ENTREVISTA
DS1. Ha pasado un año desde que Carletto abandonó TR
llevándose todos sus relatos ¿Cómo ha ido todo desde entonces?
C. Tal y como tenía pensado, Carletto "falleció" en el mismo
instante que abandoné TR. En su momento, cuando tenía motivaciones para escribir
relatos (más o menos) eróticos, le hice nacer, luego, tal personaje ya no tenía
razón de existir, así que le maté.
La persona que existía detrás de Carletto , por el contrario,
ha seguido viviendo muy feliz (dentro de lo que cabe). La verdad es que el
tiempo ha pasado muy deprisa, y, además me he tomado las cosas con mucha
tranquilidad.
DS1. Aunque en su momento explicaste las razones que te
llevaron a marcharte, seguramente muchos lectores no las conocerán ¿Qué pasó
para que tomaras esa decisión?
C. Agotamiento. Aburrimiento. Todo aquello que durante dos
años me motivaba para escribir (quizá excesivamente), fue quedando por el
camino. Al final solamente me restaba la constatación de que había perdido el
rumbo, y que lo que escribía…no era apropiado para TR.
Todo Relatos es una página con unas características
concretas, y, aunque se permita que algunos (como yo) nos hayamos ido por los
Cerros de Úbeda, realmente no es eso lo que buscan los lectores. Y lo digo sin
ninguna acritud en absoluto, porque yo fui el primero en buscarlo cuando visité
la página por primera vez.
Ahora que lo pienso más detenidamente…quizá también influyó
en mi decisión de "tirar la toalla" el hecho de sentirme observado como "con
lupa". Algunos amigos me exigían un nivel de calidad acorde con el "don" que,
según ellos, tenía para la escritura. Otros (quizá menos amigos) dejaban
plasmados en los comentarios cualquier tipo de "gazapo" que se me pasase por
alto…Y, en resumidas cuentas, tanto unos como otros lograron que perdiese la
frescura (quizá lo único salvable) de lo que escribía.
DS1. ¿Te has arrepentido alguna vez de haber retirado tu
cuenta y tus relatos?
C. Arrepentido no. Creo que hice lo que tenía que hacer,
puesto que era lo que me apetecía. Teniendo en cuenta la cantidad de cosas a las
que tenemos que plegarnos en nuestra vida laboral (y extra-laboral) para mí fue
un verdadero lujo hacer, por una vez en la vida, lo que me venía realmente en
gana.
Lo lamento, un poco, por aquellos lectores que se quedaron
con las ganas de leer alguno de mis relatos; pero creo que avisé con tiempo
suficiente para que pudiesen guardar los que fuesen de su gusto.
DS1. ¿Te apetece recordar etapas de tu producción o algún
momento especial de tu paso por TR?
La verdad es que, durante mi etapa de 2.004 – 2.005, lo pasé
fenomenalmente bien escribiendo. Sobre todo durante el primer año, cuando apenas
si me daba cuenta que existía un TOP y todas esas mandangas. Tenía un grupito de
seguidores que (vaya usted a saber porqué) les gustaba mi forma de escribir. Y
me extraño todavía más pensándolo ahora, porque -realmente- mis relatos nunca
han llegado a considerarse de la categoría de "paja segura". Y Todorelatos,
digamos lo que digamos, es una página que está pensada (y buscada) para
conseguir orgasmos, o, por lo menos, una cierta y placentera excitación.
No obstante quiero aclarar que les recuerdo a todos ellos
(mis seguidores) con un cariño muy grande, y que si ell@s disfrutaron leyéndome,
yo disfruté todavía más cuando escribía para ellos.
DS1. ¿Por qué has elegido precisamente ese relato para
devolverlo a TR?
C. Este relato fue el último que escribí (y publiqué) en TR.
Luego ya no he escrito nada más, salvo los correos para contestar a mis
amistades, y una tontería a la que yo llamo pomposamente "obra de teatro" y que,
por suerte para el Arte de Talía, jamás será represenada en un escenario.
Volviendo al tema del relato que se publicará (supongo) junto
con esta entrevista, en principio lo escribí para incluirlo dentro de los
"Ejercicios" que publican periódicamente algunos autores de TR. Luego, como el
tiempo apremiaba y quería estar "de cuerpo presente" o mejor dicho "de cuerpo
ausente" para finales de junio de 2.006, decidí publicarlo directamente con mi
nick de Carletto. Dado el poco tiempo que estuvo "a la vista" (seguramente un
mes escaso), muchos lectores no tendrían la posibilidad de leerlo, y, además,
con el agravante de que por su extensión (es un relato muuuuuy laaaaaaargo)
incluso los más "afines" lo dejarían para leer "más adelante".
También lo he elegido porque, creo, es un relato divertido,
con sus dosis (no muchas) de erotismo (las suficientes para sonreír, aunque
insuficientes –desde luego- para hacerse pajas). Intriga, descripciones
"carlettianas", un poco de morbo…En fín: más de lo mismo, como diría alguien. De
todas formas (y lo digo por si alguien coteja la primera "edición" con esta
segunda) lo he retocado en algunos puntos, intentando añadirle algo de verdor y
retratando un poco más nítidamente a los personajes principales.
DS1. ¿Abre esto de alguna manera la posibilidad de un pleno
regreso de Carletto a TR?
En absoluto. Carletto no volverá a TR. Su tiempo, bueno o
malo, ya pasó.
Sin embargo, y ateniéndome al dicho de que "no se puede decir
nunca de esta agua no beberé", no descarto volver a darme de alta...con otro
nick. Pero sería, desde luego, comenzando de cero para poder dar rienda suelta a
todo lo que me viniese en gana...sin la cortapisa de tener un "nombre ilustre"
por el que velar. Pero, de momento, la idea no me tienta lo suficiente como para
ponerme manos a las teclas.
DS1. Pues gracias una vez más por tu tiempo (estoy por
pedirle a Alex que abra la categoría de "Entrevistas con Carletto") y seguro que
tus lectores agradecerán volver a saber de ti. Sin más, vamos con el relato:
SEXO, AMOR Y MUERTE, EN LA VICARÍA
-I-
La mujer hace tiempo que perdió de vista los cuarenta. Es
bajita y tetona, con un sobrepeso que se ensaña en las caderas y gana la batalla
en el ancho culo de matrona hispana. Está desnuda, a excepción de un vetusto
liguero que se clava en las carnes casi con pretensiones de cilicio. Los muslos
y pantorrillas, enfundados en la seda blanquinosa de unas medias de novia,
sorprenden por la perfección de su torneado. Calza zapatos de tacón alto,
forrados de satén blanco. El vello púbico, rubianco, es bastante escaso, dejando
entrever la herida vertical de un coño jamás hollado por ningún objeto fálico, y
mucho menos por carne de varón.
La solterona rebusca en las profundidades de un armario que
exhala vaharadas de naftalina, hasta que, con un gritito de triunfo, saca a la
luz un añoso vestido nupcial. Acto seguido, con mucho cuidado para no rasgar la
tela requemada por el tiempo, comienza la ardua labor de embutir sus mollas en
el viejo satén.
Con un último esfuerzo, sube finalmente la cremallera. Los
pechos se amontonan en el escote, amenazando desbordar el fino encaje. La carne,
blanca y lechosa, apenas es contenida por las costuras tensas del vestido de
novia. Un pezón, rosado y virginal, asoma como la nariz de un bebé en su cunita,
orlado por delicadas puntillas de bolillos.
Aguantando la respiración, la mujer eleva los brazos y ciñe
sus sienes con una decrépita corona de flores de azahar. Luego, dejándose llevar
por un impulso infantil, danza por la alcoba con pasitos torpes, canturreando en
voz muy baja. El velo de tul ondea a su alrededor, deshaciéndose en minúsculas
partículas corroídas por la polilla. Los ojos, febriles, brillan en las cuencas
de una cara poco agraciada. Sumergida en sueños imposibles, ella recuerda el
rostro de su amado…y sonríe.
El neón del techo se apaga de improviso. La mujer de blanco
queda en suspenso, sujetando ante su busto generoso lo que queda de un ramo
adornado con tules y cintas de seda vieja. El cercano campanario desgrana doce
tañidos que hacen vibrar los cristales de una antigua lamparilla de lágrimas con
sonidos de bienvenida. La esfera del reloj semeja una gran luna rotulada con
números romanos. Por el ventanal, abierto de par en par, se cuela la brisa,
fresca ya, de la noche septembrina, junto con el aroma empalagoso que sueltan
los geranios.
Un ruido desagradable, parecido a un chirrido, sobresalta a
la pobre mujer y la hace lanzar el ramo a un extremo de la amplia habitación.
Una luz, cegadora, entra a raudales desde el exterior, haciendo que la ajada
doncella levante la vista dando un chillido de miedo cerval.
Dando unos pasos hacia atrás, se desploma de espaldas sobre
el lecho que ocupa el centro de la alcoba. Sus ojos, enloquecidos, miran sin
creer lo que ven: una figura que viene por los aires directamente hacia ella,
nimbada de humo blanquecino y luz anaranjada, muchísimo más bella que en sus más
locas fantasías.
Revientan las costuras, incapaces de aguantar su respiración
agitada. Los pechos, maduros y virginales, se desparraman libremente.
¡Eres tú! –musita esperanzada. Junta sus manos en un amago
de pleitesía, pero luego, cambiando de opinión, rasga lo que queda del vestido
para ofrecerse, impúdica, a la figura viril que la observa sonriente. Los
dedos, tibios, insinúan una torpe caricia sobre los pezones erectos,
retorciéndolos hasta el dolor y consiguiendo descargas nerviosas que recorren
el cuerpo en oleadas voluptuosas.
