LA DUCHA
Se adivinaba la silueta de tu cuerpo desnudo tras el vidrio
empañado de la mampara. Encontré la puerta del cuarto de baño entornada, lo que
me permitió entrar sigilosamente, descalzo, desnudo, midiendo cada movimiento,
cada paso, para que no advirtieras mi presencia. El vapor del agua caliente
diluía aún más la tenue intensidad de la luz del espejo, la única que encendías
cuando te duchabas. Sobre el cristal, dibujé con el dedo índice las cuatro
letras de tu nombre. Y con el mismo sigilo, me fui aproximando a la bañera,
llevando en mis manos la cuerda azul de algodón con la que a menudo te ataba a
la cama.
Gritaste asustada cuando descorrí la puerta de la mampara,
salpicándome con el agitado movimiento de tu cuerpo sobresaltado. En un acto
reflejo, cruzaste tus brazos sobre el pecho para cubrir con ellos tus redondos
senos, como si la imprevista aparición te llenara de vergüenza al mostrarte
desnuda ante un desconocido que de repente hubiera irrumpido en el cuarto de
baño. Entornaste los ojos y suspiraste aliviada, queriendo desprenderte del
susto que había disparado tus pulsaciones. Durante unos segundos, dejaste caer
el agua sobre tu cabeza y tu rostro, deslizando suavemente tus dedos sobre tu
corto pelo, recuperando la quietud en tu agitada respiración.
Traviesamente, zarandeaste la cabeza para volver a
salpicarme. Me sonreíste pícaramente y entonces advertiste la cuerda en mis
manos.
– ¿Qué haces? – preguntaste con voz nerviosa.
Vengo a ducharme contigo – te respondí clavando mis ojos en
los tuyos.
– ¿Y la cuerda?
– No hagas preguntas tontas, zorrita.
Mi respuesta fue tajante y te hizo enmudecer. Sin darte
tiempo a reaccionar, me introduje en la bañera y cerré la puerta de la mampara.
Te rodeé la cintura con la cuerda, estrechándote contra mi cuerpo y besé tu boca
con violencia, frenéticamente. Respondiste con besos profundos, mordiéndonos
suavemente los labios, atrapándonos las lenguas y los paladares, sin dejarnos
apenas respirar. Noté en la piel la súbita erección de tus pezones y apreté
contra tu vientre la inminente erección de mi verga, mientras tus manos
recorrían mi espalda y manoseaban mis nalgas con lujuria. El agua caliente caía
sobre nuestros rostros fundidos, sobre nuestros cuerpos enlazados, empapando la
cuerda deslizada por mis manos alrededor de tus caderas.
Te separé de mí y te ordené que me dieras la espalda,
abrieras las piernas y apoyaras las manos en la pared. Obedeciste al instante.
Ahora el agua caía sobre tu cuello, tu torso levemente inclinado hacia delante,
tus pies separados y firmemente apoyados en el suelo de la bañera, tus brazos
extendidos, tus manos abiertas y posadas en los azulejos. Me recreé en la
hermosa visión de tu culo ofrecido, de tu coño expuesto, de tu espalda arqueada,
por la que serpeaba el agua descendiendo por ella hasta tus nalgas, deslizándose
hacia tus anchos y firmes muslos.
Sentí un ardiente deseo de poseerte, de penetrarte, de
sodomizarte. Acercándome a ti, separé tus nalgas para que al soltarlas atraparan
mi polla endurecida. La moví lentamente entre aquellas lunas henchidas, mis
manos tensando la cuerda para acariciar con ella tu espalda, para rodear tus
pechos, tu vientre, para soltar un cabo y reliarla en tu cuerpo, para deslizarla
con rápidos movimientos entre los labios de tu coño. Te oía gemir, sentía los
primeros temblores en tu cuerpo, los primeros jadeos. Y mis manos buscaban tus
pechos para amasarlos a mi antojo, tu coño mojado por el agua y por la creciente
excitación, mi polla aplastada contra tu espalda y mi vientre, mi boca en tu
nuca y en tu cuello, mis labios susurrándote al oído las cuatro letras de tu
nombre, reclamándote como mi propiedad, mi puta, mi golfa mojada por el agua
caliente, por mis labios calientes, por mi sexo caliente.
