Me acuso de adúltero. Y lo que es más triste: de adúltero no
consumado. Porque es triste, muy triste, el haber montado todo lo que monté,
sólo por una obsesión.
Ana era esa obsesión. Un cúmulo de anhelos representado por
metro y tres cuartos de alto, ni seis decenas de kilos y una infinita mata rubia
sobre piel broncínea. ¿Quién fue tu escultor, para comprarle el escoplo?
Fue mi compañera de clase durante los 3 años que estudié
derecho. Me harté el primero de aquella carrera absurda, pero aguante dos más
sólo por estar con ella, hasta que me echaron. Pero antes de eso ya se había
fraguado mi tragedia.
Ana se echó novio a finales de segundo, y maldito sea en
todas las lenguas ese desgraciado, Peter, Pierre, Pedro, me da igual que ella
encubriera tu aborrecible ser con diferentes apelativos, porque todos eran
dolorosamente afectuosos.
Se la tiró ese mismo verano. ¡Y yo reservándome, ofreciéndole
mi castidad (porque antes era un putero consumado) para que la pisoteara no
correspondiéndome! Pero no la culpo a ella. Pedro tiene toda la culpa: siendo
profesor de la universidad, y uno de los mejores, además de un excelente
abogado, se la llevó de calle con su pico de oro y su hipocresía de sicofanta.
Me acuso de desearle cualquier mal. Pero el destino se
burlaba de mis súplicas, y les concedía a ambos una felicidad que me ahogaba.
Follaban, follaban, volvían a follar. La imaginaba jadeando agarrada a la mesa
del despacho de él mientras éste, sin siquiera bajarse los pantalones más allá
de las rodillas, ¡tío crápula!, la penetraba susurrándole que no alzara tanto la
voz o los oirían. Y luego ella me sonreiría cuando le preguntase qué tal la
tutoría con el "Dientes" (apodo de Pedro entre los estudiantes por su manía de
sonreír); diría que no ha pasado nada, que le había recomendado unas lecturas.
-¡Pero qué coño de lecturas si todavía tienes lefa chorreando
por tu muslo, cerda!- gritaba yo mentalmente, pero no podía hacer nada salvo
sentir que me cortaba la polla con unas tijeras con cada mirada cómplice a su
odioso amante.
En fin, que aquel suplicio habría seguido indefinidamente
hasta que me echaran de la carrera si no fuera porque un lance me brindó la
oportunidad de consumar mi venganza.
Algo que no alcanzaba a imaginar, porque era demasiado para
mi pobre corazoncito obsesivo, era a Ana lamiendo glotona el pene de Pedro. No,
no podía haberle comido la polla, no era de ésas. Suspiré de alivio cuando me lo
reveló en secreto (desde luego a pesar del odio visceral que tenía a su pareja,
fingía redomadamente bien ante ella para que me contara las intimidades de los
dos, como al "mejor amigo que tenía").
-Él me lo ha insinuado, pero yo... no sé. No me da morbo. En
una situación concreta no te digo que no ceda, pero así, sin más... Bueno,
hablemos de otra cosa.-
Unos días más tarde me llegó un mail de Ana reenviado desde
la dirección de Pedro: era uno de esos Forwards, vástagos del Spam que yo no
tardo en mandar al cuerno. Pero por ser de ella, superando mis nauseas, lo leí.
Se trataba de una antología de leyes absurdas, tema en el que los EE.UU se
llevaban la palma.
Una de las leyes me llamó la atención, y la añadí a mi
libreta mental. Por lo visto en el estado de New York está penado el acto de la
felación. Usea, que si te pillan con la boca de una guarra sacándole brillo a
las joyas de la corona que guardamos en la entrepierna, te cae un señor puro por
atentado contra la moralidad o algo así, supongo.
No esperaba sacar beneficio de aquella información, aunque
imagino que llegué a fantasear con la posibilidad de que a mi rival lo pillasen
con alguna fulana neoyorquina, en un tugurio del Bronx, y no le valiese todo el
buffet de Ally Mc Beal para salvarle de unos días en el calabozo, donde el
"Dientes" terminara deseando que su magnífica dentadura le hubiera salido en el
trasero antes de que un violador de tíos le hubiera metido el rabo entre las
piernas.
-¡Alberto! ¡Al final haremos el viaje de ecuador a New
York!-me dijo Ana a final de curso.
