Nada más entró Luis a trabajar en la empresa me prometí a
mí mismo que si no conseguía que me poseyera, al menos le tenía que comer la
polla y él me la tenía que comer a mí. Todavía no sabía ni el cómo ni el
cuándo, pero eso no importaba: si me propongo algo suelo conseguirlo. No
faltan ocasiones si uno está a la que cae.
Luis está bueno como un queso: veintitantos, alto,
moreno, buen culo, ojos bonitos y ni asomo de pluma. ¿Se puede pedir más?
Yo, por mi parte, no estoy mal del todo. Treinta y cuatro, uno ochenta y
dos, rubio como la cerveza, casado, y aparte con éxito con las nenas, solo
que tengo un secreto: me encanta acostarme con tíos y, si me acuesto con
alguno, lo que menos me apetece es dormir. Nunca me he decidido a salir del
armario. Estoy bien como estoy, mi mujer para la galería, las demás mujeres
para mi sed, y los hombres, a escondidas, para mi deleite.
Cuatro meses después de entrar a trabajar Luis en la
empresa, no había adelantado nada en mi empeño. Solíamos tomar café juntos
en un bar próximo a la oficina, y como buenos machitos charlábamos de fútbol
y de lo buena que estaban la asesora fiscal y la secretaria de dirección. Un
día, entre bobada y bobada, me confesó que le encantaba el ron.
- "¿Alguna marca en especial?" me interesé, porque
aquello ya era algo, tal vez un portillo por el que colarme en su bragueta.
- "¿Marca? No sé –me contestó-. No me fijo en marcas sino
en países. He `probado los rones de casi todo el mundo. Conozco el español,
el venezolano, el cubano, el jamaicano, el dominicano, el puertorriqueño, el
de…".
No le dejé acabar. Había pillado una idea al vuelo.
- "¿Y el ron de isla Bonita?"-, le pregunté.
- "¿El de isla Bonita?"
- "Sí, el de esa isla del Caribe a la que a la que hace
años cantaba Madonna".
No me sorprendió que Luis me confesara que no había
catado jamás ese ron, porque no hay ninguna isla con el nombre de Bonita,
por más que haya bastantes que merezcan llamarse así. Aprovechando que mi
mujer estaba pasando un mes en Oviedo con su madre, con lo que yo era libre
como un pájaro, di otra vuelta de tuerca.
- "Tengo un par de botellas de ron de isla Bonita"- dije
como quien no quiere la cosa.
- "¿En serio?"
-"Si te apetece probarlo, vente a mi casa después de
cenar. ¿Te va a eso de las diez y media?"
Cinco, cuatro, tres, dos, uno…
- "Vale".
Soy creativo de publicidad, y para mí fue un juego de
niños diseñar una etiqueta aparatosa en el ordenador-"Ron Lindo" "Isla
Bonita"-, darle marcha a la impresora y sacar dos copias. Quedaron de cine.
Daban el pego, y yo sin remordimientos, que todo vale en el amor y en la
guerra. Cuando salí del trabajo, compré dos botellas de ron Bermúdez, dí el
cambiazo de etiquetas, preparé unos DVD "especiales", coloqué uno en el
reproductor, me duché, lié unos canutos de marihuana, me puse ropa cómoda,
cené cualquier cosa y tuve el tiempo justo para inspirar hondo un par de
veces antes de que sonara el timbre del interfono. Ni que decir tiene que
desde la salida del trabajo iba con la polla tiesa. Ni siquiera me la bajó
el agua fría de la ducha, ni la paja que me hice antes de vestirme para
rebajar el calentón. Luis fue un reloj. Llegó a las diez y media en punto.
Paso por alto y despacho en un dos por tres el prólogo de
lo que importa: "Disculpa el desorden, desde que no está mi mujer la casa
está manga por hombro" "Ponte cómodo" "Ahora te saco el ron" "¿Te apetece
ver un DVD porno de una tía buenísima?" "He liado unos porros de marihuana".
Luis entraba al trapo, a todo dijo sí, de modo que cinco minutos después
estábamos él en el sofá, yo en el sillón, a un metro escaso uno del otro,
cada uno con su vaso de ron añejo al alcance, compartiendo canuto de
marihuana y mirando a la pantalla del televisor en que ciertamente salía una
rubia de pechos inmensos y pezones como garbanzos, pero también un morenazo
con un pollón de aquí te espero que daba gloria verlo.
