* Relato 72
Dominar para ser dominada
SINOPSIS: Un bofetón de mulata y madura mujer, da inicio a un
intenso amor de amantes…
ECSagardez
Su mano surcó el espacio para estrellarse en mi rostro. El
duro golpe, no sólo me hizo ver estrellas, sino todo el espacio sideral…
Doña Reynalda demostró su coraje en ese manotazo que me
sorprendió sobremanera, porque ni tiempo me dio par lucir mis reflejos.
Fue un golpazo terrible que me hizo derramar alguns lágrimas,
pero tampoco le demostré el coraje. Había pagado caro la osadía de arrimarle mi
duro paquete en sus prominentes nalgas.
Desde tiempo atrás me llamaba la atención las caderotas de
esa mulata, cuya edad oscilaba entre los 40 y 45 años, un poco regordeta, sin
llegar a lo adiposa, pero de pechos y nalgas firmes, además de unas piernas
gruesas como el tronco de un árbol.
Ella era ahijada de mi abuela Faustina y se encargaba de
lavar la ropa, por lo que era empleada doméstica de confianza, debido a que
muchas veces, cuando mis abuelos salían de viaje, normalmente se le encargaba el
cuidado de la casa y si por razones de estudio no viajaba con ellos, me daba de
comer y estaba al pendiente que fuera a la escuela…
II
La confianza entre los dos era mucha y quise aprovechar que
estábamos solos para repegármele y sintiera mi grueso mástil sobre sus nalgas.
Jamás conté que me golpearía en claro castigo a mi
atrevimiento. Así que me retiré a mi cuarto y llorando en silencio mi derrota,
me bajé los pantalones y la truza para hacerme una rica pajuela, pero con la
imagen de haber tocado ese soberano culo.
Doña Reynalda siguió su quehacer. Sin embargo, pasaron los
minutos y algo en su conciencia la impulsó a ver qué estaba haciendo en ese
momento.
Se dirigió a mi cuarto y al abrir la puerta, me encontró en
plena masturbación y en un momento de éxtasis logré abrir los ojos y con el
rabillo la observé como se había quedado perpleja ante tal escenario.
Cruzó el umbral y avanzó hacia donde estaba para quitarme la
mano y pidiéndome perdón por el duro golpe que me había dado, no dijo más y
empezó a lamer la gruesa verga que a su vista le presentaba.
Comenzó con un suave deslizamiento de su lengua a lo largo y
grueso del pene… No se detuvo para sorber los testículos e introducirlos en su
boca…
Así siguió por unos minutos que me parecieron siglos, porque
estaba a punto de derramar mi sémen en su cara… Pero ella como una experta se
detenía por unos instantes y volvía a la carga para introducirse todo el pene en
su boca y sorberlo como si en ello se le fuera la vida…
Era fenomenal su forma de mamar… No me podía quejar, ahora la
tenía a mis pies. Con la salvedad de que se metía y sacaba el pene con
desesperación, hasta que no pude contenerme y le dejé caer en su boca intensas
descargas de esperma que ella se tragó, sólo quedándole un resquicio de sémen en
las comisuras de sus labios.
III
Todo fue tan intenso que no tuve tiempo para pedirle perdón…
Cuando abrí los ojos, luego de esa venida. Pude advertir que se había quitado su
falda y blusa para quedarse en sostén y calzón…
Sus pantaletas eran de algodón y de un color rosa que
contrastaba con el negro de su piel. El brassier era blanco y también la hacían
ver, a mis ojos, como una belleza del Africa lejano.
Por cierto, su pelo ensortijado y su rostro moreno la hacían
lucir bella. Verla en ropa interior hizo que mi pene se levantara de nuevo y
pidiera un poco más de acción.
Sólo que ella tomó la iniciativa y con un movimiento
voluptuoso se fue quitando el calzón y el brassier, quedando completamente
desnuda. Mientras yo, sin darme cuenta, había sido despojado. por ella, de mis
ropas…
IV
Ver ese cuerpo de ébano, sólo con unos pendientes en las
orejas, enervó mis sentidos y en un rápido movimiento me indicó que me metiera
entre sus piernas para que comenzara el juego erótico del cunnilingus (del latín
cunnus: "cuña" o "vulva"; y lingus: "lengua")
No la hice esperar e introduje mi cabeza entre sus piernas
para besar su entrepierna y lamer por algunos segundos sus muslos… El olor ácido
que despedía esa vagina me estaba extasiando…
Sus vellos púbicos eran negros y de un rizado pequeño donde
posé mi lengua para recorrer ese monte de Venus que me provocaba la salida de
líquido preseminal en forma de baba…
La suerte estaba echada y yo seguía mi exploración en esa
gran vulva, mientras ella abría sus piernas hasta que logré introducir mi lengua
y de vez en cuando mis labios se posaban en su clítoris para chuparlo
frenéticamente.