Mi mente hiló la información velozmente. La oportunidad
además de calva es bastante extravagante, y hace que todo parezca sumamente
fácil. Sólo tendría que conseguir que la policía neoyorquina se pasase por
nuestro alojamiento y pillara a Pedro en pleno acto de limpieza de sable.
Pero... No sería Ana. No lo toleraría de ningún modo. Su boca
no rozaría ese infame miembro. ¡Antes la muerte! Tendría que idear otra manera,
una estratagema para que lo pillaran con alguna pilingui... aunque el ideal
fuera que la policía lo trincara siendo él el que se jalaba una polla, pero eso
ya entraba dentro de las fantasías.
-¡Lo tengo! La Guarra.-
La Guarra era la puta semioficial de la Facultad. No tenía ni
zorra idea (y eso que era un rato zorra) de Derecho, pero había comido tantas
trancas de profesores que había ido pasando curso. Era bisexual, así que imagino
que también le habría comido la raja a alguna profesora lesbiana. Más bien era
pansexual, porque no soy capaz de idear ninguna perversión o práctica que no
haya llevado a cabo la Guarra. Sabía francés, inglés, griego por partida doble:
ventajas de haberse cepillado a casi todo el Erasmus de la universidad, que
terminas sabiendo idiomas. Y era capaz de desenvolverse en los ambientes más
sórdidos con una naturalidad sorprendente.
El único defecto es que era amiga. Y una de las buenas. Vale
que en su día probó mi zumo tibio, pero a diferencia de otros ligues de usar y
tirar, lo nuestro había evolucionado bastante bien en cuanto me encoñé de Ana:
la Guarra respetaba mis sentimientos y yo la respetaba a ella. Incluso un par de
veces le eché una mano con exámenes que no podría aprobar recurriendo al sexo.
Elucubrando un poco, se me ocurrió que no haría falta que la
Guarra le chupeteara el tema a Pedro. Ni quería que a ella la metieran en el
trullo, aunque probablemente lo disfrutaría, ni él se dejaría: la asignatura que
impartía Pedro era una de las pocas que la Guarra no aprobaba de ningún modo,
razón de la cuál se deducía que la había rechazado cuando le ofreció su coño a
cambio del aprobado. Pero la Guarra era lo suficientemente hábil, y tenía
contactos en casi todas partes (otra de las ventajas de su debilidad por
fornicar con los chicos y lesbianas de intercambio), como para poder
encontrarnos una profesional que accediera a tenderle la trampa a Pedro (sin
saber que en el momento adecuado haríamos que la policía se presentase en el
lugar). Así que, utilizando el rencor que sentía hacia el Dientes, le expuse a
mi amiga mi plan. Se lo pensó y contestó:
-Te ayudaré, cariño, pero tu plan tiene una pega. Una de las
pocas cosas que he aprendido, y tú me la enseñaste en una clase, no sé si te
acordarás, es que la policía, y menos, digo yo, la de los americanos, se mueve
si no es con la promesa de un palo gordo.-
Propuso que en vez de denunciarlo por una mamada, dijéramos
que era un camello y que tenía un alijo. Me pareció una buena idea, pero
enseguida pensé que si lo hacíamos así, es decir, si le metíamos droga en los
bolsillos o algo, si los pillaban a los dos, a Ana y a Pedro, podrían implicarla
de algún modo. Pobre Anita, no se merecía, aunque me había pospuesto por ese
cantamañanas, pasar ni un día en el calabozo. Quién sabe qué degeneradas habría
allí, el equivalente al maromo cuya tranca deseaba que perforara el ano de mi
enemigo tras las rejas.
-No. Nada de droga.-
-¿Por qué? Sería mucho más fácil.- repuso la Guarra.
-He dicho que sin drogas, Atenea.-
La Guarra me miró concienzudamente y al final se encogió de
hombros.
Al día siguiente partimos, tras cerciorarme de que yo
dormiría en la habitación contigua a la de Pedro y Ana. Tuve suerte y nos tocó
una suite con una cama de matrimonio y una cama supletoria. Fue un tanto que me
marqué y que seguro no le sentó nada bien a Pedro. Confiaba en que conmigo en el
cuarto contiguo se cortarían y no follarían. ¡Menuda ilusión!
Sí, no lo niego: soy responsable en buena medida de todo lo
que ocurrió. Pero el azar se mostró muy cruel y lo torció todo.
