|Alcoba privada del Dr Policarpo|
|02:00AM|
-Angula: no pasa nada Poli, no le des tanta importancia.
-Policarpo: ¡pero que ya es la segunda vez, es la segunda noche que intentamos
hacer el amor y malo sería que me hubiera interrumpido una urgencia veterinaria,
pero no es eso lo que hánoslo. No he tenido fuerzas, no he tenido fuerzas para
romper y eso es 100 veces peor!
-blam-
En gesto de impotencia Policarpo da un puñetazo en la mesita de noche, que
aunque flojo, expresa su tremenda ira. Angula se abraza a su hombro tratando de
consolar primero con cariño y luego con sabias palabras.
-Angula: no lo des por perdido querido, eres médico y sabes que hay muchas
maneras de hacer las cosas, quiero ser tu mujer y por mis senos que voy a serlo.
Después de decir estas palabras de apoyo Angula empieza a besar el cuello de su
esposo. La ira de Policarpo ya había sido vencida y gracias a los nuevos
estímulos la sonrisa vuelve a ver puerta abierta hacia el alma de veterano
veterinario. Policarpo goza como hízolo tantos años atrás cuando la primera
mujer le besó el cuello, retoza de recordar que tan bien lo han hecho todas las
mujeres que ha tenido en su vida. Desde Martina; la empleada doméstica de su
casa paterna hace más de 60 años, hasta Ágata; su fallecida mujer que conoció en
la universidad donde estudió la veterinaria.
Todas estas mujeres movían bien la lengua cuando le cuidaban el cuello, pero
ninguna se puede comparar, quizá es porque lo está haciendo ahora mismo, a
Angula, la enérgica muchacha que muerde al punto justo el cuello de Policarpo
para proporcionarle la más intensa sensación sin dejar marca. Policarpo se
vuelve a excitar y nota que la verga se le está parando, vuelve a pensar en
cosas como las que pensaría cualquier hombre de estar siendo mordido por una
bella mujer y se encontrase en su propia alcoba. Pero de pronto recuerda que hay
unas cuantas cosas más a recordar.
-Policarpo: para, para. Que se me está volviendo a parar y no servirá de nada,
no consigo metértela.
-Angula: Poli, no te apenes, he pensado algo.
-Policarpo: ¿algo?
Pregunta sorprendido el Dr Policarpo totalmente desconocedor de esa que parece
tener Angula idea inconfesa.
-Angula: va a ser otro.
-Policarpo: ¿otro?
-Angula: sí, no te sulfures por favor, antes de decir nada piensa en lo que te
digo. Me entenderé con otro hombre para que me desvirgue, mi vagina es muy
prieta para que tú consigas hacerme abrir la sangre. Pero después de que ese
hombre me haga el amor, tú y yo lo volveremos a hacerlo 100'tos de veces, porque
ya no tendrás problema en entrar dentro de mi.
Policarpo resta callado estoicamente asombrado. Lo que le dice su mujer es una
locura pero, sigue ese que le ha dicho de pensar antes de responder y parece ver
en ello algo de sentido.
-Policarpo: ¿quien va a ser?
-Angula: me hizo pensar en ello una cosa tonta que me pasó esta mañana. Una
bobada relacionada con un ciego que me vendió unos cupones de lotería, y
Marcelino, el panadero. Podría ser uno de ellos u otro, tampoco importa mucho.
-Policarpo: Marcelino no puede ser, no me atrevería a volver a mirarlo a la cara
sabiendo que...
-Angula: pues el ciego de los cupones. ¿Le ves algún problema?
-Policarpo: en absoluto, de hecho créolo ideal. Nunca me cruzaré la mirada con
él e ni tan sólo sabe quien soy yo, ni tú.
-Angula: pues por mi ningún problema. Ese hombre puede solucionárnoslo y nunca
nadie sabrá como fue nuestra noche de bodas.
-Policarpo: de acuerdo, estoy de acuerdo. Me sabrá duro pero...