– No tienes permiso para correrte – te recordé casi
imperativamente.
Pero tú ya estabas presa del deseo, del placer incontrolable
por tu mente, desbordándose en tu cuerpo, haciéndote temblar, flaquear tus
piernas. Apretaste los labios para ahogar el orgasmo atravesado en tu garganta y
eran suaves e intensos gemidos los que se escapaban de tu boca, inevitables,
como si fueras una gatita ronroneándole a su dueño.
Tus manos se apretaron contra la pared, como si temieras que
las fuerzas te fallasen y acabaras por caer de bruces.
– ¡No tienes permiso para correrte! – te grité, palmeando tus
nalgas con un golpe seco de mi mano.
El manotazo hizo ceder la apretura de tus labios, haciéndote
jadear con fuerza. Balbuceaste, queriendo hablar pero no fuiste capaz de
pronunciar palabra alguna. Volviste instintivamente la cabeza al notar que
retrocedía, separándome de ti, hasta la pared opuesta a la que apoyabas tus
manos. Entre ambos se creó un denso espacio de vapor y de silencio. Te ordené
que miraras al frente, mientras volvía a unir los cabos de la cuerda,
anudándolos para acortar su longitud y doblar su anchura. Hice un nuevo nudo
para afirmarla, exprimiéndola con mis manos para tensar el algodón mojado.
Adelanté unos pasos y el silencio, hasta entonces únicamente
roto por el brotar del agua y tu respiración, se quebró con el leve silbido de
la cuerda rasgando el aire y el vapor, con el sonoro golpe contra la carne de
tus nalgas desnudas y mojadas, con el grito impotente y desprevenido arrancado
de cuajo de tu garganta. Se tambalearon tus piernas, se agitó tu cuerpo hacia
delante sostenido por tus manos apretadas contra los azulejos, tu cabeza
desgajada hacia atrás. Durante unos segundos, el agua recorrió tu nuca y tu
corto pelo, borboteando sobre tu frente y tus ojos, aliviándote el dolor
inesperado por el primer azote. La cuerda pesada por el agua contenida se clavó
varias veces en tu espalda, en tus nalgas y en tus muslos, marcándote la piel
con agua y fuego. Gritabas, te retorcías, implorabas, llorabas, en los cortos
espacios de tiempo en que la cuerda retrocedía para iniciar nuevamente su danza
en el aire, su leve silbido a la búsqueda de tu carne enrojecida y mancillada.
Te supe sin fuerzas para soportar un nuevo golpe y arrojando
la cuerda al suelo de la bañera, me acerqué a ti para acariciar con ternura tu
cuerpo dolorido. Gemiste dulcemente y dejaste caer suavemente tus manos por la
pared chorreante, sin separarlas de ella, arqueando aún más tu espalda para
elevar tus nalgas, buscando rozar con ellas mi cuerpo, ofreciéndote sin musitar
palabra, temblando de deseo.
Sosteniéndote con mi brazo bajo tu vientre, penetré tu coño
lentamente para que sintieras cómo entraba en ti cada milímetro de mi polla
hasta llenarte por completo. Te estremeciste de placer cuando mis dedos
alcanzaron tu clítoris y mi verga comenzó a moverse en el interior de tu coño
comprimido, entrando y saliendo desenfrenadamente, alocadamente, deshaciéndote,
inundándote, traspasándote de un placer consentido y sin límites, vertido en tu
garganta que gritó hasta enronquecer, en tus lágrimas calientes, tú mojada por
dentro y por fuera, mientras el agua caía sobre mi nuca, sobre tu espalda, para
hacerse vapor en el fuego de nuestros cuerpos enredados.
Salí del baño y cerré la mampara. Contemplé la silueta de tu
cuerpo desnudo, aún tembloroso, tras el vidrio empañado, tus manos en la cabeza,
alisándote el corto pelo, apartándolo de la frente. Sobre el cristal del espejo,
dibujé con el dedo índice las cuatro letras de tu nombre. Y debajo de él,
escribí "Te amo" con huellas de agua. Entonces, desde la puerta, te ordené que
cerraras el grifo, que salieras de la ducha y miraras el espejo.