No hay nada como dos tipos que comparten copas, marihuana
y videos porno. Al minuto se sienten amigos de toda la vida y, si no tienen
una idea fija, están dispuestos a relajarse de lo más. Yo sí tenía la idea
fija de hacerme con Luis y, por tanto, me andaba con tiento, pero él se
abrió como una flor.
- "Oye, que a gusto me siento – confesó dando una calada
al canuto que incluso le hizo toser - . Y nunca en mi vida he probado un ron
tan bueno como éste."
- "¿Y qué me dices de la rubia de la peli? –le di yo
caña, en tanto la chica se tragaba la verga del moreno por todos sus
agujeros-. ¿No te pone cachondo?"
- "La verdad es que sí" –me confesó Luis.
- "Pues no te prives" – le animé y, para dar ejemplo,
empecé a tocarme, ostensiblemente y por encima del pantalón, el bulto de la
polla.
Era el momento crítico. De lo que ocurriera en el próximo
minuto dependía el resto de la noche. Aunque en apariencia estaba pendiente
de la rubia y del moreno, en realidad yo miraba de reojo la bragueta de Luis
mientras seguía masajeándome la entrepierna. Dudó un poco. Primero bebió un
trago de ron, luego dejó caer como al descuido su mano sobre el pantalón y
por fin, primero de un modo ligero, luego más decididamente comenzó a
tocarse. Bien. ¿Que digo bien? Fenomenal. Estupendo. Ya estaba en el bote.
Dejé que su mano ganara ritmo antes de comentar:
-"¿Qué sentirá esa chica al chupar una polla como esa?"
No aguardaba respuesta. Solo estaba sembrando la idea.
- "Pues no sé".
- "Ni yo, Luis, ni yo, pero, aparte de las tetas y el
culo de la chica ¿no te pone un poco caliente ver ese rabo? Porque a mí un
puntito sí que me da."
- "No sé, tal vez un poco."
La fortuna sonríe a los audaces. Me bajé la cremallera
del pantalón y me saqué la polla. Lo hice sin darle importancia. Seguí
masturbándome.
"No te molesta que me la menee a lo vivo ¿verdad? Así
noto más gusto."
"Eres muy dueño de hacer lo que te apetezca. Estás en tu
casa".
Una buena respuesta. Prometedora. Magnífica. Volví a la
carga:
- "¿Habrá algo mejor –y yo sabía que sí lo había- que dos
amigos haciéndose pajas viendo una peli porno?"
Yo estaba en ascuas. Venga. Venga. Venga. –pensaba- Esa
mano, Luis. Aflójate el cinturón. Despásatelo. Así. Así. Bájate la
cremallera. Quiero verte la verga.
No se lo decía, pero le mandaba el mensaje de cerebro a
cerebro, esforzándome para que le llegara. Y sí. Le llegó. O tal vez no
hiciera falta porque la cosa se le hubiera ocurrido de todos modos. El caso
es que ya tenía la cabeza de su verga ante mis ojos, colorada, hinchada,
preciosa. Aceleré el ritmo de mi masturbación y dejé de disimular. Pasé de
la película y centré la mirada en la paja que se hacía Luis a un metro
escaso de mi sillón. Saboreé el sube y baja de su mano a lo largo de la
polla y luego le miré a los ojos. También él estaba muy atento a mi rabo.
Me recreé en la suerte, se recreó en la suerte, nos
recreamos en la suerte. Estuvimos así casi un minuto, los gemidos del moreno
y de la rubia como telón de fondo. Luego me decidí a dar el siguiente paso.
- "Voy a por más hielo" – anuncié.
Me levanté del sillón, la polla fuera de la bragueta y
tremendamente tiesa. Luis no le quitaba ojo, así que decidí que lo que menos
falta nos hacía era el hielo, y, simplemente me senté a su lado en el sofá,
muslo contra muslo.
- "Déjame a mí".
Le aparté la mano, rodeé con una mía su verga y me puse a
masturbarle. Él cerró los ojos y se dejó hacer.
Me sentía en la gloria. Era la de Luis una polla cálida y
divina, una polla a adorar, a besar, a chupar, a dejarla hacer diabluras por
mi piel y mis orificios, pero todo a su tiempo. Ahora me limitaba a
acariciarla, a mimarla, a darle gusto.
- "¿Me dejas que te toque yo también?"