Apoyando los talones en la colcha bordada, la mujer aparta
los bordes de la tela de satén, acariciando, de paso, su piel erizada. Milímetro
a milímetro, como murallas que se derrumban al ser conquistadas, se abren los
muslos de una forma inusitadamente procaz. El coño intocado brilla bajo el neón
del techo, regurguitandodesde lo más profundo de la raja un liquidillo con aroma
a aliento de pez.
Con ojos desorbitados, la cuarentona ve acercarse a su amado.
Gime de deseo mientras observa los rizos rubios, el tórax amplio, moreno y
semidesnudo, la corta túnica bajo la cual, espléndida y morcillona, asoma un
buen trozo de verga superlativa…
El joven sonríe con la seguridad de los que siempre se saben
deseados. Enarbola una lanza de soldado romano de dimensiones medianas, cuya
punta dorada apoya durante unos segundos sobre el sexo de la mujer. Acaricia los
ralos vellos y, viendo desbordar el flujo femenino, comienza a penetrar al
ansioso virgo.
Una vena gruesa late en la garganta femenina. La boca se
retuerce en un rictus agónico, mientras emite un gorgoteo que resuena
desagradablemente a desagüe atascado. Una de sus manos se cierra contra su
propio cuello, hincando las uñas en un intento infructuoso de búsqueda de aire,
desplazándola finalmente hasta el seno izquierdo. La otra repta por su cuerpo
desnudo, apenas cubierto por jirones de satén y gasa, arañando la nívea piel y
marcándola con surcos ensangrentados. Entre sus muslos, abiertos obscenamente,
la punta del falo dorado se hinca con suaves embates, dejando atrás el himen
desgarrado para siempre.
La luz intensa nimba la figura alada. Antes de emitir su
último estertor, la mujer admira por última vez el milagro hecho carne. Sus ojos
chispean entre rijosos y sorprendidos, para después apagarse quedando clavados
en un punto fijo.
El brazo musculoso sigue imprimiendo un voluptuoso vaivén a
la lanza que empuña. La polla venosa late semioculta por el faldellín del joven,
reaccionando a la visión de la madura machuchorra de abierto muslamen y chocho
remojado. Sin embargo , al follador a distancia algo le parece raro: la figura
de la mujer ya no se mueve. El cuerpo, desmadejado, ya no viene a su encuentro.
Las caderas femeninas ya no responden ante el acoso del príapo brillante. Todo
es silencio. El ángel repara en la inmovilidad de la humana. Sus ojos se abren
como platos al percatarse que está ante un cadáver, y, con un acto reflejo,
rescata la lanza de la vulva violada, arrastrando consigo los hilillos viscosos
de flujo y sangre que encharcan el coño. Camina unos pasos hacia atrás, sin
dejar de mirar, espantado, el rostro de la muerta. Luego, de improviso, se gira
hacia el amplio ventanal al tiempo que se hace la oscuridad. Segundos después
desaparece en las sombras de la noche. Dos plumas revolotean en la alcoba,
bajando –en una cierta danza macabra- hasta posarse a los pies de la cama.
Tras hacer unos guiños, el neón del techo vuelve a
encenderse.
-II-
El hedor de la colilla me estaba matando. Imaginaba vaharadas
pestilentes llegando a mi pituitaria. Casi las veía flotar en una nube infecta
que crispaban mis nervios.
¿Dónde has dejado el cigarro? – pregunté con voz
acusadora.
N….oooo. ¡No he dejado ningún cigarro! – negó
débilmente la rubia.
¡¡Mentirosa!! – afirmé con fuerza, mientras hacía
restallar las palmas de mis manos en sus caderas ofrecidas.
¡¡Ayyyy!! ¡Bruto! – llegó el quejido con sones mimosos.
Su voz, ahogada por el almohadón, se convirtió en ronroneo.
Las nalgas, carnosas en extremo, se lanzaron hacia atrás, buscando la dureza de
la verga conocida. Los bordes abultados del sexo, brillantes por el flujo,
lucieron sonrosados por efecto de la excitación. De rodillas, encajando mi
vientre contra su trasero, busqué los senos con manos ávidas, mientras mi dureza
quedaba albergada en la tibia cavidad del fruncido botón que, convertido en
flor, aceptaba sin remilgos la intrusión de la carne ajena. Mis testículos se
aplastaron contra la carne rezumante, con la sana, e inalcanzable, intención de
entrar más allá de lo permitido. Disfruté de la deliciosa sensación de ser
engullido hasta los topes, acariciado, apretado hasta la locura por el anillo
anal de mi novia, la puta.
Un pitido agudo se clavó en mi oído derecho. Luego, a la par,
otro más grave. Y otro. Y otro. Y otro…
El cuerpo de Magda desapareció bajo el mío. La cama se
sacudió en una voltereta imposible, mientras el techo se desplomaba sobre mí.
Gemí de espanto, perdido en el vacío más insoportable. Un sudor pegajoso cubrió
todo mi cuerpo. El ruido de mi cabeza iba en aumento, hasta convertirse en
atronador. En la lejanía percibí a duras penas el chillido de Magda, aplastada
bajo mi peso, incapaz de entender a qué se debían aquellas convulsiones. Luego
mi estómago se transformó en catarata, vomitando hasta la primera papilla sobre
la carne trémula de la rubia.
-¿Estás mejor, cariño? –su voz me llegaba desde muy lejos.
Intenté abrir los ojos, pero el recuerdo del vértigo estaba
aposentado en la boca de mi estómago. En el oído derecho, más aplacados, seguían
dándome por culo los dichosos pitidos. Continuaba estando hecho una mierda,
aunque sin llegar a los extremos sufridos durante la crisis.
-Sí. Algo mejor, gracias.
¿Para qué iba ha decirle lo contrario? Me tomé una píldora
recetada por el médico. Era una de esas que no te curan nada, pero que te dejan
medio gilipollas, como atontado. Eso me faltaba.
-Entonces…¿podrás acompañarme?
-¿Acompañarte? ¿Dónde? – la pregunta me había pillado
desprevenido. No recordaba nada de nada.
-¡Tonto! ¡No te hagas el gracioso! ¿Dónde va a ser? ¡Pues a
mi pueblo, al entierro!
¿Pueblo? ¿Entierro? ¿Acompañar…yo? Una pequeña luz brilló
entre las sombras de mi memoria. Sí. Algo me dijo Magda uno de estos días, entre
vómito y vómito.
¿El entierro de tu tía?
¡Pues claro! Hace falta que vengas conmigo. Quiero que
vean que soy una mujer decente, con un hombre guapo como pareja, y
además…policía.
Me enterneció la carita que puso al decir:"mujer decente".
Porque yo tenía dudas bastante razonables para creer que, ni remotamente, Magda
podía llegar a aparentar algo distinto a lo que era. Tenía ojos verdes, felinos,
que ella gustaba de remarcar con un lápiz haciendo que se alargasen
excesivamente, al estilo egipcio. Su cuerpo terso, de veintipocos años, todavía
no mostraba ninguna señal de la (¿mala, buena?) vida que le daba su dueña.
-¿Tú crees que se lo tragarán? –se me escapó la pregunta en
un arrebato de sinceridad. Luego lo quise arreglar añadiendo – Me refiero a lo
de que estamos casados.
-¡Claro que sí! – sonrió ilusionada -¡Tú llevarás tu traje
negro, y yo…bueno, yo ya me arreglaré con alguna cosa!
Mientras Magda telefoneaba a varios clientes, avisando del
imprevisto surgido, yo me duché con parsimonia, teniendo mucho cuidado en no
hacer movimientos bruscos. El equilibrio lo tenía prendido con agujas, y no
quería pasar por la experiencia de otro vértigo.¡Jodida enfermedad de Meniere!
Nos cruzamos en la puerta del baño. Ella me pellizcó una
tetilla, mientras yo le daba, de pasada, una sonora palmada en su monumental
trasero. Me sacó la lengua mientras se iba desprendiendo de su mini vestido de
cuero rojo. Luego cerró la puerta en mis narices, gritándome para que fuese
poniéndome el traje rapidito…¡y que no se me ocurriese encasquetarme la
gabardina esa, tan desastrada!
-III-
Los rostros pasaban ante nosotros bisbiseando algo sobre
condolencias. Apoyada en mi brazo, una Magda desconocida asentía con una sonrisa
triste grapada en el rostro. Jamás hubiese admitido que Magda, la puta, podía
transformarse en aquella personilla vestida con sobriedad y elegancia, con
mínimo maquillaje y ojos cuajados de lágrimas.
Los últimos vecinos se alejaron entre murmullos. Alguno, más
curioso o descarado, se volvía de vez en cuando hacia nosotros. Nadie recordaba
mucho a Magda, y, sobre mí, no tenían la más puñetera idea.
El párroco, un hombrecillo nervioso y despistado, nos dijo
algo sobre su ausencia la noche en que ocurrió la muerte. Tenía a su madre
ingresada en una residencia de ancianos, y se trasladaba, cada anochecer, para
darle la cena y estar un ratito con ella. La verdad es que tenía la Parroquia
algo abandonada (se sonrojó un poco al reconocer ésto), pero… una madre es una
madre.
