Un error de Raquel.
Raquel había, sin remedio, fisgoneado en la privacidad de
alguien tan hermético como Don Luis. A raíz de esas imágenes se había despertado
un deseo durmiente en ella. Fantasías sadomasoquistas hetero y homosexuales a la
vez. Era un avispero en su cabeza. Lo deseaba todo y lo temía todo pero de
alguna manera tomó una decisión. En la cara oscura de su luna particular iba a
explorar. Quería tener inscritos en su carne los signos del goce. En sus
lecturas había aprendido que no hay goce sin dolor y que todo es ambivalente.
También se recordaba las recomendaciones sobre refrenar los apetitos por mor de
una prudente razón, de la virtud como la fuente de la felicidad permanente, de
lo efímero y amargo de los placeres amorales… Sentía, como dice el verso,
"vergüenza y afán".
Habían pasado unos días. Un día llamó Eva, la bella inquilina
aún no conocida por Don Luis, para preguntarle un detalle de intendencia. El
tema era baladí y Raquel lo resolvió en minutos pero le dijo a Eva que le
llevaría la solución a casa, que le cogía de camino. Quería verla de nuevo.
Apreciar esas formas de hermosa mujer y saber cómo respiraba últimamente. ¿Sería
tan tonta como para haberse entregado a cualquier hombre vulgar? No le gustaba
la idea de que un simple idiota usufructuase aquel cuerpo, besase aquel hermoso
cuello, la penetrase… Ella pensaba que una mujer así merecía algo mejor, pero no
sabía exactamente qué.
Raquel llamó a la puerta. Abrió la hija de Eva. Hermosísima
Venus núbil, se dijo Raquel, al contemplar aquella gracia: los senos apenas
emergentes airosamente erguidos, un cuello bien dibujado, la gracia de una
postura relajada. Al poco apareció la madre. Raquél le dio el documento _un feo
formulario ya cumplimentado_ . Eva le dio las gracias al ver aquel dichoso
trámite resuelto. La invitó a un café. Raquel le propuso bajar a una cafetería
cercana pues quería que Eva hablase con más libertad, sin tener cerca de su
hija.
En la conversación Eva traslució que estaba sin enamorar; aún
decepcionada de los hombres y a pesar de sentirse objeto de interés de bastantes
no había querido todavía abrir la puerta a su vida a nadie. "Umm --pensó
Raquel--, si fuera hombre pondría en lugar de vida, cuerpo".
Raquel se despidió contenta. Primero de haber disfrutado de
la vista de aquella anatomía magnífica; y segundo, de avanzar en la confianza de
Eva. Pero le dolía un poco ese placer a medias: ser amiga de la que quieres
poseer como amante. Pero bueno, algo es algo.
Un día ella se hizo unas fotos jugando con su cuerpo. Se dio
cuenta aterrada que al volver a colocar en su sitio el artefacto que guardaba
las fotos de Don Luis había cometido un fallo. No sabía si él había vuelto. El
le dijo que era un corto viaje. Así que no se planteaba volver a su casa pues
era muy probable que ya estuviese en su domicilio. Su frialdad ordenada había
tenido un lapsus y puso en la cámara de don Luis su propia tarjeta de su cámara.
En ella había, creía recordar, unas fotos muy lindas de jardines y fachadas pero
… se preguntaba, con ansiedad, cuál sería la reacción de aquel hombre al ver
aquello en su cámara. Se sintió paralizada por el terror. No quería perder aquel
cliente que la subyugaba.
Cinco minutos antes de que cerrase su oficina, un día de esa
misma semana en que advirtió su error, entró Don Luis: con un gesto seco puso
delante de la paralizada Raquel el rectangulito oscuro de la dichosa memoria.
"Creo que esto es suyo", dijo, y dio media vuelta. Raquel no tuvo tiempo ni de
pedir perdón, de inventar una excusa, ni de devolverle la tarjeta de él.
En fin… qué hacer. Pero Don Luis tenía móvil así que pasada
dos horas le escribió un mensaje que literalmente decía: "le pido perdón; creo
que merezco un correctivo; estoy a su disposición". El vacío de respuesta la
provocó una noche de insomnio. Al otro día, cuando tras varios cafés parecía
remontar y afanarse en las tareas profesionales, recibió un escueto mensaje:
"leído su mensaje. Usted esperará mis órdenes y las cumplirá sin contrariar mi
voluntad". Ante ese texto Raquel no pude menos que contestar un "sí, señor!" que
la dejó más aliviada. Esa noche soñó con Don Luis, vestido de traje oscuro,
llevaba de la mano a la hija de Eva que, por el tono de su piel y el vestido
color pastel, contrastaba fuertemente con su acompañante.
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