Por cierto, doña Reynalda, tenía unos labios vaginales bien
gruesos y su clítoris ni se diga… Pero era un especial deleite asirlos con mis
labios y chuparlos, mientras ella se revolvía en la cama y con sus manos jalaba
mi cabeza, en claro impedimento de que no me podía zafar de ese lugar y por el
goce que ella estaba sintiendo…
En ese momento deseaba tener una lengua más larga para
recorrer todo el interior de su vagina. Pero era imposible, por lo que me seguí
sorbiendo y chupando el clítoris, mientras uno de mis dedos pulgares se
apoderaba de la parte superior de su vagina para darle un masaje suave que se
volvió frenético con el paso de los minutos…
Eso le provocó un intenso placer, porque sus gemidos se
volvieron más fuertes y no pudo aguantar más la doble caricia, porque de su
vagina se despidió un fuerte y acre aroma, acompañado de viscoso líquido que me
tuve que tragar, porque en ningún momento dejó de sujetar mi cabeza…
El orgasmo de doña Reynalda, estuvo acompañado de un
desgarrador grito que cimbró las cuatro paredes del cuarto. Pero aún alcanzó a
decirme:
— No te espantes mi niño… Me he venido como nunca lo había
hecho en mi vida… Deveras que eres un mamador fenomenal…
V
El cumplido de doña Reynalda, inyectó confianza a mis dotes
de joven macho y no tuve necesidad de más preámbulos…
Me atrajo hacia ella y mi verga se introdujo como cuchillo en
mantequilla, debido a la intensa humedad que existía en esa vagina… Los
movimientos de ambos se hicieron lentos y en algunos momentos hasta con
parsimonia… Pero era parte de mi plan para no eyacular en forma precoz…
Doña Reynalda, muy avezada en las cosas del sexo, comprendió
el mensaje sin palabras y también acompañaba mis movimiento de mete y saca con
especial lentitud…
Pero también era parte de su truco para sentir como mi verga
le rozaba sus músculos vaginales y disfrutar a plenitud ese coito…
La verga entraba y salía. Ella acompasaba los movimientos,
cuando en algunos momentos se hacían ligeramente rápidos para volver a la
parsimonia del acto sexual…
Ninguno de los dos tenía prisa por venirnos… Cambiamos de
posición, ella sentada a horcajadas sobre mí y yo empujando para que no le
faltara ni un pedazo de ese enhiesto pene…
Volvimos a cambiar de posición… De pronto, los ojos de doña
Reynalda se ubicaron en otro espacio. Porque sólo se veían blancos… Sus gemidos
se hicieron fuertes, cuando de pronto su cuerpo se estiró y sus pies que
reposaban en mis hombros se estiraron. Para exclamar:
— Me voy mi niño… Me voy… Dame tu leche… No me dejes ir sola…
Fue como un llamado divino… La mujer que minutos antes me
había sado soberana cachetada… En ese momento me demandaba esperma y era lógico
que yo estaba dominando la situación…
Luego de que su cuerpo se convulsionó debido al segundo
orgasmo que llegó con un fuerte alarido… Yo seguí con mis movimientos
parsimoniosos, convirtiéndose mi verga en un pistón que entraba y salía, una,
dos, tres y cientos de veces, sin eyacular una gota de sémen.
VI
Con el control mental a mi favor… Yo seguí moviéndome y a
veces se la sacaba para ver el amplio agujero de su vagina, por el morbo que me
despertaba el observarlo…
La voz de doña Reynalda se volvió clamor desesperado, cuando
me dijo:
— Mi niño, ya no aguanto más… Dame tu lechita por favor…
Pero yo estaba ensimismado en seguirla penetrando y le sacaba
toda la verga para introducirla en su totalidad, haciendo que respingara de
placer y dolor…
No obstante, todo lo que empieza debe concluir… Y ya no pude
contener mis deseos de seguir limando esa morena vagina… Por lo que un bufido
salió de mi boca… Clara señal de que estaba disparando cinco o seis descargas de
esperma en esa vagina…
Pero fue un momento muy especial… Porque sus músculos
vaginales entraron en acción y apretujaron mi pene, como si deseara exprimirle
la leche…
Fue un momento sensacional que jamás he olvidado… Me sentí
dominado por la mulata y madura mujer, ya que al término de ese coito, sólo dejó
que me saliera con la verga bien flácida…
VII
Los dos habíamos sudado por el esfuerzo de tan descomunal
coito… Pero doña Reynalda tenía más secretos y con los dedos de sus regordetas
manos empezó a darle masaje a mis testículos, provocando que de inmediato mi
verga reaccionara…
Cuando sintió la dureza de mi pene… volvió a la carga para
llevárselo a la boca y chuparlo sin misericordia… Yo sólo me dejaba querer…
Ella siguió mamando y recorría con su lengua el tieso miembro
