Helena se sentía extraña en medio de aquella sala; sobretodo
porque estaba completamente desnuda y atada de pies y manos a los extremos de la
gran mesa. Pero sabía que aquello formaba parte del proceso y que si realmente
quería ser sacerdotisa del templo de Zeus, aquel sacrificio era necesario,
aunque no creyera mucho en él. Porque a fin de cuentas ¿Quién había visto a Zeus
realmente? ¿De verdad las mujeres que eran sometidas a aquel rito eran poseídas
por Zeus o todo era una mentira, una patraña para que el sumo sacerdote de Zeus
pudiera aprovecharse de las sometidas y futuras sacerdotisas? No estaba
completamente segura, pero sabia que el momento de comprobarlo había llegado.
Allí estaba el sumo sacerdote del templo de Zeus invocándolo con extrañas
palabras que Helena no acertaba a entender. Llevaba un cáliz en la mano y dentro
la que llamaban la esencia de Zeus. Un centenar de sacerdotisas, danzaban y
cantaban a su alrededor. El sumo sacerdote le cedió el cáliz a una de ellas, que
se acercó a Helena, y sujetándole la cabeza le dijo:
- Bebe la esencia de Zeus.
Helena obedeció y bebió aquel líquido blanco y semi-espeso,
estaba caliente y un poco amargo. Tras tomarlo el sumo sacerdote le ordenó:
- Cierra los ojos y siente como la esencia de Zeus te llena
para unirte a él.
Helena obedeció. Durante un rato sólo hubo silencio. Helena
sintió el movimiento de las sacerdotisas danzando, podía oír sus pies rozando el
suelo, hasta que una suave y profunda voz de hombre le ordenó:
- Abre los ojos y sé bienvenida al seno de tu dios Zeus.
Helena obedeció y ante sí se encontró a un hombre muy similar
al que había visto en los cuadros y estatuas donde se representaba al dios Zeus.
- ¡Zeus! – Musitó sorprendida, al verle.
- Estoy aquí para llenarte con mi esencia y hacerte mi esposa
en esta ceremonia – dijo el Dios.
Helena empezó a creer en aquel momento en todo lo que le
habían enseñado en el templo hasta entonces y las dudas que había albergado se
disiparon al ver a su dios en persona, ante sí. El Dios acarició a la jovencita
que tenía delante. Llevó su mano hasta el desnudo sexo y con un dedo acarició su
clítoris. La muchacha gimió y se estremeció, lo que animó a Zeus a seguir
acariciando y aventurar la otra mano sobre los tiernos senos de la hermosa
muchacha.
- Hoy vais a ser mi esposa – dijo Zeus – pero para ello
necesitamos estar solos.
Ante aquellas palabras, las sacerdotisas abandonaron la sala
en absoluto silencio. Cuando esta quedó totalmente vacía, Zeus se situó al final
de la gran mesa. Se puso de rodillas entre las piernas de la joven y acercando
su boca al sexo de la muchacha, empezó a lamerlo suavemente. La joven que jamás
había sentido nada semejante, empezó a gemir. Aquellas agradables cosquillas que
el Dios le estaba haciendo en la entrepierna la elevaban al placer más hermoso
del universo. Ya sólo quería entregarse a aquel Dios y ser suya para siempre.
Zeus introducía su lengua en aquel virgen conejito, bebía los jugos, se
deleitaba produciéndole los primeros placeres divinos de su vida. El Dios se
sentía orgulloso de proporcionar aquel placer a la joven pupila.
Cuando Helena estaba a punto de alcanzar el orgasmo, Zeus se
detuvo. Se colocó sobre la joven, rozó su erecto falo sobre la húmeda vulva de
la muchacha y finalmente, muy despacio, la penetró. Helena sintió como algo en
su interior ofrecía cierta resistencia, también el Dios lo sintió pero apretó
más hacía dentro y venció la resistencia.
- Ya no eres virgen – le musitó al oído – eso te convierte en
mi esposa.
