Mi etapa de instituto la recuerdo como el comienzo de mi
descubrimiento personal así como la etapa de adolescencia radical con la que
todos contamos en algún momento. Uno de mis profesores me describió como "una
chica de mente rápida, memoria visual buena, inteligente pero extremadamente
vaga". Y si lo era, prefería estar tomando café con mis amigos (o sola) en el
bar de enfrente que estar en clase aguantando interminables horas y clases que,
en ese momento, me parecían inútiles.
Uno de esos cursos de instituto marcó mi vida de manera
irreversible. Debíamos hacer un trabajo de literatura galega sobre Rosalía de
Castro para entregar y debíamos hacerlo en pareja. Como el día que se hicieron
las parejas yo estaba haciendo cualquier cosa menos estar en clase, me tocó
hacerlo con una chica con la que a penas tenía trato porque ella tampoco había
asistido. Su nombre era Bea.
Bea era una chica guapa que no se relacionaba demasiado con
la gente de la clase, de ahí que apenas nos conociéramos, a pesar de que
estábamos casi a final de curso. Como buenas vagas (mas tarde descubrí que ella
también lo era) un par de días antes de entregar el dichoso trabajo, nos vimos
con que no habíamos hecho nada de nada, por lo que acordamos reunirnos en su
casa el lunes y, como al día siguiente era festivo, podríamos acabarlo sin
problema.
Lo cierto es que acabamos el trabajo mucho antes de lo que
esperábamos y decidimos ir a tomar un café al bar que estaba debajo de su casa.
En todo el rato que empleamos en redactar, escribir, imprimir y encuadernar todo
el papeleo, apenas cruzamos algunas palabras, todas ellas relacionadas con el
tema, pero de vez en cuando notaba alguna que otra mirada por su parte.
Mientras tomábamos algo empezamos a abrirnos mas la una hacia
la otra hablando de cosas un poco mas personales, como de nuestras familias o
nuestros amigos. El momento de sorpresa, por mi parte, fue cuando me dijo
alegremente que una de sus amigas era muy mala haciendo sexo oral. Así, como si
dijera "el café está muy caliente", me suelta tremenda cosa y sigue como si
nada. No me suele causar impresión el hecho de que alguien me hable de sexo,
pero si que lo haga así, sin venir mucho a cuento.
Caí en la cuenta de que la persona que estaba ante mi, en la
que a penas me había fijado era, al menos, bisexual. De modo que, inmediatamente
me empecé a fijar en sus rasgos y en la manera en la que me miraba. Hay que
tener en cuenta que, en esas edades todo lo que tenemos en la cabeza es follar
bien y no mirar a quien. Pero en este caso si miré, la verdad es que era una
chica guapa y con un cuerpo bien proporcionado y atlético, de ojos verdes y pelo
negro largo.
La conversación después de ese comentario se volvió un poco
(bastante) mas picante, entrando (ella, sobre todo) en detalles íntimos a cerca
de lo que nos gustaba y lo que no. Estábamos sonrojadas y no de vergüenza
precisamente.
Acabado el café volvimos a su casa y aunque al trabajo estaba
casi finalizado, me dijo si me quedaba a dormir ya que, como ya dije, al día
siguiente no había clase. Telefoneé para avisar, y con la aprobación en la mano,
le dije que me quedaba. Una mirada cómplice y fogosa atravesó la habitación al
momento.
Cenamos con sus padres, dos personas muy agradables y con su
hermano pequeño, un pequeño diablo envuelto en piel. No tardamos mucho porque
teníamos la excusa de acabar con Rosalía y así poder volver a su cuarto, por mi
parte, expectante para saber hasta donde podría llegar esa experiencia.
He de reconocer que, en esa época, era sumamente tímida con
las mujeres, ahora también pero no tanto. Así que tenía que esperar a que ella
diera el primer paso, puesto que estaba claro que yo no lo haría nunca.
Entramos en el dormitorio y me lanzó una camiseta para que me
cambiara mientras ella iba al baño. Creo que en mi vida tardé menos en quitarme
la ropa, tenía miedo de que me viera desnuda o a saber tu lo que me pasaba por
la cabeza. Las cosas de adolescentes acomplejados por nada. A su regreso,
comprobé, alegremente para mis ojos, que no traía pantalón. Cerró la puerta con
llave y acto seguido se quitó la camiseta, mirándome directamente.