Salimos a cenar. La taberna era limpia y cómoda. Todavía se
nos acercaron algunas personas para dar el pésame a Magda. Ella, a pesar de la
pena, se encontraba en la Gloria. Tenía hambre de protagonismo, ser aceptada
como un ser humano normal y corriente…
Terminaron sentándose a tomar café con nosotros tres o cuatro
parejas. Entendí que eran amigas de la infancia de "mi esposa", junto con sus
maridos que, a pesar del disfraz, notaban en Magda un "algo" que la hacía
distinta a sus hembras paridoras. Lo notaba en sus miradas de machos salidos. O
puede que fuese por la novedad, por el olor inconfundible a hembra receptiva,
casi en celo…
Las risas eran cada vez más fuertes. La muerta, tan llorada,
ya estaba en el olvido. Hasta que Magda, queriendo dar el último empujoncito
para llegar al triunfo total, dijo:
Pedro Palomo, mi marido, es policía.
Algo imperceptible cambió en el ambiente. Los hombres ni se
percataron; pero, las mujeres, congeladas las sonrisas, callaron de sopetón. Se
miraron unas a otras, rehuyendo mi mirada, pálidos los rostros, dándose codazos
y musitando frases entrecortadas a mis espaldas. Ya ninguna miraba mi abultada
entrepierna, excesivamente apretada por los pantalones del viejo traje negro.
La frialdad fue contagiándose a todos los presentes. Los
varones, in albis, se extrañaron del cambio de sus mujeres, pero solo tuvieron
como explicación algún pellizco de advertencia. A todas les entró una premura
sospechosa por volver a casa. En unos minutos quedó la taberna vacía, a
excepción de nosotros dos, el dueño que recogía tazas de café a medio vaciar…y
su esposa, que nos miraba con cara de pocos amigos mientras restregaba con brío
el brillante mostrador de mármol.
-IV-
Magda se empeñó en servirme de guía turística. Nos pateamos
todo el pueblo hasta caer rendidos. Mi "esposa" parecía no darse cuenta de las
ventanas que se cerraban a nuestro paso, de las miradas de refilón de alguna
mujeruca sorprendida mientras barría la entrada de su casa, o del silencio
repentino cuando pasábamos ante los puestos del mercadillo.
Las casas se desperdigaban, bien enjalbegadas de blanco,
alrededor de una pequeña colina que dominaba todo el pueblo. Por una calle
empedrada, estrecha y sinuosa, llegamos a la plazoleta en la que se elevaba el
templo parroquial. Alrededor de la pequeña meseta, incrustados en vetustas
capillitas, aguardaban a los fieles, de año en año, las distintas estaciones de
un artístico Vía Crucis. Junto a la nave del templo, una torre cuadrangular,
chata y como inacabada, lucía en una de sus caras un gran reloj de números
romanos. En los laterales, mohosas y algo resquebrajadas, colgaban sendas
campanas de bronce. Sobre el reloj, disimulada entre dos relieves de piedra
caliza, una añosa puertecilla, seguramente con el cerrojo podrido, daba
monótonos golpes a consecuencia de las corrientes de aire.
Frente a la torre, a unos veinticinco o treinta metros de
distancia, se levantaba un edificio de dos alturas, no menos añoso que la misma
iglesia. Parecía una posada antigua, o, quizás, un vetusto palacete venido a
menos. En su fachada, de piedra caliza, se abrían dos balconadas adornadas con
geranios. Las cristaleras estaban veladas por tupidos visillos de encaje. Era el
único edificio que había en la plazoleta, además de la iglesia. Según me contó
Marga, al edificio lo denominaban "la Casa de la Beata", y, en tiempos mejores,
había servido para albergar al Vicario.
Nuestros pasos resonaron escandalosos en el silencio del
templo. Marga, friolenta, se acurrucó a mi vera, mientras miraba, con ojos de
niña, lo poco que había que ver.
- ¡Antes era más grande esta iglesia!- susurró en mi oído con
voz ligeramente decepcionada.
- Habrá encogido por el frío (bromeé, socarrón, mientras
señalaba los muchos manchurrones de humedad).
-¡Gilipollas! – se sulfuró entre bromas y veras, a la par que
buscaba, para pinzarme, la bragueta.
-¡Quieta, fierecilla, que estamos en sitio sagrado! – me
defendí eludiendo su metedura de mano.
Pero sus dedos ya se habían posado (más suaves de lo que
predecía su insulto) sobre el paquete aprisionado en el viejo traje. Mi brazo
rodeó su breve cintura, a la par que sus pezones quedaban de relieve bajo el
liviano tejido del jersey. Entre unas cosas y otras habíamos pasado varios días
de castidad. No era el momento ni el lugar más apropiado, pero la carne es la
carne. Aprovechando una pequeña rinconada, entre la hornacina de un Santo y el
imprescindible buzón petitorio para limosnas, nos aplastamos uno sobre el otro.
Sus manos desabrocharon mi cinturón a marchas forzadas, mientras mis dedos
elevaban el borde de su falda tubo hasta las caderas. Los dos, a pesar de
nuestras ropas exteriores tan sobrias, no nos habíamos privado de ponernos
nuestras interioridades más sexys. El mini tanga rojo de Magda, adherido como
una lapa a los labios protuberantes de su sexo mojado, no hacía de menos al slip
Calvin Klein blanco que trataba de contener, infructuosamente, la parte de mi
cuerpo más deseada por mi chica.
Magda tomó postura de penitente ante mí. Arrodillada entre
mis piernas tomó ansiosa la verga cabeceante, engulléndola en un pis-pas hasta
mancharme de carmín el vello púbico. Chupó con delectación, a la vez que
ensanchaba el orificio de su garganta, relajando los músculos de forma sabia,
para que mi porra entrase hasta el fondo sin tocar barandas. Siempre quedaba
alucinado al sentirme deglutido de esa forma, porque yo jamás hubiese podido
tener unas tragaderas tan espectaculares. Parece que el tema tenía su truquito,
pero yo todavía no le había cogido el tranquillo las pocas veces que consentía
en tener un "menage a trois" con mi novia y algún maromo de confianza. Me
encantaba que me mamasen; pero mamar yo...era harina de otro costal.
Rogando para que el equilibrio no me jugase una mala pasada,
levanté entre mis brazos el cuerpo menudo de Magda. La pared, fría y
desconchada, tomó contacto con sus nalgas ardientes. En dos suaves empellones,
sudando a mares, metí todo lo que podía meter, mientras mordía los labios de mi
pareja para acallar sus inoportunos quejidos. Contaba con la mucha experiencia
de ella, y no me defraudó. Bien agarrada a mi cuello, enlazando mis caderas con
sus muslos ardientes, se elevaba unos centímetros para dejarse caer de golpe,
completamente ensartada en mi polla chorreante de precum. El polvete resultó de
antología, con el morbo añadido de estar donde estábamos, codo con codo con
todos aquellos Santos y demás parafernalia católica. En el éxtasis del orgasmo,
Magda no pudo reprimir el impulso de extender una pierna con violencia…y
entonces fue la hecatombe.
Con un estruendo monstruoso, levantando ecos que rebotaron
por techos y cimborrios, por tintineantes cristaleras y por viejos altares, el
buzón que llevaba rotulada la frase "Para el Culto", cayó al suelo, se hizo
añicos y dejó desparramado todo su contenido en varios metros a la redonda.
Cuando se hizo el silencio, varios minutos después, todavía se oyó una triste
moneda rodar por el suelo de mármol desgastado hasta que se extinguió,
definitivamente, su sonido.
Rápidos como el viento, rojos como pimientos morrones,
adecentamos nuestro aspecto lanzando fugaces miradas a nuestro alrededor. Magda
limpió mi verga de cabo a rabo usando su sabia boca, mientras yo le eliminaba
las rebabas de esperma que goteaban de los labios de su sexo. Por suerte nadie
se hizo presente.
Avergonzados por el estropicio, quisimos remediarlo hasta
donde fuese posible. Recogimos monedas, astillas, y lo que, sin duda, eran notas
de amor. Estaban escritas en pequeños trozos de papel, con letra menuda y usando
letra de imprenta en cada una de ellas. La firma, apenas un garabato legible,
siempre era la misma:
NO PUEDO VIVIR SIN TI. Graciela.
MI VIDA NO TIENE SENTIDO. VEN A MÍ, POR FAVOR.
Graciela.
DICEN QUE ESTOY LOCA. Y LO ESTOY…POR TI. Graciela
Luego había una última, sin lugar a dudas más atrevida:
¿TENDRÉ QUE MORIR SIN CATARLO? Graciela
La puerta del templo chirrió al abrirse. Unos pasos livianos
sonaron en nuestra dirección, dejándonos apenas el tiempo suficiente de
ocultarnos tras las sombras de un confesionario. La visitante hizo una pequeña
genuflexión ante el Altar Mayor, y se dirigió como una flecha hacia donde
estábamos nosotros. Aguantamos la respiración. La mujer iba peinada con unas
apretadas trenzas que formaban un gran rodete en su nuca. Su rostro, levemente
sonrosado, dejaba traslucir una angustia especial, quizá subrayada por su mirada
un tanto salvaje, como de animal en peligro. Quedó sorprendida por el desparrame
de astillas y monedas, aunque, por lo que vimos, su interés estaba centrado en
las notas. Las recogió con cuidado infinito, guardándolas en un monedero que
apretó contra su pecho. Luego, con el mismo sigilo que había utilizado para
entrar, se desvaneció entre los pilares forrados de vetusto mármol,
desapareciendo de nuestra vista.
Recordando las notas, tuve la duda de si la tal Graciela
sería la rubia del moño prieto, aunque luego deseché la idea, puesto que no era
lógico que la autora de las notas se encargase, a la vez, de recogerlas.