Helena se sintió feliz y dichosa, a pesar del dolor que le
había producido el desgarro, se sentía afortunada. Por fin se había convertido
en aquello para lo que había estado preparándose durante tanto tiempo. Un par de
lágrimas empezaron a brotar de sus ojos.
- No llores, mi vida – le suplicó él.
Y muy suavemente empezó a moverse empujando una y otra vez
contra la muchacha, haciendo que su sexo entrara y saliera de aquel estrecho
canal.
En pocos segundos la dolorosa fricción empezó a hacerse
placentera para la chiquilla, que empezó a gemir y a acompañar al Dios en sus
movimientos. Gemía cada vez más y eso era señal inequívoca de que estaba
disfrutando. Zeus empezó a arremeter cada vez con más fuerza, una y otra vez,
hasta que notó que la muchacha se estremecía de placer y que las paredes de su
vagina se contraían alrededor de su miembro viril.
Cuando Helena se quedó por fin, quieta, tras el orgasmo, el
Dios sacó su sexo del interior de ella y poniéndola en cuatro le dijo:
- Voy a llenarte con mi esencia, mi dulce sacerdotisa.
Helena se dejó hacer, estaba totalmente entregada a aquel ser
sobrenatural que la estaba llenando de placer. Sentir las manos de Zeus sobre su
piel suave, el miembro erecto de este en su interior y saber que iba a ser
bendecida con la esencia de un Dios, era para Helena la reafirmación de su fe,
de una fe en la que había dudado en los últimos días, pero con sólo un pequeño
roce de aquel Dios había vuelto a creer y sus dudas se habían disipado. Sentía
que ya sólo quería ser esclava de su Dios y hacer todo lo que él le pidiera.
Zeus, por su parte, se sentía poderoso ante aquella muñeca
joven y tierna que se estaba entregando a él y aquel poder era el más grande de
los sentimientos que un Dios podía albergar. Le encantaba tener la jovencita
totalmente entregada a él, sentir que estaría dispuesta a hacer cualquier cosa
que él le pidiera.
Zeus volvió a penetrar a la muchacha, y sujetándola por las
caderas empezó a arremeter contra ella. La visión que tenía ante sí era
maravillosa, una joven muchacha, de suave y blanca piel, con un tierno culito
pegándose a su pelvis una y otra vez, sintió que lo quería, que deseaba aquel
culito, penetrarlo, poseerlo, desvirgarlo, pero aquel no era el momento, tenía
que esperar, dejar que la jovencita deseara más. Quizás más adelante, quizás
otro día, pensó, y siguió embistiéndola, pero repentinamente sacó el pene de su
interior, quería que aquel momento durara eternamente, quería que la jovencita
deseara más. Helena pareció algo decepcionada, pero enseguida reaccionó a las
caricias que Zeus le aplicó con el glande en la húmeda vulva. Volvió a
penetrarla embistiendo con fuerza y de nuevo sacó el pene de ella, volviendo de
nuevo a acariciar la vulva con su glande. Helena estaba tan excitada que sólo
deseaba que volviera a penetrarla y le diera aquel placer que la llevaba hasta
un éxtasis nunca antes conocido. Pero esta vez en lugar de penetrarla, Zeus al
cogerla por las caderas, la llevó hasta el borde de la mesa, haciendo que
reposara los pies sobre el suelo y quedara de pie, doblada sobre la mesa. Y
entonces sí, volvió a penetrarla, pero está vez más bruscamente que las
anteriores y empezó a arremeter con fuerza, empujando sin descanso una y otra
vez contra aquel hermoso cuerpo de mujer. Helena comenzó a gemir con fuerza, las
embestidas eran cada vez más poderosas, pero también hacían que su sexo se
humedeciera más y que aquel agradable cosquilleo que sentía en su sexo fuera
creciendo poco a poco. También Zeus sentía que el orgasmo era inminente y no
pudo evitar acelerar sus movimientos. Helena fue la primera en correrse y él le
siguió unos segundos después llenando a la virgen con su espeso semen.