Llegamos a New York e hicimos las visitas de rigor: Ana,
Pedro, yo y los demás estudiantes las que comprendía el programa, y la Guarra un
plus en Queens, un barrio marginal donde conocía a un chaval bastante macarra
que estudió un master en nuestro país. A los dos días me informó de que ya le
habían presentado a una chica que podría hacer el trabajo. Quedamos con ella
para ese mismo sábado por la noche, y yo pasé a ultimar los detalles.
Aquella tarde dije a Ana que iría con Atenea a dar una
vuelta, y que no contaran conmigo para salir por ahí. A Pedro le iba a gustar
aquella noticia: toda la tarde con mi diosa para él solo. Pero no sufrí tanto
por ese pensamiento como por la mirada de ella y sus palabras, que pretendían
resultar confidentes.
-Así que con Atenea, ¿eh? Jijiji. Bueno, pues que lo paséis
bien y tomad precauciones. ¡Ciao!-
Se pensaba, es obvio, que yo y Atenea estábamos
enrollándonos. La verdad es que preparando los detalles del plan habíamos pasado
bastante tiempo juntos y susurrándonos detalles al oído durante las monótonas
explicaciones de los guías turísticos. Ana lo había visto y había interpretado
lo lógico. Pero... ¿no le importaba? Al parecer, ni un ápice. Ella nunca había
pensado en mi como otra cosa que no fuera su amigo.
Tenía, lo aseguro, ganas de llorar, gritar y tirarme desde la
cuarta planta del hotel donde estábamos. Si hubiera sabido que las cosas sólo
empezaban a ponerse feas, lo habría hecho sin vacilar.
Atenea y Darlene, la chica que habíamos conseguido engatusar,
mediante un par de billetes de cien dólares, llegaron a eso de la 1 de la noche.
Teníamos una hora o así por delante hasta que volvieran Pedro y Ana. Tiempo de
sobra para muchas cosas, sobre todo para cagarla por todo lo alto.
Darlene era una chica de pelo rizado completamente negro, de
constitución sólida y ancha, labios gruesos, pechos voluminosos, poca cadera,
fuertes muslos y... negra. Vestida con un conjunto y sandalias de color dorado,
parecía una contrahecha diva de la selva urbana. Una reina bastante propia de
Queens.
-Darlene, Albert. Albert, Darlene.-
La negra, que sonreía de un modo preocupantemente difuso, me
plantó un beso en la boca que no fui capaz de rehuir. Le atufaba el aliento a
ginebra y me di cuenta que estaba ya bastante borracha.
"Mejor. Sufrirá menos y no se enterará." me dije a mi mismo,
sintiéndome algo culpable por aquel adefesio, que acababa de sacar de su bolso
un bocadillo de choped y una petaca con váyase usted a saber qué brebaje. La
Guarra me llevó al baño y me explicó el plan.
-Darlene cree que queremos darle una sorpresa con ella al
"Dientes". Por lo visto las sorpresas son su especialidad en el show donde
trabaja, animando despedidas de solteros y esas cosas. Se quedará en el baño
oculta. Tú esperas a que él y Ana entren, y antes de que hagan nada, le dices a
Ana que tienes que hablar con ella.-
-Ajá, entonces la saco de la suite -proseguí yo,
anticipándome a las ideas de mi cómplice -y me la llevo a cualquier parte hasta
que venga la policía.-
-Y mientras Darlene se ocupará de entrar en la habitación del
Dientes y ponerse a la faena. Yo doy el chivatazo a la pasma y listos.-
-Uffff... pueden salir tantas cosas mal que no sé yo.-
-No te preocupes. Pase lo que pase seguro que se lleva una
sorpresa desagradable al menos ese jilipollas.-
De la habitación nos llegó la voz aguardentosa de Darlene:
-Wanna drink with me, dudes? Fucking hotel...-
-Espero que no abra la boca salvo para lo imprescindible.-le
dije a Atenea en tanto volvíamos a la estancia.
-En serio, no te preocupes. Es una profesional. Puedo pedirle
que empiece contigo y así te aseguras.-
Mientras lo decía, la Guarra se había desabrochado la blusa,
sin dejar de mirarme, con cara de viciosa. En la cama, sentada en el borde,
esperaba, sonriendo igual que antes, Darlene, con su petaca entre los muslos.
Dos hembras para mi, y tiempo para jugar con ellas. Y ganas de jugar. Era el
único modo de olvidarme de la indiferencia de Ana: una absurda venganza.