Marga me sacó rápidamente de la duda.
Graciela era mi tía. La misma cuyo funeral celebramos
ayer. Seguro que la rubia, sea quien sea, es la receptora de las cartas.
No tenía la menor idea de que mi pobre tiíta tuviese un amor lésbico
(realmente no dijo "lésbico" sino otra denominación un poco más basta y
relacionada con productos de bollería).
Quedé pensativo. Dejé vagar la mirada a mí alrededor,
imaginando las mil y una historietas de amores, correspondidos o no, que se
habrían confesado entre las paredes de aquel viejo templo. Doce velas, de
distinto tamaño, parpadeaban ante la hornacina del Santo que había junto a
nosotros. Era un San Miguel de tamaño natural, moldeado en escayola y pintado
artísticamente hasta lograr un efecto sorprendente. Era hermoso. Los bucles
rubios adornaban la frente y caían sobre los hombros. Una túnica corta, de
aspecto militar, apenas cubrían los muslos musculosos, que, junto al tórax
amplio y bien marcado, daban al conjunto un aspecto casi…obsceno. Las alas,
también de escayola, estaban pintadas de blanco y ribeteadas, una por una, con
un delicado trazo dorado. En el brazo derecho, tan bien conseguido como el resto
de la estatua, resaltaban los tendones, azuleaban las venas, y daban la
sensación de vigor guerrero resaltada por el hecho de que empuñaba una lanza de
dimensiones medianas.
El arma, esgrimida contra lo que parecía una serpiente
enrollada a sus pies, terminaba en una punta alargada, de bordes redondeados y
pintada de un color rojizo amarronado. En algunos puntos brillaba un fondo de
purpurina oro.
Con un estremecimiento repasé los exvotos de cera que habían
dejado, durante siglos, los fieles creyentes devotos del Arcángel: corazones,
brazos, piernas, cabezas…Había fotos de recién nacidos, de niños vestidos de
Primera Comunión. Hasta velos y ramos de novia. Toda una exposición tétrica y a
la vez gozosa, pues representaba la ilusión, la Fe, de cientos de personas en
algo que yo, por desgracia, no tenía la dicha de creer.
Fui rescatado de mi ensimismamiento por una Marga deseosa de
volver a la pensión en que estábamos hospedados.
-V-
Han dejado un sobre para usted.
¿Para mí? – me extrañé ante las palabras del dueño de
la pensión.
Sí, sí. Ahí lo pone bien claro:"Para el policía marido
de la Marga"
Pero…¡si yo no soy policía!
¡¡Sí que lo eres!! –defendió Marga su mentira como gato
panza arriba-¡Detective es lo mismo que policía!
Bueno, si tú lo dices...
En la habitación, al abrigo de miradas indiscretas, abrí el
sobre. Dentro había una nota escrita a máquina, una tarjeta de propaganda…y dos
plumas de ave pequeñas.
La nota era escueta:
"GRACIELA FUE ASESINADA"
El anónimo no decía nada más. La tarjeta de propaganda,
aunque no ampliaba mucho la cosa, por lo menos tenía un teléfono al que llamar:
Solo Mujeres
Despedidas de Soltera. Fiestas privadas.
Condiciones a convenir.
Un festín para sus ojos…y puede que algo más.
Teléf. 620 896 557
En el dorso, mirando a la cámara con gesto insinuante, un
chico joven, de rasgos hermosos, mostraba casi todo lo que podía mostrar. Bajo
la fotografía, un nombre: "Silvio Moretti"
Y una línea más abajo: "Me puedo convertir en lo que tú
quieras"
Dejé de lado la tarjeta y revisé las dos pequeñas plumas. No
eran gran cosa. Daban la sensación de ser muy viejas, e incluso soltaban un
polvillo con tufo a polilla que casi me hicieron estornudar.
No veía la relación por ninguna parte. Lo que estaba claro es
que allí se acusaba a alguien, y que se hablaba de un crimen del que tenía la
primera noticia en aquellos momentos.
Pero…¿tú tía no murió de muerte natural?
Eso me dijeron por teléfono. El certificado médico lo
tendrá mi abuela.
¿¿Tú abuela?? – flipé por un tubo - ¿De qué coño de
abuela me estás hablando?
Pues, eso, de mi abuela: la madre de mi tía y de mi
propia madre.
¡No me jodas! ¡Ahora resulta que tienes una abuela en
algún sitio, y jamás me hablaste de ella!.
"En algún sitio" no. Aquí.
¿Aquí? ¿En este mismo pueblo?
Psí.
¿Y, porqué coño no vino al funeral de su propia hija?
Es que es muy rarita. Además…no nos hablamos.
¿Qué no te hablas con tu abuela?
Bueno, más bien ella no se habla conmigo. Me retiró el
saludo en cuanto nací.
¡Jodeña con la abuelita! ¿Y, con tu tía?
Con mi tía…¿qué?
Que si se hablaba.
Con ella sí.
¿Y con tu madre?
Solo hasta que se enteró que estaba preñada. Luego se
enfadó muchísimo.
¡Qué mujer más arcaica!
A mí jamás me dio un beso, ni vino a visitarme al
convento.
¿Qué convento?
En el que viví hasta cumplir dieciséis años. Uno que
hay a las afueras del pueblo. Mi madre se había metido monja para no tener
que aguantar a la abuela.
Entonces…¿te crió tu madre en un convento en el que, a
su vez, ella era monja?
No, no. Mi madre, que era novicia, murió en el parto.
Las monjas se hicieron cargo de mí porque mi abuela les dio una dote
económica.
¡Recoño, y que historia más enrevesada! ¿Y tu tía te
visitaba?
Ella sí. Me quería mucho, aunque –déjame que te diga-
estaba más loca que una cabritilla. Nunca pudo hacer su voluntad, con la
Gorgona de mi abuela vigilando cada paso que daba. Solo podía ir a la
iglesia, y, de tarde en tarde, venir a verme a mí al convento.
¡Qué vida más alegre debió llevar la pobre! Sin
embargo, parece que tuvo la suerte de enamorarse.
Y de que la matasen.
Eso está por demostrar.
¡Tú descubrirás al culpable! ¡Para eso eres policía!
¡Que no soy policía, cacho boba, que soy detective
privado!
¡Pues te contrato ahora mismo para que lo descubras!
-VI-
Había decidido visitar a la abuela de Magda. Aquella mujer
debía tener información, por poca que fuese, que me diese alguna pista.
Según me indicó mi novia, su abuela, Doña Bernarda, vivía en
el caserón familiar, justamente enfrente del edificio de la iglesia, o sea: en
la vicaría. No me atrevía a augurar como debía de ser, físicamente, la tal
señora. Por el nombre, y la dureza con la que había tratado siempre a su
familia, me imaginaba a la vieja protagonista de "La Casa de Bernarda Alba". Una
añosa urraca, con el rosario eternamente enrollado entre los dedos y cara
avinagrada. Nada más lejos de la realidad.
Solicité entrevistarme con ella. La criada, una mocetona
rubia de rasgos eslavos, cerró la puerta tras de mí y se alejó tras indicarme –
en un castellano macarrónico- que siguiese por un largo pasillo. "La Señorra le
está esperrando en su estudio ". Yo había quedado estático, mirándole el grueso
moño tras la nuca: era la misma mujer que había recogido las notas de amor
dejadas por la difunta Graciela en el buzón petitorio de San Miguel.
Una marcha militar sonaba a toda pastilla. Nadie contestó a
mi tímida llamada. Abrí la puerta y asomé la cabeza. Una mujer, menuda y
vivaraz, me daba la espalda. Entré sigiloso, quedándome apoyado de espaldas a la
puerta. Terminó la marcha (que identifiqué como el "Cara al Sol"), y, antes de
que pudiese hacerme presente, comenzó a sonar "God save the queen". La mujercita
seguía de espaldas a mí, envuelta en una nube de humo y llevando el compás con
una mano embadurnada de una masa de algo que parecía barro. Trasteaba sobre algo
que yo no llegaba a distinguir. Aguanté el himno de los ingleses, y temblé
cuando comenzó otra nueva marcha. Esta vez cantaban en alemán. Creí recordar el
"Deutschland über Alles" (el himno de la época nazi). Luego sonó "La
Marsellesa", "A las barricadas" y "La Internacional". En el momento en que
comenzaban los primeros compases del "Glory, glory, allelluyah", la mujer se
volvió hacia mí. Sin lugar a dudas era la abuela de Marga: tenía idénticos ojos
verdes, que asomaban bajo un enorme pañolón que llevaba anudado cubriendo su
cabeza. Se enjuagó las manos en una gran palangana, y se acercó unos pasos
ofreciéndome la diestra, que se había secado sobre un mandil amplio que la
cubría desde el cuello hasta casi los pies, mientras con la otra sostenía una
larga boquilla de la que emanaba un humo dulzón e inconfundible. Aquello fue
demasiado para mí. Entre la monserga de los himnos, y el pestazo a marihuana que
me tiró la abuelita a la cara, caí redondo al suelo.
¿Le ocurre muchas veces? – oí que me preguntaban a
través de los pitidos del oído.
¿Lo de marearme? Últimamente bastante.
¿Le han diagnosticado algo concreto?
Me han adelantado que puede ser Síndrome de Menière.
Pues…que le sea leve. Ajo y agua, como decimos por
estas tierras.
Gracias, esa cuenta me hago.
¿Venía usted a verme por algo concreto?