Luis había hablado, sin abrir los ojos, con una voz ronca
que no parecía la suya.
- "Enseguida, pero espera un poco".
Me arrodillé frente a él sin dejar de tocarle, acerqué la
boca a su verga, la atrapé con los labios y le di un lengüetazo. Luis se
estremeció. Por fin. Todavía no me lo había follado, todavía no me había
follado él, pero éste era el camino. Embutí su polla en mi boca, me la
tragué hasta el fondo, la noté chocar contra la parte posterior de mi
garganta, tanteé con mi lengua su dureza, la bauticé con mi saliva, y, ahora
sí, tomé la mano de Luis, le hice hueco entre ambos cuerpos, y la puse en mi
verga sin dejar de chuparle.
¡Me hubiera gustado tanto grabar aquella escena! Luis
estaba repantigado en el sofá, las rodillas separadas, una mano en mi
entrepierna, y yo seguía arrodillado entre sus muslos comiéndole la polla.
¿Cuánto rato estuvimos así? ¿Diez minutos? ¿Un cuarto de hora? ¿Media noche?
No sé, perdí la noción del tiempo. Me sobraba su pantalón y el mío, hubiera
querido buscarle la secreta entrada que escondía entre las nalgas, que me la
buscara él, hubiera dado años de vida porque me poseyera y porque me llamara
puta, pero cada cosa a su tiempo, que la primera botella de ron de Isla
Bonita solo estaba mediada y había otra sin empezar en la despensa. Sus
labios. Con ser maravilloso chupársela, me entró la comezón de besarle en la
boca. Es la prueba de fuego. Uno puede dejar que se la mamen y seguir
sintiéndose hetero a tope, pero no todos saben saborear el beso de un
hombre, para eso es preciso ser especial y sentirse especial. Primero el
áspero roce de las mejillas, luego el electrizante encuentro de las lenguas,
el recibir y el darse en mezcla de salivas, la mutua exploración de las
bocas, los cuerpos muy juntos y en contacto, los sexos duros e hinchados.
Ahora mismo, cuando recuerdo aquella noche con Luis y escribo este relato,
se me entreabren los labios y he de dejar de teclear de vez en cuando para
tocarme la polla por encima del pantalón, aunque con mesura porque mi mujer
anda por la casa. Pero vuelvo a entonces, cuando ella estaba en Oviedo con
su madre y yo le chupaba la polla a Luis y luego le besaba en la boca
enseñándole un mundo nuevo al que hasta entonces había sido ajeno.
Después de besarnos hicimos un receso. Estaba muy
caliente pero necesitaba pensar. Serví más ron, sopesé los pros y contras y
concluí que no convenía forzar la máquina. Luis había entrado al trapo pero
todavía tenía que cocerse en su propio jugo antes de pasar a mayores. Ni
siquiera me la había chupado. Habíamos dado un paso de gigante, pero ni era
mío aún ni yo era suyo. Tiempo al tiempo. Lo importante era jugar bien las
cartas. Mi mujer todavía estaría fuera tres semanas.
Me afané en la cocina con el hielo y aproveché la ocasión
para guardar el pájaro en su jaula. Me subí la cremallera y cuando volví a
la salita comprobé –y no pude menos que sonreír- que Luis había hecho lo
propio. Apagué el reproductor de DVD –la película había acabado mucho antes-
y apuramos las copas charlando de naderías –aunque con las pollas tiesas en
sus respectivos encierros, que se notaba, vaya que sí-, fingiendo que no
había ocurrido nada momentos antes. A poco Luis se despidió y se fue a casa.
Al día siguiente, en el trabajo, nos comportamos como de
costumbre. Hablamos de fútbol y de la minifalda de la secretaria de
dirección. Lo mismo al otro día. Y al otro.
Fue el lunes siguiente –los fines de semana dan tiempo
para pensar- cuando Luis tragó saliva, carraspeó y me dijo:
"Cualquier día de estos podríamos bebernos la segunda
botella de ron".
Bingo. Premio al caballero. Ahora sí.
- "Si quieres pasarte por casa esta noche…"
- "¿Después de cenar?"
- "Después de cenar. Pero tal vez esta noche bebamos más
de tiempo".
Me entendió, claro que me entendió…porque ya estaba
maduro para entender. Pero lo que ocurrió esa segunda noche lo contaré en
otro relato, si es que éste no aburre demasiado a quienes lo lean. ¿De
acuerdo?