que palpitaba en sus manos y que de vez en cuando utilizaba para darle masaje a
mis testículos…
Los ruidos de la calle no nos atemorizaban… La soledad de
aquel cuarto era nuestra única compañera y testigo fiel de un acto sexual
consentido por ambos…
Fue ella la que me dijo:
— Mi niño… Te voy a dar el gusto de que me lo metas en el
trasero.. Así que prepárate…
Ella sola se acomodó en la cama… Se puso un cojín bajo el
estómago y levantó sus nalgas prominentes hasta dejarme ver el negro agujero…
Me agaché y comencé a derramar saliva en su ano, para
introducirle primero un dedo y luego dos con la finalidad de que esa cavidad se
relajara y así sucedió…
Cuando introduje mi verga… Sólo dio un respingo al sentirla
en su totalidad y se la saque hasta la mitad para introducirla de nuevo con
mayor fuerza y así se hicieron los movimientos con un ritmo que ambos
disfrutábamos…
Doña Reynalda se agarraba su panocha y se daba frenético
masaje con los dedos de su mano derecha… Mientras mi miembro entraba y salía,
produciendo un ligero chasquido al golpear mis testículos en su perineo…
Ella apretaba su ano, como si con ello pretendiera
masturbarme… Pero yo necesitaba sentir que dominaba la situación y esperaba que
sus ligeros gemidos se hicieran más fuertes…
Así seguimos por varios minutos, sin precisar cuántos. Pero
era curioso, pensaba yo, tener ahora a mi merced ese culo que por restregarle mi
verga, me había costado una soberana bofetada…
Mi control mental me estaba fallando y sentí el deseo enorme
de eyacular en ese negro ano… Pero yo quería aguantar más y esperar el tercer
orgasmo de doña Reynalda…
Ella sintió como mi pene se engrosaba dentro de ella y eso le
dio una motivación más para caer desmadejada en la cama y lanzar su fuerte
gemido. acompañado de una oleada de líquido viscoso que salió de su vagina y que
humedeció sábana y colcha…
Los dos nos venimos al mismo tiempo y fue de mi parte una
intensa descarga de esperma, como nunca he lanzado en toda mi vida…
VIII
Doña Reynalda me besó en la boca y dejó que le besara los
senos, le acariciara los pies y masajeara sus piernas. Para decirme:
— Mi niño, este es nuestro gran secreto… Sólo lo haremos,
cuando estemos solos, como hoy…
La ingenuidad de mis 16 años, me hizo preguntarle:
— ¿Ni siquiera en tu casa?
— Ni siquiera en micasa –repuso-.
Sólo me encogí de hombros y me puse a horcajadas sobre su
rostro para que me lo chupara por tercera vez y no desairó la invitación…
Lo volvió a poner tieso y lo lamió hasta dejarlo limpio, no
sin antes hacer que me viniera una vez más en su boca, lanzándole ahora sólo
tres ligeras descargas de leche…
IX
Doña Reynalda… Sólo me dijo:
— Me gusta dominar para ser dominada… El golpe que te di,
sólo fue para ver tu reacción y de que calibre estás hecho…
Por lo que agregó:
— Y no me arrepiento de haber cogido contigo… Eres todo un
garañón… Sabes manejar el control para que las mujeres disfrutemos cuando nos
metes tu pájaro…
Sus palabras sonaron como música en mis oídos y no tuve más
remedio que perdonarle el duro golpe que poco antes había estampado en mi
rostro…
La historia de doña Reynalda no terminó en esa cogida… Nos
convertimos en amantes de muchos años, creo que hasta que cumplí los 20, aún me
la seguía cogiendo…
Su petición de no hacerlo en su casa, sólo fue un ardid…
Porque en mi atrevimiento me llegué a quedar con ella, aprovechando que sus dos
hijas se iban a los bailes los sábados y teníamos varias horas para disfrutar el
sexo en todo su esplendor…
X
Los años pasaron… Y los polvos con doña Reynalda me dejaban
siempre un grato sabor de boca, porque sabía que ambos lo disfrutábamos con
frenesí…
La felicidad de poseer a esa mulata y madura mujer, tanto por
su vagina como por su trasero, tuvo un inesperado final…
Se encontraba de compras en el mercado de Veracruz, cuando
surgió una riña entre dos carniceros y ella pasaba por ahí, cuando uno de ellos
le lanzó una cuchillada que esquivó con maestría. Pero que penetró en el
estómago de mi querida Reynalda, quien no logró resistir y minutos después de
haber ingresado al hospital… Cerró sus ojos para siempre…
Una devastadora noticia… Que me mantuvo aislado de mi
familia, amigos y novia por muchos meses, hasta que logré recuperar de nuevo la
confianza…
Este relato… Es un homenaje a doña Reunalda… En recuerdo de
aquella bofetada con la que pretendió dominarme, para que con mi verga, poco
después, terminara siendo dominada por mi en lo sexual… ¡¡Sin duda, que polvos
aquellos!! ¡¡Los mejores de toda mi vida!!