Si no tiene inconveniente, me gustaría hablar de la
muerte de su hija.
Graciela murió de muerte natural. No hay nada que
hablar sobre ello.
Todo el mundo no piensa igual al respecto.
A mí el resto del mundo me importa un pepino.
Pues, con pepino o sin pepino, alguien tendrá el
dictamen del médico.
Naturalmente: yo.
Y…¿podría enseñármelo?
Podría…decirle que no; pero realmente no tengo
inconveniente. En este sobre está.
¿Puedo llevármelo durante un par de horas?
Tiene mi permiso.
Antes de medio día lo tendrá de nuevo en su poder.
No tengo la menor duda.
-VII-
En el sobre, plegado meticulosamente, estaba el certificado
médico. Tal y como esperaba, no disipó ninguna de mis dudas (mejor dicho: de las
dudas de Marga). Tras una larga explicación escrita en jerga médica, del
documento se desprendía que la muerta había fallecido debido a causas naturales.
¿Naturales? ¿Qué se consideraría, por aquellas tierras, una "causa natural" para
morir? Sin embargo, a pié de página y con letra minúscula, había una anotación
manuscrita: "Autopsia realizada en la clínica de López Igor".
¿Autopsia? ¿Se había realizado la autopsia a alguien que
había muerto, en su cama, de muerte "natural"? Algo comenzaba a oler mal en
Dinamarca.
Tras fotocopiar el documento, lo devolví a la abuela de
Marga. Luego comencé a contrarreloj una serie de pesquisas.
El doctor López Igor resultó que tenía una clínica montada
por todo lo alto en la cercana capital. Allí, con dinero, te podían hacer de
todo. En los sótanos de la clínica se realizaban, con toda la discreción
posible, autopsias ordenadas por las autoridades judiciales o, simplemente, por
familiares interesados. También había otra ala, ultramoderna, con todo lo
necesario para hacer pruebas exhaustivas: desde genéticas hasta las de someter
lo que fuese al carbono catorce. Esa información me la proporcionó un viejo
amigo, médico forense captado para el sector privado, que trabajaba allí y con
el que me crucé por un pasillo merced a una casualidad. Gracias a él, tras
prometerle toda la reserva del mundo mundial, me hice con un duplicado del
informe forense sobre Graciela. Por último, abusando un poco de su confianza, le
pedí si no podría convencer a algún compañero para que sometiese al carbono
catorce una de las pruebas (o lo que fuesen) que tenía sobre el caso. A
regañadientes me dijo que sí. Le entregué las dos plumas que me habían enviado
anónimamente, y que, según me advertían en una nota, tenían mucho que ver con la
muerte de Graciela. Mi amigo prometió llamarme por teléfono en breve, y se
marchó a cajas destempladas, temiendo algún otro encarguito.
El club "Carne de Boy" estaba en las afueras de la ciudad. Mi
documentación como detective a penas me sirvió para que no me mirasen con
recelo. En la sala, ante el escenario, una caterva de jubiladas babeaban
paladeando con los ojos a un chiquito (que podría perfectamente ser el nieto de
todas ellas) el cual se despelotaba con gestos aburridos que querían ser
sensuales. Castañeteaban las bocas postizas conforme iba quedando menos ropa
sobre aquel chavalín con el pelo a mechas rubias. Daba la sensación de un
estudiante de instituto, que había hecho novillos para enseñarle el culo a su
abuela y resto de amigas. Alguna, muy a la americana, le metía por el diminuto
tanga algún billete de cinco euros, intentando palpar la dura carne a cambio de
derrochar una parte de su parca pensión. El vicio es el vicio.
Me colé en los camerinos. Allí estaba, el de la tarjeta, en
pelota picada.
¿Tú eres Silvio Moretti?-el chaval dio un respingo y se
tapó sus partes.
Escuche, ya lo he dicho otras veces: solo voy con
mujeres.
Y yo también, muchacho; pero solo te he preguntado si
eres Silvio Moretti.
Pues sí. ¿Quién me busca?
Pues mira, yo, sin ir más lejos.
¿Y qué cipote quiere?
Pues el tuyo no, desde luego. Por lo menos hoy. Solo
quiero hablar contigo.
¿Sobre qué?
Eso me lo dirás tú a mí. ¿Es tuya esta tarjeta?
Claro. ¿No ve mi fotografía, y mi nombre?
Entonces, me vas a decir lo que tienes que ver con un
pueblo que se llama San Miguel. Y con una señora (muerta, por más señas)
llamada Graciela.
Yo, yo…(la palidez cubrió el rostro moreno y
agraciado). ¡No tengo nada que ver!
Ya, ya…Pero ¿no tienes nada que ver con la muerta, o
con el pueblo?
¡Con la muerta! ¡Yo no se quien coño es esa Gabriela!
Graciela. Era Graciela.
Eso.
Y, con el pueblo ¿me dices tu relación con el pueblo?
Me contrataron hace unos días.
¿Y…?
Pues que fui para una despedida de soltera. Me pagaron
muy bien.
¿Me puedes decir el nombre de la novia?
¡¡No!!. Nunca doy el nombre de mis clientas.
Estás en tu derecho. Hasta que te lo exija el Juez,
claro.
-VIII-
Aquella misma noche, Marga quiso adelantarme algo de mis
honorarios. Me hizo una mamada que me dejó los ojos en blanco, absorbiendo de
tal forma que casi me dio la impresión de que la sábana me iba a entrar por el
trasero. Tras permitir que reposase un rato el objeto de su deseo, comenzó de
nuevo a manipularlo hasta que alcanzó las dimensiones y consistencia deseadas.
Creo que no lo había dicho antes, pero mi novia forma parte de ese pequeño
porcentaje de mujeres (creo que el 25 o el 28 por ciento) al que le gusta a
rabiar el sexo anal. Su esfínter es, con mucho, más placentero que su vulva.
Entrar en sus dominios, dejarse apretar por ese anillo (no de oro, pero sí de
fuego) es una experiencia que eleva el simple "dar por culo" a la categoría de
lo sublime. Creo que, mi verga, aumenta de dimensiones al sentirse comprimida de
una forma tan sabia, tan salaz y, a la vez, tan romántica. Cuando pasas la
estrechísima portañuela, cuando su aro se ciñe casi en ras de tus testículos,
tienes la sensación de que entras en un gran salón (tan enorme que no rozas las
paredes), y que ese mundo oculto, cálido y pecaminoso, es el lugar donde te
gustaría penetrar todo entero y permanecer, cálido y seguro, hasta el final de
los tiempos.
El móvil sonó de madrugada. El cabrón de mi amigo, el de la
clínica López Igor, quiso gastarme la putada de llamarme a deshoras. O quizá fue
porque estaba en su turno de trabajo. Me cagué en su padre por lo bajini y abrí
bien las orejas.
¿Peter Falk? – se hizo el gracioso recordándome mi mote
de la Universidad.
Tus muertos.
¿Colombo?
El coño tu madre. Dispara ya lo que tengas que decirme,
Capullito de Alhelí.
Esto es muy raro.
Ya.
Pero raro, raro, raro.
Más "rarito" eres tú, y ahí estás, de forense.
No te metas con mis inclinaciones sexuales, que cuelgo.
Vale, perdona. Por cierto ¿cuándo te casas?
Cuando le pase por los huevos a mi novio. Todavía tiene
que divorciarse de su mujer.
¡Vaya, vaya! ¿Así que te has convertido en "La Otra"?
La Otra o el Otro, lo mismo me da. Bueno, vamos a lo
nuestro.
Cuando quieras.
La muerta fue desvirgada minutos antes de morir.
Ya empezamos.
Y lo que le metieron no era una polla "al uso".
¿Cómo que no era una polla?
Pues eso, que sería un consolador, la pata de una silla
o cualquiera cosa por el estilo. Además…
¿Qué?
Nada. Que –lo que fuese- estaba pintado con purpurina
de oro.
¿Purpurina de oro?
Exactamente. Tanto el interior de la vagina, como los
labios y demás alrededores, tenían restos de la citada pintura.
Y…¿qué más?
Pues que murió asfixiada. Mejor dicho: ahogada.
¿Y eso es "muerte natural"? ¡Será en ese pueblo, porque
en el mío es asesinato!
Eso pienso yo.
¡Si al final tendrá razón Marga!
¿Decías?
Nada. Nada. ¿Ya está todo?
Del informe forense sí. Luego queda lo otro.
¿Qué es lo otro?
¡Tienes memoria de mosquito! ¡Lo del carbono catorce,
hombre!
Vale, vale. ¡Qué se me había ido el santo al cielo!
Pues creo que bajó, en lugar de subir.
¿A qué te refieres?
Pues que las plumas, aunque parezca mentira, el carbono
las data en más de dos siglos hacia atrás.
¿Qué las plumas son de 1.800?
Por lo menos.
¡No me jodas!
Pues…porque no querrás, porque tú siempre me hiciste
"tilín". Escucha…
No quise seguir oyendo como me tiraba los tejos, y colgué el
teléfono.
-IX-
No hay novia –me dijo Marga muy emocionada.
¿Cómo que no hay novia?
En este pueblo no se ha casado nadie desde antes del
verano, y, lo que es mejor, no se espera ninguna boda hasta la próxima
primavera.
Entonces…¿lo de la despedida de soltera a la que
contrataron, según él, a Silvio Moretti ?
Una trola como la copa de un pino.
¿No vendría a alguna "despedida de soltera" gay?
Podría ser. Podemos preguntarle a Rigoberto, que es el
barbilindo oficial del pueblo, según me han dicho.