Dice el veterinario abrazando con amor la cabeza de su mujer, alumna, protegida.
-Angula: vale Poli, trato hecho, verás como nos va a sacar del atasco.
Angula y su marido se vuelven a besar con amor viendo su corazón descargado del
terrible inconveniente. El cariñoso beso se prolonga formidablemente hasta que
ambos se ven satisfechos del que esperaban intenso amor de esta noche, y se
duermen abrazados.
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Al día siguiente Angula se despierta sola, como no es la primera vez siendo la
mujer de un atareado esposo. Se viste con la calma de una muchacha que no tiene
ninguna prisa y cuando se ve lista toma las llaves. No se ha vestido
especialmente guapa pues, sí lo que se dispone es a conquistar un hombre. Pero
de poco serviría con ese hombre una falda de vivo color rojo o un peinado
francés, pues lo único que puede tentar a ese hombre sin tomar contacto con él,
es su voz, y eso recuerda ya que tuvo su efecto.
Angula sale de casa de su esposo y se plantea la difícil tarea. Encontrar un
hombre que puede estar ahora mismo en cualquier calle o plaza de la villa.
Recuerda la calle en que se lo encontró ayer por la mañana y examina cuales
pudieron ser los movimientos de su presa.
La central de la Once está situada hacia levante del sitio en que tuvieron el
encuentro. Y ese hombre procedía de esa misma dirección, de en la que se sitúa
su central de operaciones. Entonces cabe bien la posibilidad de que vuelva a
pasar por aquí y . ..
-Angula: ¡oh no!
Piensa decebida la muchacha. Tratándolo con sentido común no hay nada que pueda
decir donde se encuentra ese hombre. Puede haber hecho el mismo camino de la
misma manera que puede haber hecho cualquier otro. Porque está claro que nunca
va a recorrer el mismo para encontrarse las mismas personas.
Angula se lo toma con calma y va recorriendo diversas calles. Además de buscando
a su príncipe, reconociendo y conociendo mejor su nueva población. Descubre el
asentamiento de una preciosa pollería donde parece que son los mismos pollos que
llaman a su compra.
-co co- -co co- cocock- co co- co cock cock cock co- co cock-
La muchacha mira extasiada el ávil ganado pensando en próntamente volver al
sitio para adquirir el que más sabroso parezca después de ser tostado al horno.
-Angula: hola, hola, ¿estás bueno?
Dice la juguetona acariciando el pico de un reciamente crestudo macho aviar.
-Gallo: co cock, co ck.
-Angula: ¿qué me dices? que sí? bueno, ya volveré a por ti. Si mañana estás aquí
te vendrás conmigo.
-Gallo: co cock, cooooock, coooooock coc coc, coooooock cock cock.
-Angula: uy que contento se ha puesto, rico. Así quedamos, no te dejes comprar
por nadie y mañana, ¡serás mío! ja ja ja ja.
-Gallo: cooooock, cock, cock, cock, cock, cooooooock.
Dejando al feliz gallo cacareando simpáticamente, Angula da la vuelta y sigue
investigando a ver si por suerte encuentra al cuponero hoy.
-Angula: bueno... y si no, siempre quedará mañana... o pasado mañana pero...
De pronto la muchacha logra inesperado consuelo al ver a lo lejos un hombre con
caminar tanteante que empuña un blanco bastón.
-Angula: ¡ahí está!
La muchacha corre hacia el hallazgo y mientras se acerca va divisando a ver si
es el chistoso del otro día. Cuando llega a él, peró, ve que no es él. Es un
cuponero con la tira de cupones pegada a la levita. Y las gafas oscuras y el
cantar anunciante. Pero no es el cachondo cuponero que inspirole los planes que
lleva en mente.
-Ciego: ¡cupones! ¡cupones!
Es otro cuponero que sin duda conoce al pasado, pero ni sabrá los mismo chistes
ni quizá tendrá el mismo oído para reconocer mozas.
