El deseo de Raquel.
Son las cinco de la mañana. Hace calor . Raquel está es su
cama, sudorosa. Duerme ratos sueltos, agitada, luego en los momentos de vigilia
su imaginación la excita; se masturba y luego se adormece de nuevo. A veces se
levanta y va hacia su ordenador, donde contempla de nuevo, fascinada ,unas fotos
hechas con cámara digital.
Cerca se ve una gran vela, ancha, con un cráter en su cúspide
lleno de una laguna sólida de cera.
¿Qué ha pasado para que esta, hasta ahora. ordenada y
metódica mujer no duerma con el sueño de las personas honradas y satisfechas con
su vida?
En un capítulo anterior vimos, que aprovechando una coyuntura
imprevista, Raquel tuvo acceso a una cámara digital de Luis. Luis es un cliente
especial que ha absorbido gran parte de su interés vital. Ante la visión de una
de las fotos en la cámara, hurtada en el domicilio de Luis, decidió verlas
tranquilamente en su ordenador.
Cuando llegó volcó las imágenes. En el ordenador aparecía el
día y la hora en que se habían hecho las instantáneas. Raquel comprobó que la
fecha era de hacía una semana y un intervalo de unas cinco horas.
Cuando vio la primera fotografía se sorprendió al ver una
mujer rubia, vestida de noche con una venda en los ojos. Su piel era blanca y
sus miembros armoniosos. Caderas sensuales. Podía ser la misteriosa mujer del
aeropuerto, pero Raquel no podía afirmarlo. Contempló durante minutos el dibujo
de sus labios; eran tan besables y expresaban esa sensualidad angelical que
admiraba en los cuadros del renacimiento italiano.
En las siguientes fotografías, se veía que dicha mujer era
atada y se iba descubriendo, poco a poco, su blanca y suave carne. La
iluminación era buena, lateral, con un bonito juego de luces y sombras. Don Luis,
era de suponer, la ataba y la mantenía sujeta, bien de pie o bien echada de
cubito prono sobre un sofá. Por cierto, todo parecían muebles envejecidos y
paredes desconchadas, nada que ver con el domicilio de Don Luis o los pisos que
alquilaba. A Raquel se le vino la idea de que pudiera ser el interior de la casa
de las afueras, abandonada, que poseía su cliente y que ella no había visto.
En una de las fotos aparecía la marca de un latigazo, o eso
imaginó Raquel. Luego se iban acumulando las marcas, por decenas por aquel
cuerpo de suaves redondeamientos. Qué bello lienzo, pensó Raquel, al contemplar
aquella blancura carnal.
Pudo ver que el pubis de la señora estaba depilado y que iban
apareciendo en las fotos goterones de cera fundida. Raquel se imaginó las
sensaciones de ella. También las de Luis al realizar aquellos actos con la
bella. ¿Hubiera ella castigado esa dulzura? Nunca se le hubiera ocurrido, pero
ahora, al verla e imaginarse sus gemidos se imaginaba azotando aquel hermoso
trasero.
La sesión, tal y que indicaba la información de los ficheros
fue larga y D. Luis tuvo tiempo de gozar a su placer de aquella mujer. ¿La
penetraría? Bueno, él no aparecía en las fotos pero Raquel no tenía dudas de que
era él el sujeto activo.
Raquel en su excitación se le ocurrió depilar su sexo
totalmente. Quería sentir algo parecido a la mujer aquella. Le costó por falta
de práctica. Luego se contempló desnuda ante al espejo. Aún su cuerpo no había
perdido su atractivo aunque le sobrasen unos kilos. Sus pechos eran grandes y
llenos con areolas anchas.
También probó a derramar la cera derretida sobre su pubis. El
calor irritante mezclado a una masturbación intensa la dejó exhausta. Sentí el
deseo de causar esas sensaciones a la dama misteriosa y también sentía,
entreverado, el deseo de sentirse en su lugar y que fuera Don Luis quien la
castigase de ese o de otros modos más crueles. Ella, pensó, al ser menos joven y
bella debería ser tratada peor.
Como se verá a lo largo de esta historia, Raquel pudo, en un
verdadero proceso de autoconocimiento, conocer ambas facetas, ser castigadora y
castigada.
(continuará)