Por intentarlo que no quede.
Rigoberto era un hombretón muy agradable. Tenía mucho sentido
del humor y era la amabilidad en persona. Rápidamente nos hizo entrar en su
casa, que brillaba como una patena, y nos puso delante de los morros un gran
trozo de tarta y dos tazones de café con leche.
No, queridos, en este pueblo, y Dios me libre, nunca se
han casado dos hombres. Por lo menos eso me aseguraron cuando vine a vivir
aquí.
Pero (dudé) ¿no existen por aquí más hombres que sean
homosexuales?
A patadas, hijo mío. Pero en este pueblo los armarios
están cerrados bajo siete llaves. Cosa que, dicho sea de paso, a mí me
viene de perlas.
Y…¿éso?
Pues, como soy la única "flor" oficial, me acuden en
enjambres, como los avispones. Todos de tapadillo, porque son muy machos.
Y me pongo las botas, no os digo más.
Bien. Me alegro por usted. Gracias por todo.
Por cierto, tengo una cosa que igual os interesa. Es
una foto que saqué la noche de San Miguel. La noche prohibida para los
hombres del pueblo.
¿Prohibida? ¿Qué quiere decir con eso?
No lo tengo muy claro, porque es el primer año que vivo
la fiesta aquí, pero igual Marga (¿has dicho que te llamabas Marga,
cariño?) lo sabe.
La verdad es que en el convento no salíamos para nada.
Las monjas eran muy estrictas.
Bueno pues yo explicaré lo poco que sé: aquí el Santo
Patrón es San Miguel, el arcángel, y una de las costumbres es que el día
de su fiesta, el 29 de Septiembre, todos los hombres se quedan encerrados
en sus casitas, quedando el pueblo a merced de las mujeres. Es la noche de
"las Micaelas", y ningún hombre se entera de lo que hacen las hembras, por
la simple razón de que, si a alguno se le ocurre asomar el hocico, lo
tunden a palos entre todas.
Y ¿cómo es que usted pudo sacar una foto…si no podía
salir de casa?
¡Hombre! –me dijo con mucho cachondeito fino-¡Yo, para
ellas, no soy ni carne ni pescado, así que tengo algunas ventajas! Mira,
no se ve muy bien porque la hice con una Polaroid y enfocando fatal, pero
la cosa es muy rarita. La hice a las doce en punto, porque había salido
dando un paseo (esa noche "libraba" por razones obvias) y, sin darme
cuenta, me planté en la plazoleta de la iglesia. Está tomada desde la
esquina de "la Casa de la Beata", enfocando hacia la torre. Cada vez que
la miro se me ponen los vellos como escarpias.
La verdad es que el repelús de Rigoberto no era para menos:
al fondo, difuminada, se veía la vieja torre. Todo estaba iluminado con una luz
espectral, de un amarillo-anaranjado intenso, enmarcando una figura masculina
que volaba por mitad de la plazoleta con las alas extendidas. En la mano
derecha, bien sujeta, enarbolaba una lanza de dimensiones medianas. Fuese lo que
fuese "aquello", era idéntico a la estatua de San Miguel que había visto el día
anterior en el templo parroquial, con la salvedad de que, lo que aparecía en la
fotografía, eran carne, telas y plumas reales, y no de escayola pintada. La
punta de la lanza brillaba como un ascua dorada, y la sonrisa del ángel, un
tanto nerviosa, me recordaba algo que no pude precisar.
Dejamos a Rigoberto con la palabra en la boca y salimos
zumbando para la iglesia. Como siempre, no había nadie. El arcángel nos miraba
con su belleza irreal. Su sonrisa, aunque algo más relajada, era idéntica a la
foto polaroid. Palpé las alas: eran de escayola, sin ninguna duda. Los ropajes
también. El puño con el que sujetaba la lanza se notaba un poco raro, como si
hubiese un exceso de holgura entre los dedos y el mango que empuñaban. Seguí con
la mirada hasta el resto del arma. La punta de la lanza, de bordes redondeados,
estaba cubierta en gran parte de su superficie con una pintura
rojizo-amarronada, que dejaba ver, en algunos puntos, el destello de la
purpurina. Me incliné sobre la figura, intentando rascar con la uña algo de la
pintura adherida. Estaba seca, pero no había ninguna duda: aquello era sangre.
Los zumbidos me atacaron a traición. Se hicieron más intensos
en unos segundos y todo el templo comenzó a girar a mí alrededor. Me sujeté a lo
que tenía más próximo: la estatua del arcángel. Y el grito de Magda me acompañó
durante el desmayo, después de que cayese, abrazado con el Santo,
estrepitosamente.
Me espabilé un poco. Junto a mí, bajo mí, alrededor de mí,
había escayola policromada hecha añicos, huesos y restos humanos destrozados...
Estiré la mano y agarré una vasija que rebosaba de flores
resecas. Arrojé su contenido al suelo, y, a continuación, vacié yo mi estómago
dentro de la vasija. Luego, tras limpiarme los labios con el dorso de la mano,
le dije suavemente a mi novia:
Creo que es hora de que visite otra vez a tu abuela.
Una vocecilla , entre pesarosa y firme, se oyó a nuestro
lado:
Pero antes quisiera hablar con ustedes.
El sobresalto casi nos hizo saltar el corazón por la boca.
-X-
En la Sacristía, el párroco nos hizo sentarnos sobre unas
sillas chirriantes por la carcoma. Buscó en un cartapacio lleno de papeles
amarillentos, y, tras revolver su contenido durante unos momentos, nos enseñó
una fotografía de la cara de San Miguel. Pero no. No podía ser. Aquella foto no
era de una estatua, sino de un hombre joven, bello hasta el dolor y vestido con
hábito de sacerdote.
¡Ya se quién es este joven! (dije mientras hurgaba en
mi bolsillo para sacar la tarjeta del stripper) ¡Es Silvio Moretti! ¡El
boy al que contrataron para, para…lo que fuese!
No puede ser. Este joven no se llamaba Silvio, sino
Pascual. Fue mi vicario durante unos meses, hace más de veinte años, y
luego…desapareció sin dejar rastro.
Pero, pero…¡son idénticos! –insistí en mis trece
mientras ponía las dos fotos juntas sobre la mesa.
Serán idénticos, pero, desde luego, no son la misma
persona.
Antes de llamar a la policía, quise aclarar unos puntos
con el boy de marras. No lo encontramos en el club, ni en la dirección que
me proporcionaron a regañadientes, así que volvimos al pueblo cuando era ya
casi noche cerrada. La criada de doña Bernarda debía tener visita en la
alcoba, porque me dejó pasar sin siquiera anunciarme. Seguramente cumplía
indicaciones dadas por su dueña. Marga quedó sentada en el recibidor,
haciendo guardia por si salía la rubia. Yo me dejé llevar por el olfato y
seguí el rastro de marihuana. En el estudio, bajo la luz intensa de un gran
foco, Silvio Moretti estaba trabajando. Su cuerpo, brillante bajo una capa
de aceite, refulgía como un ascua. Atado a una columna, en la misma pose que
un San Sebastián de belleza clásica, adelantaba sus caderas en un movimiento
casi imperceptible, lo justo para ensartar en la boca de doña Bernarda (que
estaba arrodilla ante él) su verga de dimensiones más que considerables.
Ambos mantenían los ojos cerrados, por lo que no se dieron cuenta de mi
presencia, atareados cada uno en disfrutar de sus sensaciones. La mujer, sin
el pañuelo en la cabeza, mostraba una calva monda y lironda. Sus manos
manoseaban los genitales del prostituto, y su boca de labios finos recorría
con delectación desde la base a la punta del falo.
-Buenas noches- dije sin levantar mucho la voz.
Mi saludo sonó como un trallazo en el silencio apenas roto
por los gemidos de la pareja. El semen salió a borbotones de la verga nervuda, y
al no recibirlo la boca sorprendida, quedó colgando de la frente, cejas y
mejillas de la abuela de mi novia. Tibios chorretones de poca densidad que
dejaron embadurnada la faz femenina con una pátina olorosa y muy nutritiva para
la piel.
Le estaba esperando –dijo, ante mi sorpresa, la
ancianita chupona.
He venido a hablar con usted. Y contigo también,
Moretti, cuando te cubras la polla. Pero ahora espera fuera, hazme el
favor.
Pronto estuvimos sentados. Silvio se endosó un batín de baño
e hizo mutis hacia otras dependencias de la vivienda. Doña Bernarda, ocultó su
cabeza calva con el consabido pañolón. De cuando en cuando, todavía se relamía
alguna gotita de esperma que había quedado prendida por sus labios.
¿Por donde quiere que empecemos?
¿Usted sabía que su hija era tortillera? – le solté a
bocajarro.
No – contestó la anciana sin inmutarse –Por la sencilla
razón de que no lo era.
Muy segura está usted.
Así es.
Y…¿qué me dice de ciertas cartitas de amor escritas por
su hija…a su criada?
¿Se refiere a éstas? – dijo Bernarda mientras me
lanzaba al regazo un grueso sobre. Docenas de notas se desparramaron por
mis muslos.
Pues sí. ¿No me dirá que eran para usted, verdad?
No sea tan retorcido, hombre de Dios. Las tengo yo en
mi poder (de hecho las tengo todas, desde la primera que escribió) pero no
son para nadie que viva en esta casa.
Entonces…¿para quién?
Eso lo tiene que descubrir usted.
No me venga con secretitos, que ya tenemos dos muertos
panza arriba.
¿Dos?