-Ciego: ¡cupones de millonario! 100.000 €uros al año durante 25 años al que más
suerte tenga. ¡Es usted señora, o es usted señor esa persona! Cómpreme cupón y
sabrá la respuesta! Cupones, cupones!
Angula se está aún resignando al equívoco mientras escucha al ciego cantar,
cuando tiene una idea nueva.
-Angula: oiga, señor cuponero.
-Ciego: sí, dígame señora. ¿Quiere usted ser rica para el resto de su vida? Con
100.0000 €uros al año va a poder olvidarse de todo trabajo y vivir del cuento
hasta la segunda o tercera re-encarnación siguientes.
-Angula: oh, estaría bien ser rica. Pero pasa que sería una desmerecida fortuna
porque no tendría con quien compartirla. A mis 20 años y no he encontrado mi
príncipe azul.
Camela al cuponero la aprendiz de veterinaria mientras va mirando a un lado y a
otro para controlar que nadie la esté escuchando y perciba su falta de
vergüenza.
-Ciego: ¿no ha encontrado usted esposo? Uhmm, Dios no me otorgó el don de la
mirada pero más o menos sé reconocer a las personas. Usted me parece una mujer
guapa y entonces me extraña que no háyanla casado.
-Angula: pues sí, desde pequeña que siempre mis padres me han llevado con la
soga corta y nunca he tenido oportunidad de conocer un hombre. Ahora vivo sola y
podría tener la ocasión pero soy muy tímida y no sé como atreveríame a conocer
uno.
-Ciego: no es tan difícil señora. Si fuesen todos los hombres ciegos como yo sí
tendría alguna dificultad. Pero como que guapa debe ser muchos hombres la verán
y sentirán impulso de conocerla.
-Angula: uhmmmm, sí, muchos hombres me miran. Pero ninguno me dice nada y
ninguno me invita a comer en su casa, y por eso no me atrevo a decirles nada.
-Ciego: oh cuanto lo siento señora. Confíe en la suerte porque le cae a uno
cuando menos se lo espera. ¿Quiere un cupón señora?
Angula mira estupefacta al bobo ciego que no sabe captar el gigantesco guiño.
Está a punto de responder que no, que no quiere cupón y marcharse pero piensa
diez segundos antes de responder.
-Angula: uhmm, ¿un cupón? cuanto vale?
-Ciego: 3 €uros, 3 €uros señora que pueden convertirse en 100.000 al año durante
25.
-Angula: uhmm, pero es que sólo tengo 3 €uros. Los tenía para comprar una barra
de pan y unos gramos de queso para comer hoy, pero si me compro el cupón no
podré comer nada.
-Ciego: uy, que poco dinero que tiene señora . . .
Angula retarda la respuesta para no dar opción al ciego.
-Ciego: . . y, pues si tan vacío está su monedero yo podría darle de comer hoy
en mi casa. Podría invitarla a comer y así podría comprarme el cupón.
-Angula: ¡oh! sería maravilloso. Porque quizá me tocan esos 100.000 y no pase
problemas económicos nunca más.
-Ciego: pues está invitada. Podemos ir a mi casa y en un santiamén tendré un
poco de gusa con la que matar el hambre.
-Angula: fantástico, es usted muy amable. Nunca lo hubiera dicho que invitaríame
a comer un cuponero.
-Ciego: me es fácil. Vender números de lotería otorga más dinero del que parece.
Los que hace 200 años eran pobres sin casa ni sustento ciegos ahora gozamos de
la formidable ayuda de la Once. No nos permite vivir cual si tuviéramos los ojos
pero nos ofrece un apoyo insustituible.
-Angula: que bueno es todo. ¿Y qué acostumbra a comer usted en su casa?
-Ciego: oh, nada complejo. Porque me lo cocino yo mismo y claro, no puede ser un
plato digno de restaurante. Pero está muy bueno, ya lo verá.
-Angula: gracias de nuevo, es usted muy bondadoso. ¿Y cuando iremos a comer?
-Ciego: pues... aún me queda un rato de cuponeo, pero si usted tiene hambre
podemos ir ya.