Abandonar mi fútil voto de castidad y follarme a esas dos guarras antes del acto
final.
La verdad es que la escena pintaba bien, ¿eh? Hombre, si
hubiera sospechado algo, no me habría tirado de cabeza sobre la cama y hubiera
dejado que ambas chicas me desnudaran, acariciaran, besaran y lamieran. Pero las
ganas de venganza me hicieron olvidar la prudencia primero, los modales después,
el tiempo más tarde, y por fin todo lo demás.
Empecé a beber de la petaca sin parar, de aquel mefítico
aguardiente que no apagaba, más bien encendía y avivaba mi furia. Los labios de
Darlene y los de Atenea se sucedían en mi boca, compitiendo por ella hasta que
gracias a sus manos tuve a mi compañero de aventuras etilicopornográficas listo
para el torneo.
Atenea se dio cuenta enseguida y tomó posesión de él con su
boca y manos. Era ya una experta, una maestra, una enciclopedia de la mamada, y
su lengua me puso el tronco tan duro como una viga de acero, aunque la mía salía
ganando en la comparación porque a pesar de estar al rojo, no cedía en ningún
momento.
Diculpe el chiste. Sigo. Darlene por su parte me daba de
beber. Primero su boca húmeda. Luego de la petaca y por último de sus pechos. Mi
sed era realmente extraña, pues crecía cuanto más bebía de aquellas tres
fuentes.
La Guarra paró por fin. Se sacó mi arma de la boca y con unas
pajas tan lentas que casi me parten en dos y un par de dedos hundidos en mi
culo, logró que me corriera con un jadeo gutural.
-Bueno, voy a ultimar un par de cosas. No os relajéis
demasiado.- comentó Atenea incorporándose del lecho.
Su voz me llegó como de otra habitación. El alcohol y el
relax subsiguiente al orgasmo me doblegaban los sentidos, y cuando creía que me
podía concentrar, la teta de Darlene se aplastaba contra mi cara, y sólo podía
apartarla succionando el pezón con todas mis ganas.
Atenea, la Guarra, debió montar entonces la cámara de video y
lo otro, pero yo no me di ni cuenta. No reparó en que, aunque sólo fuera por
asegurarse, la policía registraría toda la suite y darían con la cámara que
había dejado junto a la tele, camuflada en un jarroncito decorativo. Quería, en
sus delirios ninfomaníacos y voyeurs, grabar la pillada de Pedro, pero lo único
que recogió... Perdón, vuelvo a divagar.
Oí que mi cómplice, esa retorcida e imaginativa criatura cuyo
talento admiraba casi tanto como su falta de escrúpulo en lo que a sexo se
refiere, cerraba las puertas de un armario. Luego su silueta se perfiló contra
la ventana. Darlene me estaba limpiando todavía el semen del pubis con la
lengua, con tanta avidez que yo sentía que pronto volvería a empalmarme. Por eso
no presté oídos a la advertencia de Atenea.
-Ya están abajo. Ea, acabad ya. Yo me voy a mi cuarto. Espero
15 minutos y llamo a la policía dándoles el aviso.-
Ni quince ni nada. Me estaba ordeñando aquella negraza de
formas algo amorfas y el tiempo era lo de menos. Oí, que no escuché, pasos en el
pasillo, la puerta de la habitación abriéndose, una especie de "perdón, perdón"
y unas risitas como de duende, la puerta cerrándose...
-¿Eh?-
-Go on. Eat me the monster, bastard.-
Darlene se había puesto encima mío a hacerse una raya de
coca. Con uno de los billetes que le habíamos dado para pagar sus servicios, iba
absorbiendo los gránulos de droga, que iniciaban un trepidante viaje por sus
fosas nasales, venas y órganos. Empecé a pensar que algo iba mal, que no debería
estar allí. Pero no recordaba por qué no. Mas, en cuanto Darlene, con una pierna
a cada lado de mis brazos y su melena rozando mi glande, se subió el vestido y
dejó que una descomunal polla le colgara apuntando a mi sorprendida boca, tuve
conciencia de todo. Mas no por ello dejé de resaltar lo más evidente de todo:
-¡Eres un tío, joder!-
Pasos apresurados por el pasillo del hotel, y una eficiencia
que no podía ser más que aprendida a base de disciplina, entrenamiento y
fanáticas consignas de "come on, boys, let´s fuck that drugman!", precedieron a
la entrada de la policía antivicio en la suite.