Sí, "dos". Como usted es tan lista, seguro que sabe
quién es el otro.
Mmmmmm. Pues no caigo.
Sin embargo, si que cayó. Un ramalazo de dolor desfiguró sus
facciones, hasta el punto que la boca quedó convertida en una mueca.
¡Llame al médico, por amor de Dios, y que traiga la
morfina!
Mientras el médico del pueblo atendía a la anciana, tuve
ocasión de intercambiar unas palabras con Silvio Moretti. A aquellas alturas yo
estaba para pocas bromas, y así se lo dije.
¿Cuál fue tu misión en todo esto?
Me contrataron como "regalo" de una despedida de
soltera. Ya se lo dije.
Eso no es verdad. En este pueblo no se ha casado nadie.
Cuéntame otra trola.
Le digo la verdad. Vinieron unas mujeres hasta el Club
en una furgoneta.
¿Unas mujeres? ¿Quiénes?
No las conozco. Hablaban algo de unas "Micaelas" o algo
por el estilo.
¿Dónde te llevaron?
A un bar del pueblo. Estaba repleto de tías que
aullaban como lobas. Me hicieron bailar todo mi repertorio sobre la barra,
hasta que se hicieron las once de la noche. Luego…
Luego…¿qué?
Me dijeron lo que tenía que hacer después. Yo no
quería, pero me ofrecieron mucho dinero.
¿Por qué no querías?
Estaba cagado de miedo.
¿Miedo? ¿A qué? ¿Por qué?
Porque lo que me pedían era muy raro.
Raro sería, cuando tú le hacías ascos.
No era asco. Era vértigo.
¿Vértigo?
Sí. Me dan mucho miedo las alturas. Y tenía que subirme
a la torre de la iglesia.
Algo comenzaba a encajar en todo aquello.
Cuéntamelo todo.
Me acompañaron hasta una pequeña habitación que hay
sobre el reloj del campanario. Allí me desnudé (otra vez) para que me
colocasen unas vestiduras muy raras, como de soldado romano. También me
colocaron unas alas fabricadas con plumas viejísimas, y me dieron una
pequeña lanza. Luego abrieron la portezuela que daba a la plaza…y me
lanzaron hacia la casa de enfrente.
¿Te lanzaron al vacío? ¿Volando?
No, no. Iba colgado de un armatoste, sujeto a un cable
tenso que enlazaba la torre con la parte superior del balcón al que tenía
que llegar. Al haber un pequeño desnivel, aquello se deslizaba con unas
pequeñas ruedecillas y yo salí zumbando para llegar hasta la casona.
Apenas había recorrido unos metros, justamente cuando el reloj daba las
doce campanadas, se apagaron las luces del pueblo. Desde abajo encendieron
unas bengalas que me iluminaban lo justo y parecía que era una cosa
fantasmagórica. No me extraña el susto que se debió de llevar la pobre
novia. Porque era una mujer vestida de novia lo que había en la alcoba,
esperándome. Al verme aparecer en el balcón dijo algo así como: ¡Eres tú!
, y se despelotó en un pis-pas, poniéndose despatarrada en la cama. Quise
que la señora fuese abriendo boca con unos toqueteos morbosos con la lanza
de soldado que llevaba en la mano. Hay muchas que se entonan si les hago
cositas con un consolador, así que se la metí bien honda, no crea. Ella
ponía los ojos en blanco, se mesaba las tetas y abría cada vez más las
piernas. Tan calentorra estaba que a mí se me puso dura, y estuve tentado
en pegarme un soberano revolcón con ella. Luego, de repente, comenzó a
hacer ruidos raros, y se quedó en una postura muy extraña. Me dio miedo y
salí al balcón. Allí ya estaban esperándome con una escalera del servicio
de bomberos del pueblo. Bajé como pude por los escalones, mientras un par
de chicas desataban el cable y lo enrollaban para guardarlo. El extremo
que había enganchado en la torre también lo habían soltado, así que
terminaron muy pronto. En unos minutos salimos zumbando y nadie quedó en
la plaza. Enseguida volvieron las luces, así que imaginé que todo estaba
cronometrado. Por lo que llegué a ver, todos los que habían participado en
la broma, o lo que fuese, eran mujeres, excepto yo, claro.
¿Quién debía de pagarte?
Doña Bernarda. Me ha pagado hoy, y muy generosamente
por cierto. Tanto es así que he querido hacerle un "extra".
Ya he visto el "extra". Por cierto, tengo una duda que
me corroe: ¿qué tienes que ver tú con el de esta fotografía? Porque os
parecéis un huevo.
Moretti alargó una mano y tomó la foto que le mostraba. Era
la misma fotografía que me había dado el cura en la sacristía, y que se parecía
un montón a la "tarjeta de visita" que tenía Silvio para hacerse propaganda.
¿Cómo tiene usted esta foto?
Eso es lo de menos. No es cosa que sea de tu
incumbencia.
Sí que lo es, porque es mi padre.
-XI-
La alcoba de doña Bernarda estaba en penumbra, apenas
alumbrada por una lamparilla de luz tan agonizante como su dueña. La morfina
había hecho su efecto, y unas chapetas sonrosadas alegraban el rostro cerúleo de
la enferma.
Sorpréndame con sus dotes de deducción, señor
Detective.
Lo intentaré, corríjame si me equivoco. ¿El tan
cacareado amor de su hija Graciela, el destinatario de sus notas…era San
Miguel?
¡Bingo!
Usted, naturalmente, lo sabía, y se las arregló para
hacerle un "regalo".
Caliente, caliente.
Para ello utilizó a las "Micaelas", las cuales –no sé
por qué razón- la obedecen ciegamente.
Si señor.
Dígame, si no es mucho pedir, la razón.
Pues…favores que una, dentro de sus posibilidades, ha
ido concediendo a lo largo de su vida. Siempre tuve una querencia especial
por las cosas militares, fuesen del color que fuesen, y pude conseguir
amistades que, junto con la proverbial religiosidad (y posición económica)
de mi familia, hicieron que mi nombre "pesase" lo suficiente en ciertos
despachos y antesalas del poder. Ya le he dicho antes que soy capaz de
cualquier cosa para conseguir lo que deseo, así que volqué mi ímpetu y mis
relaciones sociales en ayuda de las gentes de este pueblo. Cartas de
recomendación para muchachos que iban (o no querían ir) al servicio
militar, algún que otro aborto para solucionar problemas de chicas
demasiado jóvenes, o de esposas excesivamente sobrecargadas de hijos.
Gestiones de poca o de mucha importancia para conseguir empleos (tanto de
fregonas, como de recolectores de la vendimia, como de graduados
universitarios con título y sin trabajo)…Un cúmulo de cosas que la gente
no olvida. A lo tonto a lo tonto, en casi todos los hogares del pueblo
tienen algo que agradecerme. Y ya sabe el dicho:"Hoy por ti, mañana por
mí".
Y utilizó la fiesta de San Miguel en provecho propio.
Mejor dicho: de su hija.
Sí. Graciela no estaba muy bien últimamente. Y yo, como
usted puede ver, tampoco. Quise hacerle un último regalo antes de morir.
Ya nunca tendría otra oportunidad. Lo malo es que tanta alegría fue fatal
para ella, la cosa se salió de madre…y murió.
¿Cuál fue el motivo real de su muerte?
Murió de muerte natural.
¡Vamos, anda! ¡No me venga todavía con ese cuento!
Le digo la verdad. Murió ahogada, con los pulmones
encharcados con su propia baba. Salivó tantísimo al ver a su amado que,
prácticamente, se asfixió al no poder tragarla toda. Todo terminó con un
infarto.
Intentaré creerla; pero debe decirme como comenzó todo.
¿Por qué eligió a Silvio Moretti para el espectáculo angelical? ¿Quién es,
realmente, el muerto que había encerrado en la estatua de San Miguel?
¿Cómo murió? ¿Quién, o quienes lo pusieron allí?, etc., etc.
Muchas preguntas me está haciendo a la vez, y yo ya no
tengo el chichi para ruidos. Le contaré toda la historia de un tirón y así
acabaremos antes.
Me parece estupendo.
A los cuarenta años yo ya era viuda. Una viuda
consolable, todo hay que decirlo. Mis dos hijas, Graciela y Margarita, no
podían ser más distintas, pero, la verdad, por aquel entonces yo no me
ocupaba mucho de ellas. Para mí, las muchachitas eran unas perfectas
crías. Graciela, a pesar de tener ya veinte años, se comportaba como si
fuese una adolescente medio boba. Era muchacha de pocas luces y de grandes
silencios, obsesionada con espiarme a todas horas. Más de una vez tuve que
darle un par de tortas, tras descubrirla babeando en un rincón mientras yo
"dialogaba" con el semental de turno. Vivíamos las dos en esta planta de
la vivienda, junto con una criadita italiana, llamada Gina, que se pasaba
el día cantando tarantelas e invocando a Santa María Goretti. Margarita,
la pequeña, había insistido en irse al convento (en contra de mi voluntad)
y allí estaba de novicia, seguramente porque sabía que me daba mucha rabia
su decisión. Todo iba, más o menos, correctamente, hasta que apareció
Pascual. Pascual era el espécimen de macho más deseable que jamás hubiese
visto en mi larga vida (y se lo digo con conocimiento de causa). Lo
destinaron como Vicario para que ayudase al párroco del pueblo, y jamás se
confesaron tanto las beatas (y hasta las ateas) como la temporada en que
estuvo él aquí.
Creo que he visto una fotografía del tal don Pascual.