-Angula: oh sí, tengo mucha hambre. Si pudiéramos ir a comer...
-Ciego: pues vamos, siga mi tanteo que en un par de minutos habremos llegado.
El ciego se pone a caminar tanteante divisando la claridad de su camino con el
bastón, mientras Angula lo sigue adaptada su velocidad. En 5 minutos de, por el
ciego laborioso camino, llegan a la que parece ser su casa.
-Angula: oiga, dígame cómo se llama usted.
Dice la muchacha mientras el impedido abre la puerta.
-Ciego: Hermenegildo, puede llamarme Hermes, como me llaman todos mis amigos.
-Angula: vale, yo me llamo Angula.
-Hermenegildo: uhm, encantado.
Dice Hermenegildo consiguiendo abrir la puerta. El dicho Hermenegildo parece
vivir en un segundo piso. Pero conocedor como es de la escalera de su casa, no
tiene problema alguno en saber donde está cada escalón y cada esquina para
subir, cual lúcido, hasta su piso. Cuando por fin entran en el apartamento
Angula queda sorprendida de la facilidad con que Hermenegildo se mueve en ella,
sabiendo de memoria donde está cada pared, cada esquina y la disposición de cada
baldosa del suelo. Hermenegildo deja su equipo lotero en su sitio, toda la casa
está perfectamente ordenada, y como buen anfitrión la invita a sentarse.
-Hermenegildo: toma asiento Angula, en la mesa que verás a la derecha del
fregadero. ¿La ves?
-Angula: sí, de color verde?
-Hermenegildo: je je, curiosa pregunta. Nunca lo he sabido la verdad, sí sé que
tiene forma elíptica y tres sillas al lado, pero el color, comprenderás que
nunca lo haya sabido cierto.
-Angula: claro, claro. No había caído en ello.
Angula se sienta en una de las sillas y observa impaciente el desenvolver de
Hermenegildo. Este enciende un pequeño horno de leña con un puñado de vegetal
seco que saca de un saco y en un minuto el pequeño horno desprende tanto calor
como olor a hierba quemada. El ciego vuelve a tomar con gran soltura un par de
vasos de un armario y los introduce dentro del compartimento de cocción del
horno.
-Hermenegildo: es algo sencillo, se meten estos vasitos llenos de arroz
precocinado en el horno y en un minuto estará lista nuestra comida.
-Angula: oh que bien, estoy hambrienta.
Hermenegildo mide el tiempo con un pequeño reloj de bolsillo que le avisa con un
pequeño chasquido que el minuto ha pasado. Cuando esto saca los dos recipientes
del horno y después de vaciar su contenido en dos platos, lo adereza con unos
cuantos dados de queso que también preparaba.
-Hermenegildo: nos vamos a chupar los dedos.
-Angula: puede bien ser cierto. La simplicidad de su preparación no tiene por
qué enfrentarse a su calidad nutritiva. No digo calidad culinaria porque ello
suele ser representado por la dificultad que implica su preparación, pero
sabroso y nutritivo sin duda será este arroz con queso.
-Hermenegildo: je je je.
Ríe Hermenegildo sentándose en la mesa con ambos platos y obviando la
complejidad de la conversación de su invitada. Angula imita el gesto de mezclado
de arroz con los dados de queso que efectúa Hermenegildo y la apariencia del
plato de "batalla" es cada vez más apetecible. No es simple arroz seco sino que
también está aderezado con una justa cuantía de buen aceite y sin duda los
chinos que han diseñado tal plato precocinado hanle añadido alguna de sus
especies secretas.
-Hermenegildo: venga va, pégale bocado.
-Angula: uhmm, ¿y tú cómo sabes que aún no he empezado a comer?
-Hermenegildo: uy, los ciegos vemos muchas cosas sin necesidad de los ojos.
Prefiero no escandalizarte con las cosas que he visto y que veo ahora mismo
pero... en fin, comamos, comamos.
