo decía ahora, aún no sería demasiado
tarde. Pero no podía desprenderme de ella y, tal vez era mejor esto. Cuanto la
quería, cuanto la extrañaba. Yo sabía sus sentimientos y pensamientos porque
ella me los decía, pero yo… su mano estaba sobre mi pecho. Esa sutil forma en la
que me acariciaba siempre…
P. Ya de por si la situación era muy tensa, emotiva, pero
mas acentuada si cabe por la incomodidad del "idílico" lugar del caso. Mi
camiseta empezó a ir hacia arriba. Por segunda vez en dos días era ella la que
me desnudaba a mí. Por cosas como esta siempre conseguía confundirme. Pero la
quería tanto…
M. Temí que me rechazara al querer sentir su piel sin
tela de por medio. Estaba segura de que sería la última vez. Ella hizo lo propio
conmigo y, la una a la otra, nos fuimos desnudando de manera lenta, mirándonos
con esos ojos arrasados por la tristeza.
P. Por primera vez desde que habíamos empezado la
despedida, me separé de sus labios para aferrarme a su pecho como un bebé
hambriento. Ella acariciaba mi espalda y mi pelo. A penas recordaba la última
vez que hubo tanto cariño entre nosotras dos. Su mano se posó en mi pierna y
comenzó un arduo camino hacia mi sexo.
M. No pude evitar reírme y decirle: -"Se supone que la
zurda eres tu, no yo". Y mi alegría fue más grande cuando levantó su cabeza con
una sonrisa.
P. –"Eso es cuestión de práctica, nena". Fue gracioso el
comentario y en ese momento decidí dejarme llevar como lo hacía antes. Lo que
tuviera que pasar, pasaría de todos modos. La volví a besar en los labios y, a
la vez que su lengua los abría, sus dedos entraron en mí, con mucho cuidado,
haciendo pequeños movimientos que hicieron que mi temperatura aumentara.
M. La noté tan húmeda que me entraron ganas comérmela
entera, pero no era el lugar apropiado para hacer eso por primera vez. Sus manos
se aferraron a mis senos y, con sus dedos, hacía las delicias de mis pezones.
Noté como la resistencia que imponía al principio empezó a ceder, dejándose
llevar por la situación. Y yo traté de hacer lo propio.
P. Creo que la pasión, a veces, nos hace acomodarnos a
todo tipo de situaciones, por muy inverosímiles que resulten. Las dos en los
asientos delanteros del coche sin a penas reclinarlos. Su mano en mi entrepierna
y la mía alcanzando la suya. Lo que esa mujer me estaba haciendo es tan difícil
de describir. Supongo que por el tipo de posición en la que estábamos estaba
tocando algo bueno, por que estaba a punto de llevarme al orgasmo sin a penas
haberme tocado.
M. En el momento que alcanzó mi sexo empezó a jadear y yo
también. Ella no alcanzaba a penetrarme, pero si a acariciar mi clítoris con
esas formas imposibles que ella hace. No pude evitar agachar un poco mi cabeza y
prenderme de su pezón. Gimió. Y yo también.
P. Notar sus dientes me hizo apurar mi mano. Me miró,
apoyó su cabeza en mi hombro y yo en el suyo. El final se estaba acercando en
todos los sentidos.
M. No se quien fue la primera, o si fuimos las dos a la
vez, pero entre sudores, vapores, contracciones y gemidos, estallamos en un
orgasmo con sabor agridulce.
P. Un tsunami involuntario de lágrimas inundó el pequeño
habitáculo del coche, por ella, por mí, por las dos. Permanecimos abrazadas por
mucho rato, sabíamos que se había acabado.
M. Sentía como nuestro llanto se confundía y como mis
brazos la aprisionaban con fuerza para que no se alejara. Se fue separando
despacio y fue poniéndose la ropa de nuevo. Ya no me miraba.
P. Seguía sin decirme nada de lo que sentía. Mientras se
vestía, no apartó la vista de mí, pero yo me había cansado de hacer de
intérprete de miradas. Cada vez que lo hacía me lo negaba y llevaba más y más
palos.
M. Estaba cabizbaja y pensativa. Puse mi mano sobre la
suya. Levantó la cara, me miró y con una triste sonrisa bajó del coche,
alejándose de mí sin decir una palabra.
P. No pude aguantar mas allí, mi corazón estaba
totalmente destrozado. Había tenido esperanzas hasta el final de que me dijera
lo que sentía, y, una vez más, me falló. Subí a mi coche y miré por la
ventanilla. Seguía lloviendo a mares. Creo haberla visto mirar también, pero no
puedo jurarlo. Puse el coche en marcha para alejarme. –"Te quiero"
M. –"Te quiero"