Seguramente. Era un seductor nato, y creo que se prendó
de él hasta el mismísimo Párroco del pueblo. Yo, fiel a mi costumbre,
traté de engatusarlo invitándole a que posase para mí, para modelar una
imagen de San Miguel que me habían encargado desde la Parroquia. No puso
ninguna objeción y, a partir de entonces, Pascual entraba y salía de aquí
como Pedro por su casa. Embebida con su belleza, y con los polvos que me
echaba, apenas me daba cuenta de lo que ocurría a mi alrededor.
¿Y, qué es lo que ocurría?
Pues que se pasaba por la piedra todo lo que se
meneaba. Comenzando por mí, claro está. Yo procuraba tenerlo medio en
pelotas durante las sesiones, y con la excusa de levantarle la barbilla, o
arreglarle la túnica, o modificar la exposición de un músculo
determinado…lo magreaba que daba gusto. Terminábamos las sesiones luchando
a brazo partido, revolcándonos por el suelo y practicando todo lo
indecible. Luego, me confesaba con él y recibía la absolución de
inmediato. Nunca imaginé que le quedasen fuerzas para buscar a otras
mujeres. Pero las buscaba, eso lo tuve claro al cabo de unas semanas.
¿Acaso con Graciela…?
Por desgracia para ella, a mi hija mayor fue a la única
que nunca miró como hembra. Le hacía gracia como lo admiraba, como le
sonreía (embobada), como le tenía, siempre a punto, todas las cosas que a
él más le gustaban. En una palabra: estaba encantado de que ella le
adorase como a un dios. Y le seguía la corriente, guiñándole un ojo ahora,
rozándole la mejilla después, lanzándole un beso al aire cuando se
marchaba…Ella estaba entusiasmada, sin darse cuenta de que, él, lo único
que sentía era lástima.
Entonces…¿quién era la otra agraciada, además de usted?
Gina, la italiana. Parece que no era tan mosquita
muerta, a pesar de ser tan devota de la Goretti, y el Vicario la
aspergiaba con frecuencia con el hisopo.
¡Fíese usted de las beatas!
¡A mí me lo dirá! La verdad es que el curita estaba
como para cometer pecados mortales a diario. Y nosotras, pobres e
indefensas mujeres, nos dejábamos tentar por el Maligno que llevaba Don
Pascual entre las piernas. Luego, ocurrió la catástrofe.
¿Pagaron por sus pecados?
Nosotras, las pecadoras, no. Graciela estaba cada vez
más obsesionada con él, y su mente elucubró un ardid para que le hiciese
caso. O, por lo menos, para quitar de en medio (por una noche) a la
competencia. Fue un viernes, entrado ya el verano. Mi hija Margarita había
venido de visita (rara vez se dejaba caer por casa), y yo cometí el error
de invitar a cenar al Vicario. Margarita, empeñada en no despojarse de su
traje de novicia, parecía una palomita. El hermoso gavilán la estuvo
observando toda la velada, y yo no le quitaba el ojo a él, imaginando los
pensamientos que tendría. Graciela estaba más nerviosa que de costumbre,
preparándonos el té que tomamos Margarita, Gina y yo. Pascual tomó, como
siempre que hacía calor, un café granizado. Pronto nos entró una gran
modorra a las mujeres (excepto a Graciela, que también se había decantado
por el café), y, tras despedirse Pascual, nos fuimos a la cama. Graciela,
que era la única que se mantenía en pie, estuvo trasteando por la cocina
hasta que pasó un tiempo prudencial. Luego, dejó entreabierta la puerta de
la calle y se marchó a su alcoba. Esperó y esperó, atenta al menor ruido.
No oyó llegar, descalzo, a Pascual, ni tampoco escuchó que recorría el
pasillo hasta mi estudio. Dominada por la tensión, cayó en un duermevela
del que le despertó un sordo gemido, apenas audible. Algo intuyó su
cabecita loca, porque se levantó a trompicones y revisó las alcobas una
por una. Gina dormía, totalmente drogada, como una bendita. Yo, en mi
cama, roncaba como una descosida. Corrió hacia el estudio. En una cama
plegable, todavía con el traje de novicia, Margarita, desvanecida por el
somnífero, era violada por el Vicario. A Graciela le quedó la mente en
blanco. Su cerebro no podía aceptar el ver el cuerpo tan deseado de
Pascual, cubriendo como un semental la figura blanca e inerte de su
hermana. Los celos, la rabia, el despecho, todo se unió en un
cortacircuito que le privó de toda razón. Sobre una mesita, junto a una
figura tapada con una sábana, había una pequeña lanza con la punta dorada.
La sujetó con ambas manos y, dándose impulso, la clavó con todas sus
fuerzas en la espalda del Vicario. Partido el corazón, murió en el acto.
Pues, ahora, ya puedo adivinar el resto.
Adivine, señor Detective.
Usted, que tenía ultimada la imagen de San Miguel, se
las ingenió para introducir en el interior de la estatua el cuerpo del
muerto.
Me ayudó Gina, tras haberle dado varias capas de
pintura impermeable al interior. Ya sabe usted: por los juguillos que
desprenden los difuntos y todo eso.
No siga.
Sellamos bien las junturas y las repasé con los colores
que correspondían. Una vez terminado todo, me estremecí al mirar el
resultado: una figura de escayola, copia exacta del original…que guardaba
pudriéndose dentro de sí misma.
Algo similar a una muñeca rusa. Y ¿qué ocurrió con el
resto de personas implicadas?
Graciela estuvo mal una larga temporada. Luego se
recuperó, pero comenzó con el tema de las cartitas. Su obsesión por
Pascual (al que ya no volvió a nombrar jamás) cambió de objetivo (aunque
no demasiado) y su amor incondicional fue, a partir de entonces, San
Miguel. Ya sabe como ha terminado la cosa.
Lo sé. Imagino que Margarita había quedado embarazada.
Efectivamente. El violador, además de lograr su
objetivo, había dejado su simiente dentro de mi hija, y la palomita volvió
preñada al convento. Nadie me lo quiso decir hasta meses después, cuando
ya no hubo remedio. Estuve loca de rabia durante mucho tiempo. Mi pobre
hija murió en el parto…en el que nació Marga.
De la que usted nunca quiso saber nada.
No me sentía capaz de ver todos los días a una niña,
sin padres, que me recordaría mi culpabilidad, y que, además, me impediría
vivir mi vida de la manera que más me apetecía.
Un poco egoísta ¿no cree?
Lo reconozco, pero ahora ya no tiene remedio.
¿Y qué fue de Gina?
Gina también había quedado embarazada de Pascual,
aunque ella tenía sobrados motivos. Pagué por su silencio y se largó de
aquí. Nunca más volví a saber de ella, ni de nadie relacionado con ella.
Hasta hace unos días, cuando descubrí la foto de su hijo en un "catálogo"
de chicos disponibles en el club "Carne de Boy".
Entonces, Silvio…
Sí. Su madre se llamaba Gina Moretti. Me vino de perlas
el parecido, tan acusado, con su padre, para hacerle mi último regalo a
Graciela. Contacté con las Micaelas y rápidamente lo organizamos todo.
Alguien recordó la costumbre antiquísima (que dejó de ponerse en práctica
hace muchísimo tiempo) que consistía en que San Miguel "volaba" por encima
de la plaza de la iglesia el día de su festividad y cantaba, a voz en
cuello, unos latinajos. La idea nos vino de perlas. En un rincón de la
torre, metidos en un viejo baúl, todavía se conservaban los artilugios
utilizados en la época: inclusive un par de alas (medio deshechas),
fabricadas con plumas de paloma hace más de doscientos años. Aprovechamos
lo que pudimos, y lo demás se improvisó sobre la marcha. Las anillas para
sujetar el cable (una en la torre, la otra sobre el balcón de Graciela) se
mantenían en su sitio, aunque la cuerda (podrida) se cambió por un cable
de acero que era menos visible. Todo nos salió perfecto, excepto la única
cosa con la que no contamos: el deseo tan exagerado de mi hija, que
terminó por ahogarla.
***
El viaje de ida lo había realizado con una pobre puta, y el
de vuelta lo estaba haciendo con una ricachona (que también suelen ser putas,
pero nadie se atreve a decírselo). No quise contarle a Marga más de la cuenta,
porque no quería que supiese la piara que había tenido de familia. Su abuela, ya
en fase terminal, le hizo el regalo de un poco de cariño, esa cosa tan sencilla
de la que mi novia siempre había andado algo escasa. En cuanto a la herencia,
ella figuraba, desde el principio, a continuación de Graciela.
A nivel oficial nunca se supo que el cuerpo de Don Pascual
estuvo, desde siempre, dentro de la imagen de San Miguel. Sus restos los
enterramos, al amparo de la noche, junto con los de su enamorada Graciela.
Silvio Moretti, según instrucciones verbales de Doña Bernarda, recibió un
pellizco de dinero. Parece ser que la anciana había quedado notablemente
impresionada por las habilidades sexuales del hijo de su antiguo amante.
¿Y el anónimo?-me dirán ustedes. Sí. Aquél anónimo que
adelantaba lo de "Graciella fue asesinada", y adjuntaba una tarjeta de Silvio
Moretti, junto con las dos plumas de las alas de "San Miguel". Pues, cosas raras
de la vida, el sobre, junto con su contenido, lo había enviado…Doña Bernarda.
Parece ser que, la vieja, además de mamona era algo gata, y disfrutó lo suyo
jugando con un pobre ratón como yo.
Carletto.