Madre mía, yo estaba tan nerviosa que cogí un libro para no
fijar la mirada en ella, no sabía si quería algo o no. Que bonita es la
inexperiencia, te hace vivir las cosas de una forma tan especial…
Se desabrochó el sujetador con una mano y se puso ante el
espejo de cuerpo entero del armario y, mirándose en el, hizo todo un ritual de
caricias y halagos hacia su persona, dejándome a mi mas muerta que viva ante
aquella imagen (grabada en mis retinas hasta los restos de mi vida) de aquella
mujer masturbándose para mi (o para ella) ante su reflejo. Sus manos se
deslizaban serenas por su piel, deteniéndose en aquellos puntos en los que
sentía mas placer, pero sin llegar a sobarlos brutalmente, simplemente se iba
excitando despacio, dándose placer hasta el límite pero sin cruzarlo. En eso
momento lo único que deseaba era ser sus manos, o que esas manos estuvieran en
mi piel. No cerraba los ojos, solo seguía, a través del espejo, el camino que
marcaban sus falanges. La espectadora de la cama de al lado sudaba y temblaba
atónita ante tal despliegue de onanismo, disfrutando y aprendiendo al mismo
tiempo de lo bello que es ver a una mujer regalarse tanto amor propio.
Con un suspiro leve terminó tal despliegue, abrió el armario
y sacó un camisón transparente que hizo las delicias de mis ojos, poniéndome mas
caliente si cabe. Pero mi maldita timidez no me dejaba moverme y abalanzarme
sobre ella.
Se metió en la cama y me miró sonriendo: "¿Te has dado cuenta
de que tienes el libro al revés? El inglés no es muy difícil, pero hacerlo al
revés…". Mátame camión, fue lo único que pensé ante tal ocurrencia y, como si el
maldito libro entrase en llamas, lo dejé sobre la mesita que separaba ambos
catres, al tiempo que Bea apagaba la luz.
Mi cabeza no hacía mas que repetirme lo estúpida que era,
¿Por qué no podía hacer nada? No podía ni cerrar los ojos del calentón que
inundaba mi cuerpo y menos aún teniendo a semejante elemento en la cama de al
lado. Será posible que….
"Disculpe, señorita, pero… o vienes tu a mi cama o voy yo a
la tuya, pero así no se queda esto". Creo que, antes de que acabara la frase, mi
cuerpo saltó como un resorte de mi lecho para caer al suelo (entre las camas) y
acto seguido colarme entre sus sábanas… y quedarme allí quieta sin moverme
porque no sabía ni que hacer, a pesar de que no era la primera ni la segunda vez
que estaba con alguien.
"¿No vas a hacer nada? Yo creo que ya he hecho bastante". Y
acercándose puso sus labios a un tiro de piedra de los míos. Estiré un poquitín
mi cuello y los rocé una vez. Luego otra mas y otra mas. Entonces me acarició la
cara se acercó mas y metió su lengua en mi boca haciendo que mis ojos, en lugar
de cerrarse, se abrieran tal que platos llanos. Que manera de besar, estaba en
el cielo. Y pasado el primer trago, mi vergüenza y mis nervios se fueron junto
con mi camiseta y su camisón.
Después de ese primer beso, mis labios no pudieron ni
quisieron separarse ya de su piel. Me puse sobre ella y comencé a acariciarla de
todas las maneras que me sobrevenían al tiempo que deslizaba mi lengua por todos
y cada uno de los rincones que sus manos previamente me habían enseñado,
haciendo que ella se sintiera gratamente sorprendida. Tenía ganas de sentirme
dentro de ella, tenía ganas de probarla, tenía ganas de tantas y tantas cosas
que no sabía que hacer primero. La excitación que tenía no me dejaba actuar
racionalmente.
Me coloqué entre sus piernas de rodillas, apoyé una mano en
la cama y con mi mano izquierda la penetré despacio mirando como el gesto de su
cara tornaba de sorpresa a placer en cuestión de dos dedos. Salían y entraban
con facilidad y notaba como sus manos me acariciaban la cabeza y la espalda
hasta donde alcanzaban. La postura que tenía me facilitó el camino para
probarla, tenía muchas ganas, y amén si lo hice, haciendo que de su boca saliera
un suave pero preciso siiii…
No se cuanto tiempo estuve allí abajo haciendo todos cuantos
movimientos se me ocurrían, ni siquiera puedo asegurar si llegó o no al orgasmo,
no lo se. Y en un momento del que no recuerdo los pasos, la que yacía en el
lecho era yo y la que hacía las delicias de mi calentura era ella, Bea, la mujer
con la que, hacía unas horas, estaba hablando sobre literatura galega. Era Bea,
la que me estaba penetrando, era ella y no otra la que me estaba haciendo llegar
al clímax, era ella la que ……. ooohhh,
Adiós, ríos, adiós, fontes
Adiós, regatos pequenos
Adiós, vista dos meus ollos
non sei cando nos veremos.
(Rosalía de Castro, Cantares Gallegos)