La muchacha se huele gato encerrado con esta última cita del ciego acerca de
cosas que ve ahora mismo, pero se percata que está sola comiendo en casa de un
desconocido que ha conocido aún no hace ni dos horas y le saca importancia a la
leve impresión.
-Angula: vale.
La muchacha carga su cuchara de una pequeña carga de arroz con un dadito de
queso justo en medio y después de tragarlo ofrece su favorable opinión.
-Angula: mmmm, está buenísimo.
-Hermenegildo: ya te lo he dicho. El único defecto que tiene este plato es que
no podría ser servido en la mesa de un restaurante debido a su sencilla
preparación. Pero la cocina prepreparada china supera en multitud de ocasiones a
los más complejos platos de la nouvelle cuisine.
-Angula: je je je.
Ríe agradosa Angula iniciando un abierto y receptivo comportamiento.
-Angula: y, Hermenegildo, tú conoces más ciegos, claro. Pero ¿conoces a otras
ciegas?
-Hermenegildo: sí, alguna que otra. No hay tantas como ciegos porque a menudo no
efectúan su tarea con la Once sino que viven con sus familiares, pero alguna he
conocido. Ahora mismo no hay ninguna en la plantilla lotera de la villa.
-Angula: uhmm, ñam, ñam. ¿Y has tenido nunca novia?
-Hermenegildo: ñam, ñam. Hace mucho tiempo, cuando era niño tenía una amiga que
se llamaba Aitala con la que fuimos muy buenos amigos. Pero ella no era ciega y
a la larga nos separamos porque yo me fui a una escuela especialmente dedicada a
nosotros y ella a una normal. Ñam, ñam.
-Angula: oh que pena. ¿Os queríais mucho?
-Hermenegildo: no... éramos niños. Ni tan sólo hicimos nunca el amor, sólo nos
dábamos besos.
-Angula: uhm, ñam, ñam. Pero nunca lo has hecho entonces?
-Hermenegildo: sí, sí lo he hecho. La mayoría de ciegos de la plantilla somos
solteros y de vez en cuando vamos juntos a hacer una visita al burdel.
-Angula: ya, ñam, ñam. No le veo nada malo, en la sociedad actual esta profesión
está descategorizada pero es una tan noble como cualquier otra.
-Hermenegildo: sí, pero dime ¿qué puede luchar contra los medios de comunicación
que extienden sus ideales por todo el mundo? Luchar contra una cosa que puede
extender su mensaje de tan fácil manera como apretar un botón es totalmente
imposible para el más potente fusil, ñam, ñam.
-Angula: ya... maldita sea su suerte... y esto.. dejemos el tema por favor, que
me incomoda. ¿No te gustaría ahora tener novia?
-Hermenegildo: ñam, ñam. Sí, estaría bien, no creo poder ofrecerle lo mismo que
ofreceríale un capitán de las fuerzas armadas pero sin duda amor entregado
procuraríale.
-Angula: uhmm, bffffff (Angula bebe agua de su vaso) pues yo también estoy
buscando novio. Aún no he encontrado un hombre que me guste pero no quiero
quedarme en solterona dentro de un tiempo. Lo que más me gustaría sería
encontrar un hombre que me quiera y me haga feliz.
-Hermenegildo: uhmm, interesante, de verdad interesante. ¿Querrías que fuésemos
novios tú y yo?
-Angula: pues podría ser, por qué no.. ¿me querrías y me harías feliz?
-Hermenegildo: pondría todo mi empeño en ello. Ya te digo que no soy un capitán
ni un playboy, pero pondría mucho más interés que cualquiera de ellos.
-Angula: pues fantástico, ya somos novios. A ver, ¿quieres darme un beso?
-Hermenegildo: sí, claro.
Hermenegildo se levanta y sin fallar un paso toma a Angula de un hombro y le
planta un beso en los labios. Por supuesto este primer beso entre los dos
sujetos tiene un sabor especial y aún el ciego derecho ante la sentada Angula se
recrea espectacularmente moviendo la lengua dentro de la boca de su nueva novia.