Cuando ambos dejaron de convulsionarse se separaron y Zeus le
dijo a la jovencita:
- Ahora ya eres una sacerdotisa del templo de Zeus y tienes
mi esencia en tu interior.
Helena emocionada lloró, mientras Zeus cogía la túnica de la
muchacha, que una sacerdotisa había depositado en una silla y se la puso, luego
abandonó la gran sala sin volver la vista atrás, sin mirar a la joven que
acababa de desvirgar.
Justo después de que Zeus saliera de la sala entraron algunas
sacerdotisas y casi no les dio tiempo a llegar donde estaba Helena, que
embargada por la emoción de haber sido poseída por un Dios, se desmayó.
Caminaba despacio por el largo pasillo que lo llevaba a sus
aposentos. Después del maravilloso polvo con la joven sacerdotisa, estaba
agotado. Aquella jovencita había resultado mejor de lo que él pensaba que sería
y ahora estaba seguro que junto a ella viviría momentos de sumo placer. Llegó a
sus aposentos, entró y junto a su escritorio, sentado en una silla estaba su
amigo Calisto que le preguntó:
- ¿Cómo ha ido la función?
- Perfecto, la criatura se lo ha tragado todo y, además, es
una bomba sexual – explicó Demetrius mientras se quitaba el maquillaje que le
daba más realismo a su aspecto.
Se miró al espejo y nuevamente se sorprendió del enorme
parecido a Zeus que le daba aquel maquillaje. Miró a Calisto, también él estaba
caracterizado como el dios Zeus.
- ¿Ahora te toca a ti?
- Sí, espero que la mia también sea una bomba sexual –dijo
Calisto.
- Mucha suerte.
- Gracias – dijo Calisto abandonando la habitación. Mientras
se encaminaba a la gran sala de ceremonias su sexo empezó a crecer al imaginar
lo que allí dentro pasaría con la tierna muchachita que le esperaba.
Helena acababa de despertar de su desmayo. Estaba ya en su
habitación y junto a ella la sacerdotisa Jeno, su tutora, que le acariciaba
dulcemente el pelo.
- ¿Cómo estás, preciosa? – Le preguntó con cierta
preocupación.
- Bien, pero aún no puedo creérmelo – Helena se levantó de la
cama y se dirigió hacía la ventana, sintió los rayos del sol calentando su cara
y musito: - Zeus me ha dado su esencia.
- Sí, mi niña – agregó Jeno acercándose a ella - y ahora
tengo algo de contarte. Ven.
Cogió de la mano a la joven y la llevó hasta el tocador. Hizo
sentar a la muchachita en él e indicando un frasco dijo:
- A partir de hoy, cada vez que desees tener la esencia de
Zeus debes beber una gota de este frasco y luego lanzar una de estas canicas por
este agujero – le señaló - recitarás entonces estas palabras – le mostró una
tablilla - y en unos segundos Zeus estará aquí para que yazcas con él.
Helena afirmó con la cabeza, aún se sentía emocionada por lo
sucedido unos minutos antes con su adorado Dios.
- Bueno, ahora tienes que descansar, hoy ha sido un día duro
para ti, pequeña – dijo Jeno acompañándola a la cama. Helena se dejó llevar.
En su mente sólo una imagen daba vueltas; era el momento en
que había sentido como la esencia de Zeus la llenaba y sólo deseaba volver a
sentirla; pero ahora tenía que descansar, las piernas le temblaban y le fallaban
las fuerzas. Se acostó sobre la cama, cerró los ojos y dejó que el sueño la
venciera. Aún así, pensó que en cuanto se hubiera repuesto tras aquel sueño
reparador, lo primero que haría sería llamar a su amado Zeus para volver a
sentir su esencia dentro de sí.
Erotikakarenc (autora tr de tr).
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