-Shit...-dijo Darlene, antes de que uno de los agentes la
arrojara al suelo y la esposara allí mismo.
Aquello era una orgía. Un tío con casco táctico y
pasamontañas me apuntaba al pecho con un enorme rifle mientras otro me leía mis
derechos en inglés. Yo, confuso por completo, sólo lograba repetir mi
nacionalidad, como si fuera un sortilegio capaz de protegerme. Unos segundos más
tarde esa protección imaginada dio paso a la moqueta de la suite hasta que unas
frías esposas metálicas me atraparon las muñecas.
Los policías revolvían aquel espacio con celeridad y método,
esperando encontrar en nuestras maletas lo que nunca hallarían: el alijo. Creo
que, dentro de la angustia, me alivio saber que no habíamos llevado a cabo la
idea de la droga. Pero cuando uno de los agentes sacó de unos pantalones
colgados una bolsa con un polvo blanco, se me heló la sangre en las venas.
-Boss. There is a little camera.- escuché a un poli gordo
mientras sacaba del jarroncito la cámara de la Guarra.
-Well. Take these suckers and call the scientists.-respondió
el capitán de aquella tropa, frustrado por no encontrar a la primera el
estupefaciente botín, y dedicándome una mirada de absoluto desprecio.
Fuimos a la comisaría enseguida. Darlene, sentada, o sentado
frente a mí, maldecía en su jerga. Yo, vestido sólo con unos calzoncillos y una
camisa echada sobre los hombros, que así me adecentaron los encargados del
orden, pensaba en mil cosas, ninguna útil, y en Ana. Joder, todo por esa
obsesión.
-Tiene derecho a un abogado.-
-¿A una llamada también?-
-Yes. Sí.-
Eso me dijo el encargado de la celda en cuanto entré. Llamé
al hotel y pregunté por Ana y Pedro, pero no estaban. Luego pregunté por Atenea.
-¿Sí?-
-¡Atenea, soy Alberto!-
Hablé un rato con ella y me explicó que había seguido el
plan, que por qué coño no había salido yo de allí. Yo, tenso como la cuerda de
un arco, sólo atine a preguntarle por qué había metido droga en la ropa de
Pedro. Hubo un silencio y al final contestó que tenía que olvidarme de Ana, y
que eso no importaba. Colgué.
Media hora más tarde llegó mi princesa a recatarme. Ana
estaba por fin allí. Al verla me eché a llorar como un niño.
-Vamos, vamos, Alberto. No te preocupes. Ya está Pedro
encargándose de todo el asunto. Apenas eran unos gramos de droga. Lo de la
felación... bueno, será una multa considerable, nada más. Ten.-
Me alargó un pañuelo que tenía. Que buena era mi ángel. Me
daba igual estar tras aquellas rejas con ella cerca. Me sequé las lágrimas y...
noté algo pegajoso en el pañuelo. Con la mano temblando, y una certeza que iba
tomando abyecta fuerza, lo olí. Era semen. Miré a Ana a los ojos y le tendí el
pañuelo. Mi cara debía ser de absoluta incomprensión y desamparo.
-Uy, perdona. Es que...- y al decirlo bajó la voz tanto como
pudo - en el trayecto hasta aquí lo he hecho con Peter.-
"¿El qué?" pregunté, tan retóricamente que ni siquiera
pronuncié la pregunta. ¿Para qué? No obstante Ana, menos espabilada de lo que
creía para ciertos asuntos que requieren tacto, me lo confirmó, cándida.
-Una mamada. Ya sabes. El morbo... por la carretera... Te lo
dije.-
Y ya en ese punto, me derrumbé. Grité, pataleé, maldije,
lloré, trepé por la verja, de todo hasta que entraron los guardas y me dejaron
inconsciente con una porra eléctrica.
Señor embajador, esta es mi historia. Si no le ha conmovido,
no le culpo: sé que incita más a la risa que a la piedad. Pero ruego que tenga
en cuenta mis peripecias a la hora de interceder por mi ante el tribunal.
Atentamente: Alberto.
p.d: al menos, y porque sepa usted todos los pormenores, el
sodomita de la celda que me cayó en suerte pidió ser trasladado de calabozo
después de mi ataque de histeria. Así que, supongo, "podría haber sido peor".