Noche de Reencuentro
Toda mi vida, he sido un hombre complicado, y aunque mi gusto
por las mujeres es claro, nunca he podido mantener una relación que perdure en
el tiempo, mi personalidad, mi trabajo y mi vida en general, me han convertido
en un ermitaño buscador de placeres prestados.
Pero, aunque no estoy muy seguro del por qué, siempre vuelvo
a su cama en búsqueda de una noche romántica y de grandes aventuras, es que ella
es la única que me concede delicias que nadie nunca me profirió, aquel fin de
semana, fue uno de nuestros felices reencuentros.
Llegué a buscarla como siempre, toqué el timbre de su casa y
la encontré sola, había tomado unos tragos demás y sus ojos se iluminaron al
verme entrar, me invitó a sentarnos en una habitación adecuada para charlar,
trajo, de su despensa, una botella de ron, vasos y bebida; tembloroso, serví los
tragos, y nos entretuvimos charlando de la vida y de nuestro pasado.
Entrada la noche, el ron surtió un efecto in imaginado por
mí, ella perdió el pudor que resguarda con mesura ante cualquier varón, y se
presentó ante mis ojos con un baile ardiente y sensual, la cadencia de su cuerpo
me estimuló al punto de querer despojarla de sus ropas y hacerla mía de
improviso, pero me contuve regalándole a mi retina la dicha de verla tan hermosa
y sensual, sus caderas se contorneaban mágicas y seguras, al ritmo de la música,
se fue despojando de sus ropas, hasta quedar casi desnuda.
Su lencería era increíble, provocadora y muy excitante, sus
ojos me miraban lujuriosos y frenéticos y su boca repetía mil veces que me
amaba, yo estaba consternado, nunca antes la había visto tan desinhibida, me
excitaba observarla haciendo movimientos eróticos y libidinosos y, en mi mente,
esbozaba nuestra noche en su cuarto.
La canción terminó y la tomé fuerte entre mis brazos, la
apreté contra mi pecho y percibí su olor a lavanda, estaba embriagada de alcohol
y de deseos por mí, por eso, la besé con fuerza, la tomé de sus cabellos rojos y
ondulados y nos imbuimos en un beso cadencioso, ardiente y romántico, nuestras
lenguas se entrecruzaban lúbricas, reconociéndose una a la otra, su respiración
se tornaba cada vez mas acelerada y mi sexo despertaba al abrigo de su deseo.
Nos dirigimos a su cuarto sin parar de besarnos, su calor era
tan grande que sus pezones rozaban mi pecho y su pelo me hacia cosquillas en mis
hombros, me tendí en su cama y ella, preparó el ritual de siempre, velas,
incienso y mucha seducción, un escenario digno de ser palpado por mis manos
sedientas de acariciar cada centímetro de su cuerpo de hembra, su hedor, su
color de piel, el sabor de sus besos, todo, absolutamente todo, era igual o
mejor que antes, cuando nos encontrábamos, cuando hacíamos el amor.
Desnudos en la cama, nos cubrimos con sus sabanas azules, mi
mujer amante, con su finura y pasión acostumbrada, me dedicó una rutina de besos
cargados de húmedos lamidos en todo mi cuerpo, comenzando en mis labios,
continuando por mi pecho, deteniéndose de pronto para mordisquear mis pezones y
culminando con todo mi poder dentro de su boca, dándole succiones increíbles y
alucinantes, que me dejaban electrificado, con maestría, metía y sacaba de su
boca mi fuente de poder, saboreándolo, regaloneándolo, como si se tratara de un
dulce de miel, disfrutando enloquecida el sabor de mis fluidos, que para ese
momento, manaban despavoridos por mi cráter.
Su acto duro el tiempo suficiente como para dejarme en la
nubes y decidirme, encolerizadamente, posarme encima de ella y penetrarla con
fuerza y hombría, por eso, la tendí con fuerza en la cama, separé sus piernas y
sin pensarlo le di mi puñalada certera, profunda, húmeda, incalculable, solo
ambicionaba tocar su alma, respiraba en su oído queriendo hacerla saber el gusto
que me provocaba tenerla para mí, sentía sus manos recorrer mis espalda y clavar
sus uñas largas en mis muslos.
La domé con fuerza, y a la vez, con suavidad, la mezcla de mi
deseo acumulado por días y la dicha de tenerla de nuevo en mis brazos, me
convirtieron en un amante perfecto, dispuesto a darle todo lo que ella
necesitaba, por eso, delicadamente, la tomé de todas las formas posibles,
nuestros cuerpos cedieron a tal punto, de dejarnos hacer todas las posiciones
que nuestra mente recordó, y sobretodo, las que a ella más le gustan.
Aquella noche fue maratónica, nos entregamos una y otra vez,
conversamos tanto, que terminé contándole detalles increíbles de mi vida,
detalles, que hasta ese momento, solo yo sabía, me estimulaba verla reír y
dialogar frases sin sentido, me excitaba sentir las caricias de sus manos en mi
pecho y sobretodo, me sentía como de vuelta en casa.
Nos reincorporamos y luego de mucho andar, sin pensarlo, nos
fuimos directo al nirvana, la acomodé de rodillas en la cama y previo jugueteo
certero, volví a clavarla con fuerza, la tomé de las caderas y comencé mi
osadía, mi cadencia aumentaba alimentada por sus bramidos cargados de gusto por
lo que le hacía, no se exactamente cuantos empujones fueron necesarios para
conseguir el clímax, pero sentí, en su cuerpo, aquel espasmo magistral que
anuncia la llegada del orgasmo y derramé toda mi saciedad dentro de su caverna
pérpura de mil litros de jugos de pasión.
Me dormí de súbito, rendido, y al despertar, la encontré a mi
lado, maravillosa y con olor a mí, abrió sus ojos y me ofreció un beso, pero ya
era hora de huir de sus brazos y seguir con mi vida, y así, sin más, tome mis
cosas y me fui a mi casa.