La muchacha no siente un digamos grandioso conquiste pues ha incluso costádole
que el ciego se decida a ir a por ella, pero su plan se desarrolla casi al
reflejo del que trazó. La muchacha se entrega al descuidado cuponero y no pone
especial rechazo a su basto manejar amatorio. El ciego la hace levantar y parece
un niño no sabiendo exactamente qué hacer cuando lo que de verdad quiere es ir a
la habitación. Derechos ambos se besan junto a la ventana, contra la pared, en
algún otro lugar que sin duda conoce Hermenegildo aún con los ojos cerrados,
pero Angula se siente perdida en una casa desconocida, con los ojos cerrados y
con un hombre que se mueve como Pedro por su casa con etiqueta de estúpido.
El contacto va evolucionando y adquiriendo sus eventuales episodios mientras
Hermenegildo va pasando de tantear los suaves senos de la muchacha a chuparle el
cuello. Angula parece poner más raciocinio que su enamorado y entre gemido y
gemido propone.
-Angula: mmmm, . . .. . . .. y si nos vamos a tu habitación? . ..
-Hermenegildo: sí claro, vamos.
Curiosamente es el ciego el que, con la mano de la muchacha en la suya, guíalos
a su recámara. Cuando han entrado el ciego no tiene la costumbre de encender la
luz, por lo que la humilde iluminación natural que los alumbró durante la comida
pierde su expresión en la oscura estancia. Angula se deja sentar en la cama y
sigue sin exigir depurado tacto al inexperto cuponero. La legendaria relación
con su amiga de la infancia y las posteriores con prostitutas no le han enseñado
lo que un cuerpo de mujer agradece con veracidad. Angula trata de darle unas
pequeñas señales del que debe seguir comportamiento pero tampoco se extiende
mucho en su educación pues este contacto será, seguramente, el primero y último.
La blusa de la muchacha es desabrochada y por muy novato que sea un hombre hay
una cosa que prácticamente siempre hará bien; mamar.
-Hermenegildo: hmm, hmmmm, hmmm.
-Angula: uhmmm, uhmmm, ooh sí, uhmmm.
Angula alarga su mano y valiente tantea la vestida cintura de su torero. Dentro
de la gruesa ropa se adivina, sí, una gruesa y dura extremidad. Los que pudieran
existir miedos acerca de la validez de la elección quedan dirimidos ante el
evidente acierto. Sintiendo el osado tanteo de su verga, el ciego se envalentona
y posa igual su mano en el entrepierna de su muchacha. Reiterando su
principiante cuidado le baja los calzones y queda el bajo-cintura de Angula tan
sólo tapado por una virtual falda que a lo único que taparía es a ojos ajenos,
pero no a un grueso dedo que se mete sin mucho amor en la virginal hendidura
sexual de la chica.
-Angula: oooooh.
Ante tal respuesta el ciego da por próspera su acción y no cesa de meter y sacar
el dedo de la húmeda panocha.
-Angula: ooooh, ooooh, oooh.
Angula toma ahora mismo la personalidad de una diablesa que lo único que quiere
es sexo y sin vergüenza ni honra alguna mete también la mano dentro del pantalón
del cuponero. Cuando su mano entoma el verdadero miembro del ciego, sin ropa
alguna que aleje su análisis, descubre la muchacha que no fueron alejadas sus
apreciaciones y gala al pobre cuponero un duro miembro tan o incluso más grande
que el que recuerda primero que sostuvo su mano, el del señor Adauco.
Seguramente fallecido dueño de la legendaria hacienda incendiada hace tiempo.
Aún con una lengua en la boca Angula informa al humilde cuponero de su aprecio.
-Angula: uhmm, es grande.
-Hermenegildo: sí, ya me lo han dicho algunas..
La muchacha decide otorgar su aprecio también de otra forma y se agacha ante su
amante. Entre ambos bajan los pantalones del varón y ella siente dulce vicio al
tragar con serias dificultades una verga grandiosa. En pos de la oscuridad no la
ha visto pero reconoce su lengua y la profundidad de su garganta que sí, es más
grande que la del señor Adauco.
La viciosa relación se extiende pecamitósamente mientras Angula se recrea
traviesa mamando de la más grande verga que ha tenido entre manos y entre
paredes bucales. Hermenegildo cala también la cabeza de su muchacha acostumbrado
a relaciones prostituriles en que la mujer suele hacer lo que se le manda.
Después de un rato de mamar Angula se iergue para cazar de nuevo los labios de
su torero. Mientras se besan de nuevo las manos de ambos van dando los pasos que
siempre han antecedido una penetración. Finalmente los dos quedan completamente
desnudos. Angula estirada en la cama con el ciego besándola y una verga y una
panocha chocando sin precisión necesitando de una ayuda manual. Es el ciego que
usa su mano para apuntar el falo en la estrecha hendidura de la ex-criada.
Amador regularmente experimentado empuja sin la enorme cautela que requeriría
una panocha virgen.
-Angula: aaaaaaah.
El inesperado grito alerta al ciego, gran conocedor de los significados de cada
tono de voz humano, que debe ir con más cuidado. No advertirá sin duda el
particular evento en que participa si no es informado de sus aspectos. Sin duda
reconocería un día este mismo gemido en otra mujer que cogiera, quizá se
extrañaría de "es el mismo que oíle a Angula" o "si esta hembra es virgen y ha
gemido así, Angula también lo era!". Pero aún con el segundo y un poco más
cuidadoso empuje de Hermenegildo, Angula vuelve a gemir con la misma intensidad,
con la misma que sin duda no gemirá nunca más en el mismo tono.
-Angula: ¡aaaaaaaaaaah!
-Hermenegildo: . .perdona, ¿te he hecho daño? .
-Angula: .. no, . .. es que es muy grande. ..
-Hermenegildo: . .vale, ya lo sé, perdona, iré con más cuidado .. .
-Angula: . .no, no temas por mi, la estrecha soy yo, por favor, dale. ..
Hermenegildo queda un poco asombrado por la fiera provocación, pero aceptando su
valentía prosigue su movimiento y vuelve a insertar dentro de la muchacha.
-Angula: aaaaaaaaah!
Esta vez Hermenegildo no teme de su habitual gran tamaño y descarta el cuidado
que ha propuéstole el especial tono del gemir de Angula en su primera y segunda
penetración. Por lo que vuelve a insertar esta vez sin detenerla.
-Angula: aaaah, aaaah, aaah, aaaah, aaaah, aaaah.
La agudeza de los gemidos de Angula se diferencia notablemente de los fingidos
que suele oír a sus putas parejas, no comprende Hermenegildo que está cogiendo a
una mujer por primera vez y lo relaciona con su juventud y quizá su falta de
"profesionalidad". Aspectos sin duda ciertos pero que matizan el verdadero
inhabitual aspecto que quizá no sea nunca descubierto por el hombre.
-Angula: aaah , aaaaah, aaah, aaaaaah, aaaaah.
La intensa amatoria se prolonga una media horita más en que Angula firma y sella
todos los papeles de su entrada en el club de las mujeres. A los últimos tramos
del evento la muchacha sabe que Hermenegildo puede venirse dentro y quizá
dejarla embarazada, hijo que sin duda cuidarían entre Policarpo y ella como su
propio hijo. No ve ella diferente forma de tratar la relación sexual y le saca
importancia a la posibilidad de cuidar con su marido un hijo que no es de él. La
práctica del adulterio ha conllevado siempre estos riesgos y son cosas que, ante
las dificultados conyugales de ella y Policarpo se deben aceptar. Cuando Angula
siente que Hermenegildo empieza a gemir con una remarcable intensidad sabe que
el momento ha llegado. Nota entre sus piernas que una gran extremidad la sigue
horadando a la vez que libera un cálido líquido. Siente gran cariño al recibir
ese líquido en su vientre pues es